El encuentro mundial del movimiento juvenil salesiano




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Don Bosco recibido en audiencia por Papa Pio IX, 1866

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Mi política es la política del Padre nuestro”, contestó Don Bosco a Pio IX. En el Patedruestro suplicamos todos los días que venga el Reino del Padre celestial en la tierra, que se extienda cada más vivo y más glorioso. "Venga tu Reino" Eso es lo que importa ".
De la Exhortación Apostólica de Papa Francisco Evangelii Gaudiumsanta-sede_stemma.gif
CAPÍTULO CUARTO
LA DIMENSIÓN SOCIAL DE LA EVANGELIZACIÓN


La enseñanza de la Iglesia sobre cuestiones sociales
182. Las enseñanzas de la Iglesia sobre situaciones contingentes están sujetas a mayores o nuevos desarrollos y pueden ser objeto de discusión, pero no podemos evitar ser concretos —sin pretender entrar en detalles— para que los grandes principios sociales no se queden en meras generalidades que no interpelan a nadie. Hace falta sacar sus consecuencias prácticas para que «puedan incidir eficazmente también en las complejas situaciones actuales». Los Pastores, acogiendo los aportes de las distintas ciencias, tienen derecho a emitir opiniones sobre todo aquello que afecte a la vida de las personas, ya que la tarea evangelizadora implica y exige una promoción integral de cada ser humano. Ya no se puede decir que la religión debe recluirse en el ámbito privado y que está sólo para preparar las almas para el cielo. Sabemos que Dios quiere la felicidad de sus hijos también en esta tierra, aunque estén llamados a la plenitud eterna, porque Él creó todas las cosas «para que las disfrutemos» (1 Tm 6,17), para que todos puedan disfrutarlas. De ahí la conversión cristiana exija revisar «especialmente todo lo que pertenece al orden social y a la obtención del bien común».

183. Por consiguiente, nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil, sin opinar sobre los acontecimientos que afectan a los ciudadanos. ¿Quién pretendería encerrar en un templo y acallar el mensaje de san Francisco de Asís y de la beata Teresa de Calcuta? Ellos no podrían aceptarlo. Una auténtica fe —que nunca es cómoda e individualista— siempre implica un profundo deseo de cambiar el mundo, de transmitir valores, de dejar algo mejor detrás de nuestro paso por la tierra. Amamos este magnífico planeta donde Dios nos ha puesto, y amamos a la humanidad que lo habita, con todos sus dramas y cansancios, con sus anhelos y esperanzas, con sus valores y fragilidades. La tierra es nuestra casa común y todos somos hermanos. Si bien «el orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política», la Iglesia «no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia». Todos los cristianos, también los Pastores, están llamados a preocuparse por la construcción de un mundo mejor. De eso se trata, porque el pensamiento social de la Iglesia es ante todo positivo y propositivo, orienta una acción transformadora, y en ese sentido no deja de ser un signo de esperanza que brota del corazón amante de Jesucristo. Al mismo tiempo, une «el propio compromiso al que ya llevan a cabo en el campo social las demás Iglesias y Comunidades eclesiales, tanto en el ámbito de la reflexión doctrinal como en el ámbito práctico».

  1. Elegidos para ir y dar fruto

Jesús afirma que la actuación del discípulo es consecuencia de una previa elección personal: darán fruto quienes, y porque, han sido elegidos por Él. Así pues, si reconocemos que nuestro compromiso pastoral es el fruto de una predilección personal del Señor Jesús, recibimos entusiasmo y motivaciones para un renovado impulso misionero. No somos elegidos para conservar esta alegria. El discípulo está llamado a convertirse en apóstol de ese Jesús a quien muchos jóvenes están todavía hoy buscando o esperando.volto di gesù nella sacra sindone.jpg
«Fui yo quien os elegí a vosotros [...],

para que deis fruto»

(Jn 15, 16)
En Jn 15 Jesús continúa su largo discurso de despedida, “la noche en que iba a ser entregado” (Jn 13, 21-30; cf. 1 Cor 11, 23), en el que desarrolla la idea de que permanecer en él es la forma y medio de vida del discípulo. Después de haber empleado el símil de la vid y los sarmientos (Jn 15, 1-8), aclara ahora que ese permanecer no es inactividad pietista ni abandono de la propia iniciativa (Jn 15, 9-16): permanecer en Él exige seguir sus mandatos, el amor se expresa en la obediencia estricta y es fuente de alegría plena. Y así como el mandamiento nace del amor que Dios nos tiene, se refiere también al amor que debemos tenernos unos a otros. Este amor, impuesto por aquél que nos l ha enseñado, no tiene límites, ni siquiera la propia vida, porque es necesario estar dispuestos a darla por los amigos. Quien obedece no es siervo, sino amigo del Amante. No hay felicidad mayor. El cristiano que no se siente amado, difícilmente podrá amar ni saberse feliz. Dios nos ama no porque lo invoquemos ni porque lo deseemos, sino porque hacemos su voluntad, amando al prójimo sin límites, con toda la vida.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: 9 “Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor. 10 Pero sólo permaneceréis en mi amor, si cumplís mis mandamientos, lo mismo que yo he observado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor. 11 Os he dicho todo esto para que participéis en mi gozo, y vuestro gozo sea completo. 12 Mi mandamiento es éste: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado. 13 Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. 14 Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. 15 En adelante, ya no os llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora os llamo amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído a mi Padre. 16 No me elegisteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros. Y os he destinado para que vayáis y deis fruto abundante y duradero. Así el padre os dará todo lo que le pidáis en mi nombre. 17 Lo que yo os mando es esto: que os améis los unos a los otros”.


  1. Entender el texto, releyéndololectio_divina.gif


El evangelista explica teológicamente el símbolo de la vid (Jn 15, 1). Permanecer en Cristo (Jn 15, 4) se comprende ahora como permanecer en su amor, que tiene su origen en el del Padre (Jn 15, 9-10). Se afirma dos veces la importancia del discurso (Jn 15, 7.16). Una doble mención al Padre, que ama (Jn 15, 9) y que da (Jn 15, 16) cierra el párrafo.
El amor, origen y fundamento de la relación Padre-Hijo (Jn 3, 35; 5, 20; 10, 17) es el motivo y el punto de comparación en la relación que debe existir entre Jesús y sus discípulos (Jn 15, 9). El Padre es la fuente del amor que Cristo tiene por los suyos; ese amor es, en realidad, reflejo e imitación del amor con el que Cristo se siente amado. Permanecer en esa relación amorosa, intra-divina, se logra con una obediencia concreta (Jn 15, 10), como la del Hijo. El mismo principio sirve para Cristo (Jn 14, 31) y para el cristiano: amar y cumplir los mandamientos es la misma cosa (Jn 14, 15.21.23). El paralelismo de la formulación refuerza la audacia de la afirmación: observar la voluntad de Jesús, concretada en sus mandamientos, se ve como amor. Cristo permanece en el amor del Padre porque observa sus mandamientos. Lo que es meta alcanzada en Cristo es para el cristiano objetivo a lograr; la actuación del Hijo es estímulo y fuente de la de los creyentes.
El gozo, beneficio mesiánico, que Jesús, obediente y amado, siente como suyo será, entonces, patrimonio completo de los discípulos dóciles (Jn 15, 11). Ante un Cristo que debe ausentarse, los cristianos sabrán conservar la alegría si se aman: la obediencia debida al Señor se identifica con el amor mutuo (Jn 15, 12; 13, 34); la alegría de vivir acompaña a la vida fraterna, hasta que vuelva el Señor. La medida de ese amor fraterno que no es libre, sino objeto de mandamiento, no está bajo el arbitrio del discípulo: el amor del cristiano tiene el amor de Cristo como norma y límite. Entregar la propia vida alude a la muerte voluntaria de Jesús (Jn 15, 15.24). Es esto lo que sustenta la obligatoriedad de su mandamiento y establece sus fronteras. Este amor, por tanto, “es distinto de aquél con el que se aman los hombres como hombres” (San Agustín): mientras tenga vida, el cristiano deberá amar a su hermano y puede incluso llegar a perderla con tal de no dejar de amarlo (Jn 15, 12-13; 1 Cor 13, 3). La disponibilidad a hacer la voluntad del Padre puede llevarnos, pues, hasta dar la propia vida por los amigos. La alegría vivida en obediencia no es engañosa, ni siquiera ante la propia muerte.

La aseveración de Jesús, que llama amigos a sus discípulos es única en el NT (Jn 15, 14; 11, 11) y no se vuelve a emplear en el cristianismo posterior. La amistad depende no tanto de la obediencia del discípulo como de la obediencia del Maestro (Jn 13, 1; 17, 26). No hay que olvidar que el Jesús joánico ha dado ya la vida por aquellos que él ama; el criterio de amistad no es aquello que se puede sentir por los demás, sino la vida entregada. Permanece en la amistad de Jesús quien permanece como discípulo suyo obediente, es decir, quien como Él ama hasta dar la vida por los amigos (cf. Jn 13, 36-38; 21, 15-19).
Como íntimos de Jesús (Jn 15, 15), los discípulos conocen las intenciones de su señor. El siervo recibe órdenes, el amigo, confidencias e intimidad. El criterio que garantiza la nueva relación que se establece entre Jesús y los suyos se enraíza ahora en la participación de estos en sus planes, en el conocimiento de su programa, en las confidencias compartidas (cf. Jn 17, 26) y no en una igualdad natural o en la opción previa por parte de los discípulos. La iniciativa no ha partido de ellos; aunque deba existir reciprocidad, no hay igualdad; han sido elegidos y destinados, seleccionados y enviados por delante con la tarea de llevar al mundo el fruto duradero: amar al hermano y ser escuchado por el Padre (Jn 15, 16). De hecho, para esto Jesús no sólo los ha elegido, sino que los ha constituido, es decir, les ha confiado el encargo y ha puesto a su disposición los medios para llevarlo a cabo con eficacia. Los discípulos han sido investidos, capacitados (Jn 15, 2 dice cómo: ¡Dios poda los sarmientos que dan fruto!) para realizar aquello para lo que se les escogió.
Amados por Jesús, en adelante no son ya siervos, no ignoran nada, sino que conocen su tarea (Jn 15, 17). Ser amado exige el deber amar; sólo a quien le ha sido concedido experimentar el amor se le puede exigir que ame. Para el amado, amar no es tarea impuesta, sino necesidad a satisfacer.


  1. Aplicar el sentido, apropiándose de él


Si no fuera porque hemos oído hablar del mandamiento del amor fraterno con demasiada frecuencia, nos resultaría incómoda, casi insoportable, la exigencia de Jesús: “Mi mandamiento es este: Amaos los unos a los otros, como yo os he amado”. ¿Porque, bien mirado, quién de nosotros cree que sea posible, que sea exigible, amar al prójimo? Parece que según vamos avanzando poco a poco en la vida, nos hacemos una idea distinta, preferible a ir acumulando desengaños en este campo. Y no es que no contemos con el amor de cuantos no conocemos o que demos por sentada la indiferencia de los desconocidos; es que ni siquiera llegamos a amar a los que nos aman como se merecerían, como les habíamos prometido. Los enamorados prometen o exigen amor eterno. Si el amor al pariente, al conocido, al amigo es tan inconcebible, ¿cómo es posible que Jesús nos imponga el amor al prójimo, al desconocido, al no amado?

Sería conveniente recordar esto: debemos amarnos porque hemos sido objeto de amor. “Como el Padre me ama a mí, así os amo yo a vosotros. Permaneced en mi amor”. Antes de que debamos buscar al prójimo a quien amar, Cristo ha venido junto a nosotros, se nos ha acercado, nos ha elegido con su amor: “No me elegisteis vosotros a mí; fui yo quien os elegí a vosotros”. Viniendo a nuestro encuentro, habiéndonos escogido como personas a quienes amar, Jesús nos ha facilitado el cumplimiento de su voluntad: nos bastaría permanecer en su amor. “¿Es el amor lo que nos hace observar sus preceptos o es la observancia de sus preceptos lo que genera el amor?” se preguntó san Agustín. Y respondía: “Quien no ama no tiene motivos para observar los preceptos [...] No observamos sus preceptos para que él nos ame, si él no nos ama, no podemos guardar sus palabras”. No fuimos elegidos porque ya fuésemos buenos, somos amados para que lleguemos a serlo.
Aquí, sin duda, está la raíz de nuestra incapacidad para amar. No sabemos amar, creemos imposible el amor por los demás, porque no nos sabemos amados por Dios, porque, sinceramente, no creemos posible que Él, Dios, nos ame. No damos fruto porque no nos sentimos elegidos. Sólo por no entender o no aceptar su modo de amarnos nos estamos privando de sentirnos amados. Y quien no se siente amado es incapaz de amar. No creyéndonos dignos de haber sido escogidos por Dios, no vemos como algo posible producir los frutos que Él espera.

El discípulo de Jesús se sabe amado y sabe cómo permanecer en ese amor: dejándose amar por el maestro amigo, que ha dado la vida por él. Permitiendo que su voluntad sea la nuestra, haciendo su voluntad, no nos alejaremos de sus exigencias ni nos desalentaremos ante una tarea tan aparentemente imposible como el amor fraterno. Tenemos que dar al mundo de hoy, tan incrédulo del amor gratuito, tan sediento de un amor fácil, sin compromisos que duren ni responsabilidades que no terminen, el testimonio del amor posible, el amor cristiano, el amor al cual Cristo obliga a los suyos porque nos lo ha demostrado; si no lo damos, nosotros que nos sabemos amados por Jesús hasta el final, ¿quién lo hará? No se trata de saber si podremos o no, amarnos unos a otros, se trata de que Jesús ya nos ha amado y quiere que nos amemos: vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando.
La amistad de Jesús se consigue, pues, con la obediencia a su voluntad, por utópica e irrealizable que pueda parecernos. Jesús encuentra a sus amigos entre aquellos que le son obedientes. Antes de lamentarnos de su falta de amor, deberemos examinar si nos falta obediencia. ¿Cuáles son —y cómo son— nuestras obras de caridad? No puede soñar con ser apreciado por Dios quien no aprecia su voluntad; no sería lógico esperar que Dios se interese por quien vive desinteresado de su voluntad; el amigo se distingue porque hace la voluntad de su amigo. Cuando dudamos del amor que Dios nos tiene y parece que cada día y cada situación nos dan nuevas razones para dudar de él, estamos confesando nuestra propia desobediencia.

Lo sabemos por experiencia: el amigo infiel, el amante que no puede conservar la fidelidad es el que normalmente más duda de la fidelidad del amado. Sucede lo mismo en nuestra relación con Dios: nuestra infidelidad nos hace sospechar que Dios no nos es fiel. Nuestra incapacidad de amar al prójimo nos hace no sentirnos amados por Dios; como el mal amigo, justificamos nuestra indiferencia por Dios, acusándolo de indiferencia. ¿Por qué los hombres más obedientes a Dios son también los que son sus mejores amigos? No duda en seguir la voluntad de Dios quien no ha dudado en cumplirla. Así pues, todos tenemos un camino abierto para sentir hoy el amor que Dios nos tiene: “sólo permaneceréis en mi amor, si cumplís mis mandamientos”.

No basta, pues, aunque ya sea mucho, cumplir su voluntad para sentirse amados por Dios. Jesús distingue entre el amigo y el siervo: ambos hacen lo que se espera de ellos, ambos siguen las órdenes de su señor; pero sólo el amigo sabe el porqué, sólo el íntimo conoce a su señor, no sólo sus mandamientos. Es posible que seamos, más o menos, obedientes, sin que lleguemos a sentirnos jamás amigos. La obediencia que Jesús pide a sus discípulos no es ciega; aunque sea muy exigente, no es nunca servil. Jesús no convierte a sus amigos en sus siervos; su amor no lo obtienen aquellos que viven como siervos, haciendo todo lo que se les dice sin saber bien por qué deben hacerlo. Jesús no quiere tener alrededor a gente educada que le obedece sólo porque teme desobedecerle; no es un jefe implacable, sino el mejor de los amigos: nos pide nuestra vida, nuestra obediencia porque ha dado su vida por nosotros. Busca amigos que se fíen tanto de él que se atrevan a vivir con libertad esa amistad de la que no dudarán jamás.
El fruto de la obediencia a Dios es el amor fraterno y el fruto del amor fraterno es la confianza ilimitada en el Dios que ama. No sabemos lo que nos estamos perdiendo al malgastar nuestro tiempo en tantas ocupaciones y tantas otras preocupaciones que no son el cumplimiento de la voluntad de Dios: nuestros proyectos no perduran ni se escuchan nuestras palabras porque tienen poco que ver con la voluntad de Dios. ¿Nos atreveremos a vivir del amor de Dios amando a aquellos a quienes Dios ama? Sería una suerte para nosotros, porque contamos con el amor de un Dios que no niega a su prójimo el amor que le debe. Y sería, también, una suerte para Dios, porque vería que su amor en nosotros es más fuerte que la indiferencia y el odio, que somos amigos de su Hijo y merecedores de su Amor.

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“Yo os he elegido”. Y esta llamada es, precisamente, lo que garantiza nuestra efi cacia apostólica, la fecundidad de nuestro servicio. Somos campesinos pacientes y confi ados, pero debemos examinar dónde y cómo damos fruto. Dios se preocupa, como nadie, de este campo sembrado, de este pequeño huerto que son nuestras obras: trabaja, poda, cada día sentimos sus manos sobre nosotros. La mirada se concentra en la fecundidad; no dar vida es morir. El árbol de nuestras obras apostólicas se renueva, multiplica la vida. La semilla va donde sopla el viento, lejos del clamor y del ruido, se planta en los surcos de la historia y de los pueblos. Nuevas presencias educativas y pastorales nacen porque la misión salesiana contiene muchas más energías de cuanto no aparece, mucha más luz y gérmenes divinos. Todo un volcán de vida: la yema cambia en flor, la flor en fruto, el fruto en semilla.thumbnailimage.jpg
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