En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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—¿Por qué un halcón? —suelto cuando ella me coloca un electrodo en la frente.

—Nunca había conocido a un abnegado curioso —responde, arqueando una ceja.

Me estremezco y el vello de los brazos se me pone de punta. Mi curiosidad es un error, una traición a los valores de mi grupo.

Mientras tararea un poco, me pone otro electrodo en la frente y explica:

—En algunas partes del mundo antiguo, el halcón era el símbolo del sol. Cuando me hice esto supuse que, si llevaba el sol siempre conmigo, nunca temería la oscuridad.

Intenté evitar preguntar otra cosa, pero no lo conseguí.

—¿Te da miedo la oscuridad?

—Me daba miedo la oscuridad —me corrige mientras se pone el siguiente electrodo en la frente y lo une a un cable; después, se encoge de hombros—. Ahora me recuerda el miedo que he superado.

Se pone detrás de mí. Aprieto los reposabrazos con tanta fuerza que mis nudillos dejan de estar rojos. Tori tira hacia ella de algunos cables, me los pone, se los pone y los engancha a la máquina que tiene detrás. Después me da un frasco lleno de líquido transparente.

—Bébete esto —me dice.

—¿Qué es? —pregunto; noto la garganta hinchada y trago saliva con dificultad—. ¿Qué va a pasar?

—No te lo puedo decir. Confía en mí.

Consigo expulsar el aire de los pulmones y me echo en la boca el contenido del frasco. Cierro los ojos.

Cuando los abro ha pasado solo un instante, pero me encuentro en otro sitio. Estoy de nuevo en el comedor del instituto, aunque las largas mesas están vacías y a través de las ventanas veo que está nevando. En la mesa que tengo delante hay dos cestas: en una hay un trozo de queso y, en la otra, un cuchillo tan largo como mi antebrazo.

Detrás de mí, una voz de mujer me dice:

—Elige.

—¿Por qué?

—Elige —repite.

Miro atrás, pero no hay nadie. Me vuelvo hacia las cestas.

—¿Qué haré con ellas?

—¡Elige! —me grita.

Cuando me grita noto que el miedo desaparece y lo sustituye la tozudez. Frunzo el ceño y me cruzo de brazos.

—Como prefieras —dice ella.

Las cestas desaparecen, oigo el chirrido de una puerta y me vuelvo para ver quién es. Pero no es alguien, sino algo: un perro con un hocico alargado está a pocos metros de mí. Se agacha y avanza enseñándome los dientes; de lo más profundo de su garganta surge un gruñido, y entonces entiendo para qué me habría servido el queso. O el cuchillo. Sin embargo, ya es demasiado tarde.

Pienso en correr, pero el perro será más rápido que yo. No puedo luchar con él y tirarlo al suelo. Se me acelera el corazón, tengo que decidirme. Si salto sobre una de las mesas y la uso de escudo… No, soy demasiado baja para saltar por encima y no tengo la fuerza suficiente para tirarla.

El perro ladra y casi noto la vibración del sonido en el cráneo.

Mi libro de Biología decía que los perros huelen el miedo por una sustancia química que segregan las glándulas humanas en momentos de tensión, la misma sustancia química que segrega la presa de un perro. Oler el miedo los impulsa a atacar. El perro se acerca más, oigo sus uñas arañar el suelo.

No puedo correr, no puedo luchar, así que huelo el asqueroso aliento del perro e intento no pensar en lo que habrá comido. En sus ojos no hay blanco, solo un brillo negro.

¿Qué más sé sobre perros? No debería mirarlo a los ojos, es un signo de agresión. Recuerdo haber pedido a mi padre un perro cuando era pequeña, y ahora, mirando al suelo frente a las patas de uno, no recuerdo por qué. Se acerca más, sigue gruñendo. Si mirarlo a los ojos es un signo de agresión, ¿qué sería un signo de sumisión?

Tengo la respiración alterada, aunque firme. Me pongo de rodillas. Lo que menos me apetece en el mundo es tumbarme en el suelo delante del perro (de modo que sus dientes estén a la altura de mi cara), pero es mi mejor opción, así que estiro las piernas detrás de mí y me apoyo en los codos. El perro se acerca más, cada vez más, hasta que noto su cálido aliento en el rostro. Me tiemblan los brazos.

Me ladra en la oreja y aprieto los dientes para no gritar.

Algo rasposo y húmedo me toca la mejilla. El perro deja de gruñir y, cuando levanto la cabeza para mirar, está jadeando: me ha lamido la cara. Frunzo el ceño y me siento sobre los talones, y el perro me pone las patas sobre las rodillas y me lame la barbilla. Hago una mueca, me limpio la saliva de la piel y me río.

—En realidad no eres una bestia asesina, ¿eh?

Me levanto poco a poco para no sobresaltarlo, pero parece un animal distinto al que se me había enfrentado unos segundos antes. Extiendo un brazo con cuidado, por si tengo que retirarlo rápidamente, y el perro me acaricia la mano con la cabeza. De repente me alegro mucho de no haber elegido el cuchillo.

Parpadeo y, cuando abro los ojos, al otro lado del cuarto hay una niña con un vestido blanco. La niña extiende los dos brazos y chilla:

—¡Cachorrito!

Mientras corre hacia el perro que tengo al lado, abro la boca para advertirla, pero es demasiado tarde: el perro se vuelve y, en vez de gruñir, ladra y sus músculos se contraen como un muelle, listo para saltar. No me lo pienso, solo reacciono: me lanzo sobre el perro y le rodeo el grueso cuello con los brazos.

Me doy con la cabeza contra el suelo. El perro ha desaparecido, al igual que la niña. Estoy sola en la sala de la prueba, que se ha quedado vacía. Me doy la vuelta lentamente y no me veo en los espejos. Abro la puerta y salgo al pasillo, pero no es un pasillo, sino un autobús, y todos los asientos están ocupados.

Me quedo en el pasillo y me agarro a una barra. Cerca de mí hay un hombre sentado leyendo el periódico. No le veo la cara por encima del periódico, aunque sí las manos, que están llenas de cicatrices, como si se las hubiera quemado, y se aferran al papel como si quisiera arrugarlo.

—¿Conoces a este tío? —pregunta, dando unos golpecitos en la portada del periódico; en el titular se lee: «¡Brutal asesino atrapado por fin!».

Me quedo mirando la palabra «asesino». Hace mucho tiempo que no la leía, pero incluso su forma me aterroriza.

En la fotografía, bajo el titular, se ve a un joven de cara normal con barba. Me da la impresión de que lo conozco, aunque no recuerdo de qué, y, a la vez, me da la impresión de que sería mala idea decírselo al hombre.

—¿Y? —insiste, enfadado—. ¿Lo conoces?

Una mala idea, no, una idea malísima. El corazón me late muy deprisa y me agarro a la barra para que no me tiemblen las manos y no delatarme. Si le digo que conozco al hombre del artículo, me sucederá algo horrible, pero puedo convencerlo de que no lo conozco. Puedo aclararme la garganta y encogerme de hombros, aunque eso sería mentir.

Me aclaro la garganta.

—¿Lo conoces? —repite.

Me encojo de hombros.

—¿Y?

Me estremezco. Mi miedo es irracional; esto no es más que una prueba, no es real.

—No —respondo, como si nada—. No tengo ni idea de quién es.

Se levanta y por fin le veo la cara: lleva gafas de sol oscuras y tuerce la boca como si gruñera. Tiene la mejilla repleta de cicatrices, como las manos. Se inclina sobre mí, cerca de mi cara, y el aliento le huele a cigarrillos. «No es real —me recuerdo—. No es real.»

—Mientes —dice—. ¡Estás mintiendo!

—No.

—Te lo veo en los ojos.

—No puedes —respondo, poniéndome más derecha.

—Si lo conoces podrías salvarme —insiste en voz baja—. ¡Podrías salvarme!

—Bueno —respondo, decidida, y entrecierro los ojos—, pues no lo conozco.

CAPÍTULO

TRES

ME DESPIERTO CON las manos sudorosas y una punzada de culpabilidad en el pecho. Estoy tumbada en el sillón de la habitación de los espejos. Echo la cabeza atrás y veo a Tori detrás de mí; tiene los labios apretados y está quitándonos a las dos los electrodos de la cabeza. Espero a que diga algo sobre la prueba, que ha terminado o que lo he hecho bien, aunque ¿cómo iba a hacerlo mal en una prueba de este tipo? Sin embargo, no me dice nada, se limita a quitarme los cables de la frente.

Me echo hacia delante y me seco las manos en los pantalones. Debo de haber hecho algo mal, aunque solo haya ocurrido en mi cabeza. ¿Tiene Tori esa expresión tan extraña porque no sabe cómo decirme lo mala persona que soy? Ojalá lo soltara de una vez.

—Esto ha sido desconcertante —dice al fin—. Perdona, ahora mismo vuelvo.

¿Desconcertante?

Me llevo las rodillas al pecho y escondo la cara en ellas. Tengo ganas de llorar, porque las lágrimas me ayudarían a descargarme un poco, pero no lo hago. ¿Cómo se puede suspender una prueba para la que no te dejan prepararte?

Me pongo más nerviosa conforme pasan los segundos. Tengo que limpiarme las manos constantemente porque no dejan de sudar… ¿o es porque hacerlo me calma? ¿Y si me dicen que no encajo en ninguna facción? Tendría que vivir en la calle, con los abandonados. No puedo hacerlo. Vivir sin una facción no es solo vivir en la pobreza y la incomodidad, es vivir al margen de la sociedad, separado de lo más importante que hay en la vida: la comunidad.

Mi madre me dijo una vez que no podemos sobrevivir solos, pero que, aunque pudiéramos, no querríamos hacerlo. Sin facción, no tenemos ni objetivo ni razón para vivir.

Sacudo la cabeza, no debo pensar así, tengo que mantener la calma.

Por fin se abre la puerta y entra Tori. Me agarro a los brazos del sillón.

—Siento haberte preocupado —me dice; se queda de pie, con las manos en los bolsillos, y parece tensa y pálida—. Beatrice, los resultados de tu prueba no han sido concluyentes. Normalmente, cada etapa de la simulación elimina una o más facciones, pero, en tu caso, solo se han descartado dos.

—¿Dos? —pregunto, mirándola; tengo la garganta tan cerrada que apenas puedo hablar.

—Si hubieras demostrado un desprecio automático por el cuchillo y elegido el queso, la simulación te habría llevado a otro escenario para confirmar tu aptitud por Cordialidad. Como eso no pasó, Cordialidad queda descartada —explica Tori, rascándose la nuca—. La simulación suele progresar de manera lineal, aislando una facción y descartando el resto. Las elecciones que has hecho ni siquiera permitían descartar Verdad, que era la siguiente posibilidad, así que tuve que alterar la simulación para ponerte en el autobús. Y, ahí, tu insistencia en mentir descartó Verdad. No te preocupes —añadió, sonriendo a medias—. Solo los veraces son sinceros en esa situación.

Uno de los nudos de mi pecho se suelta; quizá no sea tan mala persona.

—Bueno, supongo que eso no es del todo cierto: son sinceros los de Verdad… y los de Abnegación —se corrige—. Y eso nos supone un problema.

Se me abre la boca.

—Por un lado, te lanzaste sobre el perro en vez de dejar que atacara a la niña, lo que es una respuesta típica de Abnegación. Sin embargo, por el otro, cuando el hombre dijo que la verdad lo salvaría, seguiste negándote a contarla. No es una respuesta de Abnegación —explica, suspirando—. No huir del perro sugiere Osadía, pero también elegir el cuchillo, cosa que no hiciste. —Se aclara la garganta antes de seguir hablando—. Tu inteligente respuesta al perro indica una fuerte afinidad con Erudición. No tengo ni idea de cómo interpretar tu indecisión en la primera etapa, pero…

—Espera —la interrumpo—, entonces, ¿no tienes ni idea de cuál es mi aptitud?

—Sí y no. Mi conclusión es que demuestras tener igual aptitud para Abnegación, Osadía y Erudición. Las personas con este clase de resultados son… —empieza a decir, pero vuelve la vista atrás antes de hacerlo, como si esperara que apareciese alguien—. Se les llama… divergentes.

Dice la última palabra tan bajo que casi no la oigo, y Tori vuelve a ponerse tensa y a mirar detrás de ella. Rodea el sillón y se acerca más a mí.

—Beatrice, no debes compartir esta información con nadie, bajo ninguna circunstancia. Es muy importante.

—Se supone que no debemos revelar nuestros resultados —respondo, asintiendo con la cabeza—. Ya lo sé.

—No —insiste ella, arrodillándose al lado del sillón para apoyarse en el reposabrazos; nuestras caras están a pocos centímetros de distancia—. Esto es distinto, no me refiero a ahora; quiero decir que no debes contárselo a nadie nunca, pase lo que pase. La divergencia es extremadamente peligrosa. ¿Lo entiendes?

No lo entiendo, ¿por qué iban a ser peligrosos unos resultados no concluyentes? Sin embargo, asentí. De todos modos, no quería contarle lo de mis resultados a nadie.

—Vale.

Levanto las manos de los brazos del sillón y me levanto, algo inestable.

—Te aconsejo que vuelvas a casa —dice Tori—. Tienes mucho en qué pensar y quizá no te beneficie esperar con los demás.

—Tengo que decirle a mi hermano que me voy.

—Yo se lo diré.

Me toco la frente y me quedo contemplando el suelo al salir del cuarto. No puedo mirarla a los ojos, no puedo pensar en la Ceremonia de la Elección, que se celebra mañana.

Ahora sí que es mi elección, diga lo que diga la prueba.

Abnegación. Osadía. Erudición.

Divergente.

Decido no ir en autobús. Si llego a casa temprano, mi padre se dará cuenta cuando compruebe el registro al final del día, y tendré que explicarle lo sucedido. Así que voy andando. Tendré que interceptar a Caleb antes de que mencione algo a nuestros padres, pero Caleb sabe guardar un secreto.

Camino por el centro de la calzada. Los autobuses suelen pegarse a la acera, así que es más seguro ir por aquí. A veces, en las calles cercanas a mi casa, veo los sitios donde antes estaban las líneas amarillas. Ya no nos sirven para nada porque hay muy pocos coches. Tampoco necesitamos semáforos, aunque en algunos lugares todavía cuelgan en precario equilibrio sobre la calzada, como si fueran a caerse en cualquier momento.

Las obras de rehabilitación van muy lentas en la ciudad, que es un mosaico de edificios nuevos y limpios, y edificios viejos y en ruinas. Casi todos los nuevos están cerca del pantano, que hace mucho tiempo era un lago. La agencia de voluntarios de Abnegación en la que trabaja mi madre es responsable de casi todas las obras de rehabilitación.

Cuando examino el estilo de vida de mi facción desde fuera, me parece precioso. Me enamoro de nuevo de esta vida cuando observo a mi familia funcionar en armonía, cuando vamos a alguna comida de celebración y todos limpian juntos después sin que nadie se lo pida o cuando veo a Caleb ayudar a desconocidos a llevar la compra. Sin embargo, cuando intento vivirla yo misma, tengo problemas, como si no lo hiciera con sinceridad.

Por otro lado, elegir otra facción significa renunciar a mi familia. Para siempre.

Justo después del sector de Abnegación está la zona de estructuras de edificios y aceras rotas por la que paso ahora. Hay puntos en los que la calle se ha hundido del todo y deja al descubierto sistemas de alcantarillado y metros vacíos que debo esquivar con precaución, además de lugares que huelen tanto a aguas residuales y basura que tengo que taparme la nariz.

Aquí es donde viven los que no tienen facción. Como no lograron completar la iniciación de la facción que habían elegido, viven en la pobreza y hacen el trabajo que nadie quiere hacer: son porteros, obreros de la construcción y basureros; fabrican telas, manejan los trenes y conducen los autobuses. A cambio de su trabajo obtienen comida y ropa, pero, como dice mi madre, menos de la que necesitan.

Veo a uno de esos abandonados de pie en la esquina por la que voy a pasar. Lleva ropa marrón harapienta y la piel le cuelga de la mandíbula. Se me queda mirando y le devuelvo la mirada, incapaz de apartarla.

—Perdone —dice con voz ronca—, ¿tiene algo de comer?

Noto un nudo en la garganta. En mi cabeza, una voz muy severa me dice: «Agacha la cabeza y sigue andando».
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