En el Chicago distópico de Beatrice Prior, la sociedad está dividida en cinco facciones, cada una de ellas dedicada a cultivar una virtud concreta: Verdad los




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Cuando cierro los ojos, me la imagino cayendo sobre las rocas puntiagudas del fondo y me estremezco.

—Vale —dice ella con voz temblorosa.

Su altura le permite pasar la pierna por encima de la barandilla, aunque le tiembla el pie. Apoya el dedo gordo en el saliente para pasar la otra pierna por encima. De cara a nosotros, se limpia el sudor de las manos en los pantalones y se sujeta con tanta fuerza a la barandilla que se le ponen blancos los nudillos. Después baja un pie del saliente; y el otro. Le veo la cara entre los barrotes de la barrera; está decidida, tiene los labios bien apretados.

A mi lado, Al pone el cronómetro de su reloj en marcha.

Christina resiste bien el primer minuto y medio. Agarra con manos firmes la baranda y no le tiemblan los brazos. Empiezo a pensar que quizá no le tiemblan los brazos. Empiezo a pensar que quizá lo consiga y logre demostrar a Eric lo tonto que ha sido por dudar de ella.

Pero, entonces, el río da contra la pared y el agua salpica la espalda de Christina, que se da de cara contra la barrera y grita. Se le resbalan las manos hasta que solo se sujeta con las puntas de los dedos. Intenta agarrarse mejor, pero ahora tiene las manos húmedas.

Si la ayuda, Eric me condenaría al mismo destino. ¿La dejaré matarse o me resignaré a quedarme sin facción? Peor aún: ¿es mejor no hacer nada mientras alguien muere o ir al exilio con las manos vacías?

A mis padres no les costaría responder.

Sin embargo, no soy como mis padres.

Por lo que sé. Christina no ha llorado desde que estamos aquí, pero ahora se le descompone el rostro y deja escapar un sollozo más fuerte que el rugido del río. Otra ola golpea la pared, y el agua le salpica el cuerpo. Una de las gotitas me da en la mejilla. Se le vuelven a resbalar las manos y, esta vez, una de ellas cae del pasamanos; Christina se queda colgando de cuatro dedos.

—Vamos, Christina —la anima Al con su voz grave, en un tono sorprendentemente alto; ella lo mira y él aplaude—. Venga, agárrate otra vez. Puedes hacerlo, agárrate.

¿Sería yo lo bastante fuerte como para sujetarla? ¿Merecería la pena el esfuerzo de intentar ayudarla si, de todos modos, soy demasiado débil para que sirva de algo?

Sé lo que son esas preguntas: excusas. «La razón humana es capaz de disculpar cualquier maldad; por eso es tan importante que no confiemos en ella.» Son las palabras de mi padre.

Christina sube el brazo e intenta aferrarse al pasamanos. Aunque nadie más la anima, Al junta sus enormes manos y grita sin dejar de mirarla a los ojos. Ojalá fuese capaz de imitarlo: ojalá pudiera moverme. Sin embargo, me quedo mirándola y me pregunto desde hace cuanto soy tan egoísta que soy asco.

Miro el reloj de Al: has pasado cuatro minutos. Me da un codazo en el hombro.

—Vanos —digo, susurrando; me aclaro la garganta—. Queda un minuto —añado, esta vez más alto.

La otra mano de Christina logra agarrarse de nuevo a la barandilla. Le tiemblan tanto los brazos que me pregunto si es que se está produciendo un terremoto que me altera la visión y yo no me he dado cuenta.

LA ayudaré. Si se resbala de nuevo, la ayudaré.

Otra ola de agua se estrella contra la espalda de Christina, que grita cuando las dos manos se le resbalan de la barandilla. Grito, aunque suena como si fuera otra persona.

Sin embargo, no se cae, se agarra a los barrotes. Se le resbalan los dedos por el metal hasta que ya no puedo verle la cabeza; solo los dedos.

El reloj de Al marca cinco minutos.

—Ya han pasado los cinco minutos —dice, casi escupiendo las palabras a Eric.

Eric mira su propio reloj, se toma un tiempo, gira la muleca y, mientras tanto, noto retortijones en el estómago y soy incapaz de respirar.Cuando parpadeo miro a la hermana de Rita en el pavimento, bajo las vías del tren, con las extremidades torcidas; ver a Rita gritando y llorando; me veo a mi misma dando media vuelta.

—Vale —dice Eric—. Puedes subir, Christina.

Al se acerca a la barandilla.

—No —le detiene Eric—. Puede subir, Christina.

—No, no tiene que hacerlo sola —gruñe Al—. Ha hecho lo que le has pedido. No es una cobarde, ha hecho lo que le has pedido.

Eric no responde. Al baja un brazo por la barrera y es tan alto que logra llegar a la muñeca de Christina. Ella se agarra a su antebrazo y Al tira de ella, rojo de frustración. Corro a ayudarle. Aunque soy demasiado baja para servir de algo, como sospechaba, sujeto a mi amiga por el hombro cuando llega a la altura adecuada, y Al y yo la pasamos por encima de la barandilla. Christina cae al suelo con la cara todavía ensangrentada por la pelea, la espalda empapada y el cuerpo temblando.

Me arrodillo a su lado. Me mira a los ojos, mira a Al, y los tres recuperamos el aliento.

CAPÍTULO

DIEZ

ESA NOCHE sueño que Christina está colgada de nuevo de la barandilla, esta vez por los pies, y que alguien grita que solo un divergente puede ayudarla. Así que corro para tirar de ella, pero alguien me empuja por el borde y me despierto antes de darme contra las rocas.

Empapada en sudor y temblorosa por culpa del sueño, me acerco al baño de las chicas para ducharme y cambiarme. Cuando vuelvo, alguien ha pintado con espray rojo la palabra «Estirada» en mi colchón. También lo han escrito con letras más pequeñas en el cabecero y en la almohada. Miro a mi alrededor; el corazón me late con fuerza de la rabia.

Peter está detrás de mí, silbando mientras ahueca su almohada. Cuesta creer lo mucho que se puede odiar a alguien que parece tan amable; las cejas se le arquean de manera natural, y tiene una sonrisa amplia y blanca.

—Bonita decoración —comenta.

—¿Te he hecho algo de lo que no sea consciente? —pregunto; agarro la esquina de una sábana y la arranco del colchón—. No sé si te habrás dado cuenta, pero ahora estamos en la misma facción.

—No sé de qué me hablas —responde en tono alegre antes de mirarme—. Y tú y yo nunca estaremos en la misma facción.

Sacudo la cabeza mientras le quito la funda a la almohada. «No te enfades», me digo. Él quiere que me altere; no lo conseguirá. A pesar de todo, cada vez que ahueca la almohada pienso en darle un puñetazo en la barriga.

Al entra y ni siquiera tengo que pedirle que me ayude; se limita a acercarse y ponerse a quitar las sábanas conmigo. Después habrá que restregar el cabecero. Al se lleva la pila de sábanas a la basura y después vamos juntos a la sala de entrenamiento.

—No le hagas caso —comenta—. Es un idiota y, si no te enfadas, al final parará.

—Sí —respondo, tocándome las mejillas, que siguen calientes después de haberse puesto rojas de rabia; intento distraerme—. ¿Has hablado con Will? —pregunto en voz baja—. Después de…, ya sabes.

—Sí, está bien, no está enfadado —responde él, suspirando—. Ahora siempre me recordarán como el primer tío que dejó K.O. a alguien.

—Hay peores formas de ser recordado. Al menos, no te fastidiarán.

—También hay mejores formas —dice; sonríe y me da un codazo—. Primera saltadora.

Aunque puede que fuera la primera saltadora, sospecho que ahí es donde empieza y acaba mi fama en Osadía.

Me aclaro la garganta.

—Uno de los dos tenía que acabar en el suelo, ya lo sabes. Si no hubiera sido él, habrías sido tú.

—De todos modos, no quiero volver a hacerlo —afirma, sacudiendo la cabeza demasiadas veces, demasiado deprisa; se sorbe los mocos—. De verdad que no.

—Pero tienes que hacerlo —respondo cuando llegamos a la puerta de la sala de entrenamiento.

Tiene una cara amable; quizá sea demasiado amable para Osadía.

Cuando entro, miro la pizarra. Ayer no tuve que luchar, pero hoy seguro que sí. Al ver mi nombre, me paro a media zancada.

Lucho contra Peter.

—Oh, no —dice Christina, que entra detrás de nosotros, arrastrando los pies.

Tiene la cara amoratada y parece que intenta no cojear; cuando ve la pizarra, hace una bola con el envoltorio de magdalena que lleva en la mano.

—¿Van en serio? —pregunta—. ¿De verdad esperan que luches contra él?

Peter es casi treinta centímetros más alto que yo, y, ayer, venció a Drew en menos de cinco minutos. Hoy, la cara de Drew es más negra y azulada que color carne.

—Quizá puedas dejar que te dé unas cuantas veces y fingir desmayarte —sugiere Al—. Nadie te culparía.

—Sí, puede —respondo.

Me quedo mirando mi nombre en la pizarra y vuelvo a notar calor en las mejillas. Al y Christina solo intentan ayudar, pero me preocupa el hecho de que no crean ni por una milésima de segundo que tengo posibilidades contra Peter.

Me quedo a un lado de la sala, medio escuchando su cháchara y observando a Molly luchar contra Edward. Él es mucho más rápido que ella, así que seguro que Molly no ganará esta vez.

Conforme avanza la pelea y se me pasa el enfado, empiezo a ponerme nerviosa. Cuatro nos dijo ayer que aprovecháramos las debilidades de nuestros adversarios, y, aparte de su absoluta falta de características agradables, Peter no tiene ninguna. Es lo bastante alto como para ser fuerte, pero no tanto como para resultar lento; se le da bien localizar los puntos débiles de los demás; es cruel y no mostrará piedad alguna. Aunque me gustaría decir que me subestima, lo cierto es que mentiría: soy tan poco hábil como sospecha.

Quizá Al tenga razón, quizá deba dejar que me golpee unas cuantas veces y fingir desmayarme.

Sin embargo, no me puedo permitir no intentarlo, acabaría la última.

Cuando Molly consigue levantarse del suelo, medio consciente gracias a Edward, me late tan deprisa el corazón que lo noto bajo la punta de los dedos. No recuerdo cómo levantarme. No recuerdo cómo golpear. Me acerco al centro de la arena y se me encoge el estómago cuando veo a Peter caminar hacia mí, más alto de lo que recordaba y con los músculos en posición de firmes. Me sonríe. Me pregunto si me servirá de algo vomitarle encima.

Lo dudo.

—¿Estás bien, estirada? Pareces a punto de llorar. A lo mejor no te doy fuerte si lloras.

Veo a Cuatro por encima del hombro de Peter, de pie junto a la puerta, con los brazos cruzados. Tiene los labios fruncidos, como si acabara de tragar algo ácido. A su lado está Eric, que da golpecitos con el pie en el suelo a una velocidad mayor que la de mi corazón.

Primero estamos los dos de pie, mirándonos y, un segundo después, Peter se lleva las manos a la altura de la cara, dobla los codos y hace lo mismo con las rodillas, como si estuviera listo para saltar.

—Venga, estirada —dice; le brillan los ojos—. Solo una lagrimita. O suplicar un poco.

La idea de suplicar a Peter hace que me suba la bilis y, siguiendo un impulso, le doy una patada en el costado… o se la habría dado si no me hubiera agarrado el pie para tirar de él y derribarme. Me doy de espaldas contra el suelo, libero el pie y me levanto como puedo.

Tengo que permanecer de pie para que no pueda darme una patada en la cabeza; es en lo único que puedo pensar.

—Deja de jugar con ella —suelta Eric—. No tengo todo el día.

La mirada traviesa de Peter desaparece. Mueve el brazo, y el dolor me apuñala la mandíbula y se me extiende por la cara, haciendo que lo vea todo negro por los bordes y que me piten los oídos. Parpadeo y me tambaleo con el movimiento de la habitación. No recuerdo haber visto venir su puño.

Estoy demasiado desequilibrada para hacer otra cosa que no sea apartarme de él todo lo que me permite la arena. Él corre hasta ponerse delante de mí y me da una fuerte patada en el estómago. Su pie me deja sin aliento y duele, duele tanto que no puedo respirar, o quizá eso sea por la patada, no lo sé. El caso es que me caigo.

Lo único que me pasa por la cabeza es: «Levántate». Lo hago, pero Peter ya está allí. Me agarra por el pelo con una mano y me da un puñetazo en la nariz con la otra. Este dolor es distinto, menos como una puñalada y más como un crujido, un crujido en el cerebro que me hace ver muchos colores: azul, verde, rojo… Intento apartarlo, le doy con las manos en los brazos y él vuelve a pegarme, esta vez en las costillas. Tengo la cara mojada. Me sangra la nariz. Más rojo, supongo, aunque estoy demasiado mareada para bajar la vista.

Me empuja, caigo otra vez y me araño las manos en el suelo. Parpadeo, me cuesta moverme, soy lenta y noto calor. Toso y me arrastro hasta ponerme en pie. La verdad es que debería quedarme tumbada, teniendo en cuenta las vueltas que me da la sala. Y Peter también da vueltas a mi alrededor; soy el centro de un planeta que gira en torno a sí mismo, lo único que no se mueve. Algo me da en el costado y estoy a punto de caer de nuevo.

«Levántate, levántate.»

Veo una masa sólida delante de mí, un cuerpo. Golpeo lo más fuerte que puedo y mi puño da contra algo blando. Peter apenas gruñe y me pega en la oreja con la palma de la mano mientra se ríe entre dientes. Oigo un pitido e intento parpadear para librarme de los puntos negros de los ojos; ¿cómo se me ha metido algo dentro?

Por el rabillo del ojo veo que Cuatro abre la puerta y sale. Al parecer, esta pelea no le interesa lo suficiente, o puede que vaya a averiguar por qué todo da vueltas como una peonza, y no lo culpo: a mí también me gustaría saberlo.

Me ceden las rodillas y noto el suelo frío bajo la mejilla. Algo me golpea el costado y grito por primera vez, un chillido agudo que pertenece a otra persona, no a mí, y algo vuelve a golpearme en el costado y ya no puedo ver nada, ni siquiera lo que tengo delante de la cara, la oscuridad.

—¡Suficiente! —grita alguien, y yo pienso: «Demasiado y nada en absoluto».

Cuando me despierto no siento mucho, aunque noto dormido el interior de la cabeza, como si estuviera lleno de bolitas de algodón.

Sé que perdí, y lo único que mantiene el dolor a raya es lo que hace que me cueste pensar con claridad.

—¿Todavía tiene el ojo negro? —pregunta alguien.

Abro un ojo; el otro permanece cerrado, como si me hubieran echado pegamento. Will y Al están sentados a mi derecha; Christina está sentada en la cama, a mi izquierda, con una bolsa de hielo sobre la mandíbula.

—¿Qué te ha pasado en la cara? —pregunto; noto los labios torpes y demasiado grandes.

—Mira quién habla —responde ella, entre risas—. ¿Te buscamos un parche?

—Bueno, ya sé qué le pasó a mi cara. Estaba allí. Más o menos.

—¿Acabas de hacer un chiste, Tris? —dice Will, sonriendo—. Deberíamos ponerte hasta arriba de analgésicos más a menudo, si así vas a ponerte a hacer bromas. Ah, y, en respuesta a tu pregunta: le di una paliza.

—No puedo creerme que no pudieras con Will —comenta Al, sacudiendo la cabeza.

—¿Qué? Es bueno —responde ella, encogiéndose de hombros—. Además, creo que por fin he aprendido a dejar de perder. Solo necesito evitar que la gente me dé puñetazos en la mandíbula.

—Bueno, lo suyo sería que te hubieras dado cuenta desde el principio —le dice Will, guiñándole un ojo—. Ahora sé por qué no estás en Erudición. No eres muy lista, ¿eh?

—¿Te sientes bien, Tris? —pregunta Al.

Tiene los ojos castaño oscuro, casi del mismo color que la piel de Christina, y las mejillas se le ven ásperas. Da la sensación de que tendría una barba espesa si no se afeitara. Cuesta creer que solo tenga dieciséis años.

—Sí —respondo—. Solo desearía poder quedarme aquí para siempre. Así no tendría que volver a ver a Peter.

Pero no sé dónde es «aquí». Estoy en una habitación grande y estrecha en la que hay una hilera de camas a cada lado. Algunas tienen cortinas. A la derecha del cuarto hay un puesto de enfermería. Debe de ser el sitio al que van los de Osadía cuando están enfermos o heridos. La mujer del puesto nos mira por encima de una tablilla con hojas. Nunca había visto a una enfermera con tantos piercings en la oreja. Algunos osados deben de presentarse voluntarios para hacer trabajos que, por tradición, realizan otras facciones. Al fin y al cabo, no tendría mucho sentido que alguien de aquí fuese hasta el hospital de la ciudad cada vez que se hace daño.
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