El Origen Perdido Matilde Asensi




descargar 1.71 Mb.
títuloEl Origen Perdido Matilde Asensi
página9/47
fecha de publicación03.02.2016
tamaño1.71 Mb.
tipoDocumentos
b.se-todo.com > Documentos > Documentos
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   47
passwords eran los más completos que podían encontrarse y los programas usaban la fuerza bruta con una insuperable potencia de cálculo, pero aquella pequeña aplicación seguía resistiéndose a facilitarme la llave de acceso al ordenador. Estaba realmente confundido y sólo acertaba a pensar que Daniel hubiera utilizado una palabra en aymara de bastante longitud, lo que convertiría en casi imposible su identificación. Después de un par de horas, poco más me quedaba por hacer que recurrir al desciframiento incremental, basado en combinaciones aleatorias de letras o números o de letras y números juntos, pero, si no quería dedicar a ello el resto de mi vida, debía poner a trabajar, a la vez, todos los ordenadores de Ker-Central y cruzar los dedos para que el proceso no se prolongara indefinidamente. El problema era que muchas de las máquinas de la empresa seguían procesando tareas durante la noche, de modo que programé el sistema desde casa para que utilizara sólo las disponibles y los tiempos muertos de las ocupadas.

Aquella mañana de sábado, mientras conducía hacia la Autónoma, todavía no había obtenido la clave, pero ya no podía faltar mucho y con esa esperanza me dirigía a mi cita con la catedrática mientras disfrutaba del sol, de la luz y de la sensación de normalidad que me devolvían la carretera y mi coche. Me había dejado el pelo suelto, que ya sobrepasaba de largo los hombros, y me había puesto uno de mis nuevos trajes, el de color beige, con una camisa de cuello tunecino y zapatos de piel. Si aquella mujer era tan dura como Ona decía, mi aspecto debía ser el de un serio y respetable empresario.

La Autónoma era un sitio que me gustaba bastante. Cuando acudía allí para alguna reunión con los del Instituí d'Investigació en Intel· ligència Artificial, sentía que me encontraba en una especie de gran ciudad, moderna y acogedora, por cuyas aceras y jardines deambulaban los profesores y los estudiantes, que también se desparramaban con sus libros sobre la hierba buscando la sombra de los árboles. En invierno, la escarcha o la nieve cubrían por la mañana las zonas verdes hasta que el sol de mediodía dejaba el campo brillante y anegado; pero, en primavera, podían verse grupos numerosos dando clase al aire libre, bajo los rayos del sol. Lo único que no terminaba de agradarme de aquel lugar era un cierto tipo de edificio, en concreto las facultades más antiguas, que habían sido construidas siguiendo la triste moda arquitectónica de los años setenta, tan amante de los feos mazacotes de cemento, aluminio y cristal que dejaban al aire los tubos-venas de su estructura.

Deseché con un cabeceo estos pensamientos y decidí preguntar a diestro y siniestro para no tener que rondar de un lado a otro durante todo el día, aunque, como era de esperar, terminé perdiéndome, ya que las abundantes señalizaciones del campus de Bellaterra más que orientar, extraviaban. Menos mal que tenía tiempo de sobra porque en una ocasión me encontré saliendo en dirección a Sabadell y, en otra, a Cerdanyola. Por fin, encontré el aparcamiento semisubterráneo y pude dejar el coche, iniciando un agradable paseo, cartera en mano, hacia la Facultad de Filosofía y Letras, donde se encontraba el Departamento de Antropología Social y de Prehistoria en el que trabajaban tanto mi hermano como Marta Torrent.

Por desgracia, aquella facultad era de las antiguas, así que me vi recorriendo largos pasillos grisáceos (cubiertos de posters, pintadas y pasquines variados) en busca de algún bedel que pudiera echarme una mano. No tuve éxito, quizá porque era sábado, pero tropecé con un grupo de estudiantes que salían de un examen y ellos me indicaron cómo moverme por aquel laberinto. Subí escaleras, torcí pasillos, pasé por donde ya había pasado y, finalmente, en el Edificio B, me encontré frente a una puerta tan anodina como las demás en la que un letrero me anunciaba que, tras una difícil navegación sin brújula, había conseguido arribar a buen puerto. Saqué la mano izquierda del bolsillo y golpeé suavemente la madera. Detrás se oían voces y ruidos, así que no me esperaba recibir la indiferencia por respuesta, pero eso fue exactamente lo que obtuve a cambio de mi llamada. El segundo intento me convenció de que no había nada que hacer; allí nadie me abriría la puerta, de modo que tenía dos opciones, o la abría yo sin contemplaciones o reanudaba los golpes con mucha más energía. Y eso fue lo que hice. Ni corto ni perezoso golpeé con tanta fuerza que detrás se hizo automáticamente el silencio más profundo y unos pasos ligeros acudieron a recibirme. Cuando la entrada quedó despejada, vi a cuatro o cinco personas que, completamente inmóviles, me observaban con enorme expectación.

—¿Sí? —dijo por todo saludo la chica delgaducha de pelo corto y negro que me había franqueado la puerta. Ella y las otras mujeres presentes me examinaron de arriba abajo mientras se les dibujaba una sonrisilla en los ojos, que no en los labios. Aunque ya estaba acostumbrado a ver esta reacción en casi todas las mujeres que no eran amigas ni de la familia, no por ello dejaba de gustarme siempre que se producía. La humildad no es negar lo que uno tiene de bueno —eso es hipocresía—, sino reconocerlo y aceptarlo.

—Busco a Marta Torrent.

—¿A la doctora Torrent...? —repitió la chica, añadiendo el título académico por si lo había olvidado—. ¿De parte de quién?

—Soy el hermano de Daniel Cornwall. Tengo una cita con ella al...

—¡El hermano de Daniel! —exclamaron varias voces al unísono, pronunciando el nombre como se dice aquí, con el acento en la última sílaba. Y, como si aquel nombre hubiera sido una inmejorable tarjeta de visita, todos se levantaron de sus asientos y se me acercaron.

—Te pareces muchísimo a tu hermano... ¡Aunque en moreno! —dejó escapar una joven de barbilla pronunciada y largo flequillo mientras me tendía la mano—. Yo soy Antonia Marí, compañera de Daniel.

—Todos lo somos —me aclaró un hombrecillo de grandes entradas canosas y gafas de níquel—. Pere Sirera. Encantado. Yo fui quien habló contigo cuando llamaste pidiendo una entrevista con Marta.

Me estrechó también la mano y dejó sitio a la siguiente.

—¡Así que tú eres el informático ricachón, ¿eh?! —soltó una mujer de unos cuarenta años que avanzó hacia mí asomando el cuello desde el interior de un estrambótico vestido floreado estilo Josefina Bonaparte—. Soy Mercè Boix. ¿Cómo está Daniel?

—Igual, gracias —repuse devolviéndole el saludo.

—Pero, ¿qué le ha pasado exactamente? —insistió la tal Mercè.

—Sabemos que Mariona vino a traer la baja, pero la doctora Torrent no nos ha explicado nada —dijo la chica de la puerta, cerrándola por fin e incorporándose al grupo.

—Sólo ha dicho que está ingresado en La Custodia y que no ha sido un accidente —pronunció lentamente Pere Sirera. Parecía estar pensando que, quizá, no era buena idea aquel interrogatorio. Y tenía razón.

—¿Podemos ir a verle? —quiso saber Mercè.

—Bueno... —¿Cuántos de aquellos eran amigos de Daniel y cuántos sus enemigos, rivales o adversarios? ¿Quién estaba preocupado de verdad y quién ansiaba saber si iba a tener tiempo de ocupar su puesto antes de que volviera?—. De momento no recibe visitas... —Carraspeé—. Se desmayó. Perdió el conocimiento y le están haciendo algunas pruebas. Los médicos dicen que podrá regresar a casa esta semana.

—¡Me alegro! —afirmó con una sonrisa Josefina Bonaparte—. ¡Estábamos bastante preocupados!

Me golpeé suavemente el pantalón con la rígida cartera de cuero, comunicando mi impaciencia. Quería ver a la catedrática y no podía pasar lo que quedaba de mañana charlando en aquella especie de sala comunal llena de mesas, sillas y armarios.

—Tengo una cita con la doctora Torrent —murmuré—. Debe de estar esperándome.

—Yo te acompaño —dijo Antonia, la del flequillo largo, dirigiéndose hacia un estrecho pasillo, casi invisible tras unos altos archivadores.

—¡Dale recuerdos nuestros a Daniel!

—Por supuesto. Gracias —murmuré siguiendo a mi anfitriona.

Un póster con la imagen gibosa de un Neanderthal y con el lema «Del mono al hombre. Sevilla. VI Jornadas de Antropología Evolutiva» aparecía pegado junto a la puerta del despacho de la catedrática. Antonia dio un par de golpecitos sobre la hoja de madera y la entreabrió, introduciendo la cabeza por la rendija.

—Marta, ha venido el hermano de Daniel.

—Dile que entre, por favor —concedió una voz grave y modulada, tan musical que me pareció estar escuchando a una locutora de radio o a una cantante de ópera. Pero la voz me engañó porque, cuando la joven del flequillo se hizo a un lado para dejarme pasar, descubrí que Ona no había exagerado respecto a la edad y el carácter de la doctora Torrent. Lo primero que vi fue un pelo corto a punto de ser completamente blanco y, entre éste y unas cejas también blancas, un terrible ceño fruncido que me puso en guardia. Ciertamente, el ceño desapareció en cuanto sus ojos, cubiertos por unas modernas gafas de montura azul, muy estrechas y con un cordoncillo metálico que le colgaba de las patillas, se apartaron de los papeles que estaban examinando para fijarse en mí, pero yo ya me había llevado una desagradable impresión que no me abandonaría durante mucho tiempo. Si Ona había dicho que era una bruja, así debía de ser, porque, de entrada, no me había parecido otra cosa.

Amablemente, aunque sin exagerar, se quitó las gafas, se puso en pie y rodeó su mesa, deteniéndose a mitad de camino sin hacer el menor gesto de saludo. Tampoco sonreía; parecía como si yo le resultara indiferente, y aquella entrevista, sólo uno de los tantos inconvenientes que comportaba su cargo. Había que reconocerle una cosa: vestía con una elegancia impropia de alguien que se dedica al estudio y la investigación. Siempre había imaginado que las profesoras universitarias de cierta edad tendían a no ir muy arregladas, pero, si eso era cierto, la señora Torrent —que tendría unos cincuenta años y un cuerpo pequeño y delgado—, no se ajustaba al patrón. Llevaba un traje de chaqueta de ante, con unos tacones muy altos y, por todo complemento, un collar de perlas a juego con los pendientes y una ancha pulsera de plata. No le vi reloj por ninguna parte. Ahora, eso sí: debía de acudir todos los días a tomar rayos UVA porque morena, lo que se dice morena, lo estaba y mucho, hasta el punto de no necesitar maquillaje.

—Adelante, señor Cornwall. Tome asiento, por favor —dijo con aquella hermosa voz que parecía corresponder a otra persona.

—Me llamo Arnau Queralt, doctora Torrent. Soy el hermano mayor de Daniel.

Si le sorprendió la diferencia de apellidos no lo manifestó, limitándose a ocupar de nuevo su sillón y a mirarme fijamente a la espera de que yo diera comienzo a la charla. Por desgracia, como buen hacker, mi bagaje de habilidades sociales —que no intelectuales ni laborales— era mínimo y mis recursos procedían exclusivamente de la determinación y la fuerza de voluntad, así que dejé la cartera en el suelo, junto a mí, y me quedé en silencio, preguntándome por dónde empezar y qué debía decir. Lo malo fue que ese silencio se prolongó durante muchísimo tiempo porque la doctora Torrent era, desde luego, una mujer dura, con una flema fuera de lo normal, capaz de permanecer impertérrita en una situación que se estaba volviendo, por segundos, más y más violenta.

—Espero no molestarla demasiado, doctora Torrent —dije, al final, cruzando las piernas.

—No se preocupe —murmuró tan tranquila—. ¿Cómo está Daniel?

Ella también pronunciaba el nombre de mi hermano poniendo el acento en la última sílaba.

—Exactamente igual que el día que enfermó —le expliqué—. No ha mejorado.

—Lo lamento.

Fue precisamente entonces, ni un segundo antes ni un segundo después, cuando descubrí que me hallaba en el despacho de una demente y, lo que era aún peor, en su arriesgada compañía. No sé por qué pero, hasta ese momento, mi atención se había centrado exclusivamente en la catedrática, sin percatarme de que había entrado en la celda psiquiátrica de una loca peligrosa. Si mi hermano tenía centenares de libros y carpetas en su pequeño despacho de casa, aquella mujer, disfrutando del doble o el triple de espacio, tenía la misma congestión literaria pero, además, en los huecos había incrustado los objetos más delirantes que se pueda imaginar: lanzas con puntas de sílex, jarras de cerámica toscamente pintadas, ollas rotas con tres patas, vasos con caras humanas de ojos saltones, extrañas esculturas de granito tanto de hombres como de animales, fragmentos de toscos tejidos coloreados colgados en la parte alta de las paredes como si fueran refinados tapices, largas hojas de cuchillos desportillados, ídolos antropomórficos con unos curiosos gorritos parecidos a los cubiletes para jugar a los dados, y, por si faltaba algo, sobre una peana, en un rincón, una pequeña momia reseca, encogida sobre sí misma, que miraba hacia el techo con un gesto descompuesto y un grito inacabado. De haber podido, yo hubiera hecho lo mismo que ella porque, además, colgando de invisibles hilos de nailon, a media altura del cuarto se balanceaban un par de hermosas calaveras —¡de cráneo alargado!— movidas por los torbellinos del aire acondicionado.

Supongo que debí de dar un buen respingo en el asiento porque a la catedrática, a modo de carcajada, se le escapó de golpe el aire por la nariz y esbozó el leve rictus de una sonrisa. ¿Acaso la Conselleria de Sanitat no tenía una rigurosa legislación sobre el enterramiento obligatorio de cadáveres o, en todo caso, sobre su conservación en los museos...?

—¿De qué quería usted hablar conmigo? —preguntó, recuperada ya la compostura, como si no hubiera todo un cementerio a nuestro alrededor.

A punto estuve de no poder pronunciar ni una palabra, pero adiviné que aquella extraña decoración formaba parte de un juego privado en el que sólo ella se divertía y controlé de tal modo mis gestos y mi voz que, al menos por esa vez, no obtuvo su trofeo.

—Es muy sencillo —dije—. No sé si lo sabe, pero mi hermano sufre dos patologías llamadas agnosia e ilusión de Cotard. La primera, no le permite reconocer a nadie ni a nada y la segunda le hace creer que está muerto.

Sus ojos se abrieron enormemente, incapaces de disimular la sorpresa, y yo pensé que aquel tanto era mío.

—¡Caramba! —murmuró, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer lo que oía—. No..., no lo sabía... no sabía nada de todo esto. —La noticia la había afectado bastante, así que deduje que debía de apreciar un poco a mi hermano—. Desde secretaría de la facultad me informaron de que ya teníamos la baja médica pero... no me leyeron los diagnósticos y Mariona tampoco me dio muchos detalles.

Al hablar, la doctora dejó ver una blanquísima hilera de dientes irregulares.

—No parece responder a los medicamentos, aunque ayer empezaron a administrarle un tratamiento distinto y aún no sabemos qué pasará. Hoy, desde luego, tampoco ha habido cambios.

—Lo siento muchísimo, señor Queralt. —Y parecía sentirlo de veras.

—Sí, bueno... —Mientras con la mano derecha recogía la cartera del suelo, con la izquierda me retiré el pelo de la cara, echándolo hacia atrás—. La cuestión es que Daniel delira. Pasa el día y la noche pronunciando palabras extrañas y hablando de cosas raras.

No movió ni un solo músculo de la cara. Ni siquiera parpadeó.

—El psiquiatra que le está llevando, el doctor Diego Hernández, de La Custodia, y el neurólogo, Miquel Llor, no se explican muy bien el origen de esos delirios y suponen que pueden tener alguna relación con su trabajo.

—¿Mariona no les ha contado...?

—Sí. Mi cuñada nos ha explicado, más o menos, en qué consistía la investigación que Daniel estaba haciendo para usted.

Permaneció impertérrita, aceptando glacialmente aquella imputación. Yo continué:

—No obstante, los médicos piensan que podría tratarse de algo más que de la presión sufrida por un exceso de trabajo. Sus delirios en un extraño lenguaje...

—Quechua, sin duda.

—...así parecen confirmarlo —proseguí—. Quizá había algo, algún aspecto determinado de la investigación que le preocupaba, alguna circunstancia que, por decirlo de algún modo, terminó por cortocircuitarle el cerebro. Los doctores Llor y Hernández nos han pedido que averigüemos si había tenido problemas, si había encontrado alguna dificultad específica que hubiera podido afectarle demasiado.

Desde que había decidido concertar aquella entrevista, la posibilidad de compartir con la catedrática mis verdaderos (y seguía pensando que también ridículos) temores había quedado excluida, de modo que monté una coartada relativamente verosímil en la que, a la fuerza, tenía que involucrar a los médicos.

—No sé cómo podría yo ayudarles en eso —declaró ella con tono neutro—. Desconozco esos detalles que me pide. Su hermano me informaba muy de tanto en tanto. Estoy por decirle que durante el último mes no vino a verme ni una sola vez. Si lo desea, podría confirmárselo consultando mi agenda.

Aquel pequeño detalle todavía resaltaba más el secretismo llevado por Daniel.

—No, no es necesario —rehusé abriendo la cartera y extrayendo algunos de los documentos que había encontrado en el despacho de mi hermano—. Sólo necesito que me oriente un poco respecto a este material que he traído.

Una corriente eléctrica atravesó repentinamente la habitación. Sin levantar la cabeza pude percibir que la catedrática se había envarado en el asiento y que una chispa de agresividad salía despedida de su cuerpo.

—¿Esos papeles son parte de la investigación que realizaba su hermano? —preguntó con un timbre afilado que me encogió el estómago.

—Bueno, verá —manifesté sin alterarme y manteniendo el pulso firme mientras sujetaba aquellas copias frente a ella—, he tenido que estudiar a fondo el trabajo de Daniel durante esta semana para intentar responder a las preguntas que nos han hecho los médicos.

La catedrática estaba tensa como la cuerda de un violín y pensé que no tardaría en coger uno de aquellos cuchillos de las estanterías para extraerme el corazón y comérselo aún caliente. Creo que todas las desconfianzas y traiciones posibles pasaron por su cabeza a la velocidad del rayo. Aquella mujer llevaba, bien visibles, los estigmas de la infelicidad.

—Discúlpeme un momento, señor Queralt —dijo poniéndose en pie y saliendo de detrás de su mesa—. Vuelvo en seguida. Por cierto, ¿cómo dijo que se llamaba?

—Arnau Queralt —repuse, siguiéndola con la mirada.

—¿A qué se dedica usted, señor Queralt?

—Soy empresario.

—¿Y qué hace su empresa? ¿Fabrica algo? —preguntó ya desde la puerta, a punto de dejarme solo con todos aquellos muertos.

—Podría decirse así. Vendemos seguridad informática y desarrollamos proyectos de inteligencia artificial para motores de internet.

Dejó escapar un «¡Oh, ya veo!» muy falso y salió precipitadamente, dando un pequeño portazo. Casi podía escucharla a través de las paredes: «¿Quién demonios es este tipo? ¿Alguien sabe si Daniel tiene, de verdad, algún hermano con diferente apellido que se dedica a la informática?», y no debí de equivocarme mucho en mis suposiciones porque un murmullo de voces y risas atravesó los frágiles muros y, aunque no conseguí entender las palabras, el tono de la charla unido a los temores de la catedrática y, sobre todo, a la forma como me miraba cuando volvió (examinando mis rasgos uno por uno para comprobar el parecido), certificaron mis sospechas. No podía acusarla de ser excesivamente suspicaz: los papeles que yo traía en la cartera formaban parte de su propio trabajo de investigación, un trabajo de gran repercusión académica según Ona, y, a fin de cuentas, yo era un completo desconocido que venía haciendo preguntas sobre algo que, en principio, no me importaba en absoluto.

—Lamento la interrupción, señor Queralt —se disculpó con el aplomo recobrado, mientras tomaba asiento de nuevo sin quitarme los ojos de la cara.

—No pasa nada —rechacé con una amable sonrisa—. Como le decía, sólo necesito que me dé algunas indicaciones. Pero antes, déjeme tranquilizarla: no quisiera que se preocupara pensando que voy a utilizar inadecuadamente este material. Lo único que quiero es ayudar a mi hermano. Si todo esto vale para algo, pues muy bien; si no es así, al menos habré aprendido un par de cosas interesantes.

—No estaba preocupada.

¡Ya! Y yo no me llamaba Arnau.

—¿Puedo, entonces, mostrarle algunas imágenes?

—Naturalmente.

—Antes de nada, ¿podría explicarme por qué las calaveras que ha puesto en el techo tienen esa forma puntiaguda?

—¡Ah, se ha fijado! La mayoría de la gente, después de descubrirlas, no vuelve a levantar la vista y procura salir de mi despacho lo antes posible —sonrió—. Sólo por eso ya valen su peso en oro aunque, en realidad, forman parte del material didáctico del departamento, como esa momia de ahí —y la señaló con la mirada—, pero a mí me sirven de perfecto repelente para moscas y mosquitos.

—¿En serio? —inquirí asombrado. Ella me miró con incredulidad.

—¡No, hombre, no! ¡Era una forma de hablar! Por moscas y mosquitos quería decir visitas desagradables y estudiantes pesados.

—¡Ah, algo así como yo!

Sonrió de nuevo sin decir absolutamente nada. Había quedado bastante claro. Levanté la vista otra vez para examinar las calaveras y repetí mi pregunta. Tras un leve suspiro de resignación, abrió uno de los cajones de su mesa y sacó un paquete de cigarrillos y un mechero. Sobre la mesa tenía un pequeño cenicero de cartón aluminado con la marca de una conocida cadena de cafeterías, lo que indicaba que su vicio de fumar era clandestino, algo cuyas pruebas debían poder hacerse desaparecer rápidamente. Además del miserable cenicero, tenía también algunas carpetas y los papeles que estaba examinando a mi llegada. El único objeto personal era un marco de plata de mediano tamaño cuya foto sólo ella podía contemplar. ¿Dónde tendría el ordenador? Ya no era concebible una oficina sin él y, menos aún, el despacho de una autoridad de departamento universitario. Aquella mujer era tan rara como un cable coaxial en un silbato.

—¿Fuma?

—No. Pero no me molesta el humo.

—Estupendo —estaba seguro de que le hubiera dado lo mismo que me molestara; aquél era su despacho—. ¿Su interés por las calaveras tiene algo que ver con lo que trae en la cartera?

—Sí.

Asintió suavemente, como asimilando mi respuesta, y, luego, declaró:

—Muy bien, veamos... La deformación del cráneo era una costumbre de ciertos grupos étnicos del Imperio inca, que la utilizaban para distinguir a las clases altas del resto de la sociedad. La deformación se conseguía aplicando unas tablillas a las cabezas de los bebés, sujetándolas fuertemente con cuerdas hasta que los huesos adoptaban la apariencia deseada.

—¿Qué grupos étnicos tenían estas prácticas?

—Oh, bueno, en realidad, se trata de una costumbre anterior a los incas. Los primeros cráneos deformados de los que se tiene constancia han sido encontrados en los yacimientos arqueológicos de Tiwanacu, en Bolivia. —Se detuvo un instante y me miró, dudosa—. Discúlpeme, no sé si ha oído hablar de Tiwanacu...

—No había oído casi nada hasta hace unos pocos días —le aseguré, descruzando y cruzando de nuevo las piernas en sentido contrario—, pero últimamente creo que no hablo o leo sobre otra cosa.

—Ya me imagino... —exhaló el humo del cigarrillo y se echó hacia atrás, apoyándose en el respaldo, con las manos colgando de los extremos de los brazos del sillón—. Bueno, Tiwanacu es la cultura más antigua de Sudamérica y su centro político-religioso estaba en la ciudad del mismo nombre, situada en las proximidades del lago Titicaca, hoy dividido en dos por la frontera entre Bolivia y Perú.

De las aguas del lago Titicaca, recordé, había surgido Viracocha, el dios de los incas, para crear a la humanidad y ésta, a su vez, había construido Tiwanacu. Pero también había visto otro lago —¿otro lago o el mismo lago?— en el mapa dibujado por Sarmiento de Gamboa, aquel del «Camino de yndios Yatiris. Dos mezes por tierra». Más tarde volvería sobre eso. Ahora debía terminar con los cráneos y las cabezas.

—Me estaba contando usted —evoqué para que retomara el hilo— que los habitantes de Tiwanacu fueron los primeros en deformar las cabezas de los recién nacidos para distinguir unas clases sociales de otras.

—Cierto. Otras culturas también lo hicieron, pero fue por imitación y nunca de la misma manera. En Wari, por ejemplo, se aplastaban la nuca, y en la costa oriental del Titicaca se hundían la frente, haciendo sobresalir las sienes.

—¿Wari...? ¿Qué es Wari? —pregunté.

Sé que estuvo a punto de mandarme a tomar vientos porque, para ella, dar una clase de párvulos era inapropiado y, además, aburrido. Podía comprenderla. Era como si a mí me preguntaran cómo cerrar las ventanas de Windows.

—El Imperio wari fue el gran enemigo del Imperio de Tiwanacu —repitió con voz de haberlo explicado mil veces—. Se cree que Tiwanacu comenzó en torno al año 200 antes de nuestra era con algunos primitivos asentamientos de una cultura llamada Pukará, un pueblo del que lo desconocemos casi todo, incluso si realmente fundó Tiwanacu, hipótesis que, por cierto, cada día se vuelve más improbable... En fin, nueve siglos más tarde, esos asentamientos alcanzaron la condición de imperio. Wari apareció más tarde, en el valle de Ayacucho, al norte, y, por razones desconocidas, se enfrentó a Tiwanacu, que parece haber sido una cultura de carácter eminentemente religioso, dominada por alguna clase de casta sacerdotal. Lo cierto es que de Wari sabemos poco. Los incas jamás los mencionaron. Por cierto, no sé si sabe que llamar incas a todos los habitantes del imperio es un error, los Incas eran los reyes y se consideraban descendientes de una estirpe divina originaria de Tiwanacu.

—Sí, sabía todo eso. De modo —recapitulé—, que las clases privilegiadas de las culturas andinas anteriores a los incas se deformaban el cráneo de una manera u otra para emular a los tiwanacotas, que eran una especie de árbitros de la elegancia, pero no me ha dicho la procedencia de estos cráneos cónicos. —Y señalé con el índice hacia el techo—. ¿Son de Tiwanacu?

—Sí, en efecto, son de Tiwanacu. La deformación frontoccipital, que produce esta forma cónica, fue históricamente la primera que se realizó y era exclusiva de los tiwanacotas.

—¿Y los incas? ¿Practicaron también esta deformación?

—No, los incas no. Los únicos que la continuaron fueron los collas, los descendientes de los antiguos habitantes de Tiwanacu.

—¿Los collas? —Yo ya tenía un desbarajuste mental imposible de aclarar—. Pero, ¿los descendientes de los tiwanacotas no eran los aymaras?

—Los collas y los aymaras son el mismo pueblo. Collas fue el nombre que les dieron los españoles porque a su territorio, la zona del altiplano que rodea el Titicaca, lo llamaron, castizamente, El Collao, ya que los incas lo habían bautizado previamente como Collasuyu. Esa zona abarcaba, además, los altos de Bolivia y el norte de Argentina. Estos cráneos que ve usted ahí arriba son de Collasuyu, en concreto, como ya le he dicho, de Tiwanacu.

No cabía la menor duda de que todo era sencillo y claro en la historia del continente americano. Primero fueron —o no— los pukará, que dieron origen —o no— a los tiwanacotas, que, a su vez, eran los aymaras pero también los collas, aunque ahora volvían a llamarse aymaras. Al menos esto lo entendía, de modo que lo sujeté con clavos en mi memoria antes de que se me desdibujara como un sueño.

Ante el peligro de que la cosa continuara complicándose indefinidamente, decidí que ya estaba bien de calaveras deformes y, sin pensármelo más, extraje del montón de fotocopias de Daniel la del muro de piedra con las incontables cabezas en relieve y se la alcancé a la catedrática, que apagaba su cigarrillo contra el pequeño y endeble cenicero como si estuviera matando la colilla. Tras una primera ojeada, el gesto de su cara expresó disgusto.

—¿Sabe qué es eso, doctora?

—Tiwanacu —dijo un poco molesta, poniéndose las gafas con un gesto rápido y examinando cuidadosamente el papel; no sé por qué su respuesta no me sorprendió demasiado—. Las llamadas Cabezas Clavas, es decir, cabezas antropomorfas de piedra incrustadas en las paredes. Se encuentran en los muros del Qullakamani Utawi, conocido como Templete semisubterráneo, un gran patio abierto situado en las cercanías del recinto Kalasasaya. Ya sabe que Tiwanacu es un conjunto arquitectónico en el que todavía quedan restos visibles de unos dieciséis edificios, lo que apenas viene a suponer un cuatro por ciento del total. El resto se halla bajo tierra.

No sabía qué podía haber causado aquel patente malestar que la catedrática reprimía educadamente. Mientras le entregaba la ampliación digitalizada del hombrecillo sin cuerpo, el antepasado barbudo del Humpty Dumpty de
1   ...   5   6   7   8   9   10   11   12   ...   47

similar:

El Origen Perdido Matilde Asensi icon“He perdido 32 kilos desde que me sometí a una operación en junio”

El Origen Perdido Matilde Asensi iconMatilde, apenas abrió la carta y empezó a leer, se quedó atónita....

El Origen Perdido Matilde Asensi iconHallan fosiles de dinosaurio con cuatro alas, el posible 'eslabon perdido' de las abes actuales

El Origen Perdido Matilde Asensi iconLa palabra genética se forma a partir de la unión de dos palabras...

El Origen Perdido Matilde Asensi iconEn el texto: “La filosofía y la crisis del hombre europeo”, (1938)...

El Origen Perdido Matilde Asensi iconDurante los últimos 50 años, gran parte de los profesionales de la...

El Origen Perdido Matilde Asensi iconEl origen de la tierra el origen de la tierra
«cadenas» explotarían nuevos materiales, o quizás detenía el progreso de otras «cadenas» y recogía sus recursos, llegando a ser más...

El Origen Perdido Matilde Asensi iconBritánicos de origen vasco
«una historia genética de detectives» tras publicar hace unos años Out of Eden: The Peopling of the World (Fuera del Edén: la populación...

El Origen Perdido Matilde Asensi icon1. Origen de la criminalística

El Origen Perdido Matilde Asensi icon2. El origen y la evolución de la humanidad




Todos los derechos reservados. Copyright © 2019
contactos
b.se-todo.com