Versión de Teresa Albero, Jesús Alborés, Ana Balbás, José Antonio Olmeda, José Antonio Pérez Alvajar y Miguel Requena




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Las conclusiones de esta investigación son sólo una propuesta, especialmente en lo que se refiere a su relación con el comportamiento sexual humano. Como veremos, la sexualidad es demasiado complicada como para reducirla a los rasgos biológicos.
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Influencias sociales en el comportamiento sexual
En todas las sociedades la mayoría de las personas son heterosexuales, es decir, buscan en el otro sexo sus relaciones íntimas y el placer sexual. La heterosexualidad constituye en toda sociedad la base del matrimonio y de la familia.

Sin embargo, también existen otras muchas tendencias

sexuales minoritarias. Judith Lober distingue hasta diez identidades sexuales diferentes en los seres humanos: mujer heterosexual, hombre heterosexual, lesbiana, homosexual masculino, mujer bisexual, hombre bisexual, mujer travestida (que se viste regularmente como un hombre), hombre travestido (que se viste regularmente como una mujer), mujer transexual (un hombre que se convierte en mujer, como Jan Morris) y hombre transexual (una mujer que se convierte en hombre). Las prácticas sexuales son todavía más diversas. Freud dijo que los seres humanos tenían "perversiones polimorfas". Con esto quería decir que las tendencias sexuales humanas son muy variadas y que las personas pueden practicarlas aunque, en una sociedad dada, algunas se consideren inmorales o sean ilegales. Freud comenzó sus investigaciones a finales del siglo XIX cuando muchas personas eran pacatas en cuestiones sexuales; sin embargo, sus pacientes le revelaban que sus costumbres en este sentido eran de una sorprendente variedad. Entre las posibles prácticas sexuales se encuentran las siguientes: un hombre o una mujer pueden mantener relaciones sexuales con mujeres, con hombres o con ambos sexos. La relación se puede tener con una persona o con varias a la vez; también con uno mismo (masturbación) o con nadie (celibato). Pueden darse relaciones sexuales con travestidos o con personas que utilizan la vestimenta del otro sexo con fines eróticos; utilizar la pornografía o instrumentos sexuales; practicar el sadomasoquismo (someter y hacer daño con fines eróticos); tener relaciones sexuales con animales, etc. (Lober, 1994). En todas las sociedades las normas sexuales aprueban ciertas prácticas y frenan o prohíben otras. Sin embargo, dichas normas varían considerablemente de unas culturas a otras. La homosexualidad es un buen ejemplo. Como analizaremos más tarde, algunas culturas han tolerado o, en determinados contextos, favorecido activamente esta práctica. En la antigua Grecia, por ejemplo, el amor de los hombres por los adolescentes era idealizado y considerado la más alta manifestación del amor carnal.

La aceptación de los distintos tipos de comportamiento sexual también cambia de una cultura a otra, lo cual constituye una de las razones por las que sabemos que las respuestas sexuales son aprendidas y no innatas. El estudio más amplio sobre este asunto fue el que llevaron a cabo hace más de cuatro décadas Clellan Ford y Frank Beach (1951), quienes analizaron datos antropológicos de más de doscientas sociedades. Encontraron enormes diferencias en lo que se considera comportamiento sexual natural, así como en las normas que rigen el atractivo sexual. Por ejemplo, en ciertas culturas...
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resulta deseable, e incluso necesario, que el acto sexual se vea precedido de una estimulación prolongada, que puede durar incluso horas; mientras que en otras la estimulación es prácticamente inexistente. En ciertas culturas se tiene la idea de que los contactos sexuales demasiado frecuentes producen debilitamiento físico o enfermedad. Entre les seniang del sur del Pacífico los ancianos del pueblo aconsejan que se espacie el contacto amoroso, ¡aunque también creen que una persona de pelo blanco puede copular legítimamente todas las noches!

En la mayoría de las culturas, las normas del atractivo sexual (que tienen tanto las mujeres como los hombres) se centran más en la apariencia física de la mujer que en la del hombre, situación que parece estar cambiando en Occidente a medida que las mujeres se van incorporando a esferas de acti-

vidad fuera del entorno doméstico. Sin embargo. los rasgos que se consideran más importantes para la belleza de la mujer varían notablemente. En la cultura occidental contemporánea se admira un cuerpo esbelto y menudo, mientras que en otras se considera más atractiva una complexión de formas más prominentes (véase el Capítulo 6). A veces los pechos no se consideran una fuente de estímulo sexual, pero en otros contextos se les atribuye una enorme carga erótica. Algunas sociedades dan mucha importancia al contorno del rostro, mientras que otras destacan la forma y el color de los ojos o el tamaño y la forma de la nariz y de los labios.
La sexualidad en la cultura occidental
Las actitudes occidentales hacia el comportamiento sexual fueron modeladas durante cerca de doscientos años de forma determinante por el cristianismo. Aunque las diferentes sectas y, grupos cristianos tenían ideas muy diversas sobre el lugar que ocupaba la sexualidad en la vida, la idea dominante en la Iglesia cristiana era que toda conducta sexual es sospechosa, a no ser que tenga como fin la procreación. En ciertos períodos esta concepción generó una mojigatería extrema en el conjunto de la sociedad, pero en otras épocas muchas personas hacían oídos sordos a las enseñanzas de la Iglesia o reaccionaban contra ellas mediante prácticas (tales como el adulterio) prohibidas por las autoridades religiosas. Como se dijo en el Capítulo 1, la idea de que la satisfacción sexual puede y debe alcanzarse en el matrimonio era poco común.

En el siglo XIX, las premisas religiosas sobre sexualidad fueron en parte reemplazadas por las de tipo médico. Sin embargo, la mayoría de los primeros escritos de los médicos sobre este tema eran tan estrictos como los de la Iglesia. Algunos señalaban que cualquier tipo de actividad sexual no relacionada con la reproducción acarrea graves perjuicios físicos. Se decía que la masturbación producía ceguera, locura, enfermedades cardíacas y otros males y que el sexo oral producía cáncer. En la Gran Bretaña de la...
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época victoriana abundaba la hipocresía en materia sexual. Se pensaba que a las mujeres virtuosas la sexualidad les era indiferente y que sólo aceptaban las atenciones de sus maridos como un deber. Sin embargo, en las pequeñas y grandes ciudades que se estaban desarrollando, la prostitución se hallaba muy extendida y con frecuencia era abiertamente tolerada, considerándose que las mujeres "fáciles" eran una categoría completamente separada de la de sus respetables hermanas.

Muchos hombres de la época victoriana, cuya apariencia era la de ciudadanos juiciosos de comportamiento irreprochable y solícitos maridos para con sus esposas, visitaban regularmente los prostíbulos o tenían amantes. En los hombres, tal comportamiento se juzgaba con indulgencia, mientras que las mujeres "respetables" que tenían amantes eran tachadas de escandalosas y la buena sociedad les daba la espalda si sus actividades salían a la luz. Las actitudes divergentes hacia el comportamiento sexual de hombres y mujeres crearon un doble rasero que ha perdurado largo tiempo y cuyos restos aún persisten.

En la actualidad las actitudes tradicionales hacia la sexualidad coexisten con otras más liberales, que se desarrollaron principalmente en la década de los sesenta. Algunas personas, particularmente aquellas que están influidas por el dogma cristiano, creen que las experiencias sexuales prematrimoniales son malas y desaprueban, en general, toda forma de conducta sexual que no sea la actividad heterosexual dentro de los confines del matrimonio, aunque hoy está mucho más aceptado que el placer sexual es algo deseable e importante. A otros, por el contrario, les parecen legítimas las actividades sexuales prematrimoniales y lo proclaman activamente, a la vez que mantienen una actitud tolerante hacia otras prácticas sexuales. Las actitudes hacia el sexo se han hecho, indudablemente, mucho más permisivas en los últimos treinta años en la mayoría de los países occidentales. En el cine y el teatro aparecen ahora escenas que antes hubieran sido del todo inaceptables y el material pornográfico está al alcance de la mayoría de los adultos que lo desea.
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