En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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—No penséis, saltad.

Me vuelvo y, al hacerlo, me echo hacia atrás para perder el equilibrio. Caigo como una piedra, cierro los ojos y estiro un brazo para notar el viento. Relajo los músculos todo lo posible antes de dar contra la red, que es como una losa de cemento contra mi hombro. Aprieto los dientes y ruedo a un lado para agarrarme al poste que sujeta la red y sacar las piernas. Aterrizo de rodillas en la plataforma con los ojos llorosos.

Caleb chilla cuando la red se retuerce sobre su cuerpo y después se endereza. Me levanto con algo de dificultad.

—¡Caleb! —lo llamo entre dientes—. ¡Por aquí!

Con la respiración entrecortada, Caleb se arrastra hasta el lateral de la red y se deja caer por el borde. Se da contra la plataforma, hace una mueca, se levanta y se me queda mirando con la boca abierta.

—¿Cuántas veces… has tenido… que hacer eso? —pregunta entre jadeo y jadeo.

—Es la segunda.

Él sacude la cabeza.

Cuando mi padre llega a la red, Caleb lo ayuda a salir y, al llegar a la plataforma, se inclina y vomita por el borde. Bajo las escaleras hasta el fondo y oigo a Marcus gruñir cuando da contra la red.

La caverna está vacía y los pasillos, a oscuras.

Jeanine hablaba como si no quedara nadie en Osadía, salvo los soldados que había enviado de vuelta para proteger los ordenadores. Si encontramos a los soldados, encontraremos los ordenadores. Vuelvo la vista atrás: Marcus está en la plataforma, blanco como la cal, pero ileso.

—Así que este es el complejo de Osadía —comenta.

—Sí, ¿y?

—Y nunca imaginé que llegaría a verlo —contesta, acariciando una pared con la mano—. No hace falta que te pongas a la defensiva, Beatrice.

Nunca antes me había dado cuenta de lo fríos que eran sus ojos.

—¿Tienes un plan, Beatrice? —pregunta mi padre.

—Sí.

Y es cierto, lo tengo, aunque no sé bien cuándo lo he desarrollado.

Tampoco estoy segura de si funcionará o no. Puedo contar con unas cuantas cosas: que no hay muchos osados en el complejo, que los osados no son famosos por su sutileza y que haré lo que sea necesario para detenerlos.

Bajamos por el pasillo que da al Pozo, que está iluminado cada tres metros. Cuando entramos en la primera zona con luz, oigo un disparo y me tiro al suelo. Alguien debe de habernos visto. Me arrastro hasta el siguiente tramo oscuro. La chispa de la pistola ha salido del otro lado de la sala, de la puerta que lleva al Pozo.

—¿Todos bien? —pregunto.

—Sí —responde mi padre.

—Quedaos aquí.

Corro hasta el otro lado de la sala. Las luces sobresalen de la pared, así que justo debajo de cada una de ellas hay una rendija de sombra. Soy lo bastante menuda como para esconderme en ella si me pongo de lado. Puedo arrastrarme por el borde de la sala y sorprender al guardia que nos ha disparado antes de que me meta una bala en la cabeza. Puede.

Una de las cosas que agradezco a Osadía es la preparación para eliminar el miedo.

—¡Seas quien seas, baja el arma y levanta las manos! —grita una voz.

Me vuelvo hacia un lado y aprieto la espalda contra la pared de piedra. Me muevo rápidamente, cruzando un pie por delante del otro y entrecerrando los ojos para intentar ver en la oscuridad. Oigo otro tiro, llego a la última luz y me quedo un instante en la sombra, adaptándome a la iluminación.

No puedo ganar en una pelea, pero, si me muevo deprisa, no tendré que pelear. Con pasos ligeros camino hacia el guardia que está en la puerta. A pocos metros me doy cuenta de que conozco ese pelo oscuro que siempre brilla, incluso en la penumbra, y esa larga nariz de puente estrecho.

Es Peter.

Una corriente fría me recorre la piel, y me rodea el corazón y el estómago.

Tiene el rostro tenso, no está sonámbulo. Mira a su alrededor, pero sus ojos otean el aire sobre mí y más allá. A juzgar por su silencio, no pretende negociar con nosotros, nos matará sin hacer preguntas.

Me humedezco los labios, corro los últimos pasos y golpeo con la almohadilla de la palma de la mano. Acierto en la nariz, y él grita y levanta las dos manos para cubrirse la cara. Mi cuerpo recibe una sacudida de energía nerviosa y, mientras él entrecierra los ojos, yo le doy una patada en la ingle. Cae de rodillas, y con él la pistola, que corro a recoger para ponérsela contra la cabeza.

—¿Estás despierto? —pregunto.

Él levanta la cabeza y yo meto la bala en la recámara, arqueando una ceja.

—Los líderes de Osadía… evaluaron mi historial y me sacaron de la simulación.

—Porque supusieron que ya tenías tendencias homicidas y que no te importaría matar a unos cuantos cientos de personas estando consciente —respondo—. Tiene sentido.

—¡No soy un… asesino!

—Jamás había conocido a un veraz tan mentiroso —le digo, dándole golpecitos en el cráneo con la pistola—. ¿Dónde están los ordenadores que controlan la simulación, Peter?

—No me dispararás.

—La gente tiende a sobrevalorarme —respondo en voz baja—. Creen que no puedo ser cruel porque soy pequeña, mujer o estirada. Pero se equivocan.

Muevo el cañón ocho centímetros a la izquierda y le disparo en el brazo.

Su grito retumba por el pasillo, la sangre sale a chorros de la herida y él vuelve a gritar, apretando la frente contra el suelo. Coloco otra vez la pistola sobre su cabeza sin hacer caso de la punzada de culpabilidad que noto en el pecho.

—Ahora que eres consciente de tu error, te daré otra oportunidad para contarme lo que necesito saber. Si no, te dispararé en otro sitio peor —aviso.

Otra cosa con la que puedo contar: Peter no es nada altruista.

Se vuelve hacia mí y me clava un ojo muy brillante. Se muerde el labio inferior y la respiración le tiembla al salir. Y al entrar. Y al volver a salir.

—Están escuchando —me suelta—. Si no me matas tú, lo harán ellos. Solo te lo diré si me sacas de aquí.

—¿Qué?

—Que me saques…, aaah…, de aquí —dice, haciendo una mueca de dolor.

—¿Quieres que te lleve conmigo? ¿Que me lleve a la persona que intentó matarme?

—Sí —gruñe—. Si es que quieres que te diga lo que necesitas saber.

Parece una elección, pero no la hay: cada minuto que paso mirando a Peter, pensando en cómo me persigue en mis pesadillas y en el daño que me hizo, es otro minuto en el que muere otra docena de abnegados a manos del ejército dormido de Osadía.

—Vale —respondo, a punto de ahogarme con la palabra—. Vale.

Oigo pasos detrás de mí. Con el arma bien sujeta, me vuelvo: mi padre y los demás se acercan a nosotros.

Mi padre se quita su camisa de manga larga y veo que lleva una camiseta gris de manga corta debajo. Se agacha al lado de Peter y le ata con fuerza la tela alrededor del brazo. Mientras aprieta la tela contra la sangre que le corre por el brazo, me mira y pregunta:

—¿De verdad era necesario dispararle?

No respondo.

—A veces, el dolor es por el bien común —dice Marcus con mucha calma.

Me lo imagino de pie ante Tobias, con un cinturón en la mano, y oigo el eco de su voz: «Es por tu propio bien». Me quedo mirándolo unos segundos; ¿de verdad se lo creerá? Suena como algo que diría un osado.

—Vamos. Levántate, Peter.

—¿Quieres que camine? —pregunta Caleb—. ¿Te has vuelto loca?

—¿Le he disparado en la pierna? —pregunto a mi vez—. No, así que va a caminar. ¿Adónde, Peter?

Caleb lo ayuda a levantarse.

—Al edificio de cristal —responde, haciendo una mueca—. Octava planta.

Él abre la marcha.

Al entrar oigo el rugido del río y veo el brillo azul del Pozo, que está más vacío que nunca. Examino las paredes en busca de indicios de vida, pero no veo movimiento ni figuras en la oscuridad. Con la pistola siempre a mano, me dirijo hacia el camino que lleva al techo de cristal. Ver esto tan vacío me produce escalofríos; me recuerda al campo interminable de mis pesadillas de cuervos.

—¿Qué te hace pensar que tienes derecho a disparar a alguien? —pregunta mi padre mientras me sigue; pasamos por el estudio de tatuajes y me pregunto dónde estarán Tori y Christina.

—No es momento para debates sobre ética —respondo.

—Es el momento perfecto, porque pronto se te presentará la oportunidad de disparar a otra persona y, si no te das cuenta de…

—¿De qué? —lo corto, sin volverme—. ¿De que cada segundo que pierdo supone la muerte de otro abnegado y que otro osado se convierta en asesino? Me he dado cuenta de eso. Ahora te toca a ti.

—Existe una forma correcta de hacer las cosas.

—¿Y por qué estás tan seguro de saber cuál es?

—Dejad de discutir, por favor —nos interrumpe Caleb, regañándonos—. Tenemos cosas más importantes entre manos.

Sigo subiendo, colorada. Hace unos meses no me habría atrevido a replicar a mi padre, ni puede que tampoco hace unas horas. Sin embargo, algo cambió cuando dispararon a mi madre, cuando se llevaron a Tobias.

Me llega el ruido de los jadeos de mi padre a pesar del estruendo del agua. Se me había olvidado que es mayor que yo, que su esqueleto ya no tolera el peso de su cuerpo.

Antes de subir por las escaleras metálicas que me llevarán por encima del techo de cristal, espero en la oscuridad y observo la luz que proyecta el sol sobre las paredes del Pozo. Lo hago hasta que una sombra se mueve sobre la pared iluminada por el sol y cuento hasta que la siguiente sombra aparece. Los guardias hacen sus rondas cada minuto y medio, paran veinte segundos y siguen avanzando.

—Ahí hay hombres armados. Cuando me vean, me matarán, si pueden —le digo en voz baja a mi padre, mirándolo a los ojos—. ¿Dejo que lo hagan?

Él se me queda mirando unos segundos.

—Ve —responde—, y que Dios te ayude.

Subo con cuidado las escaleras y me detengo justo antes de sacar la cabeza. Espero, observo el movimiento de las sombras y, cuando una de ellas se detiene, salgo, apunto y disparo.

La bala no le da al guardia, sino que rompe la ventana que tiene detrás. Disparo de nuevo y me agacho cuando las balas dan en el suelo a mi alrededor. Gracias a Dios que esto está blindado; si no, el cristal se rompería y yo me mataría del golpe.

Un guardia menos. Respiro hondo y saco la mano por encima del techo, mirando a través del cristal para ver a mi objetivo. La bala le da en el brazo y, por suerte, es su brazo de disparar, ya que suelta la pistola, que se desliza por el suelo.

Con el cuerpo temblándome, me lanzo por el agujero del techo y agarro el arma antes de que lo haga él. Una bala me pasa junto a la cabeza, tan cerca que me mueve el pelo. Abro mucho los ojos y vuelvo el brazo derecho por encima del hombro para disparar tres veces detrás de mí, lo que me provoca un dolor agudo en todo el cuerpo. Por un milagro, una de las balas da a un guardia; el dolor del hombro hace que me lloren los ojos como locos. Acaban de abrírseme los puntos, seguro.

Tengo otro guardia delante de mí. Me tumbo boca abajo y apunto hacia él con ambas pistolas, apoyando los brazos en el suelo. Me quedo mirando el puntito negro del cañón de su pistola.

Entonces ocurre algo sorprendente: agita la barbilla hacia un lado, diciéndome que me vaya.

Debe de ser divergente.

—¡Vía libre! —grito.

El guardia se mete en la sala del paisaje del miedo y desaparece.

Me pongo de pie despacio, pegándome el brazo derecho al pecho. Estoy concentrada en mi objetivo, corro por este camino y no podré detenerme, no podré pensar en nada hasta que llegue al final.

Le paso una pistola a Caleb y me meto la otra en el cinturón.

—Creo que Marcus y tú deberíais quedaros aquí con él —digo, señalando a Peter con la cabeza—. Nos frenaría. Asegúrate de que nadie nos siga.

Espero que no entienda lo que hago, que es mantenerlo aquí para que esté a salvo, aunque sé que no le importaría dar la vida por esto. Si subo al edificio, seguramente no volveré a bajar. Como mucho, espero destruir la simulación antes de que alguien me mate. ¿Cuándo decidí lanzarme en esta misión suicida? ¿No debería costarme más?

—No puedo quedarme aquí mientras tú arriesgas la vida —responde Caleb.

—Necesito que lo hagas.

Peter cae de rodillas, con la cara bañada en sudor. Por un segundo casi me siento mal por él, pero entonces recuerdo a Edward y recuerdo la tela que me tapaba los ojos cuando me atacaron, y mi compasión se diluye en el odio. Al final, Caleb asiente con la cabeza.

Me acerco a uno de los guardias caídos y le quito el arma, apartando la mirada de la herida que lo ha matado. La cabeza me palpita. No he comido, no he dormido, no he llorado ni gritado, ni tan siquiera me he detenido un momento. Me muerdo el labio y me obligo a caminar hacia los ascensores que están a la derecha. Planta octava.

Cuando las puertas se cierran, apoyo el lateral de la cabeza en el cristal y me quedo escuchando los pitidos.

Miro a mi padre.

—Gracias por proteger a Caleb —me dice—. Beatrice…

El ascensor llega a la octava planta y las puertas se abren. Dos soldados nos esperan con las armas preparadas y sin expresión alguna en el rostro. Abro mucho los ojos y me tiro boca abajo al suelo justo cuando empiezan a disparar. Oigo balas dando en el cristal. Los guardias caen, uno vivo y gruñendo, y el otro a punto de morir. Mi padre está de pie, frente a ellos, con la pistola todavía en alto.

Me pongo en pie como puedo. Hay guardias corriendo por el pasillo de la izquierda y, a juzgar por lo sincronizado de sus pasos, los controla la simulación. Podría correr por el pasillo de la derecha, pero, si los guardias vienen por el de la izquierda, ahí es donde estarán los ordenadores. Me dejo caer al suelo entre los guardias a los que mi padre acaba de derribar y me quedo lo más quieta posible.

Mi padre sale del ascensor y corre hacia el pasillo de la derecha para atraer la atención de los guardias. Me tapo la boca con la mano para no gritarle; tarde o temprano, ese pasillo se acabará.

Aunque intento bajar la cabeza para no verlo, no lo consigo. Me asomo por encima de la espalda del guardia: mi padre se vuelve para disparar a los guardias que lo persiguen, pero no es lo bastante rápido. Una bala le da en el estómago, y él deja escapar un gruñido tan fuerte que casi lo noto en el pecho.

Se agarra el vientre, se da con los hombros contra la pared y dispara una vez. Y otra. Los guardias están dentro de una simulación, así que siguen avanzando a pesar de los tiros que reciben, siguen avanzando hasta que se les para el corazón, aunque no llegan hasta mi padre. A mi padre se le escurre la sangre entre los dedos, y su rostro pierde color. Un disparo más y cae el último guardia.

—Papá —digo; intento que sea un grito, pero no es más que un susurro.

Cae al suelo; nos miramos a los ojos como si los metros que nos separan no fueran nada.

Abre la boca como si fuera a decir algo, pero la mandíbula le cae hasta el pecho y su cuerpo se relaja.

Me arden los ojos y estoy demasiado débil para levantarme; el olor a sudor y sangre me da náuseas, quiero apoyar la cabeza en el suelo y dejar que todo acabe, quiero dormir y no volver a despertar.

Sin embargo, lo que le dije a mi padre era cierto: cada segundo que perdemos supone la muerte de otro miembro de Abnegación. Ya solo me queda una cosa que hacer en el mundo: destruir la simulación.

Consigo levantarme, corro por el pasillo y tuerzo a la derecha al final. Solo hay una puerta delante, así que la abro.

La pared de enfrente está cubierta de pantallas de treinta centímetros de alto por treinta de ancho. Hay docenas, y cada una de ellas muestra una zona distinta de la ciudad: la valla; el Centro; las calles del sector de Abnegación, rebosantes de soldados de Osadía; la planta baja del edificio en el que estamos, donde Caleb, Marcus y Peter esperan mi regreso. Es una pared en la que aparece todo lo que he visto y sabido en mi vida.
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