El Origen Perdido Matilde Asensi




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Jabba, tan impulsivo como siempre.

Mi abuela se echó a reír mientras mordisqueaba una galleta.

—¡Hala, venga, salid de la cocina y dejadme desayunar a gusto!

Pero no podía contener la risa y la oímos toser, atragantada, mientras avanzábamos por el pasillo en dirección al estudio.

—Cuando estoy con tu abuela, Root —comentó Jabba, perplejo—, me siento como si tuviera diez años otra vez.

—Hay que atarla corto —concluí—. Si no la frenas, acaba haciéndote bailar al son que ella quiere.

—¡Es una dulce ancianita muy peligrosa! —se rió Proxi—. Pero tú la tienes dominada, ¿eh, Arnauet?

—Pues sí —concedí—. Me ha costado bastante, pero sí.

—Ya se ve, ya... ¿Por qué no vamos al jardín?

—¿Para qué? —quiso saber Jabba.

—Para airearnos un poco, para despejar la cabeza.

—Podríamos bajar a la habitación de juegos de Ker-Central y usar un rato el simulador. ¿Te apetece, Root?

—¡No vamos a jugar con el simulador! —rechazó Proxi, tajante—. Ya jugamos bastante entre semana. Necesito respirar aire libre y ver un poco de cielo. Tengo el cerebro atascado.

—Salid vosotros —dije—. Yo, mientras, me daré una ducha y me vestiré.

—Pues estás muy bien así. No veo la necesidad de...

Proxi... —la reconvino Jabba.

—Te esperamos en el jardín.

Me alejé de ellos sonriendo, dispuesto a quedarme bajo el agua durante un buen rato. El monitor del cuarto de baño se empeñaba en mostrarme una y otra vez a mi abuela registrando todos y cada uno de los armarios y cajones de la cocina. No sé qué demonios estaría haciendo pero no podía ser nada bueno. Jabba y Proxi, por su parte, paseaban tranquilamente, cogidos de la mano, charlando como si en sus vidas no hubiera sucedido nada digno de mención durante los últimos días. Viéndolos, nadie diría que se habían enfrentado a dos misterios de las proporciones del lenguaje aymara y del mapa de Piri Reis. En ese momento, dejé de sentir los pequeños dardos de agua caliente a pesar de que caían sobre mí con una fuerte presión.

Todo era una locura. Todo. ¿Acaso nos estábamos volviendo paranoicos? Una extraña maldición escrita en un lenguaje de diseño matemático; un pueblo misterioso, el aymara, que hablaba ese lenguaje y que parecía haber sido el origen del Imperio inca; un mapa de existencia imposible dibujado por un pirata turco, con una enorme y monstruosa cabeza sobre unos Andes que aún no se conocían; una catedrática chalada que acusaba de ladrón a mi hermano; dos extrañas enfermedades mentales, de síntomas tan sólo aparentes, que se relacionaban con la extraña maldición. Círculo cerrado. Volvíamos al principio, dejando de lado los quipus, los tocapus, los yatiris, las deformaciones craneales, Tiwanacu, el Dios de los Báculos de Tiwanacu, su cabeza, su pedestal, Sarmiento de Gamboa... Es decir, todas las cosas que seguían lawt'ata. ¡Si Daniel pudiera decirme algo! ¡Si mi hermano pudiera echarme una mano, hacer un poco de luz en aquella oscuridad...! ¿Qué había dicho la primera noche que Ona y yo nos quedamos con él en el hospital? Había hablado sobre un lenguaje, el lenguaje original, de eso estaba casi seguro, pero no podía recordar sus palabras. En aquel momento creí que deliraba y no había prestado atención. Apoyando las manos contra los mosaicos de la ducha, apreté los párpados con fuerza y fruncí la frente en un vano intento por rescatar del olvido aquellas pocas frases que tan importantes me parecían ahora, sólo seis días después. Era algo relativo a los sonidos de ese lenguaje, pero ¿qué?

Mientras me secaba y me vestía, seguía dando vueltas en torno al huidizo recuerdo, rozándolo con las puntas de los dedos sin llegar a alcanzarlo. Y, entonces, sonó el teléfono. Examiné la pantalla de mi habitación y pude ver el número y el nombre de la persona que me llamaba, pero no reconocí ni uno ni otro. Jamás había oído hablar de Joffre Viladomat No-sé-qué.

—Rechaza la llamada —le dije al sistema, mientras utilizaba un calzador para introducir los pies en las deportivas sin tener que deshacer los nudos y los lazos. Pero, treinta segundos después, Joffre Viladomat insistió—. Rechaza la llamada —repetí, y el ordenador dio tono ocupado por segunda vez. Pero ni aun así Viladomat se dio por vencido. Supongo que si las circunstancias hubieran sido otras, habría ordenado un rechazo sistemático de todas las llamadas procedentes de ese número, pero debía de estar con la guardia muy baja porque, al tercer intento, aunque cabreado, contesté. Me quedé de piedra al escuchar la inolvidable voz de contralto de una mujer absolutamente detestable.

—Señor Queralt... —¿Por qué la naturaleza dotaba de instrumentos tan perfectos como aquella voz a personas tan vulgares como aquella catedrática?—. Buenas tardes. Soy Marta Torrent, la directora del departamento de su hermano.

—La recuerdo perfectamente, doctora Torrent. Dígame qué desea.

No salía de mi asombro.

—Espero que no le moleste que Mariona me haya dado su número de teléfono —dijo con una perfecta modulación.

—¿Qué desea? —repetí, ignorando su prosopopeya.

Permaneció un segundo en silencio.

—Ya veo que está molesto y, sinceramente, creo que no tiene ningún motivo. Soy yo quien debería estar enfadada y, sin embargo, le estoy llamando.

—¡Doctora Torrent, por favor, dígame de una vez qué es lo que desea!

—Muy bien... Verá, no puedo dejar en sus manos el material que me mostró ayer en el despacho. Usted cree que yo intento robar el trabajo de investigación de Daniel, pero está muy equivocado. Si pudiéramos hablar con más tranquilidad...

—Discúlpeme, pero me pareció que usted acusaba a Daniel de ladrón.

—Sólo una parte de la documentación es mía, lo reconozco; la otra, pertenece por entero a Daniel, aunque es obvio que la obtuvo después. Se trata de una situación muy delicada, señor Queralt, hablamos de un trabajo muy importante que ha costado muchos años de investigación. Quisiera que comprendiera que, sólo con que uno de los papeles que usted conserva se perdiera o cayera en las manos equivocadas, sería una catástrofe para el mundo académico. Usted es informático, señor Queralt, y no puede imaginarse, ni de lejos, la importancia que tiene ese material. Devuélvamelo, por favor.

No sólo su voz era radiofónica; su forma de expresarse, también. Pero ni su voz ni su expresión podían ocultar la urgencia que la embargaba. La catedrática tenía prisa por hacerse con la documentación.

—¿Por qué no espera a que Daniel se recupere?

—¿Se recuperará...? —preguntó, irónica—. ¿Cree usted, de verdad, que se recuperará? Piénselo bien, señor Queralt.

Marta Torrent acababa de sobrepasar otra vez la línea y, ahora, de manera definitiva.

—¡Si quiere la documentación, presente una denuncia en el juzgado! —proferí con rabia, pulsando la tecla de Escape para cortar en seco la comunicación—. Rechaza todas las llamadas que procedan de este número —troné— y también todas las que procedan del titular del número, sea quien sea; las de Marta Torrent y las del departamento de Antropología de la Universidad Autónoma de Bellaterra.

Salí de mi habitación a grandes zancadas, preguntándome por qué diablos tenía que verme involucrado con gente de esa calaña. Suponiendo que Daniel fuera realmente un ladrón, cosa que yo no podía creer de ninguna de las maneras, y suponiendo que todo lo que decía aquella bruja fuera cierto, ¿no había otra manera de reclamar la documentación? ¿Tenía que insultar a mi hermano, llamarme a mi casa un domingo por la tarde e insinuar que Daniel no iba a ponerse bien nunca? Pero, ¿quién demonios se había creído que era aquella mujer? ¿Es que no tenía conciencia? Lo del juzgado se lo había dicho muy en serio. Sólo si recibía la citación empezaría a creerla y, aun así, dudaba mucho que yo pudiera llegar a sospechar ni remotamente que mi hermano Daniel fuera capaz de apropiarse de un material de investigación que no le pertenecía. ¡Pero si cuando éramos pequeños y me cogía algo me dejaba una nota! Mi hermano era incapaz de robar nada, de aprovecharse de nada que no fuera suyo y de eso estaba completamente seguro, por lo tanto, la única conclusión posible era que la señora Torrent hubiera visto algo en la documentación de Daniel que le había interesado muchísimo, algo por lo que estaba dispuesta a herir, a insultar y a mentir como una bellaca. Quizá a Ona hubiera podido convencerla; a ella o a cualquier otra persona con menos carácter que yo, pero la catedrática había tenido la mala suerte de tropezar conmigo y lo iba a tener muy difícil para apoderarse del trabajo de mi hermano. Uno no llega a director de un departamento universitario teniendo un corazón de oro. Sólo los trepas, los verdaderos tiburones, son capaces de medrar en ambientes muy competitivos y la gente buena, como mi hermano, solían ser sus víctimas, los escalones que pisaban para subir. Yo había acudido a ella en busca de ayuda y no había hecho otra cosa que despertar al monstruo. Jamás debí sacar a la luz el material de Daniel, pero ya era tarde para lamentarlo. Ahora, se trataba de averiguar lo más rápidamente posible qué había visto la catedrática en los papeles para que se hubiera despertado de aquel modo su ambición.



El lunes por la mañana me desperté a las ocho dispuesto a comenzar una larga y dura jornada de trabajo. Pero no sentía la pereza normal de un inicio cualquiera de semana. De hecho, casi nada era lo mismo que antes de caer enfermo Daniel. Esa mañana no tenía que bajar a mi despacho y escuchar a Núria recitando la retahíla de entrevistas y reuniones previstas para el día mientras yo tomaba posesión de mi sillón y el sistema me conectaba a los canales de información económica y bursátil del mundo. No tenía que celebrar videoconferencias con Nueva York, Berlín ni Tokio y tampoco tenía que reunirme con técnicos y programadores de sistemas expertos, redes neuronales, algoritmos genéticos o lógica difusa. Mi única obligación era desayunar tranquilamente al sol y esperar la llegada de Jabba y Proxi —acordada para las nueve la noche anterior, antes de que se marcharan a su casa dejando mi estudio hecho una pena, que todo hay que decirlo.

Mi abuela llegó puntual del hospital mientras yo daba sorbos al té y disfrutaba en el jardín de la incipiente mañana. Por su forma de taconear, de resoplar y de hablar con Magdalena y Sergi mientras avanzaba inexorablemente hacia donde yo me encontraba, adiviné que traía el humor revuelto y el disco duro bloqueado.

Entró como un huracán en el jardín, todavía quitándose la gruesa chaqueta que le gustaba ponerse por la noche en el hospital. Su cara alterada cambió al verme y esbozó una cariñosa sonrisa mezclada aún con un redoble de suspiros entrecortados.

—¡Debí de quedarme muy a gusto el día que traje a tu madre al mundo! —fue lo primero que dijo mientras tomaba asiento a mi lado y me pasaba la mano por la peluda mejilla a modo de saludo.

—No deberías tomarla en serio, abuela —exclamé mientras me desperezaba levantando los brazos hacia el cielo, espléndidamente azul. Estaba comprobado que, en cuanto mi madre y mi abuela pasaban juntas un par de días, comenzaba la tercera guerra mundial. En esta ocasión el inicio de las hostilidades había sufrido un cierto retraso porque apenas se habían visto, pero, al final, y como era de esperar, la oportunidad se había dado en uno de los breves encuentros para el relevo—. Ya sabes cómo es.

—¡Por eso mismo lo digo! ¿Cómo pude tener una hija tan tonta, Señor...? Reconozco que su padre era un poco tarambana, pero siempre tuvo la cabeza en su sitio. ¿A quién habrá salido esta niña...? ¡Si supieras la de veces que me lo he preguntado!

La niña, como ella decía, había sobrepasado ya la frontera de los sesenta.

—¿Qué tal la noche? —le pregunté para cambiar de tema.

Mi abuela bajó la mirada hacia la tetera y arregló con pena la esquina de mi servilleta.

—Daniel ha estado muy inquieto —me contestó—. No ha parado de hablar.

Nos quedamos en silencio, contemplando el paso discreto de Sergi junto a las adelfas.

—¿Quieres tomar algo? —le pregunté.

—Un vaso de leche caliente.

—¿Desnatada?

—¡Quita, por Dios, valiente agua sucia! No, leche entera, la de toda la vida.

No tenía que molestarme en pedirla. El sistema retransmitiría la orden a Magdalena en cualquier parte de la casa en que ésta pudiera encontrarse.

—Pues anoche estaba muy tranquilo —comenté, recordando mi breve visita.

—Anoche, sí —asintió, ahuecándose con las manos el pelo aplastado con un gesto de cansancio—, pero, luego, no sé qué le pasó que no hubo forma de hacerle dormir ni con las pastillas esas que le dan. Ha sido terrible.

—¿Se movía? —quise saber, esperanzado.

—No, no se movía —murmuró mi abuela tristemente—. Estaba obsesionado con su entierro. Quería que le amortajáramos y le sepultáramos. Menos mal que, cuando le expliqué que esas cosas ya no se llevan y que ahora se incinera a los muertos, no insistió más. ¿Por qué tendrá esa manía tan rara?

—Es el síndrome de Cotard, abuela.

Ella hizo un rictus extraño con la boca y me miró, rechazando mis palabras con suaves negaciones de cabeza.

—Dime una cosa, Arnauet —vaciló—. Eso que Lola, Marc y tú estáis haciendo, está relacionado con Daniel, ¿verdad?

Un rayo de sol se acercó lentamente hacia mi taza y, de repente, saltó desde allí hasta mis ojos con un destello. Estrechando los párpados, asentí. Ella volvió a suspirar.

—¿Serviría de algo que te contase lo que dice tu hermano por las noches o sería una tontería?

¡Qué mujer más lista e intuitiva! Siempre conseguía sorprenderme. Sonreí mientras me retiraba el pelo de la cara.

—Cuéntame, genio. —Y me incliné para darle un beso estruendoso en la frente. Ella manoteó en el aire para apartarme, pero ni siquiera me rozó.

—Te lo contaré con la condición de que me dejes fumar un cigarrillo sin amargarme la vida.

—¡Abuela, por favor! —protesté—. ¡A tu edad ya no deberías hacer estas cosas!

—¡A mi edad, precisamente, es cuando puedo hacerlas!

Y, sin mediar más palabras, extrajo del bolso una preciosa pitillera de piel y sacó un cigarrillo de boquilla dorada.

—Los jóvenes de ahora no tenéis ni idea de lo que es bueno.

—No me evangelices.

—¿Acaso estoy hablando de religión? ¡Hablo de disfrutar! Además, si vas a darme la tabarra, me voy a mi habitación y en paz. No te cuento nada de lo que dice Daniel.

Me tragué mis protestas y, con la frente fruncida para dejar patente mi disgusto, la vi exhalar la primera nube de humo. Lo curioso es que había empezado a fumar muy tarde, cerca de los sesenta años, influida por sus locas amigas, y no había comida ni celebración en la que no sacara, al final, su pitillera.

—Mariona me ha explicado que esas palabras raras que dice son de un lenguaje en el que estaba trabajando para la universidad —empezó, reclinándose en el sillón de mimbre—. Quechua, me dijo, o aymara. No está segura. No me pidas que te las repita porque no sería capaz. Pero también habla mucho de una cámara que hay debajo de una pirámide, sobre todo cuando está más nervioso. Entonces habla de esa cámara y dice que allí está escondido el lenguaje original.

Me incorporé de golpe, apoyando los codos sobre la mesa y la miré fijamente.

—¿Y qué dice de ese lenguaje original?

Mi abuela pareció sorprenderse por mi reacción, pero en seguida volvió a perder la mirada en los arbustos que nos rodeaban.

—Habla mucho de eso, pero yo creía que eran tonterías, la verdad. En fin, lo que repite a menudo es que el lenguaje original está formado por unos sonidos raros que tienen propiedades naturales, o algo parecido —dilató las fosas nasales y apretó los labios intentando ahogar discretamente un bostezo—. También dice que esos sonidos están en la cámara, que la cámara está debajo de una pirámide y, me ha parecido entender aunque no me hagas mucho caso, que la pirámide tiene una puerta encima. —Suspiró con desolación—. ¡Qué triste, Dios mío! ¡Mi pobre nieto Dani! ¿Tú crees que se curará?

Magdalena apareció por las puertas que daban al salón con una bandeja en la mano sobre la que descansaba un platillo con un vaso de leche. Tras ella, enmarcándola como una sombra gigantesca, venía
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