El orden agrícola mundial y la sustentabilidad tecnológica




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EL ORDEN AGRÍCOLA MUNDIAL Y LA SUSTENTABILIDAD TECNOLÓGICA

Conflictos, poder y políticas internacionales en el área de los recursos genéticos agrarios desde la postguerra hasta hoy
Ulrich Brand

1. INTRODUCCIÓN
Hasta hoy día, en los países del Norte, se han separado los “problemas medioambientales” de los problemas de justicia social y de distribución de la riqueza.

Prevalece una perspectiva, desde la cual, la crisis ecológica parece implicar solo “riesgos” que atañen a todos por igual e incluso a “la humanidad”. Y se omite el hecho que los diferentes países o grupos de la población sufren los daños medioambientales en forma diferente. Pero incluso, con respecto al “cambio climático global” – el cual, en Alemania, se ha convertido en un asunto político – se puede demostrar que este problema ambiental no afecta de la misma manera a “toda la humanidad”, sino que los habitantes costeños de Bangla Desh se ven afectados en distinta forma que los de Holanda. Hay que añadir que, en las interpretaciones dominantes del concepto del “desarrollo sostenible”, según se han realizado en los últimos diez años en países como Alemania, éste se va reduciendo cada vez más a una “modernización ecológica”. Así, los países del Norte, entre ellos Alemania, deben ejercer un papel de liderazgo en cuanto al desarrollo de tecnologías medioambientales, consiguiendo así unas ventajas comparativas para sí mismos y produciendo efectos de imitación em otros países.1

Se olvida el hecho de que las innovaciones en las tecnologias medioambientales, como por ejemplo, los motores de automóviles más eficientes, no podrán detener el consumo hipertrófico en los países “desarrollados”. Además, en las versiones hegemónicas del concepto del “desarrollo sostenible”, el tema de las relaciones Norte-Sur está condenado a un papel irrelevante.2

El contenido de este libro indica, sin embargo, que hay que enfocar igual los problemas del medio ambiente como los de recursos naturales y que son tan importantes los aspectos ecológicos como los del desarrollo - porque las cuestiones de la justicia social y del reparto equitativo, es decir, al fin y al cabo las cuestiones de poder, siguen siendo centrales.

Las siguientes explicaciones se refieren, sobre todo, al campo de la llamada biodiversidad agrocultural (agrobiodiversidad); y dirigen el enfoque hacia el sector que es, con diferencia, el más importante: el de los recursos fitogenéticos (RFG). La manera en que se trata a éstos resulta, sin duda, decisiva para la alimentación mundial. Aquí son relevantes, no solamente los recursos actualmente disponibles, sino también los recursos potenciales, quiere decir, los que sólo desarrollarán en El futuro su valor para la sociedad.

Las disputas respecto a la diversidad agrobiológica engloban aspectos políticos, socio-culturales, económico-técnicos y ecológicos. En ellas queda manifiesto el conflicto entre las diferentes formas de uso, a lo que pertenece también la total protección de la diversidad biológica del agro. Pues la conservación de la abundancia de plantas domesticadas, seleccionadas o manipuladas para el cultivo y la alimentación humana, al igual que las prácticas “tradicionales” de su uso, se enfrentan estructuralmente a las estrategias de cultivo orientadas hacia la exportación y basadas en las variedades de alto rendimiento. La divergencia de intereses de uso que existe entre los modos de producción “modernos”, cada vez más orientados hacia el mercado mundial, y los llamados “tradicionales”, parcialmente nocapitalistas, se reproduce también dentro de los países y las regiones, y está incrustada en las estructuras y relaciones de fuerza internacionales. En estos conflictos, se reflejan los procesos de globalización y los intereses relacionados con ellos; los “intereses de la nación” y la competitividad de sus industrias en el mercado mundial y; además, la puesta en valor de los recursos naturales.

En el ámbito de la diversidad agrobiológica, la relación Norte-Sur resulta especialmente significativa, puesto que los centros de la diversidad biológica conservada in situ, o sea, la que se mantiene dentro de su hábitat natural, se encuentran en el “Sur” político, o sea, en los países periféricos.3

El desarrollo de variedades “modernas” de alto rendimiento, tales como el maíz, como resultado del cruzamiento o de la manipulación genética, requiere el reabastecimiento con especies “tradicionales”; y este reabastecimiento se asegura, sólo parcialmente, mediante los recursos fitogenéticos recogidos ex situ, quiere decir, fuera del lugar de origen de las plantas. De allí proviene la importancia del material mantenido in situ, es decir, del acervo vegetal que permanece dentro del proceso evolutivo. Es por esto que existe una “interdependência genética” entre el Norte y el Sur.

Debido a esto surgen varios interrogantes de índole política y jurídica relacionados con los de carácter económico: ¿A quién pertenece la diversidad biológica y el conocimiento de su uso, desarrollado durante siglos? ¿Quién dispone del acceso a los recursos fitogenéticos? ¿Cómo se distribuyen los beneficios derivados de la su comercialización? Ya en este lugar se debe indicar que los términos “Norte” y “Sur” de ninguna manera se debe emplear en forma homogeneizadora. Por una parte, no todos los países industrializados abogan por los mismos intereses (por ejemplo, com respecto a las materias primas para determinadas tecnologías); y, por otra, no todos los países del Sur disponen de una diversidad biológica abundante. Además, la suposición de que la diversidad biológica en el sector de los recursos fitogenéticos se ubica, sobre todo, en los países del Sur, es sólo parcialmente válida. Una gran parte de las reservas fitogenéticas actualmente conocidas se encuentra en recolecciones ex situ, o sea, en herbarios privados y públicos, en bancos genéticos o en jardines botánicos, todos los cuales se ubican mayormente o bien en los países del Norte, o bien, bajo su control, en los centros internacionales de investigación agrícola.4

No obstante, estas recolecciones originalmente provienen, en su gran mayoría, también del Sur, lo cual constituye el núcleo de los conflictos políticos actuales. En este contexto, en el desarrollo de este artículo abordo los siguientes puntos:

Primero: Los conflictos por los recursos fitogenéticos (RFG) giran alrededor de las relaciones entre los aspectos ecológicos y los aspectos socio-económicos, o sea, abarcan las “relaciones societales en la naturaleza”, entrelazadas con el sector de La producción agrícola y las relaciones sociales de poder incrustadas en ella.5

Segundo: Se investiga la relación Norte-Sur abordando así los ámbitos de la cooperación y La competencia económica a nivel internacional. Aquí adquieren importancia el estado y las relaciones mutuas entre los diferentes estados-nación. Con todo, me limito igualmente a los procesos políticos internacionales, sabiendo que quedan fuera muchos aspectos relevantes a nivel nacional y regional.

Tercero: Quiero dirigir La mirada a cómo, durante las últimas décadas, se ha configurado un sistema internacional de regulación. El enfoque se centra en el Convenio sobre la Diversidad Biológica, CBD, el que se compara con la Organización de Naciones Unidad para la Alimentación y la Agricultura, FAO, y el Acuerdo sobre los Derechos de Propiedad Intelectual Relacionados con el Comercio, ADPIC o TRIPS (según las siglas en inglés), de la Organización Mundial de Comercio, OMC, – estos últimos son tratados en otras contribuciones para esta publicación. Cuarto: Quiero exponer cómo, bajo el trasfondo de los actuales cambios estructurales de las sociedades capitalistas, ciertas políticas se vuelven dominantes en el escenario político internacional de la biodiversidad, mientras que, otras no están siendo integradas o sólo selectivamente.

Cuando se introdujo el concepto guía del “desarrollo sostenible”, se pretendía unir aspectos a veces bastante contradictorios entre sí, es decir, los económicos, los sociales y los ecológicos. Sin embargo, el hecho de que esta integración sólo se está llevando a cabo en forma selectiva, indica que, en el actual proceso de la reestructuración neoliberal, la idea del “desarrollo sostenible” se está quebrantando, cada vez más, frente a los “dictados férreos” de la política económica y frente a los poderosos intereses económicos.

2. LA APROPIACIÓN “FORDISTA” DE LA DIVERSIDAD BIOLÓGICA AGRÍCOLA
Por razones obvias, el abastecimiento de los alimentos, desde siempre ha sido un elemento central de la convivencia humana y también de la desigualdad social. Asimismo, desde hace miles de años, se está mejorando las especies vegetales, com lo cual, estas prácticas se han convertido en parte esencial de la historia de la humanidad. Las formas y dinámicas del cultivo de plantas domésticas dependen, con sus diferencias históricas específicas, de las condiciones generales marco de la sociedad, de las posibilidades tecnológicas, de la disponibilidad sobre los recursos naturales, etc. (lo mismo vale también para los animales y su crianza). La heterogeneidad de las especies vegetales domésticas, y de sus parientes “silvestres”, se concentra en las antiguas áreas de asentamiento humano, o sea, en los impérios culturales de China, Asia Menor y el Mediterráneo, pero también, de América Central y América del Sur, en los llamados Centros de Vavilov. Después de 1492, la apropiación de la diversidad (agro)biológica se convirtió en un elemento esencial de La división internacional de trabajo. Pues con el colonialismo y el advenimiento del mercado mundial, la producción de alimentos adquirió una dimensión global.6

A contracorriente del debate actual, hay que remarcar que la comercialización de la diversidad agrobiológica, es decir, su uso para la puesta en valor de capital, comenzó ya a mediados del siglo XX y que el cultivo de vegetales alimentarios representaba su base esencial. Los enormes aumentos de productividad en el sector agrario durante el Fordismo, no surgieron de la nada.7 Por un lado, a través de los siglos tuvo lugar una “acumulación originaria de germoplasma vegetal”,8 que, frente a la riqueza de la diversidad biológica en el Sur, estaba inscrita en la relación colonial Norte-Sur (viajes de colecta, establecimiento de jardines botánicos, etc.). Esta acumulación originaria representaba la base para los modernos cultivos alimentarios. Quienes crearon los fundamentos científicos fueron: Gregor Mendel a finales del siglo XIX y; en los años 20 y 30 del siglo pasado, principalmente investigadores rusos, entre los que destaco Nicolai I. Vavilov.

De igual manera que en otros sectores, también en el sector agrario, el sistema más productivo se desarrolló a partir de los años 40 en los EE.UU. Sobre todo, el cultivo de híbridos adquirió una importancia trascendente. Lo que fue el automóvil para la producción industrial fordista, fue el maíz para la agricultura. Entre 1935 y 1955, los rendimientos se duplicaron y, hasta 1985, se multiplicaron por seis. La uniformización de las plantas hizo posible el creciente empleo de máquinas y conllevó a la sustitución de la mano de obra humana. Económicamente, las variedades híbridas tenían un gran atractivo, no sólo para muchos agricultores sino, también para los productores y vendedores de semillas, pues el mayor rendimiento de las variantes híbridas se limita a la primera generación. Las semillas para el ciclo siguiente no podían extraerse, tal como había sido usual, de la cosecha misma, sino que era necesario comprar nuevas simientes.

De esta manera, los/as campesinos/as ya no producían ellos/as mismos/as el medio de producción decisivo, es decir, las semillas. Y además, hay que mencionar un segundo aspecto de la apropiación fordista de la naturaleza en el sector agrario. Se estableció una producción industrializada de semillas, realizada – especialmente en los EE.UU. - por unos grandes conglomerados empresariales privados (sobre todo la Pioneer Hi-Breed, que surgió de la Hi-Breed Corn Company, fundada en 1926, por Henry A. Wallace; más tarde, éste fue designado Ministro de Agricultura y, luego, Vice-Presidente de los EE.UU.).

La producción industrial moderna de semillas iba acompañada por un negocio todavía más lucrativo, es decir, el de los agroquímicos (fertilizantes y pesticidas). Además, el cultivo híbrido hizo brotar el interés en los derechos exclusivos de comercialización. Se privatizó el mercado de semillas; anteriormente organizado en forma descentralizada y, en gran medida, apoyado por el estado (las respectivas entidades públicas o los/las campesinos/as mismos/as producían las semillas). A partir de entones y debido a la concentración de capital, nació el Agrobusiness, cuyas corporaciones promovieron procesos de integración vertical, es decir, la unificación de pasos productivos consecutivos, y la expansión horizontal hacia otros sectores.9 En los ámbitos de las simientes y de los agroquímicos, tuvo lugar un creciente entrelazamiento del sector agrario con el sector industrial.

Mediante la producción de semillas y los procedimientos de cultivo industriales, las semillas deberían hacerse inmunes contra las influencias naturales negativas. La diversidad genética vegetal era considerada como un factor perturbador, a pesar de que seguía siendo importante para la obtención de semillas. Por consiguiente, las normas de producción Fordistas en el Centro y, en forma dependiente e incompleta, en algunas partes de la Periferia, llevaron no sólo a unos rendimientos mayores, sino también a una reducción de la diversidad biológica agrícola generada en el transcurso de miles de años, es decir, de la diversidad de especies de plantas domésticas. En los campos, predominaba, cada vez más, una calidad homogênea lograda mediante la uniformización genética.

Los aumentos de productividad en la agricultura abarataron la reproducción de la mano de obra y, al mismo tiempo, posibilitaron el consumo a gran escala de alimentos típicos para el Fordismo, es decir, de productos alimentarios industrialmente elaborados con un alto valor añadido. Se desarrollaron normas de consumo que no solamente se hicieron más uniformes, sino que – con su prevaleciente orientación hacia el consumo de carne y huevos – subvirtieron el sistema agrícola global debido a la imperante necesidad de pastos y sembrados de forrajes (lo mismo vale para los países periféricos, puesto que los hábitos de consumo de sus clases medias se iban asemejando a los de las clases medias metropolitanas).

Durante el Fordismo, la relación Norte-Sur se convirtió en parte esencial del desarrollo agrario global. Para que éste se impusiera en los países periféricos, se acuñó el término “Revolución Verde”. Los EE.UU. establecieron su “hegemonia agraria internacional” y, con la expansión de las características predominantes del modelo de agricultura de aquel país, también en este sector, el modo Fordista de desarrollo empezó a globalizarse política, económica e ideológicamente.10 La internacionalización de las “modernas” prácticas de elaboración y cultivo de plantas, junto con la propagación de los alegatos ideológicos sobre la “modernización”, se plasmaron, más que nada, a través de los grandes consorcios estadounidenses. De esta manera, éstos contribuyeron a la difusión – con sus características específicas según cada país – de las normas Fordistas de producción y de consumo. La obtención de nuevas variedades vegetales para el cultivo alimenticio se convirtió en un factor muy relevante en la política (económica) exterior de los EE.UU. Ya en el año 1943, la Fundación Rockefeller lanzó el Programa Agricultural Mexicano para la mejora del cultivo de cereales y de maíz en el país vecino; hasta los comienzos de los años 50, dichos programas fueron establecidos en otros once países latinoamericanos. Partiendo de los EE.UU., y particularmente desde sus entidades privadas como la Fundación Ford o la Fundación Rockefeller, en los años 60, se crearon y se financiaron, en los países periféricos, los Centros de Investigación Agrícola (IARC).11.

Los IARC se convirtieron en destacados actores de la política internacional de semillas y en entidades promotoras de la Revolución Verde, pues fue través de ellos que se determinaron las políticas de investigación en los países del Sur (promoviendo y favoreciendo, por ejemplo, la investigación sobre la obtención de híbridos). Desde sus inicios, los programas para el desarrollo agrario y los IARC cumplieron una función primordial: era de su incumbencia la colecta de plantas vernáculas en los respectivos países.12 Bajo el paraguas de la ONU, se creó, en octubre de 1945, la Food and Agricultural Organization (FAO), que se convertiría en un actor multilateral central.13 En la era de la confrontación de bloques, los factores político-ideológicos jugaron un papel importante. Al fin y al cabo, la Revolución Verde en los países periféricos, apoyada por los EE.UU., estaba destinada a presentarse como una alternativa ideológica y concreta a las revoluciones políticamente “rojas”. Sin embargo, en los países metropolitanos y, con más vehemencia, en los países periféricos, la modernización del sector agrario desembocó en la polarización social, puesto que las explotaciones campesinas eran menos productivas. Si es que éstas seguían existiendo, sólo podían reproducirse mediante un porcentaje más o menos grande, de producción dedicada a la propia subsistencia y la autoexplotación.

Además, los métodos tradicionales de cultivo, basados en las semillas obtenidas en los propios campos, cada vez iban a ser más marginalizados y reemplazados por la siembra de especies de alto rendimiento. Estas especies, no sólo eran inapropiadas para los respectivos lugares y sembradas en monocultivo sino que dependían de altos insumos de energía (semillas, fertilizantes, plaguicidas), consumían más água y, al mismo tiempo, las familias campesinas se veían obligadas a comprar estos medios de producción. Las nuevas especies cultivadas eran, frecuentemente, inadecuadas para las tierras del lugar y propensas a enfermedades, lo que las hacía dependientes del moderno botiquín agroquímico. A ello, se sumaban el aumento de los precios del suelo y el cambio en las estructuras de propiedad. Sobre todo en los países periféricos, se quedaban al margen las regiones que no habían sido abarcadas por la Revolución Verde. Ya en aquel entonces, se evidenciaban ciertas alteraciones ecológicas, a pesar de que, en el escenario del reinante ideario productivista con respecto a lo que es el “desarrollo”, pocas de ellas se convertían en un problema político – en todo caso, este quedaba restringido al nivel local, pero nunca llegaba al terreno internacional. De acuerdo con el imaginario dominante, las alteraciones ecológicas y, con ello, la erosión genética, eran vistas como una parte necesaria del “progreso”.

Son precisamente los sectores de la agricultura y de la alimentación los que han incorporado, en forma substancial, las estructuras sociales patriarcales y la división de trabajo según criterios específicos de género. Desde siempre eran, casi únicamente, las mujeres las que cargaban con la responsabilidad de la alimentación de la familia; su trabajo era menos reconocido socialmente y, desde que se implantó el trabajo asalariado “libre”, también menos remunerado económicamente. Con el Fordismo, esto se reforzaba de tal forma que se volvía dominante la imagen del hombre que sustenta y alimenta la familia. Los campesinos varones eran los portadores mimados del moderno desarrollo agrario, tanto en los países metropolitanos como en los periféricos. De manera sistemática, la cooperación internacional dominante, a través de proyectos, daba preferencia a los hombres. Los programas de modernización, tales como, por ejemplo, la formación profesional, distintas técnicas de planificación o el acceso a créditos, se dirigían a los hombres; con lo cual, el conocimiento, tanto “moderno” como “tradicional”, se formaba según critérios específicos de género – siempre que el acervo de conocimiento heredado no hubiese desaparecido casi totalmente, como pasó en los países altamente industrializados.

Históricamente, no solamente se prestaba cada vez menos atención al conocimiento ancestral, sino que este era propenso a ser identificado como femenino (lo cual conllevó, en algunas partes, a equiparaciones esencialistas entre lo femenino y la apropiación sustentable de la naturaleza). Correspondientemente, crecía el interes por parte de los hombres en la aceptación de las modernas técnicas de cultivo y de sus productos. Con esto, se recrudecía, además, otra desigualdad de género que ya había existido antes del Fordismo: el hecho de que las mujeres, a nivel planetario, sólo poseían una parte ínfima de las tierras.14

Como ya se mencionó, la modernización del campo dependía de las espécies “tradicionales” de las plantas y de sus respectivos métodos de cultivo, o sea, de las formas de conocimiento relacionadas con ellos. Fundamentalmente, las espécies tradicionales desarrolladas en el transcurso de los siglos en los Centros de Vavilov, constituían no solo la base para las formas ancestrales de obtención de nuevas especies y de prácticas agrícolas, sino también, para la fitotécnica y la agricultura modernas. El desarrollo dinámico del comercio internacional con semillas se basaba en las relaciones de intercambio desiguales, las cuales consolidaba al mismo tiempo. ¿Cómo se institucionalizó el intercambio internacional de los recursos fitogenéticos durante el Fordismo, y en particular, el fluir de éstos desde sus países de origen hacia las regiones metropolitanas? Para los fabricantes de las semillas modernas de alto rendimiento, el acceso a las semillas tradicionales, al tan importante medio de producción, era libre y, en la mayoría de los casos, gratis.

Hablando en términos actuales, no había ninguna participación, justa y equitativa, en los beneficios que se derivan del trabajo de la población local que durante siglos había mejorado las simientes. Los centros nacionales e internacionales de investigación agrícola ponían, sin coste alguno, el material genético a disposición de las corporaciones, ubicadas mayoritariamente en los países metropolitanos, las cuales elaboraban y comercializaban especies vegetales para el cultivo. Detrás de esta práctica, estaba la idea de que se trataba de un legado común de la humanidad. Por el contrario, los productos elaborados por la industria de semillas sólo se podían adquirir como mercancías. Ya durante la época del Fordismo, hubo los primeros intentos de proteger, mediante acuerdos internacionales, los derechos de los productores de semillas. El Convenio Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales, UPOV, fue un reglamento internacional que se estableció en el año 1961.15 Sin embargo, durante El Fordismo, el derecho de patentes no había adquirido un lugar tan central como hoy, puesto que, una gran parte de la investigación se realizaba en los centros nacionales e internacionales de investigación agrícola y que, por regla general, los resultados se hacían públicos. Pero de hecho, éstos fueron utilizados, principalmente, por los grandes consorcios.16

En la época del Fordismo, se reconoció pronto la relevancia de los problemas de la “erosión genética” (la pérdida de diversidad de plantas útiles) y del libre acceso, y eran frecuentemente debatidos, por ejemplo en el marco de la FAO17. No obstante, hasta los comienzos de los años 70, esta problemática se situó más bien en la cola de la agenda política. Fue con la mala cosecha de maíz en los EE.UU., en el año 1979 – cuando una epidemia fúngica se expandió, debido al carácter uniforme de la variedad de maíz – que el problema de la erosión genética cobró de repente importancia. Por ello, la homogeneización de la simiente ya no figuraba como condición incuestionable del progreso. A partir de entonces, los/as científicos/as críticos/as, que antes encontraban sólo oídos cerrados, podían exponer sus teorías.18
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