La invención del género, o el tecnocordero que devora a los lobos




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island flaps o colgajo en isla para los implantes de pechos, pero también para el caso de testículos o para el tratamiento de la “nariz sifilítica”. En los años 20 se la sustituye por goma arábiga y luego por caucho, celulosa, marfil y diferentes metales. En 1949 se inventó el Ivalon, un derivado del alcohol polivinílico, para su uso en el primer implante mamario mediante inyección subcutánea. Las primeras destinatarias de esos implantes rudimentarios serán las trabajadoras sexuales japonesas de la posguerra y la guerra fría, cuyo cuerpo se estandarizará según los criterios de consumo heterosexuales de las fuerzas armadas estadounidenses (Yalom, 1997: 236-238). Los cuerpos que no deformaron las raciones de plutonio, son ahora objeto de la deformación de los polímeros de polisiloxano . La mutación de los cuerpos se lleva a cabo en un plano global. A partir de 1953 la silicona pura se convierte en líder de la producción de implantes prostéticos. Poco después, la Dow Corning Corporation introduce el primer tubo estandarizado de gel de silicona. A pesar de que se comprueba su toxicidad, se lo seguirá usando hasta principios de la década de 1990.

Sin embargo, la dimensión bio-drag o el camp somático no derivan sólo de la utilización de materiales sintéticos para la reconstrucción de una presunta normalidad corporal natural. De hecho, una de las primeras técnicas de reconstrucción mamaria surge a fines del siglo XIX, cuando el doctor Vinzent Czerny decide recuperar la masa de un lipoma en forma de protuberancia que una de sus pacientes tenía en la espalda a los efectos de compensar una mastectomía mediante un autransplante (Gilman, 1999: 249). Unos años después se desarrollan los autotrasplantes de grasa corporal para liftings y reconstrucciones.

En consecuencia, no se trata aquí de evaluar el pasaje de lo orgánico a lo inorgánico, sino sobre todo de destacar la aparición de un nuevo modelo de corporeidad: las nuevas técnicas ya no son fieles a una taxonomía orgánica clásica según la cual a cada órgano y a cada tejido le corresponde una sola ubicación, una sola función. Lejos de respetar una totalidad formal o material del cuerpo, la ingeniería de los tejidos y las técnicas prostéticas combina los modos de representación del cine y la arquitectura, tales como el montaje o la modelación en tres dimensiones. La nueva cirugía como tecnología de la sexualidad posmoneyista es un proceso de construcción tectónica por el cual órganos, tejidos, fluidos y moléculas se transforman en materias primas con las que se fabrica una nueva apariencia de naturaleza.

Antes de concluir me gustaría detenerme un momento en las técnicas endocrinológicas presentes en el espacio doméstico de Agnès, sobre todo porque los métodos de tratamiento que utiliza la madre luego de la panhisterectomía son los mismos que aquellos a los que recurre Gladys Bentley en la década de 1950 para anular los efectos de la performance de la masculinidad. Detenernos en Gladys Bentley nos permitirá reconsiderar las dimensiones performativas de la incorporación prostética de género.

Se conoce a Gladys Bentley como uno de los primeros drag kings, vale decir, una profesional de la performance de la masculinidad en el Harlem Renaissance de los años 20 y 30 (Serlin, 2004: 111-158). En 1952, Bentley, una lesbiana afro-estadounidense abiertamente masculina, aprovechó el éxito de las nuevas terapias hormonales y comenzó un tratamiento de estrógenos (con Stilbestrol) a los efectos de intentar un proceso de refeminización al inicio de la menopausia. Al recurrir a la medicina endocrinológica, busca, como bien señaló David Serlin, iniciar un proceso de rehabilitación social, no sólo de género sino también racial (Serlin, 2004: 144-145). Unos meses después de empezar el tratamiento, concede una entrevista a la revista Ebony y declara: “Volví a convertirme en una mujer.” Lo que resulta interesante del caso de Bentley, es que el tratamiento hormonal contribuye precisamente a bloquear los efectos de la repetición de la performance de la masculinidad, como si un exceso de masculinidad performativa sólo pudiera compensarse mediante una biotecnología. Es gracias a esa ficción somática que Gladys parece poder retornar a la performance de la femineidad: abandonar el espacio público y teatral para volver al espacio doméstico.

En segundo lugar, la mujer biológica heterosexual estadounidense es tan cyborg como Agnès, dado que toma metódicamente la píldora, sin duda la técnica biodrag más poderosa de la segunda mitad del siglo XX. La píldora es contemporánea de la aparición de la noción de género. Gregory Pincus creó el primer anticonceptivo a partir de la noretindrona, una forma sintética y asimilable por vía oral de la molécula de progesterona activa. Se probó primero en ocasión de una campaña de investigación sobre las técnicas de asistencia para la procreación en casos de esterilidad en familias blancas católicas. Luego se probó en la isla de Puerto Rico como método de control de la natalidad en la población local de color, pero también en varios grupos de pacientes mujeres del Worcester State Hospital y de hombres de la cárcel estatal de Oregón entre 1956 y 1957, en investigaciones sobre el control de la libido y hasta para el “tratamiento de la homosexualidad” (Tone, 2001: 220). La píldora no es sólo un método de control de la reproducción, sino también un método de producción y purificación étnica, una técnica eugenésica de control de la especie (Roberts, 1997).

Más biodrag aun, la píldora es también una técnica de producción de género. A pesar de que su eficacia era del 99,9%, el Instituto de Salud Norteamericano rechazó la primera píldora porque ésta suprimía por completo la menstruación y ponía en cuestión la femineidad de las futuras mujeres de América del Norte. Por ese motivo se creó una segunda píldora, tan eficaz como la primera pero cuya única diferencia residía en que reproducía el ritmo de los ciclos naturales. Así como Agnès se construyó de forma consciente como hermafrodita gracias a los estrógenos de un tratamiento antimenopáusico, sus compatriotas biológicas contribuyeron a la construcción de la ficción somática de las jóvenes blancas femeninas y fértiles de América del Norte.

El proceso de feminización de Agnès, y por extensión el de su madre y sus compatriotas biológicas, demuestran que las hormonas son ficciones biopolíticas, ficciones que pueden tomarse, digerirse, incorporarse, artefactos biopolíticos que crean formaciones corporales y se integran a los organismos políticos mayores, tales como las instituciones político-legales y el estado-nación. Esos artefactos biopolíticos segregan narraciones que pueden citarse, recitarse y, sin duda, también citarse mal. Si puede decirse que cada hormona, en tanto ficción política, está sujeta a posibles fracasos performativos y, en consecuencia, a incesantes procesos de citaciones descontextualizadas, el cuerpo de Agnès nos recuerda que esas invocaciones del género, esas interpelaciones normativas, no son simples procesos discursivos. Esas citaciones movilizan flujos, desencadenan procesos de modificación celular de y crecimiento capilar, provocan cambios de voz y hasta funcionan como verdaderos generadores de efectos. El cuerpo de Agnès no es la materia pasiva sobre la cual opera un conjunto de técnicas biopolíticas de normalización del sexo, ni el efecto performativo de una serie de discursos sobre la identidad. El tecnocuerpo de Agnès, verdadero monstruo sexual fascinante, self designed, es producto de la reapropiación y del agenciamiento colectivo de las tecnologías de género para producir nuevas formas de subjetivación.

Para concluir, lo único que me queda por hacer es invitarlos a practicar algunos ejercicios de activismo biopolítico. Inspírense en Agnès.4

Traducción de Joaquín Ibarburu


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* Juego de palabras entre el nombre de Agnès y “agneux”, corderos. [N. del T.]

1 Garfinkel se refiere aquí al controvertido test de Barr, utilizado para establecer la femineidad de las atletas que participan en las Olimpíadas a partir de 1966. Lo impugnarán atletas transexuales como Renée Richards, que rechazan ese diagnóstico deportivo del sexo a través del análisis cromosómico. Más adelante se revelará que el análisis no es confiable.

2 Agradezco a Elsa Dorlin por su lectura de Herculine, que me llevó a moderar algunas de mis palabras iniciales.

3 No intento establecer aquí una genealogía política ni una metodología en la que Agnès desempeñe el papel de estrella. La relación de Agnès con el discurso médico ya fue objeto de la crítica de numerosos activistas transgénero como Dean Spade, para quien la repetición leal de la argumentación médica por parte de Agnès significa para ella la condición de posibilidad de obtener una vaginoplastia. Véase Spade (2000).

4 Agradezco a Matilde Fournier por la lectura y corrección del texto en francés.
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