El Origen Perdido Matilde Asensi




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Proxi y tú busquéis en internet todo lo que haya sobre una lengua inca llamada aymara.

El silencio más profundo reinó en mi estudio, tan profundo que casi era un hondo agujero. Empecé a tamborilear con los dedos sobre la mesa como señal auditiva de impaciencia, pero ni aun así me contestó. Al final, me harté.

—¿Estás ahí, capullo?

—No —respondió sin cortarse.

—¡Venga ya, hombre! No es tan difícil.

—¿Que no? —exclamó con su vozarrón de hierro—. ¡Pero si no he entendido ni lo que has dicho! ¿Cómo demonios quieres que lo investigue?

—Porque tú vales mucho. Eso lo sabemos todos.

—No me des jabón, anda.

—Necesito que lo investigues, Marc, en serio.

Se repitió el silencio de antes, pero sabía que estaba ganando la batalla. Escuché un largo resoplido que llegaba desde los altavoces.

—Explícame otra vez qué era eso que querías que buscáramos.

—Los incas, los habitantes del Imperio inca...

—Ya, los incas de Latinoamérica.

—Esos mismos. Bueno, pues esos tipos hablaban dos idiomas. El oficial del imperio era el quechua, mayoritario entre la población, y, el otro, el aymara, se hablaba en el sudeste.

—¿Qué sudeste?

—¡Y yo qué sé! —solté. ¿Es que Jabba creía que yo dominaba estos temas? ¡Si para mí era todo un galimatías!—. El sudeste del Imperio inca, digo yo.

—Bueno, entonces quieres saberlo todo sobre el aymara que se hablaba en el sudeste del Imperio inca.

—Exacto.

—Bien. Pues espero que tengas una buena razón para hacernos pasar la tarde a Proxi y a mí investigando el aymara del sudeste del Imperio inca porque, en caso contrario, hundiré tu empresa y haré que te metan en la cárcel.

Jamás deben tomarse en vano las palabras de un hacker.

—Tengo una buena razón.

¿La tenía...?

—Está bien. Voy a buscar a Proxi y nos pondremos a trabajar en el «100».

—De acuerdo. Llamadme cuando terminéis.

—Por cierto, no me has preguntado por el resultado de la campaña contra la TraxSG.

¡Lo había olvidado por completo! Tenía el disco duro mental formateado desde el lunes.

—¿Cómo ha ido? —pregunté con una sonrisa malvada en la boca.

—Genial. Está en todos los periódicos de hoy. Los de la TraxSG van a sudar sangre para salir de ésta con buen pie. Y no tienen ni idea del origen del boicot.

Solté una carcajada.

—Me alegro. Déjales que busquen. Bueno, espero tu llamada.

—Que sí. Adiós.

Estaba solo de nuevo en mi estudio y en silencio... Bueno, solo del todo no, porque tenía siempre conmigo la presencia sigilosa del ordenador central. Al principio, pensé ponerle un nombre apropiado, algo así como Hal, el ordenador loco de 2001: una odisea del espacio, de Stanley Kubrick, o Abulafia, la pobre computadora de El péndulo de Foucault, de Eco, o, incluso, Johnny, por Johnny Mnemonic, pero no terminé de decidirme y no lo bauticé de ninguna manera. Si hubiera sido un perro, le habría llamado simplemente Perro, pero se trataba de un potente sistema de inteligencia artificial. Finalmente quedó establecido que, sin mediar denominación alguna, cualquier orden pronunciada en voz alta que no estuviera claramente dirigida a Magdalena, sería para el sistema.

Eché una mirada melancólica a mi fantástica colección de películas en DVD y a mis consolas de videojuegos, abandonadas sobre la pequeña mesa de ratán, y alargué la mano hasta la pila de libros que había traído de casa de mi hermano. Por decisión propia, mi estudio era lo más parecido que podía encontrarse a la cabina de una nave espacial (otra concesión a mi espíritu lúdico). Además de la pantalla gigante que, como en el resto de las habitaciones de la vivienda, ocupaba por completo una de las paredes, tenía un equipo parecido al del «100», aunque sólo con tres monitores, un par de teclados, algunas grabadoras, dos impresoras, una cámara digital, un escáner, un DVD y mis consolas de juegos. Todo era del color del acero inoxidable o de un blanco impecable, con sillones, mesas y librerías fabricados en aluminio, titanio y cromo. Las luces eran halógenas, de un tono celeste tan frío que conferían al estudio el aire de una cueva excavada en el hielo. Las largas filas de libros de las estanterías y la pequeña mesa baja de ratán eran, pues, las únicas excepciones coloristas en el interior de aquel aparente iceberg, pero de ninguna manera iba a renunciar a tener allí parte de mis libros y, desde luego, tampoco a la mesa, que era un viejo recuerdo de mi antigua casa del que no estaba dispuesto a deshacerme.

Con un bufido de resignación, abrí el primero de los tochos de historia de Daniel y comencé a leer. Después de un buen rato abrí otro y, una hora después, otro más. La verdad es que, al principio, no entendí demasiado y eso que yo no era lo que podría decirse tonto precisamente. Los historiadores que habían escrito aquellas sesudas obras se empeñaban en no computar el tiempo de la manera habitual y hablaban de «Horizontes» en lugar de épocas —«Horizonte Temprano», «Horizonte Medio», «Horizonte Tardío» y sus períodos intermedios—, con el resultado de que, al menos para un inexperto como yo, era imposible ubicar lo que estaban contando en un momento conocido de la historia. Cuando, por fin, encontré un cuadro aclaratorio de fechas, resultó que el Imperio inca, uno de los más poderosos imperios del mundo, que llegó a tener treinta millones de habitantes y a ocupar un territorio que se extendía desde Colombia hasta Argentina y Chile, pasando por Ecuador, Perú y Bolivia, había durado menos de cien años y había caído en manos de un miserable ejército español de apenas doscientos hombres al mando de Francisco Pizarro, un tipo que, increíblemente, no sabía ni leer ni escribir y que había sido porquerizo en su Extremadura natal, de la que se marchó muy pronto en busca de fortuna.

Pizarro había salido de Panamá en 1531, comandando una expedición de varios barcos que fueron descendiendo desde Centroamérica hacia el sur por el Pacífico, descubriendo tierras a su paso y fundando ciudades en las islas y las costas de Colombia y Ecuador. Nadie que no fuera un habitante original de aquellos lugares —es decir, nadie que no fuera indio— había cruzado los Andes todavía, ni lo haría hasta muchos años después, como tampoco nadie había cruzado la selva amazónica ni visto nunca Perú, ni Bolivia, ni Tierra de Fuego. La conquista del Nuevo Mundo se hizo, básicamente, desde la estrecha cintura del continente (desde Panamá, llamado entonces Tierra Firme), extendiéndose hacia arriba y hacia abajo por el litoral, de modo que, todo lo que Pizarro contemplaba desde su barco mientras se dirigía en aquel siglo XVI hacia un misterioso Imperio inca rebosante de oro del que había oído hablar a los indígenas, era Terra Incógnita, territorio desconocido.

Al parecer, el término «Inca» designaba solamente al rey, es decir, que llamar incas a todos los pobladores del Imperio había sido un error por parte de los españoles. Aquel Estado recibía, entre sus habitantes, el nombre de Tihuantinsuyu, el Reino de las Cuatro Regiones, y había comenzado en el año 1438 de nuestra era bajo el gobierno del Inca Pachacuti, el noveno de los doce únicos Incas que existieron hasta la llegada de Pizarro en 1532, quien se encargó de matar vilmente al que iba a ser el último de ellos, el Inca Atahualpa. Antes del Inca Pachacuti la memoria era confusa e incompleta ya que, según afirmaban todos los historiadores, era totalmente imposible reconstruir lo que había ocurrido dada la carencia de documentos escritos en las culturas andinas. Por supuesto, la arqueología había desvelado, y seguía haciéndolo, gran parte de ese oscuro pasado, dejando muy claro el período de miles de años transcurridos desde que los primeros pobladores cruzaron un congelado y transitable estrecho de Bering y colonizaron el continente americano... ¿O no había sido así? Pues no, porque los últimos descubrimientos hablaban de grandes migraciones llegadas por mar desde la Polinesia. ¿O tampoco había sido así? No estaba claro, porque la profesora Anna C. Roosevelt, directora del Departamento de Antropología del Field Museum of Natural History de Chicago, acababa de descubrir en el Amazonas un yacimiento de piezas de fabricación humana que tenían unos mil años más de los debidos y que daban al traste, en principio, con las teorías anteriores. En fin, la cuestión era que las revelaciones arqueológicas también diferían bastante en lo sustancial, dejando el asunto tan incierto y borroso como al principio. Uno tras otro, los investigadores y eruditos terminaban reconociendo en algún lugar de sus libros que, realmente, no existían certezas de nada y que los datos barajados hasta ese momento podían cambiar con el próximo descubrimiento arqueológico.

Tampoco había acuerdo en las suposiciones generales extraídas de las mitologías y leyendas recogidas por los españoles, pero, en líneas generales, se podía afirmar que, por mayoría, la versión final era algo parecido a esto: alrededor del año 1100 de nuestra era, un insignificante y belicoso grupo de incas se desplazó desde el sudeste, desde las tierras altas de la cordillera central de los Andes, hasta el valle de Cuzco, al norte, donde, durante los 300 años siguientes pelearon sin cesar con las tribus que habitaban la zona hasta hacerse con el poder absoluto. A principios del siglo XV iniciaron lo que sería conocido como el Tihuantinsuyu, que terminó a principios del siglo XVI con Pizarro. O sea, poca cosa para tanto esfuerzo.

En cuanto a la religión, los incas adoraban como deidad suprema a Inti, el Sol, de quien se consideraban hijos, aunque desde el reinado del famoso Inca Pachacuti esta categoría se trasladó, más o menos, a Viracocha, llegando ambos a confundirse. Viracocha era un dios ciertamente extraño al que la gente llamaba «el anciano del cielo» pero que, sin embargo, había emergido de las aguas del lago Titicaca, procediendo a continuación a crear por dos veces a la humanidad porque no le había gustado el resultado del primer intento: esculpió en piedra una raza de gigantes y les dio vida, pero pronto comenzaron a pelear entre ellos y Viracocha los destruyó. Unos decían que lo hizo con columnas de fuego que cayeron desde el cielo y otros, que con un terrible diluvio que los ahogó, pero el caso es que el mundo se había quedado a oscuras después de semejante hecatombe. Destruidos los primogénitos, y mientras Viracocha iluminaba de nuevo el mundo sacando al sol y a la luna del lago Titicaca, la segunda raza humana construyó y habitó la cercana ciudad de Tiwanacu (o Tiahuanaco), las ruinas arqueológicas más antiguas de toda Sudamérica. Había decenas de versiones diferentes pero, al margen de si la creación de la segunda raza había tenido lugar antes o después del diluvio —un hito que también aparecía ampliamente reflejado en todas las leyendas andinas—, lo más destacado era el pequeño detalle de que Viracocha había sido un hombrecillo de mediana estatura, piel blanca y dueño de una hermosa barba. Lo de la piel blanca no tenía mucha explicación, desde luego, pero lo de la barba era lo que desconcertaba por completo a los investigadores porque, de manera incuestionable, todos los indígenas americanos han sido desde siempre completamente imberbes. Por eso, cuando Pizarro y sus hombres, de piel blanca a pesar de la mugre, y ciertamente barbudos, hicieron acto de presencia en Cajamarca, los incas se quedaron tan perplejos que los confundieron con dioses.

Finalmente, según contaban las leyendas con infinitas variaciones, Viracocha había enviado a sus propios hijos, Manco Capac y Mama Ocllo, hacia el norte para que fundaran la ciudad de Cuzco, capital del imperio, y dieran origen a la civilización inca. Los descendientes directos de aquellos hijos de Viracocha fueron los auténticos Incas, los reyes o miembros de la familia real, por cuyas venas circulaba una preciosa sangre solar que debía mantenerse pura a toda costa, por lo que, habitualmente, llevaban a cabo matrimonios entre hermanos. A estos soberanos y aristócratas —hombres y mujeres—, se les llamaba Orejones, porque la costumbre ordenaba perforar los lóbulos de las orejas a los jóvenes de estos linajes para diferenciarlos de las demás clases sociales. Cuando los agujeros estaban lo suficientemente ensanchados, insertaban en ellos grandes discos de oro con forma de sol, adorno que simbolizaba su origen y la alta dignidad de la persona.

Conforme fui conociendo la historia y definiendo en mi mente una tabla cronológica de los acontecimientos, pude ir rellenando aquel primer esquema general. Como si de pintar un gran cuadro se tratara, en el lienzo blanco ya era capaz de bosquejar al carboncillo la escena íntegra con su perspectiva correcta; sin embargo, todavía me faltaban los colores, pero no iba a poder entretenerme buscándolos: leyendo sin descanso se me había pasado la tarde y, a las ocho, el ordenador me recordó que debía cenar y prepararme para salir.

La realidad me cayó encima de golpe. Parpadeé, aturdido, levantando la mirada de los libros y, en décimas de segundo, me vino a la mente, no sólo que debía ducharme, vestirme y comer algo, sino que Proxi y Jabba estaban en el «100» y que Ona me esperaba en su casa en menos de una hora. Pero, como no quería abandonar la lectura hasta el día siguiente, cogí otra mochila del perchero de la entrada y metí dentro, precipitadamente, aquellos volúmenes que todavía no había examinado y que, por razones obvias, eran los de apariencia más tediosa y soporífera: la Nueva crónica y buen gobierno de Guamán Poma de Ayala —el libro del que Ona me había hablado la noche anterior—, los Comentarios reales, del Inca Garcilaso de la Vega, La crónica del Perú, de Pedro de Cieza de León y Suma y narración de los Incas, de Juan de Betanzos. El macuto, generosamente engrosado, pesaba una tonelada.

Mientras cenaba me llamó mi madre para preguntarme cuánto íbamos a tardar. Por lo visto, Clifford no se encontraba bien y querían venirse pronto a casa.

—Tu hermano no ha mejorado nada —me explicó con una voz que dejaba entrever cierta preocupación—. Diego dice que hoy todavía era pronto para ver resultados y que habrá que esperar un poco más, pero Clifford se ha puesto nervioso y le ha dado una de sus jaquecas.

En la familia nadie se atrevía a reconocerlo en voz alta, pero no dejaba de ser significativo que aquellas terribles jaquecas de Clifford hubieran comenzado poco después de su boda con mi madre.

—¿Quién es Diego? —pregunté, engullendo sin masticar el trozo de lenguado que acababa de meterme en la boca.

—¡El psiquiatra de Daniel, Arnau! Para las cosas importantes siempre estás en las nubes, cariño —me reprochó una vez más, y todo porque yo era incapaz de memorizar los nombres, apellidos y linajes que a ella tanto le gustaban y que dominaba como una virtuosa a pesar de su larga ausencia—. También ha venido Miquel... el doctor Llor, ¿te acuerdas?, el neurólogo. ¡Oh, que hombre tan bueno! ¿Verdad, Clifford? ¡Pobre..., ni contestarme puede por el dolor de cabeza! El caso es que Miquel nos ha preguntado mucho por ti y nos ha contado que un sobrino de su mujer trabaja en Ker-Central y... Bueno, Clifford me está pidiendo que cuelgue. No tardéis mucho Ona y tú, ¿de acuerdo? Estamos cansados y quisiéramos acostarnos pronto. Por cierto, Arnie, ¿cómo le digo a esa máquina que gobierna tu casa que no me apague la luz de la mesita de noche mientras estoy leyendo? Es que, anoche... ¡Sí, ya cuelgo, Clifford, ya cuelgo! Luego me lo explicas, cariño. No tardéis mucho.

Para cuando el sistema cortó la comunicación, ya había terminado de cenar y estaba entrando en la ducha. Extrañado por el silencio de Proxi y Jabba, que no habían dado señales de vida en toda la tarde, arramblé con los bártulos y salí zumbando hacia el garaje. A las nueve menos cuarto llegué a casa de mi hermano, pero esta vez no me hizo falta buscar aparcamiento porque Ona me esperaba en la puerta con los brazos cruzados. Se había puesto un jersey negro y una falda con un ancho cinturón de cuero. Durante el breve trayecto hasta La Custodia me estuvo contando que apenas había podido dormir un par de horas en todo el día por culpa de la baja de Daniel, ya que, primero, había tenido que ir al médico de cabecera para recogerla y, luego, desplazarse hasta Bellaterra para entregarla en la secretaría de la facultad.

Clifford tenía realmente muy mala cara cuando Ona y yo entramos en la habitación de Daniel. Su piel exhibía un preocupante tono oliváceo y bajo los ojos se le hinchaban dos grandes bolsas oscuras. Tampoco mi hermano ofrecía aquella noche su mejor aspecto: precisaba con urgencia que alguien le pasara una maquinilla por la cara y me dio la impresión de que estaba algo demacrado, con las mejillas hundidas y los huesos de la frente más pronunciados. Por contraste, mi madre se mostraba tan saludable y estupenda como siempre, pictórica de energía y vigor, y eso que, según contó, habían estado recibiendo visitas sin parar durante todo el día (sus amigos de siempre, sus menos amigos, sus conocidos, los conocidos de sus conocidos...) y que su intensa guerra privada con las enfermeras y auxiliares de la planta estaba en pleno apogeo. También Miquel y Diego (el doctor Llor y el doctor Hernández) habían participado de la activa vida social de la habitación, y mi abuela, sin que nadie supiera cómo se había enterado, había llamado desde Vic para preguntar por su nieto y para anunciar que llegaría a primera hora de la mañana del día siguiente.

—Y claro, con todo este jaleo —concluyó mi madre mirando con lástima a su marido, que languidecía silenciosamente sentado en la silla de plástico—, Clifford se ha puesto fatal. ¿Y mi pequeño Dani, Ona? ¿Crees que mañana podría verlo un rato? ¡Claro que si tus padres están tan cansados como nosotros...! Un niño cansa mucho. ¡Seguro que, con él, no hay manera de parar en todo el día! Estoy pensando —se cogió la barbilla con la mano para indicarnos que su reflexión era realmente profunda— que, si mi madre también se queda en casa de Arnau, podría hacerse cargo de Dani, ¿no crees, Clifford? Sería una solución fantástica.

—Mamá, Clifford no está bien, tiene mal aspecto —le dije—. Deberíais marcharos.

—Es cierto —comentó despreocupadamente, levantándose—. Vámonos, Clifford. Por cierto, Arnau, explícame qué tengo que hacer para que tu casa me obedezca. ¡Es que no hay manera con estas nuevas tecnologías! No consigo que nada funcione. ¿No podrías tener una casa normal, como todo el mundo? Mira que eres raro, hijo mío. ¡Quién me iba a mí a decir que acabarías dedicándote a todas estas tonterías infantiles de los ordenadores y los videojuegos...! No crecerás nunca, Arnie —me reprochó; no tenía ni idea de lo que yo hacía realmente en mi empresa, y tampoco le interesaba demasiado saberlo—. Venga, dime qué tengo que hacer porque si no, al final, me tocará irme a un hotel: cuando entro en alguna habitación, ese sistema tan inteligente no me enciende las luces; si quiero ducharme, el agua me sale fría; las puertas de los armarios no se abren y me cambia constantemente los canales de la televisión. Esta mañana, mientras me vestía, ha empezado a sonar un redoble de tambor que sólo se ha detenido cuando ha llegado Magdalena y...

—Mamá —la atajé con voz firme—. Llévate a Clifford.

—Tienes razón. Tienes razón. Vámonos, Clifford.

¿Cómo podía seguir teniendo ganas de hablar después de haber pasado el día entero conversando con unos y con otros?

—¿Pero no me vas a decir qué hago con lo de tu casa? —insistió, antes de salir.

—Sí —repuse—. Intenta mantenerte callada. Estás volviendo loco al ordenador.

Se quedó en suspenso unos segundos y, por fin, estalló en una alegre carcajada.

—¡Arnau, Arnau! ¡Mira que eres malo! —Y, diciendo esto, desapareció de nuestra vista mientras Clifford se despedía con un afectuoso cabeceo y cerraba la puerta.

—¡Por fin! —exclamó Ona, que había permanecido junto a Daniel desde que llegamos—. Perdóname, Arnau, pero tu madre es agotadora.

—¡A mí me lo vas a decir!

Mi cuñada se inclinó sobre mi hermano y le dio un suave beso en los labios. Me llamó la atención descubrir que no se había atrevido a hacerlo antes, delante de sus suegros. Daniel, sin embargo, giró la cabeza hacia la ventana con brusquedad, rehuyendo el contacto.

—¿Sabes qué? —le dije acercándome a ella, que se había quedado petrificada por el desdén—. Vamos a levantarle y a afeitarle.

Pero Ona no reaccionaba, así que la tomé del brazo y la zarandeé suavemente.

—Vamos, Ona. Ayúdame.

Cuando, después de incontables esfuerzos y peleas, conseguimos sentar a Daniel en el borde de la cama, sonaron unos golpecitos en la puerta. Mi cuñada y yo miramos en aquella dirección, esperando ver entrar a la primera enfermera de la noche, pero, en lugar de eso, sonaron de nuevo los golpes.

—No estamos esperando a nadie, ¿verdad? —murmuró ella.

—No —confirmé—. Y espero que no sea ni Miquel ni Diego.

—Adelante —invitó ella, alzando la voz.

Me quedé de una pieza cuando vi aparecer por la puerta las figuras de Proxi y Jabba. Se les notó inmediatamente en la cara la dolorosa impresión que les producía ver a Daniel hecho un pelele y embutido en aquel horrible pijama de hospital.

—Pasad —les dije, haciéndoles un gesto con la mano para que avanzaran.

—No queremos molestaros —farfulló Jabba, que llevaba una gruesa cartera de documentos debajo del brazo.

—No nos molestáis —les aseguró, sonriente, mi cuñada—. Venga. No os quedéis ahí.

—Es que parece que os hemos pillado en un mal momento... —comentó Proxi sin dar un paso.

—Bueno, íbamos a... —Me detuve en seco porque, de repente, me di cuenta de que Lola y Marc no hubieran acudido por sorpresa al hospital a aquellas horas sin un buen motivo—. ¿Ocurre algo?

—Sólo queríamos enseñarte unas cosas —manifestó Jabba, apurado, propinando unos golpecitos al voluminoso cartapacio—, pero podemos dejarlo para mañana.

Sus miradas, no obstante, indicaban todo lo contrario y que, lo que fuera que habían venido expresamente a enseñarme, era muy urgente.

—¿Se trata del boicot a la TraxSG?

—No, eso sigue yendo bien.

O sea, que se trataba del aymara que se hablaba en el sudeste del Imperio inca.

—¿Te importa que volvamos a acostar a Daniel? —le pregunté a mi cuñada—. No tardaré mucho.

—Tranquilo —me animó ella, tumbando de nuevo a mi hermano con cuidado; era más fácil acostarle que levantarle—. Vete con ellos. No te preocupes.

Pero sí estaba preocupado y no por Daniel precisamente.

—Estaremos en la cafetería de la planta baja —le dije—. Llámame al móvil si me necesitas.

Apenas salimos al pasillo y después de cerrar despacio la puerta detrás de mí, miré patibulariamente a aquellos dos.

—¿Qué demonios ocurre?

—¿No querías saberlo todo sobre el aymara? —me espetó Proxi, con el ceño fruncido; una vez fuera de la habitación, habían dejado de andarse por las ramas.

—Sí.

—¡Pues prepárate! —declaró Jabba, iniciando la marcha hacia la salida de la planta—. ¡No sabes dónde te has metido!

—¿De qué está hablando? —le pregunté a Proxi.

—Mejor será que esperes a que nos sentemos. Es un consejo de amiga.

No pronunciamos ni una palabra más hasta llegar a la cafetería e hicimos todo el trayecto caminando a buen paso detrás de Jabba, que parecía avanzar impulsado por un motor a reacción.

A pesar de no haber demasiada gente, todas las mesas estaban ocupadas por solitarios familiares de enfermos que cenaban con la vista puesta en las bandejas que tenían delante. La comida, dispuesta en grandes fuentes de aluminio encajadas en la barra, tenía un aspecto desagradable bajo los focos de calor, como si la hubieran preparado con restos de rancho carcelario. Sin embargo, la gente que cenaba —sobre todo, mujeres de cierta edad educadas en la creencia de que la enfermedad y la muerte no eran cosas de hombres— la ingería en silencio, aceptando con resignación las inconveniencias de una hospitalización familiar.

Al fondo del amplio comedor, una camarera vestida con un ridículo uniforme a rayas azules y blancas pasaba un paño húmedo sobre el tablero de formica que acababa de abandonar una de tantas ancianas. Cargando con la bandeja en la que se tambaleaban las bebidas que acabábamos de comprar, nos dirigimos hacia allí y tomamos posesión de la mesa bajo la antipática mirada de la camarera.

—Bueno, a ver. ¿Qué es eso tan grave que habéis descubierto?

—No, grave no —me aclaró Proxi—. Más bien extraño.

Jabba abrió la cartera y sacó un fajo de folios que descargó en el centro de la mesa.

—Toma —dijo—. Échale una mirada a esto.

—¡Venga, hombre! —repuse, devolviéndole las hojas—. No estamos en una reunión de trabajo. Cuéntamelo.

Parecía no saber por dónde empezar a abordar el asunto y echaba largas miradas a Proxi mientras se mesaba el pelo rojo.

—Al principio no encontramos nada raro —empezó ella, más decidida—. Cuando Jabba me explicó lo que querías pensé que te habías vuelto loco, en serio, pero, como siempre que tienes una idea de las tuyas pienso lo mismo, no te insulté demasiado... De todos modos, te pitarían bastante los oídos.

Jabba afirmó repetidamente con la cabeza.

—En fin —continuó ella—, nos fuimos al «100» y pusimos manos a la obra. El asunto parecía enrevesado pero, descomponiéndolo por partes, como si fuera un problema de estrategia en programación, se simplificaba mucho. Teníamos varias palabras clave: aymara, incas, lenguaje, idioma... Había abundante información en la red sobre el tema. El aymara es una lengua que todavía se habla en buena parte del sur de Perú y en Bolivia, y sus hablantes, los aymaras o aymaraes, son un pacífico pueblo andino, de poco más de un millón y medio de personas, que formó parte del Imperio inca. Por lo visto, aunque el aymara ha convivido con el quechua durante siglos, no son lenguas hermanas, es decir, no proceden de la misma familia lingüística.

—En realidad, el aymara no... —empezó a decir Marc, pero Proxi le atajó.

—¡Espera un poco, que le vamos a marear!

—Bueno.

—Tú escúchame a mí, Root.

—Lo estoy haciendo, Proxi.

—El aymara... Bueno, ¿conoces el rollo ese del origen de las lenguas y todo eso?

—¿Estás hablando de la Torre de Babel?

Los dos me miraron de forma extraña.

—Algo así. Los lingüistas opinan que las cinco mil lenguas que existen hoy sobre el planeta probablemente tuvieron un origen común, una especie de protolenguaje original del que derivaron todos los demás, incluso los que se perdieron para siempre. Ese protolenguaje sería el tronco de un árbol del que salen muchas ramas y, de cada rama, otras más, y así hasta las cinco mil lenguas de hoy, que se agrupan en grandes familias lingüísticas... ¿lo entiendes?

—Perfectamente. Ahora, háblame del aymara, si no te importa.

—¡No seas borrico y escúchala! —me exigió Jabba.

—A este protolenguaje original...

—¿La lengua de Adán y Eva? —bromeé, pero Proxi me ignoró.

—...se le conoce como lenguaje nostrático y se calcula que existió hace unos trece mil años. Grandes cerebros de las mejores universidades del mundo se queman las neuronas desde hace medio siglo intentando reconstruirlo.

—Muy interesante —dejé escapar, aburrido.

—Pues ahora vas a saber cuánto, ignorante —me espetó Jabba —. Hay toda una línea dentro de la lingüística que trabaja sobre la teoría de que el aymara podría ser aquella primera lengua madre. El tronco... ¿Lo pillas?

Me quedé helado y mi cara debió de reflejarlo, porque el mal humor de mi amigo desapareció.

—De hecho —dijo Proxi, retomando la palabra; los ojos le brillaban de una forma extraña—, el aymara está muy lejos de ser una lengua cualquiera. Estamos hablando de la lengua perfecta, una lengua cuya estructura lógica es tan extraordinaria que parece más el resultado de un diseño preconcebido que el de una evolución natural. Los aymaras llamaban a su lengua Jaqui Aru, que significa «Lenguaje humano» y la palabra aymara quiere decir «Pueblo de tiempos remotos».

—Escucha esto... —dijo Jabba rebuscando desesperadamente en los documentos que tenía sobre la mesa; por fin, tras mucho escarbar encontró lo que quería y me miró triunfante—. El tipo ese que escribió El nombre de la Rosa, Umberto Eco, por lo visto es un semiólogo de primera categoría en el mundo entero y, entre otros, tiene un libro titulado La búsqueda de la lengua perfecta en el que dice: «El jesuita Ludovico Bertonio publicó en 1603 un Arte de la lengua aymara y en 1612 un Vocabulario de la lengua aymara, y se dio cuenta de que era una lengua de una extraordinaria flexibilidad, dotada de una increíble vitalidad para crear neologismos, especialmente adecuada para expresar abstracciones, hasta el punto de infundir la sospecha de que se tratase del efecto de un artificio. Dos siglos después de Bertonio, Emeterio Villamil de Rada7 hablaba de ella definiéndola como una lengua adánica, expresión de "una idea anterior a la formación de la lengua", basada en "ideas necesarias e inmutables" y, por lo tanto, lengua filosófica, si es que alguna vez las hubo.» —Jabba me miró triunfante—. ¿Qué dices a esto, eh?

—Pero no acaba ahí la cosa —apuntó raudamente Proxi.

—¡No, no, ni mucho menos! Eco sigue explicando a continuación las características por las cuales el aymara podría calificarse como un lenguaje perfecto, aunque sin comprometerse del todo con la idea de que sea un lenguaje artificial.

—Pero, ¡cómo un lenguaje artificial! —exploté—. ¡Eso son tonterías!

—Para que lo entiendas —dijo pacientemente Proxi—: hay un montón de estudiosos por el mundo que coinciden en afirmar que el aymara es una lengua que parece diseñada conforme a las mismas reglas que se siguen hoy día para escribir lenguajes de programación informática. Es una lengua con dos elementos básicos, raíces y sufijos, que, por sí mismos, no tienen ningún significado pero que, uniéndose unos a otros en cadenas largas, los crean todos... ¡Igual que un lenguaje matemático! Además —añadió a toda velocidad al ver que yo abría la boca para volver a oponerme—, el profesor boliviano Iván Guzmán de Rojas, un ingeniero informático que lleva muchos años trabajando en este asunto, afirma que las combinaciones de los sufijos aymaras obedecen a una regularidad con propiedades de estructura algebraica, una especie de anillo de polinomios con tal cantidad de abstracción matemática que es imposible creer que sea producto de una evolución natural.

—Sin olvidar, por supuesto —añadió Jabba —, que el aymara no ha evolucionado. Esa maldita lengua, increíblemente, se ha mantenido casi intacta desde hace siglos o milenios... Unos trece milenios si fuera el nostrático.

—¿No ha variado nada, no ha cambiado? —me sorprendí.

—Parece que no. Ha tomado algunas palabras del quechua y del castellano en los últimos siglos, pero muy pocas. Los aymaras creen que su lengua es sagrada, una especie de regalo de los dioses que pertenece a todos por igual y que no debe modificarse bajo ningún concepto. ¿Qué te parece?

—¿Viracocha les regaló su idioma? —quise saber sin bajar la guardia.

—¿Viracocha...? —se sorprendió Proxi—. No, no. Viracocha no aparece por ningún lado en las leyendas aymaras. Al menos en lo que hemos leído, ¿no, Jabba? La religión aymara se basa en la naturaleza: la fecundidad, el ganado, el viento, las tormentas... Vivir en armonía con la naturaleza significa estar en armonía con los dioses, de los que tienen uno para cada fenómeno natural, aunque por encima de todos está la Pachamama, la Madre Tierra, y, si no recuerdo mal, antiguamente tenían también a un tal Thunupa, dios de... ¿de qué, Jabba?

—¿De la lluvia o algo así? —sugirió éste, inseguro.

—Eso. De la lluvia y el relámpago. Puede que, por influencia de los incas, crean en Viracocha, no sé —continuó Proxi—. Lo que sí afirman es que son los descendientes directos de los constructores de Tiwanacu, una ciudad muy importante junto al lago Titicaca que ya estaba en ruinas cuando los españoles la descubrieron. Por lo visto, Tiwanacu era una especie de monasterio religioso, el centro sagrado más importante de los Andes, y sus gobernantes, los Capacas, eran sacerdotes—astrónomos.

—El problema es que nadie sabe nada —señaló Jabba —. Todo son elucubraciones, sospechas y teorías más o menos infundadas.

—Pues pasa lo mismo con los incas —dije yo, recordando mis lecturas de la tarde—. No puedo comprender que, estando como estamos en el siglo XXI, todavía seamos tan incapaces de explicar ciertas cosas.

—Es que esto no le interesa a nadie, Root —me aclaró Proxi con pena—. Sólo a cuatro pirados como tu hermano. Porque todo esto es por Daniel, ¿verdad?

Me removí en la silla, un tanto nervioso, y aproveché aquellos pocos segundos para decidir si les contaba mis tontas sospechas o no.

—Suéltalo —me ordenó mi grueso amigo.

No le di más vueltas. Fui relatándoles todo lo que sabía sin omitir detalle, ofreciéndoles datos y no opiniones para que su juicio, más imparcial que el mío, me ayudara a salir de la confusa maraña de disparates en la que me había metido. Sus miradas, mientras les explicaba la historia de los Documentos Miccinelli, los quipus y la maldición escrita en el papel encontrado sobre la mesa de Daniel, me hacían sentir incómodo. Ellos me conocían como alguien con una buena mente analítica capaz de idear el proyecto más complejo en un par de segundos y de encontrar una aguja lógica en un pajar de incoherencias, de modo que, a través de sus ojos, me estaba viendo como un auténtico botarate. Cuando, por fin, cerré la boca y, por hacer algo, cogí el vaso con la bebida y me lo acerqué, estaba seguro de haber caído para siempre en el más oscuro abismo de ridículo.

—Ya no eres el de antes, Root —me dijo Jabba.

—Lo sé.

—Estaba pensando lo mismo —añadió Proxi.

—Lo comprendo.

—Hubiera esperado mucho más de ti. Mucho más.

—Vale, Jabba, ya está bien.

—No, Root. Jabba tiene razón. Has hecho el peor análisis de tu vida.

—Tiene miedo.

—Eso está claro.

—¡Bueno, se acabó! —exclamé, riéndome con nerviosismo—. ¿Qué demonios pasa aquí?

—No quieres verlo, amigo mío. Lo tienes delante de la nariz y no quieres verlo.

—¿Qué es lo que tengo delante de la nariz?

—Daniel descifró la clave de los quipus y tradujo la maldición. Estás perdiendo tu olfato de hacker.

Se echó hacia atrás el pelo rojo, que clareaba bajo la luz blanca de neón y me observó con aires de suficiencia.

—Ya te he dicho —protesté— que los quipus estaban escritos en quechua y que mi hermano sólo sabía aymara.

—¿Lo has comprobado?

—¿Qué tenía que comprobar?

—Si la maldición estaba en aymara —apuntó Proxi.

—No, no lo he hecho.

—Entonces, ¿por qué seguimos hablando? —arguyó Jabba, molesto.

Proxi le censuró con la mirada y, luego, me dijo:

—Daniel tuvo que encontrar algo que le hizo cambiar del quechua al aymara. Nos has contado que él le dijo a Ona que la solución estaba en esta última lengua. La pregunta es... ¿la solución a qué? Probablemente a algún quipu que no respondía a las reglas en quechua que iba encontrando. ¿Miraste todo lo que había en el despacho de tu hermano?

—No. Pero me llevé mucho material a casa. Mañana le echaré una ojeada.

—¿Ves como ya no eres el de antes? —insistió Jabba, chasqueando la lengua con desprecio.

—No hay que olvidar, además, otros dos pequeños detalles —siguió diciendo Proxi—. Primero, el aymara es una lengua extraña que puede tener algo más que un simple parecido de forma con los lenguajes de programación. ¿Acaso no recordáis que los brujos, los magos y todo ese tipo de gente realizaba encantamientos pronunciando extrañas palabras? Mary Poppins, sin ir más lejos... ¡Siempre me acordaré!: Supercalifragilisticoespialidoso —entonó a lo Julie Andrews sin vergüenza alguna.

—Y, más recientemente, Harry Potter —propuso Jabba.

—¡Oh, es fantástico! —exclamó Proxi, soñadora—. ¡Alohomora! ¡Obliviate! ¡Relaxo!

¿Aquélla era mi mejor mercenaria, la fabulosa y experta ingeniera a la que le pagaba una fortuna al año por encontrar fallos de seguridad en nuestros programas y agujeros en los programas de la competencia?

—Y también La bruja novata.

—¡Eso! —grité—. ¡Tú dale alas a la loca esta!

Treguna, Mekoides, Trecorum Satis Dee... —canturreó ella, sin apercibirse de que todo el mundo en la cafetería la estaba observando con una sonrisa en los labios—. Treguna, Mekoides, Trecorum Satis Dee...

—¡Basta ya! He pillado la idea, en serio. Las palabras. Está clarísimo.

—Pero hay algo más —continuó Jabba —. Díselo, Proxi.

—Buscando información sobre los aymaras y su lengua, encontramos un documento muy extraño sobre unos médicos de la antigüedad que curaban con hierbas y palabras. Por lo visto tenían un lenguaje secreto y mágico. Creíamos que era una de tantas supersticiones y no le hicimos caso, pero ahora...

—¡Aquí está el papel! —dijo Jabba sacando una hoja del montón—. Los yatiris, descendientes directos de la cultura Tiwanacota, reverenciados por los incas, que los consideraban de noble alcurnia. Eran aymaras, por supuesto, y, entre los suyos, se les honraba como a sabios o filósofos de grandes conocimientos. «Muchos etnolingüistas afirman —leyó, nervioso— que la lengua que utilizaban los yatiris no era sino el idioma secreto que la nobleza inca Orejona hablaba entre los suyos, empleando el quechua común para el resto.»

—¡Yatiris! —dejé escapar, alarmado.

—¿Qué pasa? —preguntó Proxi.

—¡Es lo que dijo Daniel ayer! ¡Dijo que estaba muerto porque los yatiris le habían castigado! Repetía también otra palabra: lawt'ata.

—¿Qué significa? —quiso saber Jabba.

—No tengo la menor idea. Tendré que comprobarlo.

—Antes lo habrías hecho inmediatamente.

—Sé comprensivo, Jabba —intercedió Proxi—. Su hermano está enfermo e ingresado en este hospital desde hace dos días.

Marc resopló.

—Por ahí se salva. Pero se está convirtiendo en un ordenador sin sistema operativo, en un teclado sin Enter, en un triste monitor de fósforo verde, en...

—¡Marc! —le reprendió Proxi—. Ya es suficiente.

Pero Jabba tenía razón. Mi cerebro no estaba funcionando con la claridad habitual. Quizá era cierto que tenía miedo de meter la pata y de quedar como un tonto. Me estaba moviendo por un terreno muy resbaladizo, a medio camino aún entre mi mundo, racional y ordenado, y el mundo de mi hermano, confuso y enigmático. Yo me había proyectado hacia el futuro mientras que él lo había hecho hacia el pasado y, ahora, no sólo debía cambiar mi forma de pensar y mi escala de valores, sino también romper con unos cuantos prejuicios básicos y seguir una corazonada que no estaba fundamentada en la realidad sino en extrañas imprecisiones históricas.

—Dejadme todo este material. Voy a estudiarlo esta noche y, mañana, examinaré con mucha atención lo que cogí de casa de mi hermano. También iré allí para revisar lo que dejé. Si dentro de un par de días Daniel todavía no ha mejorado —declaré, mirándolos con determinación—, iré a hablar con la catedrática que le encargó el trabajo y le pediré ayuda. Ella tiene que saber más que nadie de todo esto.
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