Creencias que argumentan. Los valores antes, durante y después de la producción social del conocimiento científico




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Creencias que argumentan. Los valores antes, durante y después de la producción social del conocimiento científico


Jósean Larrión Cartujo

Departamento de Sociología

Universidad Pública de Navarra

E-mail: josean.larrion@unavarra.es

1. Introducción


Hoy en día sigue siendo habitual hallar a múltiples grupos sociales, y a sus respectivos colectivos de científicos y técnicos expertos, enzarzados en el gran debate sobre el conocimiento, la evaluación y la gestión de los organismos modificados genéticamente (OMG). El origen del debate parece evidente, pues es sabido que existen hondas discrepancias para fijar la identidad y el comportamiento de los alimentos transgénicos. Claro que, en un orden de discusión posterior, igualmente cabe advertir abiertos lances a la hora de dar cuenta de la naturaleza, el sentido último y las posibilidades de clausura de tales enfrentamientos. Así, el modelo interpretativo cognitivo, que es el que goza de una mayor aceptación aún en la actualidad, afirma que si esta discusión todavía no se ha cerrado ello se debería en especial a ciertas carencias racionales y empíricas. No obstante, analizado con detenimiento, cabe indicar que este modelo cognitivo parece mostrarse muy abstracto y ahistórico y generador de muchas más preguntas que de respuestas satisfactorias. El modelo materialista, sin duda mucho más crítico y realista, propone a su vez que si aún no se ha asistido a la clausura de esta controversia ello se debería, más bien, a la presencia de un sólido conflicto entre intereses sociales divergentes e incluso contradictorios.

El objetivo de este trabajo, no obstante, consiste en contribuir a desentrañar si, en efecto, en esta polémica todo son nítidas relaciones de fuerza y evidentes conflictos entre intereses sociales contrapuestos. Se propone, por ello, un modelo culturalista que no niega pero sí complementa al modelo materialista dada la presencia de una notable tensión entre las ideas, los valores, las creencias y dos visiones del mundo típico-ideales aquí en abierta competencia. Con arreglo a las aportaciones que puedan extraerse tanto de la teoría social contemporánea como de las nuevas sociologías del conocimiento, en suma, este trabajo persigue: a) subrayar el transfondo inequívocamente relativo, contingente y convencional de los valores humanos; b) detallar la tipología y la presencia múltiple pero constante de los valores en la práctica y los discursos científicos contemporáneos; y c) constatar la estructura valorativa precognitiva de las dos visiones del mundo típico-ideales, tanto de la liberal e individualista como de la equitativa y comunitarista, presentes explícita y tácitamente en la controversia general sobre la posible viabilidad humana y ambiental de los OMG.

2. La ciencia social de los valores


Los valores, como sabemos, expresan en las cosas grados de aptitud, utilidad o estima para satisfacer en nosotros todo tipo de requerimientos. Es por ello que clasificamos a los valores en positivos y negativos o en inferiores y superiores. Más allá de esta obviedad, es palpable que el estudio de los valores ha generado con frecuencia un interés notable en diversos ámbitos disciplinares de las ciencias sociales. La tradición sociológica se ha interesado por ellos casi incesantemente, y cabe entender que en general los ha concebido como ese conjunto de ideas, creencias y principios que a un sujeto determinado le permiten dilucidar si una realidad es buena o mala en sí misma, o mejor o peor que otra con la que es comparada.

Se acostumbra a dar por sentado así que los ‘juicios de hecho’, objetivos y uniformes, mostrarían cómo son las cosas, mientras que los ‘juicios de valor’, subjetivos y polimórficos, indicarían cómo éstas deben ser. De ahí, precisamente, el muchas veces anhelado proyecto positivista de una ciencia, en especial la natural, desprendida en lo posible de todo tipo de interferencias valorativas, culturales y sociohistóricas (Dilthey, 1980; Rickert, 1965; Weber, 1971 y 1972). Sería esencial, entonces, cuando menos desde esta aproximación en gran medida tópica y convencional (que para el caso de las ciencias sociales no pocos autores ya habrían analizado, cuestionado y reformulado), distinguir entre cómo para un sujeto cognoscente es la realidad en cuanto tal y cómo le gustaría a este sujeto que fuera para la obtención o el mantenimiento de ciertos fines, objetos o estados de cosas (Dahrendorf, 1971; Gouldner, 1979; Lamo de Espinosa, 1975; Echeverría, 2002; Putnam, 2004).

Con frecuencia, decimos, presuponemos qué son los valores, así como sus principales causas y efectos. Aunque no siempre es tan evidente, según mostraremos, cómo éstos nos constituyen, tanto en un sentido individual como colectivo. La tradición sociológica, en efecto, usualmente ha considerado capital la relevancia de los valores, sin duda, pues ha entendido que el origen de los valores no sería en rigor de carácter divino, biológico, racional o psicológico sino de carácter social, cultural e histórico. Es por ello que, como bien han mostrado algunos de los analistas más notables de la sociología normativa francesa y estadounidense, sin un sistema funcional de normas y valores sólidamente constituido e interiorizado por los miembros de una sociedad determinada, incluso lo individual en cuanto tal sería poco menos que inviable e inimaginable (Durkheim, 1992; Parsons, 1968).

Más recientemente, complementado esas muy habituales aproximaciones macro y estructural, se ha considerado medular analizar esa otra dimensión irreductiblemente creativa, dinámica e innovadora de la acción social. Los valores, como bien se advertirá, no sólo serían socialmente asumidos y reproducidos, sino que también serían socialmente forjados, reinterpretados y transformados. La creciente matización de las férreas dicotomías analíticas centrales del pensamiento sociológico, precisamente, permitirán vislumbrar que el ser (social) no debe entenderse sin el devenir (social). De ahí que tampoco debamos concebir la estabilidad sin el cambio, la reproducción sin la producción o la interiorización sin la exteriorización. En efecto, los individuos (también los científicos, según más tarde argumentaremos) no crean e inventan sus propios valores en sentido estricto, pero éstos sí los recrean, los reinventan, les dan nuevos significados y, a la postre, los hacen propios y los instituyen en virtud del polimórfico elenco de valores socialmente imaginables, pensables y articulables (Castoriadis, 1989; Joas, 2002; Sánchez Capdequí, 1999).

Es por ello que quizá la característica que más propiamente da cuenta de la naturaleza social de los valores sea su fuerte impronta relativa, contingente y convencional. La distinción clásica entre naturaleza y cultura ha sido en ocasiones muy discutida, pero si las ciencias sociales y la sociología muy en particular han insistido en algo respecto a lo que aquí nos ocupa es sin duda en que los valores no pertenecen al ámbito de lo dado (la naturaleza) sino al dominio de lo imaginado, lo producido y lo instituido (la cultura). Si algo es tomado como valioso, en definitiva, ello no se debería en rigor a las propiedades físicas, efectivas y aproblemáticas del objeto valorado sino, antes bien, al acto mismo de preferencia que protagoniza el sujeto (sea o no sea un experto) que valora, esto es, al proceso mismo de valoración que por fuerza, como con este trabajo procuraremos contribuir a esclarecer, siempre se halla socialmente generado y limitado, posibilitado y condicionado (Bourdieu, 2000a; Douglas, 1970 y 1998).
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