Es sabido que la teoría dominante sobre el hombre se funda, no solamente sobre la separación, sino sobre la oposición entre las nociones de hombre y de animal




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en sus puntos críticos y en sus momentos de crisis, cuya importancia es, o bien hipostasiada -por los defensores de la historia como sucesión de acontecimientos singulares-, o bien ignorada -por los defensores de una historia libre de particularidades-, ignorando los primeros que lo \ aleatorio se integra en el proceso complejo, y los otros que el proceso complejo comporta inevitablemente alcatoriedad. A diferencia de cuanto sucede en la arquesociedad, la cultura de las sociedades históricas se convierte en polinucleada. La religión de Estado o de imperio intenta y consigue con más o menos éxito integrar noológicamente la gran sociedad, jugando junto con el Estado y la estructura jerárquica un rol estabilizador. Sin embargo, las poblaciones vencidas y sometidas no acaban de integrar la cultura dominante en su código cultural propio, ni considerar al dios de los vencedores como su propio dios. Además, aparecen rupturas internas en la religión, herejías, conflictos entre el poder temporal y el poder espiritual. Llega un momento en que animados por su propia vida y alimentados por las necesidades antropológicas de salvación, los dioses transmigran de una sociedad a otra. Mitologías e ideologías atraviesan fronteras, fragmentos de códigos culturales son trasplantados aquí y allá, y el inmovilismo de la cultura, fuente generadora de la complejidad social, se ve perturbado sin cesar. La cultura se abre y estalla dispersándose en múltiples ramificaciones. Mitología e ideologías se diversifican según las clases y aparecen mitos de oposición y revolución que anuncian la próxima venida de la Ciudad del Sol. Un día, en algunas ciudades situadas en la periferia de un gran imperio, el escepticismo comienza a so- cavar todos los cimientos, el pensamiento filosófico se separa de la ganga religiosa, y la ciencia adquiere autonomía. La cultura entra en el juego ambivalente y una de sus ramas se convierte, no sólo en manantial de inestabilidad, sino en patrón de una serie de innovaciones y transformaciones.

A todas estas condiciones internas de inestabilidad cabe añadir innumerables factores externos.

En primer lugar, las sociedades con una fuerte densidad rural y que engloban grandes concentraciones urbanas, a la vez que se emancipan del eco sistema gracias a su complejidad organizativa, se hacen cada vez más dependientes de las variaciones aleatorias de ésta última. Las perturbaciones climáticas, la sequía, las inundaciones pueden traer consigo el hambre, la epidemia, la crisis, la guerra. Los intercambios con otras sociedades crean dependencias cuya ruptura conlleva la desorganización. Las novedades de todo orden procedente del exterior modifican el código cultural desde el momento mismo en que se integran en él.

Por último, la guerra hace vacilar las bases de la sociedad, ' transformándola, ampliándola, destruyéndola. La guerra constituye un fenómeno endémico de las sociedades históricas J. (Bouthoul, 1948, 1971).

La coexistencia estimula, no sólo los intercambios y las alianzas, sino también las rivalidades y las hostilidades. Los agricultores rechazan y aniquilan a los cazadores-recolectores. Los nómadas roban y despojan a los agricultores. Los pueblos migratorio s acuden en tropel a las tierras fértiles y a las poblaciones ricas. Cada Estado posa su codiciosa mirada sobre los tesoros del Estado vecino mientras hace lo posible r para salvaguardar los suyos propios de la codicia de los demás; da comienzo la lucha de todos contra todos en la que cada uno es a la vez presa y depredador. La guerra es mucho más que agresión y conquista, es una suspensión total de los controles del comportamiento, un desencadenamiento úbrico de las fuerzas de la destrucción y cuando en el juego de la vida y la muerte se enfrentan, no sólo intereses y furias, sino también el sentido de lo que es sagrado y de lo que es maldito, de lo que es justo y de lo que es verdadero, cuando los dioses combaten con los ejércitos, la lucha desencadenada llega hasta el genocidio.

El doble juego de la historia

La inestabilidad de las sociedades históricas está, pues, vinculada a un brote de desorden, de crisis, de ubris, en modo alguno raro y fortuito, sino endémico. Esta inestabilidad es el revulsivo que impulsa el afloramiento de los desórdenes, las crisis y la ubris del cerebro de sapiens, liberando las fuerzas demenciales que la arquesociedad había controlado y encadenado. A. partir de este punto ya no podrá ser establecido ningún verdadero control de las mismas.

Por otra parte, es precisamente en esta misma estabilidad donde residen las fuentes de la evolución, es decir, de desorganización-reorganización. Recapitulando, serán la débil integración, los antagonismos sociales, los desórdenes del poder, el crecimiento de las relaciones metabólicas con el exterior y las guerras quienes, después de millones de años de prehistoria, desencadenarán la evolución histórica que a lo largo de unos pocos siglos edifica las civilizaciones, desarrolla las técnicas y las artes y transforma de arriba abajo el planeta.

Una evolución de estas características no tiene, evidente- mente, nada de continuo, de lineal o de mecánico. Aleatoria y estocástica se halla bajo el control de un principio de incertidumbre, no sólo en su proceso de desarrollo, sino en su carácter mismo, es decir, en la unidad antagónica entre una lógica de la complejidad en aumento que comporta el desorden y un desorden que incansablemente hace experimentar una regresión a dicha lógica, llegando incluso a destruirla.

Puesto que la lógica de la complejificación presupone,' en cierto sentido, desorden, podría tentamos una visión de la historia en la que sólo exista un proceso de complejificación que, en un cierto sentido, comporte desórdenes, considerados a lo sumo como fallos inevitables. Tal es, por otro lado, la ideología emoliente del progreso histórico. Sin embargo, de hecho el proceso se ve quebrado, destrozado y dispersado sin cesar. Los recrudecimientos esclavizadores, el restablecimiento de los despotismo s represivos y la reconstrucción de rígidas jerarquías allí donde ya habían desaparecido, nos muestran la reaparición coactiva de las regresiones organizativas. La guerra da testimonio de la incapacidad para regular de forma compleja los problemas fundamentales. La historia es una sucesión de irremediables desastres, las estatuas son destruidas, las bibliotecas quemadas, las ciudades arrasadas, los pueblos aniquilados, las civilizaciones borradas por completo de la faz de la tierra.

Pero, inversamente nos enfrentamos con la incapacidad para ¡educir la historia al ruido y la furia. A través de desastres, la lógica de la complejificación oscila, titubea, se eleva, recae, sufre regresiones, se desarrolla, es aplastada y dispersada, renace, prosigue su camino. El ruido y la furia hacen añicos el proceso de complejificación en repetidas ocasiones, pero éste siempre puede recuperar aquello que no hayan con- seguido exterminar. La destrucción de una civilización a causa de una conquista bárbara viene inmediatamente seguida por la integración de una parte del tesoro cultural del vencido en la nueva cultura que, a su vez, sufrirá idénticos avatares. Una cultura aniquilada deja fragmentos de «mensajes» polen 1 que acompañarán al carro de los invasores. Una cultura muere, pero fragmentos de su código pueden infiltrarse, a I modo de virus, en el código cultural de la sociedad bárbara, sobrevivir y, finalmente, contribuir a la formación de otra civilización. El torbellino destructor de la historia, barriendo migajas culturales a todos los vientos, dispersa también sus esporas. ..
Así pues, hay un auténtico doble juego de la historia entre L.) la destrucción y la complejidad donde se despliegan los desordenados estragos de demens junto a las aptitudes organizativas y creadoras de sapiens; los primeros aplastan a las segundas, mientras que éstas se sirven de las fuerzas de la destrucción para recrear. Pero en y bajo este doble juego tiene lugar otro turbio proceso, alimentado y destruido por aquél, entre complejidad e hipercomplejidad. En efecto, los focos de hipercomplejidad necesitan de organizaciones altamente complejas para desarrollarse. Necesitan, pues, también de un incremento del desorden o libertad que pueda, ya sea facilitarles el desencadenamiento de la ubris, ya sea provocar por contraefecto el retorno «reaccionario» a la coacción que trae consigo la instauración de más bajas formas de complejidad. A un mismo tiempo, los focos de hipercomplejidad constituyen una presa para los enemigos exteriores y la guerra les fuerza a experimentar una regresión en su organización militar, llegándose a la destrucción de ésta. En consecuencia, los momentos de hipercomplejidad, relámpagos fulgurantes, expansiones provisionales, son algo así como los éxtasis de la historia, inmediatamente seguidos por una agravación de la jerarquía y de las tensiones, es decir, por etapas de un menor nivel de complejidad.

Por todo ello el doble juego de la historia es en realidad un juego a tres entre la ambivalencia del desorden, la baja complejidad y la hipercomplejidad, juego que comporta múltiples combinaciones y una vasta gama de estadios intermedios. La victoria decisiva aún no ha sido obtenida por ninguno de los tres protagonistas, pero nos hallamos en una época en que el triunfo parece hallarse muy cerca del alcance de cualquiera de ellos.

Pero esto es otra historia

La historia ha comenzado hace algunos millares de años. Si consideramos el período de tiempo transcurrido desde la fecha en que actualmente se evalúa como la de aparición del homínido sobre la tierra, entre el 2 y el 5 % del mismo se halla ocupado por el homo sapiens y entre el 0,2 y- el 0,5 % por la evolución histórica. En consecuencia, no podemos por menos que asombramos ante la creatividad y destructividad que han brotado durante este brevísimo período. Sin embargo, también puede observarse que la evolución del hombre no se halla necesariamente vinculada a la historia, con lo que se puede, pues, imaginar la posibilidad de una evolución metahistórica, es decir, una evolución que tendría lugar, no sin desorden, incertidumbre y ruido, pero sí sin furia.

Esto supondría una forma de sociedad distinta de la sociedad histórica. Así, como la historia, como hemos visto, no se halla indisolublemeule ligada al destino humano, igualmente la sociedad histórica se nos muestra como un tercer fenómeno que ha sucedido a la paleosociedad y a la arquesociedad. No es, pues, absurdo pensar en una cuarta forma de sociedad, es decir, en un cuarto nacimiento de la humanidad.

Si ahora volvemos nuestros ojos hacia la crisis de nuestro tiempo, tan general, tan profunda, tan grávida de posibilidades de aniquilamiento universal, de Tensión generalizada, de Creatividad nueva, cabe preguntarse si en lo sucesivo carece de sentido plantear el problema de la sociedad hipercompleja.
Parece que no es así, pues existe sobre la tierra, de una posibilidad de reproducción prácticamente ilimitada, un sistema hipercomplejo que funciona con una población de diez mil millones de individuos: el cerebro del horno sapiens. y también sabemos que dicho sistema no debe hallarse necesariamente dominado por la demencia a pesar de que se halla funcionando en los limites mismos del desorden y la locura.

Desde esta perspectiva hemos podido ver anteriormente que las posibilidades del cerebro humano no han sido inmediatamente explotadas en su totalidad, que sus aptitudes -y \ especialmente la creatividad y la conciencia- precisan de un contexto sociocultural suficientemente complejo para actualizarse y desarrollarse y que, a un mismo tiempo, esta complejidad sociocultural es una lenta y gigantesca secreción del propio cerebro humano. Dicho en otros términos, los nuevos desarrollos de la hipercomplejidad cerebral necesitan de nuevos desarrollos sociológicos y, según nuestra opinión, de una metasociedad.
Sabemos que la sociedad histórica, en momentos afortunados y en sectores privilegiados, puede producir hipercomplejidad. El problema que se nos plantea es el siguiente: ¿es posible una sociedad hipercompleja?
Desde hace dos siglos los mitos anunciadores de la hipercomplejidad han salpicado la historia. Democracia, socialismo, comunismo y anarquismo son otras tantas facetas que remiten a un mismo sistema ideal, sistema fundado en la intercomunicación, y nunca en la coerción, sistema policéntrico, no monocéntrico, sistema fundado en la participación crea- tiva de todos, sistema débilmente jerarquizado, sistema que acrecienta sus posibilidades organizativas, inventivas y evolutivas al disminuir las coerciones.
Tenemos hoy el sentimiento de que tal cambio es a un mismo tiempo posible e imposible. Imposible porque no se trata de una reforma o de una revolución fenoménica que liquidaría por ejemplo, la clase dominante o el imperio dominador pero dejando inalterable el sistema generativo de la dominación. Este último está profundamente entronizado y es ingenuo! creer qué basta con destruir las expresiones contemporáneas! capitalistas, estatales o pseudosocialistas para extirpar sus raíces. Nuestra sociedad lleva profundas raíces de la sociedad de los primates, una paleoestructura heredada de la paleosociedad, del mismo modo que el paleocéfalo es una herencia del cerebro de los reptiles, una arquestructura heredada de la sociedad arcaica y, por último, su propia estructura de sociedad histórica, acompañada del leviatán. Imposible porque ninguna parte de la sociedad histórica se halla en vías de desaparición, antes bien se multiplica de modo a la vez fatal, inevitable y necesario a través de las emancipaciones étnicas y raciales mientras que los grandes imperios concentran poderes cada vez más enormes. Imposible porque en la actualidad la coacción se presenta bajo el engañoso aspecto de la Liberación, cuyas añagazas son casi invencibles tanto más cuanto no pretende ampararse en el poder, sino aplastarlo. Imposible porque las aspiraciones de la hipercomplejidad se ven limadas y desviadas por la Doctrina infalible que pretende haber resuelto todos los enigmas de la historia y llevar en su seno la conciencia del devenir.

Imposible, finalmente, porque la revolución que se impone (sobrepasa con mucho todo lo que hasta el momento se entiende por tal, pues se trata a un mismo tiempo de «cambiar la vida» y de «transformar el mundo», de revolucionar el individuo y unir la humanidad, de hacer realidad una meta-micro- megasociedad que se articule desde la relación interpersonal hasta el orden mundial. Pero, paralelamente, tenemos la sensación de que la posibilidad no está cerrada. La presencia multiforme de la necesidad de superación se percibe por todas partes. Es posible un nuevo desarrollo de la conciencia, y el talento de la autocarganización, como sabemos, posee la aptitud para alcanzar los más prodigiosos logros. Sabemos que el desorden y la crisis, al tiempo que conllevan los riesgos de la regresión, constituyen condiciones para el progreso.
Sabemos que el paso de la arquesociedad a la sociedad histórica habría sido inconcebible sin la metamorfosis operada y que, aun teniéndola en cuenta, apenas nos parece explicable. Pero aun sabemos de una maravilla más sorprendente que se remonta a más de tres mil millones de años. Durante mil millones de años existió un período al que retrospectivamente puede denominarse prebiótico en cuya cenagosa «sopa» cocida a fuego lento se conformaron y agruparon, en- entre fulgurante chispas, una serie de macromoléculas sometidas al desorden termodinámico y al azar de los choques. Entre dichas chispas, desórdenes y choques y a causa de ellos se elaboró lo que iba a convertirse en un fenómeno inaudito, un conjunto, una unidad coherente y organizada: la célula. Es posible que aparecieran temporalmente una serie de monstruos para desaparecer más tarde. Para que pudiera perpetuarse y desarrollarse esta maravillosa organización que ha i constituido el material básico de todos los seres vivos fue necesaria la aparición de un sistema capaz, no sólo de autorreproducirse permanentemente, sino de multiplicarse de forma autorreproductiva. ¿Acaso es imposible admitir que actual- mente nos hallamos en una época presocial y que las sociedades históricas no son sistemas viables, sino monstruosos bocetos constituidos estocásticamente? ¿Acaso es imposible concebir la historia como un período de ensayos y errores análogos socialmente al período prebiótico?
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