En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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Se me seca la garganta, intento tragar saliva y después miro a Cuatro. Él nunca es descuidado, no me dará; no me pasará nada.

Levanto la barbilla, no me acobardaré. Si me acobardo y me muevo, demostraré a Eric que esto no es tan fácil como he dicho que era; demostraré que soy una gallina.

—Si te echas atrás —dice Cuatro lentamente, con cuidado—, Al ocupa tu sitio, ¿entendido?

Asiento con la cabeza.

Me sigue mirando a los ojos cuando levanta la mano, echa el codo atrás y lanza el cuchillo. No es más que un relámpago en el aire hasta que oigo el golpe: el puñal se ha clavado en la tabla, a quince centímetros de mi mejilla. Cierro los ojos. Gracias a Dios.

—¿Has tenido suficiente, estirada? —pregunta Cuatro.

Recuerdo los ojos muy abiertos de Al y sus silenciosos sollozos por la noche; sacudo la cabeza.

—No.

—Pues abre los ojos —responde, dándose con el dedo en el espacio entre las cejas.

Me quedo mirándolo y aprieto las manos contra los costados para que nadie las vea temblar. Se pasa el cuchillo de la mano izquierda a la derecha, y no veo más que sus ojos cuando el segundo puñal da en el blanco, encima de mi cabeza. Este ha dado más cerca que el otro, lo noto flotando sobre mi cráneo.

—Vamos, estirada —me dice—, deja que otra persona te sustituya.

¿Por qué intenta pincharme para que me rinda? ¿Quiere que falle?

—¡Cállate, Cuatro!

Contengo el aliento cuando da la vuelta al último cuchillo que tiene en la mano. Veo que le brillan los ojos cuando echa el brazo atrás y lanza el cuchillo por los aires. Va directo a mí dando vueltas, alternando mango y hoja. Me pongo rígida. Esta vez, cuando da en la tabla, me pica la oreja y noto que me gotea la sangre por la piel. Me llevo la mano a la oreja: me ha cortado.

A juzgar por su mirada, lo ha hecho a posta.

—Me encantaría quedarme a ver si los demás sois tan atrevidos como ella —dice Eric con voz suave—, pero creo que ya es suficiente por hoy.

Me aprieta el hombro. Sus dedos están secos y fríos, y me reclama con la mirada, como si quisiera apropiarse de lo que he hecho. No le devuelvo la sonrisa. Lo que he hecho no tiene nada que ver con él.

—No debería quitarte ojo —añade.

El miedo me pincha por dentro, lo noto en el pecho, en la cabeza y en las manos. Es como si me hubieran grabado a fuego en la cabeza la palabra «DIVERGENTE», de modo que, si me mira demasiado, a lo mejor la lee. Pero se limita a quitarme la mano del hombro y seguir andando.

Cuatro y yo nos quedamos atrás. Espero hasta que la sala está vacía y la puerta cerrada antes de volver a mirarlo. Se dirige a mí.

—¿Está bien tu…? —empieza.

—¡Lo has hecho a posta! —grito.

—Sí —responde en voz baja—. Y deberías darme las gracias por ayudarte.

—¿Las gracias? —pregunto, entre dientes—. Casi me agujereas la oreja y te has pasado todo el tiempo intentando picarme. ¿Por qué iba a darte las gracias?

—¡Empiezo a cansarme de esperar a que lo pilles!

Me lanza una mirada furibunda, aunque sus ojos siguen con su aire pensativo. Tienen un tono azul peculiar, tan oscuro que resulta casi negro, con una manchita azul más claro en el iris izquierdo, justo al lado del rabillo del ojo.

—¿Pillar? ¿Pillar el qué? ¿Que querías probar a Eric lo duro que eres? ¿Que eres un sádico, como él?

—No soy un sádico —responde sin alzar la voz.

Ojalá alzara la voz, así me asustaría menos. Acerca su cara a la mía, lo que me recuerda haber estado a pocos centímetros de los colmillos del perro que me atacó en la prueba de aptitud, y dice:

—Si quisiera hacerte daño, ¿no crees que lo habría hecho ya?

Cruza la sala y clava con tanta fuerza la punta de un cuchillo en la mesa que se queda allí de pie, con el puño mirando al techo.

—¡Pues…! —empiezo a gritar, pero ya se ha ido.

Grito, frustrada, y me limpio parte de la sangre de la oreja.

CAPÍTULO

CATORCE

HOY ES EL día anterior al Día de Visita. En mi cabeza, el día de mañana es equivalente al fin del mundo: da igual lo que ocurra después. Todo lo que hago va preparándome poco a poco para ese momento; quizá vea a mis padres o quizá no, ¿qué sería peor? No lo sé.

Intento meterme la pernera de un pantalón y se me encaja justo por encima de la rodilla. Me miro la pierna y frunzo el ceño: un músculo impide el paso de la tela. Dejo caer la pernera y vuelvo la vista para examinar la parte de atrás del muslo: otro músculo sobresale por ahí también.

Me voy a un lado para ponerme frente al espejo. Veo músculos que antes no se notaban en los brazos, las piernas y el estómago. Me pellizco el costado, donde, antes, una capa de grasa permitía intuir dónde se formarían mis curvas. Nada. La iniciación de Osadía ha acabado con lo poco blando que había en mi cuerpo. ¿Es eso bueno o malo?

Por lo menos soy más fuerte que antes. Me enrollo de nuevo con la toalla y salgo del baño de las chicas. Espero que no haya nadie en el dormitorio, no quiero que me vean con la toalla, pero es que no puedo ponerme esos pantalones.

Cuando abro la puerta, noto el peso de un ladrillo en el estómago: Peter, Molly, Drew y algunos iniciados más están riéndose en la esquina del fondo. Levantan la mirada cuando entro y empiezan a reírse por lo bajo. Las fuertes risotadas de Molly se oyen más que ninguna.

Me acerco a mi litera fingiendo que no están ahí y busco en el cajón de debajo de la cama el vestido que Christina me obligó a llevarme. Con una mano agarrando la toalla y la otra sosteniendo el vestido, me levanto, y, justo detrás de mí, está Peter.

Doy un salto atrás y estoy a punto de darme en la cabeza con la cama de Christina. Intento rodearlo, pero él pone la mano en la base de la cama de Christina y me bloquea el paso. Era de suponer que no pensaba dejarme escapar tan fácilmente.

—No sabía que estuvieras tan flacucha, estirada.

—Apártate —respondo, y logro mantener la voz tranquila.

—Esto no es el Centro, ¿sabes? Aquí nadie tiene que seguir las órdenes de los estirados.

Me recorre el cuerpo con la mirada, aunque no con avidez, como observaría un hombre a una mujer, sino con crueldad, examinando cada defecto. Noto el latido del corazón en los oídos mientras los demás se acercan y se agrupan detrás de Peter.

Esto no me gusta.

Tengo que salir de aquí.

Por el rabillo del ojo veo un camino despejado hacia la puerta. Si logro meterme bajo el brazo de Peter y correr hacia ella, quizá lo consiga.

—Miradla —comenta Molly, cruzándose de brazos y sonriendo con satisfacción—, parece una niña pequeña.

—Bueno, no sé —añade Drew—, a lo mejor esconde algo debajo de esa toalla. ¿Por qué no nos acercamos a ver?

Ahora. Me meto bajo el brazo de Peter y salgo disparada hacia la puerta. Algo me agarra la toalla y tira de ella con fuerza mientras me alejo: la mano de Peter, que tiene la tela apretada en el puño. La toalla se me escapa de la mano, y noto el aire frío en el cuerpo desnudo y que el vello de la nuca se me pone de punta.

Todos se ríen y corro lo más deprisa que puedo hacia la puerta, apretando el vestido contra el cuerpo para esconderme. Sigo corriendo por el pasillo hasta el servicio y me apoyo en la puerta, intentando recuperar el aliento. Cierro los ojos.

No importa. No me importa.

Se me escapa un sollozo y me tapo la boca para reprimirlo. Da igual lo que hayan visto. Sacudo la cabeza como si el movimiento consiguiera hacerlo verdad.

Me visto con manos temblorosas. El vestido es negro y sencillo, me llega hasta las rodillas y tiene un cuello de pico que deja ver los tatuajes de la clavícula.

Una vez vestida y desaparecida la necesidad de llorar, noto que algo caliente y violento se me retuerce en el estómago. Quiero hacerles daño.

Me miro a los ojos en el espejo. Quiero hacerlo y lo haré.

No puedo llevar vestido para pelear, así que voy al Pozo a por ropa antes de ir a la sala de entrenamiento para mi última pelea. Espero que sea con Peter.

—Hola, ¿dónde te has metido esta mañana? —pregunta Christina cuando entro en la sala.

Fuerzo la vista para ver la pizarra, que está al otro lado del cuarto: el espacio junto a mi nombre está vacío, todavía no tengo contrincante.

—Me entretuvieron.

Cuatro está frente a la pizarra y escribe un nombre al lado del mío. «Por favor, que sea Peter, por favor, por favor…»

—¿Estás bien, Tris? Pareces un poco… —dice Al.

—¿Un poco qué?

Cuatro se aparta de la pizarra; el nombre escrito junto al mío es Molly. No es Peter, pero me basta.

—Alterada —dice Al.

Mi pelea es la última de la lista, lo que significa que tengo que esperar tres combates antes de enfrentarme a ella. Edward y Peter son los penúltimos. Bien, porque Edward es el único que puede vencerlo. Christina peleará contra Al, lo que significa que Al perderá rápidamente, como ha estado haciendo toda la semana.

—No seas muy dura conmigo, ¿eh? —le pide Al a Christina.

—No prometo nada —contesta ella.

La primera pareja (Will y Myra) se coloca frente a frente en la arena. Se pasan un segundo arrastrando los pies a uno y otro lado, lanzando un puñetazo al aire y respondiendo con una patada fallida. Al otro lado de la sala, Cuatro se apoya en la pared y bosteza.

Me quedo mirando la pizarra e intento predecir el resultado de todos los combates. No tardo mucho. Después me muerdo las uñas y pienso en Molly. Christina perdió contra ella, lo que quiere decir que es buena; pega con fuerza, aunque no mueve los pies. Si no consigue darme, no me hará daño.

Como cabía esperar, la siguiente pelea, entre Christina y Al, es rápida e indolora. Al cae después de unos cuantos golpes duros a la cara y no se levanta, lo que hace que Eric sacuda la cabeza.

Edward y Peter tardan más. A pesar de ser los dos mejores luchadores, la disparidad entre ellos resulta evidente. Edward le da un puñetazo en la mandíbula a Peter, y yo recuerdo lo que Will había dicho de él: que lleva practicando desde los diez años. Es obvio. Es más veloz que Peter, incluso.

Cuando se terminan las tres peleas, yo ya me he comido las uñas hasta las raíces y tengo hambre. Salgo a la arena sin mirar a nada ni a nadie que no sea el centro de la sala. He perdido parte de mi rabia, aunque no me cuesta recuperarla. Solo tengo que volver a pensar en el frío que hacía y en lo fuerte que se reía ella: «Miradla, es una niña pequeña».

Tengo a Molly delante.

—¿Lo que te vi en el cachete izquierdo era una marca de nacimiento? —me pregunta, sonriendo—. Dios, qué pálida estás, estirada.

Ella se moverá primero, siempre lo hace.

Molly se lanza a por mí y pone todas sus fuerzas en un puñetazo. Cuando se mueve, me agacho y le doy en el estómago, justo encima del ombligo. Antes de que pueda ponerme las manos encima, salgo y levanto las manos, lista para su siguiente intento.

Ya no sonríe. Corre hacia mí como si pensara derribarme, y yo me aparto corriendo. Oigo la voz de Cuatro en mi cabeza, diciéndome que el arma más poderosa de la que dispongo es el codo. Solo tengo que encontrar la forma de usarlo.

Bloqueo su siguiente puñetazo con el antebrazo. El golpe pica, aunque apenas lo noto. Aprieta los dientes y suelta un gruñido de frustración, más animal que humano. Prueba a darme una torpe patada en el costado, pero la evito y, mientras está desequilibrada, me lanzo adelante y le doy con el codo en la cara. Ella echa la cabeza atrás justo a tiempo, así que solo le rozo la barbilla.

Me da un puñetazo en las costillas y me tambaleo mientras recupero el aliento. Hay algo que no está protegiendo, lo sé. Quiero darle en la cara, pero quizá no sea lo más inteligente. La observo unos segundos; sube demasiado las manos, las usa para proteger la nariz y las mejillas, lo que deja expuestos el estómago y las costillas. Molly y yo tenemos el mismo defecto en combate.

Nos miramos a los ojos un segundo.

Pruebo con un gancho bajo el ombligo. Se me hunde el puño en su carne, lo que la obliga a dejar escapar el aire; lo noto contra mi oreja. Mientras lo hace, la tiro de una patada en las piernas, y la chica cae al suelo levantando una nube de polvo. Echo el pie atrás y le doy en las costillas con todas mis fuerzas.

Mis padres no aprobarían que pateara a alguien que está en el suelo.

No me importa.

Se hace un ovillo para proteger el costado, pero vuelvo a patearla, esta vez en el estómago.

«Parece una niña pequeña.»

Le doy una patada en la cabeza. Le sale sangre por la nariz y se mancha toda la cara.

«Miradla.»

Otra patada en el pecho.

Echo de nuevo el pie atrás, pero Cuatro me agarra por los brazos y me aparta de ella con tanta fuerza que no puedo resistirme. Respiro entre dientes, mirando la cara cubierta de sangre de Molly; en cierto modo, el color es intenso, brillante y bonito.

La chica gruñe y emite un sonido líquido; le cae sangre por los labios.

—Ya has ganado —masculla Cuatro—. Para.

Me seco el sudor de la frente. Él me mira con los ojos demasiado abiertos, como alarmados.

—Creo que deberías irte, dar un paseo —me dice.

—Estoy bien. Ya estoy bien —repito, esta vez para mí.

Ojalá pudiera decir que me siento culpable por lo que he hecho.

No es así.

CAPÍTULO

QUINCE

DÍA DE Visita. En cuanto abro los ojos, lo recuerdo. El corazón me salta de emoción, aunque se da un buen porrazo cuando veo a Molly cruzar cojeando el dormitorio, con la nariz morada entre tiras de vendas. Cuando la veo marcharse busco a Peter y a Drew. Ninguno de los dos está en el dormitorio, así que me cambio rápidamente, ya que, mientras ellos no estén aquí, no me importa quién me vea en ropa interior; ya no.

Todos los demás se visten en silencio, ni siquiera Christina sonríe. Todos sabemos que quizá no encontremos a nadie en el Pozo, por mucho que busquemos entre el mar de rostros.

Hago la cama con las puntas de las sábanas bien estiradas, como me enseñó mi padre. Cuando estoy quitando un pelo descarriado de la almohada, Eric entra en el cuarto.

—¡Atención! —anuncia mientras se quita un mechón de pelo oscuro de los ojos—. Quiero daros un consejo para hoy. Si, por un milagro, vuestras familias vienen de visita… —dice, y se detiene para mirarnos a la cara y sonreír—, cosa que dudo, lo mejor es no parecer demasiado unidos a ellas. Así será más fácil para vosotros y para vuestros familiares. Además, aquí nos tomamos muy en serio la frase: «La facción antes que la sangre». El vínculo con vuestra familia indica que no estáis del todo satisfechos con vuestra facción, lo que sería una vergüenza. ¿Entendido?

Lo entiendo, noto el tono de amenaza en la severa voz de Eric. De todo el discurso, lo único que decía de corazón era lo último: que somos de Osadía y que necesitamos actuar en consecuencia.

Al salir del dormitorio, Eric me para.

—Quizá te haya subestimado, estirada —dice—. Ayer lo hiciste bien.

Me quedo mirándolo y, por primera vez desde que le di la paliza a Molly, me remuerde la conciencia.

Si Eric piensa que he hecho algo bien, debo de haberlo hecho mal.

—Gracias —respondo, y salgo a toda prisa del dormitorio.

Cuando mis ojos se adaptan a la tenue luz del pasillo, veo a Christina y a Will delante, Will riéndose, seguramente de una broma de Christina. No intento alcanzarlos, ya que, por algún motivo, me da la impresión de que sería un error interrumpirlos.

Falta Al. No lo he visto en el dormitorio y no lo veo de camino al Pozo. Quizá ya esté allí.

Me paso los dedos por el pelo y me hago un moño. Reviso mi ropa, ¿estoy bien tapada? Los pantalones son estrechos y se me ve la clavícula, no lo aprobarán.
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