En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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¿A quién le importa que lo aprueben? Aprieto la mandíbula. Ahora, esta es mi facción, esta es la ropa que lleva mi facción. Me paro justo antes de que acabe el pasillo.

Hay grupitos de familias en el fondo del Pozo, casi todas familias de Osadía con iniciados. Siguen resultándome extraños: una madre con un piercing en la ceja, un padre con un brazo tatuado, un iniciado con el pelo morado, una unidad familiar saludable. Veo a Drew y a Molly solos en un extremo de la sala y reprimo una sonrisa. Al menos sus familias no han venido.

Pero la de Peter, sí. Está al lado de un hombre alto con cejas peludas y de una mujer pelirroja de aspecto sumiso. No se parece a ninguno de ellos. Los dos llevan pantalones negros y camisas blancas, típicos trajes de Verdad, y su padre habla tan alto que casi lo oigo desde donde estoy. ¿Sabrán qué clase de persona es su hijo?

Aunque, pensándolo bien…, ¿qué clase de persona soy yo?

Al otro lado de la sala, Will está con una mujer vestida de azul. No parece lo bastante mayor como para ser su madre, aunque tiene la misma arruga entre las cejas que él y el mismo cabello dorado. Una vez nos contó que tenía una hermana; quizá sea ella.

A su lado, Christina abraza a una mujer de piel oscura vestida con el blanco y negro de Verdad. De pie detrás de Christina hay una niña, también veraz; su hermana pequeña.

¿Me molesto en buscar a mis padres entre la multitud? Podría dar media vuelta y volver al dormitorio.

Entonces la veo: mi madre está sola, al lado de la barandilla, con las manos cruzadas delante de ella. Nunca ha parecido más fuera de lugar con sus pantalones grises y su chaqueta gris abotonada hasta el cuello, el pelo sujeto en su sencillo moño y la cara serena. Voy hacia ella con los ojos llenos de lágrimas. Ha venido, ha venido por mí.

Camino más deprisa. Me ve y, por un segundo, su cara no expresa nada, como si no supiera quién soy. Entonces se le iluminan los ojos y abre los brazos: huele a jabón y a detergente.

—Beatrice —susurra, pasándome una mano por el pelo.

«No llores», me digo.

La abrazo hasta que parpadeo varias veces y logro secarme las lágrimas; después me echo atrás para volver a mirarla. Sonrío con los labios cerrados, como hace ella. Me toca la mejilla.

—Mírate, estás más ancha —dice, poniéndome un brazo sobre los hombros—. Dime cómo te encuentras.

—Tú primero.

Las viejas costumbres no se pierden. Debo dejarla hablar primero, no debo permitir que la conversación se centre en mí demasiado tiempo, debo asegurarme de que no necesita nada.

—Hoy es una ocasión especial —me dice—. He venido a verte, así que mejor hablamos más de ti. Es mi regalo.

Mi sacrificada madre. No debería darme ningún regalo, teniendo en cuenta que la he abandonado a ella y también a mi padre. Camino a su lado hacia la barandilla que da al abismo, contenta de estar cerca de ella. La última semana y media he disfrutado de menos afecto del que suponía. En casa no nos tocamos mucho y, en toda mi vida, lo más cariñoso que he visto hacer a mis padres es darse la mano en la mesa del comedor, pero era más que esto, más que aquí.

—Solo una pregunta —digo, notando el pulso en la garganta—. ¿Dónde está papá? ¿Está visitando a Caleb?

—Ah —responde, sacudiendo la cabeza—, tu padre tenía que trabajar.

—Si no quería venir, puedes decírmelo —digo, bajando la vista.

—Últimamente, tu padre está siendo muy egoísta —contesta, mirándome a la cara—. Eso no quiere decir que no te quiera, te lo prometo.

Me quedo mirándola, pasmada: mi padre…, ¿egoísta? Más sorprendente que la etiqueta es el hecho de que se la haya asignado ella. No distingo si está enfadada ni espero ser capaz de hacerlo, pero debe de estarlo; si dice que es egoísta, tiene que estar enfadada.

—¿Y Caleb? —pregunto—. ¿Lo visitarás después?

—Ojalá pudiera, pero los de Erudición han prohibido que los visitantes de Abnegación entren en su complejo. Si lo intentara, me echarían.

—¿Qué? Eso es horrible. ¿Por qué lo hacen?

—La tensión entre ambas facciones es mayor que nunca. Ojalá no fuera así, pero poco puedo hacer al respecto.

Pienso en Caleb entre los otros iniciados de Erudición, buscando a nuestra madre entre la gente, y noto un pinchazo en el estómago. Parte de mí sigue enfadada con él por no contarme sus secretos, aunque tampoco quiero que sufra.

—Eso es horrible —repito, y miro hacia el abismo.

Cuatro está solo, junto a la barandilla. Aunque ya no es iniciado, casi todos los de Osadía aprovechan el día para estar con la familia. O su familia no se reúne o no ha nacido en Osadía.

—Ese es uno de mis instructores —digo, y me acerco más a mi madre—. Intimida un poco.

—Es guapo.

Asiento con la cabeza sin darme cuenta. Ella se ríe y me quita el brazo de los hombros. Quiero apartarla de él, pero, justo cuando estoy a punto de sugerir irnos a otro sitio, él mira atrás.

Sus ojos se abren como platos al ver a mi madre, que le ofrece una mano.

—Hola, me llamo Natalie, soy la madre de Beatrice.

Nunca había visto a mi madre estrechar la mano de nadie. Cuatro se la da, muy rígido, y la sacude dos veces. El gesto resulta poco natural en ambos. No, Cuatro no es de Osadía si le cuesta estrechar la mano de otra persona.

—Cuatro, encantado de conocerla.

—Cuatro —repite mi madre, sonriendo—. ¿Es un apodo?

—Sí —responde él, aunque no lo explica; ¿cuál será su nombre real?—. Su hija lo está haciendo bien, he estado supervisando su entrenamiento.

¿Desde cuándo «supervisar» significa lanzarme cuchillos y regañarme siempre que puede?

—Me alegra oírlo —responde ella—. Sé unas cuantas cosas sobre la iniciación de Osadía y estaba preocupada por ella.

Él me mira y me recorre la cara con los ojos, desde la nariz a la boca y desde la boca a la barbilla.

—No tiene de qué preocuparse.

No puedo evitar que me suba el rubor a las mejillas, espero que no se note.

¿La tranquiliza porque es mi madre o porque realmente cree que estoy capacitada? ¿Y qué ha querido decir esa mirada?

—No sé por qué, pero me resultas familiar, Cuatro —comenta ella, ladeando la cabeza.

—No sabría decirle —contesta, y su voz se vuelve fría—. No suelo relacionarme con abnegados.

Mi madre se ríe, tiene una risa ligera, medio aire, medio sonido.

—Pocas personas lo hacen estos días, no me lo tomo como algo personal.

—Bueno —responde él, algo más relajado—, las dejo a solas.

Las dos lo observamos alejarse. El rugido del río me retumba en los oídos. Puede que Cuatro fuera de Erudición, lo que explica que odie a los abnegados. O quizá se haya creído los artículos que publican los de Erudición sobre nosotros…, sobre ellos, me recuerdo. Sin embargo, ha sido amable por su parte decirle que lo estoy haciendo bien, cuando sé que no lo cree.

—¿Siempre es así? —pregunta mi madre.

—Peor.

—¿Has hecho amigos?

—Unos cuantos —respondo, y miro atrás, a Will, Christina y sus familias.

Cuando me ve Christina, me llama, sonriendo, así que mi madre y yo vamos al otro lado del Pozo.

Sin embargo, antes de llegar a Will y Christina, una mujer rechoncha y bajita con una camisa de rayas blancas y negras me toca el brazo. Doy un respingo y resisto el impulso de apartarla de un manotazo.

—Perdona —me dice—, ¿conoces a mi hijo? ¿Albert?

—¿Albert? —repito—. Ah, ¿se refiere a Al? Sí, lo conozco.

—¿Sabes dónde puedo encontrarlo? —pregunta, haciendo una seña al hombre que está detrás de ella, que es alto y tan robusto como una roca; el padre de Al, obviamente.

—Lo siento, no lo he visto esta mañana. A lo mejor lo encuentran allí arriba —sugiero, señalando el techo de cristal.

—Ay, preferiría no volver a subir —responde la madre de Al, abanicándose la cara con la mano—. Casi me da un ataque de pánico al bajar. ¿Por qué no hay barandillas en esos caminos? ¿Estáis todos locos?

Sonrío un poco. Hace unas semanas me habría ofendido la pregunta, pero ahora paso tanto tiempo con los trasladados de Verdad que no me sorprende su falta de tacto.

—Locos, no —respondo—. Osados, sí. Si lo veo, le diré que lo están buscando.

Veo que mi madre esboza la misma sonrisa que yo. No reacciona como algunos de los padres de los otros iniciados, que levantan la cabeza para examinar las paredes del Pozo, el techo del Pozo, el abismo… Por supuesto que no tiene curiosidad: es de Abnegación, la curiosidad le resulta ajena.

Presento a mi madre a Will y a Christina, y Christina me presenta a su madre y a su hermana. Pero cuando Will me presenta a Cara, su hermana mayor, ella me echa una mirada capaz de marchitar plantas y no me ofrece la mano. Observa con odio a mi madre.

—No puedo creerme que te relaciones con uno de ellos, Will —dice.

Mi madre aprieta los labios, pero, claro, no contesta.

—Cara —la regaña Will, frunciendo el ceño—, no hay por qué ser maleducados.

—Claro que no. ¿Sabes quién es? —responde ella, señalando a mi madre—. Es la mujer de un miembro del consejo, para que lo sepas. Dirige la «agencia de voluntarios» que, supuestamente, ayuda a los abandonados. ¿Se cree que no sabemos que guardan la mercancía para distribuirla entre los de su facción, mientras que nosotros llevamos un mes sin alimentos frescos, eh? Comida para los abandonados, qué engaño.

—Lo siento —responde mi madre con amabilidad—. Creo que se está confundiendo.

—Confundiendo, ja —suelta Cara—. Seguro que son justo lo que aparentan: una facción de buenos samaritanos sin una pizca de egoísmo en el cuerpo. Claro.

—No le hables así a mi madre —le digo, notando que me sube el calor a la cara; aprieto los puños—. Como digas otra palabra, te juro que te rompo la nariz.

—Retrocede, Tris —dice Will—, no vas a pegarle un puñetazo a mi hermana.

—¿Ah, no? —respondo, arqueando las cejas—. ¿Tú crees?

—No, no lo vas a hacer —interviene mi madre, y me toca el hombro—. Venga, Beatrice, no queremos molestar a la hermana de tu amigo.

Suena amable, pero me aprieta el brazo con tanta fuerza que estoy a punto de gritar de dolor mientras me aleja de allí a rastras. Camina a mi lado, deprisa, hacia el comedor. Sin embargo, justo antes de llegar, gira a la izquierda y se mete en uno de los oscuros pasillos que todavía no he explorado.

—Mamá. Mamá, ¿cómo sabes adónde vamos?

Se detiene al lado de una puerta cerrada y se pone de puntillas para asomarse a la base de un farol azul que cuelga del techo. Unos segundos después asiente con la cabeza y se vuelve de nuevo hacia mí.

—Te he dicho que no hagas preguntas sobre mí, y lo decía en serio. ¿Cómo te va de verdad, Beatrice? ¿Cómo han ido las peleas? ¿Qué puesto llevas en la clasificación?

—¿Clasificación? ¿Sabes que he estado luchando? ¿Sabes que me clasifican?

—El proceso de iniciación de Osadía no es información de alto secreto.

No sé lo fácil que será averiguar lo que hacen las demás facciones durante la iniciación, aunque sospecho que no tanto.

—Estoy de los últimos, mamá —respondo, despacio.

—Bien —dice, asintiendo—. Nadie se fija mucho en los últimos. Presta atención, Beatrice, es muy importante: ¿cuál fue tu resultado en la prueba de aptitud?

La advertencia de Tori me palpita en la cabeza: «No se lo cuentes a nadie». Debería decirle que me salió Abnegación, porque eso registró Tori en el sistema.

La miro a los ojos, que son verde pálido y están rodeados de un borrón negro de pestañas. Tiene arrugas alrededor de los labios, pero, aparte de eso, no aparenta su edad. Las arrugas se hacen más profundas cuando tararea; solía tararear mientras fregaba los platos.

Es mi madre.

Puedo confiar en ella.

—No fueron concluyentes —digo en voz baja.

—Eso me parecía —responde, y suspira—. Muchos de los niños criados en Abnegación obtienen ese resultado, no sabemos por qué. Pero debes tener cuidado durante la siguiente etapa de la iniciación, Beatrice. Procura que tus resultados sean del montón, no destaques. ¿Lo entiendes?

—Mamá, ¿qué está pasando?

—Me da igual la facción que escojas —responde, tocándome las mejillas—. Soy tu madre y quiero que estés a salvo.

—Es porque soy una… —empiezo a decirlo, pero ella me tapa la boca.

—No digas esa palabra —me ordena entre dientes—. Nunca.

Así que Tori estaba en lo cierto: es peligroso ser divergente. El problema es que todavía no sé por qué, ni siquiera sé qué significa realmente.

—¿Por qué?

—No te lo puedo decir.

Vuelve la vista atrás, apenas se ve la luz del fondo del Pozo. Oigo gritos y conversaciones, risas y arrastrar de pies. El olor del comedor me llega flotando por el aire, huele a dulce y levadura: pan horneándose. Cuando mi madre se vuelve hacia mí pone cara de determinación.

—Quiero que hagas una cosa. No puedo ir a visitar a tu hermano, pero tú sí, cuando acabe la iniciación. Así que quiero que vayas a verlo y que le digas que investigue el suero de la simulación, ¿vale? ¿Podrías hacerme ese favor?

—¡No si no me explicas algo, mamá! —respondo, cruzándome de brazos—. ¡Si quieres que vaya a pasar el día al complejo de Erudición tendrás que darme un motivo!

—No puedo, lo siento —dice; me besa en la mejilla y me mete detrás de la oreja un mechón de pelo que se me ha salido del moño—. Debería marcharme. Quedarás bien si parece que no estamos demasiado unidas.

—Me da igual quedar bien.

—Pues no debería. Sospecho que ya te están vigilando.

Se aleja y me quedo demasiado pasmada para seguirla; al final del pasillo se vuelve y añade:

—Tómate un trozo de tarta por mí, ¿vale? La de chocolate. Está deliciosa. —Después esboza una sonrisa extraña y torcida y dice—: Te quiero, espero que lo sepas.

Y se va.

Me quedo sola bajo la luz azul que emite el farol y lo entiendo: ha estado en el complejo antes; recordaba este pasillo; sabe cosas sobre el proceso de iniciación.

Mi madre era de Osadía.

CAPÍTULO

DIECISÉIS

ESA TARDE vuelvo al dormitorio mientras los demás pasan tiempo con sus familias, y allí me encuentro con Al sentado en su cama, mirando el espacio de la pared donde suele estar la pizarra. Cuatro se la ha llevado hoy para poder calcular la clasificación de la primera etapa.

—¡Estás aquí! —exclamo—. Tus padres te estaban buscando, ¿te han encontrado?

Sacude la cabeza.

Me siento a su lado en la cama. Mi pierna no llega a ser ni la mitad de ancha que la suya, a pesar de estar más musculosa que antes. Él lleva pantalones cortos negros, y le veo la rodilla amoratada y una cicatriz que la cruza de lado a lado.

—¿No querías verlos? —pregunto.

—No quería que me preguntaran cómo me iba —responde—. Tendría que decírselo y sabrían que estaba mintiendo.

—Bueno… —respondo, intentando pensar en qué decir—. ¿Qué es lo que no te va bien?

—He perdido todas las peleas desde la de Will —responde Al, después de una risa amarga—. No voy bien.

—Pero porque tú lo has querido. ¿Eso no podrías decírselo?

—Mi padre siempre ha querido que viniese aquí —responde, sacudiendo la cabeza—. Es decir, siempre han dicho que querían que me quedara en Verdad, pero solo porque era lo que se suponía que debían decir. Siempre han admirado a los de Osadía. Si intentara explicárselo, no lo entenderían.

—Ah —respondo, y me pongo a darme golpecitos con los dedos en la rodilla; después lo miro—. ¿Por eso elegiste Osadía? ¿Por tus padres?

—No, supongo que porque… creo que es importante proteger a las personas, defenderlas. Como hiciste tú por mí —comenta, sonriendo—. Se supone que eso hacen los de Osadía, ¿no? Eso es el valor, no… hacer daño a los demás sin ningún motivo.
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