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Las nuevas vías del cambio social.
Según las observaciones recogidas, los desafíos sociales a los modelos de dominación en la sociedad red suelen plasmarse en la construcción de identidades autónomas. Estas identidades son externas a los principios organizativos de la sociedad red. Frente al culto a la tecnología, el poder de los flujos y la lógica de los mercados, oponen su ser, sus creencias y su legado. Lo característico de los movimientos sociales y proyectos culturales construidos en torno a identidades en la era de la información es que no se originan dentro de las instituciones de la sociedad civil. Introducen, desde el principio, una lógica social alternativa, distinta de los principios de actuación en torno a los cuales se construyen las instituciones dominantes de la sociedad. En la era industrial, el movimiento obrero luchó contra el capital. Sin embargo, capital y trabajo compartían los objetivos y valores de la industrialización -productividad y progreso material-, buscando cada cual controlar su desarrollo y una parte mayor de su cosecha. Al final alcanzaron un pacto social. En la era de la información, la lógica prevaleciente de las redes globales dominantes es tan omnipresente y penetrante que el único modo de salir de su dominio parece ser situarse fuera de esas redes y reconstruir el sentido atendiendo a un sistema de valores y creencias completamente diferente. Éste es el caso de las comunas de la identidad de resistencia que he identificado. El fundamentalismo religioso no rechaza la tecnología, sino que la pone al servicio de la Ley de Dios, a la que deben someterse todas las instituciones y propósitos, sin negociación posible. El nacionalismo, el localismo, el separatismo étnico y las comunas culturales rompen con la sociedad en general y reconstruyen sus instituciones no de abajo arriba, sino desde dentro hacia afuera, «quiénes somos» frente a los que no son nosotros.
Incluso los movimientos proactivos, que aspiran a transformar el modelo general de relaciones sociales entre las personas, como el feminismo, o entre las personas y la naturaleza, como el ecologismo, comienzan desde el rechazo de los principios básicos sobre los que se construyen nuestras sociedades: patriarcado, productivismo. Naturalmente, hay todo tipo de matices en la práctica de los movimientos sociales, como he tratado de poner de manifiesto en el volumen 11, pero, fundamentalmente, sus principios de autodefinición, fuente de su existencia, representan una ruptura con la lógica social institucionalizada. Si las instituciones de la sociedad, la economía y la cultura aceptaran realmente el feminismo y el ecologismo, serían esencialmente transformadas. Utilizando una vieja palabra, sería una revolución.
La fortaleza de los movimientos sociales basados en la identidad es su autonomía frente a las instituciones del Estado, la lógica del capital y la seducción de la tecnología. Es difícil cooptarlos, aunque sin duda algunos de sus integrantes pueden ser cooptados. Incluso en la derrota, su resistencia y proyectos repercuten en la sociedad y la cambian, como he mostrado en diversos casos seleccionados. Las sociedades de la era de la información no pueden reducirse a la estructura y dinámica de la sociedad red. A partir de mi exploración de nuestro mundo, parece que nuestras sociedades están constituidas por la interacción entre la «red» y el «yo», entre la sociedad red y el poder de la identidad.
No obstante, el problema fundamental suscitado por los procesos de cambio social que son fundamentalmente externos a las instituciones y los valores de la sociedad tal como es, es que pueden fragmentaria en vez de reconstruirla. En lugar de instituciones transformadas, tendríamos comunas de todo tipo. En lugar de clases sociales, presenciaríamos la reaparición de tribus. Y en lugar de la interacción conflictiva entre las funciones del espacio de los flujos y el sentido del espacio de los lugares, quizá asistamos al atrincheramiento de las elites globales dominantes en palacios inmateriales compuestos por redes de comunicación y flujos de información. Mientras tanto, la experiencia de las personas permanecería confinada en múltiples lugares segregados, sometida en su existencia y fragmentada en su conciencia. Sin un Palacio de Invierno que tomar, las explosiones de revuelta puede que implosionen, transformándose en violencia cotidiana sin sentido.
Al parecer, la reconstrucción de las instituciones de la sociedad mediante los movimientos sociales culturales, poniendo a la tecnología bajo el control de las necesidades y deseos de las personas, requiere una larga marcha desde las comunas construidas en torno a la identidad de resistencia hasta las alturas de las nuevas identidades proyecto, que brotan de los valores alimentados en esas comunas.
Ejemplos de dichos procesos, observados en los movimientos sociales y la política contemporáneos, son la construcción de nuevas familias igualitarias, la aceptación generalizada del concepto de desarrollo sostenible, la construcción de una solidaridad intergeneracional en el nuevo modelo de crecimiento económico y la movilización universal en defensa de los derechos humanos dondequiera que sea necesario. Para que se produzca esta transición de la identidad de resistencia a la identidad proyecto, debe surgir una nueva política. Será una política cultural que parta de la premisa de que el ámbito predominante de la política informacional es el espacio de los medios de comunicación y se dirime con símbolos, aunque conecta con valores y temas que tienen su origen en la experiencia vital de la gente en la era de la información.
Más allá de este milenio.
A lo largo de las páginas de este libro, me he negado categóricamente a degenerar en la futurología, permaneciendo tan cerca como ha sido posible de la observación de lo que sabemos que nos trae la era de la información, constituida en el último lapso del siglo XX. Sin embargo, al concluir el libro, con la benevolencia del lector, me gustaría apuntar, por unos párrafos, algunas tendencias que pueden configurar la sociedad a comienzos del siglo XX. Cuando usted lea estas líneas, sólo nos faltarán dos años para estar en ese siglo (o quizás ya lo estemos), así que apenas se puede calificar de futurología lo que escribo. Es simplemente un intento de aportar una dimensión dinámica y prospectiva a esta síntesis de observaciones e hipótesis.
La revolución de la tecnología de la información acentuará su potencial transformador. El siglo XXI estará marcado por la finalización de la superautopista global de la información, que descentralizará y difundirá el poder de la información, cumplirá la promesa del multimedia y aumentará el placer de la comunicación interactiva. Las redes de comunicación electrónica constituirán la columna vertebral de nuestras vidas. Además, será el siglo del florecimiento de la revolución genética. Por primera vez, nuestra especie penetrará en los secretos de la vida y será capaz de realizar manipulaciones sustanciales de la materia viva. Aunque ello desencadenará un debate fundamental sobre las consecuencias sociales y medioambientales de esta capacidad, las posibilidades que se nos abren son verdaderamente extraordinarias. Usada con prudencia, la revolución genética puede curar, combatir la contaminación, mejorar la vida y ahorrar tiempo y esfuerzo para la supervivencia, de forma que nos proporciona la posibilidad de explorar la frontera, en buena medida desconocida, de la espiritualidad. No obstante, si cometemos los mismos errores del siglo XX, utilizando la tecnología y la industrialización para entrematarnos en guerras atroces, con nuestro nuevo poder tecnológico muy bien podemos poner fin a la vida en el planeta. Resultó relativamente fácil parar justo antes del holocausto nuclear debido al control centralizado de la energía y armamento nucleares. Pero las nuevas tecnologías genéticas son omnipresentes; sus repercusiones mutantes, no totalmente controlables, y su control institucional, mucho más descentralizado. Para evitar los efectos perniciosos de la revolución biológica, no sólo necesitamos gobiernos responsables, sino una sociedad educada y responsable. Qué camino tomemos depende de las instituciones de la sociedad, de los valores de las personas y de la conciencia y decisión de los nuevos actores sociales para determinar y controlar su propio destino. Examinemos brevemente estas perspectivas pasando revista a algunos avances importantes en la economía, la política y la cultura.
La maduración de la economía informacional y la difusión y uso apropiado de la tecnología de la información como sistema probablemente liberen el potencial de productividad de esta revolución tecnológica. Este incremento de productividad se hará visible cuando cambiemos la contabilidad estadística, cuando las categorías y procedimientos del siglo XX, ya manifiestamente inadecuados, sean reemplazados por conceptos y métodos capaces de medir la nueva economía. No hay duda de que el siglo XXI presenciará el ascenso de un sistema extraordinariamente productivo según los parámetros históricos. El trabajo humano producirá más y mejor con un esfuerzo considerablemente menor. El trabajo mental reemplazará al esfuerzo físico en los sectores más productivos de la economía. Sin embargo, cómo se distribuya esta riqueza dependerá, a nivel individual, del acceso a la educación y, para la sociedad en general, de la organización social, la política y las políticas.
La economía global se expandirá en el siglo XXI, mediante el incremento sustancial de la potencia de las telecomunicaciones y del procesamiento de la información. Penetrará en todos los países, todos los territorios, todas las culturas, todos los flujos de comunicación y todas las redes financieras, explorando incesantemente el planeta en busca de nuevas oportunidades de lograr beneficios. Pero lo hará de forma selectiva, vinculando segmentos valiosos y desechando localidades y personas devaluadas o irrelevantes. El desequilibrio territorial de la producción dará como resultado una geografía altamente diversificada de creación de valor que introducirá marcadas diferencias entre países, regiones y áreas metropolitanas. En todas partes se encontrarán lugares y personas valiosas, incluso en el África subsahariana, como he sostenido en este volumen. Pero también se encontrarán en todas partes territorios y personas desconectadas y marginadas, si bien en proporciones diferentes. El planeta se está segmentando en espacios claramente distintos, definidos por diferentes regímenes temporales.
Cabe esperar dos reacciones diferentes de los segmentos excluidos de la humanidad. Por una parte, aumentarán notablemente las actividades de lo que denomino «la conexión perversa», es decir, el juego del capitalismo global con reglas diferentes. La economía criminal global, cuyo perfil y dinámica he tratado de identificar será un rasgo fundamental del siglo XXI y su influencia económica, política y cultural penetrará en todas las esferas de la vida. La cuestión no es si nuestras sociedades serán capaces de eliminar las redes criminales, sino, más bien, si las redes criminales no terminarán controlando una parte sustancial de nuestra economía, nuestras instituciones y nuestra vida cotidiana.
Hay otra reacción contra la exclusión social y la irrelevancia económica que estoy convencido de que desempeñará un papel esencial en el siglo XXI: la exclusión de los exclusores por parte de los excluidos. Como el mundo entero está entrelazado -y cada vez lo estará más- en las estructuras básicas de la vida según la lógica de la sociedad red, la marginación de pueblos y países no será una exclusión pacífica. Toma, y tomará, la forma de la afirmación fundamentalista de un conjunto alternativo de valores y principios de existencia, bajo los cuales no es posible coexistir con el sistema impío que perjudica tan profundamente las vidas de las personas. Cuando escribo estas líneas, en las calles de Kabul las mujeres son apaleadas por vestir de «forma impúdica» a manos de los valientes guerreros talibanes. Esto contradice las enseñanzas humanísticas del islam. Sin embargo existe una explosión de movimientos fundamentalistas que toman el Corán, la Biblia o cualquier otro texto sagrado para interpretarlo y usarlo como una bandera de su desesperación y un arma de su ira. Los fundamentalismos de diversos tipos y de fuentes diferentes representarán el desafío más osado e intransigente al dominio unilateral del capitalismo informacional global. Su acceso potencial a las armas de exterminio masivo proyecta una sombra gigantesca sobre las perspectivas optimistas de la era de la información.
Los estados-nación sobrevivirán, pero no así su soberanía. Se unirán en redes multilaterales, con una geometría variable de compromisos, responsabilidades, alianzas y subordinaciones. La construcción multilateral más notable será la Unión Europea, que reunirá los recursos tecnológicos y económicos de la mayoría de los países europeos, aunque no de todos: es probable que Rusia se quede fuera, debido a los temores históricos de Occidente, y Suiza necesita estar fuera de sus límites para cumplir su función de banquera del mundo. Pero la Unión Europea, en el momento actual, no encarna un proyecto histórico de construcción de una sociedad europea. Es, en esencia, una construcción defensiva en nombre de la civilización europea para no convertirse en una colonia económica de los asiáticos y estadounidenses. Los estados-nación europeos seguirán existiendo y negociarán interminablemente sus intereses individuales dentro del marco de las instituciones europeas, que necesitarán pero que, pese a su retórica federalista, ni los europeos ni sus gobiernos apreciarán. El himno no oficial europeo (el «Himno a la alegría» de Beethoven) es universal, pero su acento alemán puede hacerse más marcado.
La economía global será gobernada por un conjunto de instituciones multilaterales interconectadas. En el centro de esta red se encuentra el club de los países del G-7, quizás con algunos miembros adicionales, y sus brazos ejecutivos, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, encargados de la regulación y de la intervención en nombre de las reglas básicas del capitalismo global. Los tecnócratas y burócratas de esta institu~ ción económica internacional y de otras similares añadirán su propia dosis de ideología neoliberal y experiencia profesional en la aplicación de su amplio mandato. Las reuniones'informales, como las de Davos o sus equivalentes, ayudarán a crear la cohesión cultural/personal de la elite global.
La geopolítica global también estará gobernada por el multilateralismo, de forma que la ONU y las instituciones regionales internacionales, ASEAN, OEA, u OUA, desempeñarán un papel cada vez mayor en el tratamiento de los conflictos internacionales e incluso nacionales. Para aplicar sus decisiones, cada vez se utilizarán más alianzas de seguridad como la OTAN. Cuando se considere necesario, se crearán fuerzas de policía internacionales específicas para intervenir en lugares problemáticos.
Los asuntos de seguridad global probablemente se verán dominados por tres temas importantes, si los análisis expuestos en este libro resultan acertados. El primero es la tensión creciente en el Pacífico, a medida que China afirme su poder global, Japón entre en otro periodo de paranoia nacional, y Corea, Indonesia e India reaccionen a ambos. El segundo es el resurgimiento del poder ruso, no sólo como superpotencia nuclear, sino como una nación más fuerte que ya no tolere la humillación. Las condiciones en las que la Rusia postcomunista entre o no en el sistema multilateral de cogestión global determinarán la geometría futura de los alineamientos de seguridad. El tercero probablemente sea el más decisivo de todos y puede que condicione la seguridad del mundo entero durante un largo periodo. Hace referencia a las nuevas formas bélicas que serán utilizadas por los individuos, organizaciones y estados fuertes en sus convicciones, débiles en cuanto a medios militares, pero capaces de acceder a las nuevas tecnologías de destrucción, así como de encontrar los puntos vulnerables de nuestras sociedades. Las bandas criminales también pueden recurrir a la confrontación de alta intensidad cuando no ven otra opción, como ha experimentado Colombia en los años noventa. El terrorismo global o local ya se considera una importante amenaza en todo el mundo al comienzo de este nuevo milenio. Pero creo que sólo estamos ante un modesto comienzo. Cada vez más, los avances tecnológicos conducen a dos tendencias que convergen hacia el terror directo: por una parte, un pequeño grupo decidido, bien financiado y bien informado, puede devastar ciudades enteras o golpear en los centros nerviosos de nuestras vidas; por la otra, la infraestructura de nuestra vida cotidiana, de la energía a la canalización del agua, se ha vuelto tan compleja y está tan entrelazada que su vulnerabilidad ha aumentado de forma exponencial. Aunque las nuevas tecnologías mejoran los sistemas de seguridad, también hacen nuestras vidas diarias más vulnerables. El precio por aumentar la protección será vivir en un sistema de cerrojos electrónicos, sistemas de alarma y patrullas de policía en línea telefónica. También significa que se crecerá en el miedo. Probablemente la experiencia de la mayoría de los niños en la historia no sea muy distinta. También es una medida de la relatividad del progreso humano.
Asimismo, la geopolítica se verá cada vez más dominada por una contradicción fundamental entre el multilateralismo de la toma de decisiones y el unilateralismo de la aplicación militar de esas decisiones. Porque, tras la desaparición de la Unión Soviética y con el retraso tecnológico de la nueva Rusia, los Estados Unidos son, y lo serán en el futuro previsible, la única superpotencia militar. Por lo tanto, la mayor parte de las decisiones sobre seguridad tendrán que ser aplicadas o apoyadas por los Estados Unidos para que sean verdaderamente efectivas o creíbles. La Unión Europea, pese a toda su palabrería arrogante, demostró claramente su incapacidad operativo para actuar sola en los Balcanes. Japón se ha vetado a sí mismo la formación de un ejército y los sentimientos pacifistas del país son más profundos que el apoyo a las provocaciones ultranacionalistas. Fuera de la OCDE, sólo China e India pueden contar con la suficiente potencia tecnológica y militar para acceder al poder global en el futuro previsible, pero sin lugar a dudas no son equiparables a los Estados Unidos o incluso a Rusia. Así, exceptuando la hipótesis improbable de una extraordinaria acumulación militar china, para la cual parece que China aún no tiene la capacidad tecnológica, el mundo se ha quedado con una única superpotencia, los Estados Unidos. En estas condiciones, las diversas alianzas para la seguridad tendrán que contar con las fuerzas estadounidenses. Pero los Estados Unidos se enfrentan con problemas sociales internos tan profundos que no dispondrán de los medios ni del respaldo político para ejercer como tal potencia si la seguridad de sus ciudadanos no está bajo amenaza directa, como los presidentes estadounidenses descubrieron varias veces en los años noventa. Olvidada la guerra fría y sin ninguna «nueva guerra fría» creíble equivalente en el horizonte, el único modo de que los Estados Unidos puedan mantener su posición militar es prestar sus fuerzas al sistema de seguridad global. Y hacer que los demás países lo paguen. Ésta es la ironía del multilateralismo y la ilustración más llamativa de la pérdida de soberanía del Estado-nación.
Sin embargo, el Estado no desaparece. Simplemente se ha miniaturizado en la era de la información. Prolifera en la forma de gobiernos regionales y locales, que siembran el mundo con sus proyectos, agregan intereses diversos y negocian con los gobiernos nacionales, las empresas multinacionales y los organismos internacionales. La era de la globalización de la economía es también la era de la localización de la política. Lo que a los gobiernos locales y regionales les falta en poder y recursos, lo suplen con flexibilidad e interconexión. Ellos son los únicos que pueden estar a la altura del dinamismo de las redes globales de riqueza e información.
En cuanto a las personas, están, y cada vez lo estarán más, lejos de los salones del poder y sienten una creciente indiferencia por las instituciones de la sociedad civil que se están desmoronando. Verán individualizados su trabajo y sus vidas, y construirán su significado propio atendiendo a su propia experiencia. Y, si tienen suerte, reconstruirán sus familias, sus rocas en este océano revuelto de flujos desconocidos y redes incontroladas. Cuando se vean sometidas a amenazas colectivas, construirán paraísos comunales, desde donde los profetas puede que proclamen el advenimiento de nuevos dioses.
El siglo XXI no será una era tenebrosa, pero tampoco procurará a la mayoría de la gente las prodigalidades prometidas por la más extraordinaria revolución tecnológica de la historia. Más bien se caracterizará por una perplejidad informada.
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