En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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Una rendija de luz naranja sale por una de las paredes. El techo del Pozo lo forman unos paneles de cristal y, por encima de ellos, un edificio que deja entrar la luz del sol. Seguro que cuando pasamos junto a él, por fuerza, no se distinguía del resto de edificios de la ciudad.

hay unos faroles azules colgados al azar sobre los senderos de piedra, parecidos a los que iluminaban la sala de la Elección. Su brillo aumenta conforme desaparece el del sol.

Vemos personas por todas partes, todas vestidas de negro, todas vociferando y hablando, expresivas, gesticulantes. No localizo a ningún anciano entre ellas, ¿es que no hay viejos en Osadía? ¿Es porque no duran tanto o porque echan a sus miembros cuando ya no son capaces de saltar de trenes en marcha?

Un grupo de niños sale corriendo por un sendero estrecho sin barandillas, y eso hace que se me acelere el corazón y me entren ganas de gritarles que frenen antes de que se hagan daño. Recuerdo las disciplinadas calles de Abnegación: una fila de personas a la derecha pasando al lado de una fila de personas a la izquierda; se sonríen un poco, inclinan la cabeza a modo de saludo y siguen en silencio. Se me encoge el corazón, pero el caos de Osadía tiene algo maravilloso.

—Si me seguís, os enseñaré el abismo —dice Cuatro, haciéndonos un gesto para que avancemos.

Por fuera, el instructor parece muy normal, al menos para ser de Osadía, pero, cuando se vuelve, veo que le asoma un tatuaje por el cuello de la camiseta. Nos conduce al lado derecho del Pozo, que está notablemente oscuro. Fuerzo la vista y distingo que el suelo sobre el que estoy acaba en un barrera de hierro. Cuando nos acercamos a la barandilla oigo un rugido: agua, agua en moviéndose muy deprisa y estrellándose contra las rocas.

Me asomo por el borde. El suelo desciende en un ángulo agudo y, varias plantas por debajo de nosotros, hay un río. El agua, agitada, golpea el muro que tengo debajo y salpica lo que hay más arriba. A mi izquierda, el agua está más tranquila, pero, a mi derecha, se ve blanca, en plena batalla contra la roca.

—¡El abismo nos recuerda que la línea que separa la valentía de la idiotez es muy delgada! —grita Cuatro—. Un salto temerario desde este borde acabaría con vuestras vidas. Ha sucedido y volverá a suceder, quedáis advertidos.

—Esto es increíble —dice Christina cuando todos nos apartamos de la barandilla.

—Increíble es la palabra, sí —coincido.

Cuatro lleva al grupo de iniciados por el Pozo, hacia un agujero abierto en la pared. La sala del otro lado está lo bastante iluminada como para ver adónde vamos: un comedor lleno de gente haciendo ruido con los cubiertos. Cuando entramos, los osados de dentro se levantan y aplauden, dan pisotones en el suelo y gritan. El ruido me rodea y me llena. Christina sonríe y, un segundo después, la imito.

Buscamos asientos y encontramos una mesa prácticamente vacía en el lateral de la sala. De repente, me encuentro sentada entre Christina y Cuatro. En el centro de la mesa hay una bandeja de comida que no reconozco: trozos circulares de carne metidos entre rebanadas redondas de pan. Aprieto uno entre los dedos sin saber muy bien qué hacer con él.

Cuatro me da un codazo.

—Es ternera —me explica—. Ponle esto —añade, pasándome un cuenquito lleno de salsa roja.

—¿Nunca has comido una hamburguesa? —pregunta Christina con los ojos muy abiertos.

—No, ¿se llama así?

—Los estirados comen comida sencilla —explica Cuatro, asintiendo y mirando a Christina.

—¿Por qué? —pregunta ella.

—La extravagancia se considera una falta de moderación y algo innecesario —respondo, encogiéndome de hombros.

—Con razón te has ido —dice ella, sonriendo.

—Sí —contesto, poniendo los ojos en blanco—, ha sido por la comida.

A Cuatro le tiembla un poquito la comisura de los labios.

Se abren las puertas del comedor y la sala guarda silencio. Miro atrás para ver qué pasa: un joven acaba de entrar y hay tan poco ruido que puedo oír sus pisadas. Tiene tantos piercing en la cara que pierdo la cuenta. Sin embargo, no es eso lo que resulta amenazador, sino la frialdad de sus ojos al examinar la sala.

—¿Quién es? —pregunta Christina entre dientes.

—Se llama Eric —responde Cuatro—. Es un líder de Osadía.

—¿En serio? Es muy joven.

Aquí no importa la edad —dice Cuatro, mirándola muy serio.

Me doy cuenta de que la chica está a punto de preguntar lo que yo quiero preguntar: «¿Y qué es lo que importa?». Sin embargo, Eric deja de examinar la sala y se dirige hacia una mesa; se dirige a nuestra mesa y se sienta al lado de Cuatro. No saluda, así que nosotros tampoco.

—Bueno, ¿no me vas a presentar? —pregunta, señalándonos con la cabeza a Christina y a mí.

—Esta es Tris y esta, Christina —responde Cuatro.

—Oooh, una estirada —dice Eric, sonriéndose; la sonrisa le tira de los piercing de los labios y hace que los agujeros que ocupan se ensanchen; hago una mueca—. Ya veremos cuánto duras.

Quiero decir algo, asegurarle que duraré, por ejemplo, pero me fallan las palabras. Aunque no entiendo por qué, no quiero que Eric me mire más de lo estrictamente necesario; no quiero que vuelva a mirarme nunca más.

Él tamborilea con los dedos en la mesa. Tiene los nudillos llenos de costras, justo donde se desollarían si hubiera dado un puñetazo demasiado fuerte.

—¿Qué has estado haciendo estos días, Cuatro?

—Nada, la verdad —respondió él, encogiendo un hombro.

¿Son amigos? Miro a uno y después al otro. Todo lo que hace Eric (sentarse aquí, la pregunta a Cuatro) sugiere que sí, pero la forma en que se ha sentado Cuatro, como si fuera un cable en tensión, indica que son otra cosa. Puede que rivales, aunque, ¿cómo va a ser eso, si Eric es un líder y Cuatro no?

—Me dice Max que ha intentado reunirse contigo y no apareces —dice Eric—. Me ha pedido que averigüe qué pasaba contigo.

Cuatro mira a Eric unos segundos antes de responder:

—Dile que estoy satisfecho con el puesto que tengo.

—Así que quiere darte un trabajo.

Los anillos de la ceja de Eric reflejan la luz. Quizá Eric considere a Cuatro una amenaza potencial para su cargo. Mi padre dice que los que desean el poder y lo consiguen viven aterrados con la idea de perderlo. Por eso tenemos que dar el poder a los que no lo deseen.

—Eso parece —dice Cuatro.

—Y a ti no te interesa.

—Lleva dos años sin interesarme.

—Bueno, esperemos que lo capte de una vez.

Le da una palmada en el hombro a Cuatro, quizá con un poco más de fuerza de la cuenta, y se levanta. Cuando se aleja, me relajo de inmediato; no me había dado cuenta de que estaba tan tensa.

—¿Sois… amigos? —pregunto, incapaz de reprimir la curiosidad.

—Estábamos en la misma clase de iniciados —responde—. Él vino de Erudición.

Se me olvida que había decidido tener cuidado con Cuatro y pregunto:

—¿Tú también eras un trasladado?

—Creía que solo tendría problemas con las preguntas de los veraces —responde en tono frío—. ¿Ahora también me van a fastidiar los estirados?

—Debe ser por lo accesible que resultas —respondo sin más—. Ya sabes, igual que un colchón de clavos.

Él se me queda mirando y yo no aparto la vista. No es un perro, pero son las mismas reglas: apartar la mirada significa sumisión, mirarlo a los ojos es un reto. Yo elijo.

Noto calor en las mejillas, ¿qué pasará cuando se rompa el momento de tensión?

Sin embargo, se limita a decir:

—Te cuidado, Tris.

Noto el peso en el estómago, como si acabara de tragarme una piedra. Un miembro de Osadía sentado en otra mesa llama a Cuatro por su nombre, y yo me vuelvo hacia Christina, que arquea las cejas.

—¿Qué? —pregunto.

—Estoy desarrollando una teoría.

—¿Qué teoría?

—Que tienes un instinto suicida.

Después de la cena, Cuatro desaparece sin decir palabra. Eric nos conduce por una serie de pasillos son explicarnos adónde vamos. No sé por qué ponen a un líder de responsable de un grupo de iniciados, aunque quizá sea solo esta noche.

Al final de cada pasillo hay un farol azul, pero el espacio entre ellos está a oscuras, así que tengo que procurar no tropezar con los baches del suelo. Christina camina a mi lado en silencio. Nadie nos ha dicho que no hablemos, pero ninguno lo hace.

Eric se detiene delante de una puerta de madera y se cruza de brazos. Nos reunimos a su alrededor.

—Para los que no lo sepáis, me llamo Eric. Soy uno de los cinco líderes de Osadía. Aquí nos tomamos muy en serio el proceso de iniciación, así que me he presentado voluntario para supervisar la mayor parte de vuestro entrenamiento.

La idea me provoca náuseas; que un líder supervise nuestra iniciación es malo, pero que sea Eric parece mucho peor.

—Algunas reglas básicas —añade—. Tenéis que estar en la sala de entrenamiento a las ocho de la mañana todos los días. El entrenamiento durará hasta las seis, con un descanso para comer. Podéis hacer lo que queráis después de las seis. También tendréis algo de tiempo libre entre cada etapa de la iniciación.

La frase «podéis hacer lo que queráis» se me queda grabada. En casa nunca pude hacer lo que quería, ni siquiera de noche, ya que tenía que pensar primero en las necesidades de los demás. Ni siquiera se me ocurre qué me gusta hacer.

—Solo se os permite salir del complejo su vais acompañados por un osado —sigue diciendo Eric—. Detrás de esta puerta está la habitación en la que dormiréis las próximas semanas. Veréis que hay diez camas, auqnue solo sois nueve. Creíamos que llegaríais más hasta aquí.

—Pero empezamos con doce —protesta Christina.

Cierro los ojos y espero a que la regañen; necesita aprender a callarse.

—Siempre hay al menos un trasladado que no llega al complejo —responde Eric mientras se tira de las cutículas; después se encoge de hombros—. En fin, en la primera etapa se la iniciación separamos a los trasladados de los nacidos en Osadía, aunque eso no quiere decir que se os evalúe por separado. AL final de la iniciación, vuestro puesto en la clasificación se determinará en comparación con los iniciados de Osadía. Y ya son mejores que vosotros, así que espero…

—¿Clasificación? —pregunta la erudita de pelo castaño desvaído que tengo a la derecha—. ¿Por qué nos clasifican?

Eric sonríe y, al la luz azul , su sonrisa parece malvada, como si se la hubiera abierto en la cara con un cuchillo.

—Vuestra clasificación obedece a dos propósitos. El primero es determinar el orden en el que podréis elegir cuantos puestos «deseables».

Se me contrae el estómago al mirar su sonrisa: iguak que me pasó al entrar en la sala de la prueba de aptitud, sé que algo malo está a punto de pasar.

—El segundo es que solo los diez mejores iniciados serán miembros.

Noto la punzada de dolor en el estómago. Nos quedamos quietos como estatuas hasta que Christina dice:

—¿Qué?

—Hay once iniciados nacidos aquí, y vosotros sois nueve —sigue explicando Eric—. Cuatro iniciados caerán al final de la primera etapa. El resto se decidirá después de la prueba final.

Eso quiere decir que, aunque superemos todas las etapas de la iniciación, seis iniciados no llegarán a ser miembros. Por el rabillo del ojo veo que Christina me mira, pero no puedo devolverle la mirada, ya que tengo los ojos fijos en Eric y no soy capaz de despegarlos de él.

Mis probabilidades como la iniciada más bajita, como la única trasladada de Abnegación son escasas.

—¿Qué pasa si no lo conseguimos? —pregunta Peter.

—Abandonaréis el complejo de Osadía —dice Eric con aire de indiferencia— y viviréis sin facción.

La chica de pelo castaño se lleva una mano a la boca y ahoga un sollozo. Recuerdo al hombre abandonado de dientes grises que se llevó la bolsa de manzanas, la mirada de sus ojos apagados. Sin embargo, en vez de llorar (como hace la chica de Erudición), me siento más fría, más dura.

Lograré ser miembro. Lo lograré.

—Pero ¡eso no es… justo! —exclama la chica veraz de ancho hombros, Molly; aunque suena enfadada, tiene cara de terror—. Si lo hubiera sabido…

—¿Estás diciendo que si lo hubieras sabido antes de la Ceremonia de la Elección no habrías elegido Osadía? —suelta Eric—. Porque, si es asi, deberías irte ahora mismo. Si de verdad eres una de nosotros, te dará igual la posibilidad de fallar. Y, si no es así, eres una cobarde.

Eric abre la puerta del dormitorio.

—Vosotros no habéis elegido. Ahora nosotros tenemos que elegiros a vosotros.

Me tumbo en la cama y escucho la respiración de otras nueve personas.

Nunca he dormido en el mismo cuarto que un chico, pero aquí no tengo otra alternativa, a no ser que prefiera dormir en el pasillo. Aunque todos se han puesto la ropa que nos han dado los osados, yo llevo mi ropa de Abnegación, que todavía huele a jabón y aire fresco, a casa.

Antes tenía mi propio cuarto, veía el patio delantero desde la ventana y, más allá, la niebla del horizonte. Estoy acostumbrada a dormir en silencio.

Noto calor detrás de los ojos al pensar en casa y, cuando parpadeo, se me cae una lágrima. Me cubro la boca para ahogar un sollozo.

No puedo llorar aquí, aquí no. Tengo que calmarme.

Estaré bien. Puedo mirarme en los espejos cuando quiera, puedo hacerme amiga de Christina, cortarme mucho el pelo y dejar que cada uno limpie lo suyo.

Me tiemblan las manos y veo borroso por culpa de las lágrimas.

Da igual que la próxima vez que vea a mis padres, el Día de Visita, apenas sean capaces de reconocerme…, si es que vienen. Da igual que me duela cada vez que recuerdo sus caras, aunque sea solo un instante. Incluso la de Caleb, por mucho que me doliera su secreto. Intento inspirar y espirar al ritmo de los demás iniciados; da igual.

Un sonido ahogado interrumpe la respiración, seguido de un fuerte sollozo. Los muelles de una cama chirrían cuando un cuerpo grande se da la vuelta y una almohada intenta esconder el llanto, aunque no lo suficiente. El ruido proviene de la litera que tengo al lado, de un chico de Verdad. Al, el más grande y fornido de los iniciados. Jamás me lo habría esperado de él.

Sus pies están a pocos centímetros de mi cabeza, debería consolarlo…, debería querer consolarlo, porque así me educaron. Sin embargo, siento asco. Alguien que parece tan fuerte no debería ser tan débil. ¿Por qué no puede llorar en silencio, como el resto?

Trago saliva.

Si mi madre se enterase de lo que estoy pensando, sé la cara que pondría: los labios hacia abajo; las cejas más cerca de los ojos, aunque no fruncidas, sino como si estuvieran cansadas. Me llevo la palma de la mano a las mejillas.

Al vuelve a sollozar. Casi noto el sonido en la garganta. Está a pocos centímetros de mí, debería tocarlo.

No, bajo la mano y ruedo hasta ponerme de lado, mirando a la pared. Nadie tiene por qué saber que no quiero ayudarlo. Mantendré ese secreto oculto. Cierro los ojos y me da sueño, pero, cada vez que estoy a punto de dormirme, oigo a Al.

Quizá mi problema no sea que no puedo ir a casa. Echaré de menos a mis padres y a Caleb, la chimenea por las noches y el sonido de las agujas de punto de mi madre, pero no es la única razón por la que noto un vacío en el estómago.

Quizá mi problema sea que, aunque volviera a casa, no sería mi lugar, no me encontraría a gusto entre a gente que da sin pensar y se preocupa sin que le suponga un esfuerzo.

La idea hace que apriete los dientes. Me pongo la almohada sobre las orejas para no oír los llantos de Al y me quedo dormida con unos círculos húmedos apretados contra la mejilla.

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