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Hasta mediados de los años ochenta: enfrentando los límites al crecimiento


En 1972, y como resultado de los trabajos encargados por el Club de Roma a Dennis L. Meadows, se publica en Estados Unidos el primero de los informes del Club: “Los límites al crecimiento”. Un informe que despertará preocupación y polémica, poniendo en un inesperado primer plano la labor encarada por el Club de Roma. Para este informe, el equipo de Meadows (siguiendo la metodología de la teoría de la dinámica de los sistemas de Forrester) prepara un nuevo modelo lógico-matemático, el World-3. Este modelo representa el sistema socioeconómico y ambiental mundial mediante 77 ecuaciones básicas que relacionan cinco variables fundamentales: población, producción agrícola, recursos naturales, producción industrial y contaminación. El resultado de los análisis de comportamiento de las variables consideradas en el modelo World-3 demostraba que con la tendencia que seguían esas variables el mundo llegaría en menos de un siglo al colapso del sistema, provocado principalmente por el agotamiento de los recursos naturales. Una proposición que es el centro del informe y justifica la propia denominación del informe ‘Los límites al crecimiento’.

Junto a este informe, se cuenta con un documento más político, más enfocado a la gestión, como es la Carta Mansholt. Este documento, también de 1972, contiene el primer comentario autorizado del informe del Club de Roma, y se convierte en la versión o complemento, desde una perspectiva más política o transformadora de la realidad, de las necesidades planteadas por el informe científico de Meadows. Además de las propuestas de Meadows, la Carta Mansholt incluye dimensiones operativas más sociopolíticas: la igualdad de oportunidades, el sentido humano del trabajo, la democratización de la sociedad, y las relaciones entre los países más y menos desarrollados económicamente. Mansholt todavía va más allá, proponiendo medidas muy concretas como la reforma aduanera a favor de los productos no contaminantes y reciclables, e incluso un parlamento supranacional –como mínimo a escala europea- con poderes. En esta carta, cuya edición envía Sicco Leendert Mansholt el 9 de febrero de 1972 al presidente de la Comunidad Económica Europea, Franco María Malfatti, se insiste muy especialmente en la necesidad de sustituir la referencia habitual al producto nacional bruto, como principal indicador del crecimiento, por lo que denomina ‘bienestar nacional bruto’, siguiendo ideas que ya habían sido expuestas por economistas como Paul A. Samuelson y Jan Tinbergen.

Sin embargo, el primer informe del Club de Roma, como muchos otros influyentes documentos, no estuvo exento de numerosas críticas. Entre éstas pueden destacarse las formuladas por el equipo interdisciplinario de la Universidad de Sussex, constituido por relevantes investigadores como Cole, Freeman, Jahora y Pavitt. Este equipo critica la validez de los resultados obtenidos a partir del modelo World-3 debido al criterio de selección de las variables escogidas. Los mismos autores llegan a plantear que en el informe elaborado por Massachusetts Institute of Technology (MIT) adivinaban una intencionalidad política, que convertía dicho estudio en un instrumento al servicio de los poderes políticos, preocupados en ese tiempo por la progresiva congestión de las infraestructuras debido a la generalización y masificación del consumo. El propio Mansholt, en su carta, reconoce que el modelo y sus resultados no se adaptan bien a las disparidades regionales existentes en el mundo21.

El año 1972 es clave en la construcción de la nueva agenda de políticas ambientales internacionales. No sólo porque se publica el influyente primer informe del Club de Roma, sino también porque se celebra la conferencia de Estocolmo, una conferencia muy importante por cuanto las relaciones internacionales, en el escenario de la Guerra Fría, eran enormemente tensas, y el distanciamiento entre los tres bloques se hacía cada vez mayor. Las posturas respecto al medio humano y al medio ambiente estaban bien definidas: el bloque occidental, una vez reconocida la existencia de problemas ambientales, comenzaba a trabajar para resolverlos, mientras se debatía sobre si el origen del problema se debía más al crecimiento económico o al crecimiento demográfico; el bloque comunista anteponía radicalmente el desarrollo industrial a cualquier otra consideración, a pesar de las potentes señales de destrucción ambiental que iban apareciendo; y en último lugar, los países en desarrollo consideraban las preocupaciones ambientales como lujos occidentales. Indira Gandhi, como primer ministro de la India declaró que “el medio ambiente no puede mejorarse en condiciones de pobreza –cómo podemos hablarles a los que viven en aldeas y suburbios de mantener limpios los océanos, los ríos y el aire, cuando su propia vida está contaminada en la fuente” Strong (1999). Gandhi vino a desempeñar un papel clave al orientar la agenda de la Conferencia hacia las preocupaciones de los países en desarrollo22.

Cuatro años antes, en 1968, partiendo de las declaraciones de científicos suecos que atribuyeron a la contaminación atmosférica de largo alcance la muerte de miles de peces y otros organismos en los lagos de su país, Suecia había sugerido que se celebrara una conferencia internacional para tratar sobre medio ambiente. Contra todo pronóstico, esta reunión se produce en Estocolmo en 1972 bajo el formato de Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, dando lugar –a pesar de las difíciles relaciones internacionales existentes- a lo que se llegó a conocer como el “espíritu de compromiso de Estocolmo”, en el que los representantes de los países desarrollados y en desarrollo encontraron la forma de acoplar sus puntos de vista extraordinariamente divergentes. Mostafa K. Tolba, Jefe de la delegación egipcia en la Conferencia de Estocolmo, y quien sería a partir de 1975 el director ejecutivo del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), señala: “una de las principales responsabilidades de esta conferencia es emitir una declaración internacional sobre el medio humano, un documento sin imperativos jurídicamente vinculantes, aunque, esperamos, con autoridad moral, que inspire en los corazones de los hombres el deseo de vivir en armonía entre ellos y con el medio ambiente”. Esta fundamental conferencia que se celebra en Suecia en 1972 concluye con los Principios de la Declaración de Estocolmo, veintiséis principios que se recogen en la tabla 1.2.


Principios de la Declaración de Estocolmo

1

Deben afirmarse los derechos humanos y condenar el apartheid y la opresión colonial

2

Los recursos naturales deben ser preservados

3

Debe mantenerse la capacidad de la tierra para producir recursos vitales renovables

4

Deben protegerse la fauna y la flora silvestres

5

Los recursos no renovables deben ser compartidos y debe evitarse el peligro de su agotamiento

6

La contaminación no debe exceder la capacidad propia del medio ambiente para neutralizarla

7

Debe prevenirse la contaminación dañina del océano

8

El desarrollo es indispensable para mejorar las condiciones del medio ambiente

9

Los países en desarrollo requieren asistencia

10

Los países en desarrollo necesitan precios razonables para sus exportaciones, como elemento esencial para la ordenación del medio ambiente

11

Las políticas ambientales no deben afectar al proceso de desarrollo

12

Los países en desarrollo necesitan dinero para implementar medidas de cuidado del medio ambiente

13

Es necesaria una planificación integrada del desarrollo

14

Una planificación racional debe resolver los conflictos entre el desarrollo y el medio ambiente

15

Debe aplicarse la planificación a los asentamientos humanos con miras a eliminar los problemas ambientales

16

Los gobiernos deben establecer sus propias políticas demográficas

17

Las instituciones nacionales competentes deben planificar la utilización de los recursos ambientales naturales de los Estados

18

La ciencia y la tecnología deben utilizarse para mejorar el medio ambiente

19

Es esencial ofrecer educación en cuestiones ambientales

20

Debe fomentarse la investigación referente a los problemas ambientales, en especial en los países en desarrollo

21

Los Estados pueden explotar sus propios recursos como deseen, sin poner en riesgo los de otros

22

Si se ponen en riesgo los recursos de otra nación, debe pagarse una compensación

23

Cada nación debe establecer sus propias normas

24

Los Estados deben cooperar en cuestiones internacionales

25

Los organismos internacionales deben contribuir a proteger el medio ambiente

26

Deben eliminarse las armas de destrucción masiva


Tabla 1.2. Principios de la Declaración de Estocolmo en 1972

Fuente: UNCHE (1972) y Clarke y Timberlake (1982)
El duro invierno de 1973 en Europa supone otra vuelta de tuerca sobre el proceso de reflexión acerca del concepto de desarrollo y sobre el propio modelo de desarrollo de las sociedades de los países más desarrollados. El mercado internacional de petróleo recibe el impacto de una subida de los precios con una intensidad hasta entonces desconocida. La escalada en los precios del petróleo se traduce de forma prácticamente inmediata a los precios de sus derivados: gasolinas, gasóleos, etc. Esto produce un efecto económico en cadena. Los países responden a la crisis con soluciones de emergencia, llegando incluso a modular la presencia de vehículos en las calles: con soluciones como la circulación alterna de vehículos de acuerdo con las matrículas en días pares o impares, u otras soluciones imaginativas. Una de las características más destacables de la crisis es su carácter repentino, puesto que no se habían conocido indicadores precedentes que permitiesen atisbarla. Sin duda, uno de los efectos más potentes de esta crisis es –además del efecto económico directo e indirecto el de carácter psicológico: expresado por la vulnerabilidad del sistema económico occidental basado de forma determinante en la producción de energía a partir de combustibles fósiles, y la extraordinaria interdependencia de las economías nacionales.

Probablemente el año 1973 signifique un punto sin retorno en lo que era, hasta el momento, una razonable creencia de que los recursos naturales eran prácticamente ilimitados. Sin embargo hay que destacar que el fenómeno de la crisis no está relacionado con un nuevo dato o un problema tecnológico: no hubo nada ni antes ni después de lo que pudiera desprenderse información relevante sobre la disminución de las reservas petrolíferas o sobre el incremento desaforado en el consumo. En cualquier caso, la crisis energética de 1973 incide poderosamente en la nueva etapa abierta de la conciencia colectiva e individual sobre la dependencia de los recursos naturales no renovables, y sobre la necesidad de encontrar caminos alternativos que aseguren un crecimiento sostenido.

Entre los años setenta y ochenta del siglo XX se producen diversos accidentes y casos graves de contaminación ambiental que adquieren en ocasiones características de catástrofes23. Poco antes, en 1968, habían cesado los vertidos de compuestos químicos que estaban deteriorando gravemente la calidad de la bahía de Minamata y produciendo una nueva enfermedad causada por compuestos de mercurio conocida como “enfermedad de Minamata”. El cese del vertido fue el final de un proceso complejo de contaminación de una bahía japonesa que se prolonga entre 1932 y 1968. En 1974 ya se habían reconocido oficialmente 798 víctimas de este envenenamiento progresivo, que había llegado a los seres humanos mediante bioacumulación desde la cadena trófica. El caso de Minamata permite reconocer los impactos indirectos y diferidos en el tiempo que han podido causar diferentes actividades industriales sobre la salud de la población a través del medio ambiente24.

Dentro de este breve recorrido por algunos de los casos más conocidos de graves problemas ambientales encontramos el caso Seveso. El 11 de julio de 1976 se produce una explosión en la planta química de ICMESA, una fábrica de herbicidas situada en la pequeña población italiana de Seveso. A partir de la explosión se formaría –por combinación de los productos químicos emitidos- una nube de gas formada por una dioxina fuertemente tóxica: el tetraclorodibenzodioxina (TCDD), también conocido como “agente naranja”. Toda la población hubo de ser desalojada, y miles de cabezas de ganado sacrificadas para evitar la concentración del compuesto tóxico en la cadena alimenticia.

En agosto de 1978 el Departamento de Salud del Estado de Nueva York, a partir de la aparición de casos preocupantes de enfermedades e incremento del número de abortos, comenzó las investigaciones del emplazamiento de Love Canal25, cerca del río Niágara. Este canal era una antigua zanja abierta en 1890 como parte de un proyecto industrial para canalizar el río Niágara. Durante la década de los cuarenta y los cincuenta la compañía química Hooker enterró allí 21.800 toneladas de residuos peligrosos, dentro de barriles de acero que fueron sellados con arcilla. La compañía vendió los terrenos a la oficina local, cuyo objetivo era construir una escuela, por la cantidad simbólica de 1 dólar. Se construyó la escuela, se urbanizó y se construyeron edificios por la zona. Se supone que las construcciones vinieron a dañar la estructura de sellado del depósito, porque aparecieron grietas y lixiviados en la superficie y en los sótanos de las viviendas. A finales de los años setenta ya eran numerosas las quejas por enfermedades y daños. Cuando el departamento de salud realiza su investigación en 1978 descubre 82 compuestos químicos, de los cuales una docena tenían potencial cancerígeno. A partir de ese momento comienza una complicada tarea de realojamiento de la población (la escuela y 227 hogares) y de descontaminación del área contaminada.

El 28 de marzo de 1979 un accidente en la unidad II de la central nuclear de Three Mile Island, Harrisburg desató las alarmas: el reactor podía explotar y expandir cesio radioactivo. Aunque el reactor no llegó a explotar a pesar de la exposición y los daños causados, tuvieron que ser evacuadas más de 144.000 personas, la mayor parte de ellas mujeres embarazadas y niños.

En Bhopal, capital del estado indio de Madhya Pradesh, en la madrugada del 3 de diciembre de 1984, una fábrica de pesticidas de la compañía Union Carbide, sufrió un escape de 42 toneladas de isocianato de metilo, provocando la muerte de miles de personas y más de medio millón de afectados. Se trata de uno de los accidentes industriales más importantes de la historia, por lo que ha recibido un notable tratamiento en la literatura científica desde diversas perspectivas: Kurzman (1987), Weir (1987), Cassels (1993) y Jasanoff (1994).

El peor desastre nuclear que haya tenido lugar ocurrió en la central nuclear de Chernobyl el 26 de abril de 1986. Dos ingenieros murieron por la explosión y otros 31 trabajadores expuestos directamente murieron a los pocos meses. Durante el accidente se liberaron aproximadamente 95 millones de curios de radiactividad en forma de productos de fisión, formando una nube que fue dejando una lluvia de partículas radiactivas en una extensión de miles de kilómetros cuadrados. Aparte de los efectos más directos sobre trabajadores y población, los efectos de largo plazo van a producir, según estimaciones, entre 140.000 y 475.000 muertes de cáncer en todo el mundo.

Fin de siglo: avances en la agenda internacional y geopolítica del medio ambiente


A mediados de los años ochenta culmina el lento proceso de negociación entre los estados miembros de la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) para aprobar la Directiva 85/337/CEE, relativa a la evaluación de las repercusiones de determinados proyectos públicos y privados sobre el medio ambiente26. La aprobación de la normativa europea de evaluación de impacto ambiental (EIA) se enmarca en el ámbito temporal del Tercer Programa de Acción en materia de Medio Ambiente (1982-1986). Un programa que mantuvo las líneas generales que proponían los dos anteriores, destacando la necesidad de incluir el medio ambiente en el resto de las políticas comunitarias así como la necesidad de evaluar la incidencia de nuevas actuaciones sobre el medio ambiente. Debe resaltarse que el Cuarto Programa de Acción en materia de medio ambiente (1987-1992) de la Unión Europea viene a señalar como los aspectos más importantes para el período: la aplicación eficaz de la Directiva sobre evaluación de impacto ambiental; la integración efectiva de la dimensión ambiental en las restantes políticas comunitarias, y el desarrollo de nuevos mecanismos eficaces tales como los fiscales y los económicos, entre otros.

El año 1987 constituye un hito en la literatura medioambiental por cuanto en la Comisión Mundial sobre Medio Ambiente y Desarrollo, WCED (1987), se presenta el documento “Nuestro Futuro Común” (Informe Brundtland). Esta fecha tiene valor de referencia porque se considera que es el primer documento importante de la agenda internacional del desarrollo en donde el desarrollo sostenible se plantea como meta: “hemos visto que se requiere un nuevo modelo de crecimiento, uno de progreso humano sostenido no solamente en unos pocos lugares para unos pocos años, sino para todo el planeta a largo plazo. De esta forma el ‘desarrollo sostenible’ se convierte en una meta no solamente para las naciones ‘en desarrollo’ sino también para las ‘industrializadas’ ”. Y donde se plantea un modelo de desarrollo que se define27: “El desarrollo sostenible es aquél que satisface las necesidades actuales sin poner en peligro la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer sus propias necesidades”, incorporando dos conceptos clave: el concepto de ‘necesidades’, en particular las necesidades esenciales de los más pobres, para lo que debe concederse la mayor prioridad; y la idea de limitaciones impuestas por el estado de la tecnología y la organización social sobre la capacidad del medio ambiente para satisfacer las necesidades presentes y futuras.

La formulación en este foro internacional de la propuesta de desarrollo sostenible supone un punto de ruptura respecto al modelo predominante de desarrollo, ya que incorpora tres premisas fundamentales: (1) integra los conceptos de desarrollo, calidad de vida y bienestar social; (2) plantea una mayor equidad en la distribución de la riqueza, tanto intergeneracional como intrageneracional; y (3) presupone que el uso racional de los recursos naturales es una condición básica para asegurar la habitabilidad del planeta a largo plazo.

Dentro de esta dinámica de reflexión internacional sobre el desarrollo observamos, durante la década de los noventa, la aparición de un nuevo concepto: la idea del desarrollo humano. Este concepto emergente surge frente a las limitaciones y los fracasos de los procesos de impulso al desarrollo, en donde se ha verificado que el crecimiento –en muchos casos- viene creando desigualdad y pobreza, además de deteriorar la calidad ambiental y de provocar el agotamiento de los recursos naturales. Tal vez, como fueron sugiriendo autores como Sen (1990), Max-Neef (1991) o Doyal y Gough (1994), se hacía necesario superar la dimensión primaria del desarrollo como un crecimiento del producto interno para tener más presente la dimensión humana y sus problemas: la distribución, las necesidades y la equidad.

El desarrollo humano es un concepto que deriva de la noción de desarrollo como un proceso que va más allá de los bienes y se centra en las capacidades humanas, una propuesta formulada por Amartya K. Sen, en la que el centro de gravedad del discurso se desplaza desde la cuestión material, o de los bienes, a la cuestión de la persona. Sen (1990) se refiere por capacidades tanto a las opciones, esto es a lo que la persona puede ser o hacer, como a los logros de las personas, lo que efectivamente llegan a ser. Para Sen, lo importante para procurar el desarrollo está en el individuo, en su dignidad, y en el entorno de las personas: poder disfrutar de una vida larga con salud, una educación, y una renta material adecuada para satisfacer las necesidades. Posteriormente, Sen (1999) incidirá muy especialmente en el concepto de desarrollo y libertad, y en la forma en que esta cualidad permite garantizar y potenciar las bases para que los individuos dispongan de más oportunidades. De esta manera, Sen y los impulsores del concepto de desarrollo humano, deconstruyen el concepto genérico de desarrollo y lo reconstruyen como un agregado resultante de la promoción vital del conjunto de los individuos.

No obastante, autores como Bartelmus (1999b) consideran que cuando el Programa de la Naciones Unidas para el Desarrollo, UNDP (1998), reconoce los ingresos “como una de las principales maneras de expandir la libertad de elección y el bienestar”, el concepto de desarrollo humano está mostrando un vínculo estrecho con los flujos monetarios generados en la economía, aunque esta observación es discutible28.

En 1990 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) elabora el primer informe sobre el desarrollo humano a escala mundial. El informe de desarrollo humano contiene tres elementos clave: un nuevo concepto del desarrollo, un nuevo indicador, y un procedimiento de evaluación anual del estado de ese nuevo concepto en todos los países. El concepto clave, tal y como lo define el PNUD (1990), de desarrollo humano es el “proceso por el cual se ofrecen mayores oportunidades a las personas. Entre estas, las más importantes son una vida prolongada y saludable, el acceso a la educación y a los recursos necesarios para disfrutar de un nivel de vida decente. Otras oportunidades incluyen la libertad política, la garantía de los derechos humanos y el respeto a sí mismo”. El indicador de desarrollo humano (IDH) es un índice global que se construye a partir de indicadores parciales que reflejan tres factores básicos: (1) la longevidad, expresada como esperanza de vida al nacer; (2) la educación, calculada a partir de la población y de los años promedio de escolarización; y (3) el ingreso real per capita, el PIB per capita ajustado según el coste de vida local y la utilidad marginal de la renta.

El conjunto de las ideas sobre medio ambiente y desarrollo que han ido tomando cuerpo durante la década de los ochenta y primeros años de los noventa acaban por provocar un auténtico cambio de naturaleza cualitativa, hasta tal punto que las instituciones toman en cuenta los principios de participación amplia y de responsabilidad en las cuestiones del desarrollo y el medio ambiente. En mayo de 1990 se celebró en Bergen, Noruega, una conferencia ministerial sobre medio ambiente en donde este cambio institucional empieza a plasmarse en compromisos. Esta misma conferencia se convocó como preparación para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo (CNUMAD) o Cumbre para la Tierra, que tuvo lugar en Río de Janeiro, Brasil, en junio de 1992. La Cumbre de Río de Janeiro será uno de los episodios del ambientalismo internacional que más esperanzas y que más documentos ha generado. El principio 17 de la Declaración de Río sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo se establece que: “Deberá emprenderse una evaluación de impacto ambiental, en calidad de instrumento nacional, respecto de cualquier actividad propuesta que probablemente haya de producir un impacto negativo considerable en el medio ambiente y que esté sujeta a la decisión de una autoridad nacional competente”.

La Cumbre de Río suscita lo que podríamos definir como ‘ecoentusiasmo internacional’. Sin embargo, como en otras muchas cumbres internacionales, el entusiasmo inicial ha venido resultando en una cierta frustración derivada de la dificultad de implementar los cambios de forma real en las políticas y en las prácticas tanto en los niveles estatales como en los regionales y locales. Algo que podemos comprobar cuando analizamos lo que podemos denominar el período post-Río.

La principal institución que surge de la Cumbre de la Tierra es la Comisión sobre el Desarrollo Sostenible (CDS), cuyo objetivo es propiciar una coordinación de alto nivel para revisar la implantación de la Agenda 21 y los distintos programas ambientales de las Naciones Unidas. En 1995, aunque ya 130 gobiernos habían formado comisiones para implantar la Agenda 21, solamente 17 países habían presentado sus informes nacionales. Esos informes son en su mayoría, según Flavin (1997a) “documentos extensos, retóricos y autocongratulatorios que describen los programas gubernamentales existentes, pero que hacen poco por colocar al país en un camino sostenible para el siglo XXI”. Un autor que señala que, a pesar de que se están produciendo diversos éxitos menores, las grandes promesas de Río –que abarcan problemas que fueron identificados en la época en que se efectuó la Conferencia de Estocolmo sobre el Medio Ambiente Humano de 1972- no se han cumplido. En este sentido Bartelmus (1999a) señala que “tanto los políticos como los científicos se han lanzado a un áspero debate sobre la ‘correcta’ aproximación al paradigma que fue aceptado globalmente en la Cumbre de Río”.

A pesar de estos debates de fin de siglo y del principio de uno nuevo, hay tres importantísimos desafíos globales que deben enfrentarse en un enfoque de sostenibilidad: estabilizar el clima, proteger la biodiversidad y estabilizar la población del planeta. Las conferencias y los acuerdos internacionales toman como base los compromisos y participación de los estados nacionales, pero es evidente que no todos los países están estructurados de la misma manera, ni tienen dimensiones comparables. De ahí que la participación de cada uno de ellos en estos desafíos globales pueda considerarse desde fundamental hasta prácticamente insignificante. Teniendo presente esta fuerte heterogeneidad, autores como Flavin (1997a) han procedido a analizar lo que se consideran las ocho superpotencias ambientales que, de forma conjunta, representan más de la mitad de las cuatro variables fundamentales del medio ambiente mundial: la población (55%), el PIB (59%), las emisiones de CO2 (58%) y los bosques (55%). Así, las superpotencias ambientales: China, Estados Unidos, Brasil, Alemania, Japón, India, Indonesia y Rusia, con unos sistemas políticos, económicos y sociales de amplio espectro, conforman de un modo desproporcionado las tendencias ambientales globales.

Uno de los problemas más importantes de esta geopolítica del medio ambiente, y que ya refleja el autor citado para el año 1997, es la falta de suficiente cooperación y coordinación, pero muy especialmente la falta de liderazgo en este grupo. Si en las décadas anteriores Estados Unidos había asumido un liderazgo internacional y había sido precursor en diversos temas -incluido el medio ambiente- a finales de los años noventa se percibe el desvanecimiento de este liderazgo. Un liderazgo que no se ha trasladado a ningún país. En la Conferencia de Río se depositaron muchas esperanzas en el nuevo liderazgo de Japón, que no ha llegado a materializarse. En el escenario geopolítico medioambiental actual también debe destacarse la falta de peso específico, como entidad supranacional, de la Unión Europea. Quizás, como expone Dalby (2004) “nuestra visión tanto de las amenazas ambientales como de los asuntos geopolíticos son partes del mismo problema”.

Antropoceno, el último período geológico


Pensamos que sería interesante concluir este apartado de la evolución histórica de la preocupación por el medio ambiente, con una reflexión de ámbito superior a las que hemos venido desarrollando. Una reflexión estratégica que supone colocarnos en una dimensión ecosistémica, en este caso de naturaleza geológica, y que permite referenciarnos –como observadores pero también como observados- dentro del ecosistema global.

Así pues, como hemos podido observar, el ser humano lleva mucho tiempo interactuando localmente en los ciclos geobioquímicos de la naturaleza. Esa interacción se ha hecho progresivamente más intensa hasta derivar en procesos –razonablemente comprobados- sobre la forma en que llegamos a interferir en fases y zonas críticas29 de los ciclos globales de la naturaleza.

Vivimos hoy en día en una nueva época geológica30 que ha venido recientemente a denominarse por Crutzen (2002) ‘Antropoceno’, una época en la que la humanidad ha emergido como una fuerza globalmente significativa –y potencialmente inteligente- capaz de modificar la faz del planeta. De acuerdo con Clark et al. (2005) sólo será posible que desarrollemos un esfuerzo serio en equipar la ciencia y la tecnología para la sostenibilidad en la medida en que comprendamos hasta qué punto las acciones humanas están incidiendo realmente en el sistema Tierra31 durante el Antropoceno.

En los últimos años se han sucedido diversas iniciativas científicas con el objetivo de fijar las bases científicas de los retos del cambio global y del desarrollo sostenible, lo que conocemos como el problema de la sostenibilidad global: en el año 2001 se celebra la primera conferencia de la GAIM32 (vinculada al Programa Internacional Geosfera-Biosfera, IGBP) en donde la comunidad internacional de la ciencia del sistema Tierra formula su Programa Hilbertiano33 en el que desglosa 23 cuestiones clave que necesitan afrontarse para avanzar en la ciencia del sistema Tierra; el reciente informe, resultado de una década del programa de investigación sobre Cambio Ambiental Global y el Sistema Tierra (Global Environmental Change and the Earth System) Steffen et al. (2004); o los últimos trabajos del Workshop Dahlem sobre el “Análisis del sistema Tierra para la Sostenibilidad” (Earth System Analysis for Sustainability) Schellnhuber et al. (2005).

Este tipo de trabajos, en particular el correspondiente a 2004 (como resultado de los trabajos de cientos de investigadores), así como las aportaciones de Crutzen (2002), nos permiten abordar una descripción somera, pero ilustrativa, del estado actual –en pleno Antropoceno- del sistema Tierra: quizás el 50% de la superficie terrestre libre de hielo ha sido transformada por la acción humana; la superficie de tierra cultivada se ha duplicado durante el siglo pasado a expensas de los bosques, que se han visto reducidos en un 20% durante el mismo período; más de la mitad de las reservas accesibles de agua dulce han sido usadas por la humanidad; en los bancos de pesca se extrae más del 35% de la producción primaria de las plataformas marinas de las regiones templadas; ahora se fija sintéticamente más nitrógeno, que se aplica como fertilizante, que todo el que se fija de forma natural por los ecosistemas terrestres; las emisiones de SO2 a la atmósfera como resultado de la combustión del carbón y del petróleo son dos veces superiores a la suma de todas las emisiones naturales; la humanidad es responsable de la presencia de numerosas sustancias tóxicas en el medio ambiente y de algunas, que incluso sin ser tóxicas por completo (ej. gases clorofluorocarbonados, o gases CFC) han contribuido a la destrucción de la capa de ozono; la combustión de carbón y petróleo, las actividades agropecuarias y la deforestación han provocado un importante aumento en la atmósfera de los gases de efecto invernadero en los dos últimos siglos (el CO2 en más de un 30% y el CH4 en más del 100%) lo que ha contribuido de forma sustancial al incremento de la temperatura media anual global de 0,6ºC que se ha observado34 para el último siglo. Esta descripción marco nos permite visualizar, en primera aproximación, el coste en transformación de la naturaleza que ha supuesto la actividad humana, fundamentalmente durante el último siglo.

En el otro lado de la balanza deben ponerse las transformaciones que, durante el último siglo, basadas principalmente en la cultura, en la tecnología y en la creatividad, han permitido a la humanidad multiplicar: la superficie de tierra cultivada por un factor de 2, el número de personas que viven en el planeta por un factor de 4, el uso de agua por un factor de más de 8, el uso de energía por un factor de 16, y la producción industrial por un factor de más de 40. También se ha mejorado la calidad de vida humana incrementando: la expectativa de vida en más del 40% en los últimos 50 años, la alfabetización en más del 20% en los últimos 35 años, sustancialmente la relación mujer/hombre en la educación primaria, y el número de personas que viven en países democráticos.

El balance conjunto que Clark et al. (2005) hacen de esta situación, es favorable: “el resultado es que la humanidad, como media, ha hecho muy bien incluso con esta transformación de la Tierra. La cuestión estriba en si las pautas conocidas de incremento de la prosperidad pueden ampliarse y sostenerse según vaya madurando el Antropoceno”.

A partir de este punto entramos en el campo de las prognosis y por tanto de la incertidumbre. De acuerdo con las previsiones de United States National Academy of Sciences, la población humana crecerá durante el próximo medio siglo en quizás un 50%. De producirse este incremento de la población, la demanda de producción de alimentos se incrementaría en un 80%, las necesidades de infraestructuras urbanas en un 100%, y las necesidades de servicios energéticos en más de un 200%. Un panorama para las próximas décadas que Clark et al. (2005) ven de forma muy preocupante: “la resultante del incremento de las presiones sobre una biosfera ya sometida a estrés podría ser arrolladora”. No obstante, la propia Academia de Ciencias, NRC (1999), señala que a pesar de los impactos y las tendencias descritas “es posible una transición con éxito hacia la sostenibilidad a lo largo de las dos siguientes generaciones. Esta transición podría alcanzarse sin tecnologías milagrosas ni transformaciones drásticas de las sociedades humanas... Lo que se requiere, sin embargo, son avances significativos en el conocimiento básico, en la capacidad social y capacitación tecnológica para utilizarlos, y en la voluntad política para convertir estos conocimientos en acción”.


Cuando seguimos a lo largo de unas décadas la transformación de la manera en que percibimos el papel de nuestras vidas y la naturaleza observamos que todo depende en gran medida de la forma en que nos vemos como seres humanos y nuestra relación con la naturaleza. Una percepción cambiante, y por tanto materia de reflexión de la filosofía.

“La manera como nos relacionamos entre nosotros y con la naturaleza depende de nuestro concepto de naturaleza, de vida y del ser humano. Si creemos que la naturaleza es un mecanismo sin vida, una colección de rocas, acabaremos por creer que tenemos derecho de hacer con ella lo que nos plazca, mientras no actuemos contra nuestros propios intereses. Si consideramos que los animales y las demás personas no son otra cosa que máquinas más complejas, también las manipularemos. (...) Pero, ¿qué pasa si la naturaleza no es simplemente una roca o una máquina inanimada? ¿Qué ocurre si las personas no son sólo máquinas más complejas y no están separadas unas de otras ni del medio, sino que se hallan conectadas de una manera profunda aunque sutil? ¿Y qué ocurre si todo el cosmos palpita con la energía creativa de la autoorganización, evolucionando constantemente, con estallidos periódicos de innovación explosiva? Si éste es el concepto que nos proporciona la ciencia, ¿seguiremos relacionándonos entre nosotros y con nuestro entorno de la misma manera?” Ervin Laszlo (1992)



Con un reto de esta magnitud formidable, vemos que el medio ambiente se instala de forma definitiva en la agenda política internacional, tanto en la de relaciones entre estados como en la interna de cada uno de ellos y en las diferentes unidades administrativas subnacionales. Siguiendo a Bono (2003), “si hubiera que caracterizar en dos palabras el inicio del siglo XXI diríamos: globalización y ecologismo”. Así, el medio ambiente entra con fuerza en la agenda política, planteando importantes reflexiones sobre los modelos y alcance del concepto de crecimiento y sus relaciones en un entorno crecientemente globalizado y, de la mano de esta cuestión, provocando discusiones y análisis de profundidad sobre las bases y modelos económicos y ecológicos para la interpretación y conocimiento de la complejidad del ser humano y de su entorno natural, así como –muy especialmente- de los instrumentos y teorías de que disponemos para evaluar y constatar los avances en ese campo. Entramos de este modo en el nuevo dominio conceptual del desarrollo sostenible.

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