Guillermo O. Martin (h) y Sofía N. Agüero




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Figura 14: Incrementos de CO2 y temperatura mundial, como consecuencia

del cambio climático
En la Naturaleza, el CO2 cumple un ciclo a través del sistema tierra-atmósfera-océano con un flujo total de 100 GT (1 GT = 1 x 109 Ton. de C). Como se puntualizó anteriormente, la humanidad ha alterado significativamente el ciclo del C, agregando gran cantidad de CO2 a la atmósfera por diferentes vías (explotación minera, combustión de combustibles fósiles, transformación de bosques en campos agrícolas, etc.); ello ha provocado que en el último siglo se note un incremento paulatino de la temperatura media del planeta (Jones y Wigley, 1990). Durante los últimos años, la mitad del CO2 que se agrega a la atmósfera proviene de la combustión fósil, generando una tasa media anual de incremento de 5 GT de C (Vitousek et al., 1997), constituyendo una de las razones primordiales del cambio climático.
Los científicos coinciden en que el cambio climático puede generar abruptas alteraciones ambientales, tales como mayores eventos meteorológicos extremos (tornados, huracanes, lluvias intensas, maremotos), temperaturas máximas y mínimas de mayor magnitud, inundaciones, sequías, aumento del nivel del mar, reducción de hielos polares y glaciares, pérdida de ecosistemas y mayor propagación de enfermedades. Se estima que durante el siglo XXI la temperatura media mundial puede subir entre 1,4 y 5,8 ºC y el nivel del mar subir entre 0,10 y 0,90 m. Esto desencadenaría una reducción general de los rendimientos agrícolas potenciales en gran parte de las regiones tropicales y subtropicales, con importantes sequías en las regiones centrales de los continentes como el cinturón cerealero de los EE.UU. e inmensas extensiones de Asia. El ingreso de agua salada como consecuencia del aumento del nivel del mar, reducirá en cantidad y calidad el suministro de agua dulce. Así, casi el 25 % de los mamíferos y el 12 % de las aves pueden desaparecer en los próximos decenios y la suba de la temperatura global modificar significativamente la condición de estabilidad de bosques, humedales y pastizales, que hasta hoy, constituyen la base de subsistencia de estas especies (Barros, 2006).
Además del notable incremento en la temperatura del planeta, el cambio climático provocará alteraciones abióticas en el gradiente barométrico y los vientos, en la temperatura del suelo, en la evapotranspiración, en la humedad atmosférica, en el deshielo y en la intensidad y distribución de las precipitaciones; todos estos eventos tendrán un impacto directo en el medio biológico-agropecuario. Por ejemplo, si las temperaturas aumentan, aumenta la evaporación y en consecuencia la precipitación; algunas de las preguntas son: ¿donde caerá esa lluvia?, ¿como afectará la productividad de los ecosistemas naturales y cultivados?, ¿cuán vulnerable se volverá el sistema biológico-agropecuario? (Villegas et al., 2007).
En cuanto a la situación de Argentina, Camilloni (2006) indica que los estudios realizados permiten pronosticar una tendencia generalizada al aumento de las precipitaciones en la mayor parte de la región Centro-Norte del país, Uruguay y el Sur de Brasil; otra zona con importante incremento de precipitaciones será el extremo Sur de Argentina. En contraposición con esto, se esperan reducciones en las lluvias sobre el Centro de Chile, Cuyo, Neuquén y el Oeste de Río Negro y Chubut, con aumentos de la temperatura promedio del país de entre 1,6 y 5,0 ºC hasta el año 2080.
Si repasamos ahora la situación del NOA y en particular de la Prov. de Tucumán, respecto de los impactos ambientales provocados por el cambio climático en las últimas décadas, podemos remitirnos a los informes de González y Minetti (2001) y Minetti y González (2006), que ilustran detalladamente el enorme riesgo que está sufriendo y puede sufrir la región, como consecuencia de las prácticas irracionales de manejo de los sistemas naturales:
i) la gran expansión agrícola de los últimos 30 años favorecida por un período húmedo, ha contribuido a la eliminación de la superficie boscosa y herbácea, lo que origina la pérdida del poder regulador en el balance de energía y agua, como asimismo la de infiltración de agua en el suelo. El Este de Tucumán, transformado en una pradera agrícola, soporta una elevada tasa de erosión pluvial con la generación de cárcavas y pérdida de suelo. Esto lleva a la reducción de nutrientes, lo que se traduce en menores rendimientos y/o en mayores aportes y costos de fertilización para mantener los mismos. En las últimas décadas se ha observado la proliferación de incendios forestales sobre el bosque subtropical y se estima que entre otros factores, el incremento de la temperatura inverno-primaveral contribuiría a potenciarlos. Las imágenes satelitales muestran que sólo queda un 18 % de la superficie del territorio provincial cubierta con bosques; otros datos recientes (Gasparri et al., 2004) indican que la tasa de deforestación en Tucumán, en el período 1998 - 2002 ha sido el triple de la calculada como promedio para el mundo. Se debe tener en cuenta que la FAO previene que un territorio con menos del 25 % de cobertura vegetal, se puede considerar ante “inminentes peligros ambientales”;
ii) la acción antrópica sobre los bosques donde se encuentran las nacientes de los principales ríos, es considerable. La tala discriminada e indiscriminada, ya sea para agricultura, ganadería, turismo u otra actividad, ha ocasionado un aumento severo de la escorrentía superficial natural, que sumada al incremento de las precipitaciones en promedio y las lluvias intensas, generan un panorama sumamente favorable para las crecientes e inundaciones de los últimos tiempos;
iii) el aumento de precipitaciones y humedad atmosférica conduce irremediablemente a la aparición de enfermedades fúngicas y bacterianas, cuya incidencia en el tiempo no ha sido aún debidamente evaluada sobre la producción agropecuaria, pero a modo de ejemplo puede citarse la inundación de Diciembre de 1977 en el Dpto. Leales, donde la inutilización de los suelos por varios años, ha perjudicado notoriamente la producción ganadera de los mismos;
iv) el efecto de la reducción de la insolación por exceso de nubosidad, habría producido en ciertas áreas una disminución de la biomasa vegetal, aunque esto no está debidamente analizado;
v) otro efecto probable del cambio climático detectado, es la posibilidad de que las formaciones boscosas de las montañas, por el aumento de las precipitaciones, expandan su hábitat hacia las zonas más altas, y
vi) en cuanto a los cambios térmicos evaluados, se estima que van a contribuir al asentamiento de especies vegetales y de insectos más tropicales, por la ausencia o reducción de la frecuencia de heladas.
Si analizamos los efectos antes listados, podemos tener una dimensión más exacta de las nefastas consecuencias que tiene y puede tener la prosecución del mal manejo de los recursos naturales de la región por parte del hombre. Teniendo en cuenta en particular, los efectos que pueden derivarse de las acciones citadas en los puntos i y ii, relacionadas con la gran expansión agrícola de las últimas décadas, producto de masivos desmontes y talas irracionales, Jobbágy et al. (2007) refieren que las evidencias históricas de bosques secos (con precipitaciones anuales de 400 a 800 mm.) que han sido reemplazados masivamente por cultivos de secano en las llanuras del Oeste y Sudeste australiano o el Sudoeste de las grandes planicies norteamericanas, demuestran un claro incremento en la capacidad de recarga de agua del suelo, al nivel de producir anegamiento y salinización del mismo algunas décadas después de los desmontes. La presencia de estos bosques secos producía una utilización exhaustiva de los aportes anuales de la precipitación, generando recargas de agua prácticamente nulas (menos de 5 mm./año). Al ser reemplazados por cultivos, se produjeron severas reducciones en la evapotranspiración del sistema, generándose fuertes aumentos en la recarga y ascensos graduales en el nivel freático. En el Oeste y Sudeste de Australia, donde este proceso fue iniciado hace más de un siglo, el creciente drenaje profundo ha arrastrado sales acumuladas durante milenios en el suelo, hacia el horizonte superficial; por este proceso, Australia ha perdido 6 millones de hectáreas, superficie que amenaza con triplicarse para el año 2050 (NLWRA, 2001). Un proceso similar se ha documentado en las planicies arbustivas del Noroeste de Texas y Nuevo México (Scanlon et al., 2005), donde el impacto parece últimamente haberse atenuado parcialmente, debido a la instalación de numerosos equipos y sistemas de riego abastecidos con agua subterránea.
Si a esta realidad la trasladamos a la llanura del Parque Chaqueño del NOA, Paruelo et al. (2004) evaluando determinaciones satelitales, estiman que existe alta posibilidad de ascensos freáticos asociados a la agriculturalización, al comprobar una caída en la actividad fotosintética, directamente ligada a una menor transpiración, en aquellas áreas donde el bosque seco ha sido reemplazado por cultivos. Puede preverse que estos cambios sean acompañados por una disminución en la evapotranspiración y un aumento en la recarga de agua del suelo; casos como el ascenso de más de 5 m en los últimos 30 años en el nivel de la laguna Mar Chiquita (Prov. de Córdoba, Argentina), sin precedentes en los 230 años anteriores (Piovano et al., 2004), apuntan a una tendencia de magnitud regional. Si bien estos cambios hidrológicos son simultáneos al avance de la agricultura en la región, su causa puede también ser atribuida al aumento regional de las precipitaciones; sin embargo, perfiles profundos de distribución de sales y humedad evaluados en bosques secos de la Provincia de San Luis (Argentina), muestran que a pesar de los incrementos en la lluvia local (30 % más en los últimos 100 años), estos bosques han mantenido un drenaje profundo nulo mientras que parcelas agrícolas vecinas han recargado significativamente sus perfiles de humedad hasta la máxima profundidad muestreada (8 m). Esto transferido a la realidad de la llanura chaqueña del NOA, sumado a la pobre red de escurrimiento superficial en gran parte de la misma y la presencia de estratos salinos profundos, permite suponer un alto riesgo de deterioro de la productividad agrícola futura por ascensos regionales de napa y salinización. Es necesario explorar este riesgo y considerar posibles mitigaciones como el riego con aguas subterráneas o la implementación de técnicas de cultivo que minimizen la recarga hídrica del perfil edáfico (Jóbbagy et al., 2007).
Todos los eventos descriptos están fuertemente ligados al manejo racional o irracional que podamos hacer de nuestros ecosistemas y/o sistemas productivos, por lo que se hace fundamental el conocimiento acabado de las consecuencias negativas que un manejo inadecuado puede producir. A la acción depredadora e incontrolada de manejo de los recursos naturales, debemos oponer la acción planificada y racional del real aprovechamiento de estos recursos, en la medida que dicha utilización no genere cambios irreversibles para la biodiversidad vegetal y animal de la región. Se debe tener en cuenta que la conservación de la naturaleza es una acción de bajo costo y alto potencial de retribuciones, de acuerdo con las tendencias globales de mercado dirigidas hacia productos “amigables” con el ambiente.
La conservación de la biodiversidad permite generar alternativas productivas de mayor independencia económica y mejor adaptación y elasticidad a las fluctuaciones de los mercados y las tendencias socio-políticas, además de más eficientes respuestas productivas ante agentes desfavorables como plagas y malezas, etc. (F.H. & D., 2005). A todo ello se suma la probada contribución que los ecosistemas naturales hacen a la conservación y estabilización de los suelos (evitando procesos erosivos), la regulación del régimen hídrico, el amortiguamiento de las temperaturas extremas, el reciclaje del CO2 atmosférico y la preservación de germoplasmas de futura aplicación medicinal, industrial o productiva.
Con frecuencia se intenta justificar el aprovechamiento irracional de los recursos, con la renta a perder que significaría el uso racional de los mismos; es cierto que el mayor costo de conservar es lo que se deja de producir preservando áreas de monte, vegetación nativa en la ribera de ríos o menor carga animal en los potreros. Lo que no siempre se destaca es lo que podemos ganar por conservar: proveer servicios de protección de cuencas, barreras contra plagas, programas de polinización, secuestro de C, ecoturismo, certificación forestal, producción orgánica de alimentos o denominaciones de origen. Todo ello comienza a representar en estos tiempos, ingresos significativos para quienes apuestan a estas acciones.
Al respecto y vista la severa degradación que sufren hoy los recursos naturales de Argentina, organizaciones ambientalistas como Greenpeace, Vida Silvestre, Fundación Proteger y Fundación Ambiente y Recursos Naturales, han recolectado durante el año 2007, un millón y medio de firmas para pedir por una ley protectora de los bosques nativos. Finalmente, el 28 de Noviembre de 2007 el Congreso sancionó la ley de presupuestos mínimos para la protección ambiental de bosques nativos; esta ley suspende la emisión de permisos de desmonte por un año, hasta que cada provincia realice un ordenamiento territorial de sus bosques. Para ello, la ley establece diez criterios ecológicos y categorías de conservación que apuntan a planificar las actividades forestales, agrícolas y ganaderas, evitando la fragmentación y degradación del bosque. Dispone además la obligatoriedad de efectuar estudios de impacto ambiental y audiencias públicas antes de realizar un desmonte y preserva los bosques utilizados por comunidades campesinas e indígenas. La sanción de esta ley es un hito fundamental para el tratamiento del problema expuesto; se debe trabajar ahora para que su implementación sea efectiva y en ello va el compromiso de todos los sectores sociales.
Situados hoy frente al desafío de producir de manera sustentable conservando los atributos de la fertilidad del suelo y el ambiente, es fundamental conocer el funcionamiento y la dinámica de los ecosistemas naturales empleados en producción animal. Está ampliamente comprobado que las contribuciones que los pastizales en particular y los ecosistemas nativos en general hacen al equilibrio ambiental, son múltiples y es imperativo conocer las técnicas que se pueden utilizar en el manejo de los pastizales y en sus complejas interacciones con el pastoreo (proceso de herbivoría), para contribuir a la implementación de sistemas productivos rentables y ecológicos.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
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