En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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—LO PRIMERO QUE aprenderéis hoy es a disparar. Lo segundo, a ganar en una pelea —dice Cuatro, y me pone una pistola en la mano sin mirarme antes de seguir caminando—. Por suerte, si estáis aquí, ya sabéis cómo subir y bajar de un tren en movimiento, así que no tengo que enseñar a hacerlo.

No debería sorprenderme que en Osadía esperen que nos pongamos a trabajar de inmediato, aunque suponía que tendríamos más de seis horas para descansar antes de empezar con ello. estoy recién salida de la cama y todavía noto el cuerpo pesado.

—La iniciación se divide en tres etapas. Mediremos vuestro progreso y os clasificaremos de acuerdo con vuestro rendimiento en cada una de ellas. Las etapas no tienen la misma importancia para determinar la clasificación final, así que es posible, aunque difícil, mejorar drásticamente la posición con el tiempo.

Me quedo mirando el arma que tengo en la mano. Jamás había pensado que llegaría a tocar una, por no hablar ya de dispararla. Me parece peligrosa, como si con solo tocarla pudiera hacer daño a alguien.

—Creemos que la preparación erradica la cobardia, la cual definimos como la incapacidad para actuar cuando se tiene miedo —dice Cuatro—. Por tanto, cada etapa de la iniciación está diseñada parar prepararos de una forma distinta. Lo esencial de la primera etapa es la parte física; de la segunda, la emocional; de la tercera, la mental.

—Pero ¿qué…? —empieza a decir Peter, bostezando—. ¿Qué tiene que ver disparar un arma con… la valentía?

Cuatro da una vuelta a la pistola en la mano, pone el cañón contra la frente de Peter y coloca una bala en la recámara. Peter se queda helado, con los labios entreabiertos y el bostezo a medias.

—Despierta. Ya —le suelta Cuatro—. Llevas encima una pistola cargada, idiota. Actúa en consecuencia.

El instructor baja el arma y, en cuanto la amenaza inmediata desaparece, los ojos verdes de Peter se vuelven más duros. Me sorprende que logre contener las ganas de responder, teniendo en cuenta que en Verdad ha dicho lo que ha querido toda su vida, pero lo hace, aunque con las mejillas rojas.

—Y, en respuesta a tu pregunta…, es mucho menos probable que os ensuciéis los pantalones y lloréis llamando a vuestras mamás si estáis preparados para defenderos. —Cuatro se detiene al inicio de la fila y se da la vuelta—. Se trata de información que quizá necesitéis cuando llevemos más tiempo con la primera etapa. Así que observadme.

Se pone de cara a la pared en la que está el blanco (un trozo cuadrado de contrachapado con tres círculos rojos para cada uno de nosotros). Abre un poco los pies, sostiene la pistola con ambas manos y dispara. El disparo hace tanto ruido que me duelen los oídos. Estiro el cuello para mirar al blanco: la bala ha atravesado el círculo del centro.

Me vuelvo hacia mi diana. Mi familia nunca aprobaría que disparara un arma; dirían que, aparte de para actos de violencia, las armas son para defenderse y, por tanto, sería egoísta usarlas.

Los aparto de mi cabeza, abro las piernas al ancho de mis hombros y rodeo delicadamente con ambas manos la culata. Es pesada y me cuesta apartarla del cuerpo, pero la quiero tener lo más lejos posible de la cara. Aprieto el gatillo, primero con vacilación y después más fuerte, y el retroceso empuja mis manos hacia atrás, hacia mi nariz. Me tambaleo y me apoyo en la pared que tengo detrás para mantener el equilibrio. No sé adónde ha ido la bala, pero seguro que ni se ha acercado al blanco.

Disparo una y otra vez, y ninguna de las balas se acerca.

—En términos estadísticos —dice el chico erudito que tengo al lado, Will, sonriente—, ya deberías haberle dado al blanco al menos una vez, aunque fuera por accidente.

Es rubio, desgreñado y tiene una arruga entre las cejas.

—¿Ah, sí? —respondo, en tono neutro.

—Sí. Creo que estás desafiando a la naturaleza.

Aprieto los dientes y me vuelvo hacia la diana y, esta vez, estoy lista para el retroceso. Las manos se me mueven un poco hacia atrás, pero mis pies se quedan fijos en el suelo. Un agujero de bala aparece en el borde del blanco, así que arqueo una ceja y miro a Will.

—¿Ves? Tenía razón: las estadísticas no mienten —comenta.

Sonrío un poco.

Vacío cinco cargadores para dar en el centro del blanco y, cuando lo hago, noto que me recorre una corriente de energía. Estoy despierta, con los ojos muy abiertos y las manos calientes. Bajo la pistola. Controlar algo que puede causar tanto daño hace que te sientas poderoso; bueno, controlar algo, punto.

Quizá haya encontrado mi lugar.

Cuando paramos para la comida, me duelen los brazos de sostener la pistola y me cuesta estirar los dedos. Los masajeo de camino al comedor. Christina invita a Al a sentarse con nosotras. Cada vez que lo miro oigo sus sollozos, así que intento no mirarlo.

Muevo los guisantes de un lado a otro del plato y pienso de nuevo en las pruebas de aptitud. Cuando Tori me advirtió que ser divergente era peligroso, me sentí como si me lo hubieran grabado en la cara, como si alguien fuera a verlo si daba cualquier diminuto paso en falso. Hasta el momento no he tenido ningún problema, pero eso no quiere decir que me sienta a salvo. ¿Y si bajo la guardia y sucede algo horrible?

—Oh, venga, ¿no te acuerdas de mí? —pregunta Christina a Al mientras se prepara un sándwich—. Estábamos juntos en mates hace unos días, y no soy de las que se callan.

—Me pasaba dormido casi toda la clase de mates —responde Al—. ¡Era la primera hora!

¿Y si el peligro no aparece pronto? ¿Y si surge dentro de muchos años y no lo veo venir?

—Tris —dice Christina, y chasquea los dedos delante de mi cara—. ¿Estás ahí?

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Te he preguntado si recuerdas haber estado en clase conmigo —responde—. Bueno, sin ánimo de ofender, yo seguramente no te recordaría. Todos los de Abnegación me parecíais iguales. En fin, me lo siguen pareciendo, pero ahora tú no eres uno de ellos.

Me quedo mirándola; como si necesitara que me lo recordase.

—Lo siento, ¿he sido grosera? Estoy acostumbrada a decir lo que se me ocurre. Mi madre decía que la educación es un engaño envuelto en bonito papel de regalo.

—Creo que por eso nuestras facciones no se relacionan mucho —respondo, soltando una breve carcajada.

Verdad y Abnegación no se odian como Erudición y Abnegación, pero sí que se evitan. El auténtico problema de Verdad es con Cordialidad. Según Verdad, los que buscan la paz por encima de todo siempre engañarán para mantener las aguas tranquilas.

—¿Me puedo sentar aquí? —pregunta Will, dando unos golpecitos en la mesa con el dedo.

—¿Y eso? ¿No quieres comer con tus amigos eruditos? —dice Christina.

—No son mis amigos —responde Will, dejando el plato sobre la mesa—. Solo porque estuviéramos en la misma facción no quiere decir que nos llevemos bien. Además, Edward y Myra están saliendo, y preferiría no ser el que aguanta las velas.

Edward y Myra, los otros trasladados de Erudición, están sentados a dos mesas de nosotros, tan cerca el uno del otro que se dan codazos mientras cortan la comida. Myra se detiene para besar a Edward. Los observo atentamente; en toda mi vida he visto muy pocos besos.

Edward se vuelve y besa a Myra en los labios. Dejo escapar el aire entre los dientes y aparto la mirada. Parte de mí quiere que los regañen, mientras que otra parte se pregunta, con una pizca de desesperación, qué se sentirá al notar los labios de otra persona en los tuyos.

—¿Tienen que hacerlo en público? —pregunto.

—Si solo lo ha besado… —dice Al, frunciendo el ceño; cuando frunce el ceño, sus gruesas cejas le tocan las pestañas—. Tampoco es que se estén desnudando.

—No está bien besarse en público.

Al, Will y Christina dedican la misma sonrisa de complicidad.

—¿Qué? —pregunto.

—Se te ve la Abnegación —dice Christina—. A los demás no nos importa mostrar un poquito de afecto en público.

—Ah —respondo, encogiéndome de hombros—. Bueno…, supongo que tendré que superarlo.

—O puedes seguir siendo frígida —dice Will con un brillo malvado en los ojos—. Ya sabes, si quieres.

Christina le tira un panecillo; él lo agarra y lo muerde.

—No seas malo con ella —le pide la chica—. La frigidez es parte de su naturaleza. Igual que para ti ser un sabelotodo.

—¡No soy frígida! —exclamo.

—No te preocupes —dice Will—, resulta atractivo. Mira, te has puesto roja.

El comentario solo sirve para que me ponga más roja todavía. Todos los demás se ríen. Yo me obligo a reír y, al cabo de unos segundos, la risa me sale sola.

Sienta bien volver a reír.

Después de la comida, Cuatro nos lleva a otra sala. Es enorme, tiene un suelo de madera que chirría y está lleno de grietas, con un gran círculo pintado en el centro. En la pared de la izquierda hay un tablero verde: una pizarra. Mis profesores de Niveles Inferiores usaban una, aunque no las había visto desde entonces. Quizá tenga algo que ver con las prioridades de Osadía: lo primero el entrenamiento, después viene la tecnología.

Nuestros nombres están escritos en la pizarra por orden alfabético. Colgados a intervalos de un metro a lo largo del fondo de la sala hay unos sacos de arena de color negro desteñido.

Nos ponemos en fila detrás de ellos, y Cuatro se pone en el centro, donde todos podamos verlo.

—Como dije esta mañana, ahora aprenderéis a pelear. El objetivo es prepararos para actuar; preparar vuestros cuerpos para que respondan a las amenazas y a los desafíos…, cosa que necesitaréis si pretendéis sobrevivir como miembro de Osadía.

Ni siquiera puedo pensar en vivir como miembro de Osadia. Solo soy capaz de pensar en superar la iniciación.

—Hoy repasaremos la técnica y mañana empezaréis a luchar entre vosotros —dice Cuatro—. Así que os recomiendo que prestéis atención. Los que no aprendan deprisa acabarán heridos.

Cuatro nombra unos cuantos tipos de golpes y hace una demostración de cada uno de ellos, primero en el aire y después contra el saco de arena.

Voy pillándolo mientras practicamos. Como con la pistola, necesito unos cuantos intentos para averiguar cómo mantenerme en pie y mover mi cuerpo como lo hace él. Las patadas son lo más difícil, aunque solo nos enseña lo básico. El saco de arena me deja las manos y los pies doloridos, me pone la piel roja y apenas se mueve, por muy fuerte que lo golpee. A mi alrededor oigo el sonido de piel contra tela.

Cuatro da vueltas entre los iniciados para observarnos mientras repetimos los movimientos. Cuando se detiene frente a mí se me retuercen las entrañas como si alguien las agitara con un tenedor. Se me queda mirando, me observa de pies a cabeza sin detenerse en ninguna parte: una mirada práctica y científica.

—No tienes mucho músculo —dice—, lo que significa que será mejor que utilices las rodillas y los codos. Puedes darles más potencia.

De repente me pone una mano en el estómago. Tiene unos dedos tan largos que, aunque la muñeca me toca un lado de las costillas, las puntas de los dedos llegan al otro lado. El corazón me late tan fuerte que me duele el pecho, y me quedo mirando al instructor con los ojos muy abiertos.

—Nunca olvides mantener la tensión aquí —dice en voz baja.

Después levanta la mano y sigue andando. Sigo notando la presión de su palma. Es extraño, pero tengo que detenerme a respirar unos segundos antes de seguir practicando.

Cuando Cuatro nos deja salir para la cena. Christina me da un codazo.

—Me sorprende que no te haya partido por la mitad —dice, arrugando la nariz—. Ese tío me aterra, es por ese acento de voz tan bajito.

—Sí, es de los que… —empiezo a responder, volviendo la vista para mirarlo; es tranquilo y muy sereno, pero no temía que me hiciera daño—, …de los que intimidan, está claro.

Al, que estaba delante de nosotras, se vuelve cuando llegamos al Pozo y anuncia:

—Quiero un tatuaje.

Desde detrás de nosotros, Will pregunta:

—¿Un tatuaje de qué?

—No lo sé —responde Al, riéndose—. Solo quiero sentir que de verdad he dejado atrás la antigua facción. Dejar de llorar por ella —explica; como no respondemos añade—: Sé que me habéis oído.

—Sí, aprende a no hacer tanto ruido, ¿vale? —dice Christina, pinchando con el dedo el grueso brazo de Al—. Creo que tienes razón. Ahora mismao estamos medio dentro, medio fuera. Si queremos entrar del todo, deberíamos tener el aspecto adecuado.

Me echa una mirada.

—No, no me voy a cortar el pelo —le aseguro—, ni tampoco pienso teñírmelo de un color extraño. Ni me voy a agujerear la cara.

—¿Y el ombligo? —pregunta.

—¿O el pezón? —sugiere Will, resoplando.

Suelto un gruñido.

Como hemos terminado el entrenamiento del día podemos hacer lo que queramos hasta la hora de dormir. La idea me marea un poco, aunque quizá sea el cansancio.

El Pozo está lleno de gente. Christina anuncia que nos reuniremos con Al y Will en el estudio de tatuaje y me arrastra hacia el local de ropa. Vamos dando tumbos por el camino, subiendo cada vez más por encima del suelo del Pozo, desperdigando piedras con los zapatos.

—¿Qué le pasa a mi ropa? —pregunto—. Ya no voy de gris.

—Es fea y gigantesca —responde, suspirando—. ¿Me dejas que te ayude? Si no te gusta lo que te elijo, te prometo que no tendrás que volver a ponértelo.

Diez minutos después estoy delante de un espejo en el local de la ropa con un vestido negroq ue me llega a la rodilla. la falda no es de vuelo, aunque tampoco se me pega a los muslos…, a diferencia de la primera que me había elegido y que yo me negué a vestir. Se me pone de punta el vello de los brazos desnudos. Ella me quita la goma que me sujeta el pelo y deshace la trenza, así que la melena ondulada me cae sobre los hombros.

Después saca un lápiz negro.

—Lápiz de ojos —explica.

—No vas a conseguir que parezca guapa, te lo advierto.

Cierro los ojos y me quedo quieta. Ella me pasa la punta del lápiz por el filo de las pestañas. Me imagino que estoy delante de mi familia así vestida y noto un nudo en el estómago, como si fuera a vomitar.

—¿A quién le importa parecer guapa? Lo que pretendo es que se te vea.

Abro los ojos y, por primera vez, miro abiertamente mi reflejo. El corazón se me acelera al hacerlo, como si estuviera rompiendo las reglas y esperara la reprimenda. será difícil superar los hábitos inculcados por Abnegación, como tirar de un solo hilo dentro de un intrincado bordado. Sin embargo, encontraré hábitos nuevos, ideas nuevas, reglas nuevas. Me convertiré en otra cosa.

Antes tenía los ojos azules, pèro de un azul apagado y grisáceo; el lápiz de ojos los ha convertido en ojos penetrantes. Con el pelo enmarcándome la cara, mis rasgos resultan más suaves y más redondos. No soy guapa (tengo los ojos demasiado grandes y la nariz demasiado larga), pero veo que Christina tiene razón: ahora se me ve.

Mirarme en estos momentos no es como mirarme por primera vez; es como mirar a otra persona por primera vez. Beatrice era una chica a la que veía en unos momentos robados frente al espejo, que guardaba silencio en la mesa. esta persona es alguien que reclama atención y no la suelta; esta es Tris.

—¿Ves? —dice Christina—. Estás… llamativa.

Dadas las circunstancias, es el mejor cumplido que podría haberme hecho. Le sonrío en el espejo.

—¿Te gusta? —pregunta.

—Sí —respondo—. Parezco… otra persona.

—¿Y eso es bueno o malo? —pregunta ella, entre risas.

Me miro de nuevo; de frente. Por primera vez, la idea de dejar atrás mi identidad de Abnegación no me pone nerviosa, sino que me da esperanza.

—Bueno —aseguro, y sacudo la cabeza—. Lo siento, es que nunca me han dejado mirarme tanto tiempo en el espejo.
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