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La evolución humana.

Roger Smith
[Fuente: Smith, R. (1997). Human Evolution. En The Norton History of the Human Sciences (pp. 452-491). New York and London: W. W. Norton & Company.]

[Traducción: Ana María Talak. Cátedra: Psicología I, Facultad de Psicología, Universidad Nacional de La Plata, 2012.]

Aparentemente es más verdadera y más alentadora la idea de que el progreso ha sido mucho más general que el retroceso; que el hombre ha surgido, aunque a través de pasos lentos e interrumpidos, de una condición más baja hasta el nivel más alto alcanzado por él en el conocimiento, la moral y la religión.

Charles Darwin, El origen del hombre y la selección sexual (1871)1

I. El lugar del hombre en la naturaleza.

George John Romanes (1848-94) es un raro ejemplo de un victoriano cuya duda religiosa derivó directamente de los argumentos de la ciencia natural que se oponían a la evidencia del designio de Dios en el mundo. Romanes también fue un lector profundo de los trabajos de Charles Darwin (1808-82). Posteriormente Darwin pasó sus notas sobre los instintos al joven que difundió las ideas de su mentor en libros sobre psicología comparada y teoría evolucionista. Romanes escribió: “Si podemos estimar la importancia de una idea por el cambio de pensamiento que ella produce, esta idea de [evolución por] selección natural es incuestionablemente la más importante que ha sido concebida por la mente humana”.2 Aún teniendo en cuenta alguna exageración disculpable, esta es una afirmación fuerte.

La vigencia de tales afirmaciones se debilitó cuando disminuyó la confianza en el progreso y en la habilidad de encontrar la verdad. Más aún, desde la distancia en el tiempo respecto a Darwin, se encontró que mucho de lo que una vez hizo que su trabajo pareciera revolucionario, estaba inserto en su cultura intelectual. Las teorías sobre el desarrollo histórico del lenguaje habían explorado ya la evolución de la naturaleza humana, a la vez que la fisiología había fusionado la naturaleza y la naturaleza humana en una perspectiva naturalista. La cuestión no es que Darwin tuviera predecesores que sostenían exactamente las mismas ideas (no los tuvo), sino que varias áreas de pensamiento además de las propias contribuyeron al “darwinismo”, la perspectiva evolucionista científica a la que se unió su nombre. Es muy difícil mantener la creencia de que un hombre solo efectúe una revolución en el pensamiento. Por último, lo que los historiadores conocen entre ellos como la empresa darwiniana, un verdadero imperio de erudición histórica, ha detallado cada mínimo gesto de la mente de Darwin, pero tampoco de ese modo se pueden construir juicios como los que formuló Romanes.

No obstante, Darwin era un nombre de uso corriente a fines del siglo XX como lo era para los victorianos, y si cualquier nombre individual estaba unido a la creencia de que hay o podría haber una ciencia natural sobre la naturaleza humana, era el de él. La razón es sencilla. Darwin hizo plausible la creencia de que los seres humanos, como las plantas y los animales, se originan en la naturaleza física y de un modo acorde con las leyes causales. La evidencia de que los seres humanos han evolucionado desde la naturaleza física confirmaba la conclusión de que la naturaleza humana y la naturaleza física son entendibles en los mismos términos. Dicho de forma más simple, Darwin mostró que la ciencia natural abarca al hombre. La teoría evolucionista fue tanto una demostración empírica de la continuidad de la naturaleza y la naturaleza humana como una legitimación teórica de las ciencias humanas. La popular imagen de Darwin en conflicto con la religión –una imagen que requiere considerable reserva histórica– es al menos emblemática de la significación más amplia de la teoría de la evolución. Si, en palabras del Génesis, “Dios creó al hombre a su imagen”, en palabras de Darwin, “el hombre con todas sus nobles cualidades… con todos estos poderes elevados – el hombre aun carga en su marco corporal la estampa indeleble de su modesto origen”.3 Estas palabras contrastantes aún parecen demandar a mucha gente una elección, incluso después de más de un siglo de comentarios e interpretaciones. El Primer Ministro británico, Benjamin Disraeli, tenía mucha labia pero estaba en tono con la opinión pública cuando preguntó, en relación al trabajo de Darwin, “¿El hombre es un simio o un ángel?” y se declaró a sí mismo, “del lado de los ángeles”.4

Hay tres puntos interrelacionados en la lógica del argumento evolucionista que son especialmente pertinentes para entender el lugar que este llegó a ocupar en las ciencias humanas. El primero se refiere a la autoridad que adquirió la teoría de la evolución como prueba de que el hombre tiene un ancestro animal. La evidencia de la evolución, los hechos que Darwin manejó brillantemente, parecían requerir que la gente aceptara la continuidad del hombre con la naturaleza, sin importar las ideas previas que tuviera. Así fue como los defensores de Darwin, como Thomas Henry Huxley (1825-95) en Gran Bretaña o Ernst Haeckel (1834-1919) en Alemania, promovieron la causa. Como dijo Huxley sobre el origen de las especies: “La pregunta requiere ser contestada por la investigación meticulosa y amante de la verdad, realizada por hábiles naturalistas. Es el deber del público general esperar con paciencia el resultado…”5 Esto fue lo que hizo de Darwin una figura apropiada para la cosmovisión científico-natural en el siglo XIX; fue él quien hizo que los hechos de la naturaleza revelaran las bases de existencia humana. El fracaso de los críticos de Darwin para organizar hechos persuasivos en contra de él, aumentó el prestigio de la cosmovisión científica en general. Sin embargo, en la teoría de Darwin había mucho más que una afirmación, o que un conjunto de afirmaciones, probadas por los hechos. Su teoría ejemplificó una forma de pensar sobre la vida y la naturaleza humana que los científicos aceptaron en última instancia porque era para ellos la única manera de hacer ciencia. Como observó G. H. Lewes (1817-78), colega de George Eliot, la apelación al pensamiento evolucionista fue la del supuesto “de que a lo largo de toda la Naturaleza –incluyendo los fenómenos sociales y morales– los procesos están subordinados a la Ley inmodificable…”6

El segundo punto es que quienes proponían la teoría de la evolución supusieron la continuidad entre el mundo animal y el mundo humano para justificar la extensión de su argumento a los seres humanos. Al mismo tiempo, ellos usaron evidencia sobre el pasado evolucionista del hombre como autoridad empírica para el principio de continuidad. Este procedimiento parece dar por sentado lo que el argumento se propone probar. Otra forma de verlo, sin embargo, es considerar el argumento como simultáneamente conceptual y empírico, abstracto y concreto. Fueron las dimensiones filosóficas y científicas juntas las que hicieron que la teoría de la evolución resultara significativa para las ciencias humanas. Además, dado que filosofía y hecho estaban tan íntimamente conectados, los observadores pensaron que Darwin provocó una revolución en las ideas.

Tercero, el impacto de Darwin se centró en su imagen de los hombres y las mujeres como animales. Ciertamente este fue su efecto en la imaginación del público, como lo atestiguan muchas caricaturas con Darwin mismo como un mono. Al comienzo de su tratamiento de la moralidad, escribió: “Hasta donde yo sé, nadie (hasta ahora) la ha abordado exclusivamente desde el lado de la historia natural”.7 Pero tal abordaje de la moralidad era precisamente lo que los oponentes no concederían en primer lugar; ellos no aceptaban que la moralidad fuera un tema de la “historia natural” o que la esencia del hombre fuera un tema de la ciencia natural. En última instancia, esto no era una cuestión de disputa empírica sino un debate sobre los términos en los que era posible tener conocimiento del hombre. De la misma forma, los hechos empíricos eran muy importantes en tanto, en la realidad histórica, persuadían a la gente a aceptar una u otra posición. La evaluación de la significación de Darwin para las ciencias humanas no puede hacerse por lo tanto en forma independiente del debate sobre qué tipo de ciencia humana estaba bajo discusión. Muchos victorianos evolucionistas apasionados fueron evolucionistas precisamente porque la teoría evolucionista unificaba la ciencia natural y humana, y sus sucesores, tales como los sociobiólogos activos en las décadas de 1970 y 1980, compartieron esta posición. Como dijo Huxley en la conclusión de una reseña sobre El origen de las especies: “no creemos que… ningún trabajo haya previsto ejercer una influencia tan grande… al extender el dominio de la Ciencia a regiones del pensamiento en las que difícilmente ella ha penetrado hasta ahora”.8 Esta era la voz segura de la cosmovisión científica del siglo XIX. No obstante, entonces y después, muchos críticos continuaron defendiendo otras formas de explicación en las ciencias humanas; había además otras disciplinas que afirmaban que eran ciencias como las disciplinas de la ciencia natural. Más allá de esto, en la cultura más amplia, muchas formas de argumentos y creencias religiosas percibían los límites de la capacidad de cualquier tipo de ciencia de circunscribir totalmente la existencia humana.

El pensamiento evolucionista y el nombre de Darwin también estuvieron inextricablemente unidos al debate ético y político. El positivismo comteano, el materialismo histórico y la teoría evolucionista por igual incorporaron una dimensión descriptiva pero también evaluativa. La distinción analítica entre hechos y valores que los filósofos introdujeron posteriormente, no estaba presente en el siglo XIX. Desde el principio, las ideas evolucionistas fueron parte del proyecto cargado de valor (value-laden project) conocido en el siglo XVIII como la ciencia del hombre y en el siglo XIX como la ciencia de la sociedad. La teoría de la evolución no se separó de esta empresa; incluso Darwin pensaba que, de hecho, la evolución humana demuestra la realidad del progreso. A veces, especialmente a fines del siglo XIX, el lenguaje evolucionista llegó a ser dominante en ética y política y fue usado para sostener muchas afirmaciones diferentes a la idea de que la historia natural del hombre determina sus posibilidades. El nombre de Darwin quedó unido a muchas perspectivas distintas; y aunque muchas de estas ideas usaron mal su nombre, esto no significa que Darwin mismo no creyera que el pensamiento evolucionista afectaba los valores del hombre.

La ética era el fin explícito del trabajo sobre la evolución de Herbert Spencer (1820-1903), trabajo que fue el intento más sistemático de pensar las implicaciones de la teoría de la evolución para la psicología y la sociología. Su ambición era mostrar cómo un sistema de ética podía ser derivado realmente del conocimiento de los hechos evolucionistas de la naturaleza. Darwin hizo lo mejor que pudo para evitar los espinosos problemas de la filosofía, pero trató aún de reconciliar en las publicaciones sus ideas victorianas de progreso moral con su abordaje de la evolución humana. Una característica central del pensamiento evolucionista, como el positivismo comteano, era que brindaba argumentos para fundar qué es correcto hacer en lo que es natural hacer. Esto formaba parte de una división en los valores culturales, que los historiadores llaman a menudo naturalismo, el cual reemplaza la autoridad de lo trascendente por la autoridad de este mundo, la naturaleza, en la determinación de la acción correcta. Al mismo tiempo, muchos evolucionistas, aunque no Darwin ni Spencer, eran profundamente religiosos. Otros, como los defensores de Darwin en el continente europeo, tales como Haeckel en Alemania y D. I. Pisarev (1840-68) en Rusia, se convirtieron en líderes del naturalismo darwiniano en el contexto de las batallas políticas contra las fuerzas cristianas conservadoras. Probablemente el autor de no ficción más vendido en lengua alemana antes de 1933 fue Wilhelm Bôlsche, quien escribió novelas sobre la evolución como historias de amor y reforzó una visión sentimental de la vida humana natural. En la década de 1920, los trabajadores alemanes encontraron más inspiración en la lectura del libro de Huxley El lugar del hombre en la naturaleza (Man´s Place in Nature), que en Marx. La idea de que la naturaleza evolucionista da esperanzas al hombre tenía un atractivo amplio. Piotr Kropotkin (1842-1921), un biólogo ruso, aristócrata exiliado, encontró en el trabajo de Darwin la base para la creencia de que el hombre tiene una naturaleza naturalmente cooperativa y que la destrucción de formas existentes de gobierno permitiría la libre expresión de esta naturaleza. A menudo, las teorías “darwinianas” fueron en la intención, tanto pacifistas como militaristas.

El debate sobre la evolución fue un debate sobre la evidencia biológica y geológica. Pero no era extraodinario el hecho de que los naturalistas también reflexionaran sobre la teoría de Malthus acerca de la población humana, en relación con la vida de los animales y las plantas. Ninguno de los primeros victorianos educados que tuviera un interés en los problemas sociales podría haber evitado una familiaridad con los abordajes malthusianos de la pobreza y con la creencia de que la sociedad es un asunto de leyes ineluctables. La ciencia de la economía política tenía un lugar establecido entre las ciencias de la época, y había muchos precedentes para la transferencia de ideas de una ciencia a otra. El banquero George Poulent Scrope (1797-1876), por ejemplo, también era un geólogo, y en la década de 1820, sus pensamientos sobre la economía y el balance de recursos finitos aparecían por igual en ensayos sobre finanzas y sobre la superficie terrestre. Es llamativo incluso que los dos teóricos originales de la selección natural, Alfred Russel Wallace (1823-1913) y el mismo Darwin, reportaran experiencias “eureka” que incluían a Malthus, y que el primer pensamiento evolucionista de Spencer en parte fuera una respuesta a Malthus. El lenguaje político de “no hay alternativa” era muy familiar para los victorianos. La imagen de una lucha por el sustento en la sociedad humana reapareció en las afirmaciones de Darwin y Wallace sobre la selección natural. Según estos autores, el punto crucial acerca de por qué ocurre la evolución, era que los animales y las plantas compiten por la subsistencia y que esta competencia conduce a la supervivencia de una variedad más que otra a lo largo del tiempo. La supervivencia diferencial, sostenían, es el mecanismo de la evolución orgánica, el origen de las especies. Su argumento involucraba muchos otros elementos y llegó a ser muy sofisticado. No obstante retuvo un lenguaje que unía la descripción de Malthus de la competencia humana como motor del progreso social (cualquiera fuera el costo), y sus propias descripciones de la lucha orgánica por la existencia como motor del cambio evolucionista (cualquiera fuera la extinción de animales y plantas). Incluso si Spencer no hubiera acuñado la expresión “supervivencia del más apto”, los victorianos aún hubieran escrito y leído sobre la selección natural con lentes coloreados por la economía política.9

Las polémicas de fines del siglo XIX sobre cuestiones nacionales o internacionales a menudo invocaban el nombre de Darwin o desplegaban un lenguaje “darwiniano” para describir un valor político particular –raza o lucha, por ejemplo– como si fuera una característica de la naturaleza. Este lenguaje fue más fuerte en la justificación del imperio, en una época en que los países europeos y Estados Unidos competían ferozmente por establecer esferas de influencia económica y militar en el mundo. Karl Pearson (1857-1936), un pionero en matemática biológica y análisis estadístico, concluyó su muy leído La gramática de la ciencia (The Grammar of Science) (1892) con afirmaciones sobre la inevitabilidad de la lucha evolucionista y la obligación de las naciones superiores de brindar liderazgo al mundo. “La lucha del hombre civilizado contra el hombre incivilizado y en contra de la naturaleza produce una cierta “solidaridad de la humanidad” parcial que incluye una prohibición contra cualquier comunidad individual que desperdicie los recursos de la humanidad.”10 Esa literatura sostenía que los valores eran revelados por la ciencia misma pero no hacía uso simplemente de la autoridad de la ciencia empírica para garantizar los valores. La literatura del darwinismo político perpetuó la práctica largamente establecida que compartía lenguaje y sentido entre la ciencia del hombre, la economía política y la ciencia natural. La noción de lucha, el conflicto de intereses, había sido un pilar del pensamiento político liberal desde el siglo XVII. Así como Darwin o Wallace pensaron en las nociones malthusianas cuando crearon la teoría de la selección natural, de la misma forma Pearson o su contemporáneo Benjamin Kidd –el autor de Social Evolution (1894) – pensaron en la biología evolucionista al articular metas políticas. Todo esto aporta a la conclusión de que el pensamiento evolucionista formó parte de las ciencias humanas y no que fue un trabajo independiente que luego tuvo influencia en las ciencias humanas.

La expresión “darwinismo social” no parece haber sido usada mucho, por lo menos, en el siglo XIX. Alude de un modo más despectivo a cualquier intento de usar la biología evolucionista para justificar una afirmación sobre la sociedad o una política social: el respaldo del conflicto entre individuos, clases, naciones o razas como necesario para el progreso; de la creencia de que la acción individual o colectiva, especialmente la agresión, es más natural que cultural; o de la eugenesia, la creencia de que la reproducción diferencial es el modo de afectar el destino humano. Poco se gana cuando tantos argumentos diferentes se amontonan de ese modo, incluso aunque el nombre de Darwin fuera usado en ese rango de ideas tan amplio. Es notable, por ejemplo, que los defensores darvinianos de la eugenesia promovieran controles del gobierno central sobre la reproducción, mientras que los darvinianos que estaban a favor de la lucha individual por la existencia se opusieron específicamente a tal compulsión.

A partir de esta evaluación general del debate evolucionista, se analizarán ahora las contribuciones de Spencer y de Darwin, y los modos específicos en que la psicología, la sociología y la antropología se convirtieron en ciencias evolucionistas en la segunda mitad del siglo XIX.
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