El Origen Perdido Matilde Asensi




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II


Para nuestra desesperación y la de los médicos, Daniel no mejoró en absoluto durante los dos días siguientes. Diego y Miquel estaban tan perplejos por la ineficacia de los fármacos que, el viernes a última hora, decidieron cambiarle el tratamiento, pese a lo cual Miquel reconoció ante mi madre que, a esas alturas y viendo la total falta de evolución en cualquier sentido, albergaba ciertas dudas sobre una rápida y completa recuperación de mi hermano; a lo sumo, dijo, cabía esperar una ligera mejoría para finales de la siguiente semana o principios de la otra. Quizá estaba curándose en salud, exagerando por si las moscas, preparando el terreno por lo que pudiera pasar, pero, en cualquier caso, nos dejó destrozados, sobre todo a Clifford, que envejeció diez años en apenas unos minutos.

La presencia de mi abuela alivió mucho la presión que sufría la familia ya que, a las pocas horas de llegar, había organizado los turnos de tal manera que podíamos reconstruir nuestras vidas casi con normalidad, salvo por unos pequeños ajustes que a nadie molestaban porque se trataba de estar con Daniel. Mi abuela era una mujer fuerte y recia como un roble, con una gran capacidad de gestión y una cabeza infinitamente mejor amueblada que la de mi madre, a la que siempre ponía firme en cuanto se desmandaba en su presencia. Rápidamente se apoderó del relevo de la noche, enviándonos a Ona y a mí de vuelta a casa para dormir a las horas correctas. No pude evitar sospechar que, en breve, haría un montón de amigas y conocidas en la cafetería del hospital y que, pronto, aquel lugar se parecería a la plaza de Vic un domingo por la mañana después de misa.

Estaba citado a la una con Marta Torrent en su despacho de la universidad. Era sábado por la mañana —el mismo sábado, 1 de junio, en que los Barcelona Dragons jugaban el partido contra los Rhein Fire de Dusseldorf— y hacía un tiempo espléndido, una de esas mañanas luminosas que invitan a echarse a la calle para pasear con la excusa de comprar un buen libro o un CD de buena música. Mientras atravesaba con mi coche los túneles de Vallvidrera en dirección a la Autónoma, con las gafas de sol bien caladas sobre la nariz, seguía intentando descubrir la clave que diera sentido a las piezas del jeroglífico que había encontrado entre los papeles y en el despacho de mi hermano. Esperaba con toda mi alma que la catedrática pudiera ayudarme a resolverlo porque mi confusión todavía era mayor que la que sentía la noche que hablé con Jabba y Proxi en la cafetería.

Al día siguiente de aquella conversación, regresé al piso de Xiprer con los libros y los documentos que me había llevado dispuesto a trabajar las horas que hicieran falta hasta comprender en qué demonios se había metido Daniel. Después de registrar cajones, estanterías, carpetas y todo aquello que cayó en mis manos, hice una nueva clasificación, por montones, en los que separé todo lo inca de lo aymara y, dentro de ellos, todo lo que tuviera que ver con la historia, por un lado, y con el lenguaje y la escritura, por otro. Luego, hice un montón más con todo aquello que carecía de filiación y, aquí, el material era tan abundante que también hube de distinguir entre documentos escritos y documentos gráficos, pues había diagramas, mapas, fotografías, fotocopias de fotografías y esquemas garabateados por mi hermano. Quizá mi distribución no fuese la más ortodoxa académicamente hablando, pero era el único criterio que yo podía utilizar en aquel momento.

Lo primero que me llamó la atención fue la imagen de un cráneo alargado en cuyas cuencas todavía quedaban partes secas de los ojos. Sobrepuesto de la desagradable impresión de aquella mirada siniestra, la forma que tenían los huesos me desconcertó: en lugar de la redondez habitual que parte de la frente y llega hasta la nuca, aquella calavera se prolongaba hacia arriba como el capirote de un nazareno, con una forma cónica de proporciones desmesuradas. Junto a esta imagen, otras parecidas indicaban que el tema había preocupado bastante a Daniel. Dentro de la misma carpeta encontré, además, la fotografía de un muro de piedra con multitud de cabezas esculpidas en relieve y muy erosionadas por el tiempo, así como una ampliación digitalizada y borrosa de un extraño hombrecillo sin cuerpo, todo cabeza (de la que salían los brazos, delgaduchos, y unas piernas como ancas de rana), adornado con una espesa barba negra y un enorme gorro rojo. Cabezas y más cabezas... Otro enigma sin lugar en el mundo. Para remate, descubrí, plegada, la ampliación de una gran cara tallada en piedra, de forma cuadrangular y con grandes y redondos ojos negros, que yo hubiera jurado que había visto mil veces en mi vida pero que era completamente incapaz de situar. Debía de ser inca, sin duda alguna, pero, como mi hermano no había hecho ninguna anotación al respecto, podía tratarse tanto del logotipo de una marca comercial como de un sol —pues a eso recordaba, ya que de la cara salían rayos— esculpido en alguna pared de Cuzco, Machu Picchu, Tiwanacu, Vilcabamba o cualquiera de las innumerables ruinas repartidas por el territorio del viejo Imperio que ya empezaban a resultarme familiares.

También encontré, entre otras cosas igualmente inútiles, un dibujo hecho a mano (con rotulador rojo) por el propio Daniel en el que podía verse, esquemáticamente representada, una pirámide escalonada de tres pisos en cuyo interior aparecía una especie de vasija cuadrada de la que salían cuatro largos cuellos con cabezas de felino por la parte superior y seis que terminaban en cabezas de pájaro por los laterales y la base. Dentro de la vasija se removía una pequeña serpiente con cuernos. Mi hermano había anotado en la parte inferior: «Cámara», y le había hecho muchos y gruesos subrayados.

Otro tema que parecía obsesionar a Daniel era el de los tejidos incas. Tenía, en otra carpeta, decenas de reproducciones de paños decorados con diminutos cuadrados y rectángulos de un colorido excepcional. Cada una de esas pequeñas formas geométricas presentaba en su interior un diseño diferente y, en conjunto, la vista se perdía en aquel sinnúmero de casillas enfiladas y encolumnadas. Los paños eran muy distintos entre sí, a pesar de pertenecer al mismo estilo, un estilo que también podía observarse en seis o siete fotografías de cerámicas —vasos y jarrones— que guardaba en otra carpeta distinta. Tampoco en esta ocasión había la menor referencia escrita a lo que podía ser cada cosa, así que me quedé como estaba.

En todo aquel maremágnum de información baldía, destacaban un par de grandes fotocopias que aparecieron dobladas dentro de otro portafolio sin marcar. Eran las reproducciones de unos mapas antiguos, bastante estropeados, que me resultaron incomprensibles. En el primero de ellos, después de esforzarme mucho, reconocí, a la derecha, la forma de la península Ibérica y la costa occidental de África, rellenas ambas de numerosas figurillas humanas y animales casi indistinguibles, sobre las que pasaban (y se cruzaban) líneas procedentes de varias rosas de los vientos de distintos tamaños. Mejor situado ya en la geografía de la imagen, deduje, por lo tanto, que lo que se veía a la izquierda era la costa americana, con sus ríos y afluentes, muchos de los cuales partían de una espina dorsal montañosa, los Andes, que ponía fin al diseño por aquel lado, pues faltaba el perfil de la costa del Pacífico, sustituida por un largo párrafo escrito con diminuta letra árabe. En el segundo de los mapas, bosquejado sobre una especie de sábana de bordes deshilachados, se veía un gran lago rodeado de marcas y señales que parecían pisadas de hormigas y, en lugar relevante, el burdo trazado de una ciudad, al sur del lago, bajo la cual podía leerse, con alguna dificultad por lo historiado de la vieja grafía: «Camino de yndios Yatiris» y, debajo, «Dos mezes por tierra», y más abajo todavía, con letra más pequeña, «Digo yo, Pedro Sarmiento de Gamboa, ques verdad. En la ciubdad de los Reyes a veinte y dos de febrero de mili e quinientos y setenta y cinco».

Aquello empezaba, por fin, a encarrilarse un poco: yatiris era una palabra que conocía y que mi hermano empleaba con frecuencia en su delirio. Habría que investigar más a los yatiris, me dije, porque parecían disfrutar de un papel protagonista en la historia y, además, y esto era lo curioso, según aquel viejo hidalgo español, Pedro Sarmiento de Gamboa, tenían un camino propio que, después de dos meses de recorrerlo, vaya usted a saber adónde iría a desembocar.

El grueso de la biblioteca de Daniel estaba compuesto por libros de antropología, historia y gramáticas varias. En los estantes más cercanos a su mesa, tanto a la derecha como a la izquierda, había dispuesto cómodamente los volúmenes sobre los incas y un montón de diccionarios, entre los que se encontraban el publicado en 1612 por el jesuita Ludovico Bertonio, Vocabulario de la lengua aymara, y el de Diego Torres Rubio, Arte de la lengua aymara, de 1616. Era el momento de averiguar qué demonios quería decir lawt'ata. Después de volverme loco durante un rato (porque no tenía ni idea de cómo se escribía en realidad), conseguí localizar el término a fuerza de mirar, una a una, todas las voces que empezaban por la letra ele, y así averigüé que era un adjetivo y que significaba «cerrado con llave», lo que me condujo de nuevo hasta el mensaje de la supuesta maldición, en cuya última línea, recordé, aparecían estas palabras. Esto, por supuesto, no vino a resolver nada, pero, al menos, sentí que había despejado una incógnita. Seguía teniendo pendiente echar un vistazo a las viejas crónicas españolas porque, entre otras razones además de una inmensa desgana, había dedicado todo mi tiempo a estudiar lingüística y, más en concreto, lingüística aymara, haciendo alguna que otra incursión en la red a la caza y captura de informaciones más precisas sobre este lenguaje.

Todo lo que Jabba y Proxi me habían contado se quedaba corto al lado de lo que, en realidad, era el aymara. Estaba claro que yo no sabía tantos idiomas como Daniel y que, si me sacaban del catalán, el castellano y el inglés, me quedaba tan desorientado como un recién nacido, de modo que pocas comparaciones podía hacer con otras lenguas naturales. Pero lo que yo sí dominaba eran los lenguajes de programación (Python, C/C++, Perl, LISP, Java, Fortran...) y, con ellos, me bastaba y me sobraba para darme cuenta de que el aymara no era una lengua como las demás. No podía serlo de ninguna manera porque se trataba de un auténtico lenguaje de programación. Era tan precisa como un reloj atómico, sin ambigüedades, sin dudas en sus enunciados, sin espacios para la imprecisión. Ni un diamante puro inmejorablemente tallado hubiera igualado sus propiedades de integridad, exactitud y rigor. En el aymara no cabían frases como aquellas tan tontas que, de pequeños, nos hacían reír por la incongruencia que albergaban, como «el pollo está listo para comer», por ejemplo. No, el aymara no consentía este tipo de absurdos lingüísticos y, además, era cierto que sus reglas sintácticas parecían construidas a partir de una serie invariable de fórmulas matemáticas que, al ser aplicadas, daban como resultado una extraña lógica de tres valores: verdadero, falso y neutro, al contrario que cualquier lengua natural conocida, que sólo respondía a verdadero o falso según la vieja concepción aristotélica de toda la vida. De modo que, en aymara, las cosas podían ser, de verdad y sin equívocos, ni sí, ni no, ni todo lo contrario, y, por lo visto, no había más idiomas en el mundo que permitieran algo semejante, lo cual, por otro lado, no era de extrañar, pues parte de la riqueza que las lenguas adquirían con los siglos de evolución estribaba precisamente en su capacidad literaria para las confusiones y las ambigüedades. De modo que, mientras los aymaras que todavía empleaban esta lengua en Sudamérica se sentían avergonzados por ello y marginados como pobres y atrasados indígenas sin cultura, su lengua pregonaba a los cuatro vientos que procedían de alguna civilización mucho más adelantada que la nuestra o, al menos, capaz de crear un lenguaje basado en algoritmos matemáticos de alto nivel. No me sorprendía nada que Daniel se hubiera quedado fascinado con estos descubrimientos y que hubiera abandonado el estudio del quechua para dedicarse por completo al aymara; lo que sí me llamaba poderosamente la atención era que no hubiera contado conmigo para que le ayudase a comprender todos aquellos conceptos tan abstractos y tan alejados de las materias que él conocía y había estudiado. Que yo recordara, me había pedido en varias ocasiones que le escribiese algunos programillas sencillos y muy específicos para guardar, clasificar y recuperar información (bibliografías, datos estadísticos, archivos de imágenes...), pero incluso esas pequeñas aplicaciones le parecían complejas y difíciles de manejar, así que dudaba mucho de que él solo hubiera sido capaz de reconocer las similitudes que presentaba el aymara con los modernos y sofisticados lenguajes de programación.

Tampoco encontré por ninguna parte el famoso quipu en aymara imaginado por Jabba y Proxi. Por un lado, en materia de quipus, sólo localicé un grueso archivador que contenía las copias de los Documentos Miccinelli, pero daba la sensación, por el lugar donde se hallaba sepultado y por la fina pátina de polvo que se veía en el interior de las cubiertas, que Daniel no lo había tocado en mucho tiempo; por otro, si ese conjunto de cuerdas con nudos o, mejor, su reproducción gráfica se encontraba en algún lugar de aquel despacho, sólo podía ser en el interior del ordenador portátil de mi hermano, el flamante IBM que yo le había regalado en Navidad y que todavía permanecía conectado a la red eléctrica alimentando una batería suficientemente cargada. Pulsé el botón de arranque y, de inmediato, el pequeño disco duro volvió a la vida con un suave ronroneo y la pantalla se iluminó desde el centro hacia los bordes mostrando las breves líneas de instrucciones de los ficheros del sistema antes de exhibir la pantalla azul de Windows. Me arrellané en el asiento, a la espera de que terminara el proceso y, mientras me frotaba los ojos cansados, un inesperado destello de luz anaranjada me advirtió de algún proceso anormal en la puesta en marcha del sistema operativo. Parpadeando nerviosamente para enfocar la mirada después del restregón, me encontré con una sorprendente petición de clave de acceso. No se trataba de la clave de las BIOS ni tampoco de la inútil clave de red de Windows; era un programa completamente distinto que yo no había visto nunca y que, por su diseño, parecía haber sido escrito por algún astuto programador que, obviamente, no había sido yo. Me quedé de una pieza. ¿Para qué necesitaba mi hermano semejante protección en su máquina?

El programa no daba pista alguna sobre la longitud y el tipo de clave requerida, así que reinicié Windows en modo a prueba de fallos para ver si, de este modo, podía saltarme la dichosa petición. Mi sorpresa fue en aumento al descubrir que ni con este truco ni con otros parecidos —a través de las BIOS— podía puentear la barrera y que, por lo tanto, la puerta iba a seguir cerrada hasta que contara con mejores armas para abrirla. Existían mil modos de romper aquella ridícula medida de seguridad pero, para ello, debía llevarme el portátil a casa y aplicarle unas cuantas herramientas básicas, así que, para evitar tanto lío, decidí probar primero con la lógica, ya que partía de la convicción absoluta de que me iba a resultar muy fácil averiguar la clave. Mi hermano no era un hacker y no tenía necesidad de protegerse de manera exagerada. Estaba seguro de que había conseguido aquel software en alguna revista de informática o a través de algún compañero de trabajo, lo que me aseguraba, de entrada, la ruptura de la encriptación en apenas un suspiro.

—¡Ona! —grité a pleno pulmón, girando levemente la cabeza hacia atrás. De inmediato escuché un chillido feliz de mi sobrino que debía haber penado lo suyo por tener que permanecer alejado del despacho. Sus pisadas, acercándose velozmente por el pasillo, me alertaron del peligro—. ¡Ona!

—¡Ven aquí, Dani! —escuché decir a mi cuñada, que había salido en pos de mi sobrino para interceptarle el paso—. Dime, Arnau.

—¿Conoces la clave del ordenador de Daniel?

—¿La clave...? —se sorprendió, asomando por la puerta con Dani en brazos, que pugnaba por soltarse y bajar al suelo—. No sabía que le hubiera puesto una clave.

Arqueé las cejas y miré de nuevo la pantalla anaranjada.

—¿Y cuál supones que podría ser?

Ella sacudió la cabeza.

—No tengo la menor idea, en serio. ¡Estáte quieto, Dani, por favor...! Imagino que no quería que nadie del departamento curioseara su trabajo mientras estaba dando clase. —Sujetó con fuerza las dos manos de su hijo, que le tironeaba del pelo para exigirle libertad, y se alejó hacia el salón—. Pero no creo que sea un obstáculo insalvable para ti, ¿no es cierto?

No debería serlo. Estadísticamente, casi el setenta por ciento de las claves que la gente utilizaba eran alfabéticas, es decir, formadas sólo por letras y, de manera general, se trataba de nombres propios, tanto de personas como de lugares u objetos. La extensión de la clave alfabética no solía superar los ocho caracteres, encontrándose casi siempre entre seis y ocho, y rara vez se utilizaban las mayúsculas. De modo que, conociendo un poco a la persona cuya clave se quería averiguar, antes o después terminaba dándose en la diana probando con los nombres de sus familiares, de sus aficiones, de su lugar de nacimiento o residencia, etc. Sin embargo, después de intentarlo sin éxito varias veces, descubrí que Daniel no parecía encontrarse entre ese setenta por ciento de incautos: ninguna de las palabras que utilicé sirvió para quitar el cerrojo y eso que creía conocerle lo suficiente como para no dejarme nada importante en el tintero.

Decidí probar con las reglas básicas de las claves numéricas. Casi el ciento por ciento de ellas tenía invariablemente seis dígitos y no porque a la gente le gustaran más las cifras de esta longitud, sino porque se utilizaban las fechas de los cumpleaños más significativos. Probé con el de Daniel, el de Ona, el de nuestra madre, el de Clifford, el de Dani... y, finalmente, desesperado, recurrí a las claves más tontas que tan frecuentemente suelen encontrarse por la red: «123456», «111111», y otras simplezas por el estilo. Pero tampoco funcionaron. No me quedaba más remedio que llevarme el portátil a casa y estrenar un nuevo sentimiento de respeto hacia mi hermano, al que hasta entonces había considerado un usuario informático más bien torpe y poco imaginativo.

Sin embargo, empecé a sospechar lo muy equivocado que había estado cuando, ya en el estudio de casa, comprobé que ninguno de los ataques acometidos con los potentes programas de averiguación de claves surtía el menor efecto. Mis diccionarios de
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