El encuentro mundial del movimiento juvenil salesiano




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De la Carta de Roma, 10 Mayo 1884don bosco.png


[…]Familiaridad con los jóvenes, especialmente en el recreo.

Sin la familiaridad no se puede demostrar el afecto, y sin esta demostración no puede haber confianza. El que quiere ser amado es menester que demuestre que ama. Jesucristo se hizo pequeño con los pequeños y cargó con nuestras enfermedades. ¡He aquí el maestro de la familiaridad!
El maestro al cual sólo se ve en la cátedra es un maestro y nada más; pero, si participa del recreo de los jóvenes, reconvierte también en hermano.
Si a uno se le ve en el púlpito predicando, se dirá que no hace más que cumplir con su deber, pero, si se le ve diciendo en el recreo una buena palabra, habrá que reconocer que esa palabra proviene de una persona que ama.
¡Cuántas conversiones no fueron efecto de alguna de sus palabras pronunciadas de improviso al oído de un jovencito mientras se divertía! El que sabe que es amado, ama, y el que es amado lo consigue todo, especialmente de los jóvenes. Esta confianza establece como una corriente eléctrica entre jóvenes y superiores. Los corazones se abren y dan a conocer sus necesidades v manifiestan sus defectos.
Este amor hace que los superiores puedan soportar las fatigas, los -disgustos, las ingratitudes, las faltas de disciplina las ligerezas, las negligencias de los jóvenes. Jesucristo, he aquí vuestro modelo. Entonces no habrá quien trabaje por vanagloria; ni quien castigue por vengar su amor propio ofendido; ni quien se retire del campo de la asistencia por celo a una temida preponderancia de otros; ni quien murmure de los otros para ser amado y estimado de los jóvenes, con exclusión de todos los demás superiores, mientras, en cambio, no cosecha más que desprecio e hipócritas zalamerías; ni quien se deje robar el corazón por una criatura y, para agasajar a ésta, descuide a todos los demás jovencitos; ni quienes, por amor a la propia comodidad, menosprecien el deber de la asistencia; ni quienes, por falso respeto humano, se abstengan de amonestar a quien necesite ser amonestado. Si existe este amor efectivo, no se buscará otra cosa más que la gloria de Dios y el bien de las almas.

De la Exhortación Apostólica de Papa Francisco Evangelii Gaudiumsanta-sede_stemma.gif

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CAPÍTULO SEGUNDO
EN LA CRISIS DEL COMPROMISO COMUNITARIO

Sí a las relaciones nuevas que genera Jesucristo
91. Un desafío importante es mostrar que la solución nunca consistirá en escapar de una relación personal y comprometida con Dios que al mismo tiempo nos comprometa con los otros. Eso es lo que hoy sucede cuando los creyentes procuran esconderse y quitarse de encima a los demás, y cuando sutilmente escapan de un lugar a otro o de una tarea a otra, quedándose sin vínculos profundos y estables: «Imaginatio locorum et mutatio multos fefellit». Es un falso remedio que enferma el corazón, y a veces el cuerpo. Hace falta ayudar a reconocer que el único camino consiste en aprender a encontrarse con los demás con la actitud adecuada, que es valorarlos y aceptarlos como compañeros de camino, sin resistencias internas. Mejor todavía, se trata de aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los demás, en su voz, en sus reclamos. También es aprender a sufrir en un abrazo con Jesús crucificado cuando recibimos agresiones injustas o ingratitudes, sin cansarnos jamás de optar por la fraternidad.
92. Allí está la verdadera sanación, ya que el modo de relacionarnos con los demás que realmente nos sana en lugar de enfermarnos es una fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno. Precisamente en esta época, y también allí donde son un «pequeño rebaño» (Lc 12,32), los discípulos del Señor son llamados a vivir como comunidad que sea sal de la tierra y luz del mundo (cf. Mt 5,13-16). Son llamados a dar testimonio de una pertenencia evangelizadora de manera siempre nueva. ¡No nos dejemos robar la comunidad!


  1. La proclamación de la Buena Noticia

La pastoral juvenil salesiana pretende preparar “a los jóvenes para descubrir la profundidad de su propia experiencia, de cara a captar la llamada religiosa, la plena comunión con Jesucristo. Es un encuentro gradual en el que Jesucristo se convierte poco a poco en el eje en torno al cual se organiza la vida”.

La meta que proponemos “a todo joven es la de construir la propia personalidad teniendo a Cristo como referencia fundamental”. El encuentro de Jesús con la samaritana nos ofrece un ejemplo de encuentro con Jesús preciso y exitoso.volto di gesù nella sacra sindone.jpg

«... Dame de esa agua; así ya no tendré más sed.»

(Jn 4, 15)
En el diálogo de Jesús con la samaritana, Juan estimula a sus lectores a recorrer de nuevo el camino personal de fe y les guía para descubrir en el que tiene sed a Aquél que puede saciar la suya, en el desconocido a Aquél que lo conoce íntimamente. Más allá de conocer mejor nuestra miseria existencial —éste es el punto de partida y el motivo del encuentro— tendremos que tener paciencia para dejarnos guiar y valor para reconocer y aceptar nuestras necesidades más ocultas, pero no menos reales. Y si, como la samaritana, nos dejamos guiar por Jesús, lo conoceremos mejor —más aún, nos sentiremos conocidos a fondo por él— y lo reconoceremos inmediatamente como nuestro salvador.
5 Llegó a un pueblo llamado Sicar, cerca del terreno que Jacob dio a su hijo José. 6 Allí estaba también el pozo de Jacob. Jesús, fatigado por la caminata, se sentó junto al pozo. Era cerca de mediodía. 7 En esto, una mujer samaritana se acercó al pozo para sacar agua.

Jesús le dijo:

Dame de beber”.

[8Los discípulos habían ido al pueblo a comprar alimentos].

9La samaritana dijo a Jesús:

¿Cómo es que tú, siendo judío te atreves a pedirme agua a mí, que soy samaritana?”

[Es de advertir que los judíos y los samaritanos no se trataban].

10 Jesús le respondió:

Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, sin duda que tú misma me pedirías a mí y yo te daría agua viva”.

11 Contestó la mujer:

Señor, si ni siquiera tienes con qué sacar el agua, y el pozo es hondo, ¿cómo puedes darme ‘agua viva’? 12 Nuestro padre Jacob nos dejó este pozo del que bebió él mismo, sus hijos y sus ganados. ¿Acaso te consideras mayor que él?”

13 Jesús replicó:

Todo el que bebe de esta agua, volverá a tener sed; 14 en cambio, el que beba del agua que yo quiero darle, nunca más volverá a tener sed. Porque el agua que yo quiero darle se convertirá en su interior en un manantial del que surge la vida eterna”.

15 Entonces la mujer exclamó:

Señor, dame de esa agua; así ya no tendré más sed y no tendré que venir hasta aquí para sacarla”.

16 Jesús le dijo:

Vete a tu casa, llama a tu marido y vueve aquí”.

17 Ella le contestó:

No tengo marido”.

Jesús prosiguió:

Cierto; no tienes marido. 18 Has tenido cinco, y ése, con el que ahora vives, no es tu marido. En esto has dicho la verdad”.

19 La mujer replicó:

Señor, veo que eres profeta. 20 Nuestros antepasados rindieron culto a Dios en este monte; en cambio vosotros, los judíos, decís que es en Jerusalén donde hay que dar culto a Dios”.

21 Jesús respondió:

Créeme, mujer, está llegando la hora, mejor dicho, ha llegado ya, en que para dar culto al Padre, no tendréis que subir a este monte ni ir a Jerusalén. 22 Vosotros, los samaritanos, no sabéis lo que adoráis; nosotros sabemos lo que adoramos, porque la salvación viene de los judíos. 23 Ha llegado la hora en que los que rindan verdadero culto al Padre lo harán en espíritu y en verdad. El Padre quiere ser adorado así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad”.

25 La mujer le dijo:

Yo sé que el Mesías, es decir, el Cristo, está a punto de llegar; cuando él venga nos lo explicará todo”.

26 Entonces Jesús le dijo:

“Soy yo, el que está hablando contigo”.lectio_divina.gif


  1. Entender el texto, releyéndolo


Jn 4, 15 es una frase extraída de una larga conversación de Jesús con una samaritana (Jn 4, 5-26), un relato emotivo por su poder evocador. Es significativo que la narración sea, en realidad, la crónica de un diálogo que Jesús —Palabra de Dios— inicia y mantiene con diversos interlocutores: primero, la samaritana (Jn 4, 7-26); después, los discípulos (Jn 4, 27-38); finalmente, los samaritanos (Jn 4, 39-42). El encuentro con Jesús se produce en el diálogo.
La mujer, y las tres confesiones que se atreve a realizar, todas provocadas por Jesús (Jn 4, 19: profeta; Jn 4, 29: cristo; Jn 4, 42: salvador), junto a la entrada en escena de los discípulos (Jn 4, 27.31) y de los habitantes del pueblo (Jn 4, 30.39), indican la presencia de tres escenas (Jn 4, 5-26.27-38.39-42). Cuando aparecen nuevos personajes, cambia el tema del diálogo y el escenario se complica. Su presencia introduce en el relato nuevos motivos: los discípulos, que habían ido a comprar algo para comer (Jn 4, 8.31) se sorprenden del discurso de Jesús sobre la voluntad del Padre como alimento (Jn 4, 31-38). Los samaritanos, viendo a Jesús, no tendrán necesidad del testimonio de la mujer para creer en él (Jn 4, 39-40).
El protagonista indiscutible es Jesús, que no sale de la escena en ningún momento y que se va dando a conocer progresivamente (Jn 4, 10.22.25.32.42). Los títulos: judío (Jn 4, 9), mayor que Jacob (Jn 4, 12), profeta (Jn 4, 19), mesías (Jn 4, 29), salvador del mundo (Jn 4, 42) señalan etapas fundamentales y sucesivas de la revelación de su identidad personal y del camino de fe de quien los pronuncia. “Salvador”, el título que cierra este itinerario de fe, es un título divino en la tradición bíblica (Is 12, 2; 19, 20; 43, 3; Zac 9, 9) utilizado por el cristianismo primitivo (Lc 1, 47; 2, 11; Hch 5, 31; 13, 23). En boca de los samaritanos es muy revelador: en un mundo en el que abundan los salvadores, sean dioses o emperadores, Jesús es proclamado salvador universal, la máxima confesión de fe posible para los paganos. El relato termina cuando un Jesús, de paso y “fatigado” (Jn 4, 6), encuentra descanso durante dos buenos días allí donde ha encontrado creyentes en él (Jn 4, 40-41).
El agua viva (Jn 4, 7.10.11.13.14.15), la que surge de una fuente, es el tema del encuentro con la mujer, que tiene lugar junto al pozo de Jacob (Jn 4, 6.11.12.14). Se presenta la reunión como algo totalmente casual: Jesús se toma un descanso junto al pozo; la mujer llega al pozo a buscar agua (Jn 4, 7b-15). Se abre la escena con Jesús, sediento, pidiendo agua (Jn 4, 7), y se cierra cuando la mujer anónima confiesa su propia sed y pide el agua que le sacie la sed (Jn 4, 15). Dos intervenciones de Jesús (Jn 4, 7.10) provocan el estupor de la samaritana (Jn 4, 9.11-12), lo cual lleva a Jesús a una primera revelación (Jn 4, 13-14) a la que la mujer responde con una petición adicional: querría no tener más necesidad de agua y convertirse ella misma en fuente de agua viva (Jn 4, 15.14). Jesús, sin embargo, no satisface su deseo: no le da el agua. Al contrario, le pide una conversión radical de vida: descubre su situación familiar irregular (Jn 4, 16-17) y anuncia un nuevo culto dedicado, en espíritu y verdad, a Dios. Jesús no ha venido a acallar las necesidades humanas, sino a restablecer la relación con Dios.
Finalmente, un detalle no insignificante: la mujer permanece con Jesús un tiempo lo suficientemente largo como para ‘escandalizar’ a los discípulos. Después, Jesús permanecerá con los samaritanos dos días. En ambos casos, este permanecer junto a Jesús fue lo que llevó la fe a los samaritanos. Los discípulos, por el contrario, se habían alejado del maestro, cierto que por un buen motivo..., pero serán los únicos que no realizan una verdadera profesión de fe.



  1. Aplicar el sentido, apropiándose de él


De vuelta a Galilea desde Jerusalén (Jn 4, 3), y cansado de caminar (Jn 4, 6), Jesús se entretiene solo, a mediodía, con una mujer semipagana, en un lugar que recuerda el pasado patriarcal común de judíos y samaritanos (Jn 4, 6-12). Jesús no pretendía evangelizar, buscaba sólo reposo. Pide agua, como Israel en el desierto (Éx 17,2; Nm 21,16), pero se la pide a una samaritana, iniciativa sorprendente en un judío (Jn 4, 9). Su petición, sin embargo, no nace de su necesidad, sino de su voluntad de dar (el don de Dios) y de darse (a conocer: Jn 4, 10): le ha pedido un poco de agua para saciar la sed de él para siempre; le ha pedido una cosa cualquiera para poder darle todo. Comenta san Agustín: “Si Jesús pide agua es porque tenía sed de la fe de la mujer... Muestra una necesidad suya de recibir y, al mismo tiempo, se declara capaz de dar plenitud y saciar”.
La necesidad de Jesús no es falsa. Estaba fatigado, y si se tiene en cuenta el motivo de la ausencia de los discípulos, quizás hambriento. Un Jesús solitario, cansado y sediento va a ser reconocido, al final, como el “salvador del mundo”: un estado de necesidad y comienzos tan pobres pueden conducir a una estupenda profesión de fe, si está presente Jesús... Su sed, una debilidad tan humana, no impide llegar a la fe en Él. ¿Por qué no me agrada tanto encontrarme con un Jesús impotente, débil, solo? ¿Que Jesús haya sentido necesidad de reposo, como yo, lo hace demasiado normal y poco fiable?
La samaritana encuentra a Jesús junto al pozo, porque incluso él tiene necesidad de agua. Su necesidad, absolutamente común, explica el inesperado encuentro. En aquel momento, mediodía, era poco corriente que una mujer fuera a por agua; normalmente se hacía temprano por la mañana. El encuentro es ocasional, provocado por la necesidad —cotidiana— de la mujer. ¿Cómo hacer para convertir mis necesidades más comunes en oportunidad para encontrarme con Jesús? ¿Cuáles serían las necesidades más normales que me llevarían a Él? ¿Podría encontrar embarazoso toparme con alguien que, como Jesús, tiene necesidad de mí y me pide ‘de beber’?
El ‘camino’ de la samaritana —que recorre siempre a través del diálogo que mantienen— comienza con una petición de Jesús, una petición normal..., ¡si no fuese judío! Jesús pide para que se le pida, desea para que se le desee, pregunta para que se le pregunte; muestra su verdadera sed para salvar a la mujer de sus necesidades más profundas. “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber”... Para entrar en contacto con la mujer, Él se abaja ‘a la medida’ de la miseria de ella. Este ‘detalle’ de salvador amoroso no será percibido hasta que la mujer no descubra su pobreza. Le bastaría con ‘reconocer el don’, es decir, con reconocerlo a él como El que da el Don. Incluso si mi pobreza es etapa y motivo de la venida de Jesús a mí, Él es siempre don, no de agua de pozo, sino de agua que se convierte en fuente viva a quien la bebe. No basta, pues, conocer las propias miserias, es preciso reconocer a Jesús como don del Padre, como aquello que sacia mi sed y satisface — y gratuitamente— mis necesidades más profundas.
La segunda etapa comienza cuando la mujer desea el don ofrecido por Jesús, un agua mejor que la del pozo de Jacob, regalo del patriarca a sus hijos. Ella lo pide porque no quería tener más sed ni necesidad de ir más a por agua; Él le descubre su necesidad, más personal e intima, de ser amada. Antes de que le fuera ‘desvelada’ por Jesús, la ha debido desear como satisfacción para su sed; pero Jesús no se conforma con ‘cubrir’ necesidades normales, sino que hace surgir en nosotros las más profundas, las peor reconocidas y jamás confesadas. No siempre, y no todos, estamos dispuestos a sentirnos así de expuestos, descubiertos, desnudos en nuestras necesidades más profundas; y justo por eso tememos encontrarnos con Él y nos resistimos a verlo como don.
‘Conocida’ en su intimidad, la samaritana cree. Su profesión de fe es todavía imperfecta, pero ha comenzado a fiarse de Jesús como profeta y le confía una preocupación profunda suya, que es la de su pueblo: dónde y cómo adorar al verdadero Dios. El adorador de Dios “en espíritu y verdad” debe antes enfrentarse a su propia existencia, sin engañarse ni ponerse máscaras, aceptando lo que es. El Dios de Jesús no quiere ser adorado donde los adoradores piensen que pueda estar. El Dios a adorar es espíritu y vida; sus adoradores pueden encontrarlo donde sea, inmerso en sus vidas.

La última etapa del camino de fe de la samaritana —conclusión y garantía— es el testimonio: “Me ha dicho todo lo que he hecho”, repetirá. Para creer, hace falta encontrar; ha sido el encuentro personal en la conversación compartida lo que le ha llevado a la fe. Y quien cree se convierte en testigo; quien tiene fe, la transmite. Después los samaritanos creerán..., después de haber vivido junto a él durante dos días. Permanecer junto a Jesús —aunque sean sólo dos días— puede hacer creyente a un pueblo. ¿Por qué mi seguimiento de Jesús, que ha durado ya años, no ha podido hacerme creyente en él? ¿No será que, como los discípulos, nos esforzamos por satisfacer las necesidades materiales —el alimento-comida— y nos olvidamos la sed de nosotros que sufre Él?

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Jesús atraviesa la tierra de los samaritanos, forastero en medio de gente de otra tradición y religión. En este andar libre, hace que nazca la sed y él mismo ofrece el cántaro de agua. Jesús alcanza la sed profunda de aquella mujer ofreciendo un “más” de belleza, de bondad, de vida, de primavera: «Te daré un agua que es fuente que brota». En realidad, Dios es Fuente inagotable de la vida fresca desde el inicio de los tiempos, desde que fueron creadas las especies terrestres (ciervo), el mar (peces) y el aire (pájaro). Jesús regala a la samaritana la ocasión de encontrarse en su fuente y de convertirse, ella misma, en fuente. Una imagen bellísima. La mujer de Samaría de ojos claros, felices, serenos y llenos de bondad. No calmará su sed bebiendo hasta saciarse, sino calmando la sed de otros; se iluminará alumbrando a otros, recibirá alegría dando alegría. Ser fuente, bellísimo proyecto de vida para cada evangelizador: hacer brotar y difundir esperanza, acogida, amor.thumbnailimage.jpg
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