Resumen En los procesos de reforma curricular emprendidos en las instituciones educativas mexicanas durante la última década, los profesores aparecen como responsables últimos de concretar los modelos educativos innovadores en el aula.




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títuloResumen En los procesos de reforma curricular emprendidos en las instituciones educativas mexicanas durante la última década, los profesores aparecen como responsables últimos de concretar los modelos educativos innovadores en el aula.
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La labor del docente frente a la tarea de innovar el currículo y la práctica

Los docentes son sujetos sociales y por lo tanto miembros de una comunidad educativa, por lo que resulta claro que el ejercicio docente no se puede reducir a simples ejecuciones técnicas o pedagógicas. Para entender el quehacer del docente es importante identificar sus significados y prácticas en el aula, lugar donde el conocimiento profesional se concretiza. Se logrará poco si lo anterior no se toma en cuenta cuando se pretende involucrar a los profesores en la tarea de innovar el currículo y su práctica en el aula.

Perrenoud (2004) plantea que en el contexto actual —donde aparecen como protagonistas la sociedad del conocimiento y la incertidumbre propiciada por acelerados cambios en todos los ámbitos de actuación humana— los profesores se ven obligados a decidir en la incertidumbre y a actuar en la urgencia, así como a desplegar una diversidad de competencias docentes sumamente complejas. 

Se ha depositado en la figura del profesor en singular la responsabilidad del éxito de las reformas educativas por medio de la concreción de las innovaciones curriculares en las aulas. Al respecto, Hargreaves (entrevistado por Romero, 2007) considera que el problema debe analizarse desde una perspectiva de cambio educativo mucho más amplia. Este autor sitúa el problema en el plano de la acción conjunta de las escuelas, los maestros y los sistemas educativos, que requieren reorganizarse en una lógica de comunidades inclusivas que logren transformar su estructura y cultura para lidiar con lo que les atañe, y así poder afrontar las demandas que se hacen a la educación de cara a una sociedad cambiante, incierta e insegura. 

Coincidimos con Hargreaves cuando afirma que ha resultado una mala opción la política competitiva del “individualismo corrosivo”, que enfrenta a actores y centros educativos en una lucha desigual desde el comienzo por alcanzar estándares de rendimiento por medio de mediciones estandarizadas que condicionan el financiamiento. Asociado a lo anterior, se ha optado por una estrategia de formación de profesores donde se pretende capacitarlos en determinadas estrategias metodológicas que se consideran efectivas para que las apliquen y consigan los resultados demandados. 

Pero lo que se pasa por alto, con base en lo que antes se ha expuesto, es que la tarea de innovar parte de otros presupuestos. La innovación de las prácticas educativas y del currículo, en lo que atañe a la participación de los profesores, sólo será posible en la medida en que el docente se desenvuelva en una cultura profesional basada en el pensamiento estratégico y participe en una comunidad de discurso crítico orientada a la transformación de la docencia. Es decir, lo que se necesita es construir una cultura de la innovación que descanse en el desarrollo de comunidades de aprendizaje profesional entre el profesorado. 

Es decir, hay que crear comunidades profesionales de docentes que trabajen conjuntamente en proyectos educativos concretos y pertinentes a su contexto, lo que exige condiciones organizativas y laborales que refuercen el criterio propio, la toma de decisiones de los docentes y las oportunidades para aprender unos de otros. Pero la idea no es crear ínsulas, sino que se espera que estas comunidades profesionales, sólidas y potentes, sean capaces de colaborar entre sí, a través de una red de conexiones entre distintas instituciones o centros educativos, con el compromiso por el cambio y la mejora sostenibles, bajo el principio de la diversidad cohesiva (véase Hargreaves y Fink, 2006). 

Desafortunadamente, existe una distancia importante entre las ideas anteriores y la realidad que circunda a la participación de los profesores de cara a la innovación educativa. En un sinnúmero de experiencias de formación o capacitación docente que buscan una supuesta apropiación de modelos innovadores, todavía prevalece la visión del docente como reproductor o aplicador de teorías, planes de estudio, materiales y programas pensados por otros, con poca posibilidad de hacer sentir su punto de vista o modificar lo propuesto. Aunado a esto, los esfuerzos que se realizan institucionalmente para la formación pasan por alto el pensamiento pedagógico del docente, la realidad de su práctica y lo que éste puede aportar a la propuesta curricular o didáctica. A nuestro juicio, a lo anterior se agrega otro factor en contra: no se aceptan el error, la incertidumbre, el conflicto de valores o la singularidad que caracterizan a los problemas complejos y abiertos, si es que entendemos que la tarea de innovar comporta elementos comunes con la solución y toma de decisiones en torno a situaciones-problema de tal magnitud.

De acuerdo con Ángel Díaz-Barriga (2005), en el contexto de las actuales reformas curriculares, los diseñadores de las políticas de formación de maestros han apostado por la muerte de la didáctica, desconociendo el papel que ésta tiene en la estructuración de la profesión docente. Tomando como referencia a Comenio, el autor plantea que es indispensable considerar que el núcleo central de la habilidad profesional del docente reside en el conjunto de decisiones que tiene que tomar con relación a su propuesta metodológica. Es decir “sólo la vinculación entre aprendizaje y metodología de enseñanza le permitirán al docente establecer estrategias diferentes de aprendizaje, con la única condición de buscar favorecer las condiciones del aprendizaje, otro principio fundamental del campo de la didáctica” (ibid.: 12). 

Con relación a cómo ocurren los cambios educativos que conducen a la innovación, se han planteado distintas metáforas o “gramáticas del cambio” que dan cuenta de las paradojas que se presentan en estos casos. Una de ellas, la metáfora del péndulo, afirma que ocurren oscilaciones pendulares (véase Snyders, en A. Díaz-Barriga, 2005), puesto que entre las diversas escuelas didácticas existe una posición de negación, que las lleva a colocarse una al extremo de la otra, con formulaciones contrarias sobre un tópico. Así, por ejemplo, las propuestas didácticas centradas en el aprendizaje de contenidos factuales se tienden a contraponer a las que abogan por el aprendizaje basado en centros de interés, el aprendizaje activo basado en experiencias vinculadas con la vida real o la construcción situada del conocimiento. Un problema importante es que esta metáfora plantea situaciones dicotómicas, irreconciliables, que no permiten arribar a un equilibrio o complementariedad entre las propuestas de innovación, y que incurren en el desconocimiento de la historia de las ideas pedagógicas.

Otra metáfora es la de las olas: “hay muchas olas pequeñas que cuando se suman crean una ola enorme que cambia todo para siempre en la playa” (Hargreaves, en Romero, 2007: 66). Esta metáfora, avalada en los trabajos de este autor en instituciones de nivel medio, tiene la virtud de explicar los cambios de término largo y de término corto, así como su interrelación, recuperando la idea de que existen rupturas y continuidades en todo proceso de innovación. Una metáfora más consiste en explicar el cambio o innovación educativa desde la resistencia, como fuerza opositora ante el cambio, ya sea activa y deliberada o más bien pasiva. En general, tiende a verse como negativa dicha resistencia, porque suele pensarse que es tributaria del conservadurismo y procede de grupos reaccionarios que pretenden mantener el status quo

No obstante, habría que analizar si detrás de la resistencia a la pretendida innovación existen también voces genuinas, de educadores y especialistas informados que muestran una preocupación respecto a cambios aparentes, apresurados o con poco sustento, a la imposición de miradas retrógradas o excluyentes disfrazadas de modernidad, o incluso a intenciones de manipulación con propósitos que no son precisamente educativos. En esta dirección, autores como Pinar (2003) manifiestan su rechazo por una tendencia creciente en los sistemas educativos de diversos países hacia la adopción irreflexiva de los productos y políticas culturales y económicas asociados al fenómeno de la llamada globalización, las cuales se presentan avaladas por el discurso de la necesidad del cambio o la innovación. No son pocas las naciones del orbe que enfrentan la preponderancia de los enfoques racionales y tecnológicos, del “pensamiento empresarial” o “visión corporativa”, sobre todo en el plano de las reformas y los proyectos educativos de gran alcance; ésta es la visión que parece estar permeando en muchos sistemas educativos. En una investigación realizada en el contexto de la universidad pública mexicana (A. Díaz-Barriga, Barrón y F. Díaz-Barriga, 2008), encontramos coincidencia con el planteamiento de Pinar, puesto que a pesar de que no hay suficientes estudios al respecto, esta tendencia “global” que adquiere tintes “locales” parece estar influyendo poderosamente en la reestructuración de la función docente y conduciendo a la hegemonía de las evaluaciones estandarizadas y de los enfoques de rendición de cuentas, competencias y desempeño. 

Finalmente, las innovaciones enfrentan al docente a un proceso de cambio de concepciones y prácticas que va mucho más allá de un simple aprendizaje por acumulación de información o centrado en la adquisición y traslado al aula de nuevas técnicas didácticas. Si lo que subyace en los modelos innovadores que se han mencionado antes representa un cambio de paradigma educativo, con la expectativa de que el docente abandone la enseñanza transmisivo-receptiva y migre hacia los enfoques centrados en el alumno, la construcción del conocimiento y la colaboración, el cambio solicitado es mayúsculo.

A manera de ejemplo, baste considerar el tema de la enseñanza basada en competencias, si es que entendemos a la competencia en su acepción de prescripción abierta, es decir, como la posibilidad de movilizar e integrar diversos saberes y recursos cognitivos cuando se enfrenta una situación-problema inédita, para lo cual la persona requiere mostrar la capacidad de resolver problemas complejos y abiertos, en distintos escenarios y momentos (Denyer et al., 2007; Perrenoud, 2004). Si esto es así, enseñar por competencias exige al profesor transformar la lógica de la transposición didáctica a la que está habituado. 4En el modelo clásico de transposición didáctica, se parte de identificar el conocimiento erudito (usualmente contenidos disciplinares) para transformarlo en conocimiento que se va a enseñar en las aulas. La expectativa en este caso es que el conocimiento aprendido sea trasladado eventualmente al medio social cuando sea requerido, aun cuando en la situación didáctica tal contacto no se haya propiciado. Por el contrario en el proceso de enseñanza-aprendizaje centrado en competencias, se da una construcción en espiral en la acción, donde los conocimientos se perciben como herramientas útiles para la resolución de problemas y esto provoca un cambio en la lógica de la transposición didáctica. De acuerdo con Denyer et al. (2007), durante la transposición didáctica por competencias el punto de partida consiste en ubicarse en las demandas del medio social, para proceder a la identificación y análisis de las situaciones sociales o tareas que hay que enfrentar, y después decidir qué conocimientos son los más pertinentes a enseñar en relación con las prácticas profesionales, la vida diaria, personales, etc., que se han identificado como prioritarias. Esto explica por qué los objetivos de la formación en un modelo por competencias no se describen en términos de contenidos disciplinares, sino en términos de actividades o tareas. Lo que se requiere es afrontar y resolver situaciones-problema, con toda la complejidad que ellas implican, lo más reales y cercanas posible al ejercicio social de la actividad; por ello, las prácticas educativas enfocadas a la realización de ejercicios de aplicación o repaso del conocimiento no son suficientes. Los contenidos disciplinares no dejan de ser importantes, pero su relevancia y procedencia se redimensiona. 

Consideramos que, de manera similar, debería plantearse la lógica subyacente en la forma en que se aprende y se enseña en cada caso particular referido a las innovaciones que se pretenden introducir, recuperando la evidencia necesaria en procesos de investigación en contextos educativos específicos. Este asunto, el de la investigación sobre las innovaciones, se discutirá a continuación.

Algunos estudios sobre los retos que enfrentan los docentes en torno a la innovación del currículo  

Si bien es cierto que en todos los casos encontraremos ejemplos de buena práctica de los modelos innovadores que hemos venido refiriendo, en este documento hemos optado por identificar los retos que están enfrentando los docentes en este terreno, lo que permite identificar cuáles son precisamente los factores que condicionan una apropiación e implantación exitosa. Al mismo tiempo, hay que reconocer que no contamos todavía con uncorpus de investigación amplio sobre el tema de las innovaciones curriculares y la práctica educativa de docentes y alumnos, cuestión que en el estado de conocimiento sobre la producción curricular ubicamos como parte de la agenda pendiente del campo (F. Díaz-Barriga y Lugo, 2003). En este trabajo ya habíamos encontrado que las instituciones suelen focalizar sus esfuerzos en el diseño formal de modelos y planes de estudio, dejando en segundo plano la formación de los profesores para el cambio y la previsión de los apoyos requeridos durante la fase de apropiación e implantación de las propuestas formales en el aula. 

Pero a pesar de esto, se han publicado en fechas recientes algunos estudios, que si bien no permiten generalizaciones dado su carácter local y acotado a contextos específicos, arrojan luz al respecto de cómo están viviendo los docentes la demanda de innovar que acompaña a las reformas curriculares. El lector se preguntará: ¿por qué es importante analizar la manera en que los actores —en este caso los docentes— están experimentando las reformas curriculares y la demanda de innovar sus prácticas de enseñanza? Simplemente porque el valor que los grupos sociales asignan a una innovación determinada es un factor clave de diferenciación y de medida de su impacto. Es decir, los usuarios finales son los agentes participativos fundamentales en el proceso de innovar, puesto que “el elemento emocional y de valoración genera la principal diferenciación” (Gros y Lara, 2009: 226).

En un estudio de caso donde se hizo un seguimiento de todo un año escolar a docentes de educación básica que estaban introduciendo en sus aulas diversos proyectos que conjuntaban innovaciones pedagógicas e introducción de tic en la enseñanza, se logró la identificación de una serie de factores que condicionaban el éxito de la experiencia educativa. De manera sintética, los aspectos determinantes fueron el nivel de competencia de los profesores en el empleo estratégico de las innovaciones en su espacio de aula; la compatibilidad con sus concepciones educativas y enfoques pedagógicos previos; el grado de dependencia y necesidades de apoyo e infraestructura de parte de la institución para su puesta en marcha, y la compatibilidad o distancia entre el proyecto innovador y la filosofía o cultura educativa del centro escolar (Zhao et al., 2002). El mayor reto para los profesores fue lograr un impacto en el aprendizaje de sus alumnos, y se arribó a la conclusión de que los factores asociados al innovador, es decir, al profesor, jugaron el papel más significativo. Así, si los profesores estaban bien capacitados y convencidos, era más probable que sus proyectos didácticos fueran exitosos, aun cuando existiera distancia, dependencia o un contexto con poco soporte. 

En el caso del proceso de reforma curricular de una universidad mexicana privada, Valdés (2009) encuentra que predomina la poca claridad y familiaridad entre la planta docente respecto al modelo educativo propuesto por la institución. La incongruencia entre los acervos de conocimiento y los depósitos de sentido que poseen los profesores frente a las exigencias del nuevo esquema, generan dificultad y resistencias para aceptar el modelo educativo como “coordenada guía” de la acción docente. Se manifestó una gran diversidad de discursos, motivos y acciones en los profesores en relación con su campo de conocimiento, cuestión que destaca la autora como factor clave por considerar en una nueva aproximación a los procesos de cambio e innovación curricular. Por otro lado, se observó que las condiciones laborales de los profesores quedaron en un cierto grado de indeterminación; los cambios en las políticas curriculares provocaron cambios en las jerarquías, espacios de poder y organización académica, cuestión que también explica la aceptación o rechazo del eventual cambio educativo. La autora concluye que el poder que tiene el docente está cimentado en los depósitos de sentido que ha construido y enriquecido durante su historia personal y profesional, al desconocer esta historia sociocultural se coloca al docente como el gran ausente de toda iniciativa de reforma. 

En el contexto de una universidad pública del estado de Veracruz, donde su modelo educativo tiene el carácter de integral y flexible, a la par que busca impulsar explícitamente el desarrollo de habilidades del pensamiento crítico y complejo, Martínez (2009) realizó una investigación donde analiza el currículo y hace un diagnóstico del perfil de habilidades cognitivas y de aprendizaje de los alumnos. Encuentra que la promoción de habilidades del pensamiento queda circunscrita a la impartición de un taller en los primeros semestres. En éste se realizan diversas actividades y ejercicios dirigidos a mejorar la capacidad de pensar, sin considerar las materias o áreas de conocimiento de las distintas licenciaturas. Entre los principales elementos contextuales que quedan fuera de la experiencia educativa, se encuentran los contenidos curriculares, los marcos de referencia de los estudiantes, sus capacidades, motivos o disposiciones. Aunque se enuncia, no se tiene prevista la posibilidad de transferir o transversalizar los aprendizajes, los docentes de otros cursos por lo general no conocen lo que pretende el taller ni la posibilidad de darle continuidad en sus propias aulas. La evaluación del perfil inicial de habilidades del pensamiento en una muestra de estudiantes, permite ver logros en habilidades básicas (identificación, contrastación), no así en habilidades complejas (análisis, deducción, toma de decisiones); los estudiantes reportaron que no era posible la transferencia de los aprendizajes logrados a otros cursos o experiencias educativas. El autor concluye que se requiere otro enfoque para la incorporación del componente cognitivo al currículo, una forma distinta de estructura curricular, así como espacios de formación docente apropiados. Por otra parte, cuestiona que varios años después de la implantación del modelo innovador para el desarrollo de habilidades del pensamiento, la institución no haya realizado un estudio o evaluación sistemática de sus avances y resultados.

El concepto de competencia resulta difícil de entender para los profesores, sobre todo por la polisemia del término y la falta de consistencia en los abordajes metodológicos que conducen a su definición. Ulloa, Suárez y Jiménez (2009) preguntaron a profesores de Facultad de Estudios Superiores-Iztacala, provenientes de las carreras de enfermería y cirujano dentista: ¿qué entiende usted por competencia en la educación? Se encuentra que el grado de avance en la reforma curricular contribuye a una concepción de competencia que difiere en el grado de conciencia en los profesores de las implicaciones de una reforma curricular por competencias. En ambos casos, los profesores integran en su definición los términos habilidades, destrezas, acciones y actitudes como resultado de la formación o del aprendizaje, que permiten realizar actividades profesionales o resolver problemas. Sin embargo, el término “integración”, que aparece reiteradamente en las respuestas de los profesores de la carrera de cirujano dentista, no aparece en la carrera de enfermería. Los profesores de la carrera de cirujano dentista —cuyo proceso de reforma curricular está más avanzado— tienen una visión de la competencia que se acerca a la concepción amplia del término y son más conscientes del cambio que este enfoque implica en el rol del docente y del alumno. Los profesores de enfermería, que apenas inician el proceso de reforma curricular, tienen una visión menos amplia y no plantean la integración de saberes. Las autoras manifiestan su preocupación porque aquellos saberes que no pueden convertirse fácilmente en saberes operativos (los filosófico-interrogativos, los narrativos de costumbres, o los estéticos, entre otros) queden fuera del currículo.

León y Aranda (2009) realizaron un estudio para conocer la opinión de los docentes de la licenciatura en Biología de la Universidad Autónoma del Estado de México (UAEM) respecto a la implantación del currículo flexible. Cabe mencionar que esta institución propuso desde 1994 la flexibilidad curricular como base de su modelo educativo. Se entrevistó a profesores de carrera, de diversas adscripciones y categorías laborales, con un amplio espectro de rangos de edad y antigüedad. Respondieron a preguntas abiertas sobre las ventajas y desventajas de la puesta en marcha de un currículo flexible.

Los resultados indican que los profesores trabajan supuestamente en una “nueva” estructura curricular, pero conservan las mismas prácticas educativas del currículo anterior, que data de los ochenta. La concepción de los docentes respecto a lo que implica la flexibilidad curricular se restringe a factores tales como el sistema de créditos, la libre elección de materias y la movilidad académica estudiantil. Reportan que en el proceso de cambio curricular, la institución dio prioridad a la actualización de los contenidos temáticos de las asignaturas, más que a la generación de una nueva concepción educativa, acorde a una estructura curricular flexible. La administración central de la universidad se ha demorado en actualizar su estructura organizacional y su normatividad. Existe además la imperiosa necesidad de proporcionar información, tanto teórica como práctica, al cuerpo docente de lo que significa la flexibilidad curricular. Los autores consideran que muchas desventajas atribuidas por los docentes a la flexibilidad curricular, son en realidad deficiencias asociadas a la forma en que opera administrativamente.

Otro estudio relacionado con el tema de la flexibilidad curricular es el de Ordóñez (2009), quien reporta que desde 2003 comenzó a operar dicha innovación en 13 de los 33 planes de estudios de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT). En este caso, reporta lo sucedido en la División Académica de Ciencias Biológicas. Se analizaron diversos procesos académicos y administrativos, así como los planes de estudio, y se realizaron encuestas con alumnos, así como entrevistas a docentes y tutores. La noción que se maneja es vaga, relacionada con la flexibilización de tiempos y espacios, pero no hay claridad respecto a los medios e instrumentos para lograrlo. Para docentes y alumnos, la flexibilidad implica la elección de materias, y los principales problemas operativos han sido lo limitado de la oferta, la saturación de los grupos, el incremento de los costos ante la necesidad de nuevas aulas y más docentes. Se reporta una falta de movilidad interdivisional así como la ausencia de exámenes por competencias, cuestiones previstas en el modelo original; no se han creado las instancias para aplicar tales exámenes ni la reglamentación que lo permita.

Un problema importante ha sido la cancelación de todo tipo de seriación en el currículo. Se reporta que, debido a la carencia de los conocimientos previos requeridos y a la ignorancia de un “orden natural del conocimiento”, se han detectado cursos donde existe una alta posibilidad de reprobación. El modelo flexible se encuentra asociado a la necesidad de ofrecer el apoyo de un tutor a los alumnos. En esta institución se ha optado por la tutoría grupal, pero debido al número de tutelados por tutor (pueden ser grupos enteros) no se puede brindar una atención personalizada, menos a los alumnos de los primeros semestres, donde existe mayor riesgo de deserción. La autora reporta que existe “disponibilidad y entusiasmo de los profesores, pues aunque no tengan las bases conceptuales de las tutorías y flexibilidad curricular, han tenido la experiencia vivencial” (Ordóñez, 2009: 6), pero no se les ha ofrecido la descarga horaria debida y la labor tutorial, así como la atención a los alumnos, tiene poco peso en las becas al desempeño docente. En esta investigación también se concluye afirmando que existen importantes fallas operativas y carencia de marcos normativos. 

En un estudio más sobre el tema de la flexibilidad curricular realizado mediante encuestas de opinión en la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY) por Caamal y Canto (2009), se encuentra que profesores y alumnos conciben a ésta como la libertad que tiene el estudiante para tomar decisiones respecto a su propia formación. Los profesores consideran que los planes de estudio flexibles impulsan su compromiso y disposición para una formación de calidad de los alumnos y que responden a una necesidad imperante para la universidad; también son conscientes de que implican la utilización de pedagogías más activas. Al mismo tiempo, manifiestan que los planes de estudio flexibles les generan sentimientos de desconcierto y angustia, piensan que fomentan el aislamiento entre profesores y estudiantes y que no están posibilitando la movilidad de los docentes.

Otro estudio, donde se encuestó a 325 profesores del estado de Chihuahua (Romero y Mayagoitia, 2009), se abocó a identificar la visión de éstos respecto al proceso de implantación de la reforma del currículo de secundaria. Los resultados indican que los docentes siguen dando prioridad al aprendizaje de contenidos declarativos sobre el desarrollo de competencias, reportan un empleo insuficiente de las tecnologías de la información en el trabajo docente, así como falta de claridad en los criterios para trabajar las tutorías y en el diseño e implantación de la asignatura estatal. En lo que atañe al trabajo en el aula, los profesores muestran inconsistencias en el trabajo por proyectos y en la realización de autorreportes, a la par que reconocen la dificultad para promover el trabajo colaborativo. 

En el caso de los bachilleratos tecnológicos, la reforma curricular entró en vigor en 2004, tomando por sorpresa a la mayoría de los docentes, quienes, según López y Tinajero (2009), tuvieron que asumir cambios significativos tanto en el contenido como en la forma de enseñar, pues el nuevo modelo prescribía la educación basada en competencias y el papel del docente como facilitador. Estas investigadoras aplicaron cuestionarios abiertos que indagaban el conocimiento general de la reforma por parte de 60 docentes de bachilleratos tecnológicos, los efectos que percibían de la reforma en las mejoras educativas, los obstáculos para mejorar la educación y su visión del impacto general en la institución educativa. Los resultados coinciden con los estudios anteriores: no se habilita a los docentes con los medios necesarios para introducir cambios significativos tanto en el contenido curricular como en el modelo pedagógico. Nuevamente, se reporta la premura con que se llevó a cabo la reforma, la escasa participación de los profesores, la ausencia de materiales acordes con las nuevas demandas y, sobre todo, la falta de una adecuada capacitación para el cambio. Cabe mencionar que se encontraron opiniones opuestas a favor y en contra de la RIEMS, pero más de la mitad de los profesores opinaron que la reforma no ha mejorado su escuela e indican como causas una mayor confusión, grupos numerosos, falta de planeación y desconocimiento e incertidumbre respecto al modelo educativo. También se plantea que la perspectiva constructivista que supuestamente sustenta el modelo, se reduce en la práctica a una visión simplista e incluso distorsionada. Y una vez más, las causas de la problemática se ubican, según los docentes, en una pobre planeación e instrumentación, así como en la falta de organización, infraestructura y apoyos. 

Finalmente, A. Díaz-Barriga, Barrón y Díaz-Barriga (en proceso) están realizando un estudio de casos en siete universidades públicas estatales, que son reconocidas por la adopción de un proyecto curricular innovador. La investigación comprende el análisis de planes de estudio, entrevistas a responsables curriculares, coordinadores y personal académico, así como encuestas a estudiantes. Algunos resultados preliminares coinciden con los de las investigaciones antes referidas: el problema central que están enfrentando los profesores es lograr el tránsito de una perspectiva centrada en retener y usar la información a otra visión en la que el centro es construir el sentido de la información por su capacidad de ser empleada en situaciones relevantes del entorno del estudiante y su comunidad. Los problemas ya mencionados respecto a la operación de los modelos, la formación docente, la infraestructura requerida, el cambio en la normatividad y la modificación de condiciones laborales, vuelven a aparecer como factores que condicionan las más de las veces el desconcierto o resistencia a las innovaciones, y las menos, cuando logran sortearse, su aceptación y apropiación.
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