Es sabido que la teoría dominante sobre el hombre se funda, no solamente sobre la separación, sino sobre la oposición entre las nociones de hombre y de animal




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Las aptitudes y el instinto hechos añicos
Las aptitudes son heurísticas (capacitadas para encontrar una solución), estratégicas (capacitadas para combinar un conjunto de decisiones-elecciones en función de una finalidad), inventivas (con capacidad para efectuar nuevas combinaciones) susceptibles de programar, en pocas palabras, con capacidad para organizar orden a partir de “ruido", es decir, a partir de datos mentales heterogéneos, proliferantes y desordenados y de mensajes ambiguos transmitidos por los sentidos.

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Por otro lado, es fácil ver que las operaciones del cerebro se distinguen de las efectuadas por cualquier ordenador precisamente por el rol desempeñado por el «ruido» en aquellas. El ordenador tan sólo puede manipular con extrema rigurosidad datos que le hayan sido suministrados con precisión: disocia completamente su memoria del tratamiento de las informaciones. El cerebro de sapiens trabaja a partir de datos vagos o inciertos, los manipula más o menos globalmente sin demasiado rigor1 y hace interferir rememoración -y computación: además, mientras que los ordenadores analógicos y los ordenadores digitales han sido concebidos de forma totalmente independiente entre sí, el pensamiento humano combina ambos tipos de procesos de una forma aún desconocida para nosotros2.
1. Demasiado a menudo se olvida que el pensamiento es un arte, es decir, un juego de precisión e imprecisión, de confusión y de rigor.

2. Entre las innumerables lagunas de nuestro trabajo, la más importante es, a nuestros ojos, la concerniente a la naturaleza analógico- digital del funcionamiento del pensamiento (del desarrollo del logos). Desde hace largo tiempo estamos completamente persuadidos de que la ciencia se comporta de forma en extremo miope en lo referente al proceso y a la naturaleza de lo ana1ógico y de que aún no dispone de instrumentos conceptuales adecuados para aprehenderla.

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La característica primordial de la hipercomplejidad es precisamente actuar como moderadora de las coacciones en un sistema que, de hecho, se encuentra en un cierto estado de desorden permanente a través del juego de las libres asociaciones aleatorias.

Es en base a este «ruido» y a partir de él como se forman las combinaciones del sueño y de la alucinación, a las que es posible considerar, ora como desorden que se organiza en función de múltiples gradientes, ora como la organización de un discurso que se desordena sin cesar y recomienza o diverge en cada ruptura. La invención permanente que caracteriza a los sueños se produce en el marco de este desorden organizador, de esta organización desordenada. En efecto, sueños y alucinaciones dan lugar de modo incesante a nuevas, extrañas y sorprendentes combinaciones, mezcla de coherencia e incoherencia, de la que equivocadamente, los analistas pretenden eliminar, tanto la incoherencia aleatoria, como la diversidad de líneas de fuerza que provocan la aparición de tales enjambres de imágenes. En este sentido, la creación en el seno del cerebro humano se "hace permanente, el sueño es poiesis, poesía en el sentido originario y profundo del término, y, tal como dice poéticamente Roger Bastide, «puesto que se sigue soñando, aún no ha llegado a su consumación el proceso de creación» (R. Bastide, 1972, p. 47).

Pero la invención fantásmica y onírica no son más que eflorescencias fugitivas que de inmediato se reconvierten en residuos y «ruido», pues, tal como veremos en seguida, no pueden constituir por sí mismas la auténtica invención cerebral, aquella que, modificándolas, se integra en el marco del pensamiento organizado y el logos, y dependen de la intervención de las aptitudes heurísticas. No obstante, suministran a la creación lógica un flujo ya espasmódicamente creador.

El sueño es un gran misterio, pero un misterio de la complejidad. El sueño, que no es propio de todos los seres vivos, ha aparecido en el curso del proceso evolutivo una vez alcanzado un cierto nivel de complejidad y gracias al establecimiento de la homeotermia, que, liberando al organismo de las variaciones de temperatura del medio interno, ha traído consigo una serie de modificaciones en el sistema nervioso, centro del que han emergido los sueños

La loca y el hada de la casa

La innovación presupone o provoca una cierta desorganización o relajamiento de las tensiones, estrechamente vinculados con la acción de un principio reorganizador, en el seno del sistema vivo en que aparece. La característica primordial de la hipercomplejidad es precisamente actuar como moderadora de las coacciones en un sistema que, de hecho, se encuentra en un cierto estado de desorden permanente a través del juego de las libres asociaciones aleatorias.

Es en base a este «ruido» y a partir de él como se forman las combinaciones del sueño y de la alucinación, a las que es posible considerar, ora como desorden que se organiza en función de múltiples gradientes, ora como la organización de un discurso que se desordena sin cesar y recomienza o diverge en cada ruptura. La invención permanente que caracteriza a los sueños se produce en el marco de este desorden organizador, de esta organización desordenada. En efecto, sueños y alucinaciones dan lugar de modo incesante a nuevas, extrañas y sorprendentes combinaciones, mezcla de coherencia e incoherencia, de la que equivocadamente, los analistas pretenden eliminar, tanto la incoherencia aleatoria, como la diversidad de líneas de fuerza que provocan la aparición de tales enjambres de imágenes. En este sentido, la creación en el seno del cerebro humano se hace permanente, el sueño es poiesis, poesía en el sentido originario y profundo del término, y, tal como dice poéticamente Roger Bastide, «puesto que se sigue soñando, aún no ha llegado a su consumación el proceso de creación» (R. Bastide, 1972, p. 47).

Pero la invención fantásmica y onírica no son más que eflorescencias fugitivas que de inmediato se reconvierten en residuos y «ruido», pues, tal como veremos en seguida, no pueden constituir por sí mismas la auténtica invención cerebral, aquella que, modificándolas, se integra en el marco del pensamiento organizado y el logos, y dependen de la intervención de las aptitudes heurísticas. No obstante, suministran. I a la creación lógica un flujo ya espasmódicamente creador. El sueño es un gran misterio, pero un misterio de la complejidad. El sueño, que no es propio de todos los seres vivos, ha aparecido en el curso del proceso evolutivo una vez alcanzado un cierto nivel de complejidad y gracias al establecimiento de la homeotermia, que, liberando al organismo de las variaciones de temperatura del medio interno, ha traído con- sigo una serie de modificaciones en el sistema nervioso, centro del que han emergido los sueños, es decir, actividades cerebrales desvinculadas de las coerciones inmediatas del medio ambiente (Jouvet, en prensa). El sueño del que puede detectarse y medirse su presencia a través del descanso, existe en los mamíferos, adquiere una mayor preponderancia en los primates, especialmente en el caso del hombre: 15 % del tiempo dedicado a descansar en el chimpancé y 24 % en el hombre (Gastauty Bert, en prensa). Por otra parte, cabe añadir que en el hombre los sueños aparecen fuera del descanso nocturno bajo la forma de alucinaciones o «sueños de vigilia».
El sueño no es, pues, una actividad residual. Excita todas las neuronas cerebrales, incluso las de la motricidad, y la inmovilidad del individuo que está soñando puede ser mantenida gracias a la acción de un mecanismo inhibidor específico, el mismo que permite al individuo que está despierto mantener su alucinación mientras se dedica de forma automatizada a llevar a cabo las operaciones propias de la vida de vigilia. Tal como hemos visto anteriormente (cf. p. 130), los sueños de los gatos están extraordinariamente estereotipados. Jouvet ha emitido la hipótesis de, que el juego desempeña una función de reprogramación genética que, en el seno del organismo desconectado de la experiencia fenoménica, reintegra a cada animal su personalidad específica. Así, por ejemplo, en sus sueños el gato doméstico deja de ser un mínimo para convertirse de nuevo en un felino depredador. Puesto que el feto humano parece hallarse en estado de sueño paradójico mientras permanece en el vientre materno, Jouvet refuerza su hipótesis asignando al sueño una responsabilidad genética organizativa en la conformación del sistema nervioso. El hecho de que el recién nacido sapiens sueñe entre el 40 y el 70 % de su tiempo de descanso, frente al 4 a 5 % que se da para el chimpancé recién nacido, y que, por ejemplo, en los sueños del feto o del recién nacido ya se esboce la sonrisa, parecen confirmar la anterior hipótesis.

Indicación de incalculable valor es la que acabamos de exponer y nos confirma que el sueño, lejos de ser un epifenómeno, participa plenamente en el proceso de auto-organización. Nos gustaría saber cuál es la naturaleza de los sueños del feto o del recién nacido, es decir, si manifiestan el carácter estereotipado propio del sueño animal o si ya están marcados por el signo del desorden. Tal dilema nos enfrenta con el rasgo fundamental de sapiens: no sólo sueña durante una mayor cantidad de tiempo, Sino que en sus sueños irrumpe el desorden y los sueños entran en su vida.

Si el sueño estereotipado del gato nos indica la presencia imperiosa del mensaje genético en la actividad onírica, el carácter desordenado del sueño humano nos muestra con claridad que, a este nivel, dicho mensaje «ha sido hecho añicos». Sin duda alguna el mensaje no desaparece, pero su permanencia es fragmentaria y fragmentada. Probablemente el mensaje onírico tiene un aspecto genético, en especial de «recordatorio» sexual, tesis que está en línea con la teoría de Freud, quien creyó haber desvelado la obsesión fundamental a cuyo alrededor se ordenaba el contenido de los sueños. Sin embargo, por nuestra parte nos inclinamos a creer que el juego aleatorio de imágenes y de fragmentos con sentido (semantemas) se encadena y toma forma, no en función de un solo gradiente obsesivo sino gracias a toda una serie de gradientes. No existe una única clave para descifrar los sueños, sino muchas, y la clave de todas las claves está, según nuestra opinión, en la intercomunicación general entre todo aquello que durante el estado de vigilia se halla más o menos compartimentado o separado en una prodigiosa mezcla de aspectos socioculturales, intelectuales, afectivos, genéticos, ambientales, de recuerdos ocultos, de anhelos insatisfechos, verdadero aquelarre de la hipercomplejidad neguentrópica.

En consecuencia, debe considerarse la proliferación onírico-alucinatoria, no como una vaga superestructura, sino como una infratextura neguentrópica, no como desechos o puros «ruidos» que sólo nos es dado oír cuando la máquina informacional duerme, sino como un aspecto capital del funcionamiento del cerebro de sapiens que conlleva un enorme despilfarro junto a un principio de creatividad.

Por lo demás, el surgimiento de una nueva idea siempre se ha visto vinculado, ya sea a una fulguración asociativa procedente de un acontecimiento fortuito o fortuitamente subrayado (la manzana de Newton) que toma la forma de una «inspiración» súbita, ya sea como el fruto de una alucinación o, incluso, de un sueño. El manantial de la creatividad durante la vigilia cabe buscarle en el seno de un juego aleatorio de infinitas y multifactorizadas combinaciones guiadas por gradientes obsesivos. En el marco de dicho juego la «capacidad» heurística cataliza y transmuta en mensajes, ideas o fórmulas aquello que hasta el momento no era más que un informe conjunto de ruidos malsonantes. Este es el auténtico significado del brain storing: despertar a la libre fantasía para atrapar la idea nueva. Así pues, lo que debemos hacer no es disociar la imagen onírica y la imaginación creativa, sino asociarlas, poner en estrecho contacto al hombre imaginario con el hombre que imagina (Laborit, 1970). La imaginación, «la loca de la casa», es a un mismo tiempo el hada de la casa en este juego ininterrumpido que nos lleva de la alucinación a la idea, de la afectividad a la praxis, de este juego que, por otro lado, ha sido el manantial del que han brotado innovaciones de todo orden para impulsar y enriquecer el proceso evolutivo de la humanidad.

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La brecha y la apertura

Entre el cerebro humano y su medio ambiente existe un information gap que convertiría al hombre en el animal más desprotegido si éste no pudiera llenarlo, cuanto menos parcialmente, con la experiencia cultural y el aprendizaje personal (learning). En efecto, no existe ni integración ni adecuación inmediata entre el cerebro y el medio ambiente, y la comunicación entre uno y otro es aleatoria, confusa, sometida permanentemente a la amenaza del error. El cerebro no posee ningún mecanismo interno que le permita distinguir entre los estímulos externos y los estímulos internos, es decir, entre el sueño y la vigilia, entre la alucinación y la percepción, entre lo imaginario y lo real, entre lo subjetivo y lo objetivo. No es posible eliminar en sí misma la ambigüedad que caracteriza a todos y cada uno de los mensajes que llegan al espíritu. Las ambigüedades sólo pueden ser resueltas por el pensamientos acudiendo a la colaboración conjunta del medio ambiente (la resistencia física del medio, la actividad motriz en el medio) y al control cortical (la memoria, la lógica). Una verificación de estas características no puede ser llevada a cabo inmediatamente, pues en los sueños no desaparece la resistencia del medio ni deja de hablamos la memoria. Es imprescindible el paso de un determinado lapso de tiempo para poder verificar cualquier mensaje o, lo que es lo mismo a fin de cuentas es siempre la praxis quien dará la respuesta y sus resultados entrarán a formar parte del caudal de saberes colectivos (la cultura). Sin embargo, ni siquiera la práctica y la cultura pueden disipar de forma absoluta la ilusión una práctica milenaria de ritos y una transmisión milenaria de creencias no aporta certeza alguna sobre la existencia de los espíritus, el ilimitado poder de Dios o la eficacia operativa de la plegaria.

En cualquier caso, siempre queda una vasta zona de ambigüedad, una brecha insalvable entre el cerebro y el mundo fenoménico, una y otra colmadas por creencias, «dobles», espíritus, dioses, magias y sus herederas, las teorías racionalizadoras. Por otro lado, sapiens tiene como característica su capacidad para dudar de la existencia de espíritus y dioses, para separar las palabras de las cosas, para rechazar las teorías que se empeñan en mostramos el mundo como algo absoluta y radicalmente asimilable por nuestro entendimiento. Es decir, puede descubrir de hecho lo, en principio, indecidible y ambiguo para, finalmente, poner en entredicho la verdad establecida.

La ilusión, el desorden, el error y el «ruido» nunca dejarán de acompañar la actividad pensante de sapiens, este juego, esta artimaña, este esfuerzo que adquiere su pleno desarrollo en la zona de la ambigüedad y la brecha de la In- certidumbre. La ideología y la mitología cicatrizan la brecha incesantemente, pero constantemente vuelve a resquebrajarse el conjunto por alguna de sus partes, abierto nueva- mente por algún agente. Esta inconsistencia es la que a un mismo tiempo limita para siempre y abre indefinidamente la posibilidad de conocimiento. Actúa como límite porque ningún sistema de ideas o ninguna teoría podrá jamás alcanzar el estatuto de construcción completamente cerrada y acabada pues siempre encontraremos en ella alguna proposición inconsistente. Deja las puertas abiertas indefinidamente a la aventura espiritual porque el cerebro humano necesita del ecosistema, la cultura, la sociedad y la praxis para establecer sus verdades, hecho que le impulsa a buscar en y por la naturaleza, en y por la cultura, en y por la sociedad, en y por la práctica la solución a sus dudas. Sin embargo, en un nuevo sistema de ideas, encontrará en su seno la ambigüedad y la inconsistencia, con lo que se sentirá empujado a buscar y construir un metasistema. El espíritu humano, por no estar constitutivamente acabado, encerrará su conocimiento en un marco mitológico o ideológico (considerando como ideología toda teoría cerrada que encuentra justificación en sí misma) o, aun sabiéndose condenado a no alcanzar un conocimiento global y terminado en todos y cada uno de sus aspectos, se lanzará a la búsqueda errante en pos de la verdad.

El cerebro biúnico, triúnico y polifónico

El «logos» es el producto de una incierta dialéctica establecida entre el «ruido» y las aptitudes o capacidades. Dicha dialéctica deriva de la actividad de conjunto del sistema cerebral. Tampoco aquí, queremos ni podemos considerar el cerebro como un órgano; nuestro objetivo es intentar interpretarlo como un sistema. No queremos ni podemos examinar su funcionamiento, intentamos desentrañar los principios que rigen su hipercomplejidad. No podemos ni queremos llevar nuestras reflexiones al nivel de la investigación, Nuestro objetivo es intentar formular los problemas que las recientes investigaciones plantean a nuestra reflexión antropológica sobre la múltiple unidad de sapiens-demens.

El cerebro humano es biúnizo por la dualidad de sus hemisferios que, simétricos entre los primates, se hallan diferenciados por ciertas localizaciones (por ejemplo, el centro de la expresión verbal se hallaría situado en el hemisferio izquierdo) en el caso de sapiens. Por el momento tan sólo podemos dejar correr nuestra imaginación en lo que hace referencia a dicha especialización, o mejor diríamos dialectización, cuyo exacto significado se nos escapa,

Por otro lado, la concepción triúnica del cerebro, propuesta por MacLean (1970) y reactivada por Laborit (1970), nos proporciona una base filogenética y organizativa adecua- das para entender los caracteres hipercomplejos que ya hemos apuntado anteriormente (poliintegración, policentrismo, débil jerarquización entre dos subconjuntos a la vez complementarios, en competencia y antagónicos).

Según MacLean, el tronco cerebral puede considerarse como la herencia recibida por los mamíferos del cerebro de los reptiles (paleocéfalo), el sistema límbico como la herencia del adelanto cerebral alcanzado por los primeros mamíferos (mesocéfalo) y el córtex asociativo (neocéfalo) como el desarrollo específico alcanzado por los mamíferos superiores y los primates, que se verá coronado por la enorme masa neocortical de sapiens. MacLean sugiere que el «paleocéfalo» sería la sede de la procreación, la depredación, el instinto de territorio y la gregariedad, el «mesocéfalo» la de los fenómenos afectivos y el «neocéfalo» la de las operaciones lógicas.

La concepción triúnica puede ser observada como un esquema carente de complejidad si consideramos que el cerebro humano se halla formado por tres estratos cerebrales superpuestos (postura que no adopta MacLean) en cada uno de los cuales se localizan fenómenos globales (tendencia que sigue dicho autor de vez en cuando). También nos cabe la posibilidad de considerar los subconjuntos indicados como herencias filogenéticas, atrofiadas o modificadas a causa de las sucesivas reorganizaciones efectuadas en el transcurso

del proceso evolutivo, pero aún perfectamente delimitadas gracias a una serie de rasgos, entre los que se puede englobar, los de origen bioquímico. En este sentido, en el caso de que haya funciones localmente delimitadas en el ámbito de tal o tal otro subconjunto, no sabríamos cómo someterlas a un auténtico análisis fuera del marco proporcionado por las interacciones e interferencias del conjunto total. En pocas palabras, el misterio de la triunicidad debe buscarse en el «uno! en tres» y no en el «tres en uno», ni en «tres cerebros” sino en tres subsistemas de una máquina poli céntrica. En consecuencia, las interrelaciones débilmente jerarquizadas que se dan entre los tres subconjuntos nos permite situar la paradoja sapiens-demens, el juego permanente y combinatorio entre la operación lógica, la pulsión afectiva y los instintos vitales elementales, a caballo entre la regulación y el desajuste.

Del lado de sapien encontramos el control y la regulación de la afectividad al nivel del córtex superior. Leroi-Gourhan, sin enmarcarse en modo alguno dentro del esquema concebido por MacLean, admira la sabiduría de la ordenación que ha insertado «el dispositivo de regulación prefontal… entre el córtex de la motricidad técnica y el del desencadenamiento afectivo» y considera «que no es posible imaginar al servicio de la inteligencia... un instrumental más adecuado para el desarrollo de las manifestaciones afectivas y motrices que el que posee el córtex prefrontal» (Leroi-Gourhan, 1964, p. 186). Del lado de demens, ignorado por Leroi-Gourhan, encontramos un conjunto triúnico débilmente jerarquizado cuyo dispositivo de regulaci6n puede verse fácilmente desajustado bajo la presión afectiva y cuya motricidad técnica puede ser puesta al servicio de fuerzas delirantes. Puesto que existe una regresión del control genético programado y la vigilancia ejercida por el córtex superior es débil e inestable, Iqueda abierta de par en par la puerta para la ubris afectiva, que puede servirse además de la maravillosa máquina lógica del cerebro para racionalizar, justificar y organizar sus maniobras y propósitos. El «poder» puede trasladarse incluso hasta la parte «heredada del reptil», hecho catastrófico en ciertos casos, como por ejemplo en los estados de pánico en los que la propia voluntad de supervivencia es la que precipita hacia la muerte o en aquellos casos en que ante un brusco cambio de circunstancias, aún a despecho de las enormes aptitudes adaptativas o heurísticas de las que goza el cerebro hipercomplejo, el gregarismo, el miedo o la locura, no sólo inhiben toda posible reacción resolutiva o de adaptación, silla que traen consigo regresiones, fracasos o desastres.
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El principio y el horizonte de la locura

Podemos comprender ahora la demencia de sapiens si tomamos en consideración:

1. la ambigüedad e indecisión fundamental que rigen la relación entre lo que pasa en su interior (subjetividad, imaginario) y lo que pasa en su exterior (objetividad, realidad),

2. el retroceso y las interferencias sufridas por el progra. ma genético a causa del aumento del «ruido» y de las capacidades,

3. la débil estabilidad del sistema triúnico,

4. la debilidad de aquello que ya es un epifenómeno sin haber llegado a convertirse en epicentro, la conciencia, es decir, este fenómeno en que el sujeto se objetiva como objeto, en que el objeto es percibido a través de sus adherencias subjetivas y donde el pensamiento se esfuerza por controlar la relación entre lo real y lo imaginario.

La principal fuente de la «locura» de sapiens se halla, evidentemente, en la confusión que le lleva a considerar lo imaginario como realidad, lo subjetivo como objetivo. Dicha confusión puede conducir a una racionalización delirante. en el sentido clínico del término, en la que se hallan estrechamente vinculados el exceso de lógica, que justifica, enmascara y organiza las pulsiones inconscientes y los intereses subjetivos, y el exceso de afectividad. Cuando la debilidad mental no proporciona el suficiente discernimiento, el origen de esta locura de sapiens se ubica en la orgía semántica que genera sentido allí donde sólo existe ambigüedad e incertidumbre.

Pero por encima de todo, la demencia de sapiens culmina y se desencadena cuando en y bajo el juego pulsional se , produce la ausencia simultánea de los cuatro controles fundamentales; el control del medio ambiente (ecosistema), el control genético, el control cortical y el control sociocultural (que desempeña un rol capital en la inhibición de la ubris y la demencia de sapiens). Tal como hemos visto anteriormente, cada uno de dichos controles tiene su «brecha», su carencia, su indecisión y su ambigüedad propias. Puesto que las fuerzas pulsionales se hallan escasamente sometidas al control genético, programador o inhibidor, que, correlativamente, el control ejercido por el medio ambiente es tardío e inseguro, que el control regulador del córtex puede verse bloqueado a causa de un sometimiento a las fuerzas pulsionales y que el propio control sóciocultural se halla a merced de las fuerzas de la locura en los casos de histeria colectiva, represiones masivas, sacrificios humanos, chivos emisarios,

guerras, etc., el delirio está, pues, en la conjunción entre la invasión de las fuerzas pulsionales incontroladas y su racionalización y aprovechamiento a través del aparato lógico-organizativo y/o del aparato social-organizativo. En consecuencia, la satisfacción del odio, ubris agresiva no controlada genéticamente (a diferencia de lo que sucede con la agresividad animal), será racionalizada mediante la idea de «hacer justicia», castigar, eliminar a un alhechor, y adquirirá un carácter operativo, a través de las técnicas de ajusticiamiento y de tortura. Así, en pleno siglo XX, la ciencia y la lógica actúan al servicio de las fuerzas de la destrucción y como guías de la civilización a un mismo tiempo (Michel Serres, 1972).

En el hombre surgen sin cesar delirios que destruyen la hipercomplejidad de su cerebro y es esta horrible demencia la que llena de terror a Koestler (1968), quien ve en la inestabilidad triúnica una carencia constitucional y se aflige por- que el poder jerárquico escapa al control de la razón neocortical. Pero este defecto de fabricación» es la otra cara -demencial- de la virtud innata -genial- del trisistema que, precisamente por el hecho de no hallarse verdaderamente jerarquizado puede actuar de forma auténticamente dialéctica, es decir, permitir que el logos se vea irrigado de forma constante por las fuerzas profundas de la afectividad, los sueños, las angustias, los deseos, etc., con lo que el cerebro de sapiens se convierte en un auténtico sistema hipercomplejo.
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El talento de la especie

El talento de sapiens está en la intercomunicación entre lo imaginario y lo real, lo lógico y lo afectivo, lo especulativo lo existencial, lo consciente y lo inconsciente, el sujeto y el objeto1, de ahí todos los extravíos, confusiones, errores, vagabundeos y demencias, pero también, y en virtud de unos mismos principios y operando sobre los mismos elementos, todos los conocimientos en profundidad (en los que se combinan la explicación lógica, la intuición y aquello a lo que Max Weber llamaba comprehensión), todas las sublimaciones e invenciones nacidas del deseo.

La demencia de sapiens es la insuficiencia y la ruptura de los controles, pero el talento de sapiens es también no hallarse totalmente prisionero de los mismos, ni del de lo «real. (el medio ambiente), ni del de la lógica (el neocórtex), ni del código genético, ni del de la cultura o de la sociedad. El talento de sapiens reside en controlar todos y cada uno de los controles.
El talento de sapiens se halla en la brecha de lo incontrolable por la que merodea la locura, en la sima de la incertidumbre y de la indecisión donde se investiga, se descubre, se crea. Está en la conexión que se establece entre el desorden eloístico de las profundidades inconscientes y esta sorprendente y frágil aparición que es la conciencia.
La extrema conciencia de sapiens bordea, desafía, se aventura y se sumerge en el delirio y la locura. La demencia es el precio de la sapiencia. Es en este sentido en el que reproducimos las palabras de Lacan: «La esencia del hombre, no solamente no puede ser comprendida al margen de la locura, sino que dejaría de ser tal si no llevara en sí misma la locura como límite de su libertad (Lacan, 1972).
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