Paula Sibilia




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fecha de publicación06.08.2016
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Paula Sibilia



De nacionalidad argentina, Paula Sibilia cursó las licenciaturas en Comunicación y en Antropología en la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde además ejerció actividades docentes y de investigación en la Facultad de Ciencias Sociales. Desde 1994 reside en Brasil, donde defendió la maestría en “Comunicación, Imagen e Información” en la Universidade Federal Fluminense (UFF), y actualmente cursa los doctorados en “Comunicación y Cultura” en la Universidade Federal do Rio de Janeiro (UFRJ) y en “Salud y Ciencias Humanas” en la Universidade do Estado do Rio de Janeiro (UERJ). En 2002 publicó el libro O Homem Pós-Orgânico: corpo, subjetividade e tecnologias digitais, con versión en español editada en 2005 por el Fondo de Cultura Económica, bajo el título El Hombre Postorgánico: cuerpo, subjetividad y tecnologías digitales.

CAPITULO 1 CAPITALISMO/SIBILIA


Para Sibila el capitalismo nació industrial y por eso las primordiales insignias de la revolución industrial son mecánicos: la locomotora, la maquina a vapor, los telares. En conformidad con una interesante tesis desarrollada hace considerables décadas atrás por Lewis Mumford en Técnica y Civilización, la maquina mas emblemática del capitalismo industrial es el reloj.

Fueron los monjes benedictinos quienes inventaron la división en horas y minutos en el siglo XIV. La invención de virtudes como la puntualidad y de aberraciones como la perdida de tiempo son las consecuencias y las causas culturales de tal innovación.

En este momento estamos viviendo la transición del régimen industrial a un nuevo tipo de capitalismo globalizado y postindustrial, caracterizado cardinalmente por la inmaterialidad, la instantaneidad, la deslocalizacion y otras variables de corte postmoderno.

Estamos pasando de una cultura del tener al acceder. En el camino asistimos a la obsolescencia de verbos como tener, guardar, acumular.

Análogamente se da el adelanto del marketing y del consumo. La mercadotecnia se aplica a todo llegando al absurdo de servir de paraguas para la conceptualizacion ante la sorpresa/ironía de Deleuze y Guattari quienes se escandalizan del poder virulento del mercado en cuanto a esterilizar a la palabras aparentemente emancipadoras.

Estamos pasando de las sociedades disciplinarias a las sociedades de control como bien teorizo marginalmente, pero con acuidad Gilles Deleuze. En el camino pasamos de un productor-disciplinado a un consumidor controlado.

Hay una intima solidaridad entre prácticas y palabras claves como Vigilancia/Biopoder/Cuerpos dóciles. El biopoder apunta a convertir en fuerza productiva a los cuerpos y el tiempo de los individuos con la maquina como modelo y metáfora inspiradora.

En todos los territorios la seguridad oscila y se pasa de la ilusión de la identidad fija a los kits de perfiles estandarizados y las identidades pret a porter. Transitamos también del hombre confinado al hombre endeudado. Hoy es una señal de pobreza no tener deudas y una clara marca en contra carecer de tarjeta de crédito o de débito.

Una palabra clave para pensar todos estos fenómenos es la de tecnociencia. No hay relaciones de poder sin la constitución paralela de un determinado campo de saber.

Lo que impera se podría definir como la “tiranía del upgrade”: la inconmovible necesidad de perfeccionar la condición humana, potencializarla, superar los límites que son relativos a la configuración orgánica del cuerpo humano tanto a lo espacial que eliminan las distancias como lo temporal.
Se están generando otro tipo de cuerpos, más ávidos que disciplinados. Sería otro perfil subjetivo el que sería privilegiado, estimulado. Es un cuerpo también ansioso, superexcitado, incitado a consumir constantemente, un cuerpo que quiere siempre algo nuevo, experiencias extremas. Eso se ve en las características que se buscan en el mercado laboral: no es el sujeto responsable, capaz de cumplir horarios, disciplinado el que más se valora en la sociedad contemporánea. Lo elemental son otras habilidades como la flexibilidad, la agilidad mental, la buena imagen, la simpatía. Es otro tipo de sujeto.
Una provocación constante a actualizarse nos presiona, si no uno queda viejo, obsoleto, anacrónico, anquilosado. Uno siempre tiene que estar al tanto de las últimas novedades y las últimas noticias.
A esto se le suma que uno siempre tiene que ser joven y ágil porque si no uno queda relegado. En la publicidad y el marketing lo que más se valora es ese tono juvenil; como

si la creatividad fuese una cualidad de la juventud únicamente.

Ser Humano - La digitalización de la vida
Los discursos de los medios, las ciencias y las artes están engendrando un nuevo personaje: el hombre postorganico.

Durante muchos siglos reino una distinción entre lo natural y lo artificial. Por un lado, el ser que es principio de su propio movimiento; por otro lado, las operaciones humanas para utilizar, imitar y ampliar el alcance de lo natural. Dos mundos distintos, casi antagónicos. Ahora, la frontera que los separaba se esta disipando, y son muchas las repercusiones en la vida cotidiana y en el imaginario contemporáneo.
Mitos de la tecnociencia I. Ascenso y caída del hombre-maquina
Análisis de las mutaciones que ocurrieron en el siglo XV y que marcaron los primeros rasgos de la “era de la técnica”. Mumford concluye que “lo orgánico desapareció”. Las maquinas se reprodujeron por todos lados y comenzaron a poblar paisajes, esparciendo productos manufacturados y artificios en territorios donde antes primaba lo natural y artesanal. Los aparatos mecánicos comenzaron a automatizar diversas funciones y a transferir sus ritmos, como su regularidad y su precisión, a los cuerpos y las rutinas del hombre. Todas las acciones y los movimientos humanos pasaron a reducirse en elementos puramente mecánicos.
En el siglo XVII estás preocupaciones llegaron a la filosofía. Rene Descartes es uno de los filósofos de donde se desprenden estos conceptos que hoy están en mutación. Descartes definió al hombre como una mezcla de dos sustancias completamente diferentes y separadas: por un lado el cuerpo-maquina, un objeto de la naturaleza como cualquier otro, que podía y debía examinarse con el método científico. Por otro lado, la misteriosa mente humana, alma pensante cuyos orígenes solo podían ser divinos. Ambas sustancias interactuaban de algún modo, pero para el filósofo era imposible explicar como ocurría.
Para la ciencia de la época, Dios era un ingeniero que había creado un maravilloso artefacto, una maquina compleja: La Naturaleza. Luego, durante el capitalismo, la intervención divina deja de ser una necesidad. Los fenómenos químicos y biológicos se empiezan a reducir a la lógica mecánica. El mundo pasa a ser regido por las leyes claras y universales. El hombre pasa a ser una pieza más dentro de ese universo mecánico.
La medicina se hace presente para reparar los mecanismos del cuerpo humano y perfeccionarlos aun más. Se dejaron de lado todos los antiguos frenos religiosos, para así develar todos los misterios, con el fin de examinar cada órgano y especificar las funciones de la compleja maquinaria del organismo humano.
En esta época aparecen los primeros anatomistas, donde el cuerpo-maquina pasa a convertirse en un cadáver para poder ser violado por la medicina. Solo un cadáver desprovisto de fuerzas vitales y divinas podía ser abierto, auscultado y husmeado por los científicos. En un mundo mecánico, en el cual la materia inerte generaba explicaciones rigurosas, exactas y universales, lo vivo constituía una excepción inexplicable. El cuerpo muerto se volvía cognoscible (estructuras mecánicas explicables). El saber científico redefinió el cuerpo: arranco del hombre vivo para hacer del cadáver su modelo y su objeto privilegiado. La intimidad del cuerpo pasó a ser colonizada, develando su interior.
En los primeros años de la Edad Moderna, la medicina comienza a ostentar vocación biopolitica al administrar vidas y cuerpos, motorizada por la Revolución Industrial. Comenzó entonces la “medicalizacion de la población”, fenómeno desencadenado en el siglo XVII. Surgió la población como un problema biológico y político que debía ser administrado por los estados naciones.
Julián Offray de La Mettrie, medico francés, que estipulo que el hombre era una maquina: autómata hecho de órganos, huesos y músculos. De las dos sustancias identificadas por Descartes, eligió solamente la materia que conforma al cuerpo humano. Extendió las bases del mecanicismo universal: el cuerpo consistía en un conjunto de resortes, palancas y engranajes regidos por leyes puramente mecánicas, mientras que el “alma” también no pasaba de un principio material, localizado en el cerebro y encargado de dar movimiento al organismo y permitir el pensamiento. Propuesta antihumanista radical.
En el siglo XX, el hombre y la vida claman nuevos fundamentos. El destino de los seres humanos como perfiles de información parece haber cambiado el locus humani: ahora cifrado en sus genes o en sus circuitos cerebrales.
Mitos de la tecnociencia II. El código de la vida.
En la década de 1930 se comenzó a desarrollar una teoría revolucionaria, con una nueva perspectiva: la exploración de la vida en escala anatómica. En 1953 se descubrió la estructura de la molécula de ADN. El enigma de la vida pasaba a ser definido y se trababa simplemente de información. Los científicos pasaron a comprender como esa información genética se almacenaba en los tejidos orgánicos y se transfería de una generación a otra. Genoma se denomino al conjunto específico de informaciones.
En la tecnociencia había una exigencia de verdad accesoria, es decir, que todo sea útil cuando es puesto en practica. Se comenzaba a hablar de un modelo informático-molecular. El ambiente técnico creció y se expandió hasta convertirse en una nueva naturaleza: la ciudad, lo urbano, lo artificial se expandieron por toda la superficie del planeta, convirtiéndose en el medio natural donde los seres humanos viven y se reproducen.
Las nuevas ciencias de la vida se alían a la teleinformática de modo cada vez mas intrincado. Con su tendencia virtualizante, su anclaje en la información inmaterial, su paradigma digital, ambos tipos de saberes y ambos conjuntos de técnicas se aplican a los cuerpos, las subjetividades y las poblaciones humanas, y contribuyen ampliamente a producirlos. Intimo parentesco entre las computadoras y las biotecnologías.
En los laboratorios empieza a haber una mezcla entre materias orgánicas e inorgánicas. Biochips o wetchips, microprocesadores donde su composición tiene circuitos electrónicos y tejidos vivos, es un claro ejemplo. Ambos componentes operan con la misma lógica de información digital.
Actualmente, los chips de ADN son fabricados regularmente. Estos dispositivos se utilizan para efectuar diagnósticos de enfermedades como diabetes y cáncer. Las terapias genéticas, la e-medicine y la medicina personalizada figuran entre los frutos del reciente patrimonio de empresas de teleinformática y ciencias de la vida.

El materialismo se disuelve en la luz



Mientras se va esfumando la metáfora del hombre-maquina y cede su lugar al hombre información, podría parecer que el materialismo se ah extendido hasta sus últimas consecuencias. La materialidad de la sustancia que constituye a todos los seres vivos es bastante ambigua ya que por ejemplo el ADN es un código de información. Esta es obtenida de forma digital y en ella reside el secreto de la vida, según el paradigma hegemónico de nuestra tecnociencia.
En los laboratorios dónde se realizan las investigaciones y descubrimientos biotecnológicos, los materiales genéticos se fusionan con los dispositivos informáticos. De esta forma se puede sugerir que “las cosas del cuerpo también ingresaron en ese proceso de digitalización universal. A los investigadores les basta con disponer de un minúsculo fragmento de ADN extraído de una célula cualquiera del cuerpo y que haya sido conservado en una heladera.
Las tendencias virtualizantes de la teleinformática privilegian el polo inmaterial del viejo dualismo cartesiano, potenciando la mente y descartando el cuerpo como un mero obstáculo demasiado material. Parece que la carne molesta en esos mundos volátiles del software, la inteligencia artificial y las comunicaciones vía Internet. La material del cuerpo se ha convertido en un obstáculo que debe ser superado para poder sumergirse libremente en el ciberespacio.
El cuerpo humano no deja de resistirse a la digitalización, se niega a someterse por completo a las tecnologías de la virtualidad. La materia deja de ocupar un lugar en el espacio y pasa a estudiarse como una forma de energía. Esa energía inmaterial suele adquirir, cada vez con mayor frecuencia, el rostro de la información, que se presenta como una metáfora todo poderosa y de largo alcance.
Todos los procesos comentados integran el mismo paradigma tecnocientífico, y su objetivo último es superar los límites de la materia, trascender las restricciones inherentes al organismo humano en busca de una esencia virtualmente eterna.
Las limitaciones del cuerpo material provocan cierta repugnancia por lo orgánico en general, una especia de aversión por la viscosidad del cuerpo biológico. Este recibe una grave acusación: es limitado y perecedero, está fatalmente condenado a la obsolencia. Así es como surge el imperativo del upgrade tecnocientífico: una intimación al reciclaje y la actualización constante. Tanto en las promesas como en ciertas realizaciones de los programas biotecnológicos y teleinformáticas se percibe claramente la intención de superar la condición humana, las falencias del cuerpo orgánico, los límites espaciales y temporales derivados de su materialidad. Se pretende trascender la humanidad.
Según Wiener la información “esencial” de determinado elemento podría desmaterializarse y transferirse a través de diversos medios sin sufrir alteraciones. De allí en mas, la idea de inmaterialidad de información caracteriza a nuestra era y marca todos los discursos sobre el tema.
El soporte material de la información ha sido descalificado y se ha convertido en una suerte de “fluido desencarnado”, capaz de transitar entre diferentes sustratos sin perder ni su forma ni su sentido. Así, la información adquirió una relevancia universal, se transformó en denominador común de todas las cosas, y logró la supremacía sobre la materia; y de esta manera el cuerpo orgánico no forma parte de su esencia. Si la esencia de la humanidad es informática, entonces no habría diferencias sustanciales entre computadoras y seres humanos, porque ambos compartirían la misma lógica de funcionamientos. En la actual proliferación de discursos irradiados por el universo postorgánico, postbiológico y posthumano se esparcen por todos los ámbitos metáforas referidas a lo digital y a la inmaterialidad de la información como uno de sus ingredientes fundamentales. La exaltación de ambos lleva a pensar que el cuerpo humano se “convirtió en el lugar del mal”.

La esencia del hombre es pura sustancia inmaterial. Esta idealización metafísica del ser humano esta resurgiendo en un escenario inesperado: el de las redes informáticas, en plena consonancia con el nuevo paradigma tecnocientífico. Por eso, hoy asoma un neocartesianismo high tech, en el cual la vieja oposición cuerpo/alma correspondería al par hardware-software. Este postulado es el germen de dicha disciplina tecnológica de máxima actualidad: la inteligencia artificial. Algunos proyectos de esta rama del saber proponen escanear el cerebro humano y hacer el download del contenido de la mente, con la intención de conquistar la inmortalidad encarnada en una computadora, libre de todos los riesgos del cuerpo humano.

¿Es posible existir sin cuerpo? La respuesta afirmativa parece ser una de las propuestas de la nueva tecnociencia con su horizonte de digitalización total.

El espíritu en la carne: la persistencia de lo orgánico



La marca que el dualismo cartesiano imprimió en el pensamiento occidental sobre el hombre parece casi indeleble, con su tenaz división en dos tipos de componentes distintos y separados: la mente y el cuerpo. Los dos monismos básicos de nuestra tradición filosófica son el materialismo y el idealismo. En los discursos tecnocientíficos retumban los ecos de ambas vertientes; no obstante, el materialismo de la genética y las biotecnologías es solo aparente, sobre todo en áreas como la producción de alimentos transgénicos, la clonación y la medicina genética. Estos proyectos comprenden la vida como información, como un código que puede ser manipulado y corregido con ayuda del instrumental digital.
Las nuevas variantes de la metafísicas tradicional no hacen mas que reafirmar el viejo dualismo y privilegiar su polo inmaterial (software-código)a la vez que deseñan y castigan el polo material (hardware-material). El cuerpo se descarta por ser impuro en un nuevo sentido: imperfecto y perecedero y por lo tanto limitado. Pero la misma tecnociencia permite repararlo, recrearlo y trascenderlo, gracias a las metáforas que emanan de los centros de investigación y plasman sus efectos de realidad en el mundo y en la carne humana. Un abuso semejante del poder explicativo de las metáforas impregna las nuevas neurociencias y su paradigma del “sujeto cerebral”, que intenta explicar fenómenos complejos aludiendo exclusivamente a la información que fluye por los circuitos cerebrales y activa las pantallas de resonancia magnética.
Proyectos como los de la inteligencia artificial y las biotecnologías revelan sus frágiles cimientos metafísicos, que cercenan la vida al separarla del cuerpo orgánico, en su trágica búsqueda de una esencia etérea y eterna. Sería imposible penar sin cuerpo, porque el sufrimiento es una experiencia vinculada al cuerpo orgánico. Y en consecuencia solo si una tecnología de este tipo pudiera ser fabricada, osea, un programa informático capaz de sentir el dolor de pensar, en ese caso tendríamos alguna razón para no desesperar con la tecnociencia.
Descartes intento explicar la evidente integración entre el yo espiritual y el cuerpo mecánico y llegó a la conclusión de que la mente podría sobrevivir si el cuerpo fuera destruido (al menos en teoría), el mismo admitía que el genuino ser humano involucraba ambos elementos. Esa inquietud lo llevo a investigar las manifestaciones más irracionales de la mente humana: los sentimientos y las emociones, que reflejan la gran extrañeza que le causaban las sensaciones psicofísicas. Descartes admitió que el hombre no se puede reducir a una mente inmaterial sino que se trata de una criatura incorporada, por eso ni siquiera el conocimiento mas minucioso de las diversas conexiones entre las neuronas bastaría para explicar el pensamiento. Porque si las grandes ideas, las emociones profundas y los sentimientos mas intensos tuvieran un lugar preciso en el cerebro, con toda seguridad no serían esos circuitos electrónicos que la informática pretende replicar. La compleja lógica de la mente humana, las maneras como pensamos y sentimos todavía son un enigma para la tecnociencia.

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