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32 Véase, infra, III 12-13.


56 33 Se entiende, viven exclusivamente con la imaginación por­que carecen de un conocimiento superior y no porque carezcan de las facultades inferiores a la misma, hipótesis totalmente ajena a la doctrina aristotélica del escalonamiento de las facul­tades.


57 34 Véase, infra, III 4-8.


58 35 La prioridad del acto sobre la potencia constituye un prin­cipio fundamental de todo el pensamiento aristotélico. Puede verse —como texto esencial— el capítulo octavo del libro noveno de la Metafísica.


59 36 En cuanto a los animales incompletos e imperfectos puede consultarse: Acerca de la generación de los animales I 20, 728b10; III 1, 749al8; IV 1, 766a26. También, Historia de los ani­males II 1, 500a12, etc.
Por lo que se refiere a esta forma de interpretar la repro­ducción en las especies vivientes —interpretación ya presente en Platón; véase el Banquete, 206 e-208 d— es doctrina nuclear dentro del pensamiento aristotélico: es la afirmación de la su­premacía de la especie sobre los individuos en los cuales se realiza y a través de los cuales permanece y se prolonga. Véase, al respecto, Acerca de la generación y la corrupción II 10, 336b25 sigs., y Acerca de la generación de los animales II 1, 731b23-732a1.


60 37 La concepción teleológica de la Naturaleza es fundamental en la ciencia y filosofía aristotélicas. Sobre esto puede verse el estudio introductorio en que remitimos a pasajes relevantes de la obra aristotélica.


61 38 Véase, por ejemplo, Acerca de la marcha de los animales 4, 705a29 sigs.; también. Historia de los animales II 1, 500b28-30.


62 39 No puede determinarse con exactitud a qué tratado o trata­dos se refiere Aristóteles. Hay quienes piensan que aquí se alu­de al tratado Acerca de la generación de los animales (a favor de esta interpretación cabe aducir un pasaje de la obra Acerca de las partes de los animales III 5, 668a7, en que se remite a aquel tratado en relación con el tema de la nutrición). Según otros, se trataría de un tratado especial —perdido— dedicado al tema de la alimentación.


63 40 Tal vez Aristóteles aluda a algún escrito dedicado especí­ficamente al tema y que no ha llegado a nosotros. Con todo, tradicionalmente se han entendido estas palabras como una re­ferencia al tratado Acerca de la generación y la corrupción I 7, 323a1 sigs.


64 41 Esta duplicidad de significaciones —potencia sensitiva y sensación actual— corresponde a nuestros términos «sentido» y «sensación». Téngase en cuenta que la palabra aisthesis cubre en griego .ambos significados.


65 42 Véase, Física, III 2, 201b31.


66 43 Véase, supra, II 4, 416a29 sigs.


67 44 Es decir, no basta con distinguir entre potencia y acto, sino que hay que distinguir aún —como Aristóteles hace a continua­ción— distintos niveles de potencia según su mayor o menor proximidad al acto.


68 45 Infra, III, 4.


69 46 Supra, 417a12-20.


70 47 La teoría aristotélica de la visión tal como aparece aquí expuesta —y que debe ser completada con ulteriores precisio­nes de detalle contenidas en el pequeño tratado Acerca del sen­tido y lo sensible— puede resumirse así: La visión —como el resto de las sensaciones— se realiza a través de un medio que en este caso es lo transparente o diáfano (de ahí la crítica a Demócrito en 419a15-21). La transparencia en cuanto posibilidad o potencia pertenece a diversos cuerpos, por ejemplo, el aire y el agua. La actualización o acto de la transparencia es, a su vez, la luz; ésta es, por tanto, un estado de lo transparente como tal (418b9) y no un movimiento: su aparición es instantánea y de ahí la crítica a Empédocles (418b20-26). El color, en fin, actúa sobre lo transparente en acto (419al0) que, a su vez, actúa sobre el órgano correspondiente.


71 48 Se refiere a los objetos fosforescentes. Véase, infra, 419a2 siguientes.


72 49 Infra, II 10 y 11.


73 50 Infra, II 9, 421b13 422a6.


74 51 Tres son, pues, los factores que se requieren para que se produzca el choque sonoro: un cuerpo que choque con otro (algo contra algo) y un espacio (en algo) a través del cual se desplace el primero hasta encontrarse con el segundo.


75 52 Sobre el aire encerrado en el oído puede verse el c. 10 de la parte II del tratado Acerca de las partes de los animales y el c. 2 de la parte V de la obra Acerca de la generación de los animales. Obsérvese la contradicción literal que se encierra en las líneas siguientes: en 420a9 se dice que «el aire que hay en los oídos está encerrado a fin de que permanezca inmóvil» mientras que en 420a16 se dice que «el aire encerrado en los oídos está con­tinuamente animado de un movimiento peculiar». No es fácil conciliar ambas afirmaciones a no ser que la primera se inter­prete restrictivamente como exclusión únicamente de los mo­vimientos propios del aire exterior.



76 53 Lo afirmado aquí en relación con la agudeza y gravedad de los sonidos posiblemente constituye una rectificación de la doc­trina contenida al respecto en el Timeo, 67 b: Aristóteles no iden­tifica la gravedad y la agudeza del sonido respectivamente con la lentitud y rapidez del movimiento; en sentido estricto, aqué­llas son consecuencia de éstas. La diferencia queda perfecta­mente ilustrada con el ejemplo aducido del tacto. Véase, tam­bién, Acerca de la generación de los animales V 7, 787a11.



77 54 Véase Acerca de la respiración, 478a28; también Acerca de las partes de los animales I 1, 642a31b4.


78 55 Véase Acerca de la respiración 474b25, y Acerca de las par­tes de los animales III, 6, 669a2-5, en que Aristóteles remite a la obra anterior.


79 56 La cuestión es clara: tanto los animales que respiran como los acuáticos perciben los olores si bien los perciben evidente­mente de modo distinto. Si para identificar un sentido aten­demos al modo en que se realiza la sensación, habrá que admi­tir que el sentido en cuestión de los peces es distinto del de los animales que respiran; si atendemos al objeto, habrá que afirmar que se trata del mismo sentido. Aristóteles, fiel a su doctrina de que los sentidos se especifican por sus objetos, se decide por el último miembro de la alternativa.


80 57 La existencia o no de un medio transmisor entre el objeto sensible y el órgano sensorial divide a los sentidos en dos gru­pos: perciben a través de un medio la vista, el oído y el olfato; por contacto inmediato, el tacto y el gusto. De ahí que este úl­timo se considere como especie del anterior. Véase, por ejem­plo, Acerca de las partes de los animales II 10, 656b37, y II 17, 660al7. También, infra, III 12, 434bl8.


81 58 Véase la Metafísica V 22, 1022b32, donde se sistematiza esta duplicidad de significaciones y usos de los términos nega­tivos. En cuanto al ejemplo de la golondrina, Historia de los animales I 1, 487b24, donde se dice cómo a este volátil se le llama ápodos no por carecer de pies, sino por ser kakópodos.


82 59 En este capítulo se discute y precisa la afirmación según la cual el tacto (y con él el gusto) se distingue del resto de los sentidos en que actúa por contacto, es decir, sin el concurso de medio trasmisor alguno entre el objeto y el órgano (véase, supra, 422a8-10 y n. 57). El tacto está también mediatizado: en primer lugar, por la carne —que no constituye el órgano sen­sorial, sino un medio naturalmente incorporado al organismo— y, en segundo lugar, la fina película de aire o agua interpuesta entre dos cuerpos tangentes entre sí. Con todo, se continúa man­teniendo una cierta inmediatez para el tacto y, con ella, la distin­ción establecida entre él y el resto de los sentidos. Véase, infra, 423b12-17.


83 60 Acerca de la generación y la corrupción II 2-3.


84 61 Se trata, sin duda, de la más extraña demostración que cabe encontrar en la obra de Aristóteles. Acerca de este pasaje escribe torstrik (De Anima, Berlín, 1862, ad loc.): «Videtur post Aristotelem nemo hanc demostrationem intelexisse; videantur Simplicius, Philoponus, Sophonias, Alexander... Averroes, Julius Pacius, denique Trendelenburgius. Nec ego intelexi.» Sólo nos queda añadirnos humildemente a la lista.


85 62 El contexto elimina toda posible ambigüedad acerca del significado de la expresión «por accidente» que en este caso, al aplicarse a los sensibles comunes, no tiene el significado preciso que le corresponde cuando se refiere a los sensibles «por acci­dente». Véase, supra, II 6, 418a7-23.



86 63 Puesto que cada sentido percibe una sola cualidad sensible (color, sonido, etc.) en la percepción conjunta de un objeto por parte de varios sentidos se pone de manifiesto la pluralidad de estas cualidades sensibles y, por tanto, el número.


87 64 El argumento es el siguiente: De existir un sentido especial cuyo objeto lo constituyeran los sensibles comunes (movimien­to, número, etc.), la percepción de éstos vendría a ser «como cuando percibimos lo dulce con la vista» (425a22), es decir, gra­cias a la asociación producida por el hábito de percibir la dul­zura y el color simultáneamente: percepción accidental, por tan­to, para los cinco sentidos. Colocados en esta hipótesis de una percepción accidental de los sensibles comunes —hipótesis im­plicada en el supuesto de que su conocimiento fuera adquirido por medio de una facultad distinta— cabría aún otra posibilidad («De no ser así...», 425a24): «como ante el hijo de Cleón perci­bimos no que es el hijo de Cleón, sino que es algo blanco, si bien lo blanco, a su vez, es por accidente hijo de Cleón». En ambos casos se trataría, en definitiva, de una percepción acci­dental contra la que «está el hecho de que poseemos una sen­sación común y no por accidente de los sensibles comunes» (425a27). La cláusula «De no ser así...» podría interpretarse de dos ma­neras: a) Como negación del supuesto general (i. e., negación de la existencia de un sentido especial para los sensibles comu­nes), supuesto cuya reducción al absurdo se está llevando a cabo. Lo que vendría a significar: «suponiendo que no exista un sentido especial, los sensibles comunes se percibirían por accidente». Pero esto contradice lo que más abajo se afirma (425a28-30): «no hay, pues, un sentido especial ya que, de haber­lo, no podríamos percibir los sensibles comunes a no ser como se ha dicho que percibimos al hijo de Cleón». Esta interpreta­ción de la cláusula en cuestión llevaría a negar la autenticidad de estas dos líneas (negación propugnada, por ejemplo, por Tren-delenburg, ad loc., pág. 353). b) Como la interpretamos en la ex­plicación arriba ofrecida. En tal caso vendría a significar: «Pues­tos en la hipótesis de una percepción accidental de los sensibles comunes, cabría otra posibilidad, etc.».


88 65 La razón es simple y está implicada en la teoría aristoté­lica de la sensación: puesto que la visión «en acto» se identifica con el color «en acto» (véase, infra, 425b25-26: «el acto de lo sen­sible y el del sentido son uno y el mismo»), ese hipotético se­gundo sentido que captaría el acto de ver habría de captar, por lo mismo, el color en acto.


89 66 El léxico relativo a las distintas formas de conocimiento adolece en Aristóteles —y muy especialmente en esta obra— de enormes ambigüedades en cuanto a sus significados. Especial­mente notable al respecto es el caso de las palabras noûs y noeîn. Así, por ejemplo, mientras que en 427bl0 el verbo noeîn adquiere la significación genérica de un conocimiento que, de ser verdadero, engloba como especies a la phrónesis, la epistêmé y la dóxa, en 428a4 el sustantivo noûs aparece como una forma de conocimiento específica frente a aísthesis, dóxa y epistéme y, por tanto, sin englobar a estas dos últimas. Otra situación semejante: en 427b27 phantasía e hypóthepsis aparecen como es­pecies de noein e igualmente en el c. 10 (433a10) la imaginación se considera como un tipo o especie de nóesis; frente a esta significación amplia del término, sin embargo, está la oposición entre phantasía y noûs tajantemente establecida en 428a15. Todo esto hace que la delimitación precisa del significado de estos términos deba buscarla el lector en cada contexto a tra­vés de las oposiciones que en cada caso adquieran relevancia. Por nuestra parte —y dada la importancia que la palabra noüs posee no sólo en la psicología, sino también en la Metafísica y Teología aristotélicas— traducimos siempre noûs y noeîn como «intelecto» e «inteligir» respectivamente. Como en el caso del texto original, el lector deberá precisar a través del contexto el alcance significativo de estas palabras quitando y poniendo aquellos rasgos que resulten adecuados.
Otro problema —digno también de tenerse en cuenta— es el juicio que en este capítulo vierte Aristóteles sobre los presocrá-ticos de que identificaban «pensamiento» y «conocimiento sen­sible». Nos parece que en este caso Aristóteles los enjuicia des­de sus propias clasificaciones del conocimiento y desde el signi­ficado que para él adquieren palabras como noûs. Ahora bien, ni noûs significa en los presocráticos lo que en el siglo IV ni en estos autores existe aún la distinción entre conocimiento in­telectual y conocimiento sensible.


90 67 empedocles, Fr. B 106 (I 250, 21), diels-kranz.


91 68 empedocles, Fr. B 108 (I 351, 11-12), diels-kranz.


92 69 Odisea XVIII 136.


93 70 Este párrafo resulta aparentemente incoherente con el resto de la doctrina mantenida en el capítulo. De un lado, se afirma: «(la imaginación) ha de ser una de aquellas potencias por medio de las cuales discernimos y nos situamos ya en la verdad ya en el error. Y éstas son, por su parte, sentido, opinión, intelecto y ciencia». Por otro lado, sin embargo, los párrafos que vienen a continuación se dedican precisamente a demostrar lo contrario, que la imaginación no es ni sentido ni opinión ni intelecto ni ciencia. Para evitar esta aparente contradicción se han propues­to ciertas variaciones en el texto convirtiendo a la frase ya en interrogativa («¿será acaso la imaginación una de aquellas po­tencias...?»; véase, por ejemplo, la traducción inglesa de J. A. smith en
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