Versión de Teresa Albero, Jesús Alborés, Ana Balbás, José Antonio Olmeda, José Antonio Pérez Alvajar y Miguel Requena




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Así que haré como si esta zapatilla de cristal me apretara. (Viorst, 1987.)
Sin embargo, como ocurre en esta versión de Cenicienta, estas nuevas interpretaciones se encuentran en libros dirigidos al público adulto y apenas han afectado a las historias que cuentan los innumerables libros infantiles.
Aunque existen honrosas excepciones, los análisis de programas de televisión dirigidos a la infancia se corresponden con las conclusiones a las que se ha llegado al analizar la literatura infantil. Los estudios de los dibujos animados de mas éxito demuestran que prácticamente todos los protagonistas son masculinos y que ellos dominan los papeles más activos. Imágenes similares pueden encontrarse en los anuncios que se intercalan en estos programas.
Dificultades de la educación no sexista
June Statham estudió las experiencias de un grupo de padres decididos a no dar una educación sexista. La investigación incluía a treinta adultos de dieciocho familias, con niños de edades comprendidas entre los seis meses y los doce años. Los padres eran de clase media y la mayoría tenían trabajos académicos como maestros o profesores. Statham encontró que la mayor parte de ellos no sólo trataban de modificar los roles sexuales tradicionales, intentando que las niñas se parecieran más a los niños, sino que buscaban una nuevas combinaciones de lo femenino y lo masculino. Querían que los chicos fueran más sensibles a los sentimientos de los demás y más capaces ...
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de expresar cariño, mientras que animaban a las niñas a que no perdieran oportunidades de aprender y de progresar en la vida. A todos los padres les parecía difícil luchar contra las pautas de aprendizaje del género existentes. Tuvieron un cierto éxito en su intento de que los niños se entretuvieran con juguetes que no fueran marcadamente sexistas, pero incluso esto resultó más difícil de lo que muchos habían esperado. Una madre le comentaba al investigador:
Si entras en una juguetería, está llena de productos bélicos para los niños y de juguetes domésticos para las niñas, y esto resume la sociedad tal y como es. Así se está socializando a los varones: resulta aceptable que se les enseñe a matar y a hacer daño, y creo que esto es terrible, me repugna. Intento no entrar en las jugueterías porque me pone de mal humor.
En la práctica, todos los niños y niñas tenían juguetes sexistas que utilizaban y que les habían regalado sus parientes.

Ahora hay libros de cuentos con niñas fuertes e independientes que son las protagonistas, pero hay pocos que muestren a los niños en roles no tradicionales. La madre de un niño de cinco años decía lo siguiente de la reacción de su hijo cuando cambió los sexos de los personajes de una historia que le estaba leyendo:
Se enfadó un poco cuando, al leerle un libro que representaba a un niño y a una niña en roles tradicionales, cambié todos los él por ella y los ella por él. Cuando empecé a hacerlo, me dijo: "A ti no te gustan los niños, sólo te gustan las niñas". Le tuve que explicar que eso no era cierto y que lo que ocurría era que había muy poco escrito sobre las niñas. (Statham, 1986.)
Es evidente que la socialización en el género es muy profunda y que cuestionarla puede resultar perturbador. Una vez que "se asigna" un género, la sociedad espera que los individuos se comporten como "mujeres" o como "hombres". Estas expectativas se consuman y reproducen en las prácticas de la vida cotidiana (Lorber, 1994; Bourdieu, 1990).
La práctica del género
Nuestra concepción de la identidad de género, así como nuestras actitudes y las inclinaciones sexuales que conllevan, se configuran tan pronto que cuando somos adultos solemos pensar que siempre han sido así. Sin embargo el género es algo más que aprender a comportarse como una chica o un chico. Vivimos con este tipo de diferencias todos los días.

En otras palabras, no sólo existe el género sino que todos, como indican algunos sociólogos, "practicamos el género" en nuestras interac-...
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En esta página, se muestran dos fotografías de la misma persona, la primera de Brenda Rees, cuando era pequeña y abajo, la de Mark Rees como es ahora. La explicación es como sigue:
Los transexuales como Jan Morris son personas que desean pertenecer al otro sexo y que se someten a una operación quirúrgica para conseguirlo. También tienen tratamientos hormonales para alterar su complexión física y la distribución del vello y desarrollar características sexuales secundarias como son la barba o los pechos. Este "reacomodo sexual" no es un cambio de sexo completo ya que no se alteran ni los cromosomas ni órganos internos como el útero. Un transexual ahora llamado Mark Rees señala: "La completa convicción de que se vive en el cuerpo equivocado no se soluciona en absoluto con un tratamiento psiquiátrico. La única alternativa a esa lucha atroz entre el cuerpo y la cabeza pasa por la experiencia interminable, agotadora emocionalmente, con frecuencia vergonzosa y siempre dolorosa de1l reacomodo sexual. Sin embargo, la recompensa es la libertad de ser el auténtico yo".

Por desgracia, esta libertad está limitada por un sistema que, en el mejor de los casos, parece ilógico y en el que Gran Bretaña va por detrás de países como Canadá, Italia, Alemania, Holanda, Noruega, Suecia Polonia, Suiza, Turquía e Indonesia, así como de 48 estados de los EE.UU.

Rees señala que "el gobierno [británico] permite que se alteren otros documentos, desde los pasaportes y títulos universitarios a los permisos de conducir o los carnés de biblioteca. Reconoce que la transexualidad es un problema médico e incluso cubre los tratamientos psicológicos, hormonales y la operación; sin embargo, después de todo eso, se niega a modificar el único documento que es vital para conceder reconocimiento legal y derechos humanos completos", que es la, partida de nacimiento.
Fuente: Guardian 1996 (sólo el texto).
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ciones sociales diarias con los demás (West y Zimmerman, 1987). Por ejemplo, Jan Morris tuvo que aprender cómo practicar el género cuando se dio cuenta de lo diferente que era el comportamiento que se esperaba de ella en un restaurante una vez que ya no era un hombre. Morris afirma que "no hay ningún aspecto de la existencia" que no esté determinado por el género. Sin embargo, ella no se dio cuenta de esto hasta que no cambió de sexo. Nuestra manera de practicar el género adopta formas tan sutiles y éstas se encuentran tan imbricadas con nuestra vida que no las percibimos hasta que nos faltan o hasta que cambian radicalmente.

El hecho de que el género se vaya aprendiendo continuamente pone de manifiesto la importancia del concepto de reproducción social (véase el Capítulo l). En el curso de un día reproducimos socialmente -hacemos y renovamos- el género en miles de acciones menores. Este mismo proceso nos ayuda a comprender el género como institución social que se crea y recrea en nuestra interacción con los demás. Como veremos en capítulos posteriores, las diferencias de género también constituyen una parte importante de otras instituciones sociales, como son la familia, la religión, el trabajo o la clase.
Identidad de género y sexualidad: dos teorías sobre el aprendizaje del género
La teoría freudiana
Quizá la teoría más influyente -y polémica- acerca de la aparición de la identidad de género sea la de Sigmund Freud, para quien el aprendizaje de las diferencias de este tipo en los bebés y en los niños pequeños se centra en si tienen o no pene. "Tengo pene" equivale a "soy un chico", mientras que "soy una chica" equivale a "no tengo pene". Freud aclara en este punto que no son sólo las diferencias anatómicas lo importante, sino que la presencia o ausencia de] pene es símbolo de masculinidad y de feminidad.

La teoría freudíana dice que alrededor de los cuatro o cinco años el chico se siente amenazado por la disciplina y la autonomía que le exige su padre y se imagina que éste desea cortarle el pene. En parte conscientemente, pero sobre todo de forma inconsciente, el niño reconoce en el padre a un rival con el que compite por el afecto de la madre. Al reprimir los sentimientos eróticos hacia su madre y aceptar al padre como un ser superior, el niño se identifica con él y se hace consciente de su identidad masculina. Renuncia al amor por su madre porque siente un miedo inconsciente a ser castrado por el padre. Por el contrario, las niñas supuestamente sufren de "envidia del pene" porque carecen del órgano visible que caracteriza a los niños.
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La madre se devalúa a los ojos de la niña porque también ella carece de pene y es incapaz de proporcionarle uno. Cuando la niña se identifica con la madre, acepta la actitud sumisa que supone reconocer que solo se es la "segunda".

Una vez que se termina esta fase, el niño o niña ha aprendido a reprimir sus sentimientos eróticos. Según Freud, el período que va desde los cinco años aproximadamente hasta la pubertad es un período de latencia, ya que las actividades sexuales se suspenden hasta que los cambios biológicos que se producen en la pubertad reactivan los deseos eróticos de un modo directo. El período de latencia, que cubre los primeros años de escuela y los intermedios, es la época en la que los grupos de compañeros del mismo sexo son de gran importancia en la vida del niño o de la niña.

Se han planteado objeciones importantes a las ideas de Freud, especialmente desde el feminismo, pero también por otros muchos autores (Mitchell, 1973; Coward, 1984). En primer lugar, Freud parece establecer un vínculo demasiado directo entre identidad de género y conciencia genital; es seguro que muchos otros factores más sutiles también han de tenerse en cuenta. En segundo lugar, la teoría parece apoyarse en la idea de que el pene es superior a la vagina, que se considera como la mera carencia del órgano masculino. Pero ¿por qué no habría de pensarse que los genitales femeninos son superiores a los del varón? En tercer lugar, para Freud el padre es el principal agente disciplinario, mientras que en muchas culturas la madre representa un papel más importante en este sentido. Finalmente, Freud cree que el aprendizaje del género se concentra alrededor de los cuatro o cinco años. La mayoría de los autores posteriores han destacad la importancia de un aprendizaje anterior que comienza cuando se es un bebé.
La teoría de Chodorow
Aunque muchos autores han utilizado el enfoque freudiano para estudiar el desarrollo del género, con frecuencia lo han modificado en muchos aspectos. La socióloga Nancy Chodorow es un ejemplo (1978, 1988). Esta autora señala que el aprendizaje para sentirse varón o hembra se deriva del apego que siente el niño por sus padres desde una edad muy temprana. Hace más hincapié que Freud en la importancia de la madre, en vez de en la del padre. El niño tiende a sentirse vinculado emocionalmente a la madre, ya que ella suele ser la influencia dominante al principio de su vida. Este apego tiene que romperse en algún momento para lograr un sentido del yo independiente; se exige entonces del niño que dependa menos de su madre.

Chodorow señala que el proceso de ruptura tiene lugar de diferente manera para los chicos que para las chicas. Ellas siguen estando cerca de su madre y pueden, por ejemplo, continuar abrazándola y besándola, e imitar-...
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la. Al no producirse una ruptura radical con la madre, la niña, y más tarde la mujer adulta, tiene un sentido del yo más vinculado a los demás. Es más probable que su identidad se mezcle con la de otros o que dependa más de la de ellos: esto ocurre primero con su madre y después con un hombre. Para Chorodow, esta es la razón por la que la sensibilidad y la compasión emocional tienden a producirse en la mujer.

Los chicos definen su yo mediante un rechazo más radical de su apego original a la madre, forjándose su idea de la masculinidad a partir de lo que no es femenino. Tienen que aprender a no ser "afeminados" o niños "enmadrados". El resultado es que a los chicos les falta cierta habilidad para relacionarse íntimamente con los demás y desarrollan formas más analíticas de contemplar el mundo. Su posición ante la vida es más activa, haciendo hincapié en conseguir cosas; sin embargo, han reprimido la capacidad de comprender sus propios sentimientos y los de los demás.

Hasta cierto punto, Chodorow da la vuelta a Freud. La masculinidad, y no la feminidad, se define como una pérdida, que es la ruptura del estrecho vínculo de continuidad con la madre. La identidad masculina se configura a través de la separación; de este modo, los hombres, en su vida posterior y de un modo inconsciente, sienten que su identidad corre peligro si establecen relaciones emocionales estrechas con los demás. Por el contrario, para las mujeres la ausencia de una relación de este tipo con otra persona supone una amenaza para su autoestima. Estas pautas pasan de una generación a otra, debido al papel primordial que ellas tienen cuando comienza la socialización de los niños. Las mujeres se expresan y se definen a sí mismas principalmente en función de las relaciones. Los hombres han reprimido estas necesidades y la postura que adoptan ante el mundo es más manipuladora.

La obra de Chodorow ha recibido distintas críticas. Janet Sayers, por ejemplo, ha indicado que Chodorow no explica la lucha de las mujeres, especialmente la actual, por ser seres autónomos e independientes (Sayers, 1986). Las mujeres (y los hombres), señala Sayers, tienen una estructura psicológica más compleja de lo que la teoría de Chodorow sugiere. La feminidad puede ocultar sentimientos de agresividad o de afirmación, que se revelan sólo de un modo oblicuo o en ciertos contextos (Brennan, 1988). También se ha criticado la concepción de la familia en Chodorow, que se basa en un modelo de clase media blanco. ¿Qué ocurre, por ejemplo, en los hogares monoparentales o en aquellas familias en las que a los niños los cuida más de un adulto?

Estas críticas no socavan completamente las ideas de Chodorow, que siguen siendo importantes. Explican muchas cosas sobre la naturaleza de la feminidad y ayudan a comprender el origen de lo que se ha denominado inexpresividad masculina, es decir, la dificultad que tienen los hombres para manifestar sus sentimientos a los demás.


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La sexualidad humana
Al igual que al estudiar las diferencias de género, los estudiosos también discrepan en lo referente a la importancia que tienen para el comportamiento sexual humano las influencias biológicas frente a las sociales y culturales. Las investigaciones en estos dos campos se parecen porque ambas han mirado al mundo animal para entender el de los humanos. En primer lugar nos ocuparemos de algunos argumentos biológicos y de las críticas que éstos han recibido, Después examinaremos las influencias sociales sobre el comportamiento sexual, lo cual nos conducirá al análisis de las tremendas variaciones que se dan en la sexualidad humana.
Biología y comportamiento sexual
La sexualidad tiene una clara base biológica porque la anatomía femenina es diferente de la masculina y también lo es la experiencia del orgasmo. Así mismo existe el imperativo biológico de la reproducción, sin el cual la especie humana se extinguiría. Algunos biólogos indican que la tendencia del

varón a ser más promiscuo tiene una explicación evolutiva (véase el Capítulo 2). Según este argumento los hombres están predispuestos biológicamente para poseer al mayor número posible de mujeres, con el fin de asegurarse de que su semilla tiene mayores posibilidades de supervivencia. Las mujeres, que sólo disponen en cada contacto de un óvulo para la fecundación, no tienen intereses biológicos de ese tipo y lo que quieren son compañeros estables que protejan la herencia biológica que se ha invertido en el cuidado de los niños. Esta explicación se apoya en estudios del comportamiento sexual de los animales para afirmar que los machos son normalmente más

promiscuos que las hembras de la misma especie.

Sin embargo, estudios más recientes han demostrado que la infidelidad femenina es en realidad bastante habitual en el reino animal y que las actividades sexuales de muchos animales son mucho más complejas de lo que se pensaba. Antes se creía que las hembras se apareaban con los machos que tenían unas posibilidades genéticas mayores que legar a sus crías, pero un estudio reciente de pájaros hembra ha cuestionado esta idea, señalando que las hembras se aparean también con un segundo macho no por sus genes sino porque puede ser mejor padre y ofrecer una zona mejor para la cría de los polluelos. La conclusión de este estudio es que "la cópula es algo más que una trasvase de esperma. Puede que estas hembras estén pensando en su futuro" (citado en Angier, 1994).
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