Ponencia en Congreso de Terapia Familiar, Buenos Aires, 1987




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fecha de publicación09.02.2016
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Jorge Colapinto

Cebollas y Pizzas.

Ponencia en Congreso de Terapia Familiar, Buenos Aires, 1987. 

Me llegaron comentarios sobre el título de mi presentación -que no era suficientemente serio-, y quiero hacer una corrección: el título no debe ser Cebollas y Tortas sino Cebollas y Pizzas, después veremos el por qué.

Voy a referirme al problema del individuo en terapia familiar, y lo llamo deliberadamente un problema, porque es así como se me presenta en mi trabajo como docente; quizá valga la pena describir el contexto en el que trabajo y en el cual se originaron las expresiones que siguen. Yo paso buena parte del tiempo entrenando terapeutas familiares, mediante supervisiones en vivo y con videotapes; en ese contexto he ido adquiriendo algún conocimiento de cuales son las formas de pensar que facilitan o dificultan la labor del terapeuta familiar, por eso van ustedes a notar, en lo que sigue, que el énfasis no esta puesto en qué ideas son verdaderas o cuáles son falsas, sino en cuáles son útiles y cuáles no lo son tanto.

Algo más que van a notar es que en mi presentación voy a aludir a ideas y controversias con las cuales ustedes ya están familiarizados y a las que quizá consideren superadas. Se preguntarán por qué, como dicen en EE.UU. “sigo golpeando a un caballo muerto”; la respuesta es que en mi actividad docente he aprendido que las ideas y las controversias que hemos matado en teoría, todavía gozan de muy buena salud en la práctica de buena parte de los terapeutas familiares, al menos en EE.UU. que es donde vivo y trabajo.

Una de las situaciones menos útiles que he encontrado ocurre cuando un terapeuta, que puede tener incluso bastante experiencia en la aplicación de un modelo sistémico de tratamiento, opera sin embargo con un modelo implícito del individuo, un modelo de cómo “están hechos” y cómo funcionan los miembros individuales de una familia, que es en realidad un modelo psicodinámico o más bien "psicodinamicoide"; una especie de "modelo psicodinámico aguado" y que no encaja bien con la práctica de una terapia familiar, sino que por el contrario, la dificulta.

Por ejemplo, le sugiero a un terapeuta que promueva más cercanía entre un padre y un hijo, y él objeta: Pero este es un hombre muy narcisista, es imposible conseguir eso de él. A otro terapeuta le recomiendo que reubique a la madre en una posición jerárquicamente superior a la de sus hijos, y él me contesta: Imposible, ella no tiene suficiente autoestima. Le pido a un terapeuta que movilice a un abuelo como forma de romper un impasse, y él me responde: No se puede, tiene una actitud muy rígida.

En cada uno de estos ejemplos el terapeuta que está dialogando conmigo menciona algún atributo personal, algo que el individuo “es” (narcisista); o algo que el individuo “tiene” (una actitud rígida); o algo que el individuo “no tiene” (suficiente autoestima). En cada caso este atributo del individuo es esgrimido como razón que le impide al terapeuta activar un cambio estructural -un acercamiento entre dos personas, un reposicionamiento jerárquico o una ruptura de un impasse. En otras palabras, estos terapeutas creen ver algo esencial, algo que forma parte de la esencia de estos individuos, que se opone, se resiste a un cambio en la estructura, o en el contexto familiar.

Puesto que ese cambio es el objetivo del terapeuta familiar, el pensar que los miembros individuales poseen características esenciales que lo impiden, es un problema; porque desmoraliza al terapeuta, al que le quedan dos posibilidades: o bien abandona el caso, o bien abandona los intentos de modificar el contexto familiar, y busca en cambio modificar esa presunta esencia individual. En los ejemplos citados, el terapeuta podría tratar de curar el narcisismo, o atenuar la rigidez, o mejorar la autoestima; apelando para ello a alguna de las estrategias de modificación del individuo que se han desarrollado en el curso de los últimos noventa a cien años.

Desde el punto de vista del desarrollo histórico de la terapia familiar que se inició y creció como un intento de llegar al individuo a través de su contexto, esta alternativa que acabo de describir podría ser caracterizada como un regreso al individuo o si uno quiere adoptar un tono más peyorativo, como una regresión a una concepción individualista del progreso terapéutico; de hecho la literatura contemporánea sobre terapia familiar incluye bastantes ejemplos de estos movimientos de regreso al individuo.

Un número reciente del Family Therapy Networker, una publicación que en general funciona como barómetro de los intereses y preocupaciones dominantes entre los terapeutas de EE.UU. fue dedicado especialmente a este tema. Yo creo que este movimiento de regreso al individuo es, en buena parte, una reacción a la desilusión que siguió a la etapa de omnipotencia del movimiento de terapia familiar.1

Voy a citar un par de ejemplos de esto que llamo el regreso al individuo, que están tomados de un libro de Nichols, usado en cursos de formación de terapeutas familiares. A pocas páginas de comenzado el libro, el autor se está refiriendo a la conocida pauta de relación de pareja donde hay una persona en el rol de perseguidor y otra en el rol de perseguido, y dice: “Si esta pauta está sustentada por la incapacidad del hombre para tolerar una relación íntima, y por las necesidades insatisfechas de dependencia de la mujer, será muy difícil cambiarlo a menos que se exploren los mundos internos de cada uno de los participantes.” Pocas páginas más adelante, refiriéndose a otra situación clásica, en este caso la familia con hijo sintomático, madre sobreinvolucrada y padre periférico, nos dice Nichols: “Es posible conseguir que el padre pase más tiempo con el hijo y que la madre sea persuadida para que dé espacio para que ello ocurra; pero si el padre está abrumado por un ansia frustrada de recibir atenciones y elogios, el cambio no será duradero.”

¿Qué nos está diciendo este autor? Nos dice que los individuos que integran sistemas matrimoniales o familiares poseen atributos (en su lenguaje, necesidades de dependencia, necesidades de atención), que pueden ser tan fuertes como para hacer imposible, estéril, o poco duradero, un cambio en las pautas de interacción; y más aún, nos está diciendo que esos atributos pueden estar causando, sustentando, en el lenguaje de Nichols, las pautas de relación. Nos está diciendo también, que en tal caso, la exploración de los mundos internos de cada individuo se convierte en un prerrequisito para el cambio de la pauta de interacción. La esposa perseguidora no dejará de serlo hasta tanto no sean resultas sus necesidades de dependencia, el padre periférico seguirá siéndolo mientras no sean resueltas sus ansias de atención y elogios. En otras palabras, nos está diciendo que a veces será necesario abandonar el proyecto de cambio sistémico y regresar, ya sea definitiva o transitoriamente, a un proyecto de cambio individual.

Bien, esta es una propuesta, una idea; y como dije al principio lo que me propongo no es evaluar ideas en cuanto a verdad o falsedad, sino en cuanto a su capacidad de facilitar o dificultar el trabajo de terapeuta familiar; y en principio una idea que propone la eventual necesidad de abandonar el proyecto sistémico, es de las que dificultan y no de las que ayudan, por eso como entrenador de terapia familiar me interesa indagar de dónde procede esta idea, en qué se apoya. Y bueno, se apoya como decía, en una representación esencialista del individuo. Cuando uno dice “este padre es narcisista” o” esta esposa tiene necesidades de dependencia”; uno está diciendo que hay algo que es intrínseco a ese individuo. Es una manera de pensar acerca de la persona individual que se ha ido plasmando a través de muchos años de aplicar primero el modelo freudiano de las instancias y después el kleiniano de los objetos internos a la comprensión de la conducta humana. Modelos que, dicho sea de paso, en mi experiencia los veo aplicados por los terapeutas familiares y no necesariamente "como Dios manda"; sino que son aplicados como les decía antes, en una receta "aguachenta".

Por cierto que periódicamente han aparecido dentro de las filas de los exponentes de estos modelos intentos de desarrollar una concepción menos esencialista y más relacional del individuo -entre nosotros lo intentó por ejemplo José Bleger-, pero la corriente principal del pensamiento psicodinámico, por lo menos tal como se expresa en el discurso clínico del terapeuta medio ha mantenido un carácter esencialista. El modelo psicodinámico de la persona la representa o la imagina como una entidad organizada topográficamente en desiguales niveles de profundidad, los cuales están interconectados de modo tal que los niveles más profundos, el inconsciente o los objetos internos primitivos, determinan a los niveles más superficiales, tales como las conductas manifiestas en relación con otras personas. En la versión que yo he llamado "un poco aguachenta" o "psicodinamicoide" que informa la práctica clínica de la que yo llamo terapeuta familiar medio, este modelo de la persona puede representarse gráficamente como una serie de círculos concéntricos o tridimensionales -y aquí se empieza a adivinar el misterio del título-, como una cebolla, en la cual se puede reconocer una superficie exterior y capas cada vez más profundas que se pueden ir pelando hasta llegar al centro o meollo de la cebolla;2 en este modelo topográfico, el centro del individuo-cebolla alberga su esencia, lo que el individuo realmente es, su ser más íntimo, su narcisismo, su dependencia, su autoestima, etc. Y no sólo lo más profundo en sentido topográfico, sino también en sentido histórico o genético–evolutivo; ese centro sería un archivo de los datos más primitivos donde estaría inscrito un destino inexorable o casi inexorable.

El proyecto terapéutico que se corresponde con esta manera de ver a la gente, es necesariamente muy distinto del proyecto sistémico. Requiere una excavación en profundidad, donde la eficacia del terapeuta depende de su capacidad para penetrar niveles cada vez más profundos de la cebolla y hasta donde ello sea posible modificarlo. Por ejemplo, trayendo a colación el modelo psicoanalítico que menos me he olvidado, si pienso que el meollo de la cebolla está formado por relaciones objetales internalizados, lo que querré hacer como terapeuta es ser internalizado como un “objeto bueno” y una vez allí adentro tratar de poner las cosas en claro. Un poco a la manera de aquella película Viaje Fantástico, donde Raquel Welch y dos tipos que no interesaban para nada ingresaban en el cuerpo de un personaje importante y se peleaban a muerte con glóbulos blancos y dendritas. (Dependiendo de la edad promedio de este grupo, ustedes han visto o no esta película.) El terapeuta que se representa a los individuos como cebollas tiende a ser muy cauto respecto de las posibilidades de un cambio real, porque lo que tiene que cambiar es ese "centro de la cebolla" que determina o sustenta los niveles más superficiales, incluyendo entre estos los roles dentro del sistema marital y familiar. Llegar a este centro no es fácil, puede llevar mucho tiempo o incluso no llegarse nunca; pero aún el terapeuta que llega todavía no sabe si tendrá éxito en su misión de modificar el centro o si por el contrario se lo van a comer los glóbulos blancos.

Comparemos esta cautela con la actitud de un terapeuta sistémico quien explica los síntomas no por referencia a un núcleo profundo sino por referencia a un contexto interaccional. Su proyecto terapéutico apuntará naturalmente a modificar ese contexto y el modelo de la cebolla no sólo le resultará irrelevante, sino un estorbo. Pero ¿qué modelo del individuo sí es compatible con el pensamiento sistémico? Una respuesta posible, que como veremos no es la única, es el modelo de la tabla rasa, donde el individuo es una categoría nula, es la caja negra de los primeros interaccionistas, un receptáculo cuyos contenidos el terapeuta ignora, pero en todo caso es irrelevante porque basta con abstraer reglas de conexión de lo que entra y lo que sale de la caja negra. Desde esta perspectiva el individuo se puede representar como un punto de dimensión cero en un diagrama de conexiones. Haley ha dicho recientemente que si uno se toma el paradigma sistémico en serio, entonces el individuo desaparece. Las emociones por ejemplo, dice Haley, no son la expresión de un núcleo profundo del individuo sino una respuesta a una situación social.

La visión sistémica, o por los menos esta visión radical de la versión sistémica, garantiza una actitud menos pesimista que la psicodinámica respecto de las posibilidades de cambio del individuo. El individuo se le representa al terapeuta como infinitamente plástico y su eventual rigidificación obedecería a la acción de un contexto restrictivo. Por contraste, desde el punto de vista psicodinámico, es el contexto el que aparece en un principio como infinitamente plástico, y es el individuo quien a través de sus proyecciones lo rigidifica.

El modelo sistémico y el modelo psicodinámico entonces se contraponen a nivel del proyecto terapéutico y, paralelamente se contraponen, a nivel de la imagen que cada uno tiene del individuo, y a nivel de cómo se representan las relaciones de influencia mutua entre individuo y contexto. Considerado como herramienta para el cambio, y vuelvo a recordar que mi análisis se centra en la utilidad de las ideas, no en su verdad, se contraponen también en cuanto a sus respectivas vulnerabilidades. La vulnerabilidad del modelo psicodinámico reside en que condiciona la posibilidad de cambio a que se produzca un cambio profundo en el individuo. Precisamente el "grito de batalla" que los sistémicos lanzaron originariamente contra el modelo psicodinámico fue que el cambio individual no se sostiene a menos que el contexto lo acompañe. Recíprocamente la vulnerabilidad del modelo sistémico reside en que se juega la posibilidad de cambio a que se produzca un cambio cualitativo en el contexto. Y no es coincidencia que el actual movimiento de regreso a lo individual que se registra en un sector importante de la terapia familiar norteamericana coincida con procesos económicos y políticos, tales como las reducciones presupuestarias que afectan a los programas de salud mental y que han afectado nuestro optimismo en cuanto a las posibilidades de modificar efectivamente los contextos familiares y sociales.3

Fíjense que Nichols, el autor citado anteriormente, es uno de los representantes del regreso al individuo. Dice: “Cuando buscamos explicaciones en el sistema arriesgamos subestimar los factores individuales que impiden el cambio y absolvemos a los individuos de responsabilidad por el cambio de sus propias conductas.” Este clamor por la responsabilidad individual suena bastante parecido a lo que dice el presidente Reagan cuando objeta los programas de ayuda económica: Los individuos deben ser los responsables de sus propios cambios; y, entonces, a Nichols le podemos refutar que cuando buscamos explicaciones en el individuo absolvemos al sistema, e iniciar así una discusión interminable; pero el punto que yo quiero hacer es que la oposición de estas dos maneras de ver las cosas es una posición irreducible, no pasible de integración.

Pero a esta altura de mi presentación casi puedo oír a muchos de ustedes pensar que las dos posiciones tienen mérito; que, por qué no decimos que tanto los contextos como las cebollas explican las conductas, y por qué no abandonamos esta discusión absurda. Pero la discusión no es absurda, porque tiene consecuencias importantes para la práctica clínica, y la solución no es tan fácil como para decir que todos tienen razón y que hay explicaciones contextuales y cebollísticas para la misma conducta.

Esto de que todas las explicaciones psicodinámicas y sistémicas valen y pueden coexistir pacíficamente es algo que se le ha ocurrido a bastante gente que entonces propone una solución ecléctica entre explicaciones individuales y explicaciones contextuales. El terapeuta ecléctico piensa que la psicodinámica y la sistémica son versiones parciales de la realidad y que si las juntamos vamos a tener una versión más compleja; él trata de ser democrático y prestar atención pareja a todos los llamados “elementos del problema”. Un elemento del problema es la forma como está estructurada la cebolla, otro elemento es la forma como está estructurado el contexto. Dice el terapeuta ecléctico: sumemos los elementos y obtendremos la totalidad. Como dice Nichols: “Una madre sobreinvolucrada con su hijo no está simplemente llenando un vacío dejado por la distancia de su marido, sino también tratando de reparar heridas dejadas por la relación con su propia madre”; y tengo otra cita de otro autor de la misma corriente, que me olvidé de anotar el nombre, que dice: “Puesto que los síntomas reflejan tanto una perturbación de la persona como una perturbación de la relación, es necesario tratarlos a ambos.” Es una propuesta seductora, aparentemente integradora y comprensiva. Y un número creciente de terapeutas familiares se siente atraído por este canto de sirena. Un terapeuta de bastante prestigio en Estados Unidos como es Phil Guerin, por ejemplo, resuelve la cuestión diciendo que debemos medir el peso relativo de los factores internos y externos que contribuyen al problema. En el caso del padre periférico los factores externos podrían incluir la regla familiar que prescribe su distancia y los factores internos podrían incluir sus ansias de atención y elogios.

Quiero analizar estas ideas con algún detalle: En primer lugar fíjense que aquí contexto e individuo aparecen como factores o como categoría de factores, es decir, como variables discretas aisladas cuya conjunción explica el problema que es entonces resultante de un juego de fuerzas. El primer supuesto de base es entonces una dicotomía entre individuo y contexto. A la manera de lo que ocurrió con la dupla cuerpo–mente, primero se crea la dicotomía y luego se encara el problema de cómo relacionar una variable o factor con el otro. Este supuesto básico, esta dicotomía entre individuo y contexto, está muy arraigado en la cultura occidental, y por más que los terapeutas -familiares o no- leamos y releamos a Bateson, nos resulta muy difícil dejarlo atrás. Tomando prestado el modelo de la cebolla, yo diría que esta dicotomía está implantada profundamente en nuestra psique colectiva y toca ansiedades muy "profundas", con perdón de la palabra.

En un artículo reciente, cuyo autor es Richard Schwartz, leemos entre otras cosas: “En realidad una familia no es un sistema de comunicación gobernado por reglas, eso es simplemente una abstracción, la realidad subyacente de cada familia es que consiste de personas que tratan de vivir juntas y que al mismo tiempo que se ejercen un fuerte efecto mutuo, todavía mantiene una existencia separada”. Es decir, que el sistema no existe pero el individuo separado sí existe. Schwartz dice también que el individuo tiene o debería tener una dimensión de integridad que le permita resistir el asalto del contexto, con lo cual lo que tenemos aquí no es ya una dicotomía sino una antinomia: el individuo versus el contexto.

Lo que yo leo entre líneas aquí, es un pánico ante la amenaza de disolución del individuo que traen consigo los modelos sistémicos de comprensión de la conducta. Recuerden lo que decía Haley: Si uno se toma en serio el paradigma sistémico, el individuo desaparece. En la misma entrevista, Haley se refiere a ese tema del pánico en su habitual estilo lúcido: “Los terapeutas regresan al individuo en cuanto vislumbran el verdadero sentido de la teoría de familias. La teoría de familias hace sentir incómoda a la gente”. Y pasa a contar una anécdota en la que Frida Fromm Reichmann le pregunta a Don Jackson en qué consiste este asunto de las teorías familiares, y cuando Jackson le explica, ella comenta, quizá premonitoriamente: “No entiendo cómo puedes pensar así y seguir viviendo; porque lo que Jackson realmente está diciendo es que no hay individuos, que lo que nosotros pensamos que “sale” de un individuo es en realidad una respuesta a algo que está ocurriendo en algún otro lugar del sistema.

Ahora bien, el segundo aspecto de la solución ecléctica es que una vez introducida la antinomia factores individuales o internos versus factores del contexto o externos se hace necesario sopesar, para usar la expresión de Phil Guerin, la contribución relativa de cada tipo de factor. Es decir, que el terapeuta deberá diagnosticar si el niño es delincuente más bien porque el padre es periférico o más bien porque sus objetos internos están dañados; o si el padre es periférico más bien porque ese es el lugar que le ha asignado la familia o más bien porque sus ansias de atención y elogios permanecen insatisfechas; y en función de esta evaluación de cuánto hay de cebolla y cuánto hay de contexto, el terapeuta ecléctico deberá decidir si corresponde una intervención más bien psicodinámica o más bien sistémica.

 Esta posibilidad de sopesar factores es una bonita ilusión apoyada en la creencia de que lo que el terapeuta está evaluando, conociendo, son dos esencias: el individuo por un lado y el contexto por el otro. Que es una ilusión, se constata tan pronto como uno trata de poner estos presuntos factores en la balanza. ¿Cómo podríamos hacer por ejemplo, aún aceptando el lenguaje de este tipo de discurso, para determinar si el padre es periférico más bien por el juego sistémico o más bien por sus propias necesidades internas? A esta altura espero que no quede nadie, al menos en el hemisferio sur, que crea en la posibilidad de aplicar procedimientos “objetivos” a esta cuestión, tales como tests o escalas. No, la forma en que de hecho llegaríamos a una u otra conclusión sería que si observamos que el problema no cede a intervenciones orientadas a modificar el contexto, entonces concluiríamos que el peso de los factores individuales es mayor -y viceversa. Pero ¿qué quiere decir que el problema no cede ante intervenciones orientadas a modificar el contexto? Y bueno, quiere decir que tras varias sesiones con el terapeuta "A" trabajando en el contexto institucional "N", con la aplicación de las técnicas "X", "Y" y "Z", el problema sigue, pero no sabemos qué pasaría con una sesión más o con otro terapeuta de la misma orientación, o en otro contexto institucional, o utilizando las técnicas "R" y "S". Lo que sí sabemos, aunque sea anecdóticamente, es que un terapeuta muy experto en el manejo de una terapia sistémica puede alcanzar éxito terapéutico en situaciones que a otros terapeutas se les aparecían muy cargadas con “factores individuales”; y también a la inversa, que un psicoanalista experto ha logrado en muchos casos curar a pacientes individuales pese a que los agoreros sistémicos hubieran pronosticado una rápida recaída tan pronto el paciente se reintegrara a su contexto familiar.

O sea que la respuesta a la pregunta de cuál es el peso relativo de los factores individuales y contextuales en determinar la periferialidad del padre no está escrita en una realidad objetiva que podamos leer, sino que la va escribiendo el terapeuta a medida que va interviniendo, y puesto que las intervenciones del terapeuta están organizadas por su manera de recortar la realidad, tenemos que concluir que los pesos relativos están decididos de antemano por el terapeuta. Un terapeuta entrenado para despellejar cebollas, va a ver cebollas por todas partes; y puesto a elegir tenderá a concluir que el peso relativo de la cebolla es mayor que el peso del contexto. Un terapeuta entrenado para ver líneas, círculos y flechitas, tenderá a ver a los individuos como puntos muy livianos, vacíos de contenidos y se le antojarán más pesadas las líneas, los círculos y las flechitas. Y cuanto más intensas sean las condiciones respectivas; tantas más cebollas encontrará uno, y tantas más flechitas encontrará el otro.

El viernes pasado escucharon ustedes la breve polémica entre el Dr. García Badaracco y yo sobre cómo intervenir en la familia de Willy Loman en la Muerte de un viajante, en caso de que quisiéramos cambiar el desenlace y jorobarle la obra a Arthur Miller. Todo empezó con una pregunta de qué haría yo si pudiera intervenir como terapeuta en esa familia; respondiendo dije que trataría de darle más espacio a Linda, la esposa, pidiéndole que no siga retrocediendo ante la expansión del soliloquio de Willy, y que en cambio lo invite, le exija un diálogo. La objeción de García Badaracco fue que Willy tenía un objeto interno enloquecedor representado por la alucinación de su hermano Ben y que, dada esta estructura psicótica de Willy, mi intento de cambiar a partir de una modificación en la actitud de Linda era ingenua. A mi vez yo comenté que él y yo veíamos a esta familia con distintos anteojos (y aquí, tanto como para dar munición al adversario, debo confesar que esa misma noche perdí mis anteojos, los reales no los metafóricos). Lo que para García Badaracco aparecía como figura yo lo veía como fondo y viceversa. Yo creo que para él la figura era la relación interna entre Willy y su objeto interno enloquecedor, y entonces veía que esa relación le impedía a Willy mantener una relación en el plano de la realidad con Linda. Yo en cambio veía que Linda por omisión, por su silencio, por su evitación del conflicto, le daba literalmente demasiado lugar a Willy para que él siguiera enfrascado exclusivamente en su soliloquio. En términos del sopesamiento, García Badaracco y yo le estaríamos adjudicando el mayor peso a distintos factores; internos en su caso, externos en el mío. Si yo me pusiera a pensar en la existencia y el peso del objeto enloquecedor, no podría seguir pensando en operar a través de Linda, tendría que aceptar que eso sería muy ingenuo de mi parte. En otras palabras, si la cebolla pasara a ser figura en mi percepción, me ocurriría lo mismo que a los terapeutas que mencioné al comienzo de mi charla, tendría que dejar de pensar contextualmente. Recíprocamente, si García Badaracco reconsiderara el valor de mi estrategia y dejara de verla ingenua, él tendría que revisar su compromiso con el concepto de objeto enloquecedor. La solución ecléctica entonces no es útil porque lejos de ejercer un efecto sumativo sobre la eficacia del terapeuta para intervenir simultáneamente sobre el individuo y sobre el contexto, ejerce un efecto de resta al socavar el compromiso del terapeuta con un modelo de cambio.

Ocurre aquí algo similar a lo que en otro lugar describí como la parábola de "la papa y la pajilla". Como ese otro lugar es una revista que difícilmente llegue aquí, les cuento la parábola; simplemente les pido no interpretarme el uso de tantos vegetales. Cuando yo salí de la Facultad no empecé a trabajar como psicólogo clínico, sino que empecé a trabajar como psicólogo industrial, o como futuro psicólogo industrial; trabajé un año en la empresa Fiat, en la oficina de personal, haciendo algo que no se sabía muy bien lo que era, pero que me permitía pagar el alquiler; y en un momento dado, como yo era psicólogo, y venía un señor a vender cursos para ejecutivos, me pidió el director de personal que yo fuera a la presentación para después dar un informe sobre si esta cosa era seria o no. El señor que venía a dar este curso para enseñar a los ejecutivos a ser más vendedores y todo eso, sacó de su portafolios una papa y un montón de pajillas de refrescos (de las de antes, de papel encerado, no de plástico), y preguntó: “¿Quién puede perforar esta papa con esta pajilla?”. Un detalle al margen, indicativo del funcionamiento de las organizaciones: ningún ejecutivo del nivel superior se molestó en probar, pero todos los ejecutivos del nivel medio trataron, y fracasaron, fracasaron miserablemente en la prueba, no había forma de que la pajilla atravesara la papa. Entonces el señor agarró la papa y la pajilla, hizo ¡yumm! y la papa quedó nítidamente atravesada por la pajilla. Entonces el señor dijo: “Hay un truco, ustedes tienen que poner el pulgar en la parte de arriba de la pajilla, porque así se corta el flujo del aire y la pajilla se hace más rígida.” Entonces los ejecutivos del nivel medio probaron otra vez y de nuevo fracasaron miserablemente; y el señor que hacía la demostración dijo: “¡Ajá!, lo que pasa es que el truco técnico es importante, si no lo hacen la pajilla no pasa; pero lo más importante es que yo creo en esto porque lo hice muchas veces, entonces el movimiento de mi brazo yo lo empiezo acá, y sé que va a terminar acá, que es el punto en que la pajilla atravesó la papa; ustedes no empiezan con esa convicción, sino que empiezan preguntándose va a pasar o no va a pasar, y, quién sabe... entonces así no pasa.” Muchos años después cuando estaba junto con otra gente en la Clínica de Filadelfia, rompiéndome la cabeza pensando por qué a nosotros no nos salían las mismas cosas que le salían a Minuchin, me acordé de este ejemplo. Por eso es que pienso que una solución ecléctica que le introduce dudas o segundos pensamientos o demasiadas alternativas y formas de ver las cosas al terapeuta, no es útil.

Entonces, recapitulando lo que llevo presentado hasta aquí, yo veo un problema como entrenador de terapeutas familiares en el hecho de que tantos terapeutas se manejen con una concepción implícita del individuo de características psicodinámicas o "psicodinamicoides" a la que he llamado modelo de la cebolla. Lo veo como problema porque está llevando a un intento ecléctico de combinar modelos psicodinámicos con modelos sistémicos, intento que no suma eficacia, sino que resta eficacia. Pero ahora quiero agregar algo más: que el hecho de que el problema se haya planteado, debemos considerarlo como un síntoma de que los terapeutas familiares ya no podemos seguir operando sin ningún modelo del individuo; la última parte de mi presentación la voy a dedicar a esbozar un posible modelo alternativo, distinto de la cebolla.

Para ello, voy a dar un rodeo a través de un concepto de Bateson, que no hemos explotado lo suficiente según creo, que es el concepto de explicación negativa que él expuso en su artículo Explicación Cibernética, publicado hace veinte años. Bateson comienza por describir lo que él llama explicación positiva, que es la que establece una relación lineal entre causa y efecto. El discurso de los autores eclécticos, con sus factores externos e internos, está dentro de la explicación positiva, allí las ansias de atención y elogios o las características del contexto familiar, o una combinación de ambas son leídos como causa de un efecto: la periferialidad del padre. Los instintos, las relaciones de objetos internalizados y otros factores internos, al igual que la sobreprotección, los mensajes culpógenos y otros factores externos “causan” -en el sentido de producir- conductas sintomáticas.

A este tipo de explicación Bateson contrapone otra; a la que llama explicación negativa, el objeto de ésta es distinto, no trata de explicar por qué ocurre el síntoma, no trata de averiguar cuáles son sus causas, sino que trata de explicar por qué no ocurre ninguna de las otras conductas que podrían haber ocurrido en lugar del síntoma. En las palabras de Bateson: “Uno considera cuáles son las posibles alternativas que podrían haber ocurrido y entonces se pregunta por qué muchas de ellas no ocurrieron, de modo tal que el acontecimiento particular que efectivamente ocurrió, era uno de los pocos que podría haber ocurrido.”

El “padre periférico” de nuestro ejemplo podría, en lugar de haberse distanciado, haber pegado, acariciado, hablado, gritado, besado, guiñado un ojo, rogado, o acuchillado a su hijo. La explicación negativa no nos da cuenta de por qué el padre mantiene distancia, sino de por qué no hace ninguna de las otras cosas. La explicación negativa es en la definición de Bateson la explicación cibernética; y es su utilización disciplinada, más que el enfocarse en el contexto, lo que mejor diferencia el pensamiento sistémico el pensamiento psicodinámico.

A este último, organizado por la explicación positiva, el ser humano individual se le presenta como multideterminado, por ejemplo por vía de las “series complementarias”, a repetir compulsivamente la misma conducta. La explicación positiva requiere que el terapeuta intervenga sobre las causas de los síntomas y por lo tanto que el tratamiento desande el camino de la etiología. Si un niño se niega a ir a la escuela porque dice sentirse inferior a otros niños, hay que indagar la raíz de dicha inferioridad. En cambio el mismo caso, visto desde la óptica de la explicación negativa podría llevarnos a preguntar por qué el sentirse inferior significa que el niño falte a la escuela, y no, por ejemplo, que vaya y sufra un poquito.

La explicación negativa no requiere que el terapeuta desande el camino de la etiología, sino que elimine las restricciones que impiden el desarrollo de alternativas. Desde la óptica e la explicación negativa el individuo aparece en principio como capaz de una variedad infinita de conductas, y cuando produce una no es porque tenga un poderoso motor interno que la impulse, sino porque las alternativas están inhibidas, o, en el lenguaje de Bateson, restringidas, sujetas a restricciones. Este es un individuo cuya selección de conductas no viene decidida positivamente por una combinatoria de fuerzas, sino negativamente por las reglas que bloquean todas las alternativas menos una. Es un Willy Loman que podría tener una conducta menos delirante y que si no la tiene no es porque este condenado por el destino de sus pulsiones a perseverar en un diálogo delirante con Ben, sino porque su contexto familiar no la facilita.

En la literatura de terapia familiar este modelo de individuo está implícito en el concepto de holon que utiliza Minuchin, un concepto que supera la antinomia entre individuo y contexto, porque define al individuo simultáneamente como totalidad y parte. No hay contradicción entre individuo y contexto, porque el individuo no existe fuera de su participación en diversos contextos. De los cuales, vale la pena recordar, la familia es sólo uno, o para ser más precisos, la familia es varios contextos si se atiende al énfasis que Minuchin pone en la participación del individuo en diversos subsistemas de la familia. En tren de superar la antinomia individuo versus contexto, yo extendería esta lógica hasta decir que el individuo no es sino la confluencia de múltiples contextos y la identidad no otra cosa que la combinación idiosincrásica de contextos que confluyen en cada individuo. Pero estas son incursiones filosóficas que quizá debiera evitar, y a las que sólo me aventuro porque sé que los agarro cansados.

Así llegamos a la segunda metáfora de mi título. Puesto que el concepto de holón no es fácil de aprehender y puesto que los terapeutas con los que trabajo tienden a representarse al individuo de alguna forma y la cebolla como vimos no es útil, yo les vengo sugiriendo, con bastante buen resultado, que se representen al individuo como una pizza, subdividido en tajadas. Nuestro padre periférico tendría una tajada periférica que está en contacto con su familia, pero otras tajadas más involucradas que pueden estar latentes o quizás estén activadas en otro contexto, por ejemplo el trabajo. Willy puede ser 95% delirante, del mismo modo que una pizza puede ser casi toda muzzarella y puede tener anchoas en una tajada bien finita. Pero el 5% está disponible en forma latente, y si el contexto familiar operara del modo distinto podría ser activado. Como diría mi padre, que es co–autor con Minuchin del concepto de búsqueda de recursos, “Hasta la chaucha más ruin tiene un poroto en el medio.”

He encontrado que este individuo pizza genera expectativas más optimistas y menos abrumadoras entre los terapeutas respecto de las posibilidades de cambio. El terapeuta puede representarse así su propio rol visualmente como un rotador de pizzas de manera tal que los individuos miembros e la familia terminen al final del tratamiento, presentándose porciones distintas. El individuo pizza representa para mí una base conceptual importante sobre el individuo-cebolla cuando lo pienso desde el punto de vista de su utilidad para los terapeutas familiares. Sin embargo siento que el modelo necesita algunos retoques, porque tiene facetas que me resultan poco satisfactorias y hasta inquietantes, casi todas ellas por el lado de la integridad personal y esas cosas. Confío en que esta introducción en sociedad del individuo-pizza sea lo suficientemente polémica como para ayudarme a mejorarla. Muchas gracias.

 

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1 Ver nota 3, un poco mas adelante.

2 En realidad la cebolla no tiene meollo. Esto puede invalidar mi metáfora, o por el contrario hacerla más significativa. En todo caso, el autor de ciencia ficción Theodore Sturgeon lo dijo mejor, casi 35 años antes. En su clásico Mas que humano, publicado en 1953, le hace decir a uno de sus personajes, el Dr. Stern: “La psiquiatría ataca la cebolla del self, removiendo capa tras capa hasta llegar al pedacito de yo no mancillado”. El ficticio Dr. Stern decía esto en broma, burlándose de las versiones simplistas de la psiquiatría; pero en 1991 en una real corte de justicia de la ciudad de Filadelfia, un psiquiatra de verdad declaró en defensa de un hombre acusado de masacrar a tres vecinos: “Es como una cebolla, sus emociones están enterradas bajo tantas capas de defensas, que es imposible encontrarlas”. [Nota agregada en 2006]

3 Catorce años después de esta charla, en el 2001, el Family Therapy Networker (aquella publicación que tempranamente detectara el “regreso al individuo”), cambió su nombre por Psychotherapy Networker, a secas. Explicando el cambio, el editor escribió que “la historia social y económica de nuestro tiempo ha transformado fundamentalmente la práctica clínica, y lo que los terapeutas necesitan saber”. Desde entonces la publicación ha dedicado cada vez menos espacio a las terapias familiares. [Nota agregada en 2006]


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