En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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—¿En serio? —dice Christina, sacudiendo la cabeza—. Abnegación es una facción extraña, permite que te lo diga.

—Vamos a ver cómo tatúan a Al —respondo; a pesar de haber dejado atrás a mi antigua facción, todavía no quiero criticarla.

En casa, mi madre y yo elegíamos idénticos montones de ropa cada seis meses, aproximadamente. Es fácil asignar recursos cuando todos tienen los mismo, pero en el complejo de Osadía hay mucha más variedad. Cada osado tiene un número de puntos que puede gastar al mes, y el vestido me cuesta uno de ellos.

Christina y yo corremos por el estrecho sendero hacia el estudio de tatuajes. Cuando llegamos, Al ya está sentado en la silla, y un hombre bajo y delgado que tiene más tinta que piel desnuda está dibujándole una araña en el brazo.

Will y Christina ojean los libros de dibujos, y se dan codazos cuando encuentran uno bueno. viéndolo así, sentados juntos, me doy cuenta de lo distintos que son: Christina, alta y oscura, y Will, pálido y macizo, aunque los dos se parecen en la facilidad con la que sonríen.

Doy vueltas por la habitación mirando el arte de las paredes. Estos días solo se encuentran artistas en Cordialidad. Abnegación considera el arte como algo poco práctico, y contemplarlo como un tiempo perdido que podría emplearse en ayudar a los demás, así que, aunque he visto obras de arte en los libros de texto, nunca había estado en un cuarto con decoración. Hace que el aire resulte cercano y cálido, y podría pasarme horas aquí dentro sin darme cuenta. Recorro la pared con la punta de los dedos. La imagen de un halcón me recuerda el tatuaje de Tori; debajo hay un bosquejo de un pájaro volando.

—Es un cuervo —dice una voz detrás de mí—. Bonito, ¿verdad?

Me vuelvo y veo a Tori. es como si estuviera otra vez en la sala de la prueba de aptitud, con los espejos a mi alrededor y los cables conectados a la frente. No esperaba volver a verla.

—Vaya, hola —me saluda, sonriendo—. Creía que no volvería a verte. Beatrice, ¿no?

—Tris, en realidad —respondo—. ¿Trabajas aquí?

—Sí, solo me tomé unos días libres para encargarme de las pruebas. Paso aquí casi todos el tiempo —responde, y se da unos golpecitos en la barbilla—. Reconozco ese nombre: fuiste la primera saltadora, ¿no?

—Sí.

—Bien hecho.

—Gracias —respondo, y toco el bosquejo del pájaro—. Mira, tengo que hablar de… —me detengo, y miro a Will y Christina; ahora no puedo arrinconar a Tori, me harían preguntas— …una cosa. En otro momento.

—No sé si sería sensato —responde en voz baja—. Te ayudé todo lo que pude y ahora tendrás que seguir sola.

Frunzo los labios. Ella tiene respuestas, lo sé. Si no me las da ahora, encontraré la forma de que me las dé en otra ocasión.

—¿Quieres un tatuaje? —me pregunta.

El dibujo del pájaro me llama la atención. No quería hacerme un piercing ni tatuajes cuando llegué. Sé que, si lo hago, me separaré un poco más de mi familia, una separación que nunca podré resolver. Y si mi vida aquí continúa como hasta ahora, puede que no sea lo más importante que nos separe.

Pero entiendo lo que me contó Tori, que su tatuaje representaba un miedo que había superado, un recordatorio de lo que era y un recordatorio de lo que es ahora. Quizá haya una forma de honrar mi antigua vida a la vez que abrazo la nueva.

—Sí —respondo—. Tres de estos pájaros volando.

Me toco la clavícula y marco la trayectoria de su vuelo: hacia el corazón. Uno por cada miembro de la familia que he dejado atrás.

CAPÍTULO

NUEVE

—COMO SOIS impares, uno de vosotros no peleará hoy —dice Cuatro, y da un paso atrás para apartarse de la pizarra de la sala de entrenamiento; me mira: el espacio junto a mi nombre está en blanco.

Se me deshace el nudo del estómago; un respiro.

—Esto no es bueno —dice Christina, y me da un codazo.

Su codo me da en uno de mis músculos doloridos (esta mañana tengo más músculos doloridos que no doloridos) y pongo una mueca.

—Ay.

—Perdona. Pero mira, me toca contra el Tanque.

Christina y yo nos sentamos juntas en el desayuno, y antes de eso me sirvií de pantalla del resto de dormitorio para que me cambiara. Nunca había tenido una amiga como ella. Susan era más amiga de Caleb que mía, y Robert solo iba donde iba Susan.

Supongo que, en realidad, nunca he tenido un amigo, punto. Es imposible mantener una amistad real cuando nadie cree poder aceptar ayuda y ni siquiera habla de sus cosas. Eso no me pasará aquí. Ya sé más de Christina de lo que sabía de Susan, y la conozco desde hace dos días.

—¿El Tanque? —pregunto; busco el nombre de Christina en la pizarra y veo que al lado está el de Molly.

—Sí, de los seguidores de Peter, la que es ligeramente más femenina —responde, señalando con la cabeza el grupo de gente del otro lado de la sala.

Molly es igual de alta que Christina, pero ahí acaba el parecido. La otra chica tiene hombros anchos, piel bronceada y nariz protuberante.

—Esos tres —dice Christina, señalando a Peter, Drew y Molly— son inseparables desde que salieron del vientre materno, prácticamente. Los odio.

Will y Al están frente a frente en la arena. Suben las manos a la altura de la cara para protegerse, como nos enseñó Cuatro, y van moviéndose en círculo. Al es unos quince centímetros más alto que Will y dos veces más ancho. Al mirarlo me doy cuenta de que incluso sus rasgos faciales son grandes: nariz grande, labios grandes, ojos grandes. la pelea no durará mucho.

Miro a Peter y sus amigos. Drew es más bajo que Peter y que Molly, aunque si complexión es la de una roca y va siempre encorvado. Tiene el pelo rojo anaranjado, como una zanahoria pasada.

—¿Qué tienen de malo? —pregunto.

—Peter es pura maldad. Cuando éramos pequeños, buscaba pelea con los chicos de otras facciones y después, cuando aparecía un adulto para separarlos, lloraba y se inventaba una historia para echarle la culpa a otro chico. Y, por supuesto, se lo creían porque era un veraz y no podía mentir. Ja, ja —explica Christina, arrugando la nariz—. Drew no es más que su compinche. Seguro que no tiene ni un pensamiento independiente en el cerebro. Y Molly… es la clase de personas que fríe hormigas con una lupa para ver como mueren.

En la arena, Al le da un buen puñetazo a Will en la mandíbula. Hago una mueca. Al otro lado de la sala, Eric sonríe con satisfacción y mira a Al, para después darle una vuelta a uno de los anillos de su ceja.

Will se tambalea haci un lado con una mano apretándole la cara y boquea el siguiente puñetazo de al con la mano libre. A juzgar por su mueca, bloquear el golpe le ha resultado tan doloroso como el golpe en sí. Al es lento, pero muy fuerte.

Peter, Drew y Molly nos lanzan miradas furtivas, y se ponen a susurrar juntando sus cabezas.

—Creo que saben que estamos hablando de ellos —digo.

—¿Y? Ya saben que los odio.

—¿Lo saben? ¿Cómo?

Christina finge sonreírles y los saluda con la mano. Yo bajo la mirada, tengo las mejillas ardiendo. De todos modos, no debería cotillear, cotillear es una falta de moderación.

Will engancha con un pie la pierna de Al y tira de ella, tirándolo al suelo. Al se pone de pie como puede.

—Porque se lo he dicho —responde Christina apretando los dientes, aunque sin dejar de sonreír; sus dientes son rectos arriba y torcidos abajo-. En verdad intentamos ser muy sinceros con nuestros sentimientos —explica, mirándome—. Muchas personas me han dicho que no les caigo bien, y otras mucho no lo han hecho. ¿A quién le importa?

—Es que nosotros… Se supone que nosotros no debemos hace daño a los demás.

—Me gusta pensar que odiándolos les ayudo. Les recuerdo que no son un regalo de Dios a la humanidad.

Me río un poco antes de volver a concentrarme en la arena. Will y Al se quedan mirándome unos segundos, más vacilantes que antes. Will se aparta de los ojos un pálido mechón de pelo. Miran a Cuatro como si esperaran que detuviera ya la pelea, pero el instructor está de brazos cruzados y no dice nada. A unos cuantos metros de él, Eric mira la hora en su reloj.

Al cabo de unos segundos dando vueltas, Eric grita:

—¿Creéis que esto es para divertirnos un rato? ¿Os toca ya el descanso de la siesta, niñitos? ¡Luchad de una vez!

—Pero… —responde Al, enderezándose y bajando las manos—. ¿Vamos por puntos o algo? ¿Cuándo acaba la pelea?

—Acaba cuando uno de los dos no puede seguir —contesta Eric.

—De acuerdo con las reglas de Osadía —añade Cuatro-, también es posible que uno de los dos se rinda.

—eso es de acuerdo con las antiguas reglas —lo corrige Eric, entrecerrando los ojos—. De acuerdo con las nuevas reglas, nadie se rinde.

—Los valientes saben reconocer la fuerza de los demás —contesta Cuatro.

—Los valientes nunca se rinden.

Cuatro y Eric se quedan mirando unos segundos. Me siento como si estuviera viendo dos tipos distintos de osados: el honorable y el despiadado. Sin embargo, incluso yo sé que en esta sala es Eric, el líder más joven de Osadía, el que ostenta la autoridad.

La frente de Al está perlada de sudor; se lo limpia con el dorso de la mano.

—Esto es ridículo —protesta, sacudiendo la cabeza—. ¿Qué sentido tiene darle una paliza? ¡Estamos en la misma facción!

—Ah, ¿tan fácil crees que va a ser? —pregunta Will, sonriendo—. Venga, intenta pegarme, tortuga.

Will levanta de nuevo las manos; veo en su cara una resolución que no estaba ahí antes. ¿De verdad cree que puede ganar? un solo golpe a la cabeza y Al lo dejará K.O.

Claro que para eso tiene que conseguir darle. Al intenta hacerlo, pero Will se agacha; tiene la nuca reluciente de sudor. esquiva otro puñetazo, rodea a Al y le da una fuerte patada en la espalda. Al se inclina un poco y se da la vuelta.

Cuando era más pequeña leí un libro sobre osos pardos. Había una imagen de uno de pie sobre las patas traseras, con las zarpas extendidas, rugiendo. Es el aspecto que tiene Al en estos momentos. carga contra Will agarrándolo del brazo para que no se escape y le da un puñetazo en la mandíbula.

La luz desaparece de los ojos de Will, que son verde pálido, como el apio. Se le ponen en blanco y su cuerpo se relaja, cayendo al suelo como un peso muerto. noto una corriente fría en la espalda que me llega hasta el pecho.

Al abre mucho los ojos, se agacha junto a Will y le da en la mejilla con la mano. La sala guarda silencio, esperando la reacción de Will. Durante unos segundos no responde, se queda tirado en el suelo con el brazo tirado bajo él. Entonces parpadea, claramente aturdido.

—Levántalo —dice Eric.

El líder mira con avidez el cuerpo caído de Will, como si la imagen fuese una comida y él llevara varias semanas en ayunas. Tuerce los labios en una mueca cruel.

Cuatro se vuelve hacia la pizarra y rodea con un círculo el nombre de Al. Victoria.

—Los siguientes: ¡Molly y Christina! —grita Eric.

Al se echa el brazo de Will al hombro y lo saca de la arena.

Christina hace crujir sus nudillos. Le deseo buena suerte, aunque no sé si eso servirá de algo. Christina no es débil, pero es mucho menos robusta que Molly. Con suerte, la altura la ayudará.

Al otro lado de la sala, Cuatro sujeta a Will por la cintura y lo saca fuera. Al se queda un momento junto a la puerta, observándolos.

Que Cuatro se marche me pone nerviosa, porque dejarnos con Eric es como contratar a una niñera que se entretiene afilando cuchillos.

Christina se mete el pelo detrás de las orejas. Lo lleva a la altura de la barbilla, sujeto con horquillas plateadas. Hace crujir otro nudillo, parece nerviosa, y con razón: ¿quién no lo estaría después de ver a Will desmayarse como si fuera un muñeco de trapo?

Si los conflictos en Osadía acaban cuando solo uno queda en pie, no estoy muy segura de lo que supondrá para mí esta parte de la iniciación. ¿Seré como Al, de pie sobre el cuerpo de alguien, sabiendo que soy la que lo ha derribado? ¿O como Will, tirado en el suelo sin poder moverse? ¿Y es egoísta por mi parte desear la victoria? ¿O es valiente? Me limpio el sudor de las manos en los pantalones.

Vuelvo a prestar atención a la pelea cuando Christina le da una patada en el costado a Molly, que ahoga un grito y aprieta los dientes como si estuviera a punto de gruñir entre ellos. Un rizo de grasiento pelo negro le cae en la cara, pero no se lo aparta.

Al está a mi lado, pero estoy demasiado concentrada al la pelea como para mirarle o para felicitarlo por ganar, suponiendo que sea eso lo que quiera. No estoy segura.

Molly dirige a Christina una sonrisa de suficiencia y, sin previo aviso, se lanza con las manos extendidas hacia su abdomen. Le da con fuerza, la derriba y la sujeta en el suelo. Christina se revuelve, pero Molly pesa mucho y no se mueve.

Molly le da un puñetazo y Christina aparta la cabeza, pero la otra chica sigue pegando una y otra vez hasta que su puño conecta con la mandíbula de Christina, con su nariz, con su boca. Sin pensar, agarro el brazo de Al y lo aprieto con todas mis fuerzas porque necesito sujetarme. La sangre corre por la cara de Christina y salpica el suelo, al lado de su mejilla. Es la primera vez que rezo para que alguien se desmaye.

Sin embargo, no lo hace. Christina grita, se suelta de un brazo y le da un puñetazo a Molly que la desequilibra. Consiguen liberarse y se pone de rodillas, sujetándose la cara con una mano. La sangre que le cae de la nariz es espesa y oscura, y le cubre los dedos en segundos. Grita otra vez y se aleja a rastras de Molly. Por cómo mueve los hombros , sé que está llorando, aunque apenas le oigo por culpa del latido de la sangre en mis oídos.

«Por favor, desmáyate.»

Molly da una patada a Christina en el costado, tirándola de espaldas. Al saca la mano del brazo que tengo agarrada y me acerca más a él. Aprieto los dientes para no gritar. La primera noche no sentí ninguna pena por Al, pero todavía no soy tan cruel; ver a Christina agarrándose las costillas hace que desee ponerme entre las dos.

—¡Para! —gime Christina cuando Molly levanta el pie para darle otra patada; levanta una mano—. ¡Para!No puedo… —se interrumpe para toser—. No puedo más.

Molly sonríe y yo suspiro, aliviada. Al suspira también, noto sus costillas subiendo y bajando contra mi hombro.

Eric se acerca al centro de la arena muy despacio y se queda al lado de Christina, cruzando los brazos.

—Perdona, ¿qué has dicho? ¿Qué no puedes más?

Christina consigue ponerse de rodillas. Cuando levanta la mano del suelo deja una huella roja. Se pellizca la nariz para parar la sangre y asiente con la cabeza.

—Levántate —dice Eric.

Si hubiera gritado, quizá no me sentiría como si fuera a echar todo el contenido de mi estómago. si hubiera gritado, habría sabido que gritar era lo que peor que pensaba hacer. Pero habla en voz baja y con palabras precisas; después agarra por el brazo a Christina, la pone de pie y la arrastra al exterior de la sala.

—Seguidme —nos dice a los demás.

Y lo hacemos.

Noto el rugido del río en el pecho.

Nos ponemos cerca de la barandilla. El Pozo está casi vacío; es por la tarde, aunque tengo la sensación de llevar varios días en una noche continua.

Si hubiera personas alrededor, dudo que alguna ayudara a Christina. En primer lugar, estamos con Eric; en segundo, en Osadía se rigen por unas normas distintas, y la brutalidad no infringe esas normas.

Eric empuja a Christina contra la barandilla.

—Trépala —le ordena.

—¿Qué? —responde ella, como si esperase que Eric cediera, aunque sus ojos abiertos como platos y su rostro ceniciento indiquen lo contrario: sabe que Eric no cederá.

La barandilla es estrecha y metálica, y está cubierta por el agua del río, lo que hace que resulte resbaladiza y fría. Aunque Christina sea lo bastante valiente como para quedarse cinco minutos colgada de ella, puede que no consiga sujetarse. O decide quedarse sin facción o se arriesga a morir.
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