Presidente, Centre for Economic Policy Research, (cepr), Londres




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fecha de publicación22.10.2016
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TRES LIBROS CLAVE SOBRE LA PRODUCTIVIDAD EN ESPAÑA
Guillermo de la Dehesa
Presidente, Centre for Economic Policy Research, (CEPR), Londres

Introducción
Me he alegrado mucho de que me haya tocado reseñar estos tres excelentes libros, uno coordinado por Julio Segura, otro dirigido por Francisco Pérez García y el tercero escrito por Andrés Maroto y Juan Ramón Cuadrado, sobre el problema actual más importante con el que se enfrenta la economía Española, y ello por cuatro razones:
En primer lugar, por la rapidez de respuesta que han mostrado estos investigadores económicos ante un asunto de tanta trascendencia para el futuro de España, ofreciendo un diagnóstico certero y unas recomendaciones acertadas para que las empresas y los gobiernos hagan frente a este problema con conocimiento de causa y cuanto antes.
En segundo lugar, porque los tres libros están escritos y dirigidos por economistas que poseen un sólido bagaje teórico y, al mismo tiempo, suficiente experiencia en política económica como para poder recomendar con buen criterio qué es lo que es más conveniente (y posible) para intentar cambiar esta peligrosa tendencia de la productividad que puede hipotecar el futuro económico español.
En tercer lugar, porque, a pesar de tratar los tres el mismo asunto, consiguen aportar enfoques diferenciados, lo que hace que los tres sean complementarios y no sustitutivos y, en cuarto lugar, por la sensibilidad mostrada una vez más, por las dos fundaciones (Ramón Areces y BBVA) y el instituto de Estudios Económicos y Bancaja, que han patrocinado estos tres libros, para elegir aquello que es realmente importante para el futuro de España.


Coincidencias

Los tres libros llegan a la misma conclusión: las ventajas relativas obtenidas por la economía española por su adhesión a la Unión Europea (UE) y al Área Euro (EA) que le han permitido una mayor estabilidad macroeconómica, un menor riesgo y por consiguiente un menor coste del capital, unas mayores transferencias externas netas, unas mejoras obligadas en su regulación y, gracias a todo ello, aumentar notablemente su crecimiento y convergencia real con otros países más desarrollados, están agotadas.
En adelante, sólo podrá obtener mejoras de su competitividad y su convergencia si consigue aumentar sustancialmente tanto su bajo nivel relativo y estancado de productividad del trabajo (PT), compatible con una mayor utilización del trabajo (que todavía es baja a pesar del empleo creado), como su todavía más bajo nivel relativo de su productividad total de los factores (PTF).
“La productividad no lo es todo, pero a largo plazo lo es casi todo. La capacidad de un país para mejorar su nivel de vida en el transcurso del tiempo depende casi enteramente de su capacidad para elevar la producción por trabajador” frase lapidaria de Paul Krugman que nos recuerdan Maroto y Cuadrado en el primer capítulo de su libro. Aquella conclusión y esta frase están refrendadas por la OCDE. Cada dos o tres años, esta institución analiza la diferencia de PIB por habitante, en paridades de poder de compra, existente entre sus países miembros respecto al país que representa la “frontera tecnológica” mundial, es decir, EEUU.
En el estudio que realizó dicha institución hace un par de años, siendo este último país = 100, España alcanzaba sólo 43, es decir 57 puntos porcentuales menos que EEUU, de los cuales un tercio de dicha diferencia (19 puntos) era debida a su menor utilización relativa del trabajo (calculada por el número de horas trabajadas dividido por la población total) y dos tercios (38 puntos) a su menor nivel relativo de productividad por hora trabajada (calculada por el PIB dividido por el número total de horas trabajadas)
Alwyn Young, hizo un ejercicio de contabilidad del crecimiento sobre los tigres asiáticos en el que demostraba que estos habían crecido con gran rapidez exclusivamente mediante la acumulación de factores de producción (trabajo y capital) pero no a través de su de eficiencia conjunta (productividad) y que dicho crecimiento siempre tiene un límite a partir del cual la mera acumulación empieza a tener rendimientos crecientes hasta que deja de generar crecimiento a menos que aumente la productividad. Paul Krugman comparó y aplicó este análisis posteriormente al caso de la Unión Soviética, de China. La historia les dio en parte la razón al desatarse la crisis asiática en 1997.
Traigo a colación este análisis porque creo que también España, que es un país de extremos en muchas cosas, puede ser aplicable al crecimiento español de los últimos años. Estuvimos creciendo muchos años a través de una fuerte acumulación de capital sustitutivo del trabajo y del consiguiente aumento de la productividad, pero también aumento del desempleo hasta la fuerte recesión de 1993 y, desde entonces, llevamos creciendo una década fundamentalmente por la mayor acumulación de trabajo, creando millones de puestos de trabajo y también de capital, pero este centrado en la construcción y no en los bienes de equipo y tecnología (salvo en los dos últimos años), mientras que el crecimiento de la productividad ha sido nulo.

Reducir las diferencias relativas de los niveles de productividad es el gran reto de las próximas décadas. Y digo décadas porque los tres coinciden en que los procesos de cambio estructural (como el conseguido por EEUU) llevan muchos años de inversión en capital humano, en bienes de equipo, en nuevas tecnologías y en mejorar la flexibilidad de los mercados y su regulación y después un largo período de espera hasta que empiezan a surtir efectos.
Esto es lo que ha ocurrido en EEUU, que tras varios años de enormes inversiones en las nuevas tecnologías no se han apreciado sus resultados explícitos hasta pasada más de media década. De ahí que el Nobel Robert Solow dijera: “el gran esfuerzo que se ha realizado en desarrollar las inversiones en las TIC se nota en todas partes, menos en las estadísticas” (de la productividad). Al final salieron a la luz e hicieron que el crecimiento de EEUU se despegara notablemente de la Unión Europea durante una década.
Los tres análisis citados también coinciden en que lograr cambiar el actual rumbo de la productividad española va a ser una tarea enormemente difícil y va a llevar mucho tiempo y en que se necesitan unas políticas sostenidas a largo plazo, que excedan el corto período del ciclo político, es decir, que sean políticas de Estado y no sólo de un partido o un gobierno concreto y que, por lo tanto, deben llevarse a cabo mediante una toma de conciencia del problema tanto pública como privada.


Diferencias

¿En qué se diferencian los tres análisis?
1) En cuanto a la medición de la productividad y a los factores que determinan su evolución.
En el libro coordinado por Julio Segura en colaboración con Juan Francisco Jimeno y Rocío Sánchez Mangas y con Elena Huergo y Lourdes Moreno se hace, por un lado, un análisis de la productividad desde una perspectiva macroeconómica y por otro un análisis micro-económico de la productividad empresarial industrial y manufacturera.
Los resultados del análisis macro muestran que a partir de mediados de los años noventa se observa una desaceleración tanto de la productividad del trabajo (PT) como de la productividad total de los factores (PTF) que no puede atribuirse enteramente a problemas derivados de la medición de la productividad asociados a efectos de composición de los cambios sectoriales y ocupacionales del empleo, o de los deflactores de precios, o de las elasticidades de la producción.
Por ejemplo, el aumento del peso de sectores de bajo crecimiento de la PT (construcción) en detrimento de las manufacturas apenas explica, al año, 0,10 por ciento de la desaceleración de la productividad, mientras que, a contrario, el importante aumento de los trabajadores jóvenes con estudios más elevados (terciarios), sólo aporta la mitad de crecimiento de la PT de lo que debería aportar. Por lo tanto, más bien se deben a otros factores de carácter estructural ya que dicha desaceleración se observa en casi todos los sectores de actividad. Es decir, el problema se encuentra fundamentalmente en la reducción de la eficiencia de los factores de producción.
Dado que la productividad agregada es el resultante de la productividad de las empresas, en el análisis micro se muestra los siguientes resultados:
Primero que la evolución sectorial de la productividad viene explicada en mucha mayor medida por la evolución de la PTF que por el grado de intensidad de capital de los procesos productivos aunque la mayor desaceleración en la industria que en los servicios se debe a que, en estos últimos, la reducción de la relación capital trabajo ha sido menor.
Segundo, que el principal factor determinante de la PT y de la PTF son las actividades tecnológicas, con independencia de la metodología utilizada, es decir, las empresas que realizan actividades de I+D muestran mejores crecimientos de la productividad que las que no las llevan a cabo: Dado que la mayoría de las empresas españolas son pymes, este efecto es mayor, ya que el tamaño influye en si se realizan o no. La presión de la competencia ayuda a aumentar dichas actividades, las empresas exportadoras suelen tener un mayor nivel de PT que las que no lo son.
Tercero, la dinámica empresarial tiene poco peso explicativo ya que tanto las empresas salientes como las entrantes tienden a tener menor PT que las establecidas. Las empresas que salen lo hacen por su menor nivel de PT mientras que las que entran, aunque empiezan con menor nivel que las establecidas al cabo de unos años las igualan o las superan con lo que, a largo plazo, el nivel de la PT mejora cuanto mayor es el número de entrantes. Este efecto es mayor en las fases recesivas que en las expansivas.
Cuarto, el nivel de las actividades tecnológicas es la principal fuerza impulsora d la PT y de la PTF. Las empresas que consiguen materializar su actividad de I+D en innovaciones, tanto de proceso como de producto, son las que muestran mayores tasas de crecimiento de la PTF y la calidad del trabajo empleado aumenta la propensión a realizar actividades tecnológicas, así como su financiación pública y la competencia, aunque los efectos de esta última son menos nítidos.
En el libro dirigido por Francisco Pérez García en colaboración con Joaquín Maudos, José Manuel Pastor y Lorenzo Serrano, realizan un análisis diferente basado en mayor medida en los cambios estructurales.
Reconocen que la brecha de la productividad por hora trabajada española respecto a la americana y europea se ha ampliado desde 1995 superando los 20 puntos porcentuales y que más de la mitad de las diferencias de renta por habitante con la Unión Europea (UE) y EEUU se debe actualmente a la menor productividad española por hora trabajada. El resto se puede atribuir a la intensidad con la que se emplea el factor trabajo, es decir, el número de horas trabajadas, el nivel de ocupación y la tasa de actividad.
El número de horas trabajadas en España es superior al europeo y algo inferior al de EEUU. Esto explica que, cuando se mide la productividad por ocupado, en lugar de por hora trabajada, España se aproxime más a la UE, pero se aleje de EEUU. Las horas trabajadas se han reducido en España pero menos que en el resto de la UE. La tasa de ocupación sí ha tenido efectos positivos sobre la convergencia de renta por habitante con la UE ya que ha aumentado más rápidamente que en esta última. Finalmente, la tasa de actividad, aun siendo más baja que en la UE y en EEUU, ha aumentado más rápidamente que en ambos, debido a la creciente incorporación de las mujeres al trabajo y la mejora de los niveles de educación de la población en edad de trabajar.
También la PTF española que indica el nivel de eficiencia productiva es baja y su trayectoria también es divergente con la UE y EEUU. Estos dos bajos niveles relativos españoles de PT y de PTF, indican que el crecimiento español está basado más en la transpiración (la acumulación de factores) que en la inspiración (el progreso técnico) que en los países más avanzados.
En las décadas anteriores, no sucedió lo mismo ya que la productividad mejoró gracias al proceso de sustitución de actividades tradicionales, sobre todo agrícolas pero también algunas industriales, por otras más modernas en las que se adaptaron tecnologías más eficientes desarrolladas en otras economías más avanzadas y transferidas a través de la importación o la inversión extranjera. Estos efectos no han desaparecido totalmente pero son decrecientes. Además, mientras que el peso de la industria ha perdido casi 10 puntos porcentuales en el PIB y el empleo en los últimos 20 años se han desarrollado actividades que no llevan aparejada difusión tecnológica, como la construcción y ciertos servicios intensivos en mano de obra poco cualificada, como la hostelería, el servicio doméstico y los cuidados personales.
Esto explica la mayor contribución del empleo y la menor contribución del capital físico y sobre todo la PTF al crecimiento español, mientras que en otras economías europeas más avanzadas ocurría lo contrario, aumentaban la aportación del progreso técnico al crecimiento gracias a la expansión de nuevas actividades industriales y terciarias altamente productivas. Con ello hoy las ganancias de la PTF de la UE duplican sobradamente a las españolas, pese a que el crecimiento español es superior en más de un punto porcentual al de la UE.
Por otro lado, el peso de los activos relacionados con el sector de la construcción, no sólo en viviendas, sino también de locales comerciales, naves e infraestructuras públicas, supera el 70 por ciento de la inversión total, contribuyendo a los servicios productivos del capital en un porcentaje muy superior al de los países más avanzados. En estos últimos, el crecimiento se ha basado más en la inversión en activos físicos diferentes (maquinaria y equipos y TIC) y en actividades que están utilizando con mucha mayor intensidad otros capitales intangibles, como el capital humano y tecnológico ( la formación y el I+D+i)
Todo ello hace que el retraso español en estas actividades sea mucho mayor de lo que indican sus niveles de renta por habitante o sus dotaciones de infraestructuras y que la distancia en capital tecnológico respecto a la media de la UE sea del 50 por ciento. La razón está en que el cambio estructural en la especialización de la economía española que permitiría mejorar su productividad no se está recorriendo a suficiente velocidad y que su maduración está todavía lejos de producirse. La estructura productiva española está orientada hacia actividades maduras en las que la productividad es menor y avanza más lentamente y su especialización manufacturera se ha encontrado con nuevos competidores tanto en los mercados internacionales como en el doméstico.
Mientras que en otros países la parte sustancial de las ganancias de productividad se explica por las mejoras intra-sectoriales, es decir, por avances de productividad en cada una de las actividades en España, por el contrario, la productividad dentro de los sectores ha sido débil o ha estado estancada en los últimos años. El crecimiento del empleo y del capital no ha ido acompañado de la expansión de la producción esperada. Por el lado de la demanda, porque la orientación de los sectores productivos hacia mercados de productos y de países maduros, de demanda estable o débil. Por el lado de la oferta, por la orientación de la inversión hacia los activos de la construcción en lugar de hacia las mejoras tecnológicas y de capital humano.
El libro de Andrés Maroto y Juan Ramón Cuadrado coincide en líneas generales con los análisis anteriores y añade un análisis por sectores productivos, por regiones y por factores de producción, de la productividad española.
Su estudio sectorial muestra que los dos grandes sectores con mayores niveles de productividad son la industria manufacturera y especialmente las actividades energéticas. El sector servicios, especialmente el de mercado tiene una productividad cercana a la media agregada, mientras que la construcción y el sector primario se mantienen por debajo de los tres cuartos de dicha media.
En términos de tasas de crecimiento, la agricultura y las manufacturas, gracias al continuado proceso de reestructuración que experimentan, son los sectores donde la PT ha crecido más, muy por encima de la media nacional. Los servicios, por el contrario, muestran tasas de crecimiento inapreciables, debido, en buena parte, al comportamiento de los no destinados a la venta, así como a sus peculiares características de funcionamiento y de medición de la producción. A pesar del bajo crecimiento de la PT del sector terciario, contribuye algo a la productividad agregada.
Su estudio regional, muestra un doble proceso. Por un lado, una cierta convergencia de PT, con respecto a la media nacional, de algunas regiones menos desarrolladas y con bajos niveles de PT, tales como Galicia, Extremadura, y Castilla León. Esta convergencia es debida a que estaban muy especializadas en el sector primario y este se ha reducido notablemente y ha mejorado mucho su eficiencia en los últimos años. Otras regiones de bajos niveles de PT como Andalucía no han conseguido, sin embargo, mejorar su convergencia en los últimos años.
Por otro, las regiones con mayores niveles de PT, siguen creciendo por encima de la media y se van destacando cada vez más del resto, como son los casos de Madrid, Navarra, País Vasco y Cataluña. En el caso de Madrid por el peso tan elevado de los servicios, tanto del Estado, pero sobre todo de las grandes empresas nacionales y extranjeras que tienen su base en la capital. En el caso de las otras tres, dicha divergencia se debe al mayor peso relativo de la industria manufacturera.
Su análisis sobre los factores determinantes del bajo nivel y crecimiento de la productividad española muestra lo siguiente: En primer lugar, La productividad del capital arroja dos tendencias muy interesantes. Por una parte, el crecimiento de la acumulación del capital desde 1980 hasta 2002 ha sido mucho más rápido que el de la población, con lo que la dotación o intensidad de capital por habitante se ha multiplicado por dos (desde 2003 la masiva entrada de inmigrantes ha reducido este múltiplo). Por otro lado, la productividad aparente del capital ha experimentado fluctuaciones muy notables entre ambas fechas, especialmente durante la fuerte recesión del 1992 y 1993, con lo que el nivel ha caído ligeramente.
En segundo lugar, la contribución del capital humano a la productividad ha crecido de forma constante en la década de los años noventa y lo ha seguido haciendo entre 2000 y 2005. Lo que ha tenido que podría estar reflejando un tipo de progreso técnico intensivo en mano de obra cualificada, capaz de mejorar la PTF en el futuro.
En tercer lugar, la productividad del capital tecnológico muestra una curiosa paradoja: a pesar de su bajo nivel, la I+D empresarial crece por encima de los países avanzados, pero con efectos prácticamente nulos en la PTF. La explicación radica en que el bajo nivel de partida de esta inversión empresarial que crece muy rápido pero que todavía tiene poco impacto.
En cuanto a la influencia en la productividad del tamaño de las empresas, muestra que en la industria son las empresas más grandes las que tienden a tener una productividad más elevada mientras que son las medianas las que tienden a tener la productividad más elevada en los servicios.

2) En cuanto a las recomendaciones de política económica para mejorar la productividad.
El libro coordinado por Segura y el de Maroto y Cuadrado dedican un capítulo cada uno a recomendaciones de política económica para aumentar el nivel de productividad, mientras que el dirigido por Pérez García las extiende asimismo la falta de competitividad de la economía española.
Segura defiende la necesidad, en primer lugar, de unas políticas tecnológicas para que las empresas mejoren su nivel tecnológico y por tanto la PT y la PTF que depende fundamentalmente de ellas. Más aún cuando ha sido el sector público el que más esfuerzo ha realizado en este sentido en los últimos años ya que instrumenta las facilidades financieras a las empresas y buena parte de los centros de investigación son públicos, como las universidades, las oficinas de transferencia de resultados de investigación (OTRI).
Lamentablemente, el Estado no puede cambiar mediante políticas públicas la deficiencia estructural más acusada de cara a la productividad que es la especialización de la economía española demasiado concentrada en actividades tradicionales intensivas en mano de obra y en empresas pequeñas y medianas. Y además, existe una excesiva separación entre las actividades de investigación básica y sus aplicaciones industriales.
Para ello, cree que conviene desarrollar centros tecnológicos especializados donde se lleve a cabo investigación encargada por las empresas, se ofrezcan servicios de consultoría y asesoría tecnológica, se facilite la relación de las empresas con los centros públicos de investigación y la información sobre el acceso a las ayudas públicas. También recomienda que se haga una evaluación rigurosa de las OTRI y del sistema de desgravaciones fiscales a los gastos de I+D del que las pymes españolas hacen muy poco uso y de las ayudas directas (muy complejas) que tienden a sustituir a la financiación privada que en todo caso se iba a utilizar la empresa y finalmente, la política de compras públicas que deben ser planificadas y comunicadas con mucha antelación para dar tiempo a las empresas para poder organizarse.
En segundo lugar es partidario de introducir mejoras e el sistema educativo para conseguir un mayor número de trabajadores de segundo grado, agilizando los sistemas de formación profesional reglada y aumentando la formación dentro de las empresas con un mejor diseño de los contratos destinados a la formación. En cuanto a la educación universitaria un primer problema es que el gasto por alumno es un 60 por ciento inferior al de los otros países de la UE, lo que impide ofrecer una educación de mayor calidad. Además, el proceso de adaptación de Bolonia a España no va a mejorar esta situación sino que la puede empeorar ya que la maestría se va a poder obtener con un año menos de estudios. Finalmente, el sistema de selección del profesorado puede mejorarse desvinculando la habilitación del número de plazas existentes y valorando los méritos de una manera más científica y objetiva.
Estima asimismo muy importante hacer una serie de reformas en el mercado de trabajo, tanto en la contratación temporal acercándola a la indefinida, eliminando la discriminación salarial mediante negociación colectiva y acercando más los costes de despido de la indefinida a la temporal, como reformando el sistema de negociación colectiva en el que haya solamente dos niveles: el de rama, sector o nacional y el de empresa y eliminando la negociación en cascada y congelando la ultra actividad y finalmente dando mayores incentivos a la contratación a tiempo parcial.
Finalmente, recomiendo reformar los sistemas de pensiones y salud así como evaluar mejor las políticas públicas y diseñar reformas que hagan que los organismos supervisores y reguladores tengan más independencia.

El estudio de Maroto y Cuadrado también propone una serie de políticas para mejorar la productividad española aunque advirtiendo previamente que no existe una piedra filosofal, sino multitud de políticas privadas y públicas y que es un proceso de muy largo plazo.
En primer lugar, apoyar la innovación y difusión tecnológica, especialmente en los sectores de media y baja tecnología y en las pymes que conforman la gran mayoría del sector privado español. El programa Ingenio 2010 es muy positivo aunque sus objetivos son muy ambiciosos ya que espera que el gasto en I+D llegue al 2 por ciento del PIB en 2010 (ahora es del 1,5 por ciento). Pero el problema en España no es tanto el nivel y esfuerzo del gasto público en I+D, que se ha acelerado con el programa Ingenio, sino es el bajo porcentaje de la inversión privada que sólo alcanza el 48 por ciento del total frente al 65 por ciento en la UE. El programa Ingenio tiene como objetivo que llegue al 55 por ciento en 2010.

No se trata de gastar más sino de que existan los incentivos para que haya más innovación empresarial y más productos nuevos. Los incentivos públicos actuales fiscales son utilizados sólo por el 15 por ciento de las empresas, los créditos han sido poco relevantes y las ayudas directas no han llegado a ser eficaces. Por ello hay que mejorarlos, hay que incorporar más investigadores a las empresas o a centros especializados que formen muchas pymes para que salgan más baratos, hay que concentrar el gasto público sólo en aquellas actividades que puedan tener externalidades positivas y hay que coordinar el gasto de las Comunidades Autónomas.
En segundo lugar, recomienda una mayor inversión en actividades directamente productivas ya que el 60 por ciento de la inversión está ligado a la construcción y no a los bienes de equipo y maquinaria. Recomienda asimismo invertir en mayor medida en los sectores relacionados con las TIC, especialmente en aquellas ramas de la economía nacional que no estén utilizando todavía estas tecnologías, que son muchas ya que sólo el 36 por ciento de los trabajadores españoles realizan su labor con nuevas tecnologías, lo que es uno de los porcentajes más bajos de la UE. Finalmente recomienda intentar desarrollar en mayor medida dando mayores incentivos al capital riesgo y a los “business angels”.
En tercer lugar, hacer un mayor esfuerzo inversor en educación y formación. La inversión en conocimiento es España está muy por debajo de la media de la UE y aquella parte de educación es la mitad. Aunque los niveles de escolarización son aceptables (salvo los preescolares), sin embargo los resultados son pobres, como demuestra el Informa PISA. Hay que invertir más en la calidad de la educación universitaria, en mejorar la escolarización secundaría y sobre todo en la formación profesional que no se adecua a las necesidades del mercado y presta poca importancia al uso de la informática, la expresión y comunicación oral y la capacidad de trabajar bajo presión y no se realiza en las empresas, finalmente, que los educadores en todos los niveles de la educación enseñen como ser emprendedor y crear empresas.
En cuarto lugar, en el mercado de trabajo recomiendan reducir el peso de la contratación laboral subiendo las cotizaciones sociales, descentralizar la negociación colectiva y flexibilizando más su aplicación, reducir la protección a los trabajadores indefinidos, aumentar la movilidad laboral geográfica y la contratación a tiempo parcial y dando mayor formación a los desempleados.
Finalmente, aumentar las iniciativas emprendedoras, mediante la reducción de las barreras de entrada a los emprendedores, favorecer la viabilidad de proyectos, mejorar las habilidades de la población y reducir el nivel de regulación de la economía y liberalizar en mayor medida los servicios no comerciables, para aumentar su competencia.
El libro dirigido por Francisco Pérez García, hace recomendaciones de carácter más estructural y tanto para mejorar la baja productividad como la deteriorada competitividad de la economía española que van indisolublemente unidas, en un momento en el que la competencia de los países emergentes es mucho mayor de lo que ha sido en el pasado tanto por la ampliación de la UE como por la globalización, sin que puedan utilizarse devaluaciones del tipo de cambio, como antaño. España está perdiendo cuota de mercado tanto en los mercados internacionales como en su mercado doméstico.
Este deterioro competitivo no se puede arreglar ya reduciendo los costes. Sólo hay tres opciones, la primera es especializándose en la producción de bienes y servicios diferenciados de mayor calidad, tecnología, precio y margen pero este proceso sólo se consigue a largo plazo. La segunda es deslocalizar la producción mediante la creación de filiales en países de costes más bajos y mantener el control de la empresa matriz sobre los procesos de mayor valor añadido, esta opción puede alcanzarse a medio plazo. La tercera, más a corto plazo, consiste en externalizar aquella parte de la producción de componentes y procesos en los que se es menos eficiente o comprarlos en los mercados internacionales a menor precio.
Ahora bien, con la segunda y tercera opción no se consiguen los potenciales resultados positivos cuando las empresas que lo hacen están especializadas en sectores maduros y actividades de poco valor añadido, con empresas de pequeño tamaño y un empleo de reducido capital humano y tecnológico e incluso pueden frenar su productividad a largo plazo.
Para escoger la primera opción se puede intentar aumentar el capital humano, como ha hecho España en los últimos años, pero si no se cambia la especialización, que lleva mucho más tiempo, esta última condiciona los perfiles de los puestos de trabajo, con lo que las actividades en las que pueden emplearse a estos nuevos trabajadores cualificados, no serían las más adecuadas para aprovechar su capacidad productiva y dicho desajuste debilita la productividad. Por otro lado, para contratar a estos últimos, las empresas tienen que despedir o jubilar a otros trabajadores previamente contratados, escasamente cualificados y productivos, lo que dados los costes de despido actuales es muy caro y, mientras dicho ajuste no se realice la productividad no aumenta.
Al mejorar en estos últimos años notablemente el empleo y haberse reducido fuertemente los tipos de interés, lo que ha permitido que la economía crezca a través de la demanda interna, dichos problemas no se han afrontado, salvo que se han podido hacer ajustes de plantilla en muchas empresas y mejoras en su capital humano.
La única forma de conseguir aumentar realmente la productividad es intentar llevar a cabo un cambio estructural que permita el cambio de especialización productiva. Para ello hay que conseguir una doble reorientación de la inversión material (más bienes de equipo y maquinaria y menos cemento y ladrillos) y sobre todo la inmaterial, reforzando la cualificación de los trabajadores y directivos en sus competencias tecnológicas, comerciales y de gestión.

En resumen, estos tres libros son de lectura obligada para toda persona que tenga interés por el futuro de la economía española.

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