Es sabido que la teoría dominante sobre el hombre se funda, no solamente sobre la separación, sino sobre la oposición entre las nociones de hombre y de animal




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sapiens sobre nuestro planta.

Una nueva cadena de mutaciones organizativas se desarrolla para culminar en la creación de una nueva sociogénesis. Es el tercer nacimiento social de la humanidad Acontecimiento capital, de importancia análoga desde el punto de vista antropológico a la que posee el paso desde los seres unicelulares a los organismos multicelulares dentro de la evolución del fenómeno vital. La paleosociedad contaba con algunas decenas de individuos; la arquesociedad relacionaba algunos centenares de ellos. La sociedad histórica engloba como mínimo varios millares de .hombres, en algunos cases varios millones, y las diferencias demográficas palpables en el amplio abanico que va de la ciudad al imperio son equiparables a las diferencias de población celular entre la pulga y el elefante. Así pues, la sociedad histórica es a la vez un metasistema y un megasistema con respecto a la arquesociedad. Ésta, transformada en pequeña unidad territorial, puede hallarse más o menos integrada en el leviatán, pero su código cultural está irremediablemente dañado, fragmentado. Hay destructuración de sus principios organizativos fundamentales en beneficio de la Nueva Organización, que engloba conjuntos heterogéneo s a nivel territorial (campos y pueblos, - estepas de pastoreo, ciudades) y sociológico (castas, clases, etnias y, en el caso de los imperios, nacionales). Esta extraordinaria heterogeneidad está controlada y dominada por un aparato central de control y decisión, el Estado, a cuyo flanco nos aparece un aparato noológico, la religión del mismo.

El Estado centralizador, constructor y represor constituye un nuevo modo de organizar la complejidad a partir de un aparato central. Dicha complejidad se desarrollará según principios análogos a los que rigen la evolución de los organismos pluricelulares, a saber, la jerarquía y la especialización del trabajo. Todo parece suceder como si la base jerárquica de la paleosociedad, limitada a ejercer su dominación sobre los hombres, frenada por el comunitarismo, e incluso por el comunismo distributivo, de la arquesociedad, se desarrollará de forma hipertrófica sobre la base de la dominación política y económica.. Una jerarquía, unas veces abierta y débil, como en el caso de las pequeñas ciudades, muy a menudo estricta e implacable, como en el caso de los grandes imperios, instalará de forma abrumadora a la élite del poder, la casta dominante, sobre clases y etnias, quienes a su vez tendrán bajo dominio situados en la base de la pirámide social a la subclase inferior de los esclavos vencidos y víctimas de razzias y conquistas. La jerarquía se convierte por obligación en un principio general de organización, con lo que se acrecienta hasta el límite el aparato coercitivo y represivo de Estado.
Paralelamente, la especialización hará progresar la complejidad social al multiplicar las intercomunicaciones en el marco del sistema y, a un mismo tiempo, contribuirá a la diferenciación de la sociedad en clases y a que ésta se moldee según las normas de la jerarquía diferenciadora. Es a partir de este estadio cuando se instituyen las radicales divisiones entre trabajo de ejecución y decisión, trabajo corporal y trabajo de la inteligencia, trabajo mecánico y trabajo artístico. Todas estas diferencias, lo mismo que las existentes entre la vida rural y la ciudadana, repercuten sobre la cultura y la personalidad de cada grupo socioprofesional y determinan enormes diferencias en la vida cotidiana.

La especialización hará progresar a un nivel gigantesco la complejidad de los sistemas sociales, multiplicando sus productos, riquezas, intercambios y comunicaciones, estimulando las invenciones en todos los dominios de la actividad humana y provocando el florecimiento de las civilizaciones. La especialización noológica -especialización en el ejercicio de las artes y el pensamiento- será el manantial del que brotará un prodigioso desarrollo estético, filosófico y científico. Sin embargo, en el plano individual, comporta la degeneración de un tipo humano polivalente y politécnico que la arquesociedad había formado, es decir, de un hombre que había ejercitado todos sus sentidos con una precisión y delicadeza inauditas, cuyo conocimiento de la naturaleza se extendía a todos los ámbitos, que fabricaba sus herramientas, sus armas, su casa, los juguetes para sus hijos. Este hombre «total» será reemplazado, especialmente en las ciudades, por un individuo cuyas aptitudes se verán atrofiadas en exclusivo provecho de I unas pocas de ellas, y el desarrollo de la complejidad social a través de la especialización tiene para la mayoría de la población el precio de un indiscutible empobrecimiento de la personalidad. Conjuntamente, la nueva desigualdad social, que rápidamente toma un carácter extremo -del rey al esclavo-, implica un enorme subempleo de las aptitudes individuales entre la masa de los oprimidos. La autoridad represiva del Estado, la jerarquía y la esclavitud constituyen para estas mismas masas un considerable empeoramiento de las coacciones a las que se hallan sometidas con respecto a las que les imponía la arquesociedad, a lo que cabe añadir los efectos del monstruo parasitismo del Estado, de los que dominan y poseen sobre el resto de la sociedad. La explotación del hombre por el hombre es uno de los grandes inventos de la sociedad histórica. Y, tal como veremos más adelante, la vinculación de la guerra con la naturaleza intrínseca dé esta sociedad causará estragos en la humanidad.

Así pues, el desarrollo de la nueva complejidad se efectúa a cambio de las regresiones, degeneraciones y coacciones que comporta el desarrollo de la jerarquía y la especialización, pero también gracias a los impulsos de la hipercomplejidad, especialmente en lo que se refiere a la organización y civilización de las ciudades.

La gran ciudad,

Con el desarrollo de las sociedades históricas se despliega el de la ciudad, la metrópolis.

La metrópolis es el foco de donde irradia la complejidad social. Es en su seno donde se fija el aparato centralizador, el palacio o la asamblea, el gran templo, la administración y la policía, donde se desarrollan la especialización del trabajo, la estratificación de clases y castas, el comercio, los intercambios, el artesanado y la industria, donde aparece y se difunde la escritura.

En este progreso general de la complejidad aparecen cada vez en mayor número nuevos hervideros de hipercomplejiaad, es decir, situaciones y fenómenos en los que el relajamiento de las constricciones están en relación con un progreso en las aptitudes organizativas y evolutivas. La gran ciudad es la primera organización social parcialmente similar al cerebro de sapiens; se trata de un medio policéntrico donde se imbrincan mutuamente complejos organiza ti vos e intercomunicaciones al azar. A medida que progresa la civilización urbana, el rígido determinismo de las programaciones y rituales socio culturales se derrumba entre vastos sectores de individuos para dejar paso al juego aleatorio de los intereses eco- nómicos y de las pulsiones afectivas y sexuales. El determinismo estadístico de estos movimientos cuasi-brownianos tiende a sustituir al determinismo mecanicista. Es a través del despliegue de este aparente desorden en los movimientos individuales como toman cuerpo una serie de emergencias hipercomplejas que constituirán las esferas de las libertades personales, físicas, económicas, sexuales, intelectuales y, eventualmente, políticas.

A través de dichas esferas, unas veces limitadas a una pequeña élite, otras abierta a una categoría más amplia de hombres libres -o ciudadanos-, la gran ciudad se convierte en un medio que favorece la creatividad, las innovaciones, las nuevas ideas, el pensamiento, la ciencia. Un nuevo des- arrollo noológico se inicia en el marco de las islas griegas y es en Atenas donde, dos siglos más tarde, el pensamiento se libera de las cortapisas de la tradición y del dogma haciendo surgir entre algunos hombres lo que dormitaba en el cerebro de toda la especie homo sapiens: la filosofía. Tales «milagros» se darán en las ciudades de vez en cuando, y es por esta razón por lo que podemos afirmar que se convierten en los ecosistemas de un nuevo desarrollo de la cerebralización.

La gran ciudad es, efectivamente, el ecosistema sociocultural de dos emergencias capitales propias del tercer nacimiento de la humanidad, a saber, el individuo autónomo y la conciencia. Ciertamente la individualidad no es en modo alguno una creación de la sociedad histórica, sino una de las componentes de la trinidad antropológica especie-sociedad- individuo. La personalidad del individuo no ha necesitado de la sociedad histórica para desarrollarse pues, como hemos visto, ya lo hace durante el curso de la hominización para adquirir su carácter complejo con la arquesociedad. Sin embargo, mientras que la arquesociedad, al conformar con mayor o menor rigidez un tipo dominante de personalidad, frena el despliegue de las particularidades individuales, la gran ciudad lo facilitará. El acontecimiento más característico que se da en la sociedad histórica, y particularmente en la gran ciudad, es la relativa autonomía individual que alcanzan grupos de población más o menos restringidos, más o menos elitistas, a partir del reconocimiento de las libertades individuales y de la existencia de libertades estocásticas, la posibilidad que tienen de desarrollar complejidades psicológicas, afectivas e intelectuales y de afirmar el yo, con todo lo que esto entraña o presupone de egocentrismo y egoísmo.

Con el yo se desarrolla el epicentro de la hipercomplejidad cerebral (siendo el propio cerebro el epicentro del complejo antropológico policéntrico). La conciencia es el fenómeno por el cual el conocimiento intenta conocerse, la actividad del espíritu se convierte en objeto de la actividad del espíritu, la relación entre sí mismo y las cosas es concebida como algo que engloba a uno y a otras, el sujeto se toma por objeto a pesar de que se sabe y se siente sujeto, adivina y descubre la zona de incertidumbre y ambigüedad entre el espíritu y el mundo, entre lo imaginario y lo real, e interroga dicha incertidumbre tanto en el pensamiento como en la acción. Recordemos que tampoco la conciencia es un fenómeno nuevo, 'pero es precisamente en el marco 'de la sociedad histórica donde entra a formar parte del juego estocástico de la civilización e intenta desempeñar un rol de importancia constantemente creciente en el cada vez más decisivo juego de la ver- dad y del error al que se ve lanzada la humanidad histórica.

En consecuencia, la ciudad, el foco más vivo de la sociedad histórica, es un extraordinario medio de orden, complejidad creciente, desorden, invención y «ruido».

La sociedad histórica es, pues, una nueva totalidad en la que el Estado, la Ciudad, la Nación, el Imperio, el Individuo, la Conciencia, las Clases y la Guerra se convierten en los actores del nuevo destino de la humanidad.

Tales sociedades, aún teniendo, en cuenta su unidad de base, podrán desarrollarse de diversas formas, no sólo en función del tamaño de su territorio y población (desde las ciudades a los imperios), sino también según la combinación de los diversos niveles de complejidad e hipercomplejidad que caracterizarán, no sólo a cada una de ellas, sino todos y cada uno de sus estadios evolutivos pues, tal como veremos, se trata de combinaciones sumamente inestables. La baja complejidad se manifestará a través de la coacción militar y jerárquica y del rígido control de la autoprodución social. Los desarrollos de la especialización afectarán de forma cada vez más ambigua a la progresión global de la complejidad (en provecho de las élites privilegiadas), produciéndose regresiones de la misma en el plano individual entre quienes deban llevar a cabo las tareas más monótonas y fragmentarias.

1, La hipercomplejidad se esbozará en las tendencias liberales y en la apertura representada por el juego estocástico entre el orden y el desorden. Debe añadirse al esquema global que acabamos de indicar la infracomplejidad, es decir, la dominación implacable y el aniquilamiento de oposiciones y antagonismos a través del aniquilamiento físico de oponentes y antagonistas.

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2. LA HISTORIA

Las sociedades históricas son inestables y las imbricaciones de las inestabilidades externas e internas constituyen precisamente la historia. Las sociedades históricas son vastos conjuntos constituidos por etnias, clases (originariamente etnoclases) y castas heterogéneas que, respecto a las sociedades arcaicas, se hallan débilmente integradas y cimentadas. Se trata de sociedades inestables a pesar y a causa del carácter hiperautoritario de los poderes que en ellas actúan, hiperautoridad que intenta contrarrestar la débil integración por medio de una coerción extrema que no hace más que agravar la heterogeneidad.

En la arquesociedad el poder no disponía de un aparato propio, el Estado, y la clase masculina, detentadora de la autoridad social, se hallaba profundamente arraigada en su seno, pues todo hombre era a un mismo tiempo padre y esposo. ¿Qué duda cabe que la autoridad de decisión se presentaba bajo formas variables de una sociedad a otra, pudiendo ser colegiada (la asamblea de hombres o de ancianos), personal (el jefe), o de una y otra forma a la vez. Por otra parte, la autoridad mágica y la civil estaban desvinculadas (el brujo y el jefe) o agrupadas en una misma persona. Todos y cada uno de los tipos de autoridad podían ser transmitidos hereditariamente, designados o elegidos. De producirse una brusca mutación en la estructura del poder debía darse de tal forma que no se pusiera en entredicho la organización intrínseca de la sociedad y de modo que las variaciones surgidas comportaran tan sólo débiles aleatoriedades sociales. En la sociedad histórica, el enorme aparato de estado se convierte en una entidad distinta separada y todopoderosa, y sus relaciones con la sociedad pasan a ser conflictivas y peligrosas. El aparato de estado asegura la unidad y el control de todo el cuerpo social, y en este sentido puede decirse que organiza «el interés general». Por otro lado, tiende por su propia naturaleza -e hipertrofiarse, a acumular un desmesurado poder, y sus relaciones con la sociedad no son exclusivamente de simbiosis, sino también de parasitismo.

El aparato de estado puede llegar a un comportamiento megalomaníaco, pasar a ser el instrumento de los intereses de la clase o casta dominante y convertirse en juguete de la ubris del potentado. El propio poder se convierte en una zona, no sólo de extrema variedad (poder real, teocrático, tiránico, conciliar, aristocrático, democrático, etc.), sino de inestabilidad extrema, pasando de una a otra forma según el ritmo que marque el juego de las ambiciones políticas y de los conflictos sociales. Con ello, el poder, esfera de máxima concentración del orden (Estado, administración, policía, ejército), se convierte paralelamente en la del máximo «ruido». Es en este ámbito donde cabe ubicar el control general, pero que no está controlado donde fermentan y se desencadenan los apetitos, los sueños, las ambiciones y las demencias de sapiens, como muy bien ha mostrado el excelente antropólogo William shakespeare. Los conflictos surgidos en su seno desencadenan crisis, conspiraciones, revoluciones de palacio, revueltas, guerras civiles, demandas de ayuda al extranjero y, recíprocamente, las tensiones, los antagonismos sociales y la inestabilidad de la sociedad favorecen la inestabilidad del poder, la cual, a su vez, favorece la inestabilidad social.

Las relaciones entre las etnias, las etnoclases, las clases y las castas pasan con facilidad de la mutua ayuda a la competición y al antagonismo, del antagonismo al conflicto. En este sentido, la lucha de clases, si bien sus erupciones son súbitas y temporales, nunca deja de trabajar de forma latente en el seno de la sociedad histórica.

Los conflictos étnicos y sociales se entremezclan con los políticos. En algunos casos llegan a provocar reorganizaciones del poder, excepcionalmente de la propia organización social, que pueden derrumbar dominaciones seculares y trastocar las relaciones de explotación. Pero hasta el momento presente jamás han conseguido impedir que éstas reaparecieran encubiertas bajo aspectos distintos.

Finalmente, la relación entre el individuo y la red de la organización colectiva se ha convertido en inestable. El individuo, menos integrado, se hace «egoísta» y puede faltar a su deber social, traicionarlo. El anómico, el desviado, el «traidor», proliferan en la sociedad histórica. En la zona incontrolada e inestable del poder, el acto aleatorio del individuo puede algunas veces adquirir una importancia decisiva y decidir la suerte de la colectividad. De ahí el «rol del individuo en la historia»,
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