En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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Eso me gusta, porque puede que un día no haya linterna, ni pistola, ni mano que nos guíe, y quiero estar preparada.

Los edificios acaban justo antes del pantano. Una franja de tierra se mete en el lodo y de ella sobresale una gigantesca rueda blanca con docenas de vagones rojos colgados a intervalos regulares: la noria.

—Pensad en ello: la gente se subía a esa cosa por diversión —comenta Will, sacudiendo la cabeza.

—Debían de ser osados —respondo.

—Sí, aunque una versión muy mala de los osados —dice Christina entre risas—. Las norias de Osadía no tendrían vagones, habría que colgarse de las manos y tener buena suerte.

Avanzamos por el lateral del muelle. Todos los edificios de mi izquierda están vacíos, han quitado los carteles y cerrado los escaparates, pero es un vacío limpio. El que abandonara estos lugares lo hizo por elección y con tiempo. Otros sitios de la ciudad no tienen ese aspecto.

—Te reto a saltar al pantano —le dice Christina a Will.

—Tú primero.

Llegamos al carrusel. Algunos de los caballitos están arañados y desgastados, con las colas rotas o las sillas descascarilladas. Cuatro saca la bandera del bolsillo.

—Dentro de diez minutos, el otro equipo elegirá su ubicación —dice—. Sugiero que aprovechéis este tiempo para elaborar una estrategia. Puede que no seamos eruditos, pero la preparación mental forma parte de vuestra formación. Incluso podría decirse que es el aspecto más importante.

En eso tiene razón: ¿de qué sirve un cuerpo preparado si la mente está dispersa?

Will se lleva la bandera y contesta:

—Algunos deberían quedarse aquí a protegerla y otros deberían ir a ver dónde está el otro equipo.

—¿Sí? ¿Tú crees? —dice Marlene, quitándole la bandera—. ¿Quién te ha puesto al mando, trasladado?

—Nadie, pero alguien tiene que hacerlo.

—A lo mejor deberíamos desarrollar una estrategia más defensiva, esperar a que vengan y acabar con ellos —sugiere Christina.

—Eso es de gallinas —responde Uriah—. Voto que salgamos todos. Que escondamos bien la bandera para que no puedan encontrarla.

Todos se ponen a hablar a la vez, subiendo la voz con cada segundo que pasa. Christina defiende el plan de Will; los iniciados nacidos en Osadía votan por el ataque; todos discuten sobre quién debe tomar la decisión. Cuatro se sienta al borde del carrusel y apoya la espalda en la pata de un caballo de plástico. Eleva los ojos al cielo, donde no hay estrellas, sino solo una luna redonda asomándose a través de una fina capa de nubes. Tiene los músculos del brazo relajados y las manos en la nuca. Casi parece cómodo ahí tirado, con el fusil al hombro.

Cierro los ojos un momento. ¿Por qué me distrae tanto? Tengo que concentrarme.

¿Qué diría yo si pudiera hacerme oír por encima del aluvión de comentarios maliciosos que tengo detrás? No podemos actuar hasta saber dónde está el otro equipo. Podrían estar en cualquier parte, dentro de un radio de dos o tres kilómetros, aunque no se puede descartar el pantano vacío. La mejor forma de localizarlos no es discutir sobre cómo buscarlos o sobre a cuántos hay que enviar en la partida de búsqueda.

Lo mejor es trepar al punto más alto posible.

Vuelvo la vista atrás para asegurarme de que nadie me mira. No lo hacen, así que me acerco a la noria con pasos ligeros y silenciosos, apretándome el arma contra la espalda para que no haga ruido.

Cuando levanto la vista para observar la noria desde abajo, se me contrae la garganta. Es más alta de lo que pensaba, tan alta que apenas veo los vagones que se balancean en lo alto. Lo único bueno de su altura es que está fabricada para soportar peso; si la trepo, no se me caerá encima.

Me late más fuerte el corazón: ¿estaré preparada para arriesgar la vida por esto, para ganar un juego de los osados?

Está tan oscuro que apenas los veo, pero, cuando miro los enormes soportes oxidados que sujetan la noria, localizo los travesaños de una escalera. Tiene el ancho de mis hombros y no hay barandilla a la que agarrarse, pero subir una escalera es mucho mejor que trepar por los radios de la rueda.

Me agarro a un travesaño. Está oxidado, es fino y da la impresión de que se me hará pedazos entre las manos. Pongo todo mi peso sobre el más bajo para probarlo y salto para asegurarme de que resiste. El movimiento hace que me duelan las costillas, y hago una mueca.

—Tris —dice una voz grave detrás de mí.

No sé por qué no me asusta, quizá porque me estoy convirtiendo en osada y estar siempre preparada es algo que se supone debo desarrollar. Quizá sea porque su voz es grave, suave y casi tranquilizadora. Sea lo que sea, miro atrás y veo a Cuatro detrás de mí con el arma cruzada a la espalda, como la mía.

—¿Sí?

—He venido a ver qué crees que estás haciendo.

—Busco un punto más alto. No es que crea nada.

—Vale —responde, y lo veo sonreír—. Voy contigo.

Me paro a pensar un segundo. No me mira como a veces lo hacen Will, Christina y Al: como si yo fuera demasiado pequeña y débil para servir de algo, y por eso les diera lástima. Sin embargo, si insiste en ir conmigo seguramente sea porque duda de mí.

—Puedo hacerlo sola.

—Eso está claro —contesta; no noto ningún sarcasmo, pero sé que está ahí, tiene que estar ahí.

Trepo y, cuando estoy a un par de metros del suelo, me sigue. Se mueve más deprisa que yo y pronto llega con las manos a los travesaños que dejan mis pies.

—Bueno, dime… —comenta en voz baja mientras subimos; parece sin aliento—, ¿cuál crees que es el objetivo de este ejercicio? Del juego, quiero decir, no de trepar.

Miro abajo, al pavimento. Parece muy lejos, aunque todavía no llevo ni un tercio de la subida. Sobre mí hay una plataforma, justo bajo el centro de la rueda: ese es mi destino. Ni siquiera quiero pensar en cómo voy a bajar. La brisa que antes me acariciaba las mejillas ahora me sopla en el costado y, cuanto más subamos, más fuerte soplará. Tengo que estar preparada.

—Aprender sobre estrategia —respondo—. Puede que trabajo en equipo.

—Trabajo en equipo —repite, y le surge una risa extraña de la garganta, como de pánico.

—Puede que no. Parece ser que el trabajo en equipo no es una prioridad en Osadía.

La fuerza del viento aumenta, así que me acerco más al soporte blanco para no caer, aunque eso dificulta la subida. Debajo, el carrusel parece pequeño y apenas veo a mi equipo bajo el toldo. Faltan algunos, deben de haber enviado una partida de búsqueda.

—Se supone que es una prioridad —dice Cuatro—. Antes lo era.

No le presto atención porque la altura me marea. Me duelen las manos de aferrarme a los travesaños y me tiemblan las piernas, pero no sé bien por qué. No es la altura lo que me asusta, la altura me hace sentir viva y llena de energía, todos los órganos, vasos y músculos de mi cuerpo cantan en armonía.

Entonces me doy cuenta de lo que es: es él. Algo en él me hace sentir a punto de caer. O de derretirme. O de arder.

Mi mano está a punto de resbalarse del siguiente travesaño.

—Ahora, dime… —añade, con la respiración entrecortada—, ¿qué crees que tiene que ver aprender estrategia con… la valentía?

La pregunta me recuerda que es mi instructor y que se supone que debo aprender algo con esto. Una nube pasa por delante de la luna y la luz se mueve sobre mis manos.

—Te… te prepara para actuar —digo al fin—. Aprendes estrategia para poder usarla —añado, y lo oigo respirar con fuerza y deprisa detrás de mí—. ¿Estás bien, Cuatro?

—¿Eres humana, Tris? Estar tan alto… —responde, intentando tomar aire—. ¿No te da miedo?

Miro atrás, al suelo. Si caigo, moriré, pero no creo que suceda.

Una ráfaga de aire me golpea el costado izquierdo, lanzando mi peso hacia la derecha. Ahogo un grito y me agarro a los travesaños para recuperar el equilibrio. La fría mano de Cuatro me agarra por la cadera, y uno de sus dedos encuentra una tira de piel desnuda justo debajo del borde de mi camiseta. Aprieta para sujetarme y me empuja un poco hacia la izquierda hasta que recupero la estabilidad.

Ahora sí que no puedo respirar. Hago una pausa, me miro las manos, se me seca la boca. Siento el fantasma de su mano encima, sus dedos largos y finos.

—¿Estás bien? —pregunta en voz baja.

—Sí —respondo con voz alterada.

Sigo trepando en silencio hasta que llego a la plataforma. A juzgar por los extremos romos de barras metálicas, antes tenía una barandilla, pero ya no. Me siento y me arrastro hasta el otro extremo para que Cuatro pueda sentarse. Sin pensar, dejo colgar las piernas. Cuatro, por otro lado, se agacha y aprieta la espalda contra el soporte metálico, respirando con dificultad.

—Te dan miedo las alturas —comento—. ¿Cómo consigues sobrevivir en el complejo de Osadía?

—No hago caso de mi miedo. Cuando tomo decisiones, finjo que no existe.

Me quedo mirándolo un segundo, no puedo evitarlo. Para mí existe una diferencia entre no tener miedo y actuar a pesar del miedo, como hace él.

Me he quedado mirándolo demasiado.

—¿Qué? —pregunta.

—Nada.

Aparto la mirada y la dirijo a la ciudad. Tengo que centrarme, he trepado hasta aquí por una razón.

La ciudad está negra como el tizón, pero, aunque no lo estuviera, tampoco podría ver a demasiada distancia. Hay un edificio en medio.

—No estamos lo bastante altos —digo.

Levanto la cabeza: sobre mí hay un enredo de barras blancas, el andamio de la noria. Si trepo con cuidado puedo meter los pies entre los soportes y los travesaños con bastante seguridad. O con toda la seguridad posible.

—Voy a trepar —anuncio, levantándome.

Me agarro a una de las barras que tengo sobre la cabeza y me impulso hacia arriba. Una punzada de dolor me recorre los costados, pero no hago caso.

—Por amor de Dios, estirada.

—No tienes que seguirme —respondo mientras contemplo el laberinto de barras.

Meto el pie en el cruce entre dos barras y me impulso arriba, agarrándome a otra barra en el proceso. Me balanceo durante un segundo y el corazón me late tan deprisa que no noto nada más. Todos y cada uno de mis pensamientos se concentran en ese latido, se mueven al mismo ritmo.

—Sí que tengo que hacerlo —responde.

Es una locura y lo sé. Medio centímetro de error, medio segundo de vacilación y se acabó todo. El calor me desgarra el pecho y sonrío al agarrarme a la siguiente barra. Me impulso con los brazos temblorosos y obligo a mi pierna a subir para ponerme de pie sobre otra barra. Cuando me siento segura, miro abajo, a Cuatro, pero, en vez de verlo, miro hasta abajo del todo.

No puedo respirar.

Me imagino cayendo, dándome contra las barras en mi caída hasta acabar con las extremidades torcidas en el suelo, igual que la hermana de Rita cuando no llegó al tejado. Cuatro se agarra a una barra con cada mano y se impulsa fácilmente, como si estuviera sentándose en la cama. Sin embargo, aquí no se siente cómodo, no es su entorno natural; se le ven sobresalir todos los músculos del cuerpo. Es estúpido que piense en eso cuando estoy a treinta metros del suelo.

Me agarro a otra barra, encuentro otro lugar en el que meter el pie. Al mirar de nuevo a la ciudad, el edificio ya no está en medio y me encuentro a la altura suficiente para ver el horizonte. Casi todos los edificios son negros sobre el fondo azul marino, pero las luces rojas de lo alto del Centro están encendidas. Laten la mitad de deprisa que mi corazón.

Bajo los edificios, las calles parecen túneles. Durante unos segundos solo veo una manta oscura sobre la tierra que tengo delante, únicamente diferencias sutiles entre el edificio, el cielo, la calle y el suelo. Entonces distingo una diminuta luz intermitente.

—¿Has visto eso? —pregunto, señalándola.

Cuatro deja de trepar al llegar detrás de mí y mira por encima de mi hombro, acercando la barbilla a mi cabeza. Su aliento me revolotea en la oreja y de nuevo vuelvo a estremecerme, igual que cuando subía la escalera.

—Sí —responde, y sonríe—. Viene del parque del final del muelle. Era de suponer, está rodeado de espacios abiertos, pero los árboles ofrecen camuflaje. Aunque está claro que no el suficiente.

—Vale.

Vuelvo la vista para mirarlo. Estamos tan cerca que se me olvida dónde me encuentro y me fijo en que tiene las comisuras de los labios un poco hacia abajo, como las mías, y una cicatriz en la barbilla.

—Ejem —digo, aclarándome la garganta—. Empieza a bajar, te sigo.

Cuatro asiente con la cabeza y baja. Tiene las piernas tan largas que encuentra fácilmente un lugar para su pie y guía su cuerpo entre las barras. Incluso a oscuras, veo que tiene las manos muy rojas y temblorosas.

Bajo un pie, echándome sobre uno de los travesaños. La barra cruje y se suelta, chocando contra media docena de otras barras en su caída para después rebotar en el pavimento. Estoy colgada de los andamios con los pies en el aire; se me escapa un grito ahogado de angustia.

—¡Cuatro!

Intento encontrar otro sitio en el que apoyar el pie, pero el punto más cercano está lejos, más lejos de lo que soy capaz de estirarme. Me sudan las manos. Recuerdo habérmelas limpiado en los pantalones antes de la Ceremonia de la Elección, antes de la prueba de aptitud, antes de cada momento importante; me aguanto las ganas de gritar. Me resbalaré, me resbalaré.

—¡Aguanta! —me grita—. Tú aguanta, tengo una idea.

Sigue bajando. Se mueve en la dirección equivocada, tendría que ir hacia mí, no alejarse de mí. Me quedo mirando las manos, que aprietan la estrecha barra con tanta fuerza que se me han quedado blancos los nudillos. Los dedos están rojo oscuro, casi morados. No resistirán mucho.

No resistiré mucho.

Cierro los ojos, es mejor no mirar, es mejor fingir que nada de esto está pasando. Oigo los chirridos de las deportivas de Cuatro contra el metal y pasos rápidos sobre los travesaños de las escaleras.

—¡Cuatro! —chillo.

A lo mejor se ha ido, a lo mejor me ha abandonado. A lo mejor es para poner a prueba mi fuerza, mi valentía. Tomo aire por la nariz y lo expulso por la boca. Cuento cada respiración para calmarme. Uno, dos. Dentro, fuera. «Venga, Cuatro —es lo único que puedo pensar—. Venga, haz algo.»

Entonces oigo que algo suelta aire y cruje. La barra a la que me agarro se estremece, y yo grito entre dientes mientras intento no soltarla.

La noria se mueve.

El aire me envuelve los tobillos y las muñecas cuando el viento sube como un géiser. Abro los ojos: me estoy moviendo… hacia el suelo. Me río, mareada por la histeria, mientras el suelo se acerca cada vez más. Sin embargo, estoy acelerando, así que, si no salto en el momento justo, los vagones en movimiento y el andamio de metal arrastrarán mi cuerpo y me llevarán con ellos; entonces sí que moriré.

Se me tensan todos los músculos del cuerpo en mi descenso hacia el suelo; al llegar a una altura desde la que veo las grietas de la acera, me dejo caer y aterrizo con los pies por delante. Se me doblan las rodillas y escondo los brazos para rodar lo más deprisa posible hacia un lado. El cemento me araña la cara y me vuelvo justo a tiempo para ver un vagón que se dirige a mí como un zapato gigante a punto de aplastarme. Ruedo otra vez y la parte de abajo del vagón me roza el hombro.

Estoy a salvo.

Me aprieto la cara con las palmas de las manos, sin intentar levantarme. Si lo hiciera, seguro que volvería a caerme. Oigo pasos y las manos de Cuatro me rodean la cintura. Dejo que me quite las manos de los ojos.

Después envuelve por completo una de ellas con las suyas. El calor de su piel es más fuerte que el dolor de mis dedos.

—¿Estás bien? —pregunta, juntando nuestras manos.
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