El Origen Perdido Matilde Asensi




descargar 1.71 Mb.
títuloEl Origen Perdido Matilde Asensi
página5/47
fecha de publicación03.02.2016
tamaño1.71 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Documentos > Documentos
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   47
Snoopy, una vieja toquilla con la que también se cubría media cabeza.

—Está muerto de sueño —me comentó Ona, bajando la voz—. No lo espabiles.

No tuve ocasión de hacerlo. A medio camino, la figura entoquillada decidió que no valía la pena el esfuerzo y dio media vuelta, regresando con sus abuelos, que estaban viendo la televisión. Como el sofá resultaba visible desde la entrada, saludé a los padres de Ona levantando la mano en el aire mientras mi cuñada tironeaba de mi brazo izquierdo para llevarme hacia el despacho de Daniel.

—Tienes que ver esto, Arnau —dijo mientras encendía la luz. El estudio de mi hermano era incluso más pequeño que mi vestidor, pero él se las había ingeniado para colocar por todas partes una cantidad ingente de altísimas estanterías de madera que rebosaban libros, revistas, cuadernos y archivadores. Ocupando el espacio central de todo aquel maremágnum estaba su mesa de trabajo, cubierta por pilas inestables de carpetas y papeles que rodeaban como altos muros unas cuartillas con anotaciones sobre las que descansaba un bolígrafo, y, al lado, el ordenador portátil apagado.

Ona se dirigió hacia la mesa y, sin mover nada, se inclinó sobre las hojas y puso un dedo sobre ellas.

—Lee esto, anda —murmuró.

Yo todavía llevaba el macuto al hombro, pero la urgencia que se transmitía en la voz de Ona me arrastró hacia la mesa. Allí donde ella señalaba con el índice estaban escritas unas frases con la letra de mi hermano que, aunque al inicio se entendían bastante bien, al final resultaban casi ilegibles:

«¿Mana huyarinqui lunthata? ¿No escuchas, ladrón?

»Jiwañta [...] Estás muerto [...], anatatäta chakxaña, jugaste a quitar el palo de la puerta.

»Jutayañäta allintarapiña, llamarás al enterrador, chhärma, esta misma noche.

»Los demás (ellos) jiwanaqañapxi jumaru, mueren todos por todas partes para ti.

»Achakay, akapacha chhaqtañi jumaru. ¡Ay, este mundo dejará de ser visible para ti!

»Kamachi [...], ley [...], lawt'ata, cerrado/a con llave, Yäp...»

Después, como si Daniel hubiera ido perdiendo el conocimiento mientras su mano seguía intentando escribir, aparecían una serie de líneas, de rayas inseguras que terminaban abruptamente.

Me quedé en suspenso unos segundos y, luego, incrédulo, releí aquellas notas un par de veces más.

—¿Qué me dices, Arnau? —preguntó Ona, nerviosa—. ¿No te parece un poco raro?

Abrí la boca para decir... no sé qué, pero de mi garganta no salió ni un sonido. No, no era posible. Simplemente, resultaba ridículo pensar que aquellas frases estuvieran directamente relacionadas con la enfermedad de Daniel. Sí, la describían punto por punto y, sí, también sonaban amenazadoras, pero, ¿qué mente en su sano juicio podría aceptar algo tan absurdo como que lo último que mi hermano escribió antes de enfermar pudiera tener algo que ver con lo que le había pasado? ¿Es que nos estábamos volviendo tan locos como él?

—No sé qué decirte, Ona —balbucí—. En serio. No sé qué decirte.

—¡Pero es que Daniel estaba trabajando en esto cuando...!

—¡Lo sé, pero no perdamos la cabeza! —exclamé. Mi cuñada apoyaba las manos sobre el respaldo del sillón de Daniel y lo apretaba con tanta fuerza que tenía los dedos crispados y los nudillos blancos—. Piénsalo, Ona. ¿Cómo podría este papel ser el causante de su agnosia y de su dichosa ilusión de Cotard...? Ya sé que parece tener alguna relación, pero es imposible, es... ¡grotesco!

Durante unos instantes eternos nos quedamos los dos en silencio, inmóviles, con la vista fija en las anotaciones de Daniel. Cuanto más leía aquellas letras, más crecía en mi interior un miedo aprensivo y receloso. ¿Y si aquello le había afectado de verdad? ¿Y si se había sentido tan impresionado por lo que quiera que fuese que leía y traducía que su inconsciente le había jugado una mala pasada, adoptando aquella especie de maldición y convirtiéndola en una enfermedad real? No quería dar alas a la imaginación de Ona, así que me abstuve de comentarle lo que estaba pensando, pero la idea de que mi hermano hubiera podido somatizar aquellas palabras por la razón que fuese hizo mella en mi interior. Quizá estaba demasiado cautivado por aquel trabajo o demasiado cansado de estudiar; quizá había rebasado el límite de sus fuerzas, dedicando más energía y tiempo de los debidos a su carrera profesional. Todo podía, y debía, tener una explicación racional, por más que aquellas cuartillas garabateadas parecieran indicar que Daniel había sido hipnotizado... O algo por el estilo. ¿Qué demonios sabía yo de estúpidas brujerías y encantamientos?

Giré lentamente la cabeza para mirar a Ona y descubrí que ella, a su vez, me estaba mirando con unos ojos llorosos y enrojecidos.

—Tienes razón, Arnau —susurró—. Tienes toda la razón. Es una tontería, ya lo sé, pero es que, por un momento, he pensado que...

Le pasé un brazo por encima de los hombros y la atraje hacia mí. Ella se dejó arrastrar blandamente. Estaba rota.

—Esto no es fácil para nadie, Ona. Tenemos los nervios destrozados y estamos muy asustados por Daniel. Cuando alguien tiene miedo, se refugia en cualquier cosa que le aporte un poco de esperanza y tú has creído que, a lo mejor, si todo era producto de una especie de maldición, con otro poco de magia podría curarse, ¿no es verdad?

Ella se echó a reír bajito y se pasó una mano por la frente, intentando quitarse aquellas ideas locas de la cabeza.

—Vámonos al hospital, anda —murmuró sonriendo y soltándose de mi brazo—. Clifford y tu madre estarán agotados.

Mientras cogía sus bártulos y se despedía de sus padres y su hijo, yo continué allí, frente a aquel condenado papel que me aguijoneaba el cerebro como un enjambre de mosquitos en verano.

Nos encontrábamos muy cerca de La Custodia y no hubiera valido la pena utilizar el coche de no ser porque, a la mañana siguiente, cansados e insomnes, esos diez minutos de caminata nos habrían parecido una eternidad.

—¿En qué estaba trabajando Daniel? —le pregunté a Ona sin quitar los ojos del semáforo en rojo que nos acababa de detener en la Ronda Guinardó.

Mi cuñada suspiró largamente.

—En esa odiosa investigación sobre etnolingüística inca —manifestó—. Marta, la catedrática del departamento, le ofreció una colaboración en Navidad. «Un estudio muy importante», le dijo, «una publicación que dará renombre al departamento»... ¡Patrañas! Todo lo que quería era que Daniel le hiciera el trabajo sucio para, luego, quedarse con todo el mérito, como siempre. Ya sabes cómo funciona.

Mi hermano era profesor de Antropología del lenguaje en la UAB, la Universidad Autónoma de Barcelona, adscrito al Departamento de Antropología Social y Cultural. Siempre había sido un magnífico estudiante, un coleccionista de éxitos académicos y, con veintisiete años recién cumplidos, no podía llegar más lejos ni hacerlo más rápido. Curiosamente, a pesar de todo ello, sufría de una inexplicable rivalidad hacia mí; nada exagerado, naturalmente, pero sus frecuentes comentarios sobre mis negocios y mi dinero no dejaban lugar a dudas y, por eso (creía yo), se esforzaba de aquella manera en su trabajo. Tenía un brillante futuro por delante antes de caer enfermo.

—¿Has llamado al departamento para avisar de lo que ha ocurrido?

—Sí. Lo hice esta mañana antes de acostarme. Me han dicho que tengo que llevar la baja para que puedan contratar a un interino que le sustituya.

Entramos en La Custodia atravesando una marabunta de gente silenciosa. Volver allí me produjo una extraña sensación: era un lugar ajeno y triste en el que sólo había estado una vez en mi vida y, sin embargo, lo sentí como una prolongación de mí mismo, como un recinto familiar. Seguramente, la presencia de Clifford y mi madre contribuía bastante pero estaba seguro de que se trataba, más bien, de la carga emocional de la situación.

Daniel seguía exactamente igual que aquella mañana cuando nos marchamos. No había experimentado ninguna mejoría, me explicó mi madre, pero tampoco había empeorado y eso era muy positivo.

—A mediodía vino a verle el psiquiatra, el doctor Hernández —siguió contándonos sin levantarse del sillón; no parecía cansada en absoluto—. Por cierto, ¡qué hombre más encantador! ¿Verdad, Clifford? ¡Qué amable y qué simpático! Nos ha tranquilizado mucho, ¿verdad, Clifford?

Clifford, sin hacerle caso, permanecía de pie junto a la cama de su hijo. Supuse que apenas debía de haberse movido de allí en todo el día. Avancé unos pasos hacia él y me coloqué a su lado, contemplando también a mi hermano. Daniel tenía los ojos abiertos pero seguían sin vida y no parecía escuchar nada de lo que se decía a su alrededor.

—El doctor Hernández... Diego, nos ha asegurado que Daniel se pondrá bien muy pronto y nos ha explicado que los medicamentos que le están dando empezarán a hacerle efecto en dos o tres días, ¿verdad, Clifford? ¡La semana que viene lo tenemos de nuevo en casa, ya lo veréis! Ona, cariño, no dejes la bolsa en el suelo... Ahí tienes el armario. Por cierto, ¡qué horrible es este hospital! ¿Por qué no le llevasteis a una clínica privada? ¡Si ni siquiera podemos sentarnos todos! —protestó desde el sillón—. Clifford, anda, mira a ver si las enfermeras de este turno son más amables que las otras y nos dejan una silla. ¿Podéis creer que nos han dicho que no quedaban asientos libres en toda la planta? ¡Vaya mentira!, pero ya me contarás cómo se lo dices en la cara a una de esas... furias vestidas de blanco. ¡Qué gente tan desagradable! ¿Verdad, Clifford? Pero, ¿por qué no vas a preguntar, hombre? Seguro que ahora nos dejan al menos una banqueta o un taburete, no sé..., un escabel... ¡Cualquier clase de asiento estará bien!

Y sí, sí nos dejaron otro asiento, una silla de plástico verde como las de la sala de espera, pero sólo después de que mi madre hubiera salido por la puerta de la planta para no regresar hasta el día siguiente. Las enfermeras debían de habérselo tomado como una cuestión personal y, sinceramente, no me sorprendía lo más mínimo. Crucé los dedos para que Clifford y mi madre recordaran los códigos de acceso a mi casa porque, de no ser así, me veía rescatándoles de la comisaría de Via Laietana.

Ona ocupó el sillón y se concentró en un libro y yo acerqué la silla a esa especie de mostrador con suplemento abatible que hacía las veces de mesita de noche y de banco de trabajo para el personal de la planta. Aparté la caja de pañuelos de papel, la botella de agua, el vaso de Daniel y el dosificador del colirio que le teníamos que poner cada cierto tiempo porque se le secaban los ojos de no parpadear lo suficiente. Extraje mi pequeño ordenador del macuto (un ultraligero de gama alta, de poco más de un kilo de peso) lo abrí y lo coloqué de manera que pudiera teclear con cierta comodidad y que quedara espacio para situar cerca el teléfono móvil; necesitaba conectar con la intranet de Ker-Central, la red privada de la empresa, para echar una ojeada al correo, repasar los asuntos y las reuniones pendientes y estudiar la documentación que Núria me había dejado preparada.

Trabajé durante una media hora, abstrayéndome por completo de la realidad, concentrado en resolver lo mejor posible los asuntos urgentes de la compañía y, cuando menos lo esperaba, escuché una risa muy sombría que salía de la cama de Daniel. Levanté la mirada, atónito, por encima del monitor y vi a mi hermano con una extraña curva dibujada en los labios. Antes de que tuviera tiempo de reaccionar, Ona había saltado del sillón y se había colocado a su lado, inclinándose nerviosamente sobre él, que seguía sonriendo con tristeza y movía los labios como si estuviera intentando decir algo.

—¿Qué te pasa, Daniel? —le preguntó ella, acariciándole la frente y las mejillas.

Lawt'ata —respondió él, y volvió a reír con el mismo desconsolado sonido de antes.

—¿Qué ha dicho? —quise saber, extrañado, acercándome.

—¡No lo sé, no le he comprendido!

—Estoy muerto —dijo Daniel con voz hueca—. Estoy muerto porque los yatiris me han castigado.

—¡Por el amor de Dios, cariño, deja de decir tonterías!

—¿Qué significa lawt'ata, Daniel? —le interrogué, apoyando una mano sobre la almohada para agacharme, pero mi hermano giró la cabeza en sentido contrario y ya no volvió a despegar los labios.

—Déjale, Arnau —repuso Ona, abatida, volviendo al libro y al sillón—. No dirá nada más. Ya sabes lo cabezota que es.

Pero yo seguía preguntándome por qué Daniel se había reído de aquella manera tan extraña y había pronunciado aquellas palabras tan raras. ¿Qué lengua era ésa?

—Quechua o aymara —me aclaró Ona cuando se lo pregunté—. Seguramente, aymara. El quechua era la lengua oficial de los incas, pero en la zona sudeste del imperio se hablaba aymara. Daniel tuvo que aprender las dos para poder trabajar con Marta.

—¿En tan pocos meses? —me sorprendí, regresando a mi silla y girándola para sentarme mirando hacia Ona. El programa de administración de energía del portátil había apagado el monitor y parado el equipo para ahorrar batería. En unos pocos minutos, si no movía el ratón o pulsaba alguna tecla, desactivaría también el disco duro.

—Tu hermano tiene una facilidad inmensa para los idiomas, ¿no lo sabías?

—Aun así —objeté.

—Bueno... —murmuró frunciendo los labios y la frente—, lo cierto es que ha estado trabajando muy duro desde que empezó a colaborar con Marta. Ya te dije que estaba obsesionado. Llegaba de la universidad, comía y se encerraba en su despacho toda la tarde. De todas formas, el quechua lo abandonó pronto para dedicarse por entero al aymara. Lo sé porque me lo contó él.

—Ese texto... el que me enseñaste en tu casa, ¿también estaba escrito en aymara?

—Supongo que sí.

—Y ese trabajo de... ¿dijiste etnolingüística inca?

—Sí.

—¿Qué demonios es eso?

—La etnolingüística es una rama de la antropología que estudia las relaciones entre la lengua y la cultura de un pueblo —me explicó pacientemente—. Ya sabes que los incas no conocían la escritura y que, por tanto, toda su tradición era oral.

Eso de que yo ya lo sabía era mucho suponer por su parte. A mí aquello me sonaba al descubrimiento de América por Colón, las tres carabelas y los Reyes Católicos. Si hubiera tenido que situar en un mapa a los incas, los mayas y los aztecas, me hubiera hecho un lío terrible.

—Marta, la catedrática de Daniel, es una eminencia en el tema —siguió explicándome mi cuñada con cara de fastidio; no cabía la menor duda de que aquella tal Marta le caía como una patada en el estómago y que abominaba de la colaboración de Daniel con ella—. Ha publicado multitud de estudios, colabora con revistas especializadas de todo el mundo y participa como invitada en todos los congresos sobre antropología de América Latina. Es un personaje muy importante, además de una vieja estirada y prepotente. —Cruzó las piernas con aire de suficiencia y me miró—. Aquí, en Cataluña, además de ocupar la Cátedra de Antropología Social y Cultural de la UAB, dirige el Centre d'Estudis Internacionals i Interculturals d'Amèrica Llatina y es la presidenta del Instituí Cátala de Cooperació Iberoamericana. Ahora ya puedes entender por qué Daniel tenía que trabajar a la fuerza con ella: rechazar su ofrecimiento hubiera significado el fin de su carrera como investigador.

Mi hermano se removía, inquieto, en la cama, volviendo la cabeza de un lado a otro y agitando las manos en el aire como si aleteara. De vez en cuando murmuraba de nuevo la inexplicable palabra que ya había pronunciado antes: lawt'ata. Debía de repetirla por alguna razón, pero, si tal razón existía, sólo la sabía él. Decía lawt'ata en voz baja y se agitaba intranquilo; volvía a decirla y se reía; luego, callaba un rato para, más tarde, comenzar de nuevo.

—Bueno, vale —asentí, pasándome las manos por las mejillas rasposas—. Pero, dejando al margen a esa tal Marta, explícame en qué consistía exactamente el trabajo.

Mi cuñada, que mantenía el libro abierto sobre uno de los reposabrazos del sillón, lo recuperó perezosamente, puso el punto de lectura entre las páginas y lo cerró, dejándolo caer de cualquier manera sobre sus piernas.

—No sé si debo... —manifestó, insegura.

—Ona, no pienso apropiarme de las ideas de Daniel y la catedrática.

Ella se rió y alargó las mangas de su jersey hasta que consiguió ocultar las manos dentro.

—¡Lo sé, Arnau, lo sé! Pero es que Daniel me advirtió mucho que no dijera nada a nadie.

—Bueno, pues tú verás... Yo sólo pretendo entender lo que está pasando.

Se quedó ensimismada unos segundos y, por fin, pareció tomar una decisión.

—No comentarás nada, ¿verdad? —quiso saber antes de revelar el gran secreto.

—¿Con quién quieres que hable sobre etnolingüística inca? —Me reí—. ¿Crees de verdad que un rollo semejante le puede interesar a alguno de mis amigos?

Ella se rió también, dándose cuenta de la tontería que había dicho.

—¡Dios mío, no! ¡Serían unos amigos muy originales!

—Pues ya te has contestado tú misma y, ahora, explícame eso que Daniel te pidió que no dijeras a nadie.

—Es una historia un poco complicada —empezó, y cruzó los brazos sobre el pecho sin sacar las manos de las mangas—. Una amiga de Marta, la profesora Laura Laurencich-Minelli, titular de la Cátedra de Civilizaciones Precolombinas de la Universidad de Bolonia, en Italia, tuvo conocimiento, a principios de los noventa, de unos misteriosos documentos del siglo XVII encontrados por casualidad en un archivo privado de Nápoles, los llamados documentos Miccinelli. Según me contó Daniel, estos documentos contenían muchos datos sorprendentes y extraños sobre la conquista de Perú, pero lo más extraordinario de todo, por lo que la profesora Laurencich-Minelli se puso inmediatamente en contacto con su amiga Marta Torrent, era que aportaban las claves necesarias para interpretar un olvidado sistema de escritura incaica que demostraba que aquélla no fue una civilización atrasada que carecía de alfabeto.

Lo que Ona acababa de contarme debía de ser algo extraordinario, sin duda, porque me ojeaba esperando una reacción de entusiasmo que, obviamente, no tuve.

—¿Has oído lo que te he dicho, Arnau? —inquirió, perpleja—. ¡Los documentos Miccinelli demostraban la falsedad de las crónicas españolas, afirmando con pruebas incuestionables la existencia de un lenguaje escrito entre los incas!

—¡Oh, vaya, qué... bien! —atiné a decir, sin comprender del todo la película.

Afortunadamente, se percató de mi ignorancia e intentó echarme un cable para reparar en lo posible el mal lugar en el que me estaba dejando. Resultaba evidente que a ella el tema le apasionaba; no en vano, recordé, había empezado a estudiar la carrera y, según me había confesado el día anterior, tenía la intención de terminarla.

—Verás, Arnau, demostrar que los incas escribían es como descubrir que el hombre no desciende del mono... Algo impensable, increíble y asombroso, ¿comprendes?

—Bueno, la teoría de Darwin no deja de ser sólo una teoría —comenté—. Si, a estas alturas, hubieran podido demostrarla, sería la ley de Darwin.

Mi cuñada perdió la paciencia. Era muy joven y carecía de la correa necesaria para aguantar las tonterías ajenas. Pero lo cierto era que a mí el tema de Darwin siempre me había interesado: ¿no resultaba sorprendente pensar que jamás había sido encontrado ni uno solo de los miles de supuestos eslabones perdidos que hubieran hecho falta para demostrar la teoría de la evolución, y no sólo de los seres humanos sino de todo tipo de animales o plantas? Algo querría decir eso y a mí me parecía muy curioso.

—¿Quieres que siga contándote en qué trabajaba Daniel o no? —explotó—. Porque, si no te interesa, me callo.

Hay ocasiones en las que es mejor apagar el ordenador que estrellarlo contra el suelo. Ona sólo era una cría con muchos problemas, el peor de los cuales estaba tumbado en la cama que ocupaba el centro de aquella habitación.

—Sigue, por favor —respondí con afabilidad—. Me interesa mucho. Sólo te pido que comprendas que no tengo ni idea de estas cosas.

Ella soltó una carcajada, aliviando la tensión que reinaba en el cuarto. Mi hermano también se había calmado y parecía dormir.

—¡Pobrecito! —bromeó sin malicia alguna—. ¡Daniel siempre dice que tú eres la prueba viviente de que no estudiar es muy rentable!

Sonreí bajando resignadamente la cabeza. Esa frase la había escuchado muchas veces de boca de mi hermano. A los dieciséis años, mi madre, que entonces ya vivía en Londres, me regaló mi primer ordenador, un pequeño Spectrum con el que empecé a programar en BASIC. Hacía aplicaciones muy simples que vendía, con ligeras modificaciones, a un sinfín de empresas que empezaban en aquello tan raro de la informática de gestión. Poco después compré un Amstrad y, casi en seguida, un 286 clónico con tarjeta gráfica. La demanda de programas informáticos por parte de compañías y organismos oficiales no hacía otra cosa que aumentar. Fui uno de los pioneros de internet, que entonces no era, ni de lejos, la conocida World Wide Web5, nacida en 1991, sino sólo una caótica red mundial de redes locales que se comunicaban entre sí con protocolos demenciales y resultados frustrantes. En septiembre de 1993, invirtiendo todo el dinero que había ganado como programador, monté el primer proveedor de internet de Cataluña, Inter-Ker, y puse en marcha un servicio de diseño de páginas Web escritas en HTTP6. Por aquel entonces nadie sabía nada de internet. Todo era absolutamente nuevo y desconocido, un mundo hecho por autodidactas que aprendíamos sobre la marcha, resolviendo los problemas a golpe de tecla. La empresa funcionó bien, pero resultaba evidente que aquello no tenía futuro: la World Wide Web era territorio comanche y, en muy poco tiempo, habría que darse de bofetadas con otros colonos por unas migajas del pastel. Por eso, cuando vendí Inter-Ker en 1996, decidí poner en marcha una página de finanzas, un portal que ofreciera toda esa información (cotizaciones bursátiles, datos sobre bancos, hipotecas y préstamos, tablón de inversiones y negocios, etc.) que las empresas para las que había programado aplicaciones debían obtener trabajosamente a través de diferentes medios. Se llamaba Keralt.com y tuvo un éxito inmediato. Al cabo de sólo un año, empecé a recibir ofertas de compra por parte de las empresas bancarias más importantes del mundo. En 1999, el mismo día que cumplí los treinta y dos años, me convertí en uno de esos tipos que en Norteamérica llaman ultra-ricos, al vender Keralt.com al Chase Manhattan Bank por cuatrocientos sesenta millones de dólares. Mi historia no fue ni la única de estas características ni la más sonada, ganándome en beneficios, por ejemplo, Guillermo Kirchner y los hermanos Casares, María y Wenceslao, de Argentina, quienes vendieron el setenta y cinco por ciento de su portal Patagon.com al Banco Santander Central Hispano por quinientos veintiocho millones de dólares. A fin de cuentas, lo importante de aquella transacción no fue tanto el dinero que recibí como el hecho de que me hubieran comprado una idea, sólo una de las muchas que yo podía concebir, de modo que, con los dólares bien invertidos, unos meses después empecé a construir mi casa y monté Ker-Central, dedicada, por un lado, a programar aplicaciones de seguridad para la red —antivirus y cortafuegos— y, por otro, a financiar proyectos innovadores en el campo de la inteligencia artificial aplicada a las finanzas (por ejemplo la creación de redes neuronales para el pronóstico avanzado de los precios de las acciones). Ker-Central recibía estos proyectos, los estudiaba y, si cumplían los requisitos y satisfacían al equipo asesor, los producía y financiaba, llevándose, obviamente, un porcentaje muy elevado de los beneficios. Lo que nadie de mi familia parecía comprender es que todo aquello me había costado muchos años de duro trabajo, de luchas a brazo partido y de estar robándole siempre horas al sueño. A sus ojos, la fortuna me había sonreído por caprichosa veleidad y, por lo tanto, mi suerte sólo era eso, suerte, y no el producto de un esfuerzo como el que había realizado Daniel para llegar hasta donde estaba.

—Los documentos Miccinelli —continuó Ona sin borrar la sonrisa de su boca—, escritos por dos jesuitas italianos, misioneros en Perú, se componían de trece folios, uno de los cuales, plegado, guardaba en su interior un quipu que...

—¿Qué es un quipu? —la interrumpí.

—¿Un quipu...? Pues, un quipu... —Parecía no encontrar las palabras adecuadas—. Un quipu es un grueso cordón de lana del que cuelgan una serie de cuerdas de colores llenas de nudos. Según la disposición de estos nudos, el grosor y la distancia entre ellos, el significado variaba. Los cronistas españoles sostuvieron siempre que los quipus incas eran instrumentos de contabilidad.

—Entonces, el quipu era una especie de ábaco —sugerí.

—Sí y no. Sí, porque realmente permitía que los incas llevaran minuciosamente las cuentas de los impuestos, las armas, la población del imperio, la producción agrícola, etcétera, y no, porque, según se desprendía de referencias halladas en documentos menores y en la crónica de Guamán Poma de Ayala, descubierta en 1908 en Copenhague, los quipus eran algo más que simples calculadoras: también narraban hechos históricos, religiosos o literarios. El problema fue que Pizarro y los sucesivos virreyes de Perú se encargaron de destruir todos los quipus que encontraron, que fueron muchos, y de masacrar a los
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   47

similar:

El Origen Perdido Matilde Asensi icon“He perdido 32 kilos desde que me sometí a una operación en junio”

El Origen Perdido Matilde Asensi iconMatilde, apenas abrió la carta y empezó a leer, se quedó atónita....

El Origen Perdido Matilde Asensi iconHallan fosiles de dinosaurio con cuatro alas, el posible 'eslabon perdido' de las abes actuales

El Origen Perdido Matilde Asensi iconLa palabra genética se forma a partir de la unión de dos palabras...

El Origen Perdido Matilde Asensi iconEn el texto: “La filosofía y la crisis del hombre europeo”, (1938)...

El Origen Perdido Matilde Asensi iconDurante los últimos 50 años, gran parte de los profesionales de la...

El Origen Perdido Matilde Asensi iconEl origen de la tierra el origen de la tierra
«cadenas» explotarían nuevos materiales, o quizás detenía el progreso de otras «cadenas» y recogía sus recursos, llegando a ser más...

El Origen Perdido Matilde Asensi iconBritánicos de origen vasco
«una historia genética de detectives» tras publicar hace unos años Out of Eden: The Peopling of the World (Fuera del Edén: la populación...

El Origen Perdido Matilde Asensi icon1. Origen de la criminalística

El Origen Perdido Matilde Asensi icon2. El origen y la evolución de la humanidad




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com