El patrimonialismo y el eufemismo de la verdad única




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EL DISCURSO DE LA VERDAD ÚNICA EN CONTABILIDAD:

UN RELATO DESDE LA RAZÓN INDOLENTE
Guillermo León Martínez Pino1

Durante casi dos siglos, porvenir y milagro fueron más o menos sinónimos. ¡Admirable y maldito siglo XVIII, con sus ilusiones frenéticas! La originalidad de nuestro tiempo, es la de haber vaciado el porvenir de todo contenido utópico, es decir, del error de esperar.
E.M. Cioran


A manera de presentación
En el presente ensayo, se pretende develar algunos de los problemas más significativos que comporta el estudio de un dominio del saber como el contable, especialmente en lo relacionado con la concepción que adscribe a esta disciplina con el patrimonialismo, desde el cual se deriva el concepto de verdad única, visión extremadamente reduccionista que ancla su epísteme en las denominadas ciencias físico-naturales. Esta estrechez de miras constriñe las perspectivas del análisis y restringe las posibilidades de encontrar soluciones aproximativas a los enigmas que afloran de manera tan rápida como recurrente, en el escenario de una época marcada por la indeterminación y la incertidumbre.
El interés de la presente reflexión, reside en colocar en tensión algunas conceptualizaciones sobre la contabilidad como campo disciplinar y, en tal virtud, los acápites a desarrollar hacen alusión, en un primer momento, a tratar el concepto de patrimonialismo y su relación con la verdad única; un segundo apartado, se adentrará en descubrir el trasfondo epistémico de la discursividad económica de la contabilidad; para finalmente, realizar una crítica a esa perspectiva totalizadora del conocimiento, a la cual Boaventura de Sousa Santos (2006), ha dado en denominar razón indolente y perezosa.

  1. El patrimonialismo y el eufemismo de la verdad única


El patrimonialismo es considerado la última escuela europea continental que con el Italiano Vicenzo Masi, abocó reflexiones teóricas que intentaron darle a la contabilidad un sustrato económico en otra dimensión, al concebir a ésta como ciencia que trabaja las especificidades de los fenómenos patrimoniales, apartándose de el criterio manido de entender este campo de conocimiento como una actividad con una predisposición inmediata a la práctica, sin mayor rastreo conceptual de las categorías sobre las cuales se sustenta. Para Goxens Duch (citado por Tua, 1995: 136):
[...] la Contabilidad tiene por objeto el estudio de todos los fenómenos patrimoniales: sus manifestaciones y su comportamiento, y trata de disciplinarlos con relación a un determinado patrimonio de empresa. Estos fenómenos no son jurídicos, ni económicos, ni económico-sociales, ni sólo económicos de empresa, ni sólo financieros, ni sólo de rédito, pues participan directamente de unos y otros, aunque tienen una característica y fisonomía propias. Así, pues, la contabilidad estudia este patrimonio en su aspecto estático y dinámico, cualitativo y cuantitativo, valiéndose de instrumentos y medios de manifestación patrimonial, para conocer concretamente dicho patrimonio en sus elementos y en sus valores, ya porque tal conocimiento sea necesario a los fines de la gestión por los datos que pueda ofrecer, ya porque pueda permitir la recopilación de aquellos que, debidamente estudiados y comprobados, puedan servir de norma general o particular para la gestión futura. Se manifiestan en tres ramas: estática, dinámica y manifestación contable o escrituración.
Tal definición, retoma los aportes ya definidos por la doctrina Alemana de Economía de Empresa, sobre los aspectos dinámico y estático, los cuales descansan, en condicionar la estructuración racional de los resultados, en términos de la eficacia de la unidad económica, para lo cual existe la necesidad de sobrevalorar el estado de resultados (aspecto dinámico), por sobre el balance general que corresponde a lo intrínsecamente estático de la contabilidad.
El profesor brasileño Antonio López de Sa (1994: 43-44), por su parte, situado contextualmente en las mieles de la sociedad industrial, realiza un sobrevalorado reconocimiento a esta postura teórica, cuando dice:
La corriente contable que tiene mayor repercusión en la actualidad es la Patrimonialista. [...] El Patrimonialismo continúa como una corriente viva, avanzando cada vez más profundamente, presentando obras de raro valor científico y filosófico en muchos países del mundo. Los 'fenómenos patrimoniales', o sea, todo lo que acontece con la riqueza haciendal, continúan siendo objeto central de estudio de las mejores obras de nuestro tiempo y la propia parte instrumental, formal, escritural, prosigue siendo normalizada dentro de una óptica nítidamente patrimonialista.
Por supuesto, esta postura doctrinal fue hegemónica con anterioridad a los años que antecedieron a la gran crisis de 1930. De acuerdo con sus postulaciones, la contabilidad se constituía en proveedora de información patrimonial hacia un destinatario específico: el propietario y gestor de los negocios; dichos reportes estaban sujetos a una periodicidad reglada, sincrónica y lineal. Esta forma y visión de lo contable, también se ha denominado —utilizando una expresión inadecuada—, el «paradigma del beneficio verdadero», el «paradigma de la ganancia líquida y realizada», o también el enfoque deductivo—normativo.
Así entonces, el ejercicio de la captación de los fenómenos propios de la circulación patrimonial, los enfrentó la contabilidad a través de la representación analógica de los datos, utilizando el recurso metodológico de la partida doble, que siguiendo a Pierre Garnier (citado por Peinó, 1993: 168), no es más que una «mera técnica de anotación, que posee la extraña virtud de representar y recoger la esencia del fenómeno contable: la dualidad. Esta extraña y rara cualidad, unida al hecho de su temprana aparición, en comparación a los medios teóricos de que se disponía, han lastrado enormemente el desarrollo de la contabilidad que ha estado cientos de años sin evolucionar».
En esta dirección la información contable se presenta como una verdad económica única y universal, que da respuesta a un entorno relativamente estable, con una dinámica de transformaciones lentas en la configuración de sus marcos conceptuales.
En síntesis, podría argumentarse, que esta postura calificada como deductiva–normativa o a priori, por su preeminencia teórica como antecedente de lo práctico, se caracteriza, entre otras razones, por las siguientes:


  • La preocupación de los teóricos de la contabilidad, por construir una discursividad o lenguaje propio, que le permitiera a la disciplina hacer aprehensión de la realidad objeto de su intervención cognoscitiva. Esto explica la emergencia y desarrollo de las tendencias por las cuales transitó el devenir de contabilidad: la teoría personalista de las cuentas, la importancia del registro, la adscripción como fuente de responsabilidades jurídicas, la vinculación a la economía de empresa y finalmente, como proveedora de información económica–patrimonial.




  • Anclada en la visión de la ciencia occidental, la contabilidad desde esta postura (deductiva–normativa), pretendió construir un criterio de verdad única; amparada en la objetividad, la certeza, la cuantificación aleatoria, la verificabilidad; para lo cual, prestó de otros campos disciplinarios conceptos como: el valor, la renta, el patrimonio, la riqueza, etc.; al igual que diseñó estructuras de representación como las cuentas, los estados financieros y, en general, el concepto de contabilidad como sistema de información.




  • Esta etapa podría caracterizarse como un periplo de «síntesis globalizante», en tanto a partir de un esfuerzo teórico sistemático, se enriquece el entramado y patrimonio discursivo y se da organicidad a su campo específico de saber, en el horizonte de perfilar una «disciplina autonomizante», esto es, la de abstraer y aislar su nivel fenoménico para hacerlo funcional a la práctica social concreta de su actuación, es decir, la racionalidad instrumental del capital.


Diferentes hitos históricos, entre los que se destacan, la crisis del capitalismo de los años 30; la configuración cada vez más intensa de un mundo global; los vertiginosos y paulatinos desarrollos tecnológico–comunicacionales y el agotamiento del modelo societal industrial; hacen que desde la geopolítica del conocimiento, se empiece a dar un viraje sustantivo a los derroteros de la disciplina, como consecuencia de las reconfiguraciones a que asiste el sistema–mundo capitalista: de las preocupaciones por la configuración de la validez universal de la verdad contable, se muta hacia otro principio axial que determinará los derroteros posteriores de la disciplina: cómo hacer del conocimiento el fundamento para una aplicación tecnológica; la pregunta sustantiva ya no es sobre la verdad sino para qué sirve, en una suerte de mercantilización utilitaria del saber. En este orden de ideas, el conocimiento no requiere de marcos epistémicos de validación, su accionar se reduce a hacerse funcional a los intereses del capital metropolitano, que transita sin reparos, ni control por la economía bursátil del mundo entero.
Este es el escenario el que sirve de marco, para la invención de lo que mal han llamado los «escolásticos contables»2 el «paradigma de la utilidad» y, que será motivo y objeto de otra reflexión.

2. El fetiche ideológico como trasfondo de la discursividad económica de la contabilidad
Gran parte de los enfoques contables ortodoxos, han tenido su sustento en la teoría económica, especialmente en la corriente hegemónica y dominante, esto es, en la teoría neoclásica, postura que centra su análisis amparándose en la economía pura desdeñando cualquier influencia de lo político en su configuración. Tal cometido, solo es posible si se adopta un criterio de individualismo metodológico, según el cual los fenómenos a nivel social son explicados a partir de las conductas individuales; la agregación de dichas conductas comporta relaciones lógicamente consistentes y racionales (cada cuál adopta un comportamiento maximizador), mediadas por el «conocimiento perfecto» de la información, de todas las alternativas existentes y el resultado previsible para cada una de ellas. En esta dirección, utiliza la excesiva axiomatización matemática para intervenir de manera rigurosa el problema del equilibrio general competitivo en una economía.
Por otra parte, la ciencia económica es comparada con la «ciencia de la mecánica», enunciando además un principio compartido por el conjunto del pensamiento neoclásico: las leyes económicas tienen que poseer un carácter general y ser capaces de expresarse en modelos matemáticos, tal como las leyes de la física, así lo expresa Jevons (citado por Soler, 2007: 3), cuando admite explícitamente que se apoya en la física mecánica al afirmar en 1871 que: «La teoría de la economía presenta una estrecha analogía con la ciencia de la mecánica estática; y las leyes del intercambio descubiertas, se asemejan a las leyes del equilibrio de una palanca determinado por el principio de las fuerzas virtuales. La naturaleza de la riqueza y el valor se explica por la consideración de cantidades infinitamente pequeñas de placer y de pena o dolor al igual que la teoría mecánica estática se construye sobre la igualdad de cantidades infinitamente pequeñas de energía».
Esta postura con visos ideológicos, encuentra su sustrato epistémico en el surgimiento moderno del concepto de lo racional, cuyos prolegómenos los podemos buscar en la filosofía de Descartes, que privilegió la razón (cogito cartesiano) como garante del origen del conocimiento, de lo evidente que conduciría a la búsqueda de la certeza; tal como lo expresa Jesús Ramos Martín (2004: 3), al parangonar la economía neoclásica con la mecánica «los economistas buscan «leyes universales» que puedan ser aplicadas en cualquier lugar y con independencia del tiempo. Una vez que estas leyes se han definido y se han aceptado unos axiomas o principios básicos, entonces este tipo de economía debe ser una ciencia teórica, deductiva y determinista, capaz de encontrar soluciones óptimas únicas».
Al abocar la crítica a esta postura plana y lineal Douglass North (2001: 28), argumenta, «los modelos neoclásicos, dan por sentado jugadores que maximizan la riqueza. Sin embargo, como demuestra la literatura de economía experimental, la conducta humana es obviamente más complicada que la que puede englobarse en un supuesto conductual tan simple».
Dicho de otra manera, la escuela neoclásica, integra, desde el punto de vista epistémico las ciencias naturales al análisis de la realidad económica, con su lógica nomotética, lineal, ahistórica, que le otorga el carácter absoluto –aunque impropio–, a las leyes de la naturaleza. La «escasez», por ejemplo, se constituye en el principio soporte de la «ley de la oferta y de la demanda», concepción que descansa en la instrumentalidad y el cálculo racional. Dicha escuela, no distingue entre el conocimiento práctico (empresarial) y el científico, con un excesivo formalismo matemático y un lenguaje simbólico propio del análisis de fenómenos atemporales y constantes, con contrastación empírica de hipótesis, más retórica que real; teniendo la predicción como un objetivo que se busca deliberadamente.
Luís Orduna Díez (2007: 8), al referirse a las variables de análisis de la economía clásica y neoclásica, plantea: «La mayoría de los economistas clásicos y neoclásicos se referían a la economía como la ciencia que trata de la «creación de la riqueza», de la «distribución de esa riqueza» y de los modos de «administración de la riqueza», con objeto de satisfacer las necesidades humanas y aspiraciones de progreso. Sin embargo, cada autor ponía el énfasis en uno de esos aspectos, la producción, la distribución, o la administración, en detrimento de los otros».
En contabilidad existe una corriente doctrinaria, denominada normativa que, como lo sostiene María Cristina Wirth (1999: 3-4), «se ocupa de describir cosas ‘reales’ que existen o que se producen en un mundo ‘real’. En consecuencia, sus enunciados empíricos deberían ser contrastables con la realidad como en otras ciencias fácticas (Chambers (1975), Sterling (1979)). Consideran que el conocimiento que produce la contabilidad, como el de los economistas, debería ser enteramente neutral, o sea libre de juicios de valor».
La teleología contable ortodoxa, ha entronizado su conexión con la economía, sirviendo como un sistema de cálculo racional al servicio de la creación y administración de la riqueza, bajo el corolario de la maximización de la utilidad con el mínimo costo; despreciando cualquier intervención en el ámbito distributivo o redistributivo, por considerarlo impropio para el cumplimiento de los fines últimos de la racionalidad instrumental del sistema capitalista de producción. Sidney Pollard (1979: 136), al ubicar a la contabilidad como tributaria del sistema capitalista, argumenta:
Fue Werner Sombart el primero que colocó las prácticas contables en el centro de una teoría del desarrollo capitalista. De acuerdo con dicho autor, es la partida doble la que dota al mundo económico de exactitud, de conocimiento y de sistema; la que proporciona la idea de cuantificación, de maximización de los ingresos (utilidades), en lugar de señalar su existencia o el incremento del valor del capital, independientemente de su composición, y de separar al empresario del capital, al crear a la empresa como una entidad independiente.
Las escuelas de la corriente ortodoxa de la contabilidad anclan el punto de observación de su realidad, reconociendo que, la racionalidad contable es teleológica, totalizadora y absolutizadora de su verdad, en tanto, por una parte, cumple una finalidad última como proveedora de información, para lo cual reconoce que los agentes poseen toda la información y los medios para adquirirla, es decir, disponen de los datos que permiten calcular la información óptima para tramitarla, agregarla y revelarla y; por otra, la contabilidad como disciplina del conocimiento empieza a gozar de una especial presunción de veracidad y objetividad, es decir, una producción discursiva cuyo contenido se asume como un constructo cierto; como verdad factual única, totalizadora, compacta, acabada, válida universalmente y revelable a través de una estructura de representación formal jerárquica, que se inicia con las cuentas y termina en la elaboración de los estados financieros.
En este sentido, las escuelas ortodoxas de la contabilidad, unas más que otras, cumplen con el primado de la objetivación, la precisión, la racionalización y construcción de una verdad matematizable e incuestionable; circunstancia que le otorga a esta disciplina, un cierto halo como «garante moral» de la sociedad, toda vez que al trasmitir a los usuarios la información propia de su quehacer:


  • La objetiviza, en tanto los fenómenos captados se constituyen en espejo—reflejo de una realidad empírica verificable de la cual derivan la consideración objetiva de su conocimiento. Esta objetivación como abstracción, pretende ser una representación ideal de la realidad, desconociendo en el fondo su carácter fetichista, si se tiene en cuenta que tales abstracciones constituyen tan solo aprehensiones contingentes y no reflejan la complejidad de la realidad objeto de intervención cognoscitiva. En este sentido, entonces, la contabilidad, matiza su realidad observada bajo el tamiz de la «objetividad». Esa subyacente «objetividad», sólo apunta a captar las manifestaciones «reales del objeto», esto es aquellas operaciones que pueden ser capturadas, medidas, valoradas y objetivadas por medio de expresiones metodológicas derivadas de variables operacionales y observacionales.




  • La precisa, pues a través de la estructura lógica—formal de la partida doble, los datos factuales son captados en su heterogeneidad, medidos y homogeneizados mediante la valoración; para darle los visos de exactitud y poder entregar una agregación unívoca para la configuración de los estados financieros.




  • La racionaliza, porque mediante la modelación de los datos, se le otorga una direccionalidad exclusiva y excluyente: servir como constructo para la maximización de las utilidades del ente, la empresa o el capital; en una suerte de racionalidad positivista, instrumental y utilitaria; que reconoce al capitalismo como único orden racional, en el que la propiedad privada y el mercado emergen como un sustrato natural y eterno, al que se llega espontáneamente por el designio fantasmagórico del reino idealizado de la «mano invisible». Este tipo de racionalidad, que pretendió cubrirlo todo, ya no cubre nada en tanto deja permanentemente al descubierto su falta de fundamento.


Todo este primado idealizado por la comunidad contable en su devenir como disciplina, sólo ha sido, es y será posible, gracias a la mediación formal de una estructura matemática−formal, hija legítima del renacimiento, como lo es la partida doble; constituida en un a priori ordenador del universo contable, con el cual durante cinco siglos la comunidad de practicantes ha constreñido su visión y prácticas a lo estrictamente cartesiano, de bordes rudimentarios y herramentales; impuesta por una epísteme fisicalista, que ahora se desnuda, como una visión absolutamente empobrecedora para intervenir la complejidad de los negocios y de los agregados de la circulación de la riqueza.

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