En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




descargar 1.04 Mb.
títuloEn el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los
página17/38
fecha de publicación28.01.2016
tamaño1.04 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Documentos > Documentos
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   38

—No te muevas —le digo.

Estoy tranquila, aunque no oigo nada, como si tuviera la cabeza bajo el agua. Edward se retuerce de nuevo en el suelo y repito más alto, con más autoridad:

—Te he dicho que no te muevas. Respira.

—¡Mi ojo! —grita.

Huelo algo asqueroso: alguien ha vomitado.

—¡Sácalo! —chilla—. ¡Sácalo, sácamelo, sácalo!

Sacudo la cabeza hasta que me doy cuenta de que no puede verme. Se me atasca una carcajada en las tripas, una risa histérica; tengo que reprimir la histeria si quiero ayudarlo, tengo que olvidarme de mí.

—No —respondo—, tienes que dejar que lo saque el médico, ¿me oyes? Deja que lo saque el médico. Y respira.

—Duele —solloza.

—Ya lo sé —digo, usando la voz de mi madre, en vez de la mía.

Es como si la viera agachada junto a mí en la acera frente a nuestra casa, limpiándome las lágrimas de la cara después de haberme arañado la rodilla. Yo tenía cinco años.

—No pasará nada —le digo, intentando sonar segura, como si no lo dijera para tranquilizarlo sin más, aunque, en realidad, no sé si no pasará nada. Sospecho que algo sí que pasará.

Cuando llega la enfermera me pide que me aparte y lo hago. Tengo las manos y las rodillas empapadas en sangre. Cuando miro a mi alrededor, veo que solo faltan dos caras.

Drew.

Y Peter.

Cuando se llevan a Peter, me llevo ropa limpia al baño y me lavo las manos. Christina viene conmigo y se queda junto a la puerta, pero no dice nada, cosa que le agradezco; no hay mucho que decir.

Me restriego las líneas de las palmas de las manos y me meto una uña bajo las demás uñas para sacar la sangre. Me pongo los pantalones limpios y tiro los manchados a la basura. Saco todas las toallitas de papel que me caben en la mano. Alguien tiene que limpiar la porquería del dormitorio y, como dudo que vuelva a dormirme, bien puedo hacerlo yo.

Cuando voy a girar el pomo de la puerta, Christina comenta:

—Sabes quién ha sido, ¿verdad?

—Sí.

—¿Deberíamos contárselo a alguien?

—¿De verdad crees que los de Osadía harán algo? ¿Después de colgarte sobre el abismo? ¿Después de obligarnos a molernos a palos?

Ella no responde.

Me paso media hora arrodillada en el suelo del dormitorio, restregando la sangre de Edward. Christina se lleva las toallitas de papel sucias y me trae limpias. Myra no está; seguramente ha ido con Edward al hospital.

Nadie duerme mucho esta noche.

—Esto va a sonar raro —dice Will—, pero ojalá no nos hubieran dado un día libre.

Asiento con la cabeza, sé a qué se refiere. Tener algo que hacer me distraería, y eso me vendría muy bien ahora mismo.

No he pasado mucho tiempo a solas con Will, pero Christina y Al están echando una siesta en el dormitorio, y nosotros dos no queríamos estar más rato de lo necesario allí dentro. No es que Will me lo haya dicho, pero lo sé.

Me meto la uña de un dedo debajo de la de otro. Aunque me lavé las manos a conciencia después de limpiar la sangre de Edward, todavía la noto en las manos. Will y yo caminamos sin un objetivo en mente, no hay adónde ir.

—Podríamos hacerle una visita —sugiere—, pero ¿qué le decimos?: ¿«No te conocía mucho, pero siento que te hayan apuñalado en el ojo»?

No tiene gracia, lo sé en cuanto lo dice, pero, a pesar de todo, me sube la risa y dejo que salga, porque es más fácil que guardarla dentro. Will se me queda mirando un segundo antes de echarse a reír. A veces solo se puede reír o llorar, y reír sienta mucho mejor en estos momentos.

—Lo siento —respondo—, es que es tan ridículo…

No quiero llorar por Edward, al menos, no de la forma profunda y personal que lloraría por un amigo o un ser querido. Quiero llorar porque ha pasado algo terrible y yo lo he visto, y no he encontrado la forma de arreglarlo. Nadie con deseos de castigar a Peter tiene la autoridad para hacerlo, y nadie con la autoridad para hacerlo quiere castigarlo. En Osadía hay normas que prohíben atacar a alguien de esa manera, pero, con la gente como Eric al mando, sospecho que no se aplican mucho.

—Lo más ridículo es que en cualquier otra facción seríamos valientes si le contáramos a alguien lo que ha pasado —comento, más seria—. Pero aquí…, precisamente en Osadía…, la valentía no nos servirá de nada.

—¿Alguna vez has leído los manifiestos de las facciones?

—¿Tú sí? —pregunto, frunciendo el ceño, hasta que recuerdo que Will memorizó una vez por diversión un mapa de la ciudad—. Ah, claro que sí. No me hagas caso.

—Una de las líneas que recuerdo del manifiesto de Osadía es: «Creemos en los actos cotidianos de valentía, en el coraje que impulsa a una persona a defender a otra».

Suspira.

No necesita decir más, sé a qué se refiere. Quizá Osadía se formara con buenas intenciones, con los ideales y los objetivos correctos, pero se han desviado de ellos. Y me doy cuenta de que lo mismo puede decirse de Erudición. Hace mucho tiempo, en Erudición se primaba la búsqueda del conocimiento y el ingenio para hacer el bien. Ahora se prima la búsqueda del conocimiento y el ingenio por codicia. Me pregunto si las demás facciones tendrán el mismo problema, nunca lo había pensado.

Sin embargo, a pesar de la depravación que veo en Osadía, no podría abandonarla. No es solo porque la idea de vivir sin facción, completamente aislada, me parezca un destino peor que la muerte, sino porque en los breves momentos en los que me ha encantado estar aquí he visto una facción que merece la pena salvar. Quizá podamos volver a ser valientes y honorables.

—Vamos a la cafetería a comer tarta —propone Will.

—Vale —respondo, sonriendo.

Mientras nos dirigimos al Pozo me repito la línea que ha citado Will para no olvidarla: «Creo en los actos cotidianos de valentía, en el coraje que impulsa a una persona a defender a otra».

Es una idea preciosa.

Más tarde, cuando regreso al dormitorio, han quitado la ropa de cama de la litera de Edward, y sus cajones están abiertos y vacíos. Al otro lado del cuarto, la parte de Myra está igual.

Cuando pregunto a Christina dónde se han ido, me responde:

—Lo han dejado.

—¿Myra también?

—Ha dicho que no quería estar aquí sin él, que, de todos modos, la iban a echar —explica, y se encoge de hombros como si no se le ocurriera qué más decir; si es cierto, sé cómo se siente—. Al menos no echaron a Al.

Se suponía que iban a echarlo, pero la salida de Edward lo salva. Los de Osadía decidieron salvarlo hasta la siguiente etapa.

—¿Quién más ha salido? —pregunto.

—Dos de Osadía —responde Christina, encogiéndose de hombros otra vez—. No recuerdo sus nombres.

Asiento con la cabeza y miro la pizarra. Alguien ha tachado con una raya los nombres de Edward y Myra, y ha cambiado los números al lado de los nombres. Ahora, Peter es primero; Will es segundo; yo soy quinta. Empezamos la primera etapa con nueve iniciados.

Ahora somos siete.

CAPÍTULO

DIECISIETE

ES MEDIODIA, hora de comer.

Estoy sentada en un pasillo que no reconozco. Vine aquí porque necesitaba salir del dormitorio. A lo mejor si me traigo mi manta aquí no tengo que volver allí de nuevo. Quizá sea cosa de mi imaginación, pero todavía me huele a sangre, a pesar de que restregué el suelo hasta que me dolieron las manos y alguien echó lejía esta mañana.

Me pellizco el puente de la nariz. Restregar el suelo cuando nadie más quería hacerlo es algo que hubiera hecho mi madre. Si no puedo estar con ella, al menos actuaré como ella de vez en cuando.

Oigo que se acerca alguien, sus pasos retumban en el suelo de piedra; me miro los zapatos. Cambié mis deportivas grises por otras negras hace una semana, pero las grises están guardadas en uno de mis cajones; fui incapaz de tirarlas, a pesar de que sé que es una tontería sentir apego por unas zapatillas, como si ellas tuvieran el poder de llevarme a casa.

—¿Tris?

Levanto la mirada: tengo a Uriah delante, me saluda con la mano desde el grupo de iniciados de Osadía con los que va. Los demás se miran entre ellos, aunque siguen caminando.

—¿Estás bien? —me pregunta.

—He tenido una noche difícil.

—Sí, he oído lo de ese chico, Edward —responde Uriah, mirando el pasillo; los iniciados de Osadía han doblado una esquina—. ¿Quieres salir de aquí? —pregunta, sonriendo un poquito.

—¿Qué? ¿Adónde vais?

—A un pequeño ritual de iniciación. Venga, tenemos que darnos prisa.

Medito un segundo mis opciones: quedarme aquí sentada o salir del complejo.

Me pongo en pie y corro al lado de Uriah para alcanzar a los otros iniciados.

—Normalmente solo dejan ir a los iniciados con hermanos mayores en Osadía —explica—, pero quizá no se den cuenta. Tú actúa como si nada.

—¿Qué vamos a hacer exactamente?

—Algo peligroso —responde.

Me echa una mirada que solo podría describirse como de osado maníaco, aunque, en vez de echarme para atrás, como habría sucedido hace unas semanas, la imito, como si fuera contagiosa. La lúgubre sensación con la que cargo da paso a la emoción. Frenamos cuando alcanzamos a los otros.

—¿Qué hace aquí la estirada? —pregunta un chico que lleva un anillo metálico entre los orificios nasales.

—Acaba de ver cómo apuñalaban a ese chico en el ojo, Gabe —responde Uriah—. Déjala en paz, ¿vale?

Gabe se encoge de hombros y se vuelve. Nadie más dice nada, aunque algunos me miran de reojo, como si me evaluaran. Los iniciados nacidos en Osadía son como una manada de perros: si hago algo mal, no me dejarán ir con ellos. Sin embargo, por ahora, estoy a salvo.

Doblamos otra esquina y vemos a un grupo de miembros al final del siguiente pasillo. Hay demasiados para que todos sean familiares de un iniciado nacido en la facción, aunque distingo algunos parecidos entre las caras.

—Vamos —dice uno de los miembros, que se da la vuelta y se mete por una puerta a oscuras.

Los demás miembros los siguen, y nosotros los seguimos. Me quedo cerca de Uriah y doy con un escalón. Estoy a punto de caer de boca, pero me doy cuenta a tiempo y empiezo a subir.

—Escalera de atrás —dice Uriah, casi mascullando—. Suele estar cerrada.

Asiento con la cabeza, aunque no me vea, y sigo subiendo hasta que se acaban los escalones y aparece una puerta abierta en lo alto, por la que entra la luz del sol. Salimos a nivel del suelo, al lado de las vías del tren, a unos cuantos cientos de metros del edificio de cristal que está sobre el Pozo.

Es como si hubiese hecho esto miles de veces: oigo la bocina del tren, noto las vibraciones en el suelo, veo la luz en el vagón de cabeza, me crujo los nudillos y doy un salto sobre las puntas de los pies.

Corremos todos a la vez junto al vagón y, en tandas, miembros e iniciados por igual caen dentro. Uriah entra antes que yo y los demás me empujan por detrás. No puedo cometer errores; me lanzo de lado, me agarro al asidero del lateral y me impulso al interior. Uriah me agarra del brazo para ayudarme a recuperar el equilibrio.

El tren acelera, y los dos nos sentamos con la espalda contra la pared.

—¿Adónde vamos? —grito para hacerme oír por encima del viento.

—Zeke no me lo ha dicho nunca —responde, encogiéndose de hombros.

—¿Zeke?

—Mi hermano mayor —responde, señalando a un chico que está sentado en la puerta con las piernas colgando del vagón.

Es menudo y bajito, no se parece en nada a Uriah, aparte del color de la piel.

—No se cuenta, ¡no hay que fastidiar la sorpresa! —grita la chica que tengo a la izquierda, que me ofrece una mano—. Soy Shauna.

Acepto su mano, pero no la aprieto lo suficiente y la suelto demasiado deprisa. Dudo que algún día consiga mejorar mi apretón de manos, me resulta antinatural dar la mano a desconocidos.

—Yo soy… —empiezo a decir.

—Sé quién eres, eres la estirada. Cuatro me ha hablado de ti.

Rezo para que no se me note el color de las mejillas.

—¿Ah, sí? ¿Y qué te ha dicho?

—Me dijo que eres una estirada —responde, sonriendo con malicia—. ¿Por qué lo preguntas?

—Si mi instructor está hablando de mí, me gustaría saber qué dice —respondo procurando ser firme y con la esperanza de que la mentira resulte convincente—. Él no viene, ¿no?

—No, nunca viene a esto. Seguramente ya no le interesa. Hay pocas cosas que lo asusten, ya sabes.

No viene. Algo dentro de mí se desinfla como un globo sin atar, pero no hago caso y asiento con la cabeza. Sé que Cuatro no es un cobarde, aunque también sé que hay al menos una cosa que lo asusta: las alturas. Sea lo que sea lo que vayamos a hacer, si él lo evita, debe de tener algo que ver con estar en un sitio alto. Shauna no debe de saberlo, ya que habla de él con mucha admiración.

—¿Lo conoces bien? —pregunto; soy demasiado curiosa, siempre lo he sido.

—Todos conocen a Cuatro —responde—. Fuimos iniciados juntos. Lo mío no era pelear, así que me daba clases todas las noches, mientras los demás dormían —explica; se rasca la nuca y, de repente, se pone seria—. Fue muy amable.

Se levanta y se pone detrás de los miembros que se han sentado en la puerta. Al cabo de un segundo deja de estar seria, pero sigo algo nerviosa por lo que ha dicho, medio desconcertada por la idea de que Cuatro sea «amable» y medio queriendo dar a la chica un puñetazo sin razón aparente.

—¡Allá vamos! —grita Shauna.

El tren no frena, pero se lanza afuera. Los otros miembros la siguen, un chorro de gente de negro y agujereada no mucho mayor que yo. Estoy en la puerta, al lado de Uriah. El tren va mucho más deprisa que las demás veces que he saltado, pero no puedo perder los nervios ahora, delante de todos estos miembros, así que salto, caigo con fuerza en el suelo y doy unos cuantos pasos tambaleantes antes de recuperar el equilibrio.

Uriah y yo corremos para alcanzar a los demás, junto con los otros iniciados, que apenas me miran.

Yo sí miro a mi alrededor mientras camino. Tenemos el Centro detrás, negro sobre las nubes, aunque los edificios que nos rodean están a oscuras y en silencio, lo que significa que debemos de estar al norte del puente, en el lado abandonado de la ciudad.

Doblamos una esquina y nos desperdigamos por Michigan Avenue. Al sur del puente, Michigan Avenue es una calle animada, llena de gente, pero aquí está vacía.

En cuanto levanto la mirada para examinar los edificios, sé adónde vamos: un edificio vacío, el Hancock, una columna negra con vigas entrecruzadas, el edificio más alto al norte del puente.

Pero ¿qué vamos a hacer? ¿Treparlo?

Al acercarnos, los miembros empiezan a correr, y Uriah y yo corremos para alcanzarlos. Ellos se dan codazos para entrar por las puertas de la base del edificio; el cristal de una de ellas está roto, por lo que solo queda el marco. Paso a través de él en vez de abrir la puerta y sigo a los miembros por un espeluznante vestíbulo a oscuras, oyendo el crujido de los cristales rotos bajo los zapatos.

Imagino que vamos a subir las escaleras, pero nos detenemos al lado de los ascensores.

—¿Funcionan los ascensores? —pregunto a Uriah bajando el tono de voz todo lo posible.

—Claro que sí —responde Zeke, poniendo los ojos en blanco—. ¿Crees que soy tan estúpido como para no haber venido antes a encender el generador de emergencia?

—Sí, la verdad es que sí —dice Uriah.

Zeke lanza una mirada asesina a su hermano, le agarra la cabeza con un brazo y le restriega los nudillos por el cráneo. Puede que Zeke sea más bajo que Uriah, pero debe de ser más fuerte o, al menos, más rápido. Uriah le da un golpe en el costado, y su hermano lo suelta.

Sonrío al ver el pelo alborotado de Uriah justo cuando se abren las puertas de los ascensores. Entramos todos a la vez, los miembros en uno y los iniciados en otro. Una chica de cabeza rapada me pisa al entrar y no se disculpa. Me agarro el pie, hago una mueca y considero la posibilidad de darle una patada en las espinillas. Uriah se mira en las puertas del ascensor mientras se peina con las manos.
1   ...   13   14   15   16   17   18   19   20   ...   38

similar:

En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los iconNos define como una sociedad de enorme niveles de consumo. Si lo...

En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los iconSe plantearon preguntas que tienes que responder, cada una de ellas...

En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los iconResumen: En este trabajo se nos ha encargado el análisis de una secuencia...

En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los iconLas vitaminas son vitales. La salud es resiente cuando no tomamos...

En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los iconLos textos de Aristóteles
«eudemonista», es decir, una ética de la felicidad. Pero es también una ética de la virtud, el medio por excelencia para alcanzar...

En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los iconDepartamento de humanidades y ciencias sociales
«enriquecidos» con genes de acuerdo con los deseos de los padres. Según otros investigadores, esta gestión y control de los genes,...

En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los iconOrígenes de la psicogenealogía
«la verdad no está en una sola cabeza, lo que yo diga es válido hasta cierto punto y hay riesgo de equivocación»

En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los iconCada kin (día) es una frecuencia arquetípica, modelo ideal de vibración...

En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los icon8. ¿Cuál es la diferenci a básica entre una espiga y una panícula?...

En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los iconResumen Si aceptamos que existe una estrecha interrelación entre...




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com