Bibliografía básica recomendada 134




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Riqueza, valor y naturaleza hasta mediados del siglo XX


Los economistas y, en general, los investigadores de las ciencias sociales, vienen preocupándose desde hace mucho tiempo tanto por el concepto de riqueza como por el entorno y la dinámica que puede influir en su crecimiento.

La escuela fisiocrática, cuyo auge se sitúa en la segunda mitad del siglo XVIII con la obra Tableau Economique (1764) de François Quesnay36, es una de las primeras escuelas de pensamiento económico en el sentido moderno del término. La fisiocracia representa un paradigma del crecimiento económico donde el sustrato físico y material –fundamentalmente a través de la actividad agrícola en sentido amplio- se convierte en el factor determinante para interpretar el proceso de crecimiento económico. La naturaleza y el ser humano, a través de actividades como la agricultura, son capaces de proporcionar unas riquezas referidas a unos valores de uso donde los excedentes de la agricultura conforman la medida física del crecimiento económico37. Sin embargo, la escuela fisiocrática no va a ser capaz de afrontar conceptualmente38 la realidad contrastada de que también se crean plusvalías monetarias que no están respaldadas por excedentes físicos. A partir de este punto, los valores de cambio adquieren primacía como valor económico dominante, en lo que supone un nuevo cambio de paradigma económico a favor de la economía política clásica.

De los pasajes de Adam Smith, como referente de la economía política clásica, se desprende una definición directa de la riqueza: la riqueza de una nación está compuesta por el número de bienes per cápita, de modo que mientras mayor sea el número de bienes por persona, más rica resultará la nación. A su vez, el concepto de riqueza está íntimamente relacionado con el concepto de valor, si bien se observa que esta palabra tiene dos significados notablemente distintos: a veces expresa la utilidad de un objeto particular (valor en uso), y a veces la capacidad para adquirir otros bienes (valor de cambio). Esta diferencia, como veremos más adelante, va a tener su importancia en el proceso de diversificación de las teorías económicas, especialmente en la bifurcación entre la teoría clásica liberal y la marxista.

A los efectos de esta aproximación histórica puede exponerse que la economía política de Smith está basada en las siguientes proposiciones: a) la riqueza nacional consiste en el incremento de la producción de mercancías para satisfacer las necesidades humanas; b) es más fácil incrementar la producción de mercancías si se divide y especializa el trabajo y si se amplia el mercado; c) la economía estudia la forma en que el mercado determina el valor de cambio de una mercancía a través de la oferta y la demanda; d) la creación de valor de cambio para algunas materias desplaza a otras que no tienen valor de cambio, no porque escaseen sino porque no tienen una demanda humana inmediata y efectiva; e) la naturaleza es un “cuerno de la abundancia” y no existen límites naturales para su explotación.

Para nuestra exposición conviene destacar los dos últimos puntos, en donde se reflejan valores que forman parte de la perspectiva del conocimiento del último cuarto del siglo XVIII, en un mundo que aún seguía descubriendo tierras desconocidas y donde la finitud y las limitaciones de la naturaleza no eran preocupaciones destacables: nadie hablaba de límites al crecimiento. Es más, desde el siglo XIX, científicos y exploradores han aportado una visión convencida del enorme potencial transformador de la humanidad sobre la naturaleza. Así, el científico y explorador alemán Alexander von Humboldt, con su obra Ansichten der Nature (1808), el diplomático americano George Perkins Marsh con su trabajo The Earth as Modified by Human Action (1864), o el geólogo italiano Antonio Stoppani, en su Corso di geología (1873) muestran39 una nueva visión en la que el ser humano pasa de ser meramente una especie sometida a las fuerzas de la naturaleza a describir la actividad humana como una “nueva fuerza telúrica, que tanto por su potencial como por su dimensión universal puede comparase con las grandes fuerzas de la Tierra” Stoppani (1873), citado en Crutzen (2002).



El comercio internacional global, como potente dinamizador económico y social no es una novedad del siglo XX, sino que ha sido una práctica permanente a lo largo de la historia de la humanidad; una práctica que no sólo ha generado una dinámica económica sino que también –especialmente a partir del siglo XIX- ha producido impactos ecológicos y sociales en las regiones donde se obtenían los bienes objeto del comercio, muchas veces lugares remotos respecto a los centros de demanda y consumo en Europa o en Asia. Una historia de relaciones que enfocamos desde la perspectiva del antropólogo.

“Entonces llega a mi mano lo que había deseado tocar: la piel de una nutria de mar. La guía hace circular un cuero de nutria de California y otro de Alaska, ambos espesos y suaves; el segundo, nos dice, era el preferido de los consumidores del siglo XIX, por su lustre especialmente oscuro y por su grosor. La piel de la nutria de mar tiene más pelos por centímetro cuadrado que el pelaje de cualquier otro animal. Los comerciantes chinos de Cantón pagaban cien dólares por cada piel arponeada en la costa americana. ¡Cien dólares, en 1820, era la ganancia que obtenía un granjero de Pennsylvania en un año de trabajo! Registro estos hechos mientras el ‘oro blando’ se escurre entre mis dedos...

Se me hace difícil aceptar el hecho de que pieles como esta hayan podido provocar todo el emprendimiento: la remota empresa de la América rusa, con su violento trastorno de las sociedades aleuta y koniag; la expansión crucial (junto con la caza de ballenas) de las economías mercantes de Nueva Inglaterra; el establecimiento del Pacífico Norte como zona de competencia imperial, con el consiguiente adelanto de la colonización española de la Alta California. La Russian American Company no hubiera intentado nunca su costosa operación de Alaska sin la tan provechosa nutria de mar. Y para el comercio temprano entre Nueva Inglaterra y China, esos animales, que se compraban barato en la costa norteamericana y se vendían caro en Cantón, significaban un vínculo fundamental. ¿Qué otra cosa podían ofrecer América del Norte o Rusia al mercado suntuario chino? ¿Qué otro producto de intercambio podía llenar barcos de té, especias y porcelana y generar los beneficios necesarios para mantener una navegación riesgosa, en mares cuyos mapas estaban mal trazados? El desafío del comercio chino consistía en descubrir cosas para vender en Cantón. (...)

(...) Si se las considera mercancías, las pieles de nutria de mar y los fardos de té existen como relaciones de equivalencia independientes del trabajo realizado para los cazadores aleutas o los culís chinos. Las pieles son valiosas porque se las puede intercambiar en Cantón. Vale la pena producir té en grandes cantidades porque los extranjeros pagarán por él con raros artículos de lujo. (...) Un aleuta podía cazar nutrias de mar por sus pieles o su carne (también por diversión y desafío), pero no lo hubiera hecho en grandes equipos, lejos de su hogar, de no haber existido la compulsión material del mercado y la disciplina que este trabajo exigía. El valor de los productos de este trabajo, desproporcionado con respecto a cualquier salario recibido o al riesgo y el trastorno social que imponía, seguirá siendo un misterio. La piel de la nutria de mar, como mercancía, adoptaba una existencia ajena, independiente, una relación abstracta entre las cosas negociadas en Cantón o en la ciudad comercial mongólica de Kiakhta. (...)

(...) Pero el misterio radica, más bien, en la apertura de las mercancías a diversas apropiaciones, en su aptitud para ser hechas y rehechas históricamente. ¿Qué es el maíz para un indio maya? ” James Clifford [1997](1999, pp.389-392)



En este escenario de gran potencialidad de transformación y de creación de riqueza por parte del ser humano el propio discurso económico sobre la riqueza y el crecimiento ha sido objeto de diversas interpretaciones reformistas, críticas e incluso francamente revolucionarias (tanto desde una dimensión científica como realmente práctica). De esta manera, como alternativa al enfoque clásico liberal que representa la doctrina de Adam Smith, surge el marxismo. La tradición crítica de la economía política que representa el marxismo ha influenciado de modo muy notable un enfoque propio que ha tenido una presencia y difusión notables desde mediados del siglo XIX.

La teoría marxista, que analiza críticamente la economía política clásica, contiene una comprensión de la riqueza más matizada, una teoría del valor más elaborada y un reconocimiento del papel de la naturaleza en la producción. Así, como en el caso anterior, y a los efectos de esta exposición podemos resumir las opiniones de Marx de la siguiente manera: a) la riqueza material está compuesta por la expansión de bienes útiles; b) la expansión de bienes útiles tiene lugar en el socialismo y el comunismo mediante una continua revolución de las fuerzas productivas de la sociedad; c) un objeto útil incorpora valores de uso, valores de trabajo y valores de cambio, pero el trabajo humano constituye la fuente por excelencia de todo valor; d) la naturaleza y el trabajo humano se combinan para producir bienes útiles, que colectivamente constituyen la riqueza social; y e) la naturaleza es prácticamente ilimitada y no existen obstáculos naturales para la producción de un creciente número de bienes útiles. También como en el caso anterior, podemos destacar los dos últimos puntos por cuanto permiten representar una perspectiva propia del siglo XIX en donde la naturaleza todavía parece ofrecer un potencial ilimitado a la creación de riqueza.

A pesar de la cantidad de tiempo y energía que se dedicaron en los primeros años de la economía política para enfrentar el lábil concepto de riqueza, lo cierto es que al final tanto Smith como Marx adoptan definiciones de la riqueza notablemente similares: “las personas y las sociedades son ricas si poseen una abundancia de bienes útiles disponibles para su disfrute. Esta concepción de la riqueza ignora la cara oculta de la naturaleza y la existencia de otras formas de riqueza no material que no requieren ser cambiadas o elaboradas” Gale (1997a).

Durante los siglos XIX y, especialmente, el siglo XX, el modelo de crecimiento, con las particularidades propias de cada corriente de la economía política clásica (liberal o marxista) va a resultar en modelos competitivos de crecimiento económico cuya unidad geográfica básica es el estado nacional. Como apunta Gale (1997a) “las concepciones de Smith y Marx acerca de los tres conceptos fundamentales de riqueza, valor y naturaleza que apuntalan la economía política clásica, tienen defectos cuando se miran desde un punto de vista ecológico”.

Diversos autores han destacado las limitaciones al crecimiento y el potencial impacto hacia la naturaleza que puede derivarse o que se ha derivado tanto a partir del modelo liberal o capitalista con O’Connor (1994) o Kovel (1997), como del marxista con Gare (1996). Este último autor hace referencia al texto oficial de M. Ilín, publicado en 1931 con motivo de la presentación del plan quinquenal de la URSS, y que tiene notable interés por cuanto permite reproducir con cierta fidelidad el modelo conceptual imperante respecto al crecimiento y la naturaleza40 que se tiene en un importante ámbito geográfico durante las primeras décadas del siglo XX: “en pocos años todos los mapas de la URSS tendrán que ser revisados. En un sitio habrá un nuevo río (...) en otro, un nuevo lago (...). Un nuevo gran poder ha aparecido en la Naturaleza: el poder del trabajo del hombre. No sólo las fuerzas ciegas de la Naturaleza, sino también el trabajo consciente, organizado y planificado del hombre ahora moldea ríos y lagos, siembra bosques, transforma desiertos, modera y acelera la corriente de los ríos, crea nuevas sustancias y nuevas especies de plantas y animales”41. Estas expresiones, aunque corresponden a un período temporal y a un ámbito geográfico concreto, bien podrían extenderse a otros períodos temporales y ámbitos geográficos. Considerar que las fuerzas de la naturaleza obran a ciegas y que la racionalidad humana es capaz de transformar determinantemente la dinámica natural a su favor nos habría de llevar, por sus efectos negativos42 y como contrarreacción, a valorar la habitabilidad del mundo, y por tanto a definir y considerar el concepto de calidad ambiental.

Pero aún durante la primera mitad del siglo XX el modo de relación de la economía y el medio ambiente sigue estando dominado por el enfoque o paradigma de la economía de frontera, según Colby y Sagasti (1992). El enfoque de la economía de frontera viene a considerar al medio ambiente como un conjunto ilimitado de recursos o bienes libres que pueden ser explotados indiscriminadamente. En lo relacionado con el medio ambiente este enfoque está asociado a la aplicación de políticas económicas liberales, y muchos de los países que lo adoptaron lo hacen sobre la base principal de la necesidad de crecer económicamente. En el perfil tecnológico de este enfoque predominan las técnicas que requieren altos insumos de energía, fertilizantes y agua; además este tiende a llevarse a cabo con una elevada dependencia de combustibles fósiles, con un alto crecimiento poblacional y un vertido de residuos no regulado, entre otras tendencias.

Durante este período se proponen modelos de crecimiento económico con el objetivo de analizar y descubrir las claves del proceso del crecimiento económico dentro de los escenarios de las economías desarrolladas. El modelo neoclásico de crecimiento económico está basado en las aportaciones tempranas de Solow (1956) y Swan (1956). El modelo responde a una función de producción con rendimientos constantes a escala y decreciente para cada uno de los factores productivos, en un supuesto de mercados perfectamente competitivos. De acuerdo con este modelo de crecimiento la economía podría alcanzar una situación de equilibrio sostenido a largo plazo con pleno empleo, una situación que se correspondería con tasas nulas de crecimiento de la renta per cápita. No obstante lo anterior, como de la observación empírica se concluye la existencia de tasas positivas de crecimiento en distintas economías43 ha de introducirse el factor de progreso tecnológico –como factor exógeno- capaz de explicar la existencia probada de tasas de crecimiento positivas de la renta a largo plazo. Las variables exógenas suponen que el decisor político tiene un nulo margen de maniobra para alterar el crecimiento a través de dichas variables. De acuerdo con Escot y Galindo (1999) los supuestos de partida de un modelo básico representativo de este enfoque son: (1) el producto agregado obtenido en la economía puede destinarse directamente al consumo o a su acumulación en forma de stock de capital para su uso en la producción de períodos posteriores; (2) al ahorro agregado de la economía es una proporción constante de la renta; (3) tanto el factor trabajo como la eficacia en la producción de dicho factor trabajo crecen a una tasa constante y exógena, respectivamente; (4) existe depreciación por el uso del capital a una tasa constante; y (5) la función de producción agregada es continua, con rendimientos constantes a escala, elasticidad de sustitución distinta de cero y rendimientos decrecientes para cada uno de los factores productivos.

Una de las críticas que recibe la teoría neoclásica de crecimiento exógeno está en el hecho de que deja sin precisar cuáles son los verdaderos determinantes del crecimiento económico. Aunque en estos modelos se supone que el crecimiento económico depende del progreso tecnológico, no se profundiza en el papel del mismo, ya que es exógeno al modelo. Quizás esta carencia fue la que motivó que a partir de principios de los años setenta el interés de los economistas se desviara hacia el estudio de las fluctuaciones a corto plazo y que surgieran como una rama separada de la teoría del crecimiento económico las nuevas teorías del desarrollo económico44 que, aunque con un aparato analítico más sencillo, servirían de base para el diseño de los planes de desarrollo45 de las naciones más atrasadas. Sin embargo, los modelos de crecimiento seguían sin tener en cuenta de forma determinante los problemas derivados del conflicto emergente entre la actividad del sistema productivo y las condiciones de habitabilidad o calidad ambiental.

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