Resumen: Una preocupación continua del feminismo ha sido estudiar y mostrar el empoderamiento de las mujeres. Numerosos trabajos han venido exponiendo tanto




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3. Algunos postulados del movimiento feminista de la salud.

Para mostrar las intersecciones entre estos dos movimientos –feminista y espiritual- quisiéramos en primer término recuperar algunas de las características en las que se ha basado el movimiento feminista de la salud. Los grupos de autoconciencia de mujeres que se fueron desarrollando a partir de los años 70 en nuestro estado, herederos de este movimiento del Feminismo Radical del self-help, según nuestra hipótesis introdujeron en nuestra sociedad ciertos discursos y prácticas que crearon el caldo de cultivo para la entrada del “ambiente holístico”. Por ello, nos parece importante subrayar algunos de sus postulados de partida, que con nuevas formulaciones siguen todavía hoy vigentes y aparecen en los procesos de búsqueda de la salud que les conducen a las medicinas alternativas o no convencionales.

El primer término habría que detenerse en este concepto de autoconciencia que podríamos considerar como el proceso de exploración y análisis del conocimiento de sí mismo, que incluye tanto la indagación en las propias experiencias como en los valores interiorizados que conducen a las mujeres a actuar, decidir, pensar y sentir de una determinada manera. Este proceso de autoconocimiento se describe con una serie de características como la base para una vida de bienestar y salud, implica trabajar el cuerpo desde una visión holística, veámoslo:

La sinonimia entre salud, bien-estar y felicidad. Desde la anterior definición de salud planteada por la OMS, en la que se introduce el bienestar como una condición imprescindible para la salud, se han ido haciendo diferentes elaboraciones que propugnan la vinculación entre conceptos como calidad de vida, bienestar, felicidad, satisfacción. Algunos textos de aquella época como el libro del Colectivo de las Mujeres de Boston “Nuestros cuerpos, nuestras vidas” hablan poco de salud y en cambio mucho de bienestar, así por ejemplo en la introducción del texto cuando se plantea las razones del conocimiento de nuestro cuerpo se afirma: “(…) Para nosotras, la educación sobre nuestro cuerpo es el núcleo de la educación. Nuestro cuerpo es la base física con la que nos movemos dentro del mundo: (…) Al hacernos responsables de nuestro ser físico nos liberamos de algunas de estas preocupaciones y podernos empezar a usar nuestras energías intactas. Sólo entonces nuestra imagen de nosotras mismas se apoya sobre una base firme, lo que nos permite ser mejores amigas, mejores amantes, mejores personas, más seguras, más autónomas, más fuertes y más integras” (1987:13).

El holismo. María Fuentes, médica homeópata, en un artículo de 1986, ya señala que en oposición a la visión fragmentaria del cuerpo desde la medicina, es necesario entender la existencia de diferentes estructuras en el cuerpo: un cuerpo físico o estructura “mineral”, un cuerpo energético que da lugar a la vida orgánica y funcional, un cuerpo psíquico-astral o estructura emocional y anímica y un cuerpo espiritual o ser esencial y trascendente. Desde otras versiones como la de Velasco (2009) se propone el modelo biopsicosocial con inclusión de la subjetividad y el género, teniendo en cuenta tanto los factores determinantes de la biología, como los determinantes sociales, como los de la esfera subjetiva o psicológica.

El trabajo con el cuerpo. El feminismo como nos recuerda Mari Luz Esteban ha puesto de manifiesto como el cuerpo ha sido uno de los dispositivos de control y regulación social de las mujeres (2004). Pero además en el cuerpo está la identidad de ser mujer, con toda la pluralidad y dinamismo que conlleva, que implica todo un trabajo corporal, de percibir y vivir el cuerpo de una determinada manera así como las condiciones materiales de la existencia, que permiten eso que llamamos la agencia, es decir, la praxis individual y colectiva. Siguiendo a esta antropóloga feminista: “el hacerse feminista no sería más que configurar y reconfigurar, consciente o inconscientemente, nuestra actitud, nuestra intersubjetividad corporal, nuestro ser-en-el-mundo, en el marco de distintas tensiones: libertad frente a sumisión, acción frente a pasividad, fuerza frente a fragilidad, placer frente a peligro… lo cual no va en contra de reconocer la vulnerabilidad y la incertidumbre intrínsecas al ser humano” (2009). El cuerpo se constituye en la base sobre la que se inscriben todas las experiencias del sujeto, por ello la centralidad de poner al cuerpo y su escucha en estos procesos de autoconocimiento.

Esta política de la experiencia (Sánchez, 2001:80) basada en el trabajo en grupos de autoconciencia desarrollo estos tres aspectos, como condiciones necesarias e imprescindibles, con el fin de construir o reconstruir el mundo femenino, la identidad de las mujeres o la situación subordinada de las mismas, y de esta manera iniciar procesos de transformación individuales dirigidos a la emancipación de cada mujer que supusieran un cambio colectivo.
4. Razones para el uso de estas terapias alternativas por parte de las mujeres.

Frente a este panorama del feminismo de la salud, nos encontramos con trabajos que tratan de responder a la pregunta estrella sobre cuáles son los motivos que explican que esta predominancia de mujeres usuarias y terapeutas de estas medicinas no convencionales. Si nos acercamos a los estudios disponibles de este asunto, lo primero a subrayar sería como informan Enrique Perdiguero y Beatriz Tosal (2007), que aunque las investigaciones marquen este perfil de población femenina, parece paradójico, a pesar de que las MAC se están convirtiendo en un recurso importante en la gestión de la salud para las mujeres, son una realidad muy poco explorada. A continuación trataremos de esbozar brevemente algunas de las explicaciones sugeridas, en un orden que no implica su mayor relevancia:
Las mujeres tienen peor salud

En diferentes estudios se indica que la población que más usa las MAC, es aquella con multitud de síntomas físicos y que tienen mala salud –autopercibida (Sirois & Gick, 2002; Ballvé, 2003). Hechos que se dan con más frecuencia y presencia en las mujeres (Velasco, 2002). Esta multiplicidad de síntomas, a veces es acompañada de signos físicos y otras no, como dolores musculoesqueléticos, problemas de salud mental –por ejemplo ansiedad y depresión-, y somatizaciones. Algunos de estos signos como dolores músculo-esqueléticos, cansancio sin causa aparente, síntomas digestivos o neurológicos mal definidos, alteraciones del sueño y de la atención, están siendo encuadrados en la actualidad como diagnóstico de síndromes funcionales emergentes (fibromialgia y fatiga crónica los más frecuentes).

Algunos estudios feministas (Burín, 1998) han venido denunciando la relación de estos padecimientos de las mujeres con su posición de género, a saber: el modelo de género que han ido interiorizando las mujeres, los múltiples y variados roles que ejercen en sus vidas, que definen sus formas de vivir, sus estilos de vida (alimentación, sueño, ejercicio físico…), sus formas de cuidarse o no cuidarse, las formas de enfermar y morir, los motivos por lo que consultan en sus centros de salud o no. Y aparecen datos que muestran la progresión de la sobremorbilidad en las mujeres relacionada con factores biopsicosociales de género (Velasco, 2009).

Además, habría que mencionar que estas enfermedades y síntomas han recibido poca atención por parte de la medicina científico-occidental, y la recibida no está resolviendo los problemas que tienen las mujeres por lo que se hace necesaria la búsqueda de otras alternativas para su tratamiento. Otras autores como Flesch (2007) señalan que ante la deslegitimación y el descrédito, de los síntomas que padecen las mujeres, en la atención sanitaria; las terapias holísticas ofrecen, además de alternativas pragmáticas, la posibilidad de restaurar la legitimidad de la mujer y aumentar su capacidad de negociación/decisión sobre su padecimiento.

También conviene aquí recordar que según los datos de las últimas Encuesta Nacional de Salud de 2011-2012, se muestra como la autopercepción de salud es peor en las mujeres, en línea con los datos de las anteriores encuestas. Este indicador es muy relevante ya que muestra una relación directa entre la percepción de salud y la mortalidad; así como mayor concordancia entre la mala salud percibida y las categorías de dolor, malestar y mala salud mental. Pero además, la evaluación de esta valoración positiva de la salud de 1987 al 2012 ha mejorado en 2,6 puntos en los hombres frente a 1,2 en las mujeres. ¿Qué ha pasado en estos 35 años para que las mujeres dispongan de una valoración más negativa de su salud cuando ha sido el periodo en que más mejoras respecto a la igualdad se han producido?

En nuestras informantes hemos encontrado que, una de ellas había sido diagnosticada de fibromialgia hace diez años y buscando tratamientos más eficaces frente a los ofrecidos por la medicina convencional, empezó a hacer reiki, meditación y constelaciones familiares. Otra mujer, de 56 años, tenía un enorme malestar derivado de distintas crisis vitales (por duelos, cambios de trabajo…) y empezó a hacer terapia con cristales simultáneamente a psicoterapia. En todas ellas, se repite que el motivo que da lugar a acudir a estas terapias es un encontrarse con una mala percepción de salud, bien acompañada de ciertos malestares diagnosticados o no, ante lo que cabría preguntarse cuáles son las causas o factores productores de estos malestares, para lo que se requiere disponer de una visión integral de estos procesos corporales, que nos dirige al siguiente punto.
Visión holística de la vida

Es el paradigma que postula que la realidad es un todo, un sistema que va más allá de la suma de sus partes. Respecto a la salud considera las interconexiones entre mente, cuerpo y espíritu (MBS-mind, body and spirit); las cuales se han relacionado ampliamente con el bienestar y la enfermedad (Young & Koopsen, 2005). La palabra holismo se ha definido en varios sentidos: por un lado, planteando que la visión de las personas debe incluir estas tres dimensiones que son inseparables (Narayanasamy, 1999; Young & Koopsen, 2005). Por otro lado, planteando la necesidad de incluir otros dominios en los procesos de enfermar como la salud mental y el bienestar espiritual, las relaciones interpersonales, la nutrición y las condiciones medioambientales (Lowenberg & Davis,1994). Lo que implica conceptos como equilibrio, armonía, integración cuerpo y mente, completando una visión multidimensional de la salud (Saylor, 2004).

Desde otros estudios (Ballvé, 2003; Astin, 1998) se plantea que interesan más a las mujeres porque proponen una visión de la salud más completa, donde los significados, sentidos, experiencias y creencias de cada persona son fundamentales en el proceso de mantenimiento y restablecimiento de la salud. Idea que estaría acorde con las propuestas feministas de recuperar un modelo biopsicosocial que integre el género y la subjetividad en la atención sanitaria y chocaría con las visiones y prácticas reduccionistas y fragmentarias de la medicina oficial con las que a menudo las mujeres se muestran disconformes.

Una de nuestras informantes señalaba: “En el nivel terapéutico hay algunos hombres: uno o dos, lo máximo, entre quince mujeres. La mujeres somos muchísimo más sensibles, estamos más dispuestas al cambio, estamos más abiertas. Esto es un paso en tu vida, abrirte a pensar las cosas de otra manera y las mujeres estamos más preparadas para ello”. En esta afirmación se descubre que estas mujeres buscan otra concepción de la salud que sea más abierta, que relacione “lo de dentro con lo de fuera” como nos decía otra mujer, que conecte sus experiencias, vivencias de una forma más integral.
Un papel activo de las mujeres en su atención y sanación

John Astin, doctor en Psicología de Centro Médico California Pacific, en su clásico artículo de 1998, ya plantea que las mujeres son más usuarias de estas terapias porque plantean un alto grado de autonomía y un rol activo en el cuidado y mantenimiento de su salud.

Como alguna informante nos ha declarado, en este caso una mujer enfermera, terapeuta de reiki y cristales, que se inicio primero como usuaria, el proceso clave de la sanación es el “acompañamiento o apoyo a cada persona”. Cada persona debe comprometerse en su proceso de auto-conocimiento, el cual le llevará a descubrir todo su potencial, todas sus fortalezas. Como apunta Anne Scott, estas terapias proporcionan un estilo más femenino y feminista de cuidado que la medicina convencional ya que devuelven el control del cuerpo a la persona -una de las reivindicaciones típicamente feministas en relación a la medicina científico-occidental-, como mostrábamos en la introducción de este artículo.

En esta línea, Linda Woodhead pone su acento mayor en la capacidad estas terapias para enfatizar la agencia de las mujeres y reforzar este aspecto (2007:98). Señala como en muchas de sus informantes aparecía una concepción del bienestar restringido por obligaciones derivadas de su rol de género como esposa, madre o cuidadoras de otras personas de la familia. La entrada en estas terapias les permite darse permiso, dirigir el cuidado y la atención hacia sí mismas, hacia su bienestar. A través del cultivo de la autoafirmación, el trabajo sobre la autoestima, la mejora del autoconcepto como persona valiosa, única y especial. Otras autoras como Fedele (2008) y Bowman (2008), confirman estos hallazgos, señalando que este proceso de des-alienación, genera un “crecimiento” de la autoconciencia que tiene beneficios en la forma en que las mujeres manejan su salud en la medida en que desde estos valores se trabaja sobre su subjetividad y bienestar emocional al mismo tiempo que sobre su bienestar físico.
Legitiman el cuidado y el auto-cuidado

Estas terapias también proponen el cuidado, y particularmente, el auto-cuidado como un eje central en las vidas de las personas. El cuidado ha sido una actividad asignada tradicionalmente a las mujeres, aquí se invita a las mujeres a todos esos saberes y prácticas de las que disponen también las apliquen a sí mismas, que pasen del cuidado de los otros al cuidado propio. Al legitimar el saber personal de las mujeres, su expresión personal y así la afirmación de la individualidad de las mujeres, se está propiciando un tipo de empoderamiento.

Ya en 1998, la socióloga feminista Anne Scott argumenta que la medicina convencional se ha identificado como un lugar de producción y mantenimiento del poder social en el que el discurso y prácticas biomédicos han asumido y reforzado un modelo normativo de feminidad que ha contribuido a ejercer una opresión sobre las mujeres a través de una ontología dualista de género, que, por añadidura, se hacía aparecer como naturalizada y, por ende, inevitable. Justamente el estudio de Scott sobre la homeopatía y su surgimiento en la Gran Bretaña del siglo XIX, Scott, revela que las homeópatas representaron un papel fundamental en el movimiento feminista de salud de las mujeres, creando discursos y estrategias de resistencia a la biomedicina, centrados en su derecho a tener el control de su propia salud y autocuidado (Hastie et al., 1995).

Otro atractivo de estos dispositivos de salud es que las propias usuarias se pueden convertir en terapeutas. Este paso de la condición de usuario-consumidor a profesional se facilita mediante la implicación personal, la preparación. De modo que se presenta un nicho profesional de autoempleo para las mujeres centrado en un ámbito de los que suponen su especialización como mujeres como es el cuidado y la ayuda.
Promueven lo colectivo

Algunas de estas terapias (meditación, yoga…) se realizan en grupos. De manera que se constituyen grupos de usuarias guiados por un o una terapeuta; en la que cada una hace su proceso de sanación, pero sus experiencias son compartidas en el grupo y se produce un aprendizaje también entre el propio grupo. Lo colectivo, aquí se convierte en una cuestión crucial, como una de nuestras informantes nos menciona: “las mujeres no tenemos espacios para compartir. A mí, estos grupos me parece que recuperan los canales de comunicación que teníamos hace 20 años entre mujeres”.

Estos espacios construyen comunidades de mujeres, en los colectivamente buscan formas de tomar conciencia de su realidad, de su capacidad de actuar, responder y resistirse y se transforma su subjetividad a formas más activas. Por ello podrían ser presentados, como nosotras creemos, como continuadores de esos grupos de autoconciencia del feminismo.

No obstante habría que profundizar en la relación que se crean a partir de estos grupos terapéuticos, si constituyen redes más allá de las propias terapias, así como las funciones y los significados que adquieren en las vidas de estas mujeres. Al respecto es llamativo descubrir que además muchas de estas usuarias, tienen una edad media (35-60 años), muchas no tienen hijos ni viven en pareja.
Este panorama inconcluso, en el que habría que incorporar algunas motivaciones que también aparecen en algunos estudios como los planteamientos ecologistas, las visiones críticas respecto a la medicalización y la deshumanización de la medicina, que aunque con sus propias variaciones, observamos que, son argumentos que se esgrimen para explicar la búsqueda de estos recursos de salud y espiritualidad, sobre los que estamos trabajando en esta investigación.
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