Carina Kaplan Por La Inclusion Educativa — Presentation Transcript




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  • 17. desigualdades en las condiciones para aprender quedan invisibilizadas y se transforman, por una suerte de alquimia social, en déficit de inteligencia, que se asumen como propios. Es tan fuerte el impacto de estos discursos sobre la experiencia social y escolar, que quien ya se encuentra excluido de ciertos escenarios —por la injusticia social, por las diferencias de capital cultural— se auto- excluye, adjudicándose a sí mismo las razones por las que queda afuera. En definitiva, se adopta la idea de que llegan a ciertos segmentos de la pirámide escolar los más aptos, los más capaces, los más inteligentes, los más talentosos o dotados. Hay que mencionar a esta altura, por si hiciese falta, que todas estas suposiciones provienen de una dudosa base científica, aunque muy hegemónica en el pensamiento social o en el sentido común social. Se instala, según Bourdieu (1999), una especie de neodarwinismo social: “(...) son los mejores y los más brillantes” los que triunfan. Existen los ganadores y los perdedores, existe la nobleza de Estado, es decir las personas que tienen todos los atributos de una nobleza en el sentido medieval del término y deben su autoridad a la educación, o sea, según ellos, a la inteligencia, concebida como un don divino, cuando sabemos en realidad que está repartida por toda la sociedad y las desigualdades de inteligencia son desigualdades sociales. Frente a las prácticas y discursos que atribuyen la exclusión y la desigualdad a cuestiones referidas a la inteligencia como esencia, se erigen aquellas que ubicadas en posiciones democráticas insisten en desocultarlos y desnaturalizarlos, en tanto expresiones de la discriminación y el racismo. La escuela democrática reconoce las diversas condiciones de partida de los alumnos, no como deficiencias, no como puntos de llegada, sino como dimensiones que la institución deberá conocer y tener en cuenta para la construcción de estrategias que ya no debiliten a unos y refuercen a otros. El poder simbólico del docente Se pone en evidencia así el lugar que juegan el maestro y la escuela en la construcción de nuevos horizontes simbólicos.

  • 18. Distintas investigaciones han propuesto describir cómo la escuela fabrica cotidianamente juicios y jerarquías que tienen un alto impacto en el rendimiento escolar de los alumnos. Los estudios del poder de las expectativas del maestro sobre el desempeño escolar del alumno tienen su antecedente más importante en una investigación que impactó en los estudios posteriores publicada bajo el título de: “Pygmalión en la escuela”. El estudio consistió en un clásico experimento a partir del cual los investigadores verificaron como hipótesis principal que: “En una clase dada, los niños de los que el maestro espera un desarrollo mayor, mostrarán realmente tal desarrollo”. Mediante su investigación dieron cuenta del fuerte impacto que tienen las creencias del maestro respecto de la capacidad intelectual de sus alumnos en su rendimiento escolar. De esta forma, a modo de profecías auto-cumplidoras, las expectativas de rendimiento de los docentes se traducen en ciertos resultados escolares de sus alumnos. Se podrían sintetizar sus conclusiones en una suerte de equivalencias que resultarían así: Altas expectativas = altos rendimientos y Bajas expectativas = bajos rendimientos. Entonces, retomemos el interrogante acerca de cómo lograr que los niños y jóvenes alcancen todos los peldaños del sistema escolar, interioricen otras formas de capital cultural y, al mismo tiempo, no sientan vergüenza de su origen social. La respuesta a esta cuestión la tiene la escuela cuando encuentra mecanismos de funcionamiento, discursos, prácticas y sujetos docentes dispuestos a no estigmatizar a los alumnos en virtud de su origen social y, entonces, salirse del círculo vicioso de la reproducción de la pobreza. La escuela no sólo le ofrecía una evasión de la vida de familia a Albert Camus. Por lo menos en la clase del señor Bernard, este maestro de primaria, a quien Camus le dedicó unas palabras al recibir el Premio Nobel de Literatura, la escuela alimentaba el hambre de descubrir un mundo simbólico vedado para ciertas familias y sujetos por su origen social.

  • 19. La escuela, bajo ciertas condiciones, dota de voz a los desprotegidos. Torna lo improbable en posible, abriendo horizontes vitales. Para seguir pensando: Sugerimos que vean tres películas que muestran la apuesta de maestros muy distintos. Algunas veces, lo que aparece mediando entre maestros o profesores y alumnos son los prejuicios (inclusive aquellos que podríamos creer positivos: “él es el que siempre entrega sus tareas primero”, “ella siempre está predispuesta al trabajo”). En los vínculos que muestran las películas, ¿qué es lo que media entre docentes y alumnos? El maestro de música Título Original: Le Maître de Musique Año: 1988 Origen: Bélgica, Francia. Género: Drama Dirección: Gérard Corbiau Resumen argumental: Un gran cantante de opera, Joachim Dallayrac (José van Dam), en el apogeo de sus facultades vocales y en pleno éxito, se retira a su castillo para dedicarse a la enseñanza de dos jóvenes alumnos. Escuela de Rock Título original: The School of Rock Año: 2003 Origen: Estados Unidos, Alemania Género: Comedia - Musical Dirección: Richard Linklater Resumen argumental: Un músico de rock fracasado y sin trabajo consigue, gracias a una confusión, empleo como profesor en una escuela. La historia típica del maestro que altera un colegio con su llegada. Los coristas Título original: Les Choristes Año: 2004 Origen: Suiza, Alemania, Francia Género: Romance - Musical – Drama Dirección: Christophe Barratier Resumen argumental: Un profesor amante de la música, revoluciona las costumbres en un rígido colegio de mediados del siglo XX en el centro de Francia.

  • 20. La autora Carina Kaplan: Licenciada y Profesora en Ciencias de la Educación por la UBA, Magister en Ciencias Sociales y Educación por la FLACSO-Argentina, Profesora concursada en las Cátedras de Sociología de la Educación de la UBA y UNLP. Investigadora en la Facultad de Filosofía y Letras UBA. Autora de numerosos libros y artículos sobre desigualdad educativa, fracaso escolar, trayectorias estudiantiles, educación y subjetividad, escuela media, violencias en la escuela.

  • 21. ANEXO: Fragmentos de los apartados “La escuela” y “El Liceo”, extraídos de: CAMUS, Albert (1998). El primer hombre, Barcelona, TusQuets.

  • 22. La escuela No había conocido a su padre, pero solían hablarle de él en una forma un poco mitológica y siempre, llegado cierto momento, había sabido sustituirlo. Por eso Jacques jamás lo olvidó, como si, no habiendo experimentado realmente la ausencia de un padre a quien no había conocido, hubiera reconocido inconscientemente, primero de pequeño, después a lo largo de toda su vida, el único gesto paternal, a la vez meditado y decisivo, que hubo en su vida de niño. Pues el señor Bernard, su maestro de la última clase de primaria, había puesto todo su peso de hombre, en un momento dado, para modificar el destino de ese niño que dependía de él, y en efecto, lo había modificado. En aquel momento el señor Bernard estaba allí, delante de Jacques, en su pequeño apartamento de las vueltas de Rovigo, casi al pie de la Alcazaba, un barrio que dominaba la ciudad y el mar, habitado por pequeños comerciantes de todas las razas y todas las religiones, cuyas casas olían a la vez a especias y a pobreza. Allí estaba, envejecido, el pelo más ralo, manchas de vejez detrás del tejido ya vitrificado de las mejillas y las manos, desplazándose con más lentitud que antes, y visiblemente contento cuando podía sentarse de nuevo en su sillón de mimbre, cerca de la ventana que daba a la calle comercial y donde cantaba un canario, ablandado también por la edad y mostrando su emoción, cosa que no hubiera ocurrido antes, pero todavía erguido y la voz fuerte y firme, como en los tiempos en que, plantado delante de sus alumnos, decía: «En fila de a dos. ¡De a dos! ¡No de cinco!». Y el bullicio cesaba, los alumnos, que a la vez temían y adoraban al señor Bernard, se alineaban a lo largo del muro exterior del aula, en la galería del primer piso, hasta que, en filas por fin regulares e inmóviles, en silencio, un «Adentro, banda de renacuajos» los liberaba, dándoles la señal del movimiento y de una animación más discreta que el señor Bernard, sólido, elegantemente vestido, con su fuerte rostro regular coronado por cabellos un poco ralos pero muy lisos, oliendo a agua de colonia, vigilaba con buen humor y severidad. La escuela quedaba en una parte relativamente nueva de ese viejo barrio, entre casas de una o dos plantas construidas poco después de la guerra del 70 y unos almacenes más recientes que habían terminado por unir la calle principal del barrio, la de Jacques, con la parte trasera del puerto de Argel, donde estaban los muelles del carbón. Jacques iba andando, dos veces por día, a esa escuela que había empezado a frecuentar a los cuatro años en la sección maternal, periodo del que no conservaba recuerdo alguno, salvo el de un lavabo de piedra oscura que ocupaba todo el fondo del patio cubierto donde aterrizó un día de cabeza, para levantarse bañado de sangre, la arcada superciliar abierta, entre las maestras enloquecidas, y fue así como trabó conocimiento con los puntos que apenas acaban de quitarle, a decir verdad, cuando hubo que ponérselos en la otra arcada, pues en la casa a su hermano se le había ocurrido encajarle hasta los ojos un viejo bombín y enfundarlo en un viejo abrigo que le trababa la marcha, de modo que dio con la cabeza contra uno de los morrillos despegado de las baldosas, y nuevamente en sangre. Pero ya iba a la maternal con Pierre, casi un año mayor que él, que vivía en una calle cercana con su madre también viuda de guerra, empleada de Correos, y dos de sus tíos, que trabajaban en el ferrocarril. Sus respectivas familias eran vagamente amigas, o como se es en esos barrios, es decir, que se estimaban sin visitarse casi nunca y estaban decididos a ayudarse entre sí sin tener jamás ocasión de hacerlo. Sólo los niños se hicieron verdaderos amigos después de aquel primer día en que los dos, Jacques todavía con delantal y confiado a Pierre, consciente de sus pantalones y de su deber de hermano mayor, comenzaron la escuela maternal. Después habían recorrido juntos la sucesión de aulas hasta la última de

  • 23. primaria, a la que Jacques entró a los nueve años. Durante cinco años hicieron cuatro veces el mismo trayecto, uno rubio, el otro moreno, uno plácido, el otro inquieto, pero hermanos por origen y destino, buenos alumnos los dos y al mismo tiempo jugadores infatigables. Jacques era más brillante en ciertas materias, pero su conducta y su atolondramiento, así como un deseo de lucirse que lo incitaba a hacer mil tonterías, daba ventaja a Pierre, más reflexivo y secreto. Se alternaban, pues, a la cabeza de la clase, sin pensar en envanecerse de ello, al contrario de sus familias. Sus placeres eran diferentes. Por la mañana, Jacques esperaba a Pierre al pie de su casa. Partían antes de que pasaran los basureros, o más exactamente la carreta tirada por un caballo herido en la rodilla que conducía un viejo árabe. La acera todavía estaba mojada por la humedad de la noche, el aire que llegaba del mar tenía gusto a sal. La calle de Pierre, que llevaba al mercado, estaba jalonada de cubos de basura que árabes o moro famélicos, a veces un viejo vagabundo español, destapaban al alba, hallando todavía algo que aprovechar en lo que las familias pobres y económicas desdeñaban y tiraban. Los cubos estaban por lo general destapados y a esa hora de la mañana los gatos vigorosos y flacos del barrio ocupaban el lugar de los andrajosos. Lo que intentaban los dos niños era llegar en silencio por detrás de los cubos para poner bruscamente la tapadera con el gato dentro. La hazaña no era fácil, pues los gatos, nacidos y crecidos en un barrio pobre tenían la vigilancia y la rapidez de los animales acostumbrados a defender su derecho a vivir. Pero a veces, hipnotizado por un hallazgo apetitoso y difícil de extraer del montón de basuras, uno de ellos se dejaba sorprender. La tapadera caía con ruido, el gato lanzaba un aullido de espanto, haciendo fuerza convulsivamente con el lomo y las uñas y conseguía levantar el techo de su cárcel de zinc, emerger con el pelo erizado de terror y salir corriendo como si lo siguiera una jauría, en medio de las carcajadas de sus verdugos muy poco conscientes de su crueldad. A decir verdad, esos verdugos eran también inconsecuentes, pues perseguían con su aborrecimiento al cazador de perros, apodado por los niños del barrio Gallofa1 (que en español...). Este funcionario municipal actuaba aproximadamente a la misma hora, pero, según las necesidades, hacía también sus rondas por la tarde. Era un árabe vestido a la europea, ubicado por lo común en la parte trasera de un vehículo tirado por dos caballos y conducido por un viejo impasible, árabe también. El cuerpo del carro consistía en una especie de cubo de madera, a lo largo del cual había, de cada lado, una doble fila de jaulas con sólidos barrotes. En conjunto eran dieciséis jaulas, cada una de las cuales podía contener un perro, acorralado así entre los barrotes y el fondo. Encaramado en un pequeño estribo de la parte posterior del carro, con la nariz a la altura del techo de las jaulas el cazador podía vigilar su territorio de caza. El vehículo rodaba lentamente a través de las calles mojadas que empezaban a poblarse de niños camino de la escuela, amas de casa en busca del pan o la leche, con sus batas de felpa estampadas de flores violentas, y comerciantes árabes que iban al mercado con sus pequeños tenderetes plegados al hombro y en la mano una enorme espuerta de paja trenzada que contenía las mercancías. Y de pronto, a una señal del cazador, el viejo árabe tiraba de las riendas y el carro se detenía. El cazador había divisado una de sus miserables presas escarbando febrilmente en un cubo de basuras, arrojando de vez en cuando miradas enloquecidas hacia atrás, o bien trotando velozmente a lo largo de una pared con ese aire apresurado e inquieto de los perros mal alimentados. Gallofa cogía entonces de lo alto del carro un vergajo terminado en una cadena de hierro que se deslizaba por un aro a lo largo del mango. Se adelantaba hacia el animal con el paso 1 El origen de este nombre provenía de la primera persona que había aceptado esta tarea y que se llamaba realmente Gallofa.

  • 24. flexible, rápido y silencioso del trampero, lo alcanzaba y, si no llevaba el collar, que es la marca de los hijos de buena familia, corría hacia él con una brusca y asombrosa velocidad y le pasaba por el cuello su arma, que funcionaba entonces como un lazo de hierro y cuero. El animal, de pronto estrangulado, se debatía como un loco lanzando quejas inarticuladas. Pero el hombre [lo] arrastraba rápidamente hasta el vehículo, abría una de las puertas con barrotes y, levantando al perro que se estrangulaba cada vez más, lo arrojaba a la jaula con la precaución de hacer pasar el mango del lazo a través de los barrotes. Capturado el animal aflojaba la cadena de hierro y liberaba su cuello. Por lo menos así ocurría cuando el perro no recibía la protección de los niños del barrio. Porque todos estaban coaligados contra Gallofa. Sabían que los perros capturados iban a parar a la perrera municipal, donde los guardaban tres días, transcurridos los cuales, si nadie los reclamaba, los animales eran sacrificados. Y aunque no lo supieran, el lamentable espectáculo de la carreta de la muerte de regreso de una ronda fructífera, cargada de desdichados animales de todo pelo y tamaño, espantados detrás de los barrotes y dejando una estela de gemidos y aullidos de muerte, hubiera bastado para indignarlos. Por eso, no bien aparecía en el barrio el carro celular, los niños se transmitían el alerta los unos a los otros. Ellos mismos se dispersaban por todas las calles del barrio para acosar a su vez a los perros, pero con objeto de expulsarlos a otros sectores de la ciudad, lejos del terrible lazo. Si a pesar de estas precauciones, como les ocurrió varias veces a Pierre y a Jacques, el cazador descubría en presencia de ellos un perro errante, la táctica era siempre la misma. Jacques y Pierre, antes de que el cazador pudiera acercarse bastante a su presa, empezaban a gritar: «Gallofa, Gallofa», con un tono tan agudo y tan terrible que el perro salía pitando y en pocos minutos estaba a salvo. En ese momento los dos niños tenían que demostrar también sus aptitudes para la carrera, pues el desdichado Gallofa, que recibía una prima por perro capturado, loco de rabia, los perseguía blandiendo el vergajo. Las personas mayores generalmente los ayudaban a escapar, ya fuese poniendo obstáculos a Gallofa, ya deteniéndolo sin más y rogándole que se ocupara de los perros. Los trabajadores del barrio, cazadores todos, en general amaban a los perros y no sentían estima alguna por ese extraño oficio. Como de- cía el tío Ernest: «¡Ese gandul!». Por encima de toda esta agitación, el viejo árabe que conducía los caballos imperaba, impasible, o, si las discusiones se prolongaban, empezaba tranquilamente a liar un cigarrillo. Y ya fuese capturando gatos o liberando perros, los niños corrían, esclavinas al viento en invierno y haciendo chasquear las alpargatas (llamadas mevas) en verano, hacia la escuela y el trabajo. Un vistazo a los escaparates de frutas al cruzar el mercado, según la estación, montañas de nísperos, naranjas y mandarinas, albaricoques, melocotones, mandarinas,2 melones, sandías, desfilaban delante de ellos, que no las probarían o que, en cantidades limitadas, comerían las menos caras; dos o tres pases, sin soltar la cartera, a horcajadas en el gran estanque barnizado del surtidor, y corrían a lo largo de los depósitos del Boulevard Thiers, recibiendo en plena cara el olor de naranjas que salía de la fábrica donde las mondaban para preparar licores con la piel, remontaban la callecita de jardines y de villas para desembocar por fin en la Rue Aumerat, donde bullía una multitud infantil que, entre las conversaciones de unos y otros, esperaba que se abrieran las puertas. Después venía la clase. Con el señor Bernard era siempre interesante por la sencilla razón de que él amaba apasionadamente su trabajo. Fuera el sol podía aullar en las paredes leonadas mientras el calor crepitaba incluso dentro de la sala, a pesar de que estaba sumida en la sombra de unos estores de gruesas rayas amarillas y blancas. También podía caer la lluvia, como suele ocurrir en Argelia, en cataratas interminables, 2 . Sic.
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