El Origen Perdido Matilde Asensi




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El Origen Perdido

Matilde Asensi



Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

ARTHUR C. CLARKE
ÍNDICE


II 39

III 98

IV 157


I

El problema que yo apenas vislumbraba aquella tarde mientras permanecía de pie, inmóvil entre el polvo, las sombras y los olores de aquel viejo y cerrado edificio, era que ser un urbanícola progresista, escéptico y tecnológicamente desarrollado de principios del siglo XXI me incapacitaba para tomar en consideración cualquier cosa que quedara fuera del ámbito de los cinco sentidos. En aquel momento, la vida, para un hacker como yo, sólo era un complejo sistema de algoritmos escritos en un lenguaje de programación para el cual no existían manuales. Es decir, que, aquella tarde, yo era de los que creían que vivir era aprender cada día a manejar tu propio e inestable programa de ordenador sin posibilidad de asistir a cursillos previos ni tiempo para pruebas y ensayos. La vida era lo que era y, además, muy corta, así que la mía consistía en mantenerme permanentemente ocupado, sin pensar en nada que no tuviera que ver con lo que llevaba a cabo en cada momento, sobre todo si, como entonces, lo que estaba haciendo era, entre otras cosas, un delito penado por la ley.

Recuerdo que me detuve un segundo para contemplar con extrañeza los ajados detalles de aquel plató que, en un tiempo para mí muy lejano (veinte o, quizá, treinta años), había resplandecido y vibrado con las luces de los focos y la música de las orquestas en directo. Aún no habían transcurrido por completo las últimas horas de aquel día de finales de mayo y ya no podía verse el sol por detrás de los contrafuertes de los antiguos estudios de televisión de Miramar, en Barcelona, que, aunque clausurados y abandonados, gracias a mis amigos y a mí estaban a punto de servir de nuevo al que fuera su propósito original. Mirándolos desde dentro, como hacía yo, y escuchando el eco de las famosas voces que siempre los habitarían, parecía imposible pensar que en pocos meses fueran a convertirse en otro hotel más para turistas de lujo.

A mi lado, Proxi y Jabba se afanaban montando el equipo sobre una veterana tribuna de madera despintada hasta la que llegaba con dificultad el resplandor de las farolas de la calle. Los pantalones de Proxi, negros y ceñidos, apenas le cubrían los tobillos y esos huesecillos afilados, esas aristas, lanzaban sombras descomunales sobre sus piernas, largas y llenas de ondulaciones, gracias a las linternas de neón que descansaban sobre la tarima. Jabba, uno de los mejores ingenieros de Ker-Central, conectaba la cámara al ordenador portátil y al amplificador de señal con habilidad y rapidez; a pesar de ser tan grande, grueso y gelatinoso, Jabba pertenecía a esa raza de tipos inteligentes, acostumbrados al contacto del aire y del sol, que, a pesar de haberse endurecido en mil batallas contra el código, aún conservaban algo de la desenvoltura del hombre primitivo en el hombre moderno.

—He terminado —me dijo Jabba, levantando la vista. Su cara redonda apiñaba los ojos, la nariz y la boca en el centro del círculo. Se había recogido las greñas de pelo rojo y largo detrás de las orejas.

—¿Las conexiones están operativas? —pregunté a Proxi.

—Dentro de un par de minutos.

Miré mi reloj. Las manecillas, que salían directamente de la nariz del barbudo capitán Haddock, marcaban las ocho menos cinco. En poco más de media hora todo habría terminado. De momento, la antena parabólica ya estaba orientada y el punto de acceso listo para abrirse, así que sólo faltaba que Jabba acabara de montar la conexión inalámbrica para que yo pudiera empezar a trabajar.

En ese momento descubrí qué era lo que, desde hacía un buen rato, me resultaba tan familiar de aquel plató: olía igual que el desván de la casa de mi abuela, en Vic, un olor de muebles viejos, bolsitas antipolillas y metal oxidado. Hacía mucho tiempo que no hablaba con mi abuela, pero de eso no tenía yo la culpa porque, siempre que tomaba la decisión de ir a verla, ella salía de viaje hacia algún lugar remoto del globo en compañía de sus locas amigas, todas viudas y octogenarias. Sin duda, hubiera estado encantada de visitar aquellos viejos estudios de Miramar porque en sus tiempos había sido una seguidora apasionada del programa de Herta Frankel y su perrita Marylin.

—Listo —anunció Proxi—. Ya estás dentro.

Me senté en el suelo mohoso con las piernas cruzadas y apoyé el portátil entre las rodillas. Jabba se acomodó a mi lado y se inclinó para ver la evolución del acceso en la pantalla. Me colé en los ordenadores de la Fundación TraxSG utilizando mi propia versión del «Sevendoolf», un conocido caballo de Troya que permitía la entrada a sistemas remotos utilizando puertas traseras.

—¿Cómo conseguiste las claves? —quiso saber Proxi, colocándose en el lado opuesto a Jabba y adoptando su misma postura. Proxi era una de esas mujeres a las que jamás sabía cómo mirar. Cada parte de su cuerpo era perfecta en sí misma y su cara, enmarcada en un brillante y corto pelo negro, resultaba muy atractiva, con una preciosa nariz afilada y unos grandes ojos oscuros. Sin embargo, el conjunto no resultaba armonioso, como si los pies fueran de otro cuerpo, los brazos un par de tallas más grandes y la cintura, aunque fina, demasiado grande para sus escurridas caderas—. ¿Por la fuerza bruta? —aventuró.

—He tenido los ordenadores de mi casa haciendo pruebas desde que empezó todo este asunto —le respondí sonriendo. Jamás, ni bajo los efectos del pentotal, revelaría mis secretos más valiosos a otro hacker.

El sistema, que trabajaba con Microsoft SQL Server y usaba Windows NT para su red local, no disponía de la menor medida de seguridad. Por no tener, aquella red no tenía ni el antivirus actualizado. La última revisión era de mayo de 2001, justo un año atrás. Resultaba deprimente piratear así, sobre todo después del esfuerzo invertido en una operación de tal envergadura.

—Son unos inconscientes... —Para un buen hacker, uno de toda la vida como Jabba, había cosas que no eran ni humana ni técnicamente concebibles.

—¡Cuidado! —me advirtió de pronto Proxi, dejándose caer sobre mi hombro para contemplar mejor el monitor—. No toques ningún fichero. Deben de estar llenos de virus, gusanos y spyware1.

Proxi, que en la vida real trabajaba en el departamento de seguridad de Ker-Central, conocía con todo lujo de detalles las terribles consecuencias de unas pocas líneas de código malicioso. De hecho, ni siquiera hacía falta abrir esos cibertóxicos para activarlos; bastaba con pasar el cursor inadvertidamente por encima.

—Ahí tienes la carpeta de logos —me indicó Jabba, poniendo el índice sobre la pantalla de plasma, que onduló como una balsa de aceite.

No había tenido que esforzarse mucho para encontrarla. El ingeniero responsable del sistema informático de TraxSG, con muy buen criterio, había bautizado dicho subdirectorio como «Logos» y después, supuse, se había ido a tomar unas cervezas para celebrar su gran inteligencia. Me hubiera gustado dejarle algún mensaje de felicitación, pero me limité a examinar el contenido del ordenador y a transferir un nuevo juego de logos que sustituirían los famosos diseños de TraxSG —el nombre en vertical con letras de diferentes tipos, tamaños y colores—, dejando leer la frase «Ni canon, ni corsarios» cada vez que alguien en la Fundación pusiera en marcha un ordenador, arrancara un programa o, simplemente, quisiera desconectarse. Envié, además, un fichero ejecutable que permanecería escondido en las profundidades de la máquina y que renovaría las modificaciones cada vez que alguien intentara borrarlas, de modo que les costara muchísimo tiempo y dinero recuperar su marca original. Este fichero, entre otras cosas, imprimiría en todos los documentos una calavera pirata sobre dos tibias cruzadas y, de nuevo, la frase «Ni canon, ni corsarios». Por último, hice una copia de todos los documentos que encontré relativos al dichoso canon que la Fundación había conseguido imponer a los fabricantes de software y los distribuí generosamente a través de internet. Ya sólo quedaba lanzar a la red, desde aquellos estudios de Miramar y por el tiempo que tardaran en localizar el equipo y apagarlo, la campaña diseñada por nosotros pidiendo el boicot a todos los productos de la TraxSG y animando a la gente a comprar esos mismos productos en el extranjero.

—Debemos irnos —avisó Jabba con voz de alarma mirando su reloj—. El guarda de seguridad pasará por el corredor dentro de tres minutos.

Cerré el portátil, lo dejé en el suelo y me puse en pie sacudiéndome los vaqueros. Proxi cubrió la tarima con una gruesa lona que ocultaría el equipo a los ojos de posibles mirones; esa cobija no evitaría que, antes o después, lo descubriesen, pero al menos le daría a la protesta unos cuantos días de prórroga. Iba a ser divertido ver la noticia en los periódicos.

Aprovechando los últimos segundos de nuestra estancia allí, mientras Proxi y Jabba se afanaban recogiendo los restos del material, saqué del macuto un pequeño spray de pintura roja, le puse la válvula Harcore, para trazos gruesos y grandes, lo agité hasta que escuché los golpecitos metálicos en el interior que indicaban que la mezcla estaba lista y, con una buena dosis de vanidad personal, sobre una de las paredes dibujé una esfera muy grande en cuyo interior, ocupando todo el espacio en sentido horizontal, tracé un largo y vertiginoso bucle y firmé con el apodo por el que era conocido: Root. Este era mi tag, mi firma personal, visible en muchos lugares supuestamente inexpugnables. Si en esta ocasión no lo había incluido en los ordenadores de TraxSG —siempre lo dejaba en los lugares pirateados, reales o virtuales—, era porque no estaba solo ni trabajaba para mí.

—¡Vámonos! —urgió Jabba dirigiéndose a paso ligero hacia las puertas del estudio.

Apagamos las linternas y, con la única luz de los pequeños pilotos de emergencia como guía, atravesamos pasillos y bajamos escaleras rápida y sigilosamente. En los sótanos se encontraba el cuchitril de los transformadores que alojaba los antediluvianos cuadros eléctricos de los estudios. Allí, en el suelo, disimulada por nuestros útiles de espeleología, una plancha de hierro daba paso al extraño mundo subterráneo que se escondía bajo el asfalto de Barcelona: enlazado en múltiples puntos con los casi cien kilómetros de túneles de las líneas del metro y del ferrocarril, se hallaba el colosal entramado de galerías del alcantarillado que conectaba con todos los edificios, centros e instituciones oficiales de la ciudad. Como Nueva York, Londres o París, Barcelona escondía una segunda ciudad en sus entrañas, una ciudad tan viva y llena de misterios como la de arriba, la que recibía la luz del sol y las aguas del mar. Esta ciudad oculta, además de poseer sus propios núcleos habitados, su propia vegetación autóctona, sus propios animales y su propia unidad de policía (la llamada «Unitat de subsòl»), contaba también con numerosos turistas que acudían desde todos los lugares del mundo para practicar un deporte —naturalmente, ilegal— conocido como espeleología urbana.

Me quité la goma elástica con la que me recogía el pelo y me encajé en la cabeza el casco, ajustándome el barboquejo hacia delante. Nuestros tres cascos Ecrin Roc llevaban, sujetas en los clips, linternas frontales de leds2, que daban una luz mucho más blanca que las normales y eran mucho menos peligrosas en caso de escape de gases. Además, si se fundía uno de los leds, siempre habría otros funcionando, de manera que nunca podías quedarte completamente a oscuras.

Como un destacamento militar perfectamente sincronizado encendimos los detectores de gas, levantamos la plancha de hierro del suelo que exhibía la marca forjada de la compañía eléctrica, y nos lanzamos por una estrecha galería vertical que descendía a plomo un largo trecho provocando una opresiva sensación de claustrofobia —sobre todo a Jabba, que era el más grande de los tres—. La increíble extensión de la galería era debida a que los estudios de Miramar habían sido levantados en una de las dos montañas de Barcelona, Montjuic, y, por tanto, se encontraban a mucha altura respecto al nivel del suelo. Como casi todo este tipo de conducciones, la galería estaba ocupada en una cuarta parte por cables eléctricos cuyos anclajes en el cemento utilizábamos para bajar. Llevábamos, pues, unos incómodos guantes de aislamiento que entorpecían aún más nuestro descenso.

Alcanzamos, por fin, el túnel de servicio que unía la Zona Franca con la plaça de Catalunya. En el subsuelo, si hay algo que impresiona de verdad no son las serpientes, ni las ratas, ni la gente fantasmal que puedas encontrar en tu camino; lo que realmente te encoge el corazón y te retuerce el estómago es el rotundo silencio, la absoluta oscuridad y el intenso olor a humedad viscosa. Allí, en mitad de la nada, cualquier pequeño ruido se multiplica y distorsiona hasta el infinito y todos los lugares parecen iguales. En París, un par de años atrás, a pesar de que íbamos acompañados por un tipo del Grupo Francés de Espeleología Urbana que conocía las tripas de la ciudad mejor que la palma de su mano, mi equipo se había perdido durante siete horas en el gélido alcantarillado medieval que perfora la cuenca oriental del Sena. Nunca más me había vuelto a suceder, pero la experiencia fue lo bastante peligrosa como para obligarme a tomar, desde aquel día, todas las precauciones posibles.

Aún descendimos un poco más utilizando uno de los pozos rápidos del sistema de alcantarillas pero, a la altura de la calle del Hospital, después de desviarnos en el entronque de colectores del Liceo —donde, por cierto, mi tag aparecía dibujado justo al lado de la escalerilla que ascendía hasta la vieja sala de calderas—, una minúscula trampilla, sucia y corroída por la herrumbre, nos permitió acceder a la red de túneles del metro. Poca gente sabía, o recordaba, que a mediados de los setenta se había construido un pasadizo peatonal entre las estaciones de Liceu y Urquinaona con la idea de enlazar las líneas 3747 aliviar la abarrotada y laberíntica estación central de Catalunya. Treinta años después, aquel paso sólo era utilizado por nosotros y por unos cincuenta suburbanitas que habían hecho de aquella mugrienta e insalubre gusanera su lugar de residencia habitual. En su mayoría eran gentes silenciosas y sin edad entre las que había todo tipo de especímenes raros.

En el centro de aquel pasadizo, que hedía a orines y mugre, se encontraba la vieja puerta metálica que franqueaba la entrada a un nivel inferior de corredores. Nada más descender por unas escaleras metálicas, nos encaminamos hacia la boca del túnel que teníamos enfrente. Marchamos en hilera unos cien metros por el lado derecho de las vías, con los oídos atentos por si se aproximaba algún tren (lo que no hubiera sido nada extraño, pues avanzábamos por un tramo de la línea 4), y nos detuvimos frente a un estrecho portillo que difícilmente se reconocía en el ennegrecido muro. Con la llave que guardaba en uno de los bolsillos del vaquero lo liberé del candado y lo abrí, y, en cuanto estuvimos dentro, Jabba pasó los cerrojos de hierro que lo volvían inexpugnable desde fuera. A nuestros pies se abría la sólida trampilla metálica que dejaba a la vista el tiro vertical de quince metros por el que teníamos que descender. Ésa era siempre la última diversión de nuestras correrías. Enganchamos los descensores a los mosquetones ventrales y descendimos juntos a toda velocidad usando las cuerdas permanentemente instaladas en la boca. Por supuesto, cuando teníamos que subir, lo hacíamos por las escaleras.

Con gran estrépito pusimos, por fin, los pies en el suelo del viejo túnel abandonado en el que teníamos nuestro «Serie 100». Nadie, aparte de nosotros tres, conocía la existencia de aquella galería. Se trataba de uno de los primeros tramos de ferrocarril suburbano que hubo en la ciudad, construido poco después de 1925 para la Compañía del Gran Metro de Barcelona. Tenía forma de Y, y la bifurcación se localizaba, precisamente, en la calle Aragó, donde yo vivía y donde se encontraba mi empresa de software, Ker-Central. Disfrutando de la corriente de aire que llegaba a través de los imbornales de la bóveda, nos fuimos desembarazando del material de espeleología mientras remontábamos tranquilamente la caverna, tan ancha que hubiera permitido la circulación en paralelo de un par de grandes camiones. A nuestro alrededor, todo seguía estando oscuro, pues allí siempre era de noche y siempre era otoño, pero nos hallábamos en territorio seguro y conocido.

Quinientos metros más arriba encontramos el gigantesco cartel anunciador de color rojo en el que el actor Willem Dafoe, publicitando una marca de whisky, decía algo tan profundo como «Lo auténtico comienza en uno mismo». A instancias de
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