El Origen Perdido Matilde Asensi




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quipucamayocs, los únicos que sabían leer aquellos nudos. Su interpretación se perdió para siempre y sólo se conservó el oscuro recuerdo de que los incas controlaban la administración del imperio con unas exóticas cuerdas enmarañadas. Cuando se descubría un quipu en algún enterramiento, se enviaba directamente a la vitrina de cualquier museo como una curiosidad. Nadie sabía leerlo.

Sonaron unos golpecitos presurosos en la puerta y, a continuación, entró en la habitación una enfermera de enormes ojos saltones y voz cascada que traía en la mano una batea llena de potingues.

—Buenas noches —saludó con amabilidad, dirigiéndose rápidamente hacia Daniel. Como la mesa auxiliar estaba ocupada por mi ordenador y mi móvil, dejó la batea sobre la cama—. Es la hora de la medicación.

Mi cuñada y yo le devolvimos el saludo y, como los espectadores de una obra de teatro que contemplan a los actores en el escenario, nos quedamos en nuestros asientos y la seguimos con la mirada. Conocíamos el ritual por haberlo visto la noche anterior. Después de hacer ingerir a mi hermano, con grandes dificultades por su falta de colaboración, el comprimido de Clorpromacina y las gotas de Tioridacina, le puso el termómetro de mercurio bajo uno de los brazos y, en el contrario, le ciñó el manguito del aparato de la tensión. Todo esto lo hacía con agilidad y pericia, sin errores, moviéndose con la destreza que dan los muchos años de experiencia. Concluida esta primera fase, pasó a una segunda que no conocíamos:

—¿Quieres dar un paseo, Daniel? —le preguntó con voz fuerte y grumosa, pegando literalmente su cara a la de mi hermano, que ahora tenía los ojos nuevamente abiertos.

—¿Cómo voy a querer si estoy muerto? —respondió él, fiel a su nuevo credo.

—¿Prefieres que te sentemos en una silla?

—¡Ojalá supiera lo que es una silla!

—Yo le levantaré —dije, incorporándome. No podía resistir por más tiempo aquella absurda conversación.

—No se preocupe —me indicó la enfermera bajando el tono de voz y haciéndome un gesto con la mano para que no me moviera—. Tengo que hacerle estas preguntas. Hay que comprobar su evolución.

—No parece que haya ninguna... —murmuró Ona, tristemente.

La enfermera le sonrió con afecto.

—Ya la habrá. Todavía es pronto. Mañana estará muchísimo mejor. —Luego, volviéndose hacia mí mientras soltaba el manguito del brazo de mi hermano y recogía el termómetro y el resto de sus bártulos, comentó—: Insista en preguntarle si quiere dar un paseo. Hágalo cada vez que le pongan las gotas en los ojos. Tiene que moverse.

—Ya no tengo cuerpo —afirmó Daniel poniendo la mirada en el techo.

—¡Sí lo tienes, cariño, y un cuerpazo muy hermoso, además! —exclamó ella, contenta, mientras salía por la puerta.

Ona y yo nos miramos intentando contener la risa. Al menos alguien conservaba el buen humor en aquel lugar infame. La cara de mi cuñada, sin embargo, cambió de pronto:

—¡Las gotas! —profirió con acento de culpabilidad.

Yo asentí con la cabeza y las cogí de encima de la mesilla, ofreciéndoselas. Mi portátil se había apagado del todo y el móvil había concluido automáticamente la conexión a internet.

Sin dejar de hablarle y de decirle cosas cariñosas, Ona vertió aquellas falsas lágrimas en los ojos color violeta de mi hermano. Yo les observaba atentamente, reafirmándome por enésima vez en mi inquebrantable decisión de no formar parte jamás de una comunidad afectiva de dos. Me resultaba insoportable la idea de ligar mi vida a la de otra persona aunque sólo fuera por un breve espacio de tiempo y si, arrastrado por las circunstancias, alguna vez había estado tan loco como para hacerlo, siempre había terminado harto de aguantar necedades y desesperado por recuperar mi espacio, mi tiempo y mi supuesta soledad, en la que me encontraba muy a gusto y muy libre para hacer lo que me diera la gana. Como el título de aquella vieja película de Manuel Gómez Pereira, yo siempre me preguntaba por qué lo llamaban amor cuando querían decir sexo. Mi hermano se había enamorado de Ona y era feliz viviendo con ella y con su hijo; a mí, sencillamente, me gustaba mi vida tal y como era y no me planteaba la necesidad de ser feliz, algo que me parecía una pretensión ajena a la realidad y una ficción sin fundamento. Me conformaba con no ser desgraciado y con disfrutar de los placeres pasajeros que la vida me ofrecía. Que el mundo tuviera sentido a través de la felicidad me sonaba a excusa barata para no afrontar la vida a pelo.

Cuando Ona regresó a su sillón, yo retomé el asunto de los quipus. Algo me decía que había que deshacer algunos nudos.

—Me estabas hablando antes de los documentos Miccinelli y del sistema de escritura incaica... —le dije a mi cuñada.

—¡Ah, sí! —recordó, subiendo las piernas al asiento y cruzándolas como los indios—. Bueno, pues la cuestión es que mientras Laura Laurencich-Minelli estudiaba la parte histórica y paleográfica de los documentos, Marta Torrent investigaba el quipu que venía cosido en el folio plegado y, de este modo, descubrió que había una relación directa entre los nudos y las palabras quechuas que aparecían escritas encima de las cuerdas. Dedujo, obviamente, que se encontraba ante una nueva Piedra de Rosetta, la que le permitiría encontrar la clave perdida para descifrar todos los quipus, pero se trataba de una tarea de años, de modo que, con el permiso de la propietaria del archivo de Nápoles, Clara Miccinelli, hizo copias de todo el material y se lo trajo consigo a Barcelona.

—Y, una vez aquí, nuestra querida Marta puso manos a la obra y empezó a desentrañar los misterios de aquel viejo sistema de escritura —comenté— pero, como era un trabajo titánico, buscó ayuda entre los mejor preparados y los más inteligentes de sus profesores y eligió a Daniel, a quien, inmediatamente, propuso colaborar en el proyecto.

El rostro de Ona mudó de expresión para recuperar el gesto furioso.

—Pero, Ona... —titubeé—, la catedrática no hizo más que ofrecerle a Daniel una oportunidad única. ¡Imagínate que se la hubiera brindado a otro! No entiendo por qué te molesta tanto que pensara en Daniel para algo tan importante.

—¡Marta Torrent sólo le ofreció a Daniel el trabajo duro del proyecto! —se irritó mi cuñada—. Tu hermano lo tenía muy claro, sabía desde el principio que ella le explotaría y que, luego, cuando llegara la hora de los reconocimientos y los méritos académicos, él no recibiría ni las gracias. ¡Siempre es así, Arnau! Se mataba a trabajar fuera del horario de clases para que ella recibiera, cómodamente sentada en su cátedra, los progresos que él hacía.

Me quedé un tanto sorprendido por aquella enérgica respuesta. Las cosas debían de andar muy mal por la universidad para que Ona se expresara de aquella manera. Habitualmente mi cuñada era una joven agradable y tranquila. No es que no hubiera oído comentar los abusos que se producían en los departamentos, pero jamás hubiese sospechado que mi propio hermano era uno de aquellos pobres desgraciados a los que sus superiores les chupaban la sangre. Aun así, fue la forma y no el fondo de las palabras de Ona lo que me chocó.

Daniel, probablemente alterado por el tono de nuestra conversación, se agitó de pronto con violencia y comenzó a repetir sin descanso la palabra que aquella noche le obsesionaba:

Lawt'ata, lawt'ata, lawt'ata...

—Aún hay otra cosa que no entiendo, Ona —comenté, pensativo—. Si el quechua era la lengua oficial del Imperio inca y el quipu de Nápoles aportaba la clave también en quechua, ¿por qué abandonó Daniel el estudio de esta lengua para consagrarse por entero al aymara?

Mi cuñada enarcó las cejas y me miró con unos ojos muy grandes y desconcertados.

—Eso no lo sé —declaró, al fin, con voz apocada—. Daniel no me lo explicó. Sólo me dijo que debía centrarse en el aymara porque estaba seguro de que ahí encontraría la solución.

—¿La solución a qué? —objeté—, ¿a los quipus en quechua?

—No lo sé, Arnau —repitió—. Acabo de caer en la cuenta.



Cuando escribía el código de alguna aplicación, por sencilla que fuera, jamás cometía el error de suponer que, entre las miles de líneas que iba dejando atrás, no quedaba agazapado algún error fatal que impediría el funcionamiento del programa en el primer intento. Tras el esfuerzo de concebir el proyecto y de desarrollarlo durante semanas o meses, todavía quedaba la tarea más dura y apasionante: la búsqueda desesperada de esos imperceptibles fallos de estructura que daban al traste con el inmenso edificio costosamente levantado. Sin embargo, jamás me enfrentaba al código con las manos vacías pues, mientras escribía rutinas y algoritmos, un sexto sentido me iba indicando dónde quedaban esas zonas oscuras que, probablemente, más tarde serían la fuente de todos los problemas. Y nunca dudaba de la verdad de estas intuiciones. Cuando, al finalizar, aplicaba el compilador para comprobar el funcionamiento, siempre terminaba confirmando la relación entre los fallos finales y aquellas zonas oscuras. Buscarlas y encontrarlas resultaba mucho más interesante que corregirlas, porque corregir era algo simple y mecánico mientras que descubrir el problema, correr tras él llevado por una corazonada o una sospecha, tenía su parte de gesta, de Ulises intentando llegar a Ítaca.

Como si mi hermano Daniel fuera una aplicación de millones de líneas, mi valioso sexto sentido me estaba advirtiendo de la presencia de zonas oscuras relacionadas con los fallos de su cerebro. El problema era que yo no había escrito ese supuesto programa que representaba a Daniel, de modo que, a pesar de sospechar la existencia de esos datos incorrectos, no tenía forma de averiguar cómo localizarlos y repararlos.

Pasé el resto de aquella segunda noche trabajando y atendiendo a mi hermano, pero, para cuando la luz empezó a entrar por la ventana y Ona se despertó, ya había fraguado la decisión de meterme de lleno en el asunto y dilucidar (si es que mi sexto sentido tenía razón y si es que era factible) la posible relación entre la agnosia y el Cotard de Daniel, por un lado, y su extraño trabajo de investigación, por otro. Si me estaba engañando a mí mismo y, como le había dicho a Ona por la tarde, todo era producto de los nervios y del miedo que sentíamos, lo único que podía perder era el tiempo invertido y si, además, durante los días siguientes Daniel respondía al tratamiento y se curaba, ¿iba a ser tan idiota de hacerme reproches por correr tras un presentimiento seguramente ridículo...? Bueno, quizá sí, pero daba lo mismo.

Cuando llegamos a la calle Xiprer, subí con mi cuñada hasta su casa para recoger el papel escrito por Daniel porque quería estudiarlo aquella tarde, pero, al salir de allí, iba cargado con una montaña de libros sobre los incas y con las carpetas de los documentos de la investigación sobre los quipus.

Me acosté cerca de las nueve y media de la mañana, hecho polvo, con los ojos irritados y agotado como nunca antes en mi vida. Por culpa del cambio de horario del sueño y la vigilia, sufría de jet lag sin haber cruzado el Atlántico, pero, aun así, le dije al sistema que me despertase a las tres de la tarde porque tenía mucho que hacer y muy poco tiempo para hacerlo.

Estaba profundamente dormido cuando la música de Vivaldi, el Allegro del Concierto para mandolina, comenzó a sonar por toda la casa. El ordenador central seleccionaba, de entre mis preferidas, una melodía diferente para cada día según la época del año, la hora a la que me despertase o el tiempo exterior. Toda mi casa estaba construida en torno a mi persona y, con los años, se había producido una extraña simbiosis entre el sistema de inteligencia artificial que la regulaba y yo. Él aprendía y se perfeccionaba por sí mismo, de manera que había llegado a convertirse en una suerte de mayordomo telépata obsesionado por servirme y atenderme como una madre.

Las cortinas de las amplias puertaventanas que daban al jardín se fueron replegando suavemente dejando pasar una tenue luz verde ultramarino mientras la pantalla que cubría por completo la pared del fondo reproducía una visualización del cuadro La iglesia de Auvers de Van Gogh. Todavía era de día y todavía tenía un sueño mortal, de manera que apreté bien los párpados, me puse la almohada sobre la cabeza y bramé: «¡Cinco minutos más!», provocando la muerte súbita de los efectos especiales. Lo malo fue que Magdalena, la asistenta, inmune al sistema de reconocimiento de voz, ya estaba entrando por la puerta con la bandeja del desayuno.

—¿De verdad quieres seguir durmiendo? —preguntó, muy extrañada, mientras caminaba ruidosamente sobre la madera, arrastraba sillas, abría y cerraba las puertas de los armarios y ponía en marcha de nuevo la música pulsando el botón de mi mesilla; si no bailó sobre mi cabeza fue porque tenía más de cincuenta años pero, de haber podido, lo hubiera hecho—. He pensado que no te apetecería la comida que tenía preparada, así que te traigo el desayuno de siempre: zumo de naranja, té con leche y tostadas.

—Gracias —farfullé desde debajo de la almohada.

—¿Cómo estaba tu hermano anoche?

No sabía qué demonios andaría haciendo, pero los chirridos, golpes y ruidos varios continuaban.

—Igual.

—Lo siento —dijo con voz apenada. Magdalena ya trabajaba para mí cuando Daniel aún vivía conmigo.

—Hoy tienen que empezar a notarse los resultados del tratamiento.

—Ya me lo ha dicho tu madre esta mañana.

¡Plam! Puertas del jardín abiertas de par en par y corriente de aire fresco que entró como un huracán en la habitación. ¿Para qué demonios tenía un sistema de control de temperatura y renovación del aire en toda la casa? Según Magdalena, para nada. Menos mal que el día era bueno y que no faltaba mucho para la llegada del verano; aun así, comencé a estornudar una vez y otra, lo que terminó por despertarme del todo al verme en la necesidad de buscar un pañuelo en el cajón de la mesilla. Ser un urbanícola tecnológicamente desarrollado tenía sus inconvenientes y uno de ellos era la incapacidad adquirida para enfrentarse a la naturaleza a pecho descubierto, como estaba yo en ese momento, pues sólo llevaba los bermudas del pijama.

Desayuné rápidamente mientras ojeaba la selección de titulares de prensa que me enviaba Núria cada mañana a la pantalla de la habitación y, tal cual estaba, sin lavarme siquiera la cara, me dirigí al estudio —amplio concepto que englobaba tanto un despacho de trabajo como una sala de videojuegos— dispuesto a darme un atracón de cultura inca.

—Localiza a Jabba —le dije al ordenador mientras avanzaba por el pasillo. Un segundo después la voz neutra de Jabba me saludó cuando entraba en el estudio—. ¿Estás abajo? —le pregunté, sentándome en mi butaca y cogiendo un clip que comencé a retorcer entre los dedos.

—¿Dónde quieres que esté? —repuso.

—Necesito tu ayuda y la de Proxi.

—¿Qué pasa? —se alarmó—. ¿Cómo está Daniel?

—Esta mañana estaba igual. Sin cambios. —El pelo suelto y desgreñado me molestaba, así que me lo enrosqué sobre la cabeza y lo recogí dentro de una vieja gorra de los Barcelona Dragons. Desde hacía un mes tenía las entradas para el partido del próximo sábado contra los Rhein Fire de Dusseldorf que iba a celebrarse en el Estadio Olímpico de Montjuic, pero, tal y como andaba la cosa, mucho me temía que no iba a poder asistir—. Necesito un favor.

—Pues pide.

—Tengo delante un montón de libros que debo hojear antes de irme al hospital.

—Supongo que no querrás que los lea por ti.

—No seas borde. No se trata de eso.

—Pues mete el turbo que tengo trabajo.

—Te libero de él. Tienes la tarde libre, y Proxi también.

—Vale. Genial. Precisamente teníamos que ir a comprar un sofá. Hala, adiós.

—¡Espera, idiota! —grité, sonriendo—. No puedes marcharte.

—¿Ah, no? ¿Entonces para qué me das la tarde libre?

—Para que investigues un asunto por mí. Necesito que
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