El Origen Perdido Matilde Asensi




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Jabba y Proxi se encontraban en esos momentos a punto de salir. Mi sobrino, que sentía una especial predilección por esos pequeños artefactos que la gente se pegaba a la cara antes de empezar a hablar, alargó fulminantemente la mano intentando arrebatármelo pero, como yo fui más rápido y no pudo, se enfadó y soltó un sonoro gruñido de protesta. Recuerdo que en ese momento pensé que un hospital no era el lugar ideal para que estuviera un niño: primero, porque con sus gritos podía molestar a los enfermos y, segundo, porque el aire de esos centros estaba cargado de extrañas enfermedades; o eso me parecía.

Para quitar mi móvil de la vista de Dani mientras yo hablaba con Jabba y Proxi, Mariona se había sentado en una silla de plástico verde al lado de una máquina expendedora de botellas de agua, y jugaba con el pequeño ofreciéndole un paquete de pañuelos de papel que, por fortuna, pareció seducirle bastante. Las otras sillas que formaban la hilera de asientos estaban rotas o manchadas, ofreciendo un aspecto lamentable de ruina. Se decía por ahí que no había medicina mejor ni mejores médicos que los de la sanidad pública y, seguramente, sería cierto, pero en cuanto a instalaciones y hostelería, la privada le daba cuarenta vueltas.

—Llegarán en seguida —dije, sentándome a su lado y entregándole a mi sobrino el diminuto móvil con el teclado bloqueado. Ona, que había visto el teléfono de mi hermano volando por los aires y chocando estrepitosamente contra el suelo en varias ocasiones, intentó impedirlo, pero yo insistí; de manera radical, Dani dejó de existir a todos los efectos, entretenido con el preciado juguete.

—Si Lola y Marc van a venir a llevárselo —me explicó mi cuñada señalando al niño con un gesto de la barbilla—, podemos esperarlos aquí, por si sale el médico y quiere hablar con nosotros.

—¿Daniel está en esa planta? —me sorprendí, y giré la cabeza hacia un largo pasillo que se abría a nuestra izquierda y sobre cuyo vano de entrada podía leerse «Neurología».

Ona asintió.

—Ya te lo he dicho antes, Arnau.

Me había pillado in fraganti y no era cuestión de disimular. Sin embargo, no pude evitar el gesto automático de atusarme la perilla y, al hacerlo, noté que tenía el pelo áspero y grumoso por la humedad de las alcantarillas.

—Discúlpame, Ona. Estoy... desconcertado por todo esto. —Con la mirada abarqué el espacio—. Ya sé que pensarás que estoy loco, pero... ¿podrías volver a contármelo todo, por favor?

—¿Otra vez...? —se sorprendió—. Ya me parecía que no estabas escuchándome. Pues... A ver. Daniel vino de la universidad cerca de las tres y media. El niño se acababa de dormir. Estuvimos hablando un rato después de comer sobre... Bueno, no andamos muy bien de dinero y, ya sabes, yo quiero volver a estudiar, así que... En fin, Daniel se metió en su despacho como todos los días y yo me quedé leyendo en el salón. No sé cuánto tiempo pasó. Este pelmazo... —dijo refiriéndose a Dani, que estaba a punto de lanzar mi móvil contra la pared para comprobar cómo sonaba—. ¡Eh! ¡No, no, no! ¡Dame eso! ¡Devuélveselo a Arnau!

Mi sobrino, obediente, alargó la mano para entregármelo pero, en el último momento, se arrepintió, ignorando con elegancia las tonterías que le pedía su madre.

—Bueno... El caso es que me quedé dormida en el sofá —Ona titubeaba, intentando recomponer en su mente la cronología de los acontecimientos—, y sólo recuerdo que me desperté porque notaba que alguien me estaba respirando en la cara. Cuando abrí los ojos me llevé un susto de muerte: tenía a Daniel frente a mí, mirándome inexpresivo, como en una película de terror. Estaba de rodillas, a menos de un palmo de distancia. No solté un grito de milagro. Le pedí que dejara de hacer el idiota porque la broma no tenía gracia, y, como si no me hubiera escuchado, va y me dice que acaba de morirse y que quiere que le entierre. —Debajo de los ojos de Ona habían aparecido unos cercos oscuros y abultados—. Le di un empujón para ponerme de pie y salté del sofá. ¡Estaba muy asustada, Arnau! Tu hermano no se movía, no hablaba, tenía la mirada vacía como si de verdad estuviera muerto.

—¿Y qué hiciste? —me costaba mucho imaginar a mi hermano en una situación semejante. Daniel era el tipo más normal del mundo.

—Cuando vi que no era una broma de mal gusto y que no reaccionaba de verdad, intenté localizarte pero no pude. Él se había sentado en el sofá, con los ojos cerrados. Ya no volvió a moverse. Llamé a urgencias y... Entonces, me dijeron que lo trajera aquí, a La Custodia. Les expliqué que no podría levantarlo, que pesaba treinta kilos más que yo y que se estaba dejando caer hacia adelante como si fuera un muñeco de trapo, que si no venían a ayudarme terminaría en el suelo con la cabeza abierta... —Los ojos de Ona se llenaron de lágrimas—. Mientras tanto, Dani se había despertado y lloraba en la cuna... ¡Dios mío, Arnau, qué pesadilla!

Mi hermano y yo medíamos lo mismo, casi un metro noventa, pero él pesaba sus buenos cien kilos por culpa de la vida sedentaria. Difícilmente hubiera podido mi cuñada levantarle del sofá y trasladarle a cualquier parte; ya había hecho bastante con mantenerle erguido.

—El médico tardó media hora en llegar —siguió relatándome, llorosa—. Durante todo ese tiempo, Daniel sólo abrió los ojos un par de veces y fue para repetir que estaba muerto y que quería que le amortajara y le enterrara. Como una tonta, mientras le empujaba contra el sofá para que no se derrumbara, intenté razonar con él explicándole que su corazón seguía latiendo, que su cuerpo estaba caliente y que estaba respirando con total normalidad, y él me contestó que nada de todo eso quería decir que estuviera vivo porque era indiscutible que estaba muerto.

—Se ha vuelto loco... —murmuré con amargura, examinando la punta de mis deportivas.

—Pues eso no es todo. Al médico le dio la misma explicación, con algún nuevo detalle como que no tenía tacto, ni olfato, ni gusto porque su cuerpo era un cadáver. El doctor sacó entonces una aguja del maletín y, muy suavemente para no hacerle mucho daño, le pinchó en la yema de un dedo. —Ona se detuvo un instante y, luego, me sujetó por el brazo para atraer toda mi atención—. No te lo vas a creer: terminó clavándole la aguja entera en varias partes del cuerpo y... ¡Daniel ni siquiera se inmutó!

Debí de poner cara de imbécil porque si había algo que mi hermano no soportaba desde pequeño eran las inyecciones. Se caía redondo ante la visión apocalíptica de una jeringuilla.

—Entonces el doctor decidió pedir una ambulancia y traerlo a La Custodia. Dijo que debía examinarle un neurólogo. Arreglé a Dani y nos vinimos. A él se lo llevaron para adentro y nosotros nos quedamos en la sala de espera hasta que una enfermera me dijo que subiera a esta planta porque lo habían ingresado en Neurología y que el médico hablaría conmigo cuando hubiera terminado de reconocer a Daniel. Estuve intentando localizarte por todas partes. Por cierto... —comentó pensativa, acurrucando al niño contra su pecho a pesar de las airadas protestas de éste—, deberíamos llamar a tu madre y a Clifford.

El problema no era llamarlos; el problema era cómo demonios recuperar mi móvil sin que mi sobrino montara una bronca descomunal, así que inicié un cauteloso acercamiento agitando en el aire las llaves del coche hasta que me di cuenta de que tanto el niño como mi cuñada me ignoraban y dirigían la mirada hacia un punto situado a mi espalda. Dos tipos con cara de funeral se dirigían hacia nosotros. Uno de ellos, el de mayor edad, vestía de calle con una bata blanca encima; el otro, de tamaño diminuto y con gafas, lucía el uniforme completo, zuecos incluidos.

—¿Son ustedes familia de Daniel Cornwall? —preguntó este último pronunciando el nombre completo de mi hermano con un correcto acento británico.

—Ella es su mujer —dije, poniéndome en pie; el mayor se me quedó a la altura del hombro y al otro le perdí por completo de vista—, y yo soy su hermano.

—Bien, bien... —exclamó el mayor, escondiendo las manos en los bolsillos de la bata. Aquel gesto, que guardaba cierto parecido con el de Pilatos, no me gustó—. Soy el doctor Llor, el neurólogo que ha examinado a Daniel, y éste es el psiquiatra de guardia, el doctor Hernández. —Sacó la mano derecha del bolsillo pero no fue para estrechar las nuestras sino para indicarnos el camino hacia el interior de la planta. Quizá mi aspecto, con el pendiente, la perilla y la coleta, le desagradaba; o quizá el mechón de pelo color naranja de Ona le resultaba deplorable—. Si fueran tan amables de pasar un momento a mi despacho, podríamos hablar tranquilamente sobre Daniel.

El doctor Llor se colocó sin prisa a mi lado, dejando que el joven doctor Hernández acompañara a Ona y a Dani unos pasos más atrás. Toda la situación tenía un no sé qué de ilusorio, de falso, de realidad virtual.

—Su hermano, señor Cornwall... —empezó a decir el doctor Llor.

—Mi apellido es Queralt, no Cornwall.

El médico me miró de una manera extraña.

—Pero usted dijo que era su hermano —masculló con irritación, como alguien que ha sido vilmente engañado y está perdiendo su valiosísimo tiempo con un advenedizo.

—Mi nombre es Arnau Queralt Sané y mi hermano se llama Daniel Cornwall Sané. ¿Alguna duda más...? —proferí con ironía. Si yo había dicho que Daniel era mi hermano, ¿a qué venía ese ridículo recelo? ¡Como si en el mundo sólo existiera un único e inquebrantable modelo de familia!

—¿Es usted Arnau Queralt? —se sorprendió el neurólogo, tartamudeando de repente.

—Hasta hace un momento lo era —repuse, sujetándome detrás de la oreja un poco de pelo que se me había soltado de la coleta.

—¿El dueño de Ker-Central...?

—Yo diría que sí, salvo que haya ocurrido algo imprevisto.

Habíamos llegado hasta una puerta pintada de verde que exhibía un pequeño letrero con su nombre, pero Llor se resistía a franquear el paso.

—Un sobrino de mi mujer, que es ingeniero de telecomunicaciones, trabaja en su empresa. —Por su tono intuí que acababan de cambiar los papeles: el tipo de la pinta rara ya no era un impresentable cualquiera.

—¿Ah, sí? —repuse con desinterés—. Bueno, y de mi hermano, ¿qué?

Se apoyó en la manija de la puerta y la abrió con actitud obsequiosa.

—Pase, por favor.

El despacho estaba dividido en dos zonas distintas por una mampara de aluminio. La primera, muy pequeña, sólo tenía un pupitre viejo lleno de carpetas y papeles sobre el que descansaba un enorme ordenador apagado; la segunda, mucho más grande, exhibía un formidable escritorio de caoba bajo la ventana y, en el extremo opuesto, una mesa redonda contorneada por mullidos sillones de piel negra. En las paredes no cabían más fotografías del doctor Llor con personajes célebres, ni más recortes de prensa enmarcados en cuyos titulares destacaba su nombre. El neurólogo, haciéndole una carantoña a Dani, apartó de la mesa uno de los asientos para que Ona se acomodara.

—Por favor... —murmuró.

El diminuto doctor Hernández se colocó entre Ona y yo, dejando caer sobre la mesa, con un golpe seco, una abultada carpeta que hasta entonces había llevado bajo el brazo. No parecía muy feliz, pero, en realidad, allí nadie lo era, así que, ¿qué más daba?

—El paciente Daniel Cornwall —empezó a decir Llor con voz neutra, calándose unas gafas que extrajo del bolsillo superior de su bata— muestra una sintomatología infrecuente. El doctor Hernández y yo estamos de acuerdo en que podría tratarse de algo parecido a una depresión aguda.

—¿Mi hermano está deprimido? —pregunté, asombrado.

—No, no exactamente, señor Queralt... —me aclaró, mirando al psiquiatra de reojo—. Verá, su hermano presenta un cuadro bastante confuso de dos patologías que no suelen darse a la vez en un mismo paciente.

—Por un lado —intervino por primera vez el doctor Hernández, que disimulaba mal su emoción por tener entre manos un caso tan raro—, parece sufrir lo que la literatura médica llama ilusión de Cotard. Este síndrome se diagnosticó por primera vez en 1788, en Francia. Las personas que lo padecen creen de manera irrefutable que están muertas y exigen, a veces incluso de manera violenta, que se les amortaje y se les entierre. No sienten su cuerpo, no responden a estímulos externos, su mirada se vuelve opaca y vacía, el cuerpo se les queda completamente laxo... En fin, que están vivos porque nosotros sabemos que viven pero reaccionan como si de verdad estuvieran muertos.

Ona empezó a llorar en silencio sin poder contenerse y Dani, asustado, se giró hacia mí en busca de apoyo pero, como me vio tan serio, terminó por echarse a llorar también. Si Jabba y Proxi no venían pronto a recogerlo, la cosa iba a terminar mal.

Como el llanto del niño impedía la conversación, Ona, intentando calmarse, se incorporó y empezó a pasear de un lado a otro consolando a Dani. En la mesa, ninguno de los que quedábamos abrimos la boca. Por fin, después de unos minutos interminables, mi sobrino dejó de llorar y pareció adormecerse.

—Es muy tarde para él —musitó mi cuñada volviendo a tomar asiento con cuidado—. Hace rato que debería estar durmiendo y ni siquiera ha cenado.

Crucé las manos sobre la mesa y me incliné hacia los médicos.

—Bueno, doctor Hernández —dije—, ¿y qué solución hay para esa ilusión de Cotard o como quiera que se llame?

—¡Hombre, solución, solución...! Se recomienda el ingreso y la administración de psicofármacos y el pronóstico, bajo medicación, suele ser bueno, aunque, para no engañarles, en casi todos los casos se dan recaídas.

—Los últimos estudios sobre la ilusión de Cotard —observó el doctor Llor, que parecía querer aportar su particular granito neurológico de arena— revelan que este síndrome suele estar asociado a un cierto tipo de lesión cerebral localizada en el lóbulo temporal izquierdo.

—¿Quiere decir que se ha dado algún golpe en la cabeza? —preguntó Ona, alarmada.

—No, en absoluto —rechazó el neurólogo—. Lo que quiero decir es que, precisamente sin mediar traumatismo, hay una o varias zonas del cerebro que no reaccionan como deberían o, al menos, como se espera que lo hagan. El cerebro humano está formado por muchas partes distintas que tienen funciones diferentes: unas controlan el movimiento, otras realizan cálculos, otras procesan los sentimientos, etc. Para ello, estos segmentos utilizan pequeñas descargas eléctricas y agentes químicos muy especializados. Basta que uno solo de esos agentes se altere levemente para que cambie por completo la forma de trabajar de una zona cerebral y, con ella, la forma de pensar, sentir o comportarse. En el caso de la ilusión de Cotard, las tomografías demuestran que existe una alteración de la actividad en el lóbulo temporal izquierdo... aquí. —Y acompañó la palabra con el gesto, apoyando su mano en la parte posterior de la oreja izquierda, ni muy arriba ni muy abajo, ni tampoco muy atrás.

—Como un ordenador al que se le estropea un circuito, ¿no es así?

Los dos médicos fruncieron las cejas al mismo tiempo, desagradablemente sorprendidos por el ejemplo.

—Sí, bueno... —admitió el doctor Hernández—. Últimamente está muy de moda comparar el cerebro humano con el ordenador porque ambos funcionan, digamos, de manera parecida. Pero no son iguales: un ordenador no tiene conciencia de sí mismo ni tampoco emociones. Ése es el grave error al que nos conduce la neurología. —Llor ni pestañeó—. En psiquiatría el planteamiento es totalmente diferente. No cabe duda de que existe un componente orgánico en la ilusión de Cotard, pero también es cierto que sus síntomas coinciden casi por completo con los de una depresión aguda. Además, en el caso de su hermano, no se ha podido verificar esa alteración en el lóbulo temporal izquierdo.

—Sin embargo, como el paciente está a mi cargo —ahora fue Hernández quien no movió ni un músculo de la cara—, he pautado un tratamiento de choque con neurolépticos, Clorpromacina y Tioridacina, y espero poder darle de alta antes de quince días.

—Hay, además, otro problema añadido —recordó el psiquiatra—, y es que Daniel presenta, junto a la ilusión de Cotard, que es lo más llamativo, signos evidentes de una patología llamada agnosia.

Sentí que algo dentro de mí se rebelaba. Hasta ese momento había conseguido convencerme de que todo aquello era algo pasajero, que Daniel sufría una «ilusión» que tenía cura y que, una vez eliminada, mi hermano volvería a ser como antes. Sin embargo, el hecho de que añadieran más enfermedades me producía una dolorosa impresión. Miré a Ona y, por la contracción de su cara, adiviné que estaba tan angustiada como yo. El pequeño Dani, arropado por la manta azul y por su madre, había caído, por fin, en un profundo sueño. Y fue una suerte que estuviera tan dormido porque, en ese momento, mi móvil, que seguía en sus manos, firmemente sujeto, comenzó a emitir las notas musicales que identificaban las llamadas de
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