Colección el pez en la red




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FERNANDO GARAVITO

PARAMILITAR PARA PARAMILITARES


FICA

COLECCIÓN EL PEZ EN LA RED


ÍNDICE


1. La estructura

Ejercicios de mistificación

  • Pensar

  • Hablar

  • Nombrar

  • El poder

  • El enemigo

  • La libertad

  • La democracia

  • La patria

  • La violencia

  • La información

  • Los alimentos


2. La coyuntura

Tiempo de muerte

  • Las razones del cero

  • Paramilitar para paramilitares

  • ¿Quién canta aquí?

  • El reino del espanto


3. Epílogo

¿Por qué estás triste?

  • Conservarle su honor


PENSAR




LA MÁQUINA DE HABLAR




Pensar se ha convertido en Colombia en un ejercicio peligroso. Cualquier fisura que no se ajuste a un esquema previo establecido por el contradictor puede estrellarse contra consecuencias imprevisibles. Poco a poco el país se ha ido hundiendo en el silencio, donde lo único que se oye es el eco de los disparos. La razón no la tiene quien sepa manejar una dialéctica, sino quien maneje el gatillo con mayor precisión y sangre fría. Así, el lenguaje ha perdido cualquier significación, hasta el punto de que hoy se explaya sobre una máquina de hablar que elimina en su estruendo cualquier sistema de pensamiento.
Cada día se abre más y más el abismo entre la acción y el lenguaje. Mientras la primera se ciñe a patrones específicos que tratan de consolidar el poder tal como se le concibe comúnmente, el segundo, manejado por ese poder, se debilita. A finales del siglo XIX, cuando se afirma la idea de nación, el ejercicio de pensar se enajenó en dos sectores de la sociedad, íntimamente relacionados. En efecto, ante la ausencia de un pensamiento sistemático, el pensar se le encomendó a la religión y a la gramática. En ese entonces, los colombianos creyeron que ser católicos y conocer la estructura de la lengua eran las condiciones sine qua non del pensamiento. Obvio, el catolicismo es, ante todo, un ejercicio jerárquico. Y lo mismo el lenguaje. Podría pensarse en una elipse, en la cual la curvatura superior representara al hecho católico, y la inferior al hecho gramatical. Partiendo de un punto cero, el presidente, con un manejo precario del lenguaje, reduce a su sitio a la jerarquía que se opone al proceso político de la independencia: “Nuestro Señor Jesucristo –le escribe al arzobispo en 1832–… jamás inculca sobre la legitimidad o ilegitimidad de las potestades civiles. Los Césares eran unos manifiestos usurpadores de los derechos de la soberanía del pueblo romano, y el pueblo romano era un injusto conquistador de la Judea. Jesucristo se somete a la autoridad de sus magistrados; San Pedro no los arguye de incompetencia; San Pablo al mismo tiempo que reprende los vicios del incestuoso Félix, no se substrae de un tribunal, ni le disputa la legitimidad de su jurisdicción. ¿Sería porque no conocieron la tiranía de los Césares, ni el cruel despotismo de los romanos? ¿O porque el reino de Jesús es espiritual, y predicando la obediencia a las potestades, supone su legitimidad en cuanto la subordinación conduce a la salud eterna, sin entrar en cuestiones que no pertenecen a la cátedra del Espíritu Santo?”. Pero los protagonistas avanzan, cada uno por su lado, envolviendo cada vez más a una sociedad que se sustrae de todo aquello que no tenga que ver con el diario vivir. Para lo demás, el pensamiento, la política…, están los héroes. Las polémicas no vienen al caso. El país es católico y, como tal, cree en el dogma. Uno de ellos comienza a tomar cuerpo: sólo a través del lenguaje será posible constituir una nación. Pero la jerarquía tiene también una presencia dentro de ese juego: la doctrina se transmite a través de la Palabra de Dios, y la Palabra de Dios se condensa en el Verbo: “En el principio era el Verbo…”. Durante décadas, la gramática es el punto de fricción ineludible en el proceso de construir un pensamiento. Comienza con timidez, a partir de la retórica del Trivium. Conocer el lenguaje es “embellecer la expresión de los conceptos”. La verdadera guerra civil en la que se empeña Colombia tiene que ver con la necesidad de dejar atrás a los caudillos militares, incapaces de sacrificar un mundo para pulir un verso, y abrirle paso a los presidentes civiles que han cursado leyes, dentro de las cuales han estudiado lógica, gramática y retórica como la unidad básica para concebir y expresar un pensamiento. Se trata de un proceso, claro está, no de un hecho súbito. En forma paulatina, los soldados son sustituidos por los magistrados que manejan otro sistema de pensamiento y que, poco a poco, avanzan hacia un esqueleto ideológico que consideran indispensable para darle una forma a la nación. ¿Por qué? Porque el concepto nación, que hizo el delirio de las revoluciones burguesas, le daba una nueva entidad a una servidumbre que encontraba en ella la frontera espacial de la que carecía para salir de la angustiosa frontera temporal que le había impuesto la doctrina. En ese proceso el país se desbarata, se fractura, se hunde en confrontaciones complejas que conducen hacia un punto muerto donde la elipse parece precipitarse. Ese es el marasmo que lleva a la regeneración (“regeneración o catástrofe”), que avanza de manera incontenible porque el presidente condensa lo que el país espera encontrar en sus héroes: es poeta y libertario, pero se codea con la jerarquía y triunfa en la guerra. La regeneración no es un movimiento político: es un lenguaje, que pone al poder en contacto con la realidad a través de lo que Williams llamó “las formas fijas de la escritura”, es decir, la gramática. Con la incorporación de la jerarquía y la reunificación del país, la elipse se cierra. Sin embargo, en contra de lo que podría pensarse, no origina otra que se apoye sobre la primera para dar comienzo a un nuevo flujo político. Por el contrario, se devuelve. En pocos años, la guerra de los mil días se mira en el espejo de las guerras de fin de siglo y copia sus crueldades, y del humanista católico y conservador que escribe una gramática latina, traduce a Virgilio e impone sus obsesiones (“el sufragio universal –escribe en desarrollo de un debate sobre la constitución política– debe figurar en la lista de las cosas que no existen… Es una palabra apasionada, que […] ha servido para lisonjear a la plebe”), se desciende al espíritu burlón que pierde una porción del territorio mientras redacta un tratado de ortografía, y luego al desvelado soñador que entabla una guerra a muerte para explicar y explicarse el subjuntivo hipotético, para terminar en el profesor de prosodia en latín, que es el último de los gramáticos y el primero del nuevo período de los magistrados, en el cual la construcción del lenguaje se diluye en el aire, y el catolicismo desaparece bajo la banalización de las formas religiosas. Dentro de ese proceso el pensamiento va al tuntún sin llegar a consolidarse. Su mayor aproximación a una estructura se da en el momento en que se confunde con la gramática. Pero ese esquema es un castillo de naipes. La elipse vuelve a cerrarse con una velocidad de vértigo. Se regresa a unos pocos regímenes militares (el hecho de que el presidente no luzca uniforme no quiere decir nada), que con la matanza sistemática de mediados del siglo XX, devuelven al país a los peores episodios de la guerra contra España. Y es a partir de allí, siempre en contravía, cuando se entra de lleno en la colonia y la conquista. Ahora mismo estamos en la época de los virreyes, que dicen gobernar en una región que pertenece a otro imperio. Pero el proceso de globalización es el mismo de la época de Felipe II, cuando no se ponía el sol en los dominios del rey. El hecho es que a partir de 1947 regresamos a la edad de hierro donde el territorio es un botín. El poder hace chocar su miedo contra la fuerza de los indígenas, y los desplaza a través de un ejercicio violento de la acción militar, que no da tregua. Pero los indígenas de hoy no son sólo los indígenas. Hoy los indígenas somos todos.
En medio de esta barahúnda, el lenguaje vuelve a ser un esquema paupérrimo sobre el cual se diseña lo que no llegará jamás a ser un pensamiento. Quisiera condensar en una fórmula lo que ocurre en Colombia: hablar es pensar. Es posible que el país haya intentado pensar por última vez durante la regeneración. En ese entonces, el incipiente liberalismo colombiano puso sobre el tapete una serie de ideas que ya habían sido objeto de debate en el resto del mundo, entre ellas las libertades básicas esenciales (de pensamiento, de opinión, de culto, de prensa, de comercio), pero nada de eso pasó de ser un ejercicio intelectual, que enriqueció la letra muerta de una normatividad aprobada y refrendada por todos pero que ni entonces ni nunca llegó a aplicarse siquiera en una mínima parte. De modo que el experimento de pensar languideció hasta desaparecer, porque en el fondo los partidos estaban totalmente de acuerdo sobre la organización de la sociedad, de la economía y de la política. Había, sí, alguna discrepancia en torno a los dogmas católicos, que se solucionaba a la hora de la muerte, cuando todos resultaban hijos de la misma iglesia, creyentes en el mismo Dios y ovejas del mismo pastor. Sin embargo, esas diferencias generaron algunos últimos jirones de pensamiento (Rafael Uribe Uribe y Benjamín Herrera se enfrentaron en torno a la posibilidad de ser católico y liberal al mismo tiempo, y Antonio Gómez Restrepo y Guillermo Valencia discutieron, desde el punto de vista de la inviolabilidad de la vida, la aplicación de la pena de muerte), pero, de resto, todo se redujo a una sectorización del país con base en las figuras históricas, alimentada más en una filiación genética que en una vertiente filosófica. De ahí en adelante el pensamiento se redujo al régimen gramatical y al hallazgo de metáforas poéticas, no memorables pero sí memorizables (“eres una mentira con los ojos azules”). La filosofía en Colombia no logró generar una sola idea autónoma, una sola propuesta original, de manera que los pensadores de los que se enorgullecen los manuales no pasan de ser epígonos de segunda o tercera generación dentro de escuelas agotadas. Fue así como el pensamiento se vio reducido a su mínima expresión: la de los editoriales y artículos de opinión en los periódicos, que comenzaron por debatir el discurso político, pero que con el tiempo, y El Tiempo y la violencia, fueron languideciendo, hasta el punto de que desde hace muchos años ese ejercicio se convirtió en una forma de conversar que no conduce a nada.
Ahora bien, la ineficacia del discurso, no traduce que no diga lo poco que quiere decir. Se habla por hablar, es cierto, pero ello ocurre porque en Colombia se oye sin oír. Para quien dice, no oír el discurso que se prodiga en abundancia implica aceptarlo. Se trata de una petición de principio alrededor de la cual podría hacerse una distinción inicial: en Colombia el discurso es vacío sólo para quien no oye. Pero el significado (que para Saussure es el concepto), está ahí, oculto como una víbora bajo la voluntaria retórica. Se habla dentro de un esquema monótono, con el único propósito de adormecer. Comencemos, entonces, por ese ejercicio: el que se dirige a quienes no tienen porqué ni para qué oír, en cuanto allí no hay una idea que se debate sino una notificación perentoria. Pienso que ocurre de esa manera (plantear una idea sin necesidad alguna) por la pretensión que se tiene en el país de conservar una apariencia dialéctica. Pues bien. Dentro de ese propósito, la retórica se ha convertido poco a poco en un simple barniz, que comenzó por tapar pieles envejecidas y terminó ocultando cadáveres. Cadáveres de conceptos, claro está. El juego de los conceptos agoniza sin que nadie llegue a percatarse de ello, pero no se convierte en “tierra, humo, polvo, sombra, nada”, como lo expresa hermosamente Góngora, sino que se refugia en el manejo del maquillaje, que es el ejercicio alquímico de la belleza y, por ende, de la retórica. Creo necesario insistir: todo esto es una perversión que se destina a las víctimas del sistema económico. A ellas, piensa quien habla, no tiene por qué importarles lo que se dice. Lo que les debe importar es quien lo dice. Así pues, para contribuir a que en ese sector nadie oiga lo que se dice, el discurso se adorna con una serie de mojones destinados a señalar que quien habla es alguien que participa de un destino común. Parecería que en ese lenguaje no hubiera conceptos. Pero no, allí están, ocultos bajo la maraña de palabras enfermas. Son los mismos que se han expuesto muchas veces, repetitivos y sinuosos. La nada es sólo una apariencia destinada a los “pensadores de la prensa”, que se expresa en palabras construidas alrededor de un ensamblaje artificial entre un nombre y un adjetivo, el cual se adapta a partir de lo que el auditorio espera que sea la actitud de quien lo interpreta en la representación de que se trate (bondad, fuerza, solidaridad, comprensión, misericordia). En cualquiera de los escenarios posibles los cambios son mínimos: todo propósito termina por ser inquebrantable, toda meta irrenunciable, todo sacrificio patriótico. Pero el maquillaje exigirá que el orador no se refiera a los propósitos inquebrantables, a las metas irrenunciables y a los sacrificios patrióticos, sino a los inquebrantables propósitos, a las irrenunciables metas y a los patrióticos sacrificios, propios de quien quiere seducir con una elegancia artificial en el manejo del lenguaje. Acá no se trata de solucionar nada. Quien habla quiere tan solo no participar ante los demás en el empobrecimiento de la palabra, y busca conjurar el problema a partir de un trastocar sistemático del orden habitual en la construcción de la gramática. “Soy –dice el orador sin llegar a decirlo– alguien que forma parte del sentido común pero que es capaz de expresarlo de manera distinta”. Y por allí entra de lleno a jugar en la ya larga e inútil relación que se ha mantenido en Colombia entre quien habla y quien poco escucha, de la cual sólo se han salvado en el imaginario colectivo una serie de términos que retumban en los oídos como el eco de un tambor sin sentido. Los adjetivos rimbombantes se dirigen a los sectores más indefensos del país, que se reconocen en ellos y en ellos se reinterpretan. Frente a este grupo, al orador sólo le interesa ser uno más, a quien la vida le ha dado la oportunidad de hablar ante esos “ilustres compatriotas” que son los “honorables senadores”, que deberán oír en ese “histórico recinto” (que es el “altar de la Patria”), lo que los “indefensos colombianos”, representados por ese “abanderado de la paz”, tengan que decir en torno a la “magna empresa” de rechazar la “hora trágica” en que comenzaron la “cobarde extorsión” y las “sombrías amenazas”. Me atrevería a decir que esa sucesión de pequeñas fichas de rompecabezas forma el ritmo indispensable para que un país que no piensa, piense que otros piensan por él. En este caso concreto, el ritmo sería el andamio que le pone una cuadrícula al aire de los lugares comunes. Antes, el lugar común estaba reservado para desempeñarse dentro de lo cotidiano. Había un habla que recogía un sentimiento colectivo y lo manifestaba como expresión individual. Así, se participaba de un todo, que podía identificar, señalar un denominador común. Afuera quedaba lo que pertenecía al héroe. El héroe era sencillamente eso: el que no era común. En Colombia, del héroe encargado de realizar hazañas imposibles (Bolívar cruza las altas cumbres de los Andes con un ejército desnudo), se pasa al héroe capaz de emprender memorables hazañas culturales (José Jerónimo Triana, Rufino José Cuervo), pero, ya se sabe, ese tipo de heroicidad no puede prosperar en un sitio que construye su historia a partir de sangrientas guerras civiles, de modo que se regresa al prototipo tradicional (Uribe Uribe, García Márquez), y se frustra una historia para la cual la república liberal de la segunda mitad del siglo XIX había intentado poner unas bases diferentes (Triana y Cuervo, pienso, son hijos legítimos de ese proceso). De tal manera el héroe regresa al lugar de donde jamás tendría que haber salido, y vuelve aleccionado sobre la imposibilidad de romper el cáncer del sentido común. En 1923, Unamuno escribió en “La Nación” un artículo sobre Don Quijote, en el que sostuvo un punto de vista que después se ha desarrollado en el marco teórico de una manera poderosa. Habla de H. G. Wells, el gran novelista inglés que ya nadie lee. “Mr. Wells –escribe– nos es profundamente simpático por lo mismo que es antipático a casi todos los idiotas. Y aquí conviene que definamos esto de idiota –en griego: hombre particular, o privado– diciendo que es el que no tiene más que sentido común, el que no discurre más que con lugares comunes y que por tanto odia las paradojas. Mr. Wells forjó paradojas y hace luego juegos malabares, malabariza con ellas, y cuando, al fin, esas paradojas han logrado entrar en el sentido común de los idiotas, éstos las convierten en lugares comunes, las clasifican y etiquetan y las meten en unas cajitas donde las tienen guardadas para enseñárselas a sus hijos…”. Y luego, al hablar de la inmortalidad de los personajes literarios, añade: “…como los idiotas… son… los que no tienen más que sentido común, como carecen de sentido propio y de pasión propia, no pueden concebir, ni menos sentir, esa especie de inmortalidad… Para los idiotas, para los del puro y recto sentido común, no hay más que una inmortalidad común, una comunidad inmortal. Como no tienen más que individualidad corpórea, al deshacérseles el cuerpo se les deshace la individualidad. Y nada pierden”.
Vuelvo a Colombia. En este caso, el idiota habla ante el Congreso de la República, ante el cual demuestra que ha heredado su idiotismo del sentido común de otros idiotas regados a lo largo del tiempo, y que ha sabido meterlo en una cajita para enseñárselo a un país sorprendido ante el hecho de poder pararse en ese podio (por interpuesta persona, poco importa), a ejercer su derecho sustancial de pensar. En ese momento, el idiota es el héroe. ¿Por qué? Porque en un país volcado sobre un culto falaz a la cultura, el héroe es aquel que piensa. Así ocurrió desde el comienzo de los tiempos y así ocurre hoy en día. Pero el discurso al que me refiero no sólo está dicho por un idiota sino por un idiota que al mismo tiempo es un sicario, es más, el jefe de los sicarios, quien a través de los lugares comunes del sentido común señala que él merece el calificativo de héroe. Tal vez por eso nadie dice nada cuando afirma, en primer término, que su lucha no es criminal sino que obedece a “un imperativo ético”. Se trata, claro está, de la ética del delincuente común, y en ese sentido su discurso es consistente. Todos tenemos la obligación de ser éticos. Hace años Savater relató en Colombia una anécdota de Spinoza (cito de memoria): “Usted dice –le escribió un corresponsal– que no hay nada más útil para un ser humano que otro ser humano. Pero ¿qué pasa si lo que yo quiero es hacerle mal a los demás?”. Y Spinoza le contestó: “Si usted ha reflexionado con seriedad y ha resuelto que lo mejor para usted es violar, robar y asesinar, sería muy tonto si no lo hiciera. Adelante, hágalo. Si cree que el asesinato es su camino y corresponde a una vida dentro de la ética, sígalo sin arrepentimiento. Pero, por mi parte, yo he llegado a conclusiones diferentes y no voy a discutir con quien piense que lo mejor para él es lo que usted piensa”. En su discurso, el sicario parece haber reflexionado con seriedad antes de resolver que su camino era el del crimen, la masacre y el narcotráfico. Por consiguiente sería un idiota si no lo siguiera. Así pues, el sicario es sólidamente idiota. Pero eso no quiere decir que los demás tengamos que oír su argumentación y que para ello el presidente lo autorice a hablarle al país a través de la televisión desde un escenario que se lesiona todavía más con su presencia.
Sin embargo, debo reconocer que tal vez en muchos años no se ha producido en el país un documento de tanta importancia. En él, ciñéndose a la estructura habitual del discurso en Colombia, dejó consignado el pensamiento de nuestra pequeña burguesía, que es el que impide avanzar hacia un objetivo concreto alrededor de la paz. Para retomar mi idea, valdría la pena señalar que él es un héroe rodeado de héroes. Su autobiografía es la de un prototipo difícilmente alcanzable. Con dos o tres trazos nos cuenta que es un hombre excelente que, de niño, en su pueblo natal “del valle del Sinú”, fue objeto de las sanas costumbres patriarcales de educar “con el sueño de servir a la sociedad”. Entre ese niño que fue y el sicario que ahora es no hay solución de continuidad. “Siento el corazón henchido de amor por Colombia, por sus hombres y mujeres, por sus niños y niñas orgullosos de ser colombianos…”. Su enfermedad es la de la abstracción. Los muertos no son individuos sino elementos de un todo abstracto que se llama “el enemigo”. El esquematismo entre el bueno y el malo regresa a una de sus etapas más primitivas, sin pasar, siquiera, por el crisol condescendiente de las películas de vaqueros rodadas en Hollywood. Fueron los malos los que rompieron la continuidad idílica de una vida que estaba hecha para el servicio de la sociedad, y lo “obligaron” a salir en defensa de sí mismo, de su familia y de su “Patria”. Veremos de inmediato en qué consiste esa “elección”. Pero vale la pena anotar que, consciente de su impostura, él mismo plantea el divorcio entre lo que pudo ser y lo que fue, entre el servicio y la matanza. Después tratará de enmendar el yerro, calificando sus crímenes como un “servicio prestado a la nación”, pero lo cierto es que no se equivoca, y que es él el primero que sabe que es lo que es cuando separa de su entorno el cuidadoso disfraz de las palabras.
Un héroe rodeado de héroes. Dentro del mismo ámbito (orador → oyentes que no oyen), hay un calificativo que asombra: el horror no es un horror, es una “causa”. La palabra no admite minúscula: “Me presento ante ustedes… investido por mis compañeros de Causa”; “el juicio de la Historia reconocerá la bondad y grandeza de nuestra Causa”. “La Causa” convierte la empresa criminal en un destino y condensa varios significados. Como se trata de una instancia superior, “la Causa” no tiene porqué enredarse en los pelillos de las consecuencias. En este caso, más que en ningún otro, el fin justificará los medios. Frente al mismo la delincuencia será sólo el instrumento de una idea: combate para que prevalezca “la Causa”. El peor sacrificio que han tenido que hacer los “héroes” encargados de su defensa es el de afrontar la incomprensión. “La Nación y el Pueblo” han sido indiferentes ante el sacrificio de quienes lo dejaron todo por “la Patria”, y que, por esa misma razón, son víctimas y deben ser indemnizados. Algunos de ellos están en las cárceles por causa de los “servicios prestados a la Nación”. Los criminales han escrito una “epopeya de libertad”. Pero algún día se contará la “historia mítica” de esos “colombianos valientes” que lograron, gracias a su lucha y sacrificio, que “la Nación marche hoy por otros rumbos”, que son los de “la Paz, la Democracia, el respeto a la Vida, a la Libertad y a la Dignidad de los seres humanos”.
La catarata de palabras martilla en los oídos de quienes, ya se sabe, sólo los abrirán para dejar entrar lo conocido. Colombia cree en Dios, pero no en un Dios cualquiera: cree en el “Dios de la Esperanza, del Amor y del Perdón”. Cree también en “la libertad que nos legó Simón Bolívar”. Cree en la “bendición de la iglesia católica”. Cree que la revolución viene de lejos (“no podemos permitir que se idealicen revoluciones distantes”), y que, por eso mismo, es apenas adecuada para Mongolia o la China. Pero, ante todo, cree que es una víctima. “El pueblo colombiano es una víctima”, dice el sicario. Y más adelante reitera: “El pueblo colombiano es la gran víctima”. Como víctima, el pueblo colombiano es un todo que se enfrenta a otro todo que es el victimario. En ese esquema sólo hay dos ámbitos posibles. Los criminales “salen de las entrañas del mismo pueblo agredido”, y surgen “como respuesta a problemas concretos y urgentes de Colombia”. ¿Cuáles? “La defensa de la Patria… [frente al] azote guerrillero”. Ese es, pues, el panorama: de una lado las víctimas, los colombianos, dentro de quienes figuran los criminales a los que el sicario pretende servir de vocero; del otro, los victimarios, que son los enemigos de los criminales, que a su turno son otros criminales mejor conocidos como guerrilleros. En el discurso del sicario no hay salvación. Sin saberlo, participa de una de las dos posibilidades que la crítica ha adoptado frente a Aristóteles: la de la restricción. En sus clases de Lógica en la Universidad Autónoma de México (Google, “Tercero excluido”), Maruxa Armijo resumió “los principios que gobiernan la maquinaria de la deducción lógica… establecidos por Aristóteles hace más de 2.300 años…: identidad, no-contradicción y tercero excluido… El de identidad afirma que toda cosa es igual a sí misma. A es A. De P siempre se infiere P. Según el de no-contradicción ninguna cosa puede ser y no ser [al mismo tiempo]. A no puede ser B y al mismo tiempo no ser B. Dos proposiciones contradictorias (P y -P) no pueden ser las dos verdaderas. Y el del tercero excluido [fue formulado] por la lógica tradicional así: o A es B o A no es B. Ahora lo leemos del siguiente modo: o P es verdadero, o bien lo es su negación (-P). Entre dos proposiciones contradictorias no hay una tercera posibilidad, la tercera está excluida”.
No seguiré a Armijo en su exploración acerca de este último principio y de la lógica matemática, enriquecida por Brouwer con sus deducciones intuicionistas. Pero era necesario abrir esa puerta para que sean estas nociones, ajustadas sustancialmente al pensamiento de hoy (no me atrevo a llamarlo “post moderno”), las que nos permitan alejarnos de la gruesa visión elemental de “víctima” en la que las partes en conflicto quieren involucrar al país. Ese esquema, sustentado por los victimarios, sólo muestra su afán de formar parte del ámbito de las víctimas. Ante esa disyuntiva del sentido común, es urgente plantear un nuevo camino. El 17 de mayo de 1983, en su curso de Vincennes, Guilles Deleuze (Google, “Tercero excluido”, transcripción de François Zourabichvili, traducción de Ernesto Hernández) pregunta si no será posible concebir una raza de pensadores que reconcilien el pensamiento y lo existente dentro del espacio del tercero excluido a condición de reinterpretar el principio. Su propósito es el de “desarrollar una línea de la alternativa”, una línea del “o bien… o bien”, cuyos fundamentos encuentra en Pascal, en Kierkegaard y en Sartre. Se trata de hacer una “filosofía de la elección”. “Pensar es elegir”, dice Deleuze. Y para no caer en la tontería de las afirmaciones vacías, pone un ejemplo sacado de Proust. El narrador encuentra a un grupo de muchachas sobre la playa, y juega: ¿De cuál voy a enamorarme? Es una apuesta, una elección. ¿De Albertine? ¿De Andrea? Pero no elige entre Albertine y Andrea. Elige “entre dos modos de existencia míos”, “entre el modo de existencia que tendría si amara a Albertine… y el modo de existencia que tendría, en mi imaginación, si eligiera a Andrea”. Y termina por elegir el modo de existencia que tendrá al amar a Albertine porque con solo verla se pone celoso. “Él buscaba eso –dice Deleuze–, puesto que… lo que necesitaba era estar celoso… No podía estar celoso sin estar enamorado. Ese era su problema, el problema infame de Proust… Su problema abyecto [era] la subordinación del amor a los celos. [Su] verdadera finalidad [eran] los celos”. Ese es “el desplazamiento del tercero excluido”. La elección se da entre “dos modos de existencia de quien elige”.
No sé si deba subrayar la importancia de este concepto. Lo que propone el sicario en su discurso ante el Congreso es simple: elija usted ser sicario o ser víctima. Y el país aterrado, atemorizado, elige ser sicario porque, en últimas, para los cobardes es mejor matar que ser asesinado. El mismo Deleuze recuerda un artículo de Sartre en Liberation, que comenzaba diciendo “Nunca hemos sido más libres que durante la ocupación…”. No se trata, dice Deleuze, de una paradoja de filósofo en el límite del mal gusto. Se trata de decirle a Francia que, de todas maneras, era ella la que elegía: resistencia o colaboración. “Lo único que definía al colaborador, era que la elección que él hacía, no podía hacerla, finalmente, en tanto que esa elección era cínica e infame […] No podía hacerla más que a condición de decir “pero veamos, ¡no tenemos elección!”. Ya antes había anotado que “si la elección es entre dos modos de existencia de aquel que elige, a mi modo de ver uno no puede impedirse tomar conciencia –una conciencia abominable, horrorosa, pero aterradora, vertiginosa– del hecho de que no hay elección que no se pueda hacer más que a condición de decir y de creer que uno no elige”. Yo no elegí ser colaborador, diría Petain. Pero fue colaborador. Yo no elijo ser sicario, dirá el hacendado que financia a los grupos paramilitares, el labriego que delata a sus vecinos, el televidente que encuentra una íntima satisfacción en las masacres. Pero es sicario. Quien hace esa elección, repito con Deleuze, “no puede hacerla más que a condición de negar que elige”. En Francia no eligió ser nazi o ser fascista. Eligió ser colaborador. En Colombia no elige ser sicario o asesino. Elige ser colaborador. Ahora bien, el colaborador que elige ser colaborador niega haber elegido. Dirá, tal vez, “yo no elegí”. Pero, como lo explica Deleuze echando mano de la lógica más elemental, la no elección es ya una elección. El que no elige, elige. No ha llegado aún el momento de reconocerlo con vergüenza. “Tuve que colaborar porque no había elección”, tendrá que decirse en el futuro. ¿Y cómo se colaboró? Se colaboró guardando silencio, sustentando –en ese silencio– a un gobierno de sicarios. “Estamos penetrados de extrañas elecciones y de elecciones poco gloriosas, dice Deleuze, […] elecciones que dejamos de hacer y de rehacer cada mañana, diciéndonos ‘es porque no tengo elección’... ¿De qué se trata en la elección? Se trata de elegir entre dos términos, se trata de elegir entre dos modos de existencia”.
Entonces, ¿no hay salida posible? Tal vez sí. Ante la demencia que protagonizan las partes involucradas en el conflicto, Colombia no es una víctima: es un tercero excluido. Edgar Garavito lo sostuvo con precisión. En su conferencia ante el “Coloquio internacional sobre el tema del ‘Tercero Excluido’”, convocado por la Fundación de Serralves en Porto, Portugal, en noviembre de 1998, afirmó: “Yo vengo de un país, Colombia, donde el tercero excluido es quizás, a mi manera de ver, la alternativa posible frente a una situación dramática de destrucción de la población civil. Efectivamente, hay posiciones de derecha y posiciones de izquierda. Hay poderes económicos que apuntan a la destrucción de la población civil. Hay el tercero incluido, la víctima. Pero hay la posición de fuga, de salida, la posición activa. Esa posición activa corresponde a la posición del tercero excluido. Es decir, la posición de aquel que sin sentirse víctima escapa de los polos en conflicto por medio de mecanismos secretos. Al respecto de esta situación política, pudiéramos señalar que no se trata de un guerrero de derecha o de izquierda, de un guerrero minoritario que surge dentro de cada uno de los colombianos que resisten a la situación de guerra y hacen devenir su existencia como un modo de existencia minoritario, secreto, sobre todo capaz de defender la vida en una situación conflictiva como la que enfrentan. Se trata entonces de crear estilos que no se identifican ni con la derecha ni con la izquierda ni con la víctima. Ellos responderían a las posiciones de tercero excluido que en una conferencia directamente encaminada al campo político, o en un debate posterior, pudiéramos señalar más ampliamente”. Por desgracia, no alcanzó a participar en esa conferencia ni en ese debate. Tres meses después, el más innovador de los filósofos colombianos del siglo XX murió devorado por un cáncer implacable. Pero fue él quien señaló un camino para romper con ese esquematismo perverso que nos devora sin remedio. Se trata de defender la vida mediante una filosofía de la elección, en la cual el no involucrado pueda ejercer su resistencia como una opción real que signifique una escapatoria frente a un espacio que ha estado tradicionalmente sujeto al abuso de un poder criminal. La “posición activa del tercero excluido” tendría como resultado el aislar los focos de violencia mediante una recuperación del lenguaje y de la forma, una nueva valoración del error y del otro, una lectura diferente del miedo, y una mejor comprensión de elementos corporales tales como la enfermedad y el sexo. Contra el manejo voraz y primitivo de los principios de identidad y de no contradicción, que involucran a quien elige en su no elección, será necesario oponer aquel que ha sido “despreciado desde siempre”, el del tercero excluido, que es una brecha transversal en el consistente universo de una lógica manipulada por el poder de acuerdo con su propia conveniencia.
Nada de esto opera, claro está, en el universo del pensamiento en Colombia, donde prima la identidad no como principio sino como obsesión. En nombre del sentido común, el sicario que se dirige al país considera que lo académico es un despropósito, que los académicos están en las nubes, que el ideal es una utopía, y que “lo necesario” (que es lo posible), debe situarse en el campo de la política y no en el de la especulación. Mediante ese ataque frontal contra el peligroso virus de la inteligencia, el sicario sale del campo del delito y pasa al de la política, donde se muestra dispuesto a “hacer posible todo aquello que resulte necesario para salvar a la Nación”. Tal vez las masacres. O el narcotráfico. O los asesinatos selectivos y las desapariciones y secuestros. Porque todas esas son acciones necesarias para salvar el tipo de nación que él tiene en la cabeza. En esa nación el enemigo es la guerrilla, pero sus actividades, que son idénticas, no son lícitas porque ella no quiere “salvar a la Nación, [sino] mantener su negocio ilícito y justificar su existencia”. El asunto queda claro. Hay crímenes buenos y crímenes malos. Los buenos son los que cometen los paramilitares. Los malos los que cometen los guerrilleros. Los primeros sustentan al estado que los guerrilleros pretenden sustituir. Y son necesarios dentro de un ideal donde el delito es una fuerza deseada por todos, que se ve “obligada” a resistir “para recuperar el orden” y “defender las vidas y propiedades amenazadas por la subversión”. Ese estado, que él califica como “débil”, debe indemnizar a los criminales por “los sacrificios prestados a la nación”. Después, cuando los cobije la misma amnistía que llevó a los guerrilleros a ocupar altas dignidades, los sicarios impondrán sin cortapisas su estilo de gobierno.
Desde siempre, el país se ha acostumbrado a esa forma de pensar, hasta el punto de que hoy hace parte de una mecánica. Hay personas que tienen otra manera de pensar, pero esas no están dentro del sentido común y, por consiguiente deben ser eliminadas como un peligro potencial. Entre aquellas que se sujetan a las dos partes del principio de identidad (en el cual A es igual a A, pero A no es necesariamente A), pueden dividirse el mundo con tranquilidad. La violencia, que es el objeto de deseo de quienes participan en el conflicto de Colombia, podrá subsistir sin peligro. No hay necesidad entonces de invocar al enemigo, porque él existe per se como una parte esencial de quien habla, de quien actúa. No es siquiera la otra cara de la moneda, sobre la cual el sentido común podría basar su argumento demoledor, sino la misma cara que se satisface en sí misma. Antes de la evolución del concepto, el tercero excluido fue “recusado” desde un punto de vista matemático por Jan Brouwer (v. Armijo), quien sostuvo que la negación de la negación no es la afirmación, y explicó que para llegar a esta última debe entrarse a la negación de la negación de la negación (“absurdidad de absurdidad de absurdidad –dice– equivale a absurdidad”). Quisiera entonces, como un simple ejercicio retórico, plantear una inquietud. Parto de un ejemplo elemental: “no quiero no ir” diría para el lógico corriente “quiero ir”. Pero para Brouwer sería necesario añadir una tercera negación: “no quiero no querer no ir”, si se quiere afirmar lo que en realidad se quiere afirmar: que quiere querer ir. Lo mismo acá. Cualquiera de las afirmaciones del sicario podría deconstruirse de igual manera. Escojo una al azar: “Pese al abismo que separa a las guerrillas de las Autodefensas, estamos dispuestos al diálogo civilizado entre colombianos y ponerle fin a la violencia política”. ¿Qué dice? Dice: “El abismo que separa a guerrilleros y a paramilitares no impedirá los diálogos de paz”. ¿Qué dice, otra vez? Dice: “No pienso no hablar”. Pero en esa afirmación no dice que piense hablar. Lo que dice textualmente es que “no piensa no hablar”. Para decir lo que el país cree oír, sería necesario que dijera “no pienso no pensar en no hablar”. Sin embargo eso, en la elaboración mental de un individuo que maneja las ideas como sus secuaces manejan la motosierra con la que destrozan los cadáveres de la población indefensa, constituye un imposible. En su discurso, el sicario da un rodeo obvio en torno a la urgencia de decir verdad, por la sencilla razón de que el decir verdad no forma parte de los esquemas de quien piensa que pensar es hablar.

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