Esto quiere decir que apenas




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¿Qué hacer?
Cada vez que un intelectual ha intentado responder a esta pregunta y se ha puesto en práctica seriamente su respuesta, se ha producido una catástrofe. Éste fue sobre todo el caso de un tal Ulianov en 1902. Así que, sin insinuar en absoluto un símil personal, me abstendré de sugerir ninguna cura para las enfermedades de nuestro mundo. Pero como sí me preocupa lo que he visto en mi viaje por estos paisajes tempranos de la era de la información, me gustaría explicar mi abstención, escribiendo en primera persona, pero pensando en mi generación y mi cultura política.
Provengo de un tiempo y una tradición, la izquierda política de la era industrial, obsesionada por la inscripción sobre la tumba de Marx en Highgate: su undécima tesis (y de Engels) sobre Feuerbach. La acción política transformadora era la meta última de todo empeño intelectual verdaderamente significativo. Sigo creyendo que hay una considerable generosidad en esta actitud, sin duda menos egoísta que la prosecución ordenada de carreras académicas burocráticas, no perturbada por los sufrimientos de la gente en todo el mundo. Y, en general, no creo que una clasificación de intelectuales y sociólogos entre izquierda y derecha refleje diferencias cualitativas importantes entre los dos grupos. Después de todo, los intelectuales conservadores también pasaron a la acción política, como hizo gran parte de la izquierda, mostrando frecuentemente escasa tolerancia hacia sus enemigos. Así que no se trata de que el compromiso político impida o distorsione la creación intelectual. A lo largo de los años, muchos de nosotros hemos aprendido a vivir con la tensión y la contradicción entre lo que observamos y lo que nos gustaría que pasara. Considero que la acción social y los proyectos políticos son esenciales para mejorar una sociedad que necesita claramente cambio y esperanza. Y espero que este libro, al suscitar algunas preguntas y proporcionar elementos teóricos y empíricos para tratarlas, contribuya a la acción social informada en pos de] cambio social. En este sentido, no soy, ni quiero ser, un observador neutral y despegado del drama humano.
Sin embargo, he visto tanto sacrificio descaminado, tantos callejones sin salida inducidos por la ideología y tantos horrores provocados por los paraísos artificiales de la política dogmática que quiero transmitir una reacción saludable contra el intento de enmarcar la práctica política en la teoría social o incluso en la ideología. La teoría y la investigación, en general y en este libro, deben considerarse medios para comprender nuestro mundo y deben juzgarse exclusivamente por su precisión, rigor y pertinencia. Cómo se utilizan esas herramientas y para qué objetivos deben ser prerrogativas exclusivas de los actores sociales y políticos, en contextos sociales específicos y en nombre de sus valores e intereses. No más metapolítica, no más maitres a penser y no más intelectuales queriendo serlo. La emancipación política más fundamental es que la gente se libere de la adhesión acrítica a esquemas teóricos o ideológicos, para construir su práctica atendiendo a su propia experiencia y utilizando cualquier información o análisis de que dispongan, de diversas fuentes. En el siglo XX, los filósofos han estado intentando cambiar el mundo. En el siglo XXI, ya es hora de que lo interpreten de forma diferente. De ahí mi circunspección, que no es indiferencia, sobre un mundo turbado por su propia promesa.
Finale.
La promesa de la era de la información es la liberación de una capacidad productiva sin precedentes por el poder de la mente. Pienso, luego produzco. Al hacerlo tendremos tiempo libre para experimentar con la espiritualidad y la posibilidad de reconciliarnos con la naturaleza, sin sacrificar el bienestar material de nuestros hijos. El sueño de la Ilustración, que la razón y la ciencia resolvieran los problemas de la humanidad, está a nuestro alcance. No obstante, existe una brecha extraordinaria entre nuestro sobredesarrollo tecnológico y nuestro subdesarrollo social. Nuestra economía, sociedad y cultura están construidas sobre intereses, valores, instituciones y sistemas de representación que, en general, limitan la creatividad colectiva, confiscan la cosecha de la tecnología de la información y desvían nuestra energía a una confrontación autodestructiva. Este estado de cosas no tiene por qué ser así. No hay un mal eterno en la naturaleza humana. No hay nada que no pueda ser cambiado por la acción social consciente e intencionada, provista de información y apoyada por la legitimidad. Si las personas están informadas, son activas y se comunican a lo largo del mundo; si la empresa asume su responsabilidad social; si los medios de comunicación se convierten en mensajeros, en lugar de ser el mensaje; si los actores políticos reaccionan contra el cinismo y restauran la fe en la democracia; si la cultura se reconstruye desde la experiencia; si la humanidad siente la solidaridad de la especie en todo el planeta; si afirmamos la solidaridad intergeneracional viviendo en armonía con la naturaleza; si emprendemos la exploración de nuestro yo interior, haciendo la paz con nosotros mismos. Si todo esto se hace posible por nuestra decisión compartida, informada y consciente, mientras aún hay tiempo, quizás entonces, por fin, seamos capaces de vivir y dejar vivir, de amar y ser amados.
Se me han agotado las palabras, así que, para concluir, las tomaré de Pablo Neruda:

Por mi parte y tu parte, cumplimos,

compartimos esperanzas

e inviernos;

y fuimos heridos no sólo por los

enemigos mortales

sino por los mortales amigos (y esto

pareció más amargo),

pero no me parece más dulce

mi pan o mi libro

entretanto;

agregamos viviendo la cifra que

falta al dolor,

y seguimos amando el amor y con

nuestra directa conducta

enterramos a los mentirosos y

vivimos con los verdaderos.
CASTELLS, M.

2001 La era de la información. Economía, sociedad y cultura. Vol. 3 Fin del milenio. Madrid. Alianza Editorial
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