Isabel allende para Alejandro, Andrea y Nicole, que me pidieron esta historia




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títuloIsabel allende para Alejandro, Andrea y Nicole, que me pidieron esta historia
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CAMINOS SEPARADOS



El viaje de regreso a Santa María de la Lluvia fue una pesadilla, porque César Santos demoró más de una hora en dominar los controles y estabilizar la máquina. Durante esa primera hora nadie creyó llegar con vida a la civilización y hasta Kate Coid, quien tenía la sangre fría de un pez de mar profundo, se despidió de su nieto con un firme apretón de mano.
—Adiós, Jaguar. Me temo que hasta aquí no más llegamos. Lamento que tu vida fuera tan corta —le dijo.
Los soldados rezaban en voz alta y bebían licor para calmar los nervios, mientras Timothy Bruce manifestaba su profundo desagrado levantando la ceja izquierda, cosa que hacía cuando estaba a punto de explotar. Los únicos verdaderamente en calma eran Nadia, quien había perdido el miedo de la altura y confiaba en la mano firme de su padre, y el profesor Ludovic Leblanc, tan mareado que no tuvo conciencia del peligro.
Horas más tarde, después de un aterrizaje tan movido como el despegue, los miembros de la expedición pudieron instalarse por fin en el mísero hotel de Santa María de la Lluvia. Al día siguiente irían de vuelta a Manaos, donde tomarían el avión a sus países. Harían la travesía en barco por el río Negro, como habían llegado, porque la avioneta de César Santos se negó a elevarse del suelo, a pesar del motor nuevo. Joel González, el ayudante de Timothy Bruce, que estaba bastante repuesto, iría con ellos. Las monjas habían improvisado un corsé de yeso, que lo inmovilizaba desde el cuello hasta las caderas, y pronosticaban que sus costillas sanarían sin consecuencias, aunque posiblemente el desdichado nunca se curaría de sus pesadillas. Soñaba cada noche que lo abrazaba una anaconda.
Las monjas aseguraron también que los tres soldados heridos se recuperarían, porque por suerte para ellos las flechas no estaban envenenadas, en cambio el futuro de Mauro Carías se vislumbraba pésimo. El garrotazo de Tahama le había dañado el cerebro y en el mejor de los casos quedaría inútil en una silla de ruedas para el resto de su vida, con la mente en las nubes y alimentado por una sonda. Ya había sido conducido en su propia avioneta a Caracas con Omayra Torres, quien no se separaba de él ni un instante. La mujer no sabía que Ariosto había muerto y ya no podría protegerla; tampoco sospechaba que apenas los extranjeros contaran lo ocurrido con las falsas vacunas ella tendría que enfrentar a la justicia. Estaba con los nervios destrozados, repetía una y otra vez que todo era culpa suya, que Dios los había castigado a Mauro y a ella por lo del virus del sarampión. Nadie comprendía sus extrañas declaraciones, pero el padre Valdomero, quien fue a dar consuelo espiritual al moribundo, prestó atención y tomó nota de sus palabras. El sacerdote, como Karakawe, sospechaba desde hacia mucho tiempo que Mauro Carías tenía un plan para explotar las tierras de los indios, pero no había logrado descubrir en qué consistía. Las aparentes divagaciones de la doctora le dieron la clave.
Mientras estuvo el capitán Ariosto al mando de la guarnición, el empresario había hecho lo que le daba gana en ese territorio. El misionero carecía de poder para desenmascarar a esos hombres, aunque durante años había informado de sus sospechas a la Iglesia. Sus advertencias habían sido ignoradas, porque faltaban pruebas y además lo consideraban medio loco; Mauro Carías se había encargado de difundir el chisme de que el cura deliraba desde que fuera raptado por los indios. El padre Valdomero incluso había viajado al Vaticano para denunciar los abusos contra los indígenas, pero sus superiores eclesiásticos le recordaron que su misión era llevar la palabra de Cristo al Amazonas, no meterse en política. El hombre regresó derrotado, preguntándose cómo pretendían que salvara las almas para el cielo, sin salvar primero las vidas en la tierra. Por otra parte, no estaba seguro de la conveniencia de cristianizar a los indios, quienes tenían su propia forma de espiritualidad. Habían vivido miles de años en armonía con la naturaleza, como Adán y Eva en el Paraíso. ¿Qué necesidad había de inculcarles la idea del pecado?, pensaba el padre Valdomero.
Al enterarse de que el grupo del International Geographic estaba de regreso en Santa María de la Lluvia y que el capitán Ariosto había muerto de forma inexplicable, el misionero se presentó en el hotel. Las versiones de los soldados sobre lo que había pasado en el altiplano eran contradictorias, unos echaban la culpa a los indios, otros a la Bestia y no faltó uno que apuntó el dedo contra los miembros de la expedición. En todo caso, sin Ariosto en el cuadro, por fin había una pequeña oportunidad de hacer justicia. Pronto habría otro militar a cargo de las tropas y no existía seguridad de que fuera más honorable que Ariosto, también podía sucumbir al soborno y el crimen, como ocurría a menudo en el Amazonas.
El padre Valdomero entregó la información que había acumulado al profesor Ludovic Leblanc y a Kate Coid. La idea de que Mauro Carías repartía epidemias con la complicidad de la doctora Omayra Torres y el amparo de un oficial del Ejército era un crimen tan espantoso, que nadie lo creería sin pruebas.
—La noticia de que están masacrando a los indios de esa manera conmovería al mundo. Es una lástima que no podamos probarlo —dijo la escritora.
—Creo que sí podemos —contestó César Santos, sacando del bolsillo de su chaleco uno de los frascos de las supuestas vacunas.
Explicó que Karakawe logró sustraerlo del equipaje de la doctora poco antes de ser asesinado por Ariosto.
—Alexander y Nadia lo sorprendieron hurgando entre las cajas de las vacunas y, a pesar de que él los amenazó si lo delataban, los niños me lo contaron. Creímos que Karakawe era enviado por Carías, nunca pensamos que era agente del Gobierno —dijo Kate Coid.
—Yo sabía que Karakawe trabajaba para el Departamento de Protección del Indígena y por eso le sugerí al profesor Leblanc que lo contratara como su asistente personal. De esa forma podía acompañar a la expedición sin levantar sospechas —explicó César Santos.
—De modo que usted me utilizó, Santos —apuntó el profesor.
—Usted quería que alguien lo abanicara con una hoja de banano y Karakawe quería ir con la expedición. Nadie salió perdiendo, profesor —sonrió el guía, y agregó que desde hacía muchos meses Karakawe investigaba a Mauro Carías y tenía un grueso expediente con los turbios negocios de ese hombre, en especial la forma en que explotaba las tierras de los indígenas. Seguramente sospechaba de la relación entre Mauro Carías y la doctora Omayra Torres, por eso decidió seguir la pista de la mujer. —Karakawe era mi amigo, pero era un hombre hermético y no hablaba más que lo indispensable. Nunca me contó que sospechaba de Omayra —dijo Santos—. Me imagino que andaba buscando la clave para explicar las muertes masivas de indios, por eso se apoderó de uno de los frascos de vacunas y me lo entregó para que lo guardara en lugar seguro.
—Con esto podremos probar la forma siniestra en que se extendían las epidemias —dijo Kate Coid, mirando la pequeña botella al trasluz.
—Yo también tengo algo para ti, Kate —sonrió Timothy Bruce, mostrándole unos rollos de película en la palma de la mano.
—¿Qué es esto? —preguntó la escritora, intrigada.
—Son las imágenes de Ariosto asesinando a Karakawe de un tiro a quemarropa, de Mauro Carías destruyendo los frascos y del baleo de los indios. Gracias al profesor Leblanc, que distrajo al capitán por media hora, tuve tiempo de cambiarlos antes que los destruyera. Le entregué los rollos de la primera parte del viaje y salvé éstos —aclaró Timothy Bruce.
Kate Coid tuvo una reacción inesperada en ella: saltó al cuello de Santos y de Bruce y les plantó a ambos un beso en la mejilla.
—¡Benditos sean, muchachos! —exclamó, feliz.
—Si esto contiene el virus, como creemos, Mauro Carías y esa mujer han llevado a cabo un genocidio y tendrán que pagar por ello... —murmuró el padre Valdomero, sosteniendo el pequeño frasco con dos dedos y el brazo estirado, como si temiera que el veneno le saltara a la cara.
Fue él quien sugirió crear una fundación destinada a proteger el Ojo del Mundo y en especial a la gente de la neblina. Con la pluma elocuente de Kate Coid y el prestigio internacional de Ludovic Leblanc, estaba seguro de lograrlo, explicó entusiasmado. Faltaba financiamiento, era cierto, pero entre todos verían cómo conseguir el dinero: recurrirían a las iglesias, los partidos políticos, los organismos internacionales, los gobiernos, no dejarían puerta sin golpear hasta conseguir los fondos necesarios. Había que salvar a las tribus, decidió el misionero y los demás estuvieron de acuerdo con él.
—Usted será el presidente de la fundación, profesor —ofreció Kate Coid.
—¿Yo? —preguntó Leblanc genuinamente sorprendido y encantado.
—¿Quién podría hacerlo mejor que usted? Cuando Ludovic Leblanc habla, el mundo escucha... —dijo Kate Coid, imitando el tono presuntuoso del antropólogo, y todos se echaron a reír, menos Leblanc, por supuesto. Alexander Coid y Nadia Santos estaban sentados en el embarcadero de Santa María de la Lluvia, donde algunas semanas antes tuvieron su primera conversación y comenzaron su amistad. Como en esa ocasión, había caído la noche con su croar de sapos y su aullar de monos, pero esta vez no los alumbraba la luna. El firmamento estaba oscuro y salpicado de estrellas. Alexander nunca había visto un cielo así, no imaginaba que hubiera tantas y tantas estrellas. Los chicos sentían que había transcurrido mucha vida desde que se conocieron, ambos habían crecido y cambiado en esas pocas semanas. Estuvieron callados mirando el cielo por un buen rato, pensando en que debían separarse muy pronto, hasta que Nadia se acordó de la cestita que llevaba para su amigo, la misma que le había dado Walimaí al despedirse. Alex la tomó con reverencia y la abrió: adentro brillaban los tres huevos de la montaña sagrada.
—Guárdalos, Jaguar. Son muy valiosos, son los diamantes más grandes del mundo —le dijo Nadia en un susurro.
—¿Éstos son diamantes? —preguntó Alex espantado, sin atreverse a tocarlos.
—Si. Pertenecen a la gente de la neblina. Según la visión que tuve, estos huevos pueden salvar a esos indios y el bosque donde han vivido siempre.
—¿Por qué me los das?
—Porque tú fuiste nombrado jefe para negociar con los nahab. Los diamantes te servirán para el trueque —explicó ella.
—¡Ay, Nadia! No soy más que un mocoso de quince años, no tengo ningún poder en el mundo, no puedo negociar con nadie y menos hacerme cargo de esta fortuna.
—Cuando llegues a tu país se los das a tu abuela. Seguro que ella sabrá qué hacer con ellos. Tu abuela parece ser una señora muy poderosa, ella puede ayudar a los indios —aseguró la chica.
—Parecen pedazos de vidrio. ¿Cómo sabes que son diamantes? —preguntó él.
—Se los mostré a mi papá, él los reconoció a la primera mirada. Pero nadie más debe saberlo hasta que estén en un lugar seguro, o se los robarán, ¿entiendes, Jaguar?
—Entiendo. ¿Los ha visto el profesor Leblanc?
—No, sólo tú, mi papá y yo. Si se entera el profesor saldrá corriendo a contárselo a medio mundo —afirmó ella.
—Tu papá es un hombre muy honesto, cualquier otro se habría quedado con los diamantes.
—¿Lo harías tú?
—¡No!
—Tampoco lo haría mi papá. No quiso tocarlos, dijo que traen mala suerte, que la gente se mata por estas piedras —respondió Nadia.
—¿Y cómo voy a pasarlos por la aduana en los Estados Unidos? —preguntó el muchacho tomando el peso de los magníficos huevos.
—En un bolsillo. Si alguien los ve, pensará: son artesanía del Amazonas para turistas. Nadie sospecha que existen diamantes de este tamaño y menos en poder de un chiquillo con media cabeza afeitada —se rió Nadia, pasándole los dedos por la coronilla pelada.
Permanecieron largo rato en silencio mirando el agua a sus pies y la vegetación en sombras que los rodeaba, tristes porque dentro de muy pocas horas deberían decirse adiós. Pensaban que nunca más ocurriría nada tan extraordinario en sus vidas como la aventura que habían compartido. ¿Qué podía compararse a las Bestias, la ciudad de oro, el viaje al fondo de la tierra de Alexander y el ascenso al nido de los huevos maravillosos de Nadia?
—A mi abuela le han encargado escribir otro reportaje para el International Geographic. Tiene que ir al Reino del Dragón de Oro —comentó Alex.
—Eso suena tan interesante como el Ojo del Mundo. ¿Dónde queda? —preguntó ella.
—En las montañas del Himalaya. Me gustaría ir con ella, pero... El muchacho comprendía que eso era casi imposible. Debía incorporarse a su existencia normal. Había estado ausente por varias semanas, era hora de volver a clases o perdería el año escolar. También quería ver a su familia y abrazar a su perro Poncho. Sobre todo, necesitaba entregar el agua de la salud y la planta de Walimaí a su madre; estaba seguro de que con eso, sumado a la quimioterapia, se curaría. Sin embargo, dejar a Nadia le dolía más que nada, deseaba que no amaneciera nunca, quedarse eternamente bajo las estrellas en compañía de su amiga. Nadie en el mundo lo conocía tanto, nadie estaba tan cerca de su corazón como esa niña color de miel a quien había encontrado milagrosamente en el fin del mundo. ¿Qué sería de ella en el futuro? Crecería sabia y salvaje en la selva, muy lejos de él.
—¿Volveré a verte? —suspiró Alex.
—¡Claro que sí! —dijo ella, abrazada a Borobá, con fingida alegría, para que él no adivinara sus lágrimas.
—Nos escribiremos, ¿verdad?
—El correo por estos lados no es muy bueno que digamos...
—No importa, aunque las cartas se demoren, te voy a escribir Lo más importante de este viaje para mi es habernos conocido. Nunca, nunca te olvidaré, siempre serás mi mejor amiga —prometió Alexander Coid con la voz quebrada.
—Y tú mi mejor amigo, mientras podamos vernos con el corazón —replicó Nadia Santos.
—Hasta la vista, Águila...
—Hasta la vista, Jaguar...

Corrección de Carlos J. J.
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