En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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En una de ellas hay una línea de código en vez de una imagen, una línea que pasa tan deprisa que soy incapaz de leerla. Es la simulación, el código compilado, una complicada lista de órdenes que se anticipan a miles de resultados posibles y los solucionan.

Frente a la pantalla hay una silla y un escritorio, y sentado en la silla veo a un soldado de Osadía.

—Tobias.

CAPÍTULO

TREINTA Y OCHO

TOBIAS VUELVE la vista atrás y me mira con sus oscuros ojos. Frunce el ceño, se pone de pie, parece desconcertado; levanta la pistola.

—Suelta el arma —me ordena.

—Tobias, estás en una simulación.

—Suelta el arma o disparo —insiste.

Jeanine dijo que no me reconocería y que la simulación convertía a los amigos de Tobias en enemigos. Me disparará si tiene que hacerlo.

Dejo el arma a mis pies.

—¡Suelta el arma! —me grita.

—Ya lo he hecho.

Una vocecita en mi cabeza me canturrea que no me oye, que no me ve, que no me conoce. Las llamas me lamen los ojos, no puedo quedarme aquí y dejar que me dispare.

Corro hacia él y lo agarro por la muñeca. Noto el movimiento de sus músculos al apretar el gatillo y me agacho justo a tiempo: la bala se estrella contra la pared que tengo detrás. Entre jadeos, le doy una patada en las costillas y le retuerzo la muñeca con todas mis fuerzas. Suelta la pistola.

Es imposible que venza a Tobias en una pelea, lo tengo claro, pero debo destruir el ordenador. Me lanzo a por la pistola y, antes de llegar a ella, me agarra y me empuja a un lado.

Me quedo mirando sus ojos, oscuros y turbados, durante un instante, hasta que me da un puñetazo en la mandíbula. Mi cabeza se tuerce hacia un lado e intento apartarme de él a la vez que levanto las manos para protegerme la cara. No puedo caerme; si caigo, me dará una patada, y eso será peor, mucho peor. Sin hacer caso del dolor de la mandíbula, le doy con el talón a la pistola para que no pueda recogerla y le pego una patada en el estómago.

Él me agarra el pie y tira, de modo que caigo sobre mi hombro. El dolor me oscurece la visión por los bordes. Lo miro, y él levanta el pie como si fuera a darme una patada, así que ruedo hasta ponerme de rodillas y alargo la mano para alcanzar la pistola. No sé qué haré con ella. No puedo dispararle, no puedo dispararle, no puedo. Tobias está ahí, en alguna parte.

Me agarra por el pelo y tira de mí. Yo echo la mano atrás y me aferro a su muñeca, pero es demasiado fuerte y me doy con la frente en la pared.

Tobias está ahí, en alguna parte.

—Tobias —lo llamo.

¿Ha vacilado su mano? Me retuerzo para darle una patada y acierto con el talón en su pierna. Cuando mi pelo se le escurre entre los dedos, me tiro a por la pistola y agarro el frío metal con la punta de los dedos. Me pongo boca arriba y apunto a Tobias con la pistola.

—Tobias, sé que estás ahí.

Sin embargo, si lo estuviera, seguramente no se dirigiría a mí como si esta vez pretendiera matarme de verdad.

Me palpita la cabeza. Me levanto.

—Tobias, por favor —le suplico, soy lamentable; las lágrimas me calientan la cara—. Por favor, mírame —le digo, y él sigue avanzando hacia mí con movimientos peligrosos, rápidos, poderosos; me tiembla la pistola en la mano—. Por favor, mírame, ¡Tobias, por favor!

Incluso cuando frunce el ceño, su expresión es pensativa, y recuerdo la curva que forman sus labios cuando sonríe.

No soy capaz de matarlo. No sé si lo que siento es amor, no sé si es por eso, pero estoy segura de lo que haría él si estuviera en mi lugar y yo en el suyo. Y estoy segura de que no hay nada en el mundo que sea más importante que su vida.

He hecho esto antes en mi paisaje del miedo, con la pistola en la mano y una voz gritándome que dispare a la gente que quiero. Aquella vez preferí morir antes que hacerlo, aunque no sé de qué me va a servir eso ahora. Sin embargo, sé lo que es correcto, lo sé sin lugar a dudas.

Mi padre dice…, decía que el sacrificio tiene poder.

Le doy la vuelta a la pistola y pongo el mango en la palma de Tobias.

Él me pone el cañón en la frente. Ya no lloro, y el aire que me da en las mejillas me resulta frío. Le pongo la mano en el pecho para poder sentir el latido de su corazón; al menos, su latido sigue siendo suyo.

La bala entra en la recámara. A lo mejor me resulta tan fácil como en el paisaje del miedo, como en mis sueños. A lo mejor no será más que un ruido fuerte que apagará todas las luces y me llevará a otro mundo. Me quedo quieta y espero.

¿Se me perdonará por todo lo que he hecho para llegar hasta aquí?

No lo sé. No lo sé.

Por favor…

CAPÍTULO

TREINTA Y NUEVE

EL DISPARO no llega. Tobias se me queda mirando con la misma ferocidad, aunque no se mueve. ¿Por qué no me dispara? Su corazón late con fuerza contra la palma de mi mano, y mi propio corazón se aligera. Es divergente, puede luchar contra esta simulación, contra cualquier simulación.

—Tobias, soy yo.

Doy un paso adelante y lo abrazo. Su cuerpo permanece rígido y le late más deprisa el corazón, lo noto contra la mejilla, un golpe contra mi mejilla, un golpe cuando la pistola cae al suelo. Me agarra por los hombros con demasiada fuerza, clavándome los dedos en el sitio del que me sacaron la bala. Grito mientras él me echa un poco hacia atrás, quizá pretenda matarme de una forma más cruel.

—Tris —dice, y vuelve a ser él.

Su boca choca con la mía.

Me rodea con un brazo y me levanta, me aprieta contra él y me clava las manos en la espalda. Tiene la cara y la nuca cubiertos de sudor, le tiembla el cuerpo y a mí me arde el hombro, pero no me importa, no me importa, no me importa.

Me deja en el suelo y me mira mientras me acaricia con los dedos la frente, las cejas, las mejillas y los labios.

Se le escapa una mezcla de sollozo, suspiro y gemido, y me vuelve a besar. Las lágrimas hacen que le brillen los ojos; nunca imaginé que vería llorar a Tobias. Duele.

Me aprieto contra su pecho y lloro sobre su camisa. Entonces vuelve a palpitarme la cabeza y a dolerme el hombro, y es como si todo mi cuerpo pesara el doble. Me apoyo en él y él me sostiene.

—¿Cómo lo has hecho? —pregunto.

—No lo sé —responde—. Oí tu voz.

Al cabo de unos segundos recuerdo la razón por la que estoy aquí, así que me aparto, me limpio las mejillas con el dorso de la mano y me vuelvo de nuevo hacia las pantallas. Veo una que da a la fuente y recuerdo que Tobias se puso paranoico cuando empecé a despotricar allí contra Osadía, no dejaba de mirar la pared que había por encima de la fuente. Ahora sé por qué.

Nos quedamos quietos un momento. Creo que sé lo que está pensando, porque yo estoy pensando lo mismo: ¿cómo puede algo tan pequeño controlar a tanta gente?

—¿Era yo el que hacía funcionar la simulación? —pregunta.

—Creo que más bien la supervisabas. Ya está casi completa. No sé cómo, pero Jeanine ha conseguido que funcione sola.

—Es… increíble —responde, sacudiendo la cabeza—. Terrible, malvado…, pero increíble.

Veo movimiento en uno de los monitores, y compruebo que mi hermano, Marcus y Peter están de pie en la planta baja del edificio, rodeados de soldados de Osadía, todos de negro, todos armados.

—Tobias —digo rápidamente—, ¡ahora!

Corre a la pantalla del ordenador y le da unas cuantas veces con el dedo. No veo lo que hace, ya que no logro apartar la mirada de mi hermano, que sostiene la pistola que le di alejada del cuerpo, como si estuviera dispuesto a usarla. Me muerdo el labio y pienso: «No dispares». Tobias pulsa en la pantalla unas cuantas letras que no entiendo. «No dispares.»

Veo un relámpago de luz (la chispa de una de las pistolas) y ahogo un grito. Mi hermano, Marcus y Peter se tiran al suelo con los brazos sobre la cabeza. Al cabo de un momento se mueven, así que sé que siguen vivos, y los soldados avanzan. Un anillo negro rodea a mi hermano.

—Tobias —insisto.

Él vuelve a tocar la pantalla y toda la planta baja guarda silencio.

Dejan caer los brazos a los lados.

Entonces, los osados despiertan, mueven las cabezas de un lado a otro, sueltan las armas y mueven los labios como si gritaran; después se empujan unos a otros, y algunos caen de rodillas con la cabeza entre las manos y se ponen a mecerse adelante y atrás, adelante y atrás.

Toda la tensión que se me acumulaba en el pecho se desvanece, y me siento, suspirando.

Tobias se agacha al lado del ordenador y levanta el lateral de la carcasa.

—Tengo que sacar los datos para que no vuelvan a iniciar la simulación —explica.

Observo el frenesí de la pantalla, es el mismo que debe de estar produciéndose en las calles. Examino los monitores, uno a uno, en busca de alguno en el que se vea el sector de Abnegación. Por fin encuentro el único que lo muestra, está al otro lado de la sala, al fondo. Los osados de esa pantalla se disparan entre sí, se empujan, gritan… Es el caos. Hombres y mujeres de negro caen al suelo. La gente corre en todas direcciones.

—Lo tengo —anuncia Tobias, enseñándome el disco duro del ordenador; es un trozo de metal del tamaño de la palma de su mano.

Me lo ofrece y yo me lo meto en el bolsillo de atrás.

—Tenemos que irnos —le digo, poniéndome de pie y señalando la pantalla de la derecha.

—Sí —responde, pasándome un brazo sobre los hombros—. Vamos.

Caminamos juntos por el pasillo y doblamos la esquina. El ascensor me recuerda a mi padre y no consigo evitar mirar su cadáver.

Está en el suelo, al lado del ascensor, rodeado de los cadáveres de varios guardias. Se me escapa un grito de dolor y vuelvo la cara; noto que la bilis me sube a la garganta y vomito contra la pared.

Durante un segundo es como si todo lo que tengo dentro se rompiera, y me agacho junto a un cadáver, respirando por la boca para no oler la sangre. Me tapo la boca con la mano para ahogar un sollozo. Cinco segundos más. Cinco segundos de debilidad y después me levanto. Uno, dos. Tres, cuatro.

Cinco.

No soy muy consciente de lo que me rodea, hay un ascensor, una habitación de cristal y una ráfaga de aire frío. Hay un grupo de soldados de Osadía gritando. Busco el rostro de Caleb, pero no lo encuentro, no lo encuentro hasta que dejamos el edificio de cristal y salimos a la luz del día.

Caleb corre hacia mí cuando cruzo las puertas, y yo me dejo caer sobre él; me abraza con fuerza.

—¿Papá? —pregunta, y yo sacudo la cabeza—. Bueno —responde, y casi se ahoga con la palabra—, es lo que él habría querido.

Por encima del hombro de Caleb veo que Tobias se detiene a medio paso, que todo su cuerpo se queda rígido y que clava la mirada en Marcus. Con las prisas por destruir la simulación, se me olvidó avisarlo.

Marcus se acerca a Tobias y abraza a su hijo. Tobias se queda paralizado, con los brazos caídos y la cara sin expresión alguna. Veo que la nuez le sube y le baja, y que sus ojos miran al techo.

—Hijo —suspira Marcus.

Tobias hace una mueca.

—Eh —digo, apartándome de Caleb; recuerdo la caricia del cinturón en la muñeca durante mi visita al paisaje del miedo de Tobias y me meto entre ellos para apartar a Marcus—. Eh, aléjate de él.

Noto el aliento de Tobias en el cuello; su respiración es entrecortada.

—Aléjate —ordeno entre dientes.

—Beatrice, ¿qué haces? —pregunta Caleb.

—Tris —dice Tobias.

Marcus me mira como si estuviera escandalizado, una mirada que me parece falsa: tiene los ojos y la boca demasiado abiertos. Si supiera cómo quitarle esa expresión de un guantazo, lo haría.

—No todos los artículos de Erudición eran una sarta de mentiras —explico, entrecerrando los ojos.

—¿De qué hablas? —pregunta Marcus en voz baja—. No sé qué te habrán contado, Beatrice, pero…

—La única razón por la que todavía no te he pegado un tiro es porque no soy yo la que debe hacerlo —lo interrumpo—. Aléjate de él si no quieres que cambie de idea.

Las manos de Tobias me rodean los brazos y me los aprietan. Marcus me mira a los ojos durante unos segundos, y no puedo evitar verlos como pozos negros, igual que en el paisaje de Tobias. Entonces, aparta la mirada.

—Tenemos que irnos —dice Tobias con voz temblorosa—. El tren estará a punto de llegar.

Caminamos por el duro suelo hacia las vías del tren. Tobias va con la mandíbula apretada y la vista fija al frente. Me arrepiento un poco de lo que he hecho, quizá debería haber dejado que él se enfrentara a su padre por sí mismo.

—Lo siento —mascullo.

—No tienes nada que sentir —contesta, tomándome de la mano; todavía le tiemblan los dedos.

—Si subimos al tren en dirección contraria, hacia el exterior de la ciudad en vez del interior, llegaremos a la sede de Cordialidad —le digo—. Allí fueron los demás.

—¿Y Verdad? —pregunta mi hermano—. ¿Qué crees que harán?

No sé cómo responderá Verdad ante el ataque. No estarán aliados con Erudición, nunca harían algo tan solapado, pero quizá tampoco luchen contra ellos.

Nos quedamos junto a las vías unos minutos hasta que llega el tren. Al final, Tobias me levanta en brazos porque no puedo más y apoyo la cabeza en su hombro, inhalando con ganas el olor de su piel. Desde que me salvó del ataque, asocio ese aroma con la seguridad, así que, mientras estoy concentrada en él, me siento a salvo.

Lo cierto es que no me sentiré a salvo del todo mientras Peter y Marcus estén con nosotros. Intento no mirarlos, pero noto su presencia como si fuera una manta sobre la cara. La crueldad del destino es que debo viajar con las personas que odio, mientras que las que amo yacen muertas detrás de mí.

Muertas o convertidas en asesinas. ¿Dónde estarán ahora Christina y Tori? ¿Vagando por las calles, abrumadas por la culpa después de lo que han hecho? ¿O han vuelto sus armas contra la gente que las obligó a hacerlo? ¿O también han muerto? Ojalá lo supiera.

Por otro lado, espero no descubrirlo nunca. Si sigue viva, Christina encontrará el cadáver de Will y, si vuelve a verme, sus entrenados ojos veraces descubrirán que fui yo la que lo mató, lo sé. Lo sé, y la culpa me ahoga y me aplasta, así que tengo que olvidarlo, me obligo a olvidarlo.

Llega el tren y Tobias me deja en el suelo para que pueda saltar. Corro unos cuantos pasos junto al vagón y me lanzo al interior, aterrizando sobre el brazo izquierdo. Me retuerzo por el suelo y me siento contra la pared. Caleb se sienta frente a mí y Tobias a mi lado, de modo que se convierten en una barrera entre mi cuerpo y los de Marcus y Peter. Mis enemigos. Sus enemigos.

El tren toma una curva y veo la ciudad detrás de nosotros. Se hará cada vez más pequeña hasta que veamos el punto en el que acaban las vías y empiezan los bosques y campos que vi por última vez cuando era demasiado joven para apreciarlos. La amabilidad de los cordiales nos consolará un tiempo, aunque no podremos quedarnos allí para siempre. Pronto, Erudición y los corruptos líderes de Osadía irán a buscarnos, y tendremos que movernos.

Tobias me aprieta contra él. Los dos doblamos las rodillas e inclinamos la cabeza para quedar encerrados en nuestra propia habitación, incapaces de ver a los que nos perturban, mientras nuestros alientos se mezclan al entrar y al salir.

—Mis padres han muerto —le digo.

Aunque lo he dicho, aunque sé que es cierto, no parece real.

—Han muerto por mí —añado, porque me parece importante.

—Te querían —contesta—. Para ellos era la mejor forma de demostrarlo.

Asiento con la cabeza y sigo la línea de su mandíbula con la mirada.

—Hoy has estado a punto de morir —me dice—. Casi te disparo. ¿Por qué no me disparaste, Tris?

—No podía hacerlo. Habría sido como pegarme un tiro.

Se acerca más a mí, afligido, de modo que sus labios rozan los míos cuando habla.

—Tengo que decirte una cosa —añade; yo le paso los dedos por los tendones de la mano y lo miro—. Puede que esté enamorado de ti —dice, y sonríe un poco—. Pero estoy esperando a estar seguro para decírtelo.

—Qué sensato por tu parte —respondo, sonriendo—. Deberíamos buscar un papel para que hicieras una lista, una gráfica o algo.

Noto su risa contra el costado, su nariz deslizándose por mi mandíbula, sus labios detrás de mi oreja.

—Puede que ya esté seguro, pero no quiera asustarte —concluye.

—Entonces deberías conocerme mejor —respondo, riéndome.

—Vale, pues te quiero.

Lo beso mientras el tren se dirige a una tierra oscura e incierta. Lo beso todo lo que quiero, más de lo que debería, teniendo en cuenta que mi hermano está a un metro de mí.

Meto la mano en el bolsillo y saco el disco duro que contiene los datos de la simulación. Le doy vueltas entre las manos, dejando que la luz del atardecer se refleje en él. Marcus está pendiente de cada movimiento, lo observa con codicia. «No estoy a salvo —pienso—. No del todo.»

Aprieto el disco duro contra el pecho, apoyo la cabeza en el hombro de Tobias e intento dormir.

Abnegación y Osadía están rotas, sus miembros se han dispersado. Ahora somos igual que los abandonados. No sé cómo será la vida separada de una facción, es como si estuviera desconectada, como una hoja arrancada del árbol que le da sustento. Somos hijos de la pérdida; hemos dejado todo atrás. No tengo hogar, ni camino, ni certeza. Ya no soy Tris, la egoísta, ni tampoco Tris, la valiente.

Supongo que ahora no basta con ser una o la otra.
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