El encuentro mundial del movimiento juvenil salesiano




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De Las Memorias del Oratorio de San Francisco de Sales

Don Cafasso y las visitas a los jovenes de las carceles de Turín
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Don José Cafasso, que desde seis años atrás era mi mentor, fue también mi director espiritual. Si he hecho algún bien en la vida, a este digno eclesiástico se lo debo. Puse en sus manos todas mis aspiraciones, todas mis decisiones y todas mis actuaciones.
Empezó primero por llevarme a las cárceles, en donde aprendí en seguida a conocer cuán grande es la malicia y la miseria de los hombres. Me horroricé al contemplar cantidad de muchachos, de doce a dieciocho años, sanos y robustos, de ingenio despierto, que estaban allí ociosos, atormentados por los insectos y faltos en absoluto del alimento espiritual y material.
En estos infelices estaban personificados el oprobio de la patria, el deshonor de la familia y su propia infamia. Pero ¡cuál no fue mi asombro y mi sorpresa cuando me di

cuenta de que muchos de ellos salían con propósito firme de una vida mejor y que luego

volvían a ser conducidos al lugar de castigo de donde habían salido pocos días antes!
En esas ocasiones constaté que algunos volvían a la cárcel porque estaban abandonados a sí mismos. «¡Quién sabe, decía para mí, si estos muchachos tuvieran fuera un amigo que se preocupase de ellos y los atendiese e instruyese en la religión los días festivos, quién sabe si no se mantendrían alejados de su ruina, o por lo menos si no se reduciría el número de los que vuelven a la cárcel!».
Comuniqué mi pensamiento a don José Cafasso y, con su consejo y su luz, me puse a estudiar la manera de llevarlo a cabo, dejando el éxito en manos del Señor, sin el cual resultan vanos todos los esfuerzos de los hombres.

De la Exhortación Apostólica de Papa Francisco Evangelii Gaudiumsanta-sede_stemma.gif

CAPÍTULO PRIMERO

LA TRANSFORMACIÓN MISIONERA DE LA IGLESIA
I. Una Iglesia en salida




Primerear, involucrarse, acompañar, fructificar y festejar
24. La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. «Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primereado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar». La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora. Por último, la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo.


  1. Hacerse presente a los demás con amor

El educador Salesiano está llamado a “vivir ‘por’ los jóvenes [...], a crecer ‘con’ ellos”. Éste es el método adoptado por Jesús Resucitado para ganarse de nuevo a los suyos en el camino a Emaús. Y, como pretende subrayar Lc 24, 15a, “implica que se llegue a la persona en su individualidad, ‘en un tú a tú’, incluso cuando —si bien no sólo, ni principalmente— está activamente inserta en un ambiente o en un grupo”. volto di gesù nella sacra sindone.jpg
«Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos.»

(Lc 24, 15)

La narración del camino a Emaús de los dos discípulos se presenta como modelo de un posible ‘procedimiento’ que seguir para llegar a la experiencia pascual. Todos los que no han visto personalmente al Resucitado deberán recurrir a la mediación eclesial para convertirse en creyentes: palabra de Dios que desvela el sentido de la propia experiencia y mesa común en la que se parte y reparte el Pan, recordando la muerte de Jesús, son las etapas de este camino. Pero quienes lo recorrieron se convirtieron en creyentes cuando —y porque— se encontraron con Jesús vivo, o mejor dicho, él se encontró con ellos. Como todos nosotros. La narración lucana tiene el mérito de subrayar el acompañamiento personal como método en el camino hacia la fe. Primero el desconocido acompaña a los dos desconcertados discípulos compartiendo su fatiga y desorientación; una vez escuchado y reconocido, los discípulos vuelven a la comunidad donde su fe será acompañada y salvaguardada por la fe de los hermanos.

13 Aquel mismo día, dos de los discípulos se dirigían a una aldea llamada Emaús, que dista de Jerusalén unos once kilómetros. 14 Iban hablando de todos estos sucesos. 15 Mientras hablaban y se hacían preguntas, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. 16 Pero sus ojos estaban ofuscados y no eran capaces de reconocerlo. 17 Él les dijo:

¿Qué conversación es la que lleváis por el camino?”

Ellos se detuvieron entristecidos, 18 y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió:

¿Eres tú el único en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días?” 19 Él les preguntó: “¿Qué ha pasado?” Ellos contestaron:

Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. 20 ¿No sabes que los jefes de los sacerdotes y nuestras autoridades lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron? 21 Nosotros esperábamos que él fuera el libertador de Israel. Y sin embargo, ya hace tres días que ocurrió esto. 22 Bien es verdad que algunas de nuestras mujeres nos han sobresaltado, porque fueron temprano al sepulcro 23 y no encontraron su cuerpo. Hablaban incluso de que se les habían aparecido unos ángeles que decían que está vivo. 24 Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo hallaron todo como las mujeres decían, pero a él no lo vieron”. 25 Entonces Jesús les dijo:

¡Qué torpes sois para comprender, y qué cerrados estáis para creer lo que dijeron los profetas! 26 ¿No era preciso que el Mesías sufriera todo esto para entrar en su gloria?”

27 Y empezando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que decián de él las Escrituras. 28 Al llegar a la aldea adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. 29 Pero ellos le insistieron diciendo:

Quédate con nosotros, porque es tarde y está anocheciendo”.

Y entró para quedarse con ellos. 30 Cuando estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio. 31 Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Jesús desapareció de su lado. 32 Y se dijeron uno a otro: “¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”

33 En aquel mismo instante se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los once y a todos los demás, 34 que les dijeron:

Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón”.

35 Y ellos contaban lo que les había ocurrido cuando iban de camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.lectio_divina.gif


  1. Entender el texto, releyéndolo


Tras el descubrimiento de la tumba vacía por parte de las mujeres y el primer anuncio, no creído, de la resurrección de Jesús (Lc 24, 1-11), Lucas nos recuerda, caso único en la tradición evangélica, el episodio de Emaús. El relato, uno de los más exitosos de todo el NT, tiene una estructura formal fácil de descubrir: la narración se abre con la presentación de los personajes, de camino a Emaús, y la fecha del acontecimiento, en el día de la Pascua (Lc 24, 13-14).

Por el camino conversan sobre lo que ha sucedido en Jerusalén (Lc 24, 15-29): aparece un desconocido, el diálogo domina el relato (Lc 24, 17-27.29b). El narrador cede así la palabra a sus personajes: identifica su mensaje con la conversación de los viandantes. No basta con saber lo que ha sucedido en Jerusalén, si no se contemplan los hechos a la luz del plan de Dios. La incredulidad aleja de Jerusalén a estos dos discípulos; el camino de Emaús lo recorren conversando sobre cuanto había sucedido en Jerusalén. Cuanto más hablan, más se alejan, efectiva y afectivamente, de Jerusalén y de cuando había allí sucedido. Siendo ya testigos de todo lo que había sucedido no podían aún ser testigos del Resucitado.

Jesús, sin que lo reconozcan, comparte el camino con ellos porque quiere entrar en su conversación: se ocupa de lo que les estaba preocupando (Lc 24, 15). No lo reconocieron porque no podían: sus ojos estaban ofuscados (Lc 24, 16): ¿cómo es posible que los mismos que tenían tantas esperanzas puestas en Jesús (cf. Lc 24, 18-24) no fueran capaces de reconocerlo junto a ellos? Los ojos que lo vieron vivo y lo saben muerto no bastan para creerlo resucitado. Deberán ver algo más, algo nuevo (cf. Lc 24, 31).

El desconocido parece no conocer el tema de la conversación pero se da cuenta de que la tristeza embarga a sus interlocutores (Lc 24, 17). Su ignorancia resulta inexplicable para Cleofás (Lc 24, 18) que toma la palabra y le informa: Jesús de Nazaret, al que habían considerado un verdadero hombre de Dios (Lc 24, 19), ha sido ajusticiado (Lc 24, 20); su muerte había enterrado toda esperanza (Lc 24, 21). Cierto, algunas mujeres seguían diciendo que habían encontrado su tumba vacía (Lc 24, 22-23). Pero ninguno lo ha visto vivo todavía; y ninguno se lo puede creer (Lc 24, 24).

Por no ver lo que ha sucedido a la luz de la voluntad divina, dice el desconocido, no entienden con el corazón aquello que saben decir con la boca (Lc 24, 25). Y continuando el viaje a Emaús, les hace recorrer un nuevo camino a través de las Escrituras; en ellas se predecía ya el destino de Jesús, su camino de pasión hacia la gloria (Lc 24, 27). Una vez llegados a Emaús, con una nueva comprensión de lo que había sucedido y con un corazón nuevo (cf. Lc 24, 32), invitan al desconocido a acompañarles y quedarse con ellos: está anocheciendo (Lc 24, 29). Jesús, todavía desconocido, no puede dejarles solos, porque no lo han reconocido aún. El viandante se hace huésped (Lc 24, 30a); el compañero de camino, comensal (Lc 24, 30b): el pan bendito y repartido es el gesto que les abre los ojos y el corazón: ¡quién si no su Señor pudo darles el pan bendito (Lc 24, 31)!

Una vez reconocido, el Resucitado desaparece. Saberlo vivo hace innecesaria su presencia. Pero los que lo saben deben volver, de noche y con prisa, a la ciudad que había sido la tumba de su fe y a la comunidad que habían abandonado (Lc 24, 33): allí, al ser recibidos, recibirán también el anuncio de la fe común: “Es verdad, el Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón” (Lc 24, 34). El encuentro con el Señor Resucitado debe concluir re-encontrando a la comunidad de los testigos.


  1. Aplicar el sentido, apropiándose de él


La cita elegida revela la iniciativa de Jesús Resucitado al unirse y acompañar a los discípulos un poco perdidos por los acontecimientos vividos. El relato ofrece un relato de nuestra vida cristiana que es de sorprendente actualidad. Todos podemos vernos representados en esos dos discípulos que, en el mismo día de la Resurrección, cuando ya Jesús estaba vivo y se había dejado ver por algunos, volvían desilusionados a sus casas y a sus ocupaciones previas. La sensación de fracaso, la desilusión que les dominaba mientras caminaban solos y sin esperanza es hoy símbolo de la situación actual de tantos de nosotros.

Nos resulta tan fácil comprender a estos dos discípulos que, desilusionados con Jesús, al que daban por muerto, volvían a su casa y a sus ocupaciones familiares, porque así disculpamos mejor nuestro cansancio en el vivir cotidianamente la fe y en nuestro abandono del seguimiento. Como aquellos dos discípulos de Emaús, llevamos la tristeza en el corazón y las tinieblas en los ojos, porque la vida, incluso la vida cristiana, no ha satisfecho todas las esperanzas que nos habíamos hecho cuando habíamos decidido seguir a Jesús, y porque la muerte ha estado cerca demasiadas veces, tantas que vivimos temiéndola siempre.

En suma, no está mal identificarse con aquellos dos discípulos doloridos. Ya que, entonces, podremos alimentar la esperanza de que el Resucitado está a punto de acercársenos, ponerse junto a nosotros y hacerse compañero nuestro. El hecho es que, como aquellos discípulos, nosotros también podemos pasar horas hablando con Jesús sin sentirnos entusiasmados por él. Como ellos, sabemos relatar su vida y milagros sin que eso cuente realmente para nosotros. Resulta prometedor que el Resucitado, ayer en Emaús y hoy con nosotros, no exija ser reconocido para salirnos al encuentro y comenzar a acompañarnos. Nuestro descorazonamiento no le descorazona, ni nos abandona cuando lo hemos abandonado; no le importa que seamos lentos para comprender o fríos de corazón: si le damos una oportunidad, volverá a acercarse y, explicándonos lo que no entendemos, nos devolverá el entusiasmo perdido y la fe. Si el Resucitado acompaña a quien lo está abandonando, tenemos pues razones para esperar que un día se haga el encontradizo y se prodigue en entusiasmarnos.

Sin reconocerlo todavía, aquellos discípulos se atrevieron a invitarlo para que permaneciera con ellos. Oscurecía el día y su fe aún no se despertaba; pero ofrecieron su casa al desconocido, compartieron mesa y pan con quien habían compartido camino y conversación; y mientras cenaba con ellos, partiendo el pan, se dieron cuenta de que su invitado era el Señor: el viandante desconocido era en realidad Jesús Resucitado. Ayer como hoy, la Eucaristía, convivencia casual entre viandantes y memoria obligada del Señor para conocerlo, es el lugar privilegiado para reconocer al Resucitado: para saberlo ya vivo y cercano no es necesario más que compartir su mesa y recibir su pan.

Saberlo vivo hizo innecesaria su presencia. La experiencia del Resucitado no es un gozo momentáneo, sino más bien una convicción que proclamar. Reconocido, Cristo se vuelve invisible: saberlo vivo es más decisivo que tenerlo a mano; percibir su presencia vuelve inútil el sufrimiento por su ausencia. Y dado que no pudieron callar su alegría ni callar su experiencia común, volvieron, de noche, a Jerusalén para comunicar a los hermanos su maravillosa aventura.

He aquí las etapas fundamentales del itinerario que deberíamos recorrer, si deseamos recuperar la certeza de que Cristo vive y la alegría de saberlo cercano a nosotros.

1. Los de Emaús no dejaron irse al compañero, aunque fuera desconocido: le ofrecieron la propia casa y el alimento. Aunque con esto no han hecho nada fuera de lo común, han vivido una experiencia extraordinaria: el invitado resultó ser su Señor. Quién sabe si perdemos a Dios, no ya porque no lo sintamos lo suficiente, ni porque no podamos reconocerlo mientras camina a nuestro lado por el camino, sino porque no nos atrevemos a acogerlo en nuestra casa; por no hacerle un hueco en nuestra vida de familia, por no ofrecerle nuestra casa y nuestra intimidad, Jesús continúa pasando de largo. Debería hacernos pensar que Jesús no se hace conocer durante el trayecto, mientras explicaba las Escrituras, sino en casa, en torno a la mesa: la lección es evidente; pedimos a Dios que permanezca con nosotros, le pedimos que no caiga la tarde sobre nuestras casas y nuestra fe sin que Él comparta la mesa con nosotros. Quien no pueda ya reconocer a Dios es porque no le ha permitido entrar en su intimidad, en su familia, en su casas; para conocer a Dios, hace falta invitarlo a pasar por nuestra vida y pedirle que permanezca con nosotros. ¿Quizás está ya anocheciendo?

2. Los de Emaús reconocieron a Jesús en su huésped “al partir el pan”. Fueron lentos de corazón y cerrados de entendederas hasta que vieron el gesto característico de Jesús: la distribución del pan les hace salir de su ignorancia y recuperan el entusiasmo de la fe; lo recordaban muy bien, porque fue la última cosa que había hecho con ellos antes de morir; supieron entonces que el maestro vivía realmente; nadie como él sabía bendecir y partir el pan, antes de ofrecerlo. Mientras haya quien, en su nombre y a su debido tiempo, nos parta el pan bendito, Jesús continuará mostrándose vivo a los suyos, abriendo los ojos a la inteligencia y volviendo a llenar de fervor los corazones: basta ver como parte el pan delante de nosotros para no poder dudar que está entre nosotros. Quien no quiera perder a Cristo Resucitado, no deberá perderse el momento en el que Cristo parte su pan.

3. Los de Emaús, cuando supieron que el Señor estaba vivo, volvieron a Jerusalén. Dejaron la cena sin terminar y la casa vacía. No quisieron dormir esa noche hasta que todos conocieran lo que había sucedido: los mismos que se habían alejado, desilusionados por todo, volvieron a gran velocidad para transmitir su experiencia. Nadie que haya visto al Señor puede callarse: quien sabe que Jesús vive, porque se ha partido el pan delante de él, no puede sino compartir su experiencia con todos los invitados; esto obliga a vivir en común la propia fe; la casa del testigo del Resucitado no es su propia casa, sino más bien la comunidad cristiana. Comprometerse a ser cristiano por uno mismo o en la más estrecha intimidad quiere decir arriesgarse a perder de vista a Cristo y dejar de saberlo vivo. Ni más ni menos.

No nos lamentemos, pues, de no haber visto al Señor; no tenemos ningún derecho a sentirnos defraudados por él, si no hemos recorrido personalmente nuestro camino a Emaús. Jesús, y éste Resucitado, puede esperarnos en cualquier camino para hacerse el encontradizo, explicarnos las Escrituras y devolvernos la fe y el valor. Pero no lo olvidemos: hasta que no volvamos a la comunidad y al testimonio, fascinados por Jesús, no sabremos realmente que lo hemos encontrado.


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Jesús se une, en el camino, a los dos desconsolados discípulos de Emaús. Reconoce a sus hijos en cada ángulo del mundo. Los acompaña, “camina junto a ellos”... El Señor nos acompaña en nuestra actividad cotidiana de caminantes. Y cambia el corazón, los ojos y el camino de cada uno. En el fondo, como Don Bosco: ¡cuántos gozaron de la riqueza de un encuentro capaz de alterar la vida! El Señor nos pide a nosotros, educadores salesianos, el coraje de ponernos en camino, hacernos compañeros de viaje, no solo del viaje exterior (sentados en el camino), sino también del viaje interior (escucha). Cada presencia salesiana se cruza con el viaje de los jóvenes del mundo, sueña hacer de la casa salesiana una familia para ellos. Por esto, se necesita una Comunidad Educativo-Pastoral que llame a cada uno por su nombre, que se mida por la calidad de las relaciones humanas que instaura.thumbnailimage.jpg

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