En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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El ascensor está abarrotado, así que mi padre se ofrece voluntario para dar nuestro sitio a un grupo de Cordialidad. Nosotros subimos las escaleras, lo seguimos sin hacer preguntas. Sentamos ejemplo para los otros miembros de nuestra facción, y pronto los tres estamos envueltos en una masa de tela gris que sube por las escaleras de cemento en penumbra. Me adapto a su ritmo. El ruido uniforme de pisadas y la homogeneidad de gente que me rodea me lleva a creer que podría elegir esto, que podría dejarme absorber por la mente colectiva de Abnegación y proyectarme siempre hacia fuera.

Entonces empiezan a dolerme las piernas y me cuesta respirar, y me vuelvo a distraer conmigo misma. Tenemos que subir veinte plantas para llegar a la Ceremonia.

Mi padre abre la puerta de la planta veinte y la sostiene como un centinela hasta que pasan por ella todos los abnegados. Lo esperaría, pero la multitud me empuja adelante, hacia la sala en la que decidiré el resto de mi vida.

La habitación está organizada en círculos concéntricos. En los exteriores están los chicos de dieciséis años de todas las facciones. Todavía no nos llaman miembros; las decisiones de hoy nos convertirán en iniciados y nos convertiremos en miembros si superamos la iniciación.

Nos colocamos en orden alfabético, según los apellidos que quizá dejemos hoy atrás. Me coloco entre Caleb y Danielle Pohler, una chica de Cordialidad con mejillas sonrosadas y un vestido amarillo.

El siguiente círculo lo ocupan las filas de sillas para nuestras familias. Están divididas en cinco secciones, una por facción. No todos los miembros de cada facción asisten a la Ceremonia, pero sí los suficientes como para que se vea muchísima gente.

La responsabilidad de dirigir la ceremonia pasa de una facción a otra cada año, y este año le toca a Abnegación. Marcus dará el discurso de apertura y leerá los nombres en orden alfabético inverso. Caleb elegirá antes que yo.

En el último círculo hay cinco cuencos metálicos tan grandes que servirían para meterme dentro si me hago un ovillo. En cada uno hay una sustancia que representa a la facción correspondiente: piedras grises para Abnegación, agua para Erudición, tierra para Cordialidad, brasas encendidas para Osadía y cristal para Verdad.

Cuando Marcus me llame, caminaré hasta el centro de los tres círculos. No hablaré. Me ofrecerá un cuchillo y tendré que cortarme la mano y derramar sangre sobre el cuenco de la facción que elija.

Mi sangre sobre las piedras. Mi sangre hirviendo sobre las brasas. Antes de sentarse, mis padres se ponen delante de Caleb y de mí. Mi padre me da un beso en la frente y da una palmada en el hombro de Caleb, sonriendo.

—Nos vemos pronto —se despide, sin asomo de duda.

Mi madre me abraza y la poca voluntad que me queda está a punto de ceder. Aprieto la mandíbula y miro al techo, donde unos faroles redondos despiden luz azul. Me sostiene lo que me parece un buen rato, incluso después de que baje las manos. Antes de apartarse, gira la cabeza y me susurra al oído:

—Te quiero. Pase lo que pase.

Frunzo el ceño cuando me da la espalda para alejarse: es consciente de lo que su hija podría hacer. Debe de saberlo, si no ¿por qué iba a decirme algo así?

Caleb me da la mano y me aprieta la palma con tanta fuerza que me duele, pero no lo suelto. La última vez que nos dimos la mano fue en el funeral de mi tío, mientras mi padre lloraba. Ahora necesitamos transmitirnos fuerza, igual que entonces.

La habitación se tranquiliza poco a poco. Tendría que estar observando a los de Osadía; tendría que estar recabando toda la información posible, pero solo soy capaz de mirar los faroles. Intento perderme en el brillo azul.

Marcus sube al podio, entre los de Erudición y los de Osadía, y se aclara la garganta frente al micrófono.

—Bienvenidos —dice—. Bienvenidos a la Ceremonia de la Elección. Bienvenidos al día en que honramos la filosofía democrática de nuestros ancestros, que nos dice que todos tenemos derecho a elegir lo que queremos ser en la vida.

O, mejor dicho, una de las cinco cosas que podemos ser en la vida. Aprieto los dedos de Caleb tan fuerte como él aprieta los míos.

—Los hijos a nuestro cargo ya tienen dieciséis años. Están frente al precipicio de la edad adulta y ha llegado el momento de que decidan qué clase de personas van a ser. —La voz de Marcus es solemne y da igual importancia a cada una de sus palabras—. Hace décadas, nuestros ancestros se dieron cuenta de que no se debe culpar de las guerras del mundo a la ideología política, ni a las creencias religiosas, ni a la raza, ni al nacionalismo. Decidieron que era un problema de la personalidad humana, de la inclinación de la humanidad hacia el mal, en la forma que sea. Se dividieron en facciones que pretendían erradicar los rasgos que consideraban responsables del caos del mundo.

Miro los cuencos del centro de la sala. ¿En qué creo? No lo sé; no lo sé; no lo sé.

—Los que culpaban a la agresividad formaron Cordialidad.

Los cordiales intercambian sonrisas. Llevan ropa cómoda roja o amarilla. Cada vez que los veo me parecen amables, cariñosos y libres, pero nunca he considerado la posibilidad de unirme a ellos.

—Los que culpaban a la ignorancia formaron Erudición.

Descartar Erudición era la única parte que me resultaba sencilla.

—Los que culpaban al engaño formaron Verdad.

Nunca me ha gustado esa facción.

—Los que culpaban al egoísmo formaron Abnegación.

Yo culpo al egoísmo, sí.

—Y los que culpaban a la cobardía formaron Osadía.

Pero no soy lo bastante altruista. Dieciséis años intentándolo y no ha bastado.

Se me entumecen las piernas, como si se me hubieran quedado sin vida, y me pregunto cómo caminaré cuando digan mi nombre.

—Estas cinco facciones han trabajado juntas y en paz durante muchos años, años en los que cada una ha contribuido a un sector de la sociedad. Abnegación ha satisfecho nuestra necesidad de contar con líderes altruistas en el gobierno; Verdad nos ha proporcionado líderes de confianza y sensatos en las leyes; Erudición nos ha ofrecido profesores e investigadores inteligentes; Amistad nos ha dado consejeros y cuidadores comprensivos; y Osadía nos protege de las amenazas, tanto internas como externas. Sin embargo, el alcance de cada facción no se limita a esas áreas. Nos damos mucho más de lo que puede resumirse. En nuestras facciones encontramos significado, un objetivo, la misma vida.

Pienso en el lema que se lee en mi libro de Historia de las Facciones: «La facción antes que la sangre». Pertenecemos a nuestras facciones más que a nuestras familias. ¿De verdad tiene que ser así?

—Sin ellas, no sobreviviríamos —añade Marcus.

El silencio que sigue a sus palabras es más profundo que los demás silencios. En él se percibe nuestro mayor miedo, mayor incluso que el miedo a la muerte: quedarnos sin facción.

—Por tanto, este día es una gran ocasión: el día en que recibimos a nuestros iniciados, que trabajarán con nosotros por una sociedad mejor y un mundo mejor.

Aplausos; me suenan ahogados. Intento quedarme completamente inmóvil porque, si mantengo las rodillas tensas y el cuerpo rígido, no temblaré. Marcus lee los primeros nombres, aunque yo no distingo entre una sílaba y otra. ¿Cómo me enteraré de que dice mi nombre?

Uno a uno, los chicos salen de su fila y se acercan al centro de la sala. La primera chica que elige decide ser de Cordialidad, la facción de la que procede. Las gotitas de sangre caen sobre la tierra, y la chica se coloca sola detrás de sus asientos.

La sala está en constante movimiento, un nombre nuevo y una nueva persona que elige, un cuchillo nuevo y una nueva elección. Los reconozco a casi todos, pero dudo que ellos me conozcan a mí.

—James Tucker —dice Marcus.

James Tucker, de Osadía, es la primera persona que tropieza de camino a los cuencos. Extiende los brazos y recupera el equilibrio antes de caer; se pone rojo y camina deprisa al centro de la sala. Cuando llega, mira el cuenco de Osadía y después el de Verdad; las llamas naranja que se elevan cada vez más y el cristal que refleja la luz azul.

Marcus le ofrece el cuchillo. Él suspira profundamente (veo cómo hincha el pecho) y, al espirar, acepta el cuchillo. Después se lo pasa por la palma de la mano de un movimiento rápido y alarga el brazo. Su sangre cae sobre el cristal y el chico se convierte en el primero de nosotros que cambia de facción. El primer trasladado. De la sección de Osadía surge un murmullo y yo me quedo mirando al suelo.

A partir de ahora lo considerarán un traidor. Su familia de Osadía tendrá la posibilidad de visitarlo en su nueva facción dentro de una semana y media, en el Día de Visita, pero no lo harán porque él los ha abandonado. Su ausencia rondará sus pasillos, y él se convertirá en un espacio que no podrán llenar. Y pasará el tiempo y el hueco desaparecerá, como cuando te extirpan un órgano y los fluidos del cuerpo ocupan el espacio que deja. Los humanos no somos capaces de tolerar el vacío durante mucho tiempo.

—Caleb Prior —dice Marcus.

Caleb me aprieta la mano una última vez y, al alejarse, vuelve la cabeza para echarme una larga mirada. Observo sus pies avanzar hacia el centro de la sala, y sus manos, firmes cuando aceptan el cuchillo de Marcus, hacen el corte con destreza. Después se queda de pie, con la sangre acumulándose en la palma de la mano, y se le engancha el labio en los dientes.

Deja escapar el aire y vuelve a inspirar. Y después pone la mano sobre el cuenco de Erudición, y su sangre gotea en el agua y la vuelve más roja.

Oigo murmullos que se convierten en gritos de indignación. Apenas puedo pensar con claridad. Mi hermano, mi altruista hermano, ¿un trasladado? Mi hermano, nacido para Abnegación, ¿un erudito?

Cuando cierro los ojos veo la pila de libros en el escritorio de Caleb y sus manos temblorosas sobre las piernas después de la prueba de aptitud. ¿Cómo no me di cuenta de que, cuando ayer me dijo que pensara en mí, también se daba el consejo a él?

Examino el grupo de Erudición: sonríen, engreídos, y se dan codazos. Los de Abnegación, normalmente plácidos, hablan entre sí con tensos susurros y miran con rabia al otro lado de la sala, a la facción que se ha convertido en nuestro enemigo.

—Silencio —dice Marcus, pero la multitud no lo oye, así que grita—: ¡Silencio, por favor!

La sala guarda silencio, salvo por cierto zumbido.

Dice mi nombre y un escalofrío me impulsa a avanzar. A medio camino de los cuencos estoy segura de que elegiré Abnegación. Lo veo claramente; me veo convirtiéndome en una mujer con la túnica de Abnegación; casándome con Robert, el hermano de Susan; presentándome voluntaria los fines de semana; disfrutando de la paz de la rutina, de las noches tranquilas frente a la chimenea, de la certeza de que estaré a salvo y de que, si bien no seré lo bastante buena, sí seré mejor de lo que soy ahora.

Me doy cuenta de que el zumbido está en mis oídos.

Miro a Caleb, que está detrás de los de Erudición. Él me devuelve la mirada y asiente un poco con la cabeza, como si supiera lo que estoy pensando y estuviera de acuerdo. Mis pasos vacilan. Si Caleb no era adecuado para Abnegación, ¿cómo voy a serlo yo? Pero ¿qué alternativa me queda ahora que nos ha abandonado y me ha dejado sola? No me deja otra opción.

Aprieto la mandíbula. Seré la hija que se queda; tengo que hacerlo por mis padres, tengo que hacerlo.

Marcus me ofrece el cuchillo. Lo miro a los ojos (que son azul oscuro, un color extraño) y lo acepto. Él asiente con la cabeza y yo me vuelvo hacia los cuencos. Tanto el fuego de Osadía como las piedras de Abnegación están a mi izquierda, un cuenco delante de mi hombro y el otro detrás. Me llevo el cuchillo a la mano derecha y apoyo la hoja en la palma. Aprieto los dientes y corto. Pica un poco, aunque apenas me doy cuenta. Me llevo las dos manos al pecho y mi respiración se vuelve entrecortada.

Abro los ojos, extiendo el brazo y la sangre cae en la moqueta, entre los dos cuencos. Después, con un jadeo que no logro contener, la sangre hierve sobre las brasas.

Soy egoísta. Soy valiente.

CAPÍTULO

SEIS

CLAVO LOS OJOS en el suelo y me pongo detrás de los iniciados nacidos en Osadía que han decidido regresar a su facción. Son todos más altos que yo, así que, cuando levanto la cabeza, solo veo hombros cubiertos de negro. Entonces, la última chica hace su elección (Cordialidad), y llega la hora de marcharse. Los de Osadía salen primero. Paso junto a los hombres y mujeres vestidos de gris que antes componían mi facción, pero mantengo la vista fija en la nuca de alguien.

Sin embargo, tengo que ver a mis padres una última vez. Vuelvo la vista atrás en el último segundo antes de marcharme y, de inmediato, desearía no haberlo hecho: los ojos de mi padre abrasan los míos, acusadores. Al principio, cuando noto el calor detrás de los míos, pienso que ha encontrado la forma de prenderme fuego, de castigarme por lo que he hecho, pero no…, es que estoy a punto de llorar.

A su lado, mi madre sonríe.

La gente que tengo detrás me empuja para que avance y me aleja de mi familia, que será de las últimas en salir. Puede que incluso se queden a apilar las sillas y limpiar los cuencos. Giro la cabeza para buscar a Caleb entre ka multitud de Erudición que sale detrás de mí. Está entre los otros iniciados, estrechándole la mano a un trasladado, un chico que estaba en Verdad. La facilidad con la que sonríe es una traición. Se me revuelve el estómago y miro al frente. Si a él le resulta tan fácil, quizá también a mí debería resultármelo.

Miro al chico que tengo a la izquierda, que antes era de Erudución, y ahora está tan pálido y nervioso como yo debería sentirme. Me pasé todo el rato preocupada por la facción que escogería y nunca me paré a pensar en qué ocurriría si eligiera Osadía. ¿Qué me espera en su sede?

La multitud de Osadía que nos dirige va hacia las escaleras en vez de hacía los ascensores. Creía que solo los de Abnegación usaban las escaleras.

Entonces, todos se ponen a correr. Oigo chillidos, gritos y risas a mi alrededor, y docenas de pisadas ensordecedoras, cada una a un ritmo distinto. Que los de Osadía usen las escaleras no es un acto de altruismo; es un momento de desenfreno.

―¿Qué está pasando? ―grita el chico que tengo al lado.

Sacudo la cabeza y sigo corriendo. Al llegar a la planta baja estoy sin aliento, pero los osados corren a la salida. En el exterior, el aire es frío y el cielo se ha teñido de naranja con la puesta de sol; se refleja en el cristal negro del Centro.

Los de Osadía se reparten por la calle e impiden el paso de un autobús, y yo salgo disparada para no quedarme atrás. Mi confusión desaparece mientras corro. No he corrido a ninguna parte desde hace mucho tiempo porque Abnegación no fomenta hacer cosas por disfrute personal, y eso estamos haciendo ahora: me arden los pulmones, me duelen los músculos, disfruto del feroz placer de una carrera a toda velocidad. Sigo a los de Osadía por la calle, doblamos la esquina y oigo un sonido familiar: la bocina del tren.

―Oh, no ―murmura el chico Erudición―. ¿Se supone que debemos saltar a esa cosa?

―Sí ―respondo sin aliento.

Es bueno haber pasado tanto tiempo observando la llegada al instituto de los de Osadía. La multitud forma una larga fila. El tren avanza hacia nosotros sobre sus raíles de acero con las luces encendidas y tocando la bocina. Todas las puertas de los vagones están abiertas, esperando a que los osados entren, cosa que hacen, grupo por grupo, hasta que solo quedan los últimos iniciados. Los nacidos en la facción están ya acostumbrados a hacerlo, así que, en pocos segundos, solo quedamos los trasladados de las otras facciones.

Doy un paso adelante con algunos otros y empiezo a correr. Corremos a la altura del vagón un momento y después nos lanzamos de lado al interior. No soy tan alta ni tan fuerte como muchos de ellos, así que no logro meterme en el vagón; me agarro a un asidero cercano a la puerta y me doy con el hombro en el tren. Me tiemblan los brazos y, por fin, una chica de Verdad me agarra y me mete dentro. Le doy las gracias entre jadeos.
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