En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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Nos detenemos al lado de la puerta, y unos cuantos guardias nos miran, aunque no muchos; están demasiado ocupados tirando de las puertas (que son el doble de altas que ellos y varias veces más anchas) para dejar pasar un camión.

El hombre que lo conduce tiene sombrero, barba y esboza una sonrisa. Se detiene al entrar y sale del vehículo. La parte de atrás está abierta, y en ella, sobre las pilas de cajas, van sentados unos cuantos cordiales. Me asomo a las cajas: llevan manzanas.

—¿Beatrice? —dice un chico de Cordialidad.

Me vuelvo al oír mi nombre. Uno de los cordiales del camión se levanta, tiene pelo rubio rizado y una nariz familiar, ancha en la punta y estrecha en el puente: Robert. Intento recordarlo en la Ceremonia de la Elección y no me viene nada a la cabeza salvo lo mucho que me palpitaban los oídos. ¿Quién más se trasladó? ¿Susan? ¿Habrá algún iniciado de Abnegación este año? Si Abnegación se consume es culpa nuestra, de Robert, de Caleb y mía. Mía. Me quito la idea de la cabeza.

Robert salta del camión. Lleva una camiseta gris y unos vaqueros azules. Tras un segundo de vacilación, se acerca y me abraza. Me pongo rígida, solo los de Cordialidad se abrazan para saludarse. No muevo ni un músculo hasta que me suelta.

Se le desdibuja la sonrisa cuando vuelve a mirarme.

—Beatrice, ¿qué te ha pasado? ¿Qué le ha pasado a tu cara?

—Nada, es el entrenamiento. Nada.

—¿Beatrice? —repite una voz gangosa a mi lado; es Molly, que se cruza de brazos y se ríe—. ¿Ese es tu verdadero nombre, estirada?

—¿De dónde creías que venía Tris? —respondo, mirándola.

—Ah, no sé…, ¿de enclenque? —pregunta, y se lleva la mano a la barbilla; si su barbilla fuera más grande, compensaría el tamaño de su nariz, pero es pequeña y prácticamente retrocede hasta su cuello—. No, espera, eso no empieza por Tris, perdona.

—No es necesario molestarla —dice Robert con voz tranquila—. Soy Robert, ¿y tú?

—Alguien a quien no le importa tu nombre —responde ella—. ¿Por qué no vuelves a tu camión? Se supone que no debemos confraternizar con los miembros de las otras facciones.

—¿Y por qué no te largas tú? —le suelto.

—Claro, no quiero interponerme entre tu novio y tú —responde, y se marcha sonriendo.

—No parecen muy simpáticos —comenta Robert, mirándome con cara de tristeza.

—Algunos no lo son.

—Podrías volver a casa, ¿sabes? Seguro que Abnegación haría una excepción contigo.

—¿Y qué te hace pensar que quiero volver a casa? —pregunto, con las mejillas rojas—. ¿Crees que no soy capaz de soportar esto o qué?

—No es eso —responde, sacudiendo la cabeza—. No es que no puedas, es que no deberías tener que hacerlo. Deberías ser feliz.

—Esto es lo que he elegido. Esto.

Miro por encima del hombro de Robert. Los guardias de Osadía parecen haber terminado de examinar el camión. El hombre barbudo vuelve a sentarse en el asiento del conductor y cierra la puerta.

—Además, Robert, mi objetivo en la vida no es simplemente… ser feliz.

—Vale, pero ¿no sería más fácil?

Antes de poder responder, me toca el hombro y se vuelve hacia el camión. Una de las chicas tiene un banjo en el regazo y se pone a tocarlo mientras Robert sube. Después, el camión arranca y se lleva consigo los sonidos del banjo y los gorgoritos de la chica.

Robert se despide con la mano, y de nuevo me imagino otra posible vida: me veo en la parte de atrás del camión, cantando con la chica, aunque no he cantado jamás, riéndome cuando desafino, subiendo a los árboles para recolectar las manzanas, siempre en paz y siempre a salvo.

Los guardias cierran la puerta y la bloquean. El cerrojo está en el exterior. Me muerdo el labio. ¿Por qué la querrán cerrar desde fuera y no desde dentro? Más que evitar que entre algo, es como si no quisieran que saliéramos.

Me quito la idea de la cabeza porque no tiene sentido.

Cuatro se aleja de la valla, donde estaba hablando con una guardia que se apoyaba el arma en el hombro.

—Me preocupa que tengas cierta tendencia a tomar malas decisiones —comenta cuando llega a medio metro de mí.

—Ha sido una conversación de dos minutos —respondo, cruzándome de brazos.

—No creo que por ser más corta resulte menos mala.

Frunce el ceño y me toca el rabillo del ojo morado con la punta de los dedos. Echo la cabeza atrás, pero no aparta la mano, sino que ladea la cabeza y suspira.

—Si aprendieras a atacar primero, quizá lo harías mejor, ¿sabes?

—¿Atacar primero? ¿Y de qué me va a servir?

—Eres rápida. Si consigues dar unos cuantos golpes buenos antes de que sepan lo que está pasando, podrías ganar —responde; se encoge de hombros y deja caer la mano.

—Me sorprende que lo sepas —comento en voz baja—, teniendo en cuenta que te largaste a la mitad de mi única pelea.

—No era algo que deseara ver.

«¿Qué se supone que significa eso?»

—Parece que ya ha llegado el siguiente tren —añade, tras aclararse la garganta—. Hora de irse, Tris.

CAPÍTULO

DOCE

ME ARRASTRO POR el colchón y suspiro. Hace dos días de mi pelea con Peter, y los moratones se me están poniendo entre azules y morados. Me he acostumbrado al dolor cada vez que me muevo, aunque todavía me queda bastante para curarme del todo.

Aunque sigo herida, he tenido que volver a luchar hoy. Por suerte, esta vez me tocó contra Myra, que no podría dar un buen puñetazo ni con alguien moviéndole el brazo. Conseguí darle antes de que pasaran dos minutos. Se cayó al suelo y estaba demasiado mareada para volver a levantarse. Debería sentirme como una triunfadora, pero no hay nada triunfal en pegar a una chica como Myra.

En cuanto mi cabeza toca la almohada, la puerta del dormitorio se abre y un grupo de personas entra corriendo en la habitación con linternas. Me siento y estoy a punto de darme en la cabeza contra la estructura de la litera; fuerzo la vista a oscuras para enterarme de lo que sucede.

—¡Todos arriba! —ruge alguien.

Una linterna se enciende detrás de su cabeza y se refleja en los anillos de las orejas: Eric. A su alrededor hay otros osados, algunos los conozco del Pozo, otros no los había visto nunca. Cuatro está entre ellos.

Me mira a los ojos y no los mueve de ahí. Le devuelvo la mirada y se me olvida que, a mi alrededor, el resto de trasladados salen de la cama.

—¿Te has quedado sorda, estirada? —me dice Eric, así que salgo de mi estupor y me quito las mantas de encima.

Me alegra dormir vestida, porque Christina está al lado de nuestra litera y solo lleva puesta una camiseta; tiene las piernas al aire. Se cruza de brazos y mira a Eric. De repente, me gustaría ser capaz de mirar con tanto descaro a alguien estando prácticamente desnuda, pero sé que nunca lo conseguiré.

—Tenéis cinco minutos para vestiros y reuniros con nosotros junto a las vías —dice Eric—. Vamos a hacer otra excursión.

Me meto los zapatos y salgo corriendo, poniendo muecas, detrás de Christina, camino del tren. Una gota de sudor me cae por la nuca mientras subimos por los senderos que recorren las paredes del Pozo, apartando a los miembros a nuestro paso. No parecen sorprendidos de vernos. Me pregunto cuánta gente frenética y a la carrera verán cada semana.

Llegamos a las vías justo detrás de los iniciados nacidos en Osadía. Al lado de las vías hay una pila negra; distingo un grupo de cañones largos y seguros de arma.

—¿Vamos a disparar a algo? —me dice Christina entre dientes al oído.

Al lado de la pila hay cajas de lo que parece ser munición. Me acerco un poco más para leer una; en la caja pone: «balas de pintura».

No había oído hablar de ellas, pero el nombre se explica solo. Me río.

—¡Que todo el mundo elija un arma! —grita Eric.

Corremos a la pila. Soy la que está más cerca, así que agarro la primera que encuentro, que pesa bastante, aunque no tanto como para no ser capaz de levantarla, y me llevo también una caja de balas de pintura. Me meto la caja en el bolsillo y me cuelgo el fusil a la espalda de modo que la correa me cruce el pecho.

—¿Hora de llegada? —pregunta Eric a Cuatro.

—En cualquier momento —responde este, mirando el reloj—. ¿Cuánto tiempo piensas tardar en aprenderte el horario de los trenes?

—¿Para qué me lo voy a aprender si te tengo a ti para recordármelo? —responde Eric, empujándole el hombro.

Un círculo de luz aparece a mi izquierda, lejos. Crece cada vez más conforme se acerca, iluminándole un lado de la cara a Cuatro y formando una sombra en el pequeño hueco bajo su pómulo.

Es el primero en subir al tren, así que corro detrás de él sin esperar a que Christina, Will y Al me sigan. Cuatro se vuelve cuando voy paralela al vagón y me ofrece una mano. La acepto y él tira de mí para meterme en el tren. Hasta los músculos de su antebrazo están tensos y definidos.

Me suelto rápidamente, sin mirarlo, y me siento al otro lado del vagón.

Una vez estamos todos dentro, Cuatro dice:

—Nos dividiremos en dos equipos para jugar a capturar la bandera. Cada equipo tendrá una mezcla equitativa de miembros, tanto iniciados de Osadía como trasladados. Un equipo saldrá primero y buscará un sitio en el que esconder la bandera. Después, un segundo equipo saldrá y hará lo mismo. —El vagón se balancea y Cuatro se aferra al lateral de la puerta para no caer—. Es una tradición de Osadía, así que os sugiero que os la toméis en serio.

—¿Qué nos dan si ganamos? —grita alguien.

—Es la clase de pregunta que haría alguien de fuera de la facción —responde Cuatro, arqueando una ceja—. La victoria, por supuesto.

—Cuatro y yo seremos los capitanes de los equipos —dice Eric, y mira a Cuatro—. Primero vamos a dividir a los trasladados, ¿no?

Echo la cabeza atrás. Si van a elegirnos, me quedaré la última, lo noto.

—Tú primero —ofrece Cuatro.

—Edward —dice Eric, encogiéndose de hombros.

Cuatro se apoya en el marco de la puerta y asiente con la cabeza. La luz de la luna hace que le brillen los ojos. Examina un instante al grupo de trasladados, sin mirada calculadora, y dice:

—Quiero a la estirada.

Unas débiles risas de fondo se oyen por el tren, y noto calor en las mejillas. No sé si enfadarme con la gente que se ríe de mí o sentirme halagada por que me haya elegido la primera.

—¿Es que quieres probar algo? —pregunta Eric con su característica sonrisa de suficiencia—. ¿O es que eliges a los débiles para poder echarles la culpa si pierdes?

—Algo así —responde Cuatro, encogiéndose de hombros.

Enfadada. Debería estar enfadada, sin duda. Frunzo el ceño y me miro las manos. Sea cual sea la estrategia de Cuatro, se basa en la idea de que soy más débil que el resto de los iniciados, y eso hace que note un sabor amargo en la boca. Tengo que demostrar que se equivoca, tengo que hacerlo.

—Te toca —dice Cuatro.

—Peter.

—Christina.

Eso supone un error en su estrategia, ya que Christina no es de los débiles. ¿Qué está haciendo exactamente?

—Molly.

—Will —dice Cuatro mientras se muerde la uña del pulgar.

—Al.

—Drew.

—Solo queda Myra, así que se queda conmigo —concluye Eric—. Ahora, los iniciados nacidos en Osadía.

Dejo de prestar atención cuando terminan con nosotros. Si Cuatro no intenta probar nada eligiendo a los débiles, ¿qué pretende? Miro a cada una de las personas que ha seleccionado. ¿Qué tienen en común?

Cuando ya llevan la mitad de los iniciados de Osadía, empiezo a imaginar de qué se trata. Salvo Will y un par más, todos compartimos el mismo tipo de cuerpo: hombros estrechos, figuras pequeñas. Por el contrario, la gente del equipo de Eric es ancha y fuerte. Ayer, Cuatro me dijo que era rápida, así que seremos más rápidos que el equipo de Eric, lo que supongo que irá bien para capturar la bandera. No he jugado nunca, pero sé que es un juego de velocidad, más que de fuerza bruta. Me tapo la boca para ocultar la sonrisa; puede que Eric sea más despiadado que Cuatro, pero Cuatro es más listo.

Terminan de hacer los equipos, y Eric dedica una sonrisita a Cuatro.

—Tu equipo puede salir segundo —dice.

—No me hagas favores —contesta Cuatro, y sonríe un poco—. Sabes que no los necesito para ganar.

—No, sé que perderás salgas cuando salgas —responde Eric, mordiéndose brevemente uno de los anillos del labio—. Llévate a tu escuálido equipo y sal primero, si quieres.

Todos nos levantamos. Al me echa una mirada de desamparo, y yo sonrío de una forma que, espero, lo consuele. Si uno de nosotros cuatro tenía que acabar en el equipo de Eric, Peter y Molly, me alegro de que sea él; normalmente lo dejan en paz.

El tren está a punto de bajar a nivel del suelo y estoy decidida a caer de pie.

Justo antes de saltar, alguien me empuja en el hombro y estoy a punto de caer de bruces del vagón. No miro atrás para ver quién es, si Molly, Drew o Peter, da igual. Antes de que puedan volver a intentarlo, salto y, esta vez, estoy lista para el impulso que me da el tren y corro unos cuantos pasos para gastarlo, pero consigo mantener el equilibrio. Un placer feroz me recorre el cuerpo y sonrío. Aunque es un pequeño logro, me hace sentir osada.

Uno de los iniciados nacidos en la facción toca el hombro de Cuatro y pregunta:

—Cuando ganó tu equipo, ¿dónde pusisteis la bandera?

—Decírtelo acabaría con el espíritu del ejercicio, Marlene —responde él, frío.

—Venga, Cuatro —se queja ella, echándole una sonrisa coqueta.

Él se quita la mano de la chica del brazo y, por algún motivo, no puedo reprimir una sonrisa.

—En Navy Pier —grita otro de los iniciados de Osadía; es alto, de piel y ojos oscuros, guapo—. Mi hermano estaba en el equipo ganador, escondieron la bandera en el carrusel.

—Pues vamos allí —sugiere Will.

Nadie pone objeciones, así que caminamos hacia el este, hacia el pantano que antes era un lago. De joven intentaba imaginar cómo sería el lago, sin una valla construida dentro del lodo para mantener la ciudad a salvo, pero resulta difícil imaginar tanta agua en un solo lugar.

—Estamos cerca de la sede de Erudición, ¿verdad? —pregunta Christina, dándole a Will en el hombro con el suyo.

—Sí, al sur de aquí —responde; mira atrás y, por un instante, se le ve la nostalgia en la cara, aunque la expresión desaparece pronto.

Estoy a menos de dos kilómetros de mi hermano, hace una semana que no estamos tan cerca. Sacudo la cabeza un poco para quitarme la idea, porque hoy no puedo pensar en él, tengo que concentrarme en superar la primera etapa. No debo pensar en él ningún día.

Cruzamos el puente. Todavía necesitamos los puentes, ya que el lodo que hay debajo está demasiado húmedo para caminar por él. Me pregunto cuánto tiempo hace que se secó el río.

Una vez al otro lado, la ciudad cambia: detrás de nosotros casi todos los edificios están en uso, e incluso los que no lo están parecen bien cuidados. Delante de nosotros hay un mar de hormigón en ruinas y cristales rotos. El silencio de esta parte de la ciudad es espeluznante, como una pesadilla. Cuesta ver por dónde voy porque ya han pasado las doce de la noche y todas las luces de la ciudad están apagadas.

Marlene saca una linterna e ilumina con ella la calle que tenemos delante.

—¿Te da miedo la oscuridad, Mar? —la pincha el iniciado de Osadía, el de los ojos oscuros.

—Si quieres pisar cristales rotos, Uriah, tú mismo —responde ella, aunque la apaga de todos modos.

Me he dado cuenta de que una parte de ser osado consiste en estar dispuesto a ponerte las cosas más difíciles con tal de valerte por ti mismo. No hay nada especialmente audaz en caminar por calles oscuras sin linterna, pero se supone que no necesitamos ayuda, ni siquiera de la luz. Se supone que somos capaces de cualquier cosa.
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