Es sabido que la teoría dominante sobre el hombre se funda, no solamente sobre la separación, sino sobre la oposición entre las nociones de hombre y de animal




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(sapiens) con el hombre loco (demens), el hombre productor, el hombre técnico, el hombre constructor, el hombre ansioso, el hombre egoísta, el hombre en éxtasis, el hombre que canta y baila, el hombre inestable, el hombre subjetivo, el hombre imaginario, el hombre mitológico, el hombre en crisis, el hombre neurótico, el hombre erótico, el hombre úbrico, el hombre destructor, el hombre consciente, el hombre inconsciente, el hombre mágico, el hombre racional, en un rostro de múltiples caras en el que el homínido se transforma definitivamente en hombre. Todos estos rasgos se dispersan, se agrupan, se reagrupan, según los individuos, las sociedades y las situaciones, para acrecentar la increíble diversidad de la humanidad. Esta diversidad no puede ser comprendida partiendo de un principio simple de unidad; su base no puede estar en una vaga plasticidad modelada por los medios ambientes y las culturas. Sólo puede hallarse en la unidad de un sistema hipercomplejo. Dicha unidad es el conjunto-de principios generadores -entre los que no hemos olvidado el principio biogenético primario- a partir de los cuales se efectúan todos los enmarañados desarrollos por los que pasa el homo sapiens. Es equivalente a lo que Marx englobaba bajo la noción de hombre genérico y que, para nosotros, se confunde con la noción de naturaleza humana.


Cuarta parte
La arquesociedad

Hemos dado el nombre de paleosociedad a la sociedad formada antes de sapiens. Denominaremos arquesociedad a la característica de la prehistoria sapiencial. El término arkhe significa principio, fundamento, origen. El lector no ignora que para nosotros no es el homo sapiens quien ha fundado la sociedad, ni siquiera el homínido o el primate, sino que ésta se ha visto reestructurada en cada nuevo proceso de complejificación. En consecuencia, para nosotros la arquesociedad no es el fundamento último, pero sí es un nuevo fundamento, un nuevo surgimiento, un segundo nacimiento de la sociedad humana, si bien es el primer nacimiento de la sociedad sapiencial, o, lo que es lo mismo, el modelo fundamental de todas las sociedades sapienciales prehistóricas.

Algunas indicaciones suplementarias se hacen necesarias. Creemos que, de una parte, la paleosociedad, lejos de disolverse, se integra en el seno de la arquesociedad a modo de paleoestructura, mientras que por otra las líneas maestras de la arqueosociedad han sido elaboradas con anterioridad a sapiens. No sabríamos delimitar una brusca ruptura en el proceso que engloba a un mismo tiempo como formas interaccionantes la complejificación del cerebro y la complejificación social. Antes bien parece lógico pensar que el acrecentamiento de la complejidad cerebral que tiene lugar en el homo sapiens se traducirá en:

a) una complejificación microsocial (individuo, familia), macrosocial (apertura hacia el exterior a través de la exogamia, intercambios, alianzas) y del sistema de comunicaciones,

b) una nucleación cultural a partir del mito y la magia.
Para concebir la paleosociedad no nos limitábamos a re- i flexiones sobre los datos sumamente fragmentarios e imprecisos que nos proporcionaba la arqueología del homínido. Necesitábamos también, en base a los recientes descubrimientos efectuados sobre las sociedades de antropoides y la etnografía de las sociedades arcaicas actuales, postular la exis- tencia de algo que hubiese evolucionado fuera y a través del campo delimitado por unas y otras. Para concebir la arquesociedad tomaremos como marco de referencia los rasgos comunes a las últimas sociedades arcaicas observadas en estos dos últimos siglos. La antropología social tradicional estudiaba tales sociedades como si fueran primitivas, a pesar de que paulatinamente se fuera dando cuenta de que nada tenían de primitivo, con lo que centraba su estudio en algo cuya significación le era cada vez más desconocida. Desde nuestro punto de vista la noción de primitivismo carece de todo sentido pues se diluye en la vasta cadena de la hominización, que a su vez se encadena a una evolución social de los primates. Así pues el primitivismo se pierde en la primaticidad. Por otro lado, lo que sí existe es un arcaísmo, es decir, una matriz que conforma todas las sociedades sapienciales prehistóricas, entendiendo por tales todas aquellas que se han multiplicado y perpetuado, con determinadas variaciones pero sin transformarse en lo fundamental, antes de saltar hechas añicos ante el empuje de las sociedades históricas.

La prodigiosa diáspora que ha permitido la extensión de homo sapiens sobre la totalidad del planeta en algunas decenas de miles de años es la de la arquesociedad, que se ha visto acompañada .por una extraordinaria diversificación de razas, etnias, culturas, lenguas, mitos y dioses. Han aparecido sociedades duras y sociedades flexibles, sociedades doblega- das por el peso de la necesidad y otras que satisfacían sus necesidades sin dificultad, sociedades en las que dominaba la caza y otras basadas en la recolección de hierbas y frutos (algunas incluso preagrícolas o que han adoptado la agricultura tomando como modelo sociedades históricas próximas), sociedades agresivas y sociedades pasivas, sociedades caracterizadas por su rígida normativa y sociedades poco coercitivas, sociedades con una etiqueta minuciosa y sociedades de gran espontaneidad, sociedades con una muerte agobiante y sociedades con una muerte liviana, sociedades poseídas por los espíritus y sociedades que han jugado con ellos, sociedades más dedicadas a los dioses y sociedades primordialmente consagradas a los hombres, sociedades duramente opresivas con la mujer y sociedades en las que la mujer apenas es inferior, sociedades lujuriosas y sociedades castas, sociedades «dominadas por Apolo y sociedades «dionisíacas».

A pesar de tan extrema diversidad, en todas ellas se mantiene un mismo molde organizativo, la estructura jerárquica paleosocial. Todas están basadas en un sistema en el que la cultura constituye el elemento generativo, todas emplean un lenguaje de doble articulación, todas conocen reglas de parentesco, matrimonio y exogamia, ritos, mitos, magia, ceremonias de la muerte y de la vida; creencias en otra vida, arte, danza, canto... Esta unidad fundamental es tan notable que nos inclina a pensar, con Hockett y Asher, que con anterioridad

a la diáspora tuvo lugar una revolución humana (nosotros diríamos sapiencial) que otorgó a la arquesociedad una «prima selectiva», precisamente la que permitió la diáspora.

1. LA RAMIFICACIÓN y LA APERTURA DE LA SOCIEDAD

La nucleación familiar

A diferencia de las aves y de otras muchas especies, en la sociedad primática la pareja no constituye la unidad funda- mental. No encontramos aún familia en las sociedades de monos y antropoides, y allí donde aquella aparece lo que se halla ausente es la sociedad. Vemos, pues, que la familia no se articula con la sociedad y que ésta no es lo bastante compleja como para integrarla.

La hominización ha estrechado los lazos entre madre e hijos, entre mujer y hombre, y ha acercado el hombre al niño. Se constituye, pues, en la paleosociedad la constelación que posteriormente se transformará en núcleo familiar.

La intimidad entre hombre y mujer se ha visto favorecida por una serie de procesos de distintos orígenes que han interferido entre sí. El acrecentamiento de la individualización y el desarrollo de las relaciones afectivas interindividuales, así como el mantenimiento entre los adultos de la capacidad infantil para amar, han repercutido sobre las relaciones entre hombre y mujer, acentuadas y fortificadas por la incidencia de la erotización generalizada y de la sexualización permanente.

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Sin duda alguna ha sido la verticalización del homínido la que ha hecho posible, desde el punto de vista anatómico la cópula frontal y, afirman Hockett y Asher con un rápido salto imaginativo, «su inmediata explotación» (Hockett y Asher, 1964). Con el amor frente a frente se han desarrollado en el curso de la evolución genética que lleva a sapiens, atractivos erógenos tales como los labios prominentes, los senos hinchados, el pene grueso y largo, sin que por ello se haya debido sacrificar la parte posterior del cuerpo pues las nalgas, macizas y carnosas, significan una intensa atracción tanto para la vista como para la mano. La erotización del rostro, aliándose con el acrecentamiento de su individualización, convertirán a la pareja en un ser atractivo y fascinante.

El orgasmo femenino, casi inexistente entre los antropoides, hace su aparición y transfigura el sentido de la relación sexual para la mujer. Entre todos los primates, son los humanos los que poseen el orgasmo más prolongado e intenso, espasmódico y oceánico que arranca gritos de éxtasis.

Sin duda alguna también es en el curso de la hominización, cuando la actividad y la atracción sexuales dejan de hallarse limitadas a las épocas de celo para convertirse en permanentes. En lo sucesivo, el carácter permanente del eros, su generalización a todo el cuerpo y su intensificación extática en el espasmo afianzarán el cuerpo a cuerpo entre hombre y mujer.

El hombre y la mujer que se aman se hallan uno «en brazos» del otro y, como sugieren Hockett y Asher (ibid.), la similitud entre el abrazo de un amante y el de un niño ha podido contribuir a extender las caricias maternales al juego amoroso.

Finalmente, hombre y mujer se hallarán frente a frente en la copulación, la conversación, la cohabitación y, por encima del centro de atracción/relación constituido por las partes sexuales, el rostro se erigirá en nueva zona de atracción/relación, especialmente a través de esta fabulosa boca que es a un mismo tiempo el órgano de la palabra, del comer, del respirar, del besar. (Y llegará el momento en que los amantes implicarán simbólicamente en el boca a boca el beso original, de la madre a su hijo, el comerse recíproco, el intercambio de alma -gracias a la arcaica identificación del alma con el aliento-, el contacto cuasi vaginal de los labios y la penetra- I ción peniforme de la lengua.)

Así pues, sexualidad, erotismo y ternura se coagularán y combinarán y su síntesis sublime será el amor. Un espeso trenzado de vínculos y atracciones se constituirá en la base psicoafectiva de la pareja mientras que, por otra parte, encontrará su base social en el matrimonio. A partir de este momento amor, pareja y matrimonio se convertirán en términos complementarios, pero también concurrentes y antagónicos y aparecerá una nueva complejidad a nivel interindividual, fuente de alegrías, tristezas, exaltaciones, dramas, dichas y desesperaciones.

La intimidad y la proximidad afectiva entre hombre y mujer contribuirán al acercamiento entre aquél y el niño. Mucho antes de que sea reconocida la paternidad genética aparece la paternidad psicológica, que emerge desde el mismo instante en que la autoridad protectora y posesiva de la clase masculina se individualiza y se convierte en allegada e íntima para el niño, es decir, cuando junto a la mujer hay un hombre próximo e íntimo.

La paternidad titubea entre el hermano de la madre 1 (tío que puede ser considerado como padre) y el compañero de la madre (padre que puede ser considerado como tío).



  1. Pues paralelamente al estrechamiento de los vínculos amorosos ha existido el mantenimiento y fortalecimiento de los lazos entre hermanos y hermanas de tal modo que, a lo largo del período de hominización, el hermano se ha convertido en .el protector "natural" de su hermana de forma cada vez más acusada. .

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Más pronto o más tarde, según creemos nosotros, después de sapiens, el hermano paternizado se convertirá en tío, mientras que el esposo-tío se convertirá en padre y desde el mismo momento en que sea reconocido como progenitor la paternidad quedará definitivamente entronizada.

De este modo se conforma el primer núcleo familiar. La paternidad amplía la relación nuclear madre-hijo al introducir al hombre en su marco, mientras que paralelamente, integra el principio de jerarquización masculina en el nuevo núcleo padre/madre/hijo4. Creemos pues que el gran fenómeno que prepara la hominización, convertida en una realidad por sapiens, no es el «asesinato del padre», sino su nacimiento.

Dicho acontecimiento fundacional tiene como mínimo un rasgo común con el fantástico «asesinato del padre» freudiano introduce la ambigüedad en el mundo del niño. El padre es a un mismo tiempo protector y usurpador (al tomar para sí una parte de la ternura maternal), sostén y enemigo (al reprimir con su autoridad los deseos infantiles). El sentido ambiguo de la figura del padre se esclarece repentinamente desde el punto de vista sociológico: el padre aporta la complejidad, es decir la contradicción interna en la microestructura que se ha creado: la familia.

Por último no basta con que se instituya la relación padre- madre-hijo para que la familia se constituya. Es necesario que, una vez convertido en adulto, el vástago siga siendo hijo o hija de sus padres y que éstos continúen actuando como tales hasta el momento de su muerte. Este es un aspecto de capital importancia sociológica en el proceso de juvenilización de la especie sapiens, que al mantener a lo largo de toda la vida las relaciones afectivas surgidas en la infancia permite a una estructura biológica, inicialmente ligada a la reproducción y posteriormente a la infancia, convertirse a través de una metamorfosis en una microestructura social permanente que se autoperpetuará y autorreproducirá5.

La apertura sociológica

La familia es un subsistema abierto al sistema social. El padre-esposo pertenece a la clase de los hombres, la madre al grupo de las mujeres y el hijo, a partir de una cierta edad, al grupo de los jóvenes no iniciados. Por medio de esta apertura la familia podrá articularse en la sociedad a través de la organización de las relaciones de parentesco y de la reglamentación de la sexualidad que, con la institución de la exogamia, quedarán vinculadas a una nueva apertura de la propia sociedad sobre otras sociedades aliadas, con la subsiguiente elaboración de una metasistema macrosocial. Así pues, el surgimiento de una estructura familiar dotada de complejidad interna y articulada a la sociedad se inserta en una reorganización general que acrecienta de forma decisiva, y a todos los niveles, la complejidad social. Es necesario ligar estrechamente dicho proceso de complejificación con el de extensión y profundizamiento del poder de la clase masculina.

En efecto, este poder de clase tiene la ventaja de someter a una regla objetiva todo cuanto pudiera convertirse en fuente de conflictos entre sus miembros y, por idénticas razones, aporta a la sociedad reglas generales de organización. Dicha reglamentación es muy probable que tuviera sus comienzos, tal como hemos visto anteriormente, con el reparto de los productos de la caza, extendiéndose a otros dominios distintos. No hay duda alguna de que el dominio más reacio a la reglamentación era el de la sexualidad, abierto a la concurrencia, es decir.-a la libre elección, de los individuos dominantes. Sería difícil pronunciarse a favor o en contra de una progresiva modelación de normas al respecto en el curso del período de hominización. En todo caso, lo que parece sumamente pro- bable es que tanto el problema de la distribución de las mujeres como, y de un modo más amplio, el de la reglamentación de la sexualidad, se vieran activados, no sólo en la medida en que la clase masculina desarrollaba su poder organizativo, sino también por imperativos del carácter invasor y permanente que adquiría la sexualidad y del riesgo que presentaba la elección de compañero por parte de la mujer, protestando contra la dominación masculina original, como secuela inmediata del desarrollo del erotismo y del orgasmo femenino. Sea como fuere, lo cierto es que la reorganización tuvo efecto bajo y por la autoridad de la clase masculina, mientras que la noción de padre adquirirá en lo sucesivo plena legitimidad y dará carta de naturaleza a una autoridad paterna pretendidamente natural. Un mismo sistema articulado de reglas determina las normas del reparto de las mujeres, del matrimonio, del control de la sexualidad que, tal como veremos más adelante, serán extendidas a los ámbitos de la alianza y el intercambio. El matrimonio crea una barrera inhibidora a toda sexualidad desarrollada fuera del marco de la pareja; la prohibición del incesto la crea ante toda sexualidad intrafamiliar, convirtiéndose en uno de los pilares de la exogamia y adjudicando a las hijas el carácter de bienes de intercambio.

Así pues, al control biológico que regulaba los períodos de deseo y a la libre concurrencia biológica que entregaba las hembras a los jefes, les suceden la reglamentación sociológica que distingue entre deseos lícitos e ilícitos y que distribuye las hembras según principios independientes de los individuos. La clase masculina, confirma su cohesión y dominio al reglamentar el terreno primordial en que se desarrollan las tensiones entre los primates, la zona de las relaciones sexuales.

Paralelamente, confirma y desarrolla su autoridad sobre los jóvenes, en la familia a través de la paternidad, en la sociedad por medio de la iniciación (cf. p. 196). La clase masculina culmina su promoción de clase dominante a
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