En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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—Sí.

Empieza a reírse.

Al cabo de un segundo, yo también lo hago. Con la mano libre me apoyo para sentarme. Soy consciente del poco espacio que hay entre nosotros, unos quince centímetros, como mucho. Ese espacio parece cargado de electricidad, y siento la necesidad de que sea más pequeño.

Se levanta y tira de mí para levantarme con él. La noria sigue moviéndose, creando un viento que me echa el pelo atrás.

—Podrías haberme dicho que la noria todavía funcionaba —comento, intentando sonar como si no me importara—. Así no habríamos tenido que trepar.

—Lo habría hecho si lo hubiera sabido —responde—. No podía dejarte ahí colgada, así que me arriesgué. Venga, vamos a por su bandera.

Duda un momento y después me toma del brazo, y las puntas de sus dedos me aprietan el interior del codo. En otras facciones me habría dado tiempo para recuperarme, pero él es de Osadía, así que me sonríe y se dirige al carrusel, donde los miembros de nuestro equipo protegen la bandera. Y yo medio corro, medio cojeo a su lado. Todavía me siento débil, aunque mi mente está muy despierta, sobre todo con su mano encima.

Christina está sobre uno de los caballos con las largas piernas cruzadas y la mano alrededor del poste que sostiene el animal de plástico. Tiene la bandera detrás, un triángulo reluciente en la oscuridad. Tres iniciados nacidos en Osadía están entre los otros animales gastados y sucios. Uno de ellos tiene la mano sobre la cabeza de un caballo y el ojo arañado del animal me mira entre sus dedos. Hay otra chica de Osadía, algo mayor, sentada al borde del carrusel, arañándose con el pulgar la ceja, adornada con cuatro piercings.

—¿Adónde han ido los otros? —pregunta Cuatro.

Parece tan emocionado como yo, se le nota la energía en los ojos.

—¿Habéis sido vosotros los que habéis puesto en marcha la noria? —pregunta la chica mayor—. ¿En qué estabais pensando? Es como si gritarais: «¡Estamos aquí! ¡Venid a por nosotros!» —protesta, sacudiendo la cabeza—. Si vuelvo a perder este año, la vergüenza será insoportable. ¿Tres años seguidos?

—La noria no importa —responde Cuatro—. Ya sabemos dónde están.

—¿Sabemos? —dice Christina, mirándonos a los dos, primero a uno y después al otro.

—Sí, mientras vosotros estabais de brazos cruzados, Tris se ha subido a la noria para buscar al otro equipo —responde Cuatro.

—¿Y ahora qué hacemos? —pregunta uno de los iniciados de Osadía, bostezando.

Cuatro me mira. Poco a poco, los ojos de los demás iniciados, Christina incluida, pasan de él a mí. Estoy a punto de encogerme de hombros para decir que no lo sé, pero, entonces, se me aparece una imagen del muelle desde arriba. Tengo una idea.

—Nos dividimos en dos grupos. Cuatro vamos por el lado derecho del muelle y tres por el izquierdo. El otro equipo está en el parque, al final del muelle, así que el grupo de cuatro atacará mientras el grupo de tres se escabulle por detrás del otro equipo para robar la bandera.

Christina me mira como si ya no me reconociera. No la culpo.

—Suena bien —comenta la chica mayor, dando una palmada—. Vamos a terminar de una vez con esto, ¿no?

Christina se une a mí en el grupo de la derecha, junto con Uriah, cuya sonrisa se ve muy blanca sobre su piel de bronce. No me había dado cuenta antes, pero tiene tatuada una serpiente detrás de la oreja. Me quedo mirando la cola que le rodea el lóbulo durante un instante, hasta que Christina empieza a correr y tengo que seguirla.

Debo correr dos veces más deprisa para que mis cortas piernas vayan a la par que las suyas, que son más largas. Mientras corro, me doy cuenta de que solo uno de nosotros tocará la bandera, y que da igual que fuera mi plan y mi información lo que nos ha llevado hasta ella si no soy yo la que se hace con ella. Aunque apenas puedo respirar, acelero y le piso los talones a Christina. Me pongo el fusil delante, con el dedo sobre el gatillo.

Llegamos al extremo del muelle y me tapo la boca para que no se oigan mis jadeos. Frenamos para no hacer tanto ruido y busco la luz intermitente de nuevo. Ahora que estoy en el suelo, es más grande y fácil de ver. Señalo, Christina asiente con la cabeza y avanza hacia ella.

Entonces oigo un coro de gritos tan fuertes que me hacen dar un salto. También oigo el ruido del aire al dispararse las balas de pintura y cómo estas salpican a sus objetivos. Nuestro equipo ha atacado y el otro equipo corre hacia ellos, así que la bandera apenas tiene protección. Uriah apunta y dispara en el muslo al último guardia. El guardia, una chica baja con pelo morado, tira el arma al suelo y le da una pataleta.

Corro para alcanzar a Christina. La bandera está colgada de una rama, muy por encima de mi cabeza. Intento agarrarla, y Christina también.

—Venga, Tris —dice—. No te hace falta, ya eres la heroína, y sabes que no llegas.

Me echa una mirada paternalista, igual que se mira a un niño cuando intenta hacerse el adulto, y baja la bandera de la rama. Sin mirarme, se vuelve y lanza un grito de victoria. La voz de Uriah se une a la suya y oigo un coro de chillidos a lo lejos.

Uriah me da una palmada en el hombro, y yo intento olvidar la mirada de Christina. Puede que tenga razón, ya he demostrado de qué soy capaz, no quiero ser codiciosa; no quiero ser como Eric y vivir aterrada de la fuerza de los demás.

Los gritos de triunfo son contagiosos, así que alzo la voz para unirme a ellos mientras corro hacia mis compañeros. Christina levanta la bandera en alto, y todos la rodean para agarrarla del brazo y alzar todavía más la bandera. Yo no llego, de modo que me quedo a un lado, sonriendo.

Una mano me toca en el hombro.

—Bien hecho —me dice Cuatro en voz baja.

—¡No puedo creer que me lo perdiera! —repite Will, sacudiendo la cabeza.

El viento que entra por la puerta del vagón le tira del pelo en todas direcciones.

—Tenías una misión muy importante: no estorbarnos —responde Christina, esbozando una gran sonrisa.

—¿Por qué he tenido que caer en el otro equipo? —se lamenta Al.

—Porque la vida no es justa, Albert, y el mundo conspira contra ti —dice Will—. Oye, ¿puedo ver otra vez la bandera?

Peter, Molly y Drew están sentados enfrente, en una esquina. Tienen el pecho y la espalda llenos de pintura azul y rosa, y parecen abatidos. Hablan en voz baja y nos miran furtivamente a los demás, sobre todo a Christina. Es la ventaja de no haber llegado a la bandera: no soy el blanco de nadie. O, al menos, no más de lo normal.

—Así que te subiste a la noria, ¿eh? —comenta Uriah.

Recorre el vagón dando tumbos y se sienta a mi lado. Marlene, la chica de la sonrisa coqueta, lo sigue.

—Sí.

—Muy inteligente por tu parte. Tan inteligente como… uno de Erudición —dice Marlene—. Me llamo Marlene.

—Tris —respondo.

En casa, que te comparen con un erudito es un insulto, pero ella lo dice como un cumplido.

—Sí, sé quién eres —contesta—. Siempre te quedas con el nombre de la primera saltadora.

Hace años que salté de un edificio con mi uniforme de Abnegación; hace décadas.

Uriah saca una de las balas de pintura de su arma y la aprieta entre el pulgar y el índice. El tren da una sacudida hacia la izquierda, y Uriah me cae encima, sus dedos aprietan la bala y un chorro de pintura rosa maloliente me mancha la cara.

Marlene se tira por el suelo, muerta de risa. Me limpio muy despacio parte de la pintura de la cara y mancho la mejilla de Uriah. El olor a aceite de pescado se extiende por el vagón.

—¡Puaj! —exclama él, y vuelve a apretar la bala para echarme encima la pintura, pero la abertura está en el lado equivocado y la pintura le entra en la boca.

El chico tose y hace ruidos exagerados, como si tuviera arcadas.

Me limpio la cara con la manga mientras me río con tantas ganas que me duele el estómago.

Si toda mi vida es así, risotadas, acción y el cansancio que se siente después de un día duro, aunque satisfactorio, me daré por satisfecha. Mientras Uriah se raspa la lengua con los dedos, me doy cuenta de que solo tengo que superar la iniciación para conseguir esa vida.

CAPÍTULO

TRECE

A LA MAÑANA siguiente, cuando entro en la sala de entrenamiento arrastrando los pies y bostezando, veo un enorme blanco en un extremo de la sala y, al lado de la puerta, una mesa cubierta de cuchillos. Otra vez tiro al blanco. Al menos no dolerá.

Eric está en el centro del cuarto, tan tieso como si le hubieran cambiado la columna vertebral por una barra metálica. Verlo hace que el aire resulte más denso, que me aplaste un poco. Al menos cuando estaba apoyado en la pared era posible fingir que no estaba allí; hoy no cabe esa posibilidad.

—Mañana será el último día de la primera etapa —dice—. Entonces volveréis a luchar. Hoy aprenderéis a apuntar. Que todo el mundo elija tres cuchillos —ordena, con una voz más profunda de lo normal—. Y prestad atención a la demostración que os hará Cuatro de la técnica correcta para lanzarlos.

Al principio, nadie se mueve.

—¡Ya!

Salimos corriendo a por los puñales. No son tan pesados como las pistolas, aunque resulta raro sujetarlos, como si fuera algo prohibido.

—Hoy está de mal humor —masculla Christina.

—¿Y cuándo está de buen humor? —respondo, también murmurando.

Sin embargo, entiendo a qué se refiere. A juzgar por la mirada venenosa que le echa a Cuatro cuando este no presta atención, haber perdido anoche debe de preocupar a Eric más de lo que da a entender. Ganar en la captura de la bandera es cuestión de orgullo, y el orgullo es muy importante en Osadía, más que la razón o el sentido común.

Observo el brazo de Cuatro cuando lanza el cuchillo. En su siguiente lanzamiento, examino su postura. Siempre acierta en el blanco y suelta el aire cuando suelta el puñal.

—¡En fila! —ordena Eric.

«Las prisas no ayudan», pienso. Mi madre me lo dijo cuando me estaba enseñando a tejer. Tengo que considerar esto un ejercicio mental, no físico, así que me paso los minutos siguientes practicando sin el cuchillo, encontrando la postura correcta y aprendiendo el movimiento correcto del brazo.

Eric da vueltas detrás de nosotros, demasiado deprisa.

—¡Creo que la estirada se ha llevado demasiados golpes en la cabeza! —comenta Peter, que está unas cuantas personas más allá—. ¡Oye, estirada! ¿Se te ha olvidado lo que es un cuchillo?

Sin hacerle caso, practico de nuevo el tiro con el cuchillo en la mano, aunque sin lanzarlo. Intento no prestar atención a las vueltas de Eric, las burlas de Peter y la constante sensación de que Cuatro me está mirando; entonces, lanzo el cuchillo. Da vueltas en el aire y golpea la tabla. La hoja no se clava, pero soy la primera persona que acierta en el blanco.

Esbozo una sonrisa de suficiencia cuando Peter falla otra vez, no puedo contenerme.

—Oye, Peter, ¿se te ha olvidado lo que es un blanco? —le digo.

Christina, que está a mi lado, suelta una carcajada, y su siguiente lanzamiento da en la tabla.

Media hora después, Al es el único iniciado que todavía no le ha dado al blanco. Sus cuchillos caen al suelo o rebotan en la pared. Mientras los demás nos acercamos a la tabla para recoger las armas, él va buscando las suyas por el suelo.

La siguiente vez que lo intenta y falla, Eric se acerca a él y pregunta:

—¿Cómo se puede ser tan lento, veraz? ¿Es que necesitas gafas? ¿Tengo que acercarte más el blanco?

Al se pone rojo, lanza otro cuchillo y, esta vez, vuela casi un metro a la derecha de la tabla, da un par de vueltas y golpea la pared.

—¿Qué ha sido eso, iniciado? —pregunta Eric en voz baja, acercándose más a Al.

Me muerdo el labio. Esto no va bien.

—Se… se me ha resbalado —responde Al.

—Bueno, pues deberías ir a por él —dice Eric, y mira a los demás iniciados, que han dejado de lanzar, para añadir—: ¿Os he dicho que paréis?

Los cuchillos empiezan a volar sobre el blanco. Todos hemos visto a Eric enfadado antes, pero esto es distinto, la expresión de su cara es muy similar a la de un perro rabioso.

—¿Que vaya a por él? —pregunta Al abriendo mucho los ojos—. Pero todo el mundo está lanzando…

—¿Y?

—Y no quiero que me den.

—Ten por seguro que tus compañeros iniciados tienen mejor puntería que tú —responde Eric esbozando una sonrisita, aunque su mirada sigue siendo cruel—. Ve a por tu cuchillo.

Al no suele objetar a lo que nos ordenan en Osadía. No creo que sea porque le da miedo, sino porque sabe que quejarse no sirve de nada. Esta vez, el chico aprieta la ancha mandíbula; ha llegado al límite de su docilidad.

—No.

—¿Por qué no? —pregunta Eric, con los ojillos clavados en el rostro de Al—. ¿Tienes miedo?

—¿De que me apuñalen? ¡Claro que sí!

Su error es la sinceridad. A lo mejor, de otro modo, Eric hubiese aceptado la negativa.

—¡Parad todos! —grita Eric.

Los cuchillos se detienen y también las conversaciones. Aprieto mi puñal con fuerza.

—Salid del círculo —dice Eric, y mira a Al—. Todos menos tú.

Suelto el puñal, que cae sobre el suelo lleno de polvo con un ruido sordo. Sigo a los demás iniciados hasta el lateral de la sala, y ellos se me ponen delante, deseando ver lo que a mí me revuelve el estómago: Al enfrentándose a la ira de Eric.

—Ponte de pie delante del blanco —dice el líder.

Las grandes manos de Al tiemblan mientras retrocede hacia el blanco.

—Oye, Cuatro —dice Eric, mirando atrás—, échame una mano, ¿eh?

Cuatro se rasca una ceja con la punta de un cuchillo y se acerca a Eric. Tiene círculos oscuros bajo los ojos y los labios tensos; está tan cansado como nosotros.

—Vas a quedarte ahí mientras él te lanza cuchillos —le dice Eric a Al—, hasta que aprendas a no acobardarte.

—¿De verdad tengo que hacerlo? —pregunta Cuatro; suena como si estuviera aburrido, aunque, en realidad, no lo parece: tiene tanto el cuerpo como el rostro tensos, alerta.

Cierro los puños. A pesar de que Cuatro hace como si no pasara nada, la pregunta es un reto, y Cuatro no suele retar a Eric directamente.

Al principio, Eric lo mira en silencio y Cuatro le devuelve la mirada.

Pasan los segundos y me clavo las uñas en las palmas.

—Aquí soy yo el que tiene la autoridad, ¿recuerdas? —dice Eric en voz tan baja que apenas lo oigo—. Aquí y en todas partes.

Cuatro se pone rojo, aunque no le cambia la expresión. Aprieta más el mango del cuchillo y se le ponen los nudillos blancos cuando se vuelve hacia Al.

Miro los grandes ojos oscuros de Al, después sus manos temblorosas y después la mandíbula apretada y decidida de Cuatro. Me sube la rabia por el pecho hasta estallarme en la boca.

—Para.

Cuatro da la vuelta al cuchillo y mueve los dedos con mucho cuidado por el filo metálico. Me echa una mirada tan dura que siento como si me convirtiera en piedra. Sé por qué: soy una estúpida por abrir la boca con Eric delante, soy una estúpida por abrir la boca.

—Cualquier idiota es capaz de ponerse delante de un blanco —añado—. No demuestra nada, salvo que nos estás acosando, y eso, según recuerdo, es una prueba de cobardía.

—Entonces debería resultarte fácil —responde Eric—. Si es que estás dispuesta a ocupar su lugar.

No hay nada que desee menos en el mundo que ponerme delante de ese blanco, pero ya no puedo echarme atrás. No me he dado esa opción. Me meto entre el grupo de iniciados y alguien me da un empujón en el hombro.

—Despídete de tu cara bonita —me dice Peter entre dientes—. Ah, no, que no la tienes.

Recupero el equilibrio y me acerco a Al, que asiente con la cabeza. Intento sonreír para darle ánimos, pero no lo consigo. Me pongo delante del blanco y la cabeza ni siquiera me llega al centro de la diana, aunque da lo mismo. Miro los cuchillos de Cuatro: uno en la mano derecha y dos en la izquierda.
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